EL CAMINO DE MARIA: Newsletter 654. DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA . Editada por SantoRosario.info

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El detalle de todas las ediciones de "El Camino de María" del año 2010, 2011 y 2012 lo puede obtener en:

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EL CAMINO DE MARÍA

Cum Maria contemplemur Christi vultum!

"Contemplar el Rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el «programa» que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización. (Beato Juan Pablo II . Ecclesia de Eucharistia n°7)

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¡Oh María, Madre de Misericordia! Tú conoces como nadie el Corazón de tu Divino Hijo. Inspíranos con respecto a Jesús la confianza filial que vivieron los santos, la confianza que animó a SantaFaustina Kowalska, gran apóstol de la Misericordia divina en nuestro tiempo.

Mira con amor nuestra miseria; arráncanos Madre, de las contrastantes tentaciones de la autosuficiencia y del abatimiento, y alcánzanos la abundancia de la Misericordia que nos salva

Juan Pablo II

JESUS, CONFIO EN TI

"Ofrezco a los hombres un Recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese Recipiente es esta Imagen con la firma: JESÚS, EN TI CONFÍO"  

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Newsletter 654

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

15 de abril de 2012

Soy todo tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi vida. Dame tu Corazón, oh María.

Soy todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo. Amen.

IMPLORAR FAVORES POR INTERCESIÓN DEL BEATO JUAN PABLO II

Oh Dios Padre Misericordioso, que por mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo, concediste al Beato Juan Pablo II la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina, de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te ruego que me concedas por su intercesión el favor que te pido (...) (pídase).

A Tí, Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria

25 de marzo al 25 de diciembre

 

 

"Ustedes, en cambio, son descendencia elegida, reino de sacerdotes y nación santa, pueblo adquirido en posesión para anunciar las grandezas del que los llamó de la oscuridad a su luz admirable. Los que en otro tiempo no eran pueblo, ahora son Pueblo de Dios; los que no habían conseguido misericordia, ahora obtuvieron Misericordia". (1Pe 2, 9-10)

LA DIVINA MISERICORDIA SE COMUNICÓ AL MUNDO MEDIANTE LA MATERNIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

"...Dirigimos nuestra mirada a María Santísima, a la que hoy invocamos con el título dulcísimo de "Mater Misericordiae". María es "Madre de la Misericordia" porque es la Madre de Jesús, en El que Dios reveló al mundo su "Corazón" rebosante de Amor. La compasión de Dios por el hombre se comunicó al mundo mediante la Maternidad de la Virgen María. Iniciada en Nazaret por obra del Espíritu Santo, la Maternidad de María culminó en el misterio pascual, cuando fue asociada íntimamente a la Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo Divino. Al pie de la Cruz la Virgen se convirtió en Madre de los discípulos de Cristo, Madre de la Iglesia y de toda la humanidad" (Regina Coeli. Domingo 22 de abril de 2001).
 
"...Al concluir estas consideraciones, encomendamos a María, Madre de Dios y Madre de Misericordia, nuestras personas, los sufrimientos y las alegrías de nuestra existencia, la vida moral de los creyentes y de los hombres de buena voluntad, las investigaciones de los estudiosos de moral. María es Madre de Misericordia porque Jesucristo, su Hijo, es enviado por el Padre como revelación de la Misericordia de Dios (cf. Jn 3, 16-18). Él ha venido no para condenar sino para perdonar, para derramar misericordia (cf. Mt 9, 13). Y la misericordia mayor radica en su estar en medio de nosotros y en la llamada que nos ha dirigido para encontrarlo y proclamarlo, junto con Pedro, como «el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Ningún pecado del hombre puede cancelar la Misericordia de Dios, ni impedirle poner en acto toda su fuerza victoriosa, con tal de que la invoquemos. Más aún, el mismo pecado hace resplandecer con mayor fuerza el Amor del Padre que, para rescatar al esclavo, ha sacrificado a su Hijo : Su Misericordia para nosotros es Redención. Esta Misericordia alcanza la plenitud con el don del Espíritu Santo, que genera y exige la vida nueva. Por numerosos y grandes que sean los obstáculos opuestos por la fragilidad y el pecado del hombre, el Espíritu, que renueva la faz de la tierra (cf. Sal 104, 30), posibilita el milagro del cumplimiento perfecto del bien. Esta renovación, que capacita para hacer lo que es bueno, noble, bello, grato a Dios y conforme a su voluntad, es en cierto sentido el colofón del don de la Misericordia, que libera de la esclavitud del mal y da la fuerza para no volver a pecar. Mediante el don de la vida nueva, Jesús nos hace partícipes de su Amor y nos conduce al Padre en el Espíritu." (ENCÍCLICA "VERITATIS SPLENDOR", n. 118)

 

Querido/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

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La fiesta que celebramos el segundo Domingo de Pascua es, de entre todas las formas de la devoción a la Divina Misericordia, la que tiene mayor rango. Jesús habló por primera vez a Santa Faustina de instituir esta fiesta el 22 de febrero de 1931 en Plock el mismo día en que le pidió que pintara su imagen y le dijo: “Yo deseo que haya una Fiesta de la Divina Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer Domingo después de la Pascua de Resurrección; ese Domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia”.  Durante los años posteriores, Jesús le repitió a Santa Faustina este deseo en catorce ocasiones, definiendo precisamente la ubicación de esta fiesta en el calendario litúrgico de la Iglesia, el motivo y el objetivo de instituirla, el modo de prepararla y celebrarla, así como las gracias a ella vinculada.

Por fin, el 30 de abril del año 2000, coincidiendo con la canonización de Santa Faustina, “Apóstol de la Divina Misericordia”, el Beato Juan Pablo II instituyó oficialmente la Fiesta de la Divina Misericordia a celebrarse todos los años en esa misma fecha: Domingo siguiente a la Pascua de Resurrección.

Luego de su Homilía, el Beato Juan Pablo II anunció: «En todo el mundo, el segundo Domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros».
 
Con la institución de esta Fiesta, el Beato Juan Pablo II concluyó la tarea asignada por Nuestro Señor Jesús a Santa Faustina en Polonia, 69 años atrás, cuando en febrero de 1931 le dijo:  “Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia”.  Dicha Fiesta constituye uno de los elementos centrales del Mensaje de la Divina Misericordia según le fuera revelado por nuestro Señor a Sor Faustina.
 
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En la meditación antes del rezo del Regina Coeli del Domingo 23 de abril de 1995, Juan Pablo II expresó:
 
«Hoy concluye la octava de Pascua, durante la cual la Iglesia repite con júbilo las palabras del salmo: «Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 118, 24). Toda la octava es como un único día, el día nuevo, el día de la nueva creación. Venciendo la muerte Cristo creó un mundo nuevo (cf. Ap 21, 5). De la Pascua brotan para los creyentes novedad de vida, paz y alegría.

Sin embargo, la paz y la alegría de la Pascua no son sólo para la Iglesia: son para el mundo entero. La alegría es la victoria sobre el miedo, sobre la violencia y sobre la muerte. La paz es lo contrario de la angustia. Saludando a los Apóstoles atemorizados y desalentados por su pasión y muerte, el Resucitado les dice: «La paz con vosotros» (Jn 20, 19). Cuando Cristo se aparece a san Juan en la isla de Patmos, le dirige esta invitación: «No temas, soy Yo, el Primero y el Último, el que Vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno» (Ap 1, 17-18).

La Pascua vence el miedo del hombre, porque da la única respuesta verdadera a uno de sus problemas mayores: la muerte. La Iglesia, anunciando la Resurrección de Jesús, quiere transmitir a la humanidad la fe en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. El anuncio cristiano es esencialmente evangelio de la vida.

«Dad gracias al Señor porque es bueno» (Sal 118, 1). Este domingo es, de modo particular, un día de acción de gracias por la bondad que Dios muestra al hombre en todo el misterio pascual. Por eso se le llama  Domingo de la Misericordia Divina. En su esencia, la Misericordia de Dios, como ayuda a comprender mejor la experiencia mística de Faustina Kowalska, revela precisamente esta verdad: el bien vence al mal, la vida es más fuerte que la muerte y el Amor de Dios es más poderoso que el pecado. Todo esto se manifiesta en el misterio pascual de Cristo. Aquí Dios se muestra como es: un Padre de infinita ternura, que no se rinde frente a la ingratitud de sus hijos, y que siempre está dispuesto a perdonar.

Debemos experimentar personalmente esta Misericordia, si queremos ser también nosotros misericordiosos. ¡Aprendamos a perdonar! Sólo el milagro del perdón puede interrumpir la espiral del odio y de la violencia, que ensangrienta el camino de tantas personas y de tantas naciones.

Que María obtenga a toda la humanidad este don de la Misericordia divina, para que los hombres y los pueblos, tan probados por enfrentamientos y guerras fratricidas, venzan el odio y adopten actitudes concretas de reconciliación y de paz"

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

La Iglesia celebra el Domingo de la Divina Misericordia, «una invitación perenne a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y pruebas» de la humanidad. La preparación de la fiesta se ha iniciado el Viernes Santo con el inicio de la Novena a la Divina Misericordia.

"...El Siervo de Dios Juan Pablo II, valorando la experiencia espiritual de una humilde religiosa, Santa Faustina Kowalska, quiso que el Domingo después de Pascua estuviera dedicado de una forma especial a la Divina Misericordia; y la Providencia dispuso que él muriera precisamente en la vigilia de tal día [en las manos de la Misericordia Divina]. El misterio del Amor Misericordioso de Dios estuvo en el centro del pontificado de mi venerado Predecesor. Recordemos, en particular, la Encíclica DIVES IN MISERICORDIA de 1980, y la dedicación del nuevo Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia, en 2002. Las palabras que él pronunció en esa última ocasión fueron como una síntesis de su magisterio, evidenciando que el culto de la Misericordia Divina no es una devoción secundaria, sino dimensión integrante de la fe y de la oración del cristiano." (Benedicto XVI, Ángelus. Domingo 23 de abril de 2006) .

DEVOCIÓN A LA DIVINA MISERICORDIA

Le invitamos a leer en nuestro sitio BeatoJuanPabloII.org los principales aspectos de la Devoción a la Divina Misericordia, según surge de las anotaciones del Diario  "LA DIVINA MISERICORDIA EN MI ALMA" .  Durante la década de 1930, Santa Faustina anotó en su Diario las enseñanzas recibidas directamente de Nuestro Señor Jesucristo en torno a la Divina Misericordia; sus experiencias místicas, así como sus reflexiones y oraciones.  

http://www.beatojuanpabloii.org/DivinaMisericordia

En dicha dirección podrá leer, meditar e imprimir el siguiente contenido:

LA NOVENA A LA DIVINA MISERICORDIA
LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA
LA CORONILLA DE LA DIVINA MISERICORDIA
COMO REZAR LA CORONILLA DE LA DIVINA MISERICORDIA
LA IMAGEN DE LA DIVINA MISERICORDIA
LA HORA DE LA DIVINA MISERICORDIA

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"...Llegue a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las palabras que el antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en encontrar en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció: «He visto al Señor» (Jn 20,18). También nosotros, que hemos atravesado el desierto de la Cuaresma y los días dolorosos de la Pasión, hoy abrimos las puertas al grito de victoria: «¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!».
 
Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí porqué la Magdalena llama a Jesús «mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad..." (Del Mensaje Urbi et Orbi del Santo Padre Benedicto XVI - Pascua 2012)

HOMILÍA DEL BEATO JUAN PABLO II 

JESÚS, EN TI CONFÍO!

 

Queridos hermanos y hermanas.

1. "No temas:  Yo Soy el Primero y el Último, Yo Soy el que Vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos" (Ap 1, 17-18).

En la segunda lectura, tomada del libro del Apocalipsis, hemos escuchado estas consoladoras palabras, que nos invitan a dirigir la mirada a Cristo, para experimentar su tranquilizadora presencia. En cualquier situación en que nos encontremos, aunque sea la más compleja y dramática, el Resucitado nos repite a cada uno:  "No temas"; morí en la Cruz, pero ahora "vivo por los siglos de los siglos"; "Yo Soy el Primero y el Último, Yo Soy el que Vive".

"El Primero", es decir, la fuente de todo ser y la primicia de la nueva creación; "el Último", el término definitivo de la historia; "el que Vive", el manantial inagotable de la vida que ha derrotado la muerte para siempre. En el Mesías Crucificado y Resucitado reconocemos los rasgos del Cordero inmolado en el Gólgota, que implora el perdón para sus verdugos y abre a los pecadores arrepentidos las puertas del cielo; vislumbramos el Rostro del Rey inmortal, que tiene ya "las llaves de la muerte y del infierno" (Ap 1, 18).

2. "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna Su Misericordia" (Sal 117, 1).

Hagamos nuestra la exclamación del salmista, que hemos cantado en el Salmo responsorial:  La Misericordia del Señor es eterna. Para comprender a fondo la verdad de estas palabras, dejemos que la liturgia nos guíe al corazón del acontecimiento salvífico, que une la Muerte y la Resurrección de Cristo a nuestra existencia y a la historia del mundo. Este prodigio de Misericordia ha cambiado radicalmente el destino de la humanidad. Es un prodigio en el que se manifiesta plenamente el Amor del Padre, el cual, con vistas a nuestra redención, no se arredra ni siquiera ante el sacrificio de Su Hijo unigénito.

Tanto los creyentes como los no creyentes pueden admirar en el Cristo humillado y sufriente una solidaridad sorprendente, que lo une a nuestra condición humana más allá de cualquier medida imaginable. La Cruz, incluso después de la Resurrección del Hijo de Dios, "habla y no cesa nunca de decir que Dios-Padre es absolutamente fiel a su Eterno Amor por el hombre. (...) Creer en ese Amor significa creer en la Misericordia"
(Dives in Misericordia, 7).

Queremos dar gracias al Señor por Su Amor, que es más fuerte que la muerte y que el pecado. Ese Amor se revela y se realiza como Misericordia en nuestra existencia diaria, e impulsa a todo hombre a tener, a su vez, "misericordia" hacia el Crucificado. ¿No es precisamente amar a Dios y amar al próximo, e incluso a los "enemigos", siguiendo el ejemplo de Jesús, el programa de vida de todo bautizado y de la Iglesia entera?

3. Con estos sentimientos, celebramos el II Domingo de Pascua, que desde el año pasado, el año del gran jubileo, se llama también Domingo de la Misericordia Divina. Para mí es una gran alegría poder unirme a todos vosotros, queridos peregrinos y devotos, que habéis venido de diferentes naciones para conmemorar, a un año de distancia, la canonización de sor Faustina Kowalska, testigo y mensajera del Amor Misericordioso del Señor. La elevación al honor de los altares de esta humilde religiosa, hija de mi tierra, representa un don no sólo para Polonia, sino también para toda la humanidad. En efecto, el mensaje que anunció constituye la respuesta adecuada y decisiva que Dios quiso dar a los interrogantes y a las expectativas de los hombres de nuestro tiempo, marcado por enormes tragedias. Un día Jesús le dijo a sor Faustina:  "La humanidad no encontrará paz hasta que se dirija con confianza a la Misericordia Divina" (
Diario, p. 132). ¡La Misericordia Divina! Este  es el don pascual que la Iglesia recibe de Cristo  Resucitado y que ofrece a la humanidad.

4. El Evangelio, que acabamos de proclamar, nos ayuda a captar plenamente el sentido y el valor de este don. El evangelista San Juan nos hace compartir la emoción que experimentaron los Apóstoles durante el encuentro con Cristo, después de su Resurrección. Nuestra atención se centra en el gesto del Maestro, que transmite a los discípulos temerosos y atónitos la misión de ser ministros de la misericordia divina. Les muestra sus manos y su costado con los signos de su pasión, y les comunica:  "Como el Padre me ha enviado, así también os envío Yo" (Jn 20, 21). E inmediatamente después "exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:  "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos"(Jn 20, 22-23). Jesús les confía el don de "perdonar los pecados", un don que brota de las heridas de sus manos, de sus pies y sobre todo de Su costado traspasado. Desde allí una ola de Misericordia inunda toda la humanidad.

Revivamos este momento con gran intensidad espiritual. También a nosotros el Señor nos muestra hoy sus Llagas gloriosas y su Corazón, Manantial inagotable de Luz y Verdad, de Amor y perdón.

5. ¡El Corazón de Cristo! Su Sagrado Corazón ha dado todo a los hombres:  la redención, la salvación y la santificación. De ese Corazón rebosante de ternura, Santa Faustina Kowalska vio salir dos haces de luz que iluminaban el mundo. "Los dos rayos -como le dijo el mismo Jesús- representan la Sangre y el Agua" (Diario, p. 132). La Sangre evoca el sacrificio del Gólgota y el misterio de la Eucaristía; el Agua, según la rica simbología del evangelista San Juan, alude al Bautismo y al Don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14).

A través del misterio de este Corazón herido, no cesa de difundirse también entre los hombres y las mujeres de nuestra época el flujo restaurador del Amor Misericordioso de Dios. Quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo en Él puede encontrar su secreto.

6. "Jesús, en Ti confío". Esta jaculatoria, que rezan numerosos devotos, expresa muy bien la actitud con la que también nosotros queremos abandonarnos con confianza en Tus manos, oh Señor, nuestro único Salvador.

Tú ardes del deseo de ser amado, y el que sintoniza con los sentimientos de Tu Corazón aprende a ser constructor de la nueva civilización del amor. Un simple acto de abandono basta para romper las barreras de la oscuridad y la tristeza, de la duda y la desesperación. Los rayos de Tu Misericordia Divina devuelven la esperanza, de modo especial, al que se siente oprimido por el peso del pecado.

María, Madre de Misericordia, haz que mantengamos siempre viva esta confianza en tu Hijo, nuestro Redentor. Ayúdanos también tú, Santa Faustina, que hoy recordamos con particular afecto. Fijando nuestra débil mirada en el Rostro del Salvador divino, queremos repetir contigo:  "Jesús, en Ti confío". Hoy y siempre. Amén
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EL CAMINO DE MARIA . Edición número 654 para %EmailAddress%

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