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Cum
Maria contemplemur Christi vultum!

"Ofrezco a los hombres un Recipiente con el que han de venir a la Fuente
de la Misericordia para recoger gracias. Ese Recipiente es esta Imagen
con la firma: JESÚS, EN TI CONFÍO" (Diario, 327)
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Edición 396
CRISTO REY DEL UNIVERSO
Solemnidad
Domingo 23 noviembre de
2008
¡Alabanza y
Honor
a Ti,
oh Cristo!.
Con tu
Cruz
has redimido el mundo. Te encomendamos, al comienzo del nuevo milenio,
nuestro compromiso de servir a este mundo que Tú amas y que también
nosotros amamos. Sostennos con la fuerza de tu gracia.
María, Madre del Redentor, su primera y perfecta discípula,
ayúdanos a ser sus testigos en el nuevo milenio. Haz que tu Hijo, Rey
del universo y de la historia, reine en nuestra vida, en nuestras
comunidades y en el mundo entero.
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Salmo 109, 1-5. 7
EL MESIAS, REY Y SACERDOTE
Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus
pies.»
Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.
«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores
sagrados;
Yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora.»
El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres Sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»
El Señor a tu derecha, el día de su ira, quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente, por eso levantará la cabeza.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio,
ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
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Soy todo tuyo y todas mis cosas Te
pertenecen. Te pongo al centro de mi vida. Dame tu Corazón, oh María.
Soy
todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo.
Amen.



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Oh Dios Padre
Misericordioso,
que por
mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la
Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo,
concediste a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei,
la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia
peregrina, de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los
hombres y mujeres de buena voluntad, haz que yo sepa también
responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana,
convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en
ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te ruego que
te dignes glorificar a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum
Dei, y que me concedas por su intercesión el favor que te
pido... (pídase). A Tí, Padre Omnipotente, origen del
cosmos y del hombre, por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y
de la historia, en el Espíritu Santo que santifica el universo,
alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos.
Amén.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
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"Yo soy Rey. Para esto
nací, para esto vine al mundo, para ser testigo de la Verdad". (Jn 18, 36-37)
" Por eso Dios lo engrandeció y le concedió el Nombre que está
sobre todo nombre, para que, ante el Nombre de Jesús, todos se
arrodillen, en los cielos, en la tierra y entre los muertos. Y
toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para Gloria de
Dios Padre." (Fil. 2, 9 -11)
Consagración de la
humanidad para
el día de Cristo Rey
Dulcísimo Jesús,
Redentor del género
humano! Miradnos
humildemente
postrados; vuestros
somos y vuestros
queremos ser, y a fin
de vivir más
estrechamente unidos
con Vos, todos y cada
uno espontáneamente
nos consagramos en
este día a vuestro
Sacratísimo Corazón.
Muchos, por desgracia,
jamás, os han conocido;
muchos, despreciando
vuestros mandamientos,
os han desechado. ¡Oh
Jesús benignísimo!,
compadeceos de los unos
y de los otros, y
atraedlos a todos a
vuestro Corazón
Santísimo.
¡Oh
Señor! Sed Rey, no sólo
de los hijos fieles que
jamás se han alejado de
Vos, sino también de los
pródigos que os han
abandonado; haced que
vuelvan pronto a la Casa
Paterna, que no perezcan
de hambre y miseria.
Sed Rey de aquellos que,
por seducción del error
o por espíritu de
discordia, viven
separados de Vos;
devolvedlos al puerto de
la verdad y a la unidad
de la fe para que en
breve se forme un solo
rebaño bajo un solo
Pastor.
Sed Rey de los que
permanecen todavía
envueltos en las
tinieblas de la
idolatría; dignaos
atraerlos a todos a la
luz de vuestro Reino.
Conceded, ¡oh Señor!,
libertad
segura a vuestra
Iglesia; otorgad a todos
los pueblos la
tranquilidad en el
orden; haced que del uno
al otro confín de la
tierra no resuene sino
esta voz: ¡Alabado sea
el Corazón divino, causa
de nuestra salud! A Él
se entonen cánticos de
honor y de gloria por
los siglos de los
siglos. Amén .
(Esta oración fue
prescrita por el Papa
Pío IX para la fiesta de
Cristo Rey, en la
Carta Encíclica
Quas Primas)
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Queridos Suscriptores de "El Camino de María"
El
Domingo 23 de noviembre, último del año litúrgico, celebraremos la Solemnidad de
Jesucristo, Rey del Universo. Esta fiesta fue instaurada por
el Papa Pío XI
en la
Carta Encíclica
Quas Primas.
Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la
importancia de Cristo como centro de toda la historia universal.
Es el Alfa y el Omega, el principio y el fin. Cristo reina en
las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El
Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y
para todos los hombres.
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El Papa León
XIII, en su Encíclica Annum sacrum, afirmó que el Reino de Cristo se extiende a todos los
hombres:
"...El imperio de Cristo se
extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos
que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la
Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los
separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no
participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de
Jesús se halla todo el género humano..." (Annum sacrum
.25 de mayo de
1899).
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El Papa Pio XI escribió la Carta Encíclica
Quas Primas,
sobre la Fiesta de Cristo Rey.
LA REALEZA DE CRISTO
"Ha sido
costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en
sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia
que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas.
Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no
tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto
porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de
El y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que
reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en Él
la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la
santa Voluntad Divina, sino también porque con sus mociones e
inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende
en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que
Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su
supereminente caridad (Ef 3, 19) y con su mansedumbre y
benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás
nadie —entre
todos los nacidos—
ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas,
entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también
en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como
hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto
hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el
honor y el reino (Dan 7, 13-14); porque como Verbo de Dios,
cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de
tener común con Él lo que es propio de la divinidad y, por
tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y
absolutísimo sobre todas las criaturas." (Quas
Primas, n. 6.
11 de diciembre de 1925.)
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El Papa Benedicto
XVI pronunció las siguientes palabras antes del rezo del
Ángelus
del Domingo 26 de noviembre de 2006.
En este último Domingo
del año litúrgico celebramos la Solemnidad de Jesucristo, Rey
del Universo. El Evangelio de hoy nos propone de nuevo una parte
del dramático interrogatorio al que Poncio Pilato sometió a
Jesús, cuando se lo entregaron con la acusación de que había
usurpado el título de "rey de los judíos". A las
preguntas del gobernador romano, Jesús respondió afirmando que
sí era rey, pero no de este mundo (cf. Jn 18, 36). No
vino a dominar sobre pueblos y territorios, sino a liberar a los
hombres de la esclavitud del pecado y a reconciliarlos con Dios.
Y añadió: "Yo para esto he nacido y para esto he venido
al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la
verdad, escucha Mi Voz" (Jn 18, 37).
Pero ¿cuál es la
"verdad" que Cristo vino a testimoniar en el mundo? Toda su
existencia revela que Dios es Amor: por tanto, esta es la
verdad de la que dio pleno testimonio con el sacrificio de su
vida en el Calvario. La Cruz es el "trono" desde el que
manifestó la sublime realeza de Dios-Amor: ofreciéndose como
expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del
"príncipe de este mundo" (Jn 12, 31) e instauró
definitivamente el Reino de Dios. Reino que se
manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que
todos los enemigos, y por último la muerte, sean sometidos (cf.
1 Co 15, 25-26). Entonces el Hijo entregará el Reino al
Padre y finalmente Dios será "todo en todos" (1 Co
15, 28). El camino para llegar a esta meta es largo y no admite
atajos; en efecto, toda persona debe acoger libremente la verdad
del Amor de Dios. Él es Amor y Verdad, y tanto el amor como la
verdad no se imponen jamás: llaman a la puerta del corazón y de
la mente y, donde pueden entrar, infunden paz y alegría. Este es
el modo de reinar de Dios; este es su proyecto de salvación, un
"misterio" en el sentido bíblico del término, es decir, un
designio que se revela poco a poco en la historia.
A la realeza de Cristo
está asociada de modo singularísimo la Virgen María. A Ella,
humilde joven de Nazaret, Dios le pidió que se convirtiera en la
Madre del Mesías, y María correspondió a esta llamada con todo
su ser, uniendo su "Sí" incondicional al de su Hijo Jesús
y haciéndose con Él obediente hasta el sacrificio. Por eso Dios
la exaltó por encima de toda criatura y Cristo la coronó Reina
del Cielo y de la tierra. A su intercesión encomendamos la
Iglesia y toda la humanidad, para que el Amor de Dios reine en
todos los corazones y se realice su designio de justicia y de
paz.
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Junto a Jesús, Rey del universo, contemplemos a María, la Madre
del Rey, que por ello invocamos como Reina del Cielo y de la tierra. Pidamos a Ella que nos ayude a hacer de nuestra vida un
canto de alabanza y de fidelidad a Dios, Santo y Misericordioso.
Roguémosle, por lo tanto, que hable a Jesucristo en favor
nuestro, con la Oración de la Santa Misa de la festividad de
María Mediadora: "Acuérdate, Virgen Madre de Dios,
cuando estés delante del Señor, de decirle cosas buenas de mí."
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