EL CAMINO DE MARIA: Newsletter 653. FELIZ PASCUA DE RESURRECCION . MARIA Y LA RESURRECCION DE CRISTO. EL SEPULCRO VACIO Y EL ENCUENTRO CON CRISTO RESUCITADO. Editada por SantoRosario.info

Esta edición la puede leer y/o imprimir desde: http://www.mariamediadora.com/Oracion/Newsletter751.htm

El detalle de todas las ediciones de "El Camino de María" del año 2010, 2011, 2012 y 2013 lo puede obtener en:

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EL CAMINO DE MARÍA

Cum Maria contemplemur Christi vultum!

"Contemplar el Rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el «programa» que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización. (Beato Juan Pablo II . Ecclesia de Eucharistia n°7)

JESUS, CONFIO EN TI

"Ofrezco a los hombres un Recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese Recipiente es esta Imagen con la firma: JESÚS, EN TI CONFÍO"  

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Newsletter 751

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

7 de abril de 2013

Soy todo tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi vida. Dame tu Corazón, oh María.

Soy todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo. Amen.

IMPLORAR FAVORES POR INTERCESIÓN DEL BEATO JUAN PABLO II

Oh Dios Padre Misericordioso, que por mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo, concediste al Beato Juan Pablo II la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina, de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te ruego que me concedas por su intercesión el favor que te pido (...) (pídase).

A Tí, Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria

 

 

 

Querido/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

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La fiesta que celebramos el Domingo II de Pascua es, de entre todas las formas de la devoción a la Divina Misericordia, la que tiene mayor rango. Jesús habló por primera vez a Santa Faustina de instituir esta fiesta el 22 de febrero de 1931 en Plock el mismo día en que le pidió que pintara su imagen y le dijo: “Yo deseo que haya una Fiesta de la Divina Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer Domingo después de la Pascua de Resurrección; ese Domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia”.  Durante los años posteriores, Jesús le repitió a Santa Faustina este deseo en catorce ocasiones, definiendo precisamente la ubicación de esta fiesta en el calendario litúrgico de la Iglesia, el motivo y el objetivo de instituirla, el modo de prepararla y celebrarla, así como las gracias a ella vinculada.

Por fin, el 30 de abril del año 2000, coincidiendo con la canonización de Santa Faustina, “Apóstol de la Divina Misericordia”, el Beato Juan Pablo II instituyó oficialmente la Fiesta de la Divina Misericordia a celebrarse todos los años en esa misma fecha: Domingo siguiente a la Pascua de Resurrección.

Luego de su Homilía, el Beato Juan Pablo II anunció: «En todo el mundo, el segundo Domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros».
 
Con la institución de esta Fiesta, el Beato Juan Pablo II concluyó la tarea asignada por Nuestro Señor Jesús a Santa Faustina en Polonia, 69 años atrás, cuando en febrero de 1931 le dijo:  “Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia”.  Dicha Fiesta constituye uno de los elementos centrales del Mensaje de la Divina Misericordia según le fuera revelado por nuestro Señor a Sor Faustina.

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DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

La Iglesia celebra el Domingo de la Divina Misericordia, «una invitación perenne a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y pruebas» de la humanidad. La preparación de la fiesta se ha iniciado el Viernes Santo con el inicio de la Novena a la Divina Misericordia.

"...El Papa Juan Pablo II, valorando la experiencia espiritual de una humilde religiosa, Santa Faustina Kowalska, quiso que el Domingo después de Pascua estuviera dedicado de una forma especial a la Divina Misericordia; y la Providencia dispuso que él muriera precisamente en la vigilia de tal día [en las manos de la Misericordia Divina]. El misterio del Amor Misericordioso de Dios estuvo en el centro del pontificado de mi venerado Predecesor. Recordemos, en particular, la Encíclica DIVES IN MISERICORDIA de 1980, y la dedicación del nuevo Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia, en 2002. Las palabras que él pronunció en esa última ocasión fueron como una síntesis de su magisterio, evidenciando que el culto de la Misericordia Divina no es una devoción secundaria, sino dimensión integrante de la fe y de la oración del cristiano." (Benedicto XVI, Ángelus. Domingo 23 de abril de 2006) .

DEVOCIÓN A LA DIVINA MISERICORDIA

Le invitamos a leer en nuestro sitio BeatoJuanPabloII.org los principales aspectos de la Devoción a la Divina Misericordia, según surge de las anotaciones del Diario  "LA DIVINA MISERICORDIA EN MI ALMA" .  Durante la década de 1930, Santa Faustina anotó en su Diario las enseñanzas recibidas directamente de Nuestro Señor Jesucristo en torno a la Divina Misericordia; sus experiencias místicas, así como sus reflexiones y oraciones.  

http://www.beatojuanpabloii.org/DivinaMisericordia

En dicha dirección podrá leer, meditar e imprimir el siguiente contenido:

LA NOVENA A LA DIVINA MISERICORDIA
LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA
LA CORONILLA DE LA DIVINA MISERICORDIA
COMO REZAR LA CORONILLA DE LA DIVINA MISERICORDIA
LA IMAGEN DE LA DIVINA MISERICORDIA
LA HORA DE LA DIVINA MISERICORDIA

LA MISERICORDIA DE DIOS SIEMPRE VENCE

"...Quisiera que llegara sobre todo al corazón de cada uno, porque es allí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva: Jesús ha resucitado, hay la esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia. La Misericordia de Dios siempre vence.

También nosotros, como las mujeres discípulas de Jesús que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, podemos preguntarnos qué sentido tiene este evento (cf. Lc 24,4). ¿Qué significa que Jesús ha resucitado? Significa que el Amor de Dios es más fuerte que el mal y la muerte misma, significa que el Amor de Dios puede transformar nuestras vidas y hacer florecer esas zonas de desierto que hay en nuestro corazón. Y esto lo puede hacer el Amor de Dios.

Este mismo Amor por el que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, y ha ido hasta el fondo por la senda de la humildad y de la entrega de Sí, hasta descender a los infiernos, al abismo de la separación de Dios, este mismo Amor Misericordioso ha inundado de luz el Cuerpo muerto de Jesús, y lo ha transfigurado, lo ha hecho pasar a la vida eterna. Jesús no ha vuelto a su vida anterior, a la vida terrenal, sino que ha entrado en la vida gloriosa de Dios y ha entrado en ella con nuestra humanidad, nos ha abierto a un futuro de esperanza.

He aquí lo que es la Pascua: el éxodo, el paso del hombre de la esclavitud del pecado, del mal, a la libertad del amor y la bondad. Porque Dios es vida, sólo vida, y su gloria somos nosotros: es el hombre vivo (cf. san Ireneo, Adv. haereses, 4,20,5-7).

Queridos hermanos y hermanas, Cristo murió y resucitó una vez para siempre y por todos, pero el poder de la resurrección, este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe ponerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concretos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana. Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el Amor de Dios y del prójimo, cuando no se es consciente de ser custodio de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Pero la Misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos (cf. Ez 37,1-14).

He aquí, pues, la invitación que hago a todos: Acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la Misericordia de Dios, dejémonos amar por Jesús, dejemos que la fuerza de su Amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta Misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz..."

(Del Mensaje Urbi et Orbi del Santo Padre Francisco - Pascua 2013)

CATEQUESIS DEL PAPA EMÉRITO BENEDICTO XVI 

   

LA MISERICORDIA DE DIOS

SALE SIEMPRE A NUESTRO ENCUENTRO

"El «Sí» de Dios no es parcial, no pasa del «sí» al «no», sino que es un sencillo y seguro «Sí». Y si a este «Sí» nosotros correspondemos con nuestro «sí», con nuestro «amén», estaremos seguros en el «Sí» de Dios."

Audiencia general . Miércoles 30 de mayo de 2012


«¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios» (2 Co 1, 3-4)


Queridos hermanos y hermanas:

En estas catequesis estamos meditando sobre la oración en las cartas de San Pablo y tratamos de ver la oración cristiana como un verdadero encuentro personal con Dios Padre, en Cristo, mediante el Espíritu Santo. Hoy, en este encuentro, entran en diálogo el «Sí» fiel de Dios y el «amén» confiado de los creyentes. Quiero subrayar esta dinámica, reflexionando sobre la Segunda Carta a los Corintios. San Pablo envía esta apasionada Carta a una Iglesia que en repetidas ocasiones puso en tela de juicio su apostolado, y abre su corazón para que los destinatarios tengan la seguridad de su fidelidad a Cristo y al Evangelio. Esta Segunda Carta a los Corintios comienza con una de las oraciones de bendición más elevadas del Nuevo Testamento. Reza así: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios» (2 Co 1, 3-4).

Así pues, San Pablo vive en gran tribulación; son muchas las dificultades y las aflicciones que ha tenido que atravesar, pero nunca ha cedido al desaliento, sostenido por la gracia y la cercanía del Señor Jesucristo, para el cual se había convertido en apóstol y testigo poniendo en sus manos toda su existencia. Precisamente por esto, san Pablo comienza esta Carta con una oración de bendición y de acción de gracias a Dios, porque en ningún momento de su vida de apóstol de Cristo sintió que le faltara el apoyo del Padre Misericordioso, del Dios de todo consuelo. Sufrió terriblemente, lo dice en esta Carta, pero en todas esas situaciones, donde parecía que ya no se abría un camino ulterior, recibió de Dios consuelo y fortaleza. Por anunciar a Cristo sufrió incluso persecuciones, hasta el punto de ser encarcelado, pero siempre se sintió libre interiormente, animado por la presencia de Cristo, deseoso de anunciar la palabra de esperanza del Evangelio. Desde la cárcel, encadenado, escribe a Timoteo, su fiel colaborador: «La Palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo aguanto todo por los hermanos, para que ellos también alcancen la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús» (2 Tm 2, 9b-10). Al sufrir por Cristo, experimenta el consuelo de Dios. Escribe: «Lo mismo que abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, abunda también nuestro consuelo gracias a Cristo» (2 Co 1, 5).

En la oración de bendición que introduce la Segunda Carta a los Corintios domina, por tanto, junto al tema de las aflicciones, el tema del consuelo, que no ha de entenderse sólo como simple consolación, sino sobre todo como aliento y exhortación a no dejarse vencer por la tribulación y las dificultades. La invitación es a vivir toda situación unidos a Cristo, que carga sobre Sí todo el sufrimiento y el pecado del mundo para traer luz, esperanza y redención. Así Jesús nos hace capaces de consolar, a nuestra vez, a aquellos que se encuentran en toda clase de aflicción. La profunda unión con Cristo en la oración, la confianza en su presencia, disponen a compartir los sufrimientos y las aflicciones de los hermanos. San Pablo escribe: «¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién tropieza sin que yo me encienda?» (2 Co 11, 29). Esta actitud de compartir no nace de una simple benevolencia, ni sólo de la generosidad humana o del espíritu de altruismo, sino que brota del consuelo del Señor, del apoyo inquebrantable de la «fuerza extraordinaria que proviene de Dios y no de nosotros» (cf. 2 Co 4, 7)

Queridos hermanos y hermanas, nuestra vida y nuestro camino a menudo están marcados por dificultades, incomprensiones y sufrimientos. Todos lo sabemos. En la relación fiel con el Señor, en la oración constante, diaria, también nosotros podemos sentir concretamente el consuelo que proviene de Dios. Y esto refuerza nuestra fe, porque nos hace experimentar de modo concreto el «sí» de Dios al hombre, a nosotros, a mí, en Cristo; hace sentir la fidelidad de su amor, que llega hasta el don de su Hijo en la cruz. San Pablo afirma: «El Hijo de Dios, Jesucristo, que fue anunciado entre vosotros por mí, por Silvano y por Timoteo, no fue “sí” y “no”, sino que en Él sólo hubo “Sí”. Pues todas las promesas de Dios han alcanzado su “Sí” en Él. Así, por medio de Él, decimos nuestro “amén” a Dios, para gloria suya a través de nosotros» (2 Co 1, 19-20).

El «Sí» de Dios no es parcial, no pasa del «sí» al «no», sino que es un sencillo y seguro «Sí». Y si a este «Sí» nosotros correspondemos con nuestro «sí», con nuestro «amén», estaremos  seguros en el «Sí» de Dios.

La fe no es, primariamente, acción humana, sino don gratuito de Dios, que arraiga en su fidelidad, en su «Sí», que nos hace comprender cómo vivir nuestra existencia amándolo a Él y a los hermanos. Toda la historia de la salvación es un progresivo revelarse de esta fidelidad de Dios, a pesar de nuestras infidelidades y nuestras negaciones, con la certeza de que «los dones y la llamada de Dios son irrevocables», como declara el Apóstol en la Carta a los Romanos (11, 29).

Queridos hermanos y hermanas, el modo de actuar de Dios —muy distinto del nuestro— nos da consuelo, fuerza y esperanza porque Dios no retira su «Sí». Ante los contrastes en las relaciones humanas, a menudo incluso en las relaciones familiares, tendemos a no perseverar en el amor gratuito, que cuesta esfuerzo y sacrificio. Dios, en cambio, nunca se cansa de nosotros, nunca se cansa de tener paciencia con nosotros, y con su inmensa Misericordia siempre nos precede, sale Él primero a nuestro encuentro; su «Sí» es completamente fiable. En el acontecimiento de la Cruz nos revela la medida de su Amor, que no calcula y no tiene medida. San Pablo, en la Carta a Tito, escribe: «Se manifestó la Bondad de Dios, nuestro Salvador, y su Amor al hombre» (Tt 3, 4). Y para que este «sí» se renueve cada día «nos ungió, nos selló y ha puesto su Espíritu como prenda en nuestros corazones» (2 Co 1, 21b-22).

De hecho, es el Espíritu Santo quien hace continuamente presente y vivo el «Sí» de Dios en Jesucristo y crea en nuestro corazón el deseo de seguirlo para entrar totalmente, un día, en su Amor, cuando recibiremos una morada en los cielos no construida por manos humanas. No hay ninguna persona que no sea alcanzada e interpelada por este Amor fiel, capaz de esperar incluso a quienes siguen respondiendo con el «no» del rechazo y del endurecimiento del corazón. Dios nos espera, siempre nos busca, quiere acogernos en la comunión con Él para darnos a cada uno de nosotros plenitud de vida, de esperanza y de paz.

En el «Sí» fiel de Dios se injerta el «amén» de la Iglesia que resuena en todas las acciones de la liturgia: «amén» es la respuesta de la fe con la que concluye siempre nuestra oración personal y comunitaria, y que expresa nuestro «sí» a la iniciativa de Dios. A menudo respondemos de forma rutinaria con nuestro «amén» en la oración, sin fijarnos en su significado profundo. Este término deriva de ’aman’ que en hebreo y en arameo significa «hacer estable», «consolidar» y, en consecuencia, «estar seguro», «decir la verdad». Si miramos la Sagrada Escritura, vemos que este «amén» se dice al final de los Salmos de bendición y de alabanza, como por ejemplo en el Salmo 41: «A mí, en cambio, me conservas la salud, me mantienes siempre en tu presencia. Bendito el Señor, Dios de Israel, desde siempre y por siempre. Amén, amén» (vv. 13-14). O expresa adhesión a Dios, en el momento en que el pueblo de Israel regresa lleno de alegría del destierro de Babilonia y dice su «sí», su «amén» a Dios y a su Ley. En el Libro de Nehemías se narra que, después de este regreso, «Esdras abrió el Libro de la Ley en presencia de todo el pueblo, de modo que toda la multitud podía verlo; al abrirlo, el pueblo entero se puso de pie. Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo respondió con las manos levantadas: “Amén, amén”» (Ne 8, 5-6).

Por lo tanto, desde los inicios el «amén» de la liturgia judía se convirtió en el «amén» de las primeras comunidades cristianas. Y el libro de la liturgia cristiana por excelencia, el Apocalipsis de san Juan, comienza con el «amén» de la Iglesia: «Al que nos ama y nos ha librado de nuestros pecados con su Sangre, y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén» (Ap 1, 5b-6). Así está escrito en el primer capítulo del Apocalipsis. Y el mismo libro se concluye con la invocación «Amén, ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20).

Queridos amigos, la oración es el encuentro con una Persona viva que podemos escuchar y con la que podemos dialogar; es el encuentro con Dios, que renueva su fidelidad inquebrantable, su «Sí» al hombre, a cada uno de nosotros, para darnos su consuelo en medio de las tempestades de la vida y hacernos vivir, unidos a Él, una existencia llena de alegría y de bien, que llegará a su plenitud en la vida eterna.

En nuestra oración estamos llamados a decir «sí» a Dios, a responder con este «amén» de la adhesión, de la fidelidad a Él a lo largo de toda nuestra vida. Esta fidelidad nunca la podemos conquistar con nuestras fuerzas; no es únicamente fruto de nuestro esfuerzo diario; proviene de Dios y está fundada en el «Sí» de Cristo, que afirma: mi alimento es hacer la Voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34). Debemos entrar en este «Sí», entrar en este «Sí» de Cristo, en la adhesión a la Voluntad de Dios, para llegar a afirmar con San Pablo que ya no vivimos nosotros, sino que es Cristo mismo quien vive en nosotros. Así, el «amén» de nuestra oración personal y comunitaria envolverá y transformará toda nuestra vida, una vida de consolación de Dios, una vida inmersa en el Amor eterno e inquebrantable.

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EL CAMINO DE MARIA . Edición nro 751 para %EmailAddress%

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