- Dios está siempre a nuestro lado.
- Imitar a Jesús para ser buenos hijos de Dios Padre.
- La filiación divina nos lleva a identificarnos con
Cristo.
I. Cuando Moisés pastoreaba el rebaño de
su suegro Jetró cerca del Horeb, el monte santo, se le
apareció Dios en una zarza que ardía sin consumirse. Allí
recibió la misión extraordinaria de su vida: sacar al pueblo
elegido de la esclavitud a que estaba sometido por los
egipcios y llevarlo a la Tierra Prometida. Y como garantía
de la empresa, el Señor le dijo: Yo estoy contigo1.
No pudo imaginar Moisés entonces hasta qué punto Dios iba a
estar con él y con su pueblo en medio de tantas vicisitudes
y pruebas.
Tampoco nosotros conocemos del todo –por
nuestra limitación humana– hasta qué extremo está Dios con
nosotros en todos los momentos de la vida. Esta cercanía se
hace especialmente próxima cuando Dios ve que estamos
recorriendo el camino hacia la santidad. Está como un Padre
que cuida de su hijo pequeño. Jesús, perfecto Dios y
perfecto Hombre, nos habla constantemente, a lo largo del
Evangelio, de esta cercanía de Dios en la vida de los
hombres y de su amorosa paternidad. Solo Él podía hacerlo,
pues nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien
el Hijo quiera revelarlo2, nos dice en el
Evangelio de la Misa. El Hijo conoce al Padre con el mismo
conocimiento con que el Padre conoce al Hijo. Jamás se ha
dado ni se dará una intimidad más perfecta. Es la
identificación de saber y de conocimiento que implica la
unidad de la naturaleza divina. Jesús está declarando con
estas palabras su divinidad.
Y como Hijo, que es consustancial con el
Padre, nos manifiesta quién es Dios Padre en relación a
nosotros, y cómo en su bondad nos otorga el Don del Espíritu
Santo. Este fue el núcleo de su revelación a los hombres: el
misterio de la Santísima Trinidad, y con él y en él la
maravilla de la paternidad divina. La última noche, cuando
parece resumir en la intimidad del Cenáculo lo que habían
sido aquellos años de entrega y de confidencias profundas,
declara: Manifesté tu nombre a los que me diste3.
«Manifestar el nombre» era mostrar el modo de ser, la
esencia de alguien. El Señor nos dio a conocer la intimidad
del misterio trinitario de Dios: su paternidad, siempre
próxima a los hombres. Son incontables las veces que Jesús
da a Dios el título de Padre en sus diálogos íntimos
y en su doctrina a las muchedumbres. Habla con detenimiento
de su bondad como Padre: retribuye cualquier pequeña acción,
pondera todo lo bueno que hacemos, incluso lo que nadie ve4,
es tan generoso que reparte sus dones sobre justos e
injustos5, anda siempre solícito y providente
sobre nuestras necesidades6. Con frecuencia, el
nombre de Padre viene citado como un estribillo que le fuera
muy grato repetir a Jesús. Nunca está lejos de nuestra vida,
como no lo está el padre que ve a su hijo pequeño solo y en
peligro. Si buscamos agradarle en todo, siempre le
encontraremos a nuestro lado: «Cuando ames de verdad la
Voluntad de Dios, no dejarás de ver, aun en los momentos de
mayor trepidación, que nuestro Padre del Cielo está siempre
cerca, muy cerca, a tu lado, con su Amor eterno, con su
cariño infinito»7.
II. Dios no es solamente el hacedor del
hombre, como el pintor lo es del cuadro; Dios es padre del
hombre, y de un modo misterioso y sobrenatural le hace
partícipe de la naturaleza divina8. El Padre
ha querido que nos llamemos hijos de Dios y que en verdad
lo seamos9. Ser hijos de Dios no es una
conquista nuestra, no es un progreso humano, sino don
divino, don inefable que hemos de considerar y de agradecer
frecuentemente todos los días. La filiación divina será el
fundamento de nuestra alegría y de nuestra esperanza al
realizar la tarea que el Señor nos ha encomendado. Aquí
estará la seguridad ante los posibles temores y angustias:
Padre, Padre mío, le diremos tantas veces,
acariciando este nombre suave y sonoro, jugoso y fuerte;
¡Padre!, le gritaremos en momentos de alegría y en
situaciones de peligro. «Llámale Padre muchas veces al día,
y dile –a solas, en tu corazón– que le quieres, que le
adoras: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo»10.
Nuestra participación en la filiación
divina se realiza a través de Jesucristo: en la medida en
que nos empeñamos, con la ayuda de la gracia, en parecernos
a Él, que es el Primogénito de muchos hermanos sin dejar de
ser el Unigénito del Padre.
Dios Padre nos ve cada vez más como hijos
suyos en la medida en que nos parecemos más a su Hijo: si
procuramos trabajar como Él, si tratamos con misericordia a
quienes vamos encontrando en las diversas circunstancias que
componen un día nuestro, si reparamos por los pecados del
mundo, si somos agradecidos como lo era Jesús. Y, de modo
especial, si en la oración acudimos a nuestro Padre Dios
como lo hacía Jesucristo: prorrumpiendo frecuentemente en
acciones de gracias y actos de alabanza ante las continuas
manifestaciones del amor que Dios nos tiene. Te doy
gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, leemos en el
Evangelio de hoy11. Gracias, le decimos nosotros,
porque me ha sucedido esto o aquello..., porque esa persona
se ha acercado a los sacramentos..., porque me ayudas a
sacar la familia adelante..., por poder desahogar mi corazón
en la dirección espiritual..., por todo... Nos portamos como
buenos hijos de Dios cuando nuestro pensamiento, nuestros
afectos, se dirigen a Dios Padre con mucha frecuencia; no
solo en los momentos difíciles, sino también en medio de la
alegría, para alabarle y bendecirle: Bendice, alma mía,
al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma
mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas
tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida
de la fosa, y te colma de gracia y de ternura12.
Hemos de procurar mirar a las gentes como
lo hacía el Maestro... ¡Qué distinto es el mundo visto a
través de la mirada de Cristo! Y es el Espíritu Santo el que
nos impulsa a asemejarnos más a Cristo. Porque los que
son guiados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios13.
«Con el Espíritu se pertenece a Cristo –comenta San Juan
Crisóstomo–, se le posee, se compite en honor con los
ángeles. Con el Espíritu se crucifica la carne, se gusta el
encanto de una vida inmortal, se tiene la prenda de la
resurrección futura, se avanza rápidamente por el camino de
la virtud»14. La filiación divina es el camino
ancho para ir a la Trinidad Beatísima.
III. Hemos meditado muchas veces en la
misericordia de Dios, que quiso hacerse hombre para que el
hombre en cierto modo se pudiera hacer Dios, se divinizara15,
participara de modo real de la misma vida de Dios. La gracia
santificante, que recibimos en los sacramentos y a través de
las buenas obras, nos va identificando con Cristo y
haciéndonos hijos en el Hijo, pues Dios Padre tiene
un solo Hijo, y no cabe acceder a la filiación divina más
que en Cristo, unidos e identificados con Él, como
miembros de su Cuerpo Místico: vivo yo; pero ya no soy yo
quien vive: es Cristo quien vive en mí16, San
Pablo a los Gálatas.
Por esta razón, si nos dirigimos al Padre
es Cristo quien ora en nosotros; cuando renunciamos a algo
por Él, es Él quien está detrás de este espíritu de
desasimiento; cuando queremos acercar a alguien a los
sacramentos, nuestro afán apostólico no es más que un
reflejo del celo de Jesús por las almas. Por benevolencia
divina, nuestros trabajos y nuestros dolores completan los
trabajos y los dolores que el Señor sufrió por su Cuerpo
místico, que es la Iglesia. ¡Qué inmenso valor adquieren
entonces el trabajo, el dolor, las dificultades de los días
corrientes!
Este esfuerzo ascético que, con la ayuda
de la gracia, nos lleva a identificarnos cada vez más con el
Señor, nos debe mover a tener los mismos sentimientos que
Cristo Jesús17; y conforme nos identificamos
con Él vamos creciendo en el sentido de la filiación divina,
somos –para decirlo de algún modo– más hijos de Dios.
En la vida humana no cabe ser «más o menos hijo» de un padre
de la tierra, sino que todos lo son por igual: cabe solo ser
buenos o malos hijos. En la vida sobrenatural,
conforme más santos seamos, somos más hijos de Dios; al
meternos más y más en la intimidad divina, llegamos a ser
no solo mejores hijos, sino más hijos. Esa debe
ser la gran meta de la vida de un cristiano: un continuo
crecimiento en su filiación divina.
Nuestra Madre, Santa María, es el modelo
perfecto de esta grandeza sublime a la que puede llegar la
gracia divina cuando encuentra una correspondencia total.
Nadie ha estado, fuera de Cristo en su Santísima Humanidad,
más cerca de Dios; ni ninguna criatura puede llegar a ser,
en la plenitud de sentido en la que la Santísima Virgen lo
fue, Hija de Dios Padre.
Pidámosle que meta en nuestras almas la
inquietud de buscar esas enseñanzas del Espíritu Santo que
nos impulsan a imitar a Jesús: bajo su influjo tendremos la
urgencia, la necesidad ardiente de volvernos hacia el Padre
en todo momento, pero especialmente en la Misa: le
invocaremos Padre clementísimo18,
uniéndonos al sacrificio de su Hijo; nos atreveremos a verle
como Padre y llamarle Abba, precisamente porque
estamos ungidos por el Espíritu de su Hijo, que clama
Abba, Padre19. Él es quien nos hace tener el
hambre y la sed de Dios y de su gloria, tan patentes en su
Hijo Encarnado. Y el Padre es glorificado por nuestra
creciente semejanza con su Hijo Unigénito: Aquel que es
poderoso sobre todas las cosas para hacer mucho más de lo
que podemos pedir o pensar20, 21.
1 Primera lectura. Año I.
Ex 3, 1-6; 9-1 2. — 2 Mt 11, 27. — 3
Jn 17, 6. — 4 Cfr. Mt 6, 3-4; 17-18. —
5 Cfr. Mt 5, 44-46. — 6 Cfr. Mt
4, 7-8, 25-33. — 7 San Josemaría Escrivá, Forja,
n. 240. — 8 2 Pdr 1, 4. — 9 1 Jn
3, 1 — 10 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios,
150 — 11 Mt 11, 25-26. — 12 Salmo
responsorial. Año I. Sal 102, 1-4. — 13
Rom 8, 14. — 14 San Juan Crisóstomo,
Comentario a la Epístola a los Romanos, 13. — 15
Cfr. San Ireneo, Contra los herejes, V, pref. — 16
Gal 2, 20. — 17 Flp 2, 5 — 18
Cfr. Misal Romano, Anáfora I. — 19 Gal
4, 6. — 20 Ef 3, 20. — 21 Cfr. B.
Perquin Abba, Padre, Rialp, Madrid 1986, pp. 139-140.