NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

Edición nro. 97

   Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

 

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15 de septiembre
 
 Esta celebración recuerda los dolores que sufrió la madre de Jesús, sobre todo el día de la Pasión y Muerte de su Hijo, dolores que fueron profetizados por el anciano Simeón, cuando en el templo de Jerusalén dijo a María que una espada le traspasaría el corazón. La piedad popular ha representado a la Virgen Dolorosa con un corazón traspasado por siete espadas que simbolizan otros tantos dolores de María, y hasta hace pocos años, esta conmemoración se denominaba "Los siete dolores de la Virgen María". El tema de los dolores de la Madre de Jesús ha sido, en el correr de los siglos, fuente de inspiración para el arte cristiano. Pinturas y esculturas, poesías y cánticos tienen como motivo los dolores de la Virgen. Entre ellos sobresale la antífona "Stabat Mater", que ha inspirado a grandes maestros de la música.
 
 
 

LOS 7 DOLORES DE LA VIRGEN MARÍA

1.LA PROFECÍA DE SIMEÓN EN LA PRESENTACIÓN DEL NIÑO JESÚS EN EL TEMPLO.

 Lucas 2: 25-35.

  

2.LA HUÍDA A EGIPTO CON JESÚS Y JOSÉ.

Mateo 2: 13-15.

3.EL NIÑO JESÚS PERDIDO Y HALLADO EN EL TEMPLO.

Lucas 2: 41-50.

4,EL ENCUENTRO DE MARIA CON CRISTO EN EL CAMINO DEL CALVARIO.

Via Crucis - IV Estación.

5.LA CRUCIFIXIÓN Y MUERTE DE JESÚS

Juan 19: 25-30.

6.JESÚS ES DESCENDIDO DE LA CRUZ Y DESCANSA EN EL REGAZO DE SU MADRE.

Marcos 15, 42-46

7JESÚS ES COLOCADO EN  EL SEPULCRO  LA SOLEDAD DE LA VIRGEN MARIA

Juan 19, 38-42

Nuestra Señora a Santa Brígida

"Miro a todos los que viven en el mundo para ver si hay quien se compadezca de Mí y medite mi dolor, mas hallo poquísimos que piensen en mi tribulación y padecimientos. Por eso tú, hija mía, no te olvides de Mí que soy olvidada y menospreciada por muchos. Mira mi dolor e imítame en lo que pudieres. Considera mis angustias y mis lágrimas y duélete de que sean tan pocos los amigos de Dios."

LAS 7 GRACIAS DE LA VIRGEN MARÍA

La Santísima Virgen María manifestó a Santa Brígida (1303-1373) que concedía siete gracias a quienes diariamente le honrasen considerando sus lágrimas y dolores y rezando siete Avemarías:

1.Pondré paz en sus familias.

2.Serán iluminados en los Divinos Misterios.

3.Los consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.


4.Les daré cuanto me pidan, con tal que no se oponga a la voluntad adorable de mi Divino Hijo y a la santificación de sus almas.

5.Los defenderé en los combates espirituales con el enemigo infernal, y protegeré en todos los instantes de su vida.

6.Los asistiré visiblemente en el momento de su muerte; verán el rostro de su Madre.

7.He conseguido de mi Divino Hijo que las almas que propaguen esta devoción a mis lágrimas y dolores sean trasladadas de esta vida terrenal a la felicidad eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi Hijo y Yo seremos su consolación y alegría.

 
 
 
 

 

 

 

"...La esperanza de María al pie de la cruz encierra una luz más fuerte que la oscuridad que reina en muchos corazones: ante el sacrificio redentor, nace en María la esperanza de la Iglesia y de la humanidad..." (Juan Pablo II, 2 de abril de 1997)

 

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

A la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que celebramos ayer, sigue hoy la memoria de la Virgen de los Dolores. Estas dos celebraciones litúrgicas nos invitan a realizar una peregrinación espiritual hasta el Calvario. Nos estimulan a unirnos a la Virgen María en la contemplación del misterio de la Cruz. Para ello le remitimos hoy el texto íntegro de la Catequesis del Santo Padre del 11 de mayo de 1983 que lleva por título: "LA MATERNIDAD DE MARÍA OBTENIDA A LOS PIES DE LA CRUZ"

Asimismo para meditar junto con María, le enviamos el texto de la cuarta Catequesis de la serie: El Espíritu Santo prometido, cuyo tema es: LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO, SELLO DE LA NUEVA ALIANZA.

Pidamos a María, Madre del Redentor, que nos enseñe a ser dóciles a la voz del Espíritu Santo, atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia, como lo fue Ella.

 

ORACIÓN

Oh María, tú que has recorrido el camino de la Cruz junto con tu Hijo, quebrantada por el dolor en tu corazón de Madre, pero recordando siempre el "fiat"
e íntimamente confiada en que Aquél para quien nada es imposible cumpliría sus promesas:

Suplica para nosotros y para los hombres de las generaciones futuras la gracia del abandono en el Amor de Dios.

Haz que ante el sufrimiento, el rechazo y la prueba,
por dura y larga que sea, jamás dudemos de su Amor.

A Jesús, tu Hijo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Marisa y Eduardo Vinante 

Editores de "El Camino de María".  

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

EL ESPÍRITU SANTO PROMETIDO

LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO SELLO DE LA NUEVA ALIANZA.

Audiencia General del miércoles 31 de mayo  de 1989

LA MATERNIDAD DE MARÍA OBTENIDA A LOS PIES DE LA CRUZ

 Audiencia General del miércoles 11 de mayo  de 1983

  SELLO DE LA NUEVA ALIANZA

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. 'Mirad yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre' (Lc 24, 29). Después de los anuncios hechos por Jesús a los Apóstoles el día antes de su Pasión y Muerte, ahora, en el Evangelio de Lucas, está la promesa de un próximo cumplimiento. En las catequesis anteriores nos hemos basado, sobre todo, en el texto del 'discurso de la despedida', del Evangelio de Juan, analizando lo que dice Jesús en la Última Cena sobre el Paráclito y sobre su venida: texto fundamental en cuanto nos trae el anuncio y la promesa de Jesús que, en vísperas de su muerte, vincula la venida del Espíritu con su 'partir' subrayando así que tendrá el 'precio' de su marcha. Por eso Jesús dice 'Os conviene que yo me vaya' (Jn 16, 7).
 
También el Evangelio de Lucas, en su parte final, aporta sobre el tema importantes afirmaciones de Jesús, después de su resurrección. Dice: 'Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre... permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto' (Lc 24, 49). El Evangelista reitera esta misma afirmación al principio de los Hechos de los Apóstoles, libro del cual es también autor: 'Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre' (Hech 1, 4).
 
2. Hablando de la 'Promesa del Padre', Jesús señala la venida del Espíritu Santo ya anunciada de antemano en el antiguo Testamento. Leemos eh el Libro del Profeta Joel: 'Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones'  Precisamente a este texto del Profeta Joel hará referencia Pedro en el primer discurso de Pentecostés, como veremos inmediatamente.
 
También Jesús, cuando habla de la 'promesa del Padre' recuerda el anuncio de los Profetas, significativo incluso en su carácter genérico. Los anuncios de Jesús en la última Cena son explícitos y directos. Si ahora, después de la resurrección, se refiere al Antiguo Testamento, es señal de que quiere poner de relieve la continuidad de la verdad neumatológica a lo largo de toda la Revelación. Quiere decir que Cristo da cumplimiento a todas las promesas hechas por Dios ya en la antigua Alianza.
 
3. Estas promesas han encontrado una expresión concreta en el Profeta Ezequiel (36, 22.28). Dios anuncia, por medio del Profeta, la revelación de su propia santidad, profanada por los pecados del pueblo elegido, especialmente por la idolatría. Anuncia también que de nuevo reunirá a Israel purificándolo de toda mancha. Y luego promete: 'Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra...Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas..., seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios' (Ez 36, 26-28) .
 
El oráculo de Ezequiel precisaba, con la promesa del don del Espíritu, la conocida profecía de Jeremías sobre la Nueva Alianza: 'He aquí que vienen días (oráculo de Yahvéh) en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva Alianza... pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo' (Jr 31,31.33). En este texto el Profeta subraya que esta 'nueva Alianza' será distinta de la anterior, esto es, de aquella que estaba vinculada con la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto.
 
4. Jesús, antes de marchar al Padre, en la proximidad de lo que iba a suceder el día de Pentecostés, recuerda las promesas proféticas. Tiene presente, de modo especial, los textos tan elocuentes de Ezequiel y de Jeremías, en los que se hace ex presa referencia a la 'Alianza nueva'. Este 'infundir en vosotros un 'espíritu nuevo', proféticamente anunciado y prometido, está dirigido al 'corazón', a la esencia interior, espiritual, del hombre. El fruto de este insertar un espíritu nuevo será la colocación de la ley de Dios en lo intimo del hombre 'en su interior', y será, por tanto, un vinculo profundo de naturaleza espiritual y moral. En esto consistirá la esencia de la Nueva Ley, infundida en los corazones 'inédita' como dice Santo Tomás (Cfr. I-II, q. 106, a. 1), refiriéndose al Profeta Jeremías y a San Pablo, y siguiendo a San Agustín (Cfr. De spiritu et littera cc. 17, 21, 24: PL 44, 218, 224, 225).
 
Según el oráculo de Ezequiel, no se trata sólo de la ley de Dios infundida en el alma del hombre sino del don del Espíritu de Dios. Jesús anuncia el próximo cumplimiento de esta profecía maravillosa: el Espíritu Santo, autor de la Nueva Ley y Nueva Ley El mismo, estará presente en los corazones y actuará en ellos: 'vosotros le conocéis porque mora con vosotros y en vosotros está' (Jn 14, 17). Cristo, ya la tarde de la Resurrección, haciéndose presente a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, les dice: 'Recibid el Espíritu Santo' (Jn 20, 22).
 
5. La infusión del Espíritu Santo no comporta solamente el 'poner', el inscribir la ley divina en lo intimo de la esencia espiritual del hombre. En virtud de la pascua redentora de Cristo, se realiza también el Don de una Persona divina: el Espíritu Santo mismo se les 'da' a los Apóstoles (Cfr. Jn 14, 16), para que 'more' en ellos (Cfr. Jn 14,17). Es un Don por el cual Dios mismo se comunica al hombre en el misterio intimo de la propia divinidad, a fin de que, participando en la naturaleza divina, en la vida trinitaria, dé frutos espirituales. Es, por tanto, el don que está como fundamento de todos los dones sobrenaturales, según explica Santo Tomas (I, q. 88, a. 2). Es la raíz de la gracia santificante que, precisamente, 'santifica mediante la 'participación en la naturaleza divina)' (Cfr. 2 Ped 1, 4). Está claro que esta santificación implica una transformación del espíritu humano en el sentido moral. Y de este modo, lo que había sido formulado en el anuncio de los Profetas como un 'infundir' la ley de Dios en el 'corazón', se confirma, se precisa y se enriquece de significado en la nueva dimensión de la 'efusión del Espíritu'. En boca de Jesús y en los textos de los Evangelistas, la 'promesa' alcanza la plenitud de su significado: el Don de la Persona misma del Paráclito.
 
6. Esta 'efusión', este don del Espíritu tiene como fin también la consolidación de la misión de los Apóstoles, en el asomarse de la Iglesia a la historia y, por consiguiente, en todo el desarrollo de su misión apostólica. Al despedirse de los Apóstoles, Jesús les dice: seréis revestidos de poder desde lo alto' (Lc 24, 49). '... recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra' (Hech 1, 8).
 
'Seréis mis testigos': Los Apóstoles escucharon esto durante el 'discurso de despedida' (Cfr. Jn 15, 27). En el mismo discurso Jesús había unido su testimonio humano, ocular e 'histórico' sobre Él con el testimonio del Espíritu Santo: 'él dará testimonio de mi' (Jn 15, 26). Por esto, 'sobre el testimonio del Espíritu de la Verdad el testimonio humano de los Apóstoles encontrará el supremo sostén. Y encontrará, por consiguiente, en él también el fundamento interior de su continuación entre las generaciones que se sucederán a lo largo de los siglos' (Dominum et Vivificantem, 5).
 
Se trata entonces, y por consiguiente, de la realización del reino de Dios tal como es entendido por Jesús. Él, en el mismo diálogo anterior a la Ascensión al cielo, insiste una vez más a los Apóstoles que se trata de este reino (Cfr. Hech 1, 3), en su sentido universal y escatológico y no de un 'reino de Israel' (Hech 1, 6), sólo temporal, en el cual tenían ellos puesta su mirada.
 
7. Al mismo tiempo Jesús encarga a los Apóstoles que permanezcan a en Jerusalén después de la ascensión. Precisamente allí 'recibirán el poder desde lo alto'. Allí descenderá sobre ellos el Espíritu Santo. Una vez más se pone de relieve el vinculo y la continuidad entre la Antigua y la Nueva Alianza. Jerusalén, punto de llegada de la historia del pueblo de la Antigua Alianza, debe transformarse en el punto de partida de la historia del Pueblo de la Nueva Alianza, es decir, de la Iglesia.
 
Jerusalén ha sido elegida por Cristo mismo (Cfr. Lc 9, 51; Lc 13, 33) como el lugar del cumplimiento de su misión mesiánica; lugar de su muerte y resurrección '(Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré': Jn 2,19), lugar de la Redención. Con la pascua de Jerusalén, el 'tiempo de Cristo' se prolonga en el 'tiempo de la Iglesia': el momento decisivo será el día de Pentecostés. 'Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén' (Lc 24, 46-47). Este 'comienzo' acontecerá bajo la acción del Espíritu Santo que, en el inicio de la Iglesia, como Espíritu Creador 'Veni, Creator Spiritus', prolonga la obra llevada a cabo en el momento de la primera creación, cuando el Espíritu de Dios 'aleteaba por encima de las aguas' (Gen 1, 2).
 

 

  Maternidad de María obtenida a los pies de la Cruz

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. ''Jesús dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo el discípulo: He ahí a tu Madre" (Jn 19, 26 s).    En este Año Santo nos dirigimos con más fervor a María, porque un signo especialísimo de la reconciliación de la humanidad con Dios, ha sido la misión que a Ella se le confió en el Calvario, de ser la Madre de todos los redimidos.   
    
Las circunstancias en las que fue proclamada esta maternidad de María muestran la importancia que el Redentor le atribuía. En el momento mismo en que consumaba su sacrificio, Jesús dijo a la Madre esas palabras fundamentales: "Mujer, he ahí a tu hijo", y al discípulo: "He ahí a tu Madre" (Jn 19, 26-27). Y anota el Evangelista que, después de pronunciarlas, Jesús era consciente de que todo estaba cumplido. El don de la Madre era el don final que Él concedía a la humanidad como fruto de su sacrificio.
    
Se trata, pues, de un gesto que quiere coronar la obra redentora. Al pedir a María que trate al discípulo predilecto como a su hijo, Jesús le invita a aceptar el sacrificio de su muerte y, como precio de esta aceptación, le invita a asumir una nueva maternidad. Como Salvador de toda la humanidad, quiere dar a la maternidad de María la amplitud más grande. Por esto, elige a Juan como símbolo de todos los discípulos a los que Él ama, y hace comprender que el don de su Madre es el signo de una especial intención de amor, con la que abraza a todos los que desee atraer a Sí como discípulos, o sea. a todos los cristianos y a todos los hombres. Además, al dar a esta maternidad una forma individual, Jesús manifiesta la voluntad de hacer de María no simplemente la madre del conjunto de sus discípulos, sino de cada uno de ellos en particular, como si fuese su hijo único, que ocupa el puesto de su Unico Hijo.      
  
2. Esta maternidad universal, de orden espiritual, era la última consecuencia de la cooperación de María a la obra del Hijo divino, una cooperación que comienza en la trémula alegría de la Anunciación y se desarrolla hasta el dolor sin límites del Calvario. Esto es lo que el Concilio Vaticano II ha subrayado, al mostrar la misión a la que María ha sido destinada en la Iglesia: " Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó de forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia" (Lumen gentium, 61).
    
La maternidad de María en el orden de la gracia "continúa sin interrupción" hasta el fin del mundo, afirma el Concilio, que pone de relieve en particular la ayuda aportada por la Santísima Virgen a los hermanos de su Hijo en sus peligros y afanes (cf. Lumen gentium, 62). La mediación de María constituye una participación singular en la mediación única de Cristo, que, por lo mismo, no queda ofuscada ni en lo más mínimo, sino más bien queda como hecho central en toda la obra de la salvación.      
    
Por esto, la devoción a la Virgen no está en contraste con la devoción a su Hijo. Más aún, se puede decir que, al pedir al discípulo predilecto que tratara a María como a su Madre, Jesús fundó el culto mariano. Juan se dio prisa en cumplir la voluntad del Maestro: Desde aquel momento recibió en su casa a María, dándole muestras de un cariño filial, que correspondía al afecto materno de Ella, inaugurando así una relación de intimidad espiritual que contribuía a profundizar la relación con el Maestro, cuyos rasgos inconfundibles encontraba de nuevo en el rostro de la Madre. En el Calvario, pues, comenzó el movimiento de devoción mariana que luego no ha cesado de crecer en la comunidad cristiana.      
    
3. Las palabras que Cristo crucificado dirigió a su Madre y al discípulo predilecto, han dado una nueva dimensión a la condición religiosa de los hombres. La presencia de una Madre en la vida de la gracia es fuente de consuelo y alegría. En el rostro materno de María los cristianos reconocen una expresión particularísima del amor misericordioso de Dios, que, con la mediación de una presencia materna, hace comprender mejor su propia solicitud y bondad de Padre. María aparece como Aquella que atrae a los pecadores y les revela, con su simpatía e indulgencia, el don divino de reconciliación.
    
La maternidad de María no es solo individual. Tiene un valor colectivo que se manifiesta en el título de Madre de la Iglesia. Efectivamente, en el Calvario Ella se unió al sacrificio del Hijo que tendía a la formación de la Iglesia; su corazón materno compartió hasta el fondo la voluntad de Cristo de "reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 52). Habiendo sufrido por la Iglesia, María mereció convertirse en la Madre de todos los discípulos de su Hijo, la Madre de su unidad. Por esto. el Concilio afirma que "la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, la venera, como a Madre amantísima, con afecto de piedad filial" (Lumen gentium, 53).      
    
La Iglesia reconoce en Ella una Madre que vela por su desarrollo y que no cesa de interceder ante el Hijo para obtener a los cristianos disposiciones más profundas de fe, esperanza y amor. María trata de favorecer lo más posible la unidad de los cristianos, porque una madre se esfuerza por asegurar el acuerdo entre sus hijos. No hay un corazón ecuménico más grande, ni más ardiente, que el de María.
     
La Iglesia recurre a esta Madre perfecta en todas sus dificultades; le confía sus proyectos, porque, al rezarle y amarla, sabe que responde al deseo manifestado por el Salvador en la cruz, y está segura de no quedar defraudada en sus invocaciones.
  

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