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Cum Maria contemplemur
Christi vultum!
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“Bendecid al
Señor en todas sus obras. Ensalzad su nombre, y uníos en la
confesión de sus alabanzas.” “Alabadle así con alta voz: Las obras
del Señor son todas buenas, sus órdenes se cumplen a tiempo, pues
todas se hacen desear a su tiempo... No ha lugar a decir: ¿Qué es
esto, para qué esto? Todas las cosas fueron creadas para sus fines”
(Eclo 39, 19-21.
26).
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Edición 568
20 DE FEBRERO
DE 2011


Soy todo
tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi vida.
Dame tu Corazón, oh María.
Soy
todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo.
Amen.


Oh Dios Padre Misericordioso, que por mediación de Jesucristo, nuestro
Redentor, y de su Madre, la Bienaventurada Virgen María, y la acción del
Espíritu Santo, concediste al Beato Juan Pablo II la gracia de ser
Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina, de los hijos e
hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad,
haz que yo sepa también responder con fidelidad a las exigencias de la
vocación cristiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de
mi vida en ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te
ruego que me concedas por su intercesión el favor que te pido (...)
(pídase).
A Tí, Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el
que vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que
santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos
de los siglos. Amén.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria
VIA MATRIS
Contemplación y meditación de los 7 Dolores de la Virgen
Santísima
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La Santísima Virgen María
manifestó a Santa Brígida que concedía 7 gracias a quienes
diariamente le honrasen considerando sus lágrimas y dolores y
rezando siete Avemarías:
1.Pondré paz en sus familias.
2.Serán iluminados en los
Divinos Misterios.
3.Los consolaré en sus penas y
acompañaré en sus trabajos.
4.Les daré cuanto me pidan,
con tal que no se oponga a la voluntad adorable de mi Hijo y a
la santificación de sus almas.
5.Los defenderé en los
combates espirituales con el enemigo infernal, y protegeré en
todos los instantes de su vida.
6.Los asistiré visiblemente en
el momento de su muerte: verán el rostro de su Madre.
7.He conseguido de mi Divino
Hijo que las almas que propaguen esta devoción a mis lágrimas y
dolores sean trasladadas de esta vida terrenal a la felicidad
eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi
Hijo y Yo seremos su consolación y alegría
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DIOS, CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA,
PADRE DE JESÚS Y PADRE NUESTRO
Bendito seas Señor, Padre que estás en el
Cielo, porque en tu infinita Misericordia te
has inclinado sobre la miseria del hombre y
nos has dado a Jesús, tu Hijo, nacido de
mujer, nuestro salvador y amigo, hermano y
Redentor. Gracias, Padre bueno, por el don
de este año; haz que sea un tiempo
favorable, el año del gran retorno a la casa
paterna, donde Tú, lleno de Amor, esperas a
tus hijos descarriados para darles el abrazo
del perdón y sentarlos a tu mesa, vestidos
con el traje de fiesta.
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por
siempre!
Padre Clemente, que en este año se
fortalezca nuestro amor a Ti y al prójimo:
que los discípulos de Cristo promuevan la
justicia y la paz; se anuncie a los pobres
la Buena Nueva y que la Madre Iglesia haga
sentir su amor de predilección a los
pequeños y marginados.
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
Padre Justo, que este año sea una
ocasión propicia para que todos los
católicos descubran el gozo de vivir en la
escucha de tu Palabra, abandonándose a tu Voluntad; que experimenten el valor de la
comunión fraterna partiendo juntos el pan y
alabándote con himnos y cánticos
espirituales.
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
Padre Misericordioso, que este año
sea un tiempo de apertura, de diálogo y de
encuentro con todos los que creen en Cristo
y con los miembros de otras religiones: en
tu inmenso Amor, muestra generosamente tu
Misericordia con todos.
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
Padre Omnipotente, haz que todos tus
hijos sientan que en su caminar hacia Ti,
meta última del hombre, los acompaña
bondadosamente la Virgen María, icono del
Amor puro, elegida por Ti para ser Madre de
Cristo y de la Iglesia.
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
A Ti, Padre de la vida, Principio sin
principio, suma Bondad y eterna Luz, con el
Hijo y el Espíritu, honor y gloria, alabanza
y gratitud por los siglos sin fin. Amén.
(ORACIÓN
PARA LA CELEBRACIÓN DEL GRAN
JUBILEO DEL AÑO 2000)
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Queridos Suscriptores de "El Camino de María"
Comenzamos una
serie de tres
ediciones de El Camino de María con textos
para meditar sobre filiación divina, o sea sobre nuestra
condición de hijos adoptivos de Dios.
"Dios
todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, aumenta en
nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos
alcanzar la herencia prometida", así reza toda la Iglesia
durante la liturgia dominical de la Santa Misa. Ella eleva esta
plegaria, como siempre, al Padre, por medio de Cristo, Hijo de
Dios, en el Espíritu Santo.
Tenemos el privilegio de llamar a Dios Padre, precisamente
porque el Hijo Eterno, de la misma naturaleza que el Padre, se
hizo hombre, se hizo uno de nosotros. Fue concebido en el seno
de María Virgen, en el momento de la Anunciación del Ángel, y
nació de Ella. Precisamente Él ―Hijo de María― nos dio el
privilegio de llamar a Dios con el nombre de Padre.
Y nos ha dado este privilegio, porque en Él y por Él nos hemos
convertido en hijos e hijas adoptivos de Dios. Tenemos esta
adopción en Cristo, nacido de una Madre terrena, de María. Y
Ella coopera constantemente a fin de que el espíritu de esta
filiación divina adoptiva no se debilite en nosotros, sino que
se refuerce.
La Madre de Cristo, Madre de la gracia divina, contribuye
también a que nosotros, adoptados en el Hijo, como hijos e hijas
de Dios, podamos obtener la herencia que Dios nos ha prometido:
la herencia del amor y de la verdad, la herencia de la gracia
santificante, la herencia de la vida eterna.
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Cuando Moisés pastoreaba
el rebaño de su suegro Jetró cerca del Horeb, el monte
santo, se le apareció Dios en una zarza que ardía sin
consumirse. Allí recibió la misión extraordinaria de su
vida: sacar al pueblo elegido de la esclavitud a que
estaba sometido por los egipcios y llevarlo a la Tierra
Prometida. Y como garantía de la empresa, el Señor le
dijo: Yo estoy contigo1. No pudo
imaginar Moisés entonces hasta qué punto Dios iba a
estar con él y con su pueblo en medio de tantas
vicisitudes y pruebas.
Tampoco
nosotros conocemos del todo –por nuestra limitación humana–
hasta qué extremo está Dios con nosotros en todos los
momentos de la vida. Esta cercanía se hace especialmente
próxima cuando Dios ve que estamos recorriendo el camino
hacia la santidad. Está como un Padre que cuida de su hijo
pequeño. Jesús, perfecto Dios y perfecto Hombre, nos habla
constantemente, a lo largo del Evangelio, de esta cercanía
de Dios en la vida de los hombres y de su amorosa
paternidad. Solo Él podía hacerlo, pues nadie conoce al
Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo2,
nos dice en el Evangelio de San Mateo (11, 27). El Hijo
conoce al Padre con el mismo conocimiento con que el Padre
conoce al Hijo. Jamás se ha dado ni se dará una intimidad
más perfecta. Es la identificación de saber y de
conocimiento que implica la unidad de la naturaleza divina.
Jesús está declarando con estas palabras su divinidad.
Y
como Hijo, que es consustancial con el Padre, nos manifiesta
quién es Dios Padre en relación a nosotros, y cómo en su
bondad nos otorga el Don del Espíritu Santo. Este fue el
núcleo de su revelación a los hombres: el misterio de la
Santísima Trinidad, y con él y en él la maravilla de la
paternidad divina. La última noche, cuando parece resumir en
la intimidad del Cenáculo lo que habían sido aquellos años
de entrega y de confidencias profundas, declara:
Manifesté tu Nombre a los que me diste.
«Manifestar el nombre» era mostrar el modo de ser, la
esencia de alguien. El Señor nos dio a conocer la intimidad
del misterio trinitario de Dios: su paternidad, siempre
próxima a los hombres. Son incontables las veces que Jesús
da a Dios el título de Padre en sus diálogos íntimos
y en su doctrina a las muchedumbres. Habla con detenimiento
de su bondad como Padre: retribuye cualquier pequeña acción,
pondera todo lo bueno que hacemos, incluso lo que nadie ve,
es tan generoso que reparte sus dones sobre justos e
injustos, anda siempre solícito y providente sobre nuestras
necesidades. Con frecuencia, el nombre de Padre viene citado
como un estribillo que le fuera muy grato repetir a Jesús.
Nunca está lejos de nuestra vida, como no lo está el padre
que ve a su hijo pequeño solo y en peligro. Si buscamos
agradarle en todo, siempre le encontraremos a nuestro lado:
«Cuando ames de verdad la Voluntad de Dios, no dejarás de
ver, aun en los momentos de mayor trepidación, que nuestro
Padre del Cielo está siempre muy cerca, a tu lado, con su
Amor eterno, con su cariño infinito».
(Hablar con Dios, I)
Santa María, Madre de Dios y
Madre de Misericordia,
Tú has dado al mundo la
verdadera Luz,
Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios.
Te has entregado por completo
a la llamada de Dios
y te has convertido así en
fuente
de la bondad que mana de Él.
Muéstranos a Jesús. Guíanos
hacia Él.
Enséñanos a conocerlo y amarlo,
para que también nosotros
podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor
y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento.
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