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Cum Maria contemplemur
Christi vultum!

La
esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación de
Jesús en la proclamación de las Bienaventuranzas. Las Bienaventuranzas
elevan nuestra esperanza hacia el Cielo como hacia la nueva tierra
prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que
esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de Jesucristo y
de su Pasión, Dios nos guarda en ‘la esperanza que no falla’ (Rm
5, 5). La esperanza es ‘el ancla del alma’, segura y firme, ‘que
penetra... a donde entró por nosotros como precursor Jesús’ (Hb 6,
19-20). Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación:
‘Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la
esperanza de salvación’ (1 Ts 5, 8). Nos procura el gozo en la
prueba misma: ‘Con la alegría de la esperanza; constantes en la
tribulación’ (Rm 12, 12). Se expresa y se alimenta en la oración,
particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo
que la esperanza nos hace desear.
(Catecismo de la Iglesia Católica, 1820)
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Edición
272
CONTEMPLAR EL ROSTRO DE
CRISTO
11 de febrerode 2007
Evangelio según San
Lucas
6,17-26.
17 Bajando con ellos se detuvo
en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran
muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera
de Tiro y Sidón,
18 que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y
los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados.
19 Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que
sanaba a todos.
20 Y Él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía:
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
21 Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis
saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis.
22 Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os
expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del
Hijo del hombre.
23 Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será
grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.
24 «Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido
vuestro consuelo.
25 ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis
hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto.
26 ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de
ese modo trataban sus padres a los falsos profetas.


Soy
todo tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi
vida. Dame tu Corazón, oh María.
Soy
todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo.
Amen.




Oh Dios Padre
Misericordioso, que por
mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la
Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo,
concediste a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei,
la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina,
de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres
de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad
a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los
momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir
al Reino de Jesucristo. Te ruego que te dignes glorificar a tu Siervo
Juan Pablo II, Servus Servorum Dei, y que me concedas por su
intercesión el favor que te pido... (pídase). A Tí,
Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que
vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que
santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos
de los siglos. Amén.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
LIBRO
DE VISITAS
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Señor Jesucristo
Proclama una vez más
tus Bienaventuranzas
ante estos jóvenes
reunidos en Toronto
para su Jornada mundial.
Mira con amor
y escucha estos corazones jóvenes
que están dispuestos a
arriesgar su futuro por Ti.
Tú los has llamado a ser
"sal de la tierra y luz del mundo".
Sigue enseñándoles
la verdad y la belleza
de las perspectivas que anunciaste
en la Montaña.
Transfórmalos en
hombres y mujeres
de las Bienaventuranzas.
Que brille en ellos
la luz de Tu Sabiduría,
de forma que con
sus palabras y obras
sepan difundir en el mundo
la luz y la sal del Evangelio.
Haz que toda su
vida sea
un reflejo luminoso de Ti,
que eres la Luz verdadera,
que vino a este mundo,
para que quien crea en Ti no muera
sino que tenga la vida eterna
(cf. Jn 3, 16).
Oración al
concluir el Discurso de Acogida de la
XVII JORNADA
MUNDIAL DE LA JUVENTUD. Toronto, Exhibition Place
Jueves 25 de julio de 2002
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Queridos Suscriptores de "El Camino de María"
En el
Evangelio de este domingo de San Lucas leemos la Carta Magna del
Cristianismo: las Bienaventuranzas. Éstas son
las bases de la constitución del Reino de Dios. Antes de ser un
mensaje ético de comportamientos, la Bienaventuranzas son
una afirmación teologal de la primacía de Dios y de sus
criterios, a menudo contrarios a los caminos y pensamientos de
los hombres. En realidad las Bienaventuranzas son una
reafirmación del primer mandamiento: “Yo soy el Señor Dios
tuyo: no tendrás otro Dios fuera de Mí”. Avidez de riquezas,
poder, fuerza, soberbia, opresión… son contrarias al programa
escogido por Jesús. Él ha decidido que el Reino crezca con
personas que optan por la pobreza, la mansedumbre, la pureza del
corazón, la búsqueda y el trabajo por la paz, el sufrimiento del
mal y la injusticia.
En
Redemptoris Missio, Juan Pablo II nos escribe lo
siguiente:"El misionero es el hombre de las
Bienaventuranzas. Jesús instruye a los Doce, antes de
mandarlos a evangelizar, indicándoles los caminos de la misión:
pobreza, mansedumbre, aceptación de los sufrimientos y
persecuciones, deseo de justicia y de paz, caridad: es decir,
les indica precisamente las Bienaventuranzas, practicadas
en la vida apostólica (cfr Mt 5,1-12). Viviendo las
Bienaventuranzas experimenta y demuestra concretamente que
el Reino de Dios ya ha venido y que él lo ha acogido. La
característica de toda vida misionera auténtica es la alegría
interior, que viene de la fe. En un mundo angustiado y oprimido
por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador de
la buena nueva ha de ser un hombre que ha encontrado en Cristo
la verdadera esperanza.” (Redemptoris
Missio, n. 91).
A su vez en
Salvifici Doloris nos escribe "...En
su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó
incesantemente al mundo del sufrimiento humano. «Pasó
haciendo el bien», y este obrar suyo se dirigía, ante todo,
a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba los
enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los
hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la
ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas
disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los
muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto al
del cuerpo como al del alma. Al mismo tiempo instruía,
poniendo en el centro de su enseñanza las ocho
Bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres
probados por diversos sufrimientos en su vida temporal.
Estos son los «pobres de espíritu», «los que lloran», «los
que tienen hambre y sed de justicia», « los que padecen
persecución por la justicia», cuando los insultan, los
persiguen y, con mentira, dicen contra ellos todo género de
mal por Cristo...Así según San Mateo. Por su parte San Lucas
menciona explícitamente a los que ahora padecen hambre)... (Carta Apostólica
Salvifici Doloris,
16)
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(...) Por tanto,
cuanto más imitamos a Jesús y
permanecemos unidos a Él, tanto más
entramos en el misterio de la santidad
divina. Descubrimos que somos amados por
Él de modo infinito, y esto nos impulsa
a amar también nosotros a nuestros
hermanos. Amar implica siempre un acto
de renuncia a sí mismo, "perderse a sí
mismos", y precisamente así nos hace
Bienaventurados.
Ahora pasemos a
considerar el evangelio de esta fiesta,
el anuncio de las Bienaventuranzas, que
hace poco hemos escuchado resonar en
esta basílica. Dice Jesús: "Bienaventurados
los pobres de espíritu, los que lloran,
los mansos, los que tienen hambre y sed
de justicia, los misericordiosos, los
puros de corazón, los artífices de paz,
los perseguidos por causa de la
justicia" (cf. Mt 5, 3-10).
En realidad, el bienaventurado por
excelencia es sólo Él, Jesús. En efecto,
Él es el verdadero pobre de espíritu, el
que llora, el manso, el que tiene hambre
y sed de justicia, el misericordioso, el
puro de corazón, el artífice de paz; Él
es el perseguido por causa de la
justicia.
Las
Bienaventuranzas nos muestran la
fisonomía espiritual de Jesús y así
manifiestan su misterio, el misterio de
muerte y resurrección, de pasión y de
alegría de la resurrección. Este
misterio, que es misterio de la
verdadera bienaventuranza, nos invita al
seguimiento de Jesús y así al camino que
lleva a ella.
En la medida en
que acogemos su propuesta y lo seguimos,
cada uno con sus circunstancias, también
nosotros podemos participar de Su
Bienaventuranza. Con Él lo imposible
resulta posible e incluso un camello
pasa por el ojo de una aguja (cf. Mc
10, 25); con Su Ayuda, sólo con Su
Ayuda, podemos llegar a ser perfectos
como es perfecto el Padre celestial (cf.
Mt 5, 48).
Queridos
hermanos y hermanas, entramos ahora en
el corazón de la celebración
eucarística, estímulo y alimento de
santidad. Dentro de poco se hará
presente del modo más elevado Cristo, la
vid verdadera, a la que, como
sarmientos, se encuentran unidos los
fieles que están en la tierra y los
santos del cielo. Así será más íntima la
comunión de la Iglesia peregrinante en
el mundo con la Iglesia triunfante en la
gloria.
En el Prefacio
proclamaremos que los santos son para
nosotros amigos y modelos de vida.
Invoquémoslos para que nos ayuden a
imitarlos y esforcémonos por responder
con generosidad, como hicieron ellos, a
la llamada divina.
Invoquemos en
especial a María, Madre del Señor y
espejo de toda santidad. Que Ella, la
toda santa, nos haga fieles discípulos
de Su Hijo Jesucristo. Amén.
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Siguiendo una antigua
tradición y como recuerdo de los principales dolores y gozos
de la vida de San José, la Iglesia dedica los siete domingos
anteriores a su festividad (19 de marzo). Por ello hemos
confeccionado un libro digital con meditaciones para cada
domingo extractadas de la Exhortación Apostólica
Redemptoris custos,
en la que el Siervo de Dios Juan Pablo II recoge la
tradición patrística y teológica sobre San José, abriendo
horizontes de estudio y meditación sobre la figura de este
santo, que está, en la escala que baja del Cielo, inmediato
a María, por encima de los Ángeles.
Le invitamos a descargar
gratuitamente en su computadora el libro digital que lleva
por título: LA MISIÓN DE SAN JOSÉ EN LA VIDA DE CRISTO Y
DE LA IGLESIA, desde la siguiente dirección de nuestro
sitio
VirgoFidelis:
http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=28
Oh, Señor Jesucristo,
te rogamos
que nos sigas enseñando la verdad de los Mandamientos y de las
Bienaventuranzas. Haz que seamos testigos gozosos de Tu Verdad
y apóstoles convencidos de Tu Reino. Permanece siempre junto
a nosotros, especialmente cuando seguirte a Ti y Tu Evangelio
sea difícil y exigente. Tú serás nuestra fuerza, Tú serás
nuestra victoria." (Juan Pablo II)
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