EL CAMINO DE MARÍA

El Camino de María. Oración con la Madre del Redentor

Cum Maria contemplemur Christi vultum!

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TRONO DE LA SABIDURÍA.

María, la Santa Madre de Dios, siempre Virgen, es la obra maestra de la misión del Hijo y del Espíritu en la plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de la salvación y porque su Espíritu la preparó, el Padre encuentra en Ella la morada donde el Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres.

En ese sentido, la Tradición de la Iglesia ha leído, a menudo, en relación a María los más bellos textos sobre la Sabiduría (cf. Pr 8, 1 - 9, 6; Si 24). María es cantada y representada en la liturgia como «Trono de la Sabiduría»

(Catecismo de la Iglesia Católica, n° 721)

 JESUS, CONFIO EN TI

"Ofrezco a los hombres un Recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese Recipiente es esta Imagen con la firma: JESÚS, EN TI CONFÍO"  

Misericordia Divina, que brota del seno del Padre, en Ti confío.

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Edición especial

SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

 18-25 de enero de 2009

Totus Tuus

Soy todo tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi vida. Dame tu Corazón, oh María.

Soy todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo. Amen.

SantoRosario.info

MariaMediadora.com

Oh Dios Padre Misericordioso, que por mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo, concediste a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei,  la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina, de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te ruego que te dignes glorificar a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei, y que me concedas por su intercesión el favor que te pido... (pídase).  A Tí, Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

 

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CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PROMOCIÓN
DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Materiales para la
Semana de Oración por la unidad de los cristianos

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CRISTO LLAMA A TODOS SUS DISCÍPULOS A LA UNIDAD

"Cristo llama a todos sus discípulos a la unidad. Me mueve el vivo deseo de renovar hoy esta invitación, de proponerla de nuevo con determinación, recordando cuanto señalé en el Coliseo romano el Viernes Santo de 1994, al concluir la meditación del Vía Crucis, dirigida por las palabras del venerable hermano Bartolomé, Patriarca ecuménico de Constantinopla. En aquella circunstancia afirmé que, unidos en el seguimiento de los mártires, los creyentes en Cristo no pueden permanecer divididos. Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia del mundo a anular el Misterio de la Redención, deben profesar juntos la misma verdad sobre la Cruz. ¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese." (Ut unum sint, 1)
 
"La fuerza del Espíritu de Dios hace crecer y edifica la Iglesia a través de los siglos. Dirigiendo la mirada al nuevo milenio, la Iglesia pide al Espíritu la gracia de reforzar su propia unidad y de hacerla crecer hacia la plena comunión con los demás cristianos.

¿Cómo alcanzarlo? En primer lugar con la oración. La oración debería siempre asumir aquella inquietud que es anhelo de unidad, y por tanto una de las formas necesarias del amor que tenemos por Cristo y por el Padre, rico en misericordia. La oración debe tener prioridad en este camino que emprendemos con los demás cristianos hacia el nuevo milenio.

¿Cómo alcanzarlo? Con acción de gracias ya que no nos presentamos a esta cita con las manos vacías: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza e intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8, 26) para disponernos a pedir a Dios lo que necesitamos.

¿Cómo alcanzarlo? Con la esperanza en el Espíritu, que sabe alejar de nosotros los espectros del pasado y los recuerdos dolorosos de la separación; El nos concede lucidez, fuerza y valor para dar los pasos necesarios, de modo que nuestro empeño sea cada vez más auténtico.

Si nos preguntáramos si todo esto es posible la respuesta sería siempre: sí. La misma respuesta escuchada por María de Nazaret, porque para Dios nada hay imposible.

Vienen a mi mente las palabras con las que San Cipriano comenta el Padre Nuestro, la oración de todos los cristianos: "Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo" . (De Dominica oratione, 23: CSEL 3, 284-285)

Al alba del nuevo milenio, ¿cómo no pedir al Señor, con impulso renovado y conciencia más madura, la gracia de prepararnos, todos, a este sacrificio de la unidad? (Ut unum sint, 102)

 

Queridos Suscriptores de "El Camino de María"

El próximo Domingo comienza la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que tradicionalmente se celebra del 18 al 25 de enero.
 
El tema elegido para 2009 es: "Estarán unidas en tu mano" (Ez 37, 17). Los textos han sido preparados conjuntamente por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias.
 
El Consejo mundial de Iglesias y la Iglesia Católica han gozado de una fecunda relación ecuménica, que se remonta  al  tiempo  del  Concilio Vaticano II. El grupo mixto de trabajo, que comenzó en el año 1965, ha trabajado asiduamente para fortalecer el "diálogo de vida" que el Papa Juan Pablo II llamó "diálogo de caridad" (Ut unum sint, 17). Esta cooperación ha sido una expresión efectiva de la comunión  que ya existe entre los cristianos, y ha hecho avanzar la causa del  diálogo  ecuménico y de la comprensión.
 
Orar por la unidad constituye de por sí "un  medio sumamente eficaz para pedir la gracia de la unidad" (Unitatis redintegratio, 8), puesto que es una participación  en  la oración de Jesús. Cuando los cristianos rezamos juntos, "la meta de la unidad aparece más cercana" (Ut unum sint, 22), porque la presencia de Cristo en medio de nosotros (cf. Mt 18, 20) favorece una profunda armonía de mente y corazón:  podemos mirarnos unos a otros de un modo nuevo, y fortalecer nuestra decisión de superar lo que nos separa.

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"Estarán unidas en tu mano" (Ez 37, 17). Estas palabras proféticas de Ezequiel dirigidas al pueblo elegido son una alegoría de la unidad de la Iglesia, aunque el profeta las aplicó a la necesaria unidad de Israel rota por los pecados de los dirigentes y del pueblo. Habla el profeta de dos leños a modo de trozos de una vara de mando rota, que el Señor le ordena al profeta unir en su propia mano como signo para la casa de Israel (Ez 37,15-28). Son aplicables a la Iglesia dividida porque, al igual que el pueblo de la antigua Alianza, dividido en contiendas contrarias a la Voluntad de Dios, también las divisiones de las Iglesias cristianas son contrarias a la Voluntad de Cristo, que quiso una sola y única Iglesia visible: “Como Tú, Padre, estás en Mí y yo en Ti, que también ellos estén en Nosotros. De este modo el mundo creerá que Tú me has enviado” (Jn 17,21).
 
Las palabras de Jesús en el gran discurso del adiós en la noche de la Cena, que nos ha transmitido San Juan, suenan cada año como un aldabonazo en el corazón de todos los cristianos, para que su empeño por la unidad visible de la Iglesia no cese, porque no son ellos los que lo sostienen sino la Voluntad de Cristo, cuyo cumplimiento suplican en la oración. El Vaticano II recordaba a todos los cristianos que “en esta una y única Iglesia de Dios aparecieron ya desde los primeros tiempos algunas escisiones”, y que esto sucedió “no sin culpa de los hombres por ambas partes”; es decir, tanto por parte de los miembros de la Iglesia Católica como por parte de los cristianos agrupados en las otras Iglesias y Comunidades eclesiales (Decreto Unitatis redintegratio sobre el ecumenismo, n. 3).   

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Les invitamos a leer y/o imprimir una serie de reflexiones sobre CRISTO EN EL PENSAMIENTO Y EN LA VIDA DE SAN PABLO, propuestas ante el Santo Padre Benedicto XVI y los integrantes de la Curia Romana por el  Padre R. Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, durante el Tiempo de Adviento de 2008, en nuestro sitio:

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Pidamos a María Santísima, Trono de Sabiduría y Auxilio de los cristianos, que se ofreció toda Ella al Omnipotente y fue llena de toda gracia y bendición con la venida del Hijo de Dios, nos enseñe a hacer de nuestra existencia un don cotidiano a Dios Padre,  en la escucha de su Palabra y de su Voluntad y en el servicio a la unidad de los cristianos.

Marisa y Eduardo

 

HOMILÍA DEL PAPA BENEDICTO XVI 

     

SOLEMNE CLAUSURA DE LA SEMANA
DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Basílica de San Pablo extramuros

Fiesta de la Conversión de San Pablo

Viernes 25 de enero de 2008 

  FIESTA DE LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO

 

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de la Conversión de San Pablo nos pone nuevamente en la presencia de este gran Apóstol, escogido por Dios para ser su "testigo ante todos los hombres" (Hch 22, 15). Para Saulo de Tarso el momento del encuentro con Cristo Resucitado en el camino de Damasco marcó el cambio decisivo de su vida. Se realizó entonces su completa transformación, una auténtica conversión espiritual. En un instante, por intervención divina, el encarnizado perseguidor de la Iglesia de Dios se encontró a sí mismo ciego, inmerso en la oscuridad, pero con el corazón invadido por una gran luz, que lo llevaría en poco tiempo a ser un ardiente apóstol del Evangelio.

San Pablo siempre tuvo la certeza de que sólo la gracia divina había podido realizar una conversión semejante. Cuando había dado ya lo mejor de sí, dedicándose incansablemente a la predicación del Evangelio, escribió con renovado fervor: "He trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo" (1 Co 15, 10). Sin embargo, incansable como si la obra de la misión dependiera enteramente de sus esfuerzos, san Pablo estuvo siempre animado por la profunda convicción de que toda su fuerza procedía de la gracia de Dios que actuaba en él.

Esta tarde, las palabras del Apóstol sobre la relación entre esfuerzo humano y gracia divina resuenan llenas de un significado muy particular. Al concluir la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, somos aún más conscientes de que la obra del restablecimiento de la unidad, que requiere nuestra energía y nuestro esfuerzo, es en cualquier caso infinitamente superior a nuestras posibilidades. La unidad con Dios y con nuestros hermanos y hermanas es un don que viene de lo alto, que brota de la comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que en ella se incrementa y se perfecciona.

No está en nuestro poder decidir cuándo o cómo se realizará plenamente esta unidad. Sólo Dios podrá hacerlo. Como San Pablo, también nosotros ponemos nuestra esperanza y nuestra confianza "en la gracia de Dios que está con nosotros". Queridos hermanos y hermanas, esto es lo que quiere implorar la oración que elevamos juntos al Señor, para que sea él quien nos ilumine y sostenga en nuestra búsqueda constante de la unidad.

Así, asume su valor más pleno la exhortación de San Pablo a los cristianos de Tesalónica: "Orad sin cesar" (1 Ts 5, 17), que se ha escogido como tema de la Semana de Oración 2008. El Apóstol conoce bien a esa comunidad, nacida de su actividad misionera, y alberga grandes esperanzas respecto de ella. Conoce tanto sus méritos como sus debilidades. En efecto, entre sus miembros no faltan comportamientos, actitudes y debates que pueden crear tensiones y conflictos, y San Pablo interviene para ayudar a la comunidad a caminar en la unidad y en la paz.

En la conclusión de la carta, con una bondad casi paterna, añade una serie de exhortaciones muy concretas, invitando a los cristianos a fomentar la participación de todos, a sostener a los débiles, a ser pacientes, a no devolver a nadie mal por mal, a buscar siempre el bien, a estar siempre alegres y a dar gracias a Dios en toda circunstancia (cf. 1 Ts 5, 12-22). En el centro de estas exhortaciones pone el imperativo "orad sin cesar". En efecto, las demás recomendaciones perderían fuerza y coherencia si no estuvieran sostenidas por la oración. La unidad con Dios y con los demás se construye ante todo mediante una vida de oración, en la búsqueda constante de la "Voluntad de Dios en Cristo Jesús con respecto a nosotros" (cf. 1 Ts 5, 18).

La invitación de san Pablo a los Tesalonicenses sigue siendo siempre actual. Frente a las debilidades y los pecados que impiden aún la comunión plena de los cristianos, cada una de esas exhortaciones ha mantenido su pertinencia, pero eso es verdad de modo especial para el imperativo: "orad sin cesar". ¿Qué sería el movimiento ecuménico sin la oración personal o común, para que "todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y yo en Ti"? (Jn 17, 21). ¿Dónde podremos encontrar el "impulso suplementario" de fe, caridad y esperanza que hoy necesita de modo particular nuestra búsqueda de la unidad?

Nuestro anhelo de unidad no debería limitarse a ocasiones esporádicas, sino que ha de formar parte integrante de toda nuestra vida de oración. Los artífices de la reconciliación y de la unidad en todas las épocas de la historia han sido hombres y mujeres formados en la palabra de Dios y en la oración. Ha sido la oración la que abrió el camino al movimiento ecuménico tal como lo conocemos hoy. De hecho, desde mediados del siglo XVIII, surgieron varios movimientos de renovación espiritual, deseosos de contribuir por medio de la oración a la promoción de la unidad de los cristianos. Desde el inicio, grupos de católicos, animados por destacadas personalidades religiosas, participaron activamente en esas iniciativas.

La oración por la unidad fue apoyada también por mis venerados predecesores, como el Papa León XIII, el cual, ya en el año 1895, recomendó la introducción de una novena de oración por la unidad de los cristianos. Estos esfuerzos, realizados según las posibilidades de la Iglesia de ese tiempo, pretendían hacer realidad la Oración pronunciada por Jesús mismo en el Cenáculo: "Que todos sean uno" (Jn 17, 21). Por tanto, no existe un ecumenismo auténtico que no hunda sus raíces en la oración.

Este año celebramos el centenario del "Octavario por la unidad de la Iglesia", que más tarde se convirtió en la "Semana de oración por la unidad de los cristianos". Hace cien años, el padre Paul Wattson, entonces aún ministro episcopaliano, ideó un octavario de oración por la unidad, que se celebró por primera vez en Graymoor (Nueva York) del 18 al 25 de enero de 1908. Esta tarde dirijo con gran alegría mi saludo al ministro general y a la delegación internacional de los Hermanos y las Hermanas franciscanos del Atonement, congregación fundada por el padre Paul Wattson y promotora de su herencia espiritual.

En la década de 1930, el octavario de oración experimentó importantes adaptaciones sobre todo por obra del abad Paul Couturier, de Lyon, también él gran promotor del ecumenismo espiritual. Su invitación a "orar por la unidad de la Iglesia tal como Cristo la quiere y con los medios que él quiere", permitió a cristianos de todas las tradiciones unirse en una sola plegaria por la unidad. Demos gracias a Dios por el gran movimiento de oración que, desde hace cien años, acompaña y sostiene a los creyentes en Cristo en su búsqueda de unidad. La barca del ecumenismo nunca habría zarpado del puerto si no hubiera sido movida por esta amplia corriente de oración e impulsada por el soplo del Espíritu Santo.

Conjuntamente con la Semana de oración, muchas comunidades religiosas y monásticas han invitado y ayudado a sus miembros a "orar sin cesar" por la unidad de los cristianos. En esta ocasión, aquí reunidos, recordamos en particular la vida y el testimonio de sor María Gabriela de la Unidad (1914-1936), religiosa trapense del monasterio de Grottaferrata (actualmente en Vitorchiano). Cuando su superiora, animada por el abad Paul Couturier, invitó a las hermanas a orar y a entregarse por la unidad de los cristianos, sor María Gabriela se sintió inmediatamente comprometida y no dudó en dedicar su joven existencia a esta gran causa.

Hoy mismo se cumple el vigésimo quinto aniversario de su beatificación, llevada a cabo por mi predecesor el Papa Juan Pablo II. Ese acontecimiento tuvo lugar en esta basílica precisamente el 25 de enero de 1983, durante la celebración de clausura de la Semana de oración por la unidad. En su homilía, el Siervo de Dios subrayó los tres elementos sobre los cuales se construye la búsqueda de la unidad: la conversión, la cruz y la oración.

Además, desde hace exactamente cuarenta años, las comunidades cristianas de todo el mundo reciben para la Semana meditaciones y plegarias preparadas conjuntamente por la comisión "Fe y constitución" del Consejo mundial de Iglesias y por el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos. Esta feliz colaboración ha permitido ampliar el vasto círculo de oración y preparar sus contenidos de un modo más adecuado.

Esta tarde, saludo cordialmente al reverendo doctor Samuel Kobia, secretario general del Consejo mundial de Iglesias, que ha venido a Roma para unirse a nosotros en el centenario de la Semana de Oración. Me alegra la presencia de los miembros del "grupo mixto de trabajo", a quienes saludo con afecto. El grupo mixto es el instrumento de cooperación entre la Iglesia católica y el Consejo mundial de Iglesias en la búsqueda común de unidad.

Y, como cada año, también dirijo mi saludo fraterno a los obispos, a los sacerdotes, a los pastores de las diversas Iglesias y comunidades eclesiales que tienen aquí en Roma sus representantes. Vuestra participación en esta oración es manifestación palpable de los vínculos que nos unen en Cristo Jesús: "Porque donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos" (Mt 18, 20).

En esta histórica basílica, el próximo día 28 de junio, se inaugurará el año consagrado al testimonio y a la enseñanza del apóstol san Pablo. Que su incansable celo por construir el Cuerpo de Cristo en la unidad nos ayude a orar sin cesar por la unidad plena de todos los cristianos. Amén.

 

 

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