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Esta edición la puede leer y/o imprimir desde: http://www.mariamediadora.com/Oracion/Newsletter568.htmEL CAMINO DE MARIA: Newsletter 568. LA FILIACION DIVINA. Editada por SantoRosario.info

El detalle de todas las ediciones de "El Camino de María" del año 2010 y 2011 lo puede obtener en:

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EL CAMINO DE MARÍA

El Camino de María. Oración con la Madre del Redentor

Cum Maria contemplemur Christi vultum!

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“Bendecid al Señor en todas sus obras. Ensalzad su nombre, y uníos en la confesión de sus alabanzas.” “Alabadle así con alta voz: Las obras del Señor son todas buenas, sus órdenes se cumplen a tiempo, pues todas se hacen desear a su tiempo... No ha lugar a decir: ¿Qué es esto, para qué esto? Todas las cosas fueron creadas para sus fines”

(Eclo 39, 19-21. 26).

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Edición 568

20 DE FEBRERO DE 2011

Totus Tuus

Totus Tuus

Soy todo tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi vida. Dame tu Corazón, oh María.

Soy todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo. Amen.

SantoRosario.info

MariaMediadora.com

Oh Dios Padre Misericordioso, que por mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo, concediste al Beato Juan Pablo II la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina, de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te ruego que me concedas por su intercesión el favor que te pido (...) (pídase).

A Tí, Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria

VIA MATRIS

Contemplación y meditación de los 7 Dolores de la Virgen Santísima

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La Santísima Virgen María manifestó a Santa Brígida que concedía 7 gracias a quienes diariamente le honrasen considerando sus lágrimas y dolores y rezando siete Avemarías:

1.Pondré paz en sus familias.

2.Serán iluminados en los Divinos Misterios.

3.Los consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.

4.Les daré cuanto me pidan, con tal que no se oponga a la voluntad adorable de mi Hijo y a la santificación de sus almas.

5.Los defenderé en los combates espirituales con el enemigo infernal, y protegeré en todos los instantes de su vida.

6.Los asistiré visiblemente en el momento de su muerte: verán el rostro de su Madre.

7.He conseguido de mi Divino Hijo que las almas que propaguen esta devoción a mis lágrimas y dolores sean trasladadas de esta vida terrenal a la felicidad eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi Hijo y Yo seremos su consolación y alegría

 

 

 

 

DIOS, CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA, PADRE DE JESÚS Y PADRE NUESTRO
 
Bendito seas Señor, Padre que estás en el Cielo, porque en tu infinita Misericordia te has inclinado sobre la miseria del hombre y nos has dado a Jesús, tu Hijo, nacido de mujer, nuestro salvador y amigo, hermano y Redentor. Gracias, Padre bueno, por el don de este año; haz que sea un tiempo favorable, el año del gran retorno a la casa paterna, donde Tú, lleno de Amor, esperas a tus hijos descarriados para darles el abrazo del perdón y sentarlos a tu mesa, vestidos con el traje de fiesta.
 
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
 
Padre Clemente, que en este año se fortalezca nuestro amor a Ti y al prójimo: que los discípulos de Cristo promuevan la justicia y la paz; se anuncie a los pobres la Buena Nueva y que la Madre Iglesia haga sentir su amor de predilección a los pequeños y marginados.
 
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
 
Padre Justo, que este año sea una ocasión propicia para que todos los católicos descubran el gozo de vivir en la escucha de tu Palabra, abandonándose a tu Voluntad; que experimenten el valor de la comunión fraterna partiendo juntos el pan y alabándote con himnos y cánticos espirituales.
 
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
 
Padre Misericordioso, que este año sea un tiempo de apertura, de diálogo y de encuentro con todos los que creen en Cristo y con los miembros de otras religiones: en tu inmenso Amor, muestra generosamente tu Misericordia con todos.
 
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
 
Padre Omnipotente, haz que todos tus hijos sientan que en su caminar hacia Ti, meta última del hombre, los acompaña bondadosamente la Virgen María, icono del Amor puro, elegida por Ti para ser Madre de Cristo y de la Iglesia.
 
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
 
A Ti, Padre de la vida, Principio sin principio, suma Bondad y eterna Luz, con el Hijo y el Espíritu, honor y gloria, alabanza y gratitud por los siglos sin fin. Amén.
 

(ORACIÓN  PARA LA CELEBRACIÓN DEL GRAN JUBILEO DEL AÑO 2000)

 

Queridos Suscriptores de "El Camino de María"

Comenzamos una serie de tres ediciones de El Camino de María  con textos para meditar sobre filiación divina, o sea sobre nuestra condición de hijos adoptivos de Dios.

"Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida", así reza toda la Iglesia durante la liturgia dominical de la Santa Misa. Ella eleva esta plegaria, como siempre, al Padre, por medio de Cristo, Hijo de Dios, en el Espíritu Santo.

Tenemos el privilegio de llamar a Dios Padre, precisamente porque el Hijo Eterno, de la misma naturaleza que el Padre, se hizo hombre, se hizo uno de nosotros. Fue concebido en el seno de María Virgen, en el momento de la Anunciación del Ángel, y nació de Ella. Precisamente Él ―Hijo de María― nos dio el privilegio de llamar a Dios con el nombre de Padre.

Y nos ha dado este privilegio, porque en Él y por Él nos hemos convertido en hijos e hijas adoptivos de Dios. Tenemos esta adopción en Cristo, nacido de una Madre terrena, de María. Y Ella coopera constantemente a fin de que el espíritu de esta filiación divina adoptiva no se debilite en nosotros, sino que se refuerce.

La Madre de Cristo, Madre de la gracia divina, contribuye también a que nosotros, adoptados en el Hijo, como hijos e hijas de Dios, podamos obtener la herencia que Dios nos ha prometido: la herencia del amor y de la verdad, la herencia de la gracia santificante, la herencia de la vida eterna.

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Cuando Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró cerca del Horeb, el monte santo, se le apareció Dios en una zarza que ardía sin consumirse. Allí recibió la misión extraordinaria de su vida: sacar al pueblo elegido de la esclavitud a que estaba sometido por los egipcios y llevarlo a la Tierra Prometida. Y como garantía de la empresa, el Señor le dijo: Yo estoy contigo1. No pudo imaginar Moisés entonces hasta qué punto Dios iba a estar con él y con su pueblo en medio de tantas vicisitudes y pruebas.

Tampoco nosotros conocemos del todo –por nuestra limitación humana– hasta qué extremo está Dios con nosotros en todos los momentos de la vida. Esta cercanía se hace especialmente próxima cuando Dios ve que estamos recorriendo el camino hacia la santidad. Está como un Padre que cuida de su hijo pequeño. Jesús, perfecto Dios y perfecto Hombre, nos habla constantemente, a lo largo del Evangelio, de esta cercanía de Dios en la vida de los hombres y de su amorosa paternidad. Solo Él podía hacerlo, pues nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo2, nos dice en el Evangelio de San Mateo (11, 27). El Hijo conoce al Padre con el mismo conocimiento con que el Padre conoce al Hijo. Jamás se ha dado ni se dará una intimidad más perfecta. Es la identificación de saber y de conocimiento que implica la unidad de la naturaleza divina. Jesús está declarando con estas palabras su divinidad.

Y como Hijo, que es consustancial con el Padre, nos manifiesta quién es Dios Padre en relación a nosotros, y cómo en su bondad nos otorga el Don del Espíritu Santo. Este fue el núcleo de su revelación a los hombres: el misterio de la Santísima Trinidad, y con él y en él la maravilla de la paternidad divina. La última noche, cuando parece resumir en la intimidad del Cenáculo lo que habían sido aquellos años de entrega y de confidencias profundas, declara: Manifesté tu Nombre a los que me diste. «Manifestar el nombre» era mostrar el modo de ser, la esencia de alguien. El Señor nos dio a conocer la intimidad del misterio trinitario de Dios: su paternidad, siempre próxima a los hombres. Son incontables las veces que Jesús da a Dios el título de Padre en sus diálogos íntimos y en su doctrina a las muchedumbres. Habla con detenimiento de su bondad como Padre: retribuye cualquier pequeña acción, pondera todo lo bueno que hacemos, incluso lo que nadie ve, es tan generoso que reparte sus dones sobre justos e injustos, anda siempre solícito y providente sobre nuestras necesidades. Con frecuencia, el nombre de Padre viene citado como un estribillo que le fuera muy grato repetir a Jesús. Nunca está lejos de nuestra vida, como no lo está el padre que ve a su hijo pequeño solo y en peligro. Si buscamos agradarle en todo, siempre le encontraremos a nuestro lado: «Cuando ames de verdad la Voluntad de Dios, no dejarás de ver, aun en los momentos de mayor trepidación, que nuestro Padre del Cielo está siempre muy cerca, a tu lado, con su Amor eterno, con su cariño infinito». (Hablar con Dios, I)

 
 
Santa María, Madre de Dios y Madre de Misericordia,
Tú has dado al mundo la verdadera Luz,
Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios.
Te has entregado por completo
a la llamada de Dios
y te has convertido así en fuente
de la bondad que mana de Él.
Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él.
Enséñanos a conocerlo y amarlo,
para que también nosotros
podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor
y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento.
 

CATEQUESIS DEL BEATO JUAN PABLO II 

 "ABBÁ", PADRE MÍO

 

Queridos hermanos y hermanas:

1.Posiblemente no haya una palabra que exprese mejor a auto-revelación de Dios en el Hijo que la palabra “Abbá-Padre”. “Abbá” es una expresión aramea, que se ha conservado en el texto griego del Evangelio de Marcos (14, 36). Aparece precisamente cuando Jesús se dirige al Padre. Y aunque esta palabra se puede traducir a cualquier lengua, con todo, en labios de Jesús de Nazaret permite percibir mejor su contenido único, irrepetible.

2.Efectivamente, “Abbá” expresa no sólo la alabanza tradicional de Dios “Yo te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la tierra” (cf. Mt 11, 25), sino que, en labios de Jesús, revela asimismo la conciencia de la relación única y exclusiva que existe entre el Padre y Él, entre Él y el Padre. Expresa la misma realidad a la que alude Jesús de forma tan sencilla y al mismo tiempo tan extraordinaria con las palabras conservadas en el texto del Evangelio de Mateo (Mt 11, 27) y también en el de Lucas (Lc 10, 22): “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo”. Es decir, la palabra “Abbá” no sólo manifiesta el misterio de la vinculación recíproca entre el Padre y el Hijo, sino que sintetiza de algún modo toda la verdad de la vida íntima de Dios en su profundidad trinitaria: el conocimiento recíproco del Padre y del Hijo, del cual emana el eterno Amor.

3.La palabra “Abbá” forma parte del lenguaje de la familia y testimonia esa particular comunión de personas que existe entre el Padre y el Hijo engendrado por Él, entre el Hijo que ama al Padre y al mismo tiempo es amado por Él. Cuando, para hablar de Dios, Jesús utilizaba esta palabra, debía de causar admiración e incluso escandalizar a sus oyentes. Un israelita no la habría utilizado ni en la oración. Sólo quien se consideraba Hijo de Dios en un sentido propio podría hablar así de Él y dirigirse a Él como Padre. “Abbá” es decir, “padre mío”, “papaíto”, “papá”.

4.En un texto de Jeremías se habla de que Dios espera que se le invoque como Padre: “Vosotros me diréis: ‘padre mío’” (Jer 3, 19). Es como una profecía que se cumpliría en los tiempos mesiánicos. Jesús de Nazaret la ha realizado y superado al hablar de Sí mismo en su relación con Dios como de Aquel que “conoce al Padre”, y utilizando para ello la expresión filial “Abbá”. Jesús habla constantemente del Padre, invoca al Padre como quien tiene derecho a dirigirse a Él sencillamente con el apelativo: “Abbá-Padre mío”.

5.Todo esto lo han señalado los Evangelistas. En el Evangelio de Marcos, de forma especial, se lee que durante la oración en Getsemaní, Jesús exclamó: “Abbá, Padre, todo te es posible. Aleja de Mí este cáliz; mas no sea lo que Yo quiero, sino lo que Tú quieras” (Mc 14, 36). El pasaje paralelo de Mateo dice: “Padre mío”, o sea, “Abbá”, aunque no se nos transmita literalmente el término arameo (cf. Mt 26, 39-42). Incluso en los casos en que el texto evangélico se limita a usar la expresión “Padre”, sin más (como en Lc 22, 42 y, además, en otro contexto, en Jn 12, 27), el contenido esencial es idéntico.

6.Jesús fue acostumbrando a sus oyentes para que entendieran que en sus labios la palabra “Dios” y, en especial, la palabra “Padre”, significaba “Abbá-Padre mío”. Así, desde su infancia, cuando tenía sólo 12 años, Jesús dice a sus padres que lo habían estado buscando durante tres días: “¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). Y al final de su vida, en la oración sacerdotal con la que concluye su misión, insiste en pedir a Dios: “Padre, ha llegado la hora, glorifica tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti” (Jn 17, 1). “Padre Santo, guarda en tu Nombre a éstos que me has dado” (Jn 17, 11). “Padre justo, si el mundo no te ha conocido, Yo te conocí...” (Jn 17, 25). Ya en el anuncio de las realidades últimas, hecho con la parábola sobre el juicio final, se presenta como Aquel que proclama: “Venid a Mí, benditos de mi Padre...” (Mt 25, 34). Luego pronuncia en la Cruz sus últimas palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Por último, una vez resucitado anuncia a los discípulos: “Yo os envío la promesa de mi Padre” (Lc 24, 49).

7.Jesucristo, que “conoce al Padre” tan profundamente, ha venido para “dar a conocer su nombre a los hombres que el Padre le ha dado” (cf. Jn 17, 6) Un momento singular de esta Revelación del Padre lo constituye la respuesta que da Jesús a sus discípulos cuando le piden: “Enséñanos a orar” (cf. Lc 11, 1). Él les dicta entonces la oración que comienza con las palabras “Padre Nuestro” (Mt 6, 9-13), o también “Padre” (Lc 11, 2-4). Con la revelación de esta oración los discípulos descubren que ellos participan de un modo especial en la filiación divina, de la que el Apóstol Juan dirá en el prólogo de su Evangelio. “A cuantos le recibieron (es decir, a cuantos recibieron al Verbo que se hizo carne), Jesús les dio poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1, 12). Por ello, según su propia enseñanza, oran con toda razón diciendo “Padre Nuestro”.

8.Ahora bien, Jesús establece siempre una distinción entre “Padre mío” y “Padre vuestro”. Incluso después de la Resurrección, dice a María Magdalena: “Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn 20, 17). Se debe notar, además, que en ningún pasaje del Evangelio se lee que Jesús recomiende a sus discípulos orar usando la palabra “Abbá”. Esta se refiere exclusivamente a su personal relación filial con el Padre. Pero al mismo tiempo, el “Abbá” de Jesús es en realidad el mismo que es también “Padre nuestro”, como se deduce de la oración enseñada a los discípulos. Y lo es por participación o, mejor dicho, por adopción, como enseñaron los teólogos siguiendo a San Pablo, que en la Carta a los Gálatas escribe: “Dios envió a su Hijo... para que recibiésemos la adopción” (Gál 4, 4 y s.; cf. S. Th. III q. 23, aa. 1 y 2).

9.En este contexto conviene leer e interpretar también las palabras que siguen en el mencionado texto de la Carta de Pablo a los Gálatas: “Y puesto que sois hijos, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ‘Abbá, Padre’ (Gál 4, 6); y las de la Carta a los Romanos: “No habéis recibido el espíritu de siervos... antes habéis recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos: ‘Abbá, Padre’” (Rom 8, 15). Así, pues, cuando, en nuestra condición de hijos adoptivos (adoptados en Cristo): “hijos en el Hijo”, dice San Pablo (cf. Rom 8, 19), gritamos a Dios “Padre”, “Padre Nuestro”, estas palabras se refieren al mismo Dios a quien Jesús con intimidad incomparable le decía: “Abbá..., Padre mío”.

     Juan Pablo II

 

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EL CAMINO DE MARIA . Edición número 568 para %EmailAddress%

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