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Edición 242
14-15 de septiembre de 2006
LA EXALTACIÓN DE LA SANTA
CRUZ
14 de septiembre
Nadie ha subido al cielo,
sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto,
también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para
que todos los que creen en Él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al
mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no
muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para
juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.
(Juan
3,13-17)
¯¯¯

MARÍA EN EL MISTERIO DE LA
CRUZ Y DE LA RESURRECCIÓN
15 de septiembre
Su padre y su
madre estaban admirados por lo que oían decir de Él.
Simeón, después de bendecirlos , dijo a María, la Madre: "Este niño será
causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de
contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así
se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".
(Lucas 2, 33-35)


Totus
tuus ego sum et omnia mea Tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi
cor Tuum, Maria.
Soy todo tuyo y todas mis cosas Te
pertenecen. Te pongo al centro de mi vida. Dame tu Corazón, oh María.


Totus tuus sum,
Maria,
Mater nostri Redemptoris.
Virgo Dei, Virgo pia,
Mater mundi Salvatoris.
Soy
todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo.
Amen.
¯¯¯
Oh María, Tú que has
recorrido el camino de la Cruz junto con tu Hijo, quebrantada por el
dolor en tu corazón de Madre, pero recordando siempre el "fiat" e
íntimamente confiada en que Aquél para quien nada es imposible
cumpliría sus promesas:
S uplica para nosotros y
para los hombres de las generaciones futuras la gracia del abandono en
el Amor de Dios.
Haz que ante el
sufrimiento, el rechazo y la prueba, por dura y larga que sea, jamás
dudemos de su Amor.
A Jesús, tu Hijo,
todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.


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NUESTRA
SEÑORA DE LOS DOLORES
15 de
septiembre
Nuestra Señora a Santa
Brígida
"Miro a todos
los que viven en el mundo para ver si hay quien se compadezca de
Mí y medite mi dolor, mas hallo poquísimos que piensen en mi
tribulación y padecimientos. Por eso tú, hija mía, no te olvides
de Mí que soy olvidada y menospreciada por muchos. Mira mi dolor e
imítame en lo que pudieres. Considera mis angustias y mis lágrimas
y duélete de que sean tan pocos los amigos de Dios."
¯¯¯
Oh Dios Padre
Misericordioso,
que por
mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la
Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo,
concediste a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei,
la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia
peregrina, de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los
hombres y mujeres de buena voluntad, haz que yo sepa también
responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana,
convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en
ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te ruego que
te dignes glorificar a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum
Dei, y que me concedas por su intercesión el favor que te
pido... (pídase). A Tí, Padre Omnipotente, origen del
cosmos y del hombre, por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y
de la historia, en el Espíritu Santo que santifica el universo,
alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos.
Amén.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
"...La
esperanza de María al pie de la Cruz encierra una luz más
fuerte que la oscuridad que reina en muchos corazones:
ante el sacrificio redentor, nace en María la esperanza de
la Iglesia y de la humanidad..." (Juan Pablo II, 2 de
abril de 1997)
LOS 7
DOLORES
DE LA VIRGEN MARÍA
1.LA
PROFECÍA DE SIMEÓN EN LA PRESENTACIÓN DEL NIÑO JESÚS EN EL
TEMPLO.
Lucas 2: 25-35.
2.LA
HUÍDA A EGIPTO CON JESÚS Y JOSÉ.
Mateo 2:
13-15.
3.EL
NIÑO JESÚS PERDIDO Y HALLADO EN EL TEMPLO.
Lucas
2: 41-50.
4,EL
ENCUENTRO DE MARIA CON CRISTO EN EL CAMINO DEL CALVARIO .
Via Crucis -
IV Estación.
5.LA
CRUCIFIXIÓN Y MUERTE DE JESÚS
Juan
19: 25-30.
6.JESÚS ES DESCENDIDO DE LA CRUZ Y DESCANSA EN EL REGAZO
DE SU MADRE.
Marcos 15, 42-46
7JESÚS ES COLOCADO EN EL
SEPULCRO LA SOLEDAD DE LA VIRGEN MARIA
Juan 19, 38-42
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Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"
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Esta semana la
Iglesia nos presenta dos celebraciones litúrgicas que nos
invitan a realizar una peregrinación espiritual hasta el
Calvario: la Exaltación de la Santa Cruz
(jueves 14) y
la Virgen de los Dolores
(viernes 15) Ambas celebraciones nos estimulan a unirnos a la
Virgen María en la contemplación del misterio de la Santa
Cruz.

Heraclio
(figura dañada en el centro) porta la Cruz hacia Jerusalén
ante la mirada de los persas.
El 14 de septiembre del año 628, el
emperador Heraclio rescató la Santa Cruz de manos de los
Persas, que se la habían robado de Jerusalén. La
Santa Cruz (para evitar nuevos robos) fue partida en
varios pedazos. Uno fue llevado a Roma, otro a Constantinopla,
un tercero se dejó en un hermoso cofre de plata en Jerusalén.
Otro se partió en pequeñísimas astillas para repartirlas en
diversas iglesias del mundo entero, que se llamaron "Veracruz"
(Verdadera Cruz).
"...También hoy, expresaba Juan Pablo II el 15 de septiembre de 2002 durante el rezo del Ángelus,
siguiendo la doctrina de los antiguos Padres, la Iglesia
presenta al mundo la Cruz como "árbol de la vida", en el que
se puede descubrir el sentido último y pleno de cada
existencia y de toda la historia humana.
Desde que Jesús la
convirtió en instrumento de la salvación universal, la Cruz ya
no es sinónimo de maldición, sino, al contrario, de bendición.
Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la Cruz le
revela que "Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único,
para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga
vida eterna" (Jn 3, 16). En una palabra, la Cruz es el
símbolo supremo del Amor de Dios...."
El Santo Padre Benedicto XVI,
por su parte, expresó en la meditación antes del rezo del
Ángelus del Domingo 11 de septiembre de 2005.:
¡Queridos
hermanos y hermanas!
El próximo miércoles, 14 de
septiembre, celebraremos la fiesta litúrgica de la
Exaltación de la Santa Cruz. En el Año dedicado a la
Eucaristía, esta celebración cobra un significado
particular: nos invita a meditar en el profundo e
indisoluble lazo que une la celebración eucarística con
el misterio de la Cruz. Cada Santa Misa, de hecho,
actualiza el sacrificio redentor de Cristo. Al Gólgota y
a la «hora» de la muerte en la Cruz --escribe el querido
Juan Pablo II en la Encíclica
«Ecclesia de Eucharistia»--
«vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra
la Santa Misa, junto con la comunidad cristiana que
participa en Ella» (n. 4). La Eucaristía es por
tanto el memorial de todo el misterio pascual: Pasión,
Muerte, Descenso a los infiernos, Resurrección y
Ascensión al Cielo, y la Cruz es la manifestación
impactante del acto de Amor infinito con el que el Hijo
de Dios ha salvado al hombre y al mundo del pecado y de
la muerte. Por este motivo, el signo de la Cruz es el
gesto fundamental de la oración del cristiano. Hacerse
el signo de la Cruz es pronunciar un «sí» visible y
público a Quien murió por nosotros y resucitó, al Dios
que en la humildad y debilidad de su Amor es el
Omnipotente, más fuerte que toda la potencia y la
inteligencia del mundo.
Después de la consagración, la asamblea de los fieles,
consciente de estar ante la presencia real de Cristo
crucificado y resucitado, hace esta aclamación:
«Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, ¡ven
Señor Jesús!». Con los ojos de la fe la comunidad
reconoce a Jesús vivo con los signos de su Pasión y,
junto a Tomás, llena de maravilla, puede repetir:
«Señor mío y Dios mío» (Juan 20, 28). La Eucaristía
es misterio de muerte y de gloria como la Cruz, que no
es un incidente en el camino, sino el pasaje por el que
Cristo entró en su gloria y reconcilió a la humanidad
entera, derrotando toda enemistad. Por este motivo, la
liturgia nos invita a implorar con esperanza confiada:
«Mane nobiscum, Domine!» ¡Quédate con nosotros,
Señor, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo!
María Santísima, presente en el Calvario ante la Cruz, está
también con la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en
cada una de nuestras celebraciones eucarísticas (Cf.
encíclica
«Ecclesia de Eucharistia»,
57). Por este motivo, nadie mejor que Ella nos puede
enseñar a comprender y a vivir con fe y amor la Santa
Misa, uniéndonos al sacrificio redentor de Cristo.
Cuando recibimos la Santa Comunión, como María y unidos
a Ella, nos abrazamos al madero que Jesús con su Amor ha
transformado en instrumento de salvación y pronunciamos
nuestro «amén», nuestro «sí» al Amor crucificado y
resucitado.
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La memoria de la Virgen de
los Dolores nos recuerda los dolores que sufrió la Madre
de Jesús, sobre todo el día de la Pasión y Muerte de su Hijo,
dolores que fueron profetizados por el anciano Simeón, cuando en
el templo de Jerusalén dijo a María que una espada le
traspasaría el corazón. La piedad popular ha representado a la
Virgen Dolorosa con un corazón traspasado por siete
espadas que simbolizan otros tantos dolores de María (hasta hace
pocos años, esta conmemoración se denominaba "Los siete
dolores de la Virgen María"). El tema de los dolores
de la Madre de Jesús ha sido, en el correr de los siglos, fuente
de inspiración para el arte cristiano. Pinturas y esculturas,
poesías y cánticos tienen como motivo los dolores de la Virgen.
Entre ellos sobresale la antífona "Stabat Mater",
que ha inspirado a grandes maestros de la música.
En algunos
párrafos del Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II a los
enfermos del 11 de febrero de 1994, leemos:
"...En la memoria de Nuestra Señora
de los Dolores, contemplamos a María como una imagen viva
del Evangelio del sufrimiento.
Recorred con la mente los
episodios de su vida. Hallaréis a María en la pobreza de la
casa de Nazaret, en la humillación de la gruta de Belén, en
las estrecheces de la huída a Egipto, en la fatiga del humilde
y bendito trabajo con Jesús y con José.
Sobre todo después de la profecía
de Simeón, que anunciaba la participación de la Madre en los
sufrimientos del Hijo (cf. Lc 2, 34), María experimentó en lo
más profundo de su ser un misterioso presagio de dolor. Junto
a su Hijo, también Ella comenzó a dirigirse hacia la Cruz.
"Fue en el Calvario donde el sufrimiento de María Santísima,
junto al de Jesús, alcanzó un vértice ya difícilmente
imaginable en su profundidad desde el punto de vista humano,
pero ciertamente misterioso y sobrenaturalmente fecundo para
los fines de la salvación universal" (Salvifici doloris,
25).
La Madre de Jesús fue
preservada del pecado, pero no del sufrimiento. Por ello,
el pueblo cristiano se identifica con la figura de la Virgen
Dolorosa, descubriendo en el dolor sus propios dolores. Al
contemplarla, cada fiel penetra más íntimamente en el misterio
de Cristo y de su dolor salvífico..."
La Santísima Virgen María
manifestó a Santa Brígida (1303-1373) que concedía siete gracias
a quienes diariamente le honrasen considerando sus lágrimas y
dolores y rezando siete Avemarías:
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1.Pondré paz en sus familias.
2.Serán iluminados en los Divinos Misterios.
3.Los consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.
4.Les daré cuanto me pidan, con tal que no se oponga a la
voluntad adorable de mi Hijo y a la santificación
de sus almas.
5.Los defenderé en los combates espirituales con el
enemigo infernal, y protegeré en todos los instantes de su
vida.
6.Los asistiré visiblemente en el momento de su muerte:
verán el rostro de su Madre.
7.He conseguido de mi Divino Hijo que las almas que
propaguen esta devoción a mis lágrimas y dolores sean
trasladadas de esta vida terrenal a la felicidad eterna
directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi
Hijo y Yo seremos su consolación y alegría.
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"Mis queridos
hermanos y hermanas: Junto a vosotros está siempre Santa María,
como estuvo al pie de la Cruz de Jesús. Acudid a Ella
exponiéndole vuestros dolores. La mano y la mirada maternales de
la Virgen os aliviará y consolará, como sólo Ella sabe hacerlo.
Cuando recéis el Santo Rosario, poned especial acento en aquella
invocación de la letanía: "Salud de los enfermos, ruega por
nosotros". " (Juan Pablo II .Conclusión del Discurso a
los enfermos. Catedral de Córdoba (Argentina) . Miércoles 8 de
abril de 1987).
Pidamos a la María Santísima, en
su advocación de Virgen de los
Dolores, que alimente en nosotros la firmeza de la fe y el ardor
de la caridad, de forma que llevemos con valor nuestra cruz cada
día y así participemos eficazmente en la obra de la redención.
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