EL CAMINO DE MARÍA

Edición 248

 Madre, Reina y Victoriosa tres veces Admirable de Schoenstatt

18 de octubre de 2006

ORACIÓN DE CONFIANZA

En tu poder
y en tu bondad

fundo mi vida,
en ellos espero
confiando como niño.
Madre Admirable,
en Ti y en tu Hijo,

en toda circunstancia
creo y confío
ciegamente. Amén

CÁNTICO DEL INSTRUMENTO

Aseméjanos a Ti y enséñanos a caminar por la vida tal como Tú lo hiciste: fuerte y digna, sencilla y bondadosa, repartiendo amor, paz y alegría.
En nosotros recorre nuestro tiempo preparándolo para Cristo Jesús. Amén

ORACIÓN POR NUESTRA PATRIA

Madre, con tu Hijo Divino
desciende a los caminos de nuestra patria para que, siguiendo vuestras huellas, encuentre la paz, verdadera y estable.
Patria, sólo tendrás salvación
si, en amor, te unes
a María y su Hijo. Amén

Padre José Kentenich

CONSAGRACIÓN

Oh, Señora mía, oh, Madre mía,
yo me ofrezco todo a Ti
y en prueba de mi filial afecto
te consagro en este día:
mis ojos, mis oídos, mi lengua mi corazón, en una palabra, todo mi ser.  Ya que soy todo tuyo, oh Madre de bondad, guárdame, defiéndeme y utilízame como instrumento y posesión tuya.
Amén

TOTUS TUUS

Totus tuus ego sum et omnia mea Tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor Tuum, Maria.

Soy todo tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi vida. Dame tu Corazón, oh María.

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Totus tuus sum, Maria,
Mater nostri Redemptoris.
Virgo Dei, Virgo pia,
Mater mundi Salvatoris.
 

Soy todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo. Amen.

A Ti, te confiamos nuestro camino por el nuevo milenio

A Ti, Aurora de la salvación, te confiamos nuestro camino por el nuevo milenio, para que bajo tu guía todos los hombres descubran a Cristo, Luz del mundo y único Salvador, que reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

(Acta de Consagración a María Santísima de Juan Pablo II al alba del III milenio, en presencia de 1.500 Obispos, en Roma, el 8 de octubre, 2000)

 

 

Oh Dios Padre Misericordioso, que por mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo, concediste a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei,  la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina, de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te ruego que te dignes glorificar a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei, y que me concedas por su intercesión el favor que te pido... (pídase).  A Tí, Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
 

LIBRO DE VISITAS

Virgen de Schoenstatt, Madre tres veces Admirable

ACTO DE CONSAGRACIÓN A MARÍA SANTÍSIMA

1. "Mujer, ahí tienes a tu hijo" (Jn 19, 26).
Mientras se acerca el final de este Año Jubilar,
en el que Tú, Madre, nos has ofrecido de nuevo a Jesús,
el fruto bendito de tu purísimo vientre,
el Verbo hecho carne, el Redentor del mundo,
resuena con especial dulzura para nosotros esta palabra suya
que nos conduce hacia Ti, al hacerte Madre nuestra:
"Mujer, ahí tienes a tu hijo".
Al encomendarte al apóstol Juan,
y con él a los hijos de la Iglesia,
más aún a todos los hombres,
Cristo no atenuaba, sino que confirmaba,
su papel exclusivo como Salvador del mundo.
Tú eres esplendor que no ensombrece la Luz de Cristo,
porque vives en Él y para Él.
Todo en Ti es "fiat": Tú eres la Inmaculada,
eres transparencia y plenitud de gracia.
Aquí estamos, pues, tus hijos, reunidos en torno a Ti
en el alba del nuevo Milenio.
Hoy la Iglesia, con la voz del Sucesor de Pedro,
a la que se unen tantos Pastores
provenientes de todas las partes del mundo,
busca amparo bajo tu materna protección
e implora confiada tu intercesión
ante los desafíos ocultos del futuro.

2. Son muchos los que, en este año de gracia,
han vivido y están viviendo
la alegría desbordante de la Misericordia
que el Padre nos ha dado en Cristo.
En las Iglesias particulares esparcidas por el mundo
y, aún más, en este centro del cristianismo,
muchas clases de personas
han acogido este don.
Aquí ha vibrado el entusiasmo de los jóvenes,
aquí se ha elevado la súplica de los enfermos.
Por aquí han pasado sacerdotes y religiosos,
artistas y periodistas,
hombres del trabajo y de la ciencia,
niños y adultos,
y todos ellos han reconocido en tu amado Hijo
al Verbo de Dios, encarnado en tu Seno.
Haz, Madre, con tu intercesión,
que los frutos de este Año no se disipen,
y que las semillas de gracia se desarrollen
hasta alcanzar plenamente la santidad,
a la que todos estamos llamados.

3. Hoy queremos confiarte el futuro que nos espera,
rogándote que nos acompañes en nuestro camino.
Somos hombres y mujeres de una época extraordinaria,
tan apasionante como rica de contradicciones.
La humanidad posee hoy instrumentos de potencia inaudita.
Puede hacer de este mundo un jardín
o reducirlo a un cúmulo de escombros.
Ha logrado una extraordinaria capacidad de intervenir
en las fuentes mismas de la vida:
Puede usarlas para el bien, dentro del marco de la ley moral,
o ceder al orgullo miope
de una ciencia que no acepta límites,
llegando incluso a pisotear el respeto debido a cada ser humano.
Hoy, como nunca en el pasado,
la humanidad está en una encrucijada.
Y, una vez más, la salvación está sólo y enteramente,
Oh Virgen Santa, en tu Hijo Jesús.

4. Por esto, Madre, como el apóstol Juan,
nosotros queremos acogerte en nuestra casa (cf. Jn 19, 27),
para aprender de Ti a ser como tu Hijo.
¡"Mujer, aquí tienes a tus hijos"!.
Estamos aquí, ante Ti,
para confiar a tus cuidados maternos
a nosotros mismos, a la Iglesia y al mundo entero.
Ruega por nosotros a tu querido Hijo,
para que nos dé con abundancia el Espíritu Santo,
el Espíritu de Verdad que es fuente de vida.
Acógelo por nosotros y con nosotros,
como en la primera comunidad de Jerusalén,
reunida en torno a Ti el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14).
Que el Espíritu abra los corazones a la justicia y al amor,
guíe a las personas y las naciones hacia una comprensión recíproca
y hacia un firme deseo de paz.
Te encomendamos a todos los hombres,
comenzando por los más débiles:
a los niños que aún no han visto la luz
y a los que han nacido en medio de la pobreza y el sufrimiento;
a los jóvenes en busca de sentido,
a las personas que no tienen trabajo
y a las que padecen hambre o enfermedad.
Te encomendamos a las familias rotas,
a los ancianos que carecen de asistencia
y a cuantos están solos y sin esperanza.

5. Oh Madre, que conoces los sufrimientos
y las esperanzas de la Iglesia y del mundo,
ayuda a tus hijos en las pruebas cotidianas
que la vida reserva a cada uno
y haz que, por el esfuerzo de todos,
las tinieblas no prevalezcan sobre la Luz.
A Ti, Aurora de la salvación, confiamos
nuestro camino en el nuevo Milenio,

para que bajo tu guía
todos los hombres descubran a Cristo,
Luz del mundo y único Salvador,
que reina con el Padre y el Espíritu Santo
por los siglos de los siglos. Amén.

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

Con la imagen Virgen de Schoenstatt, Madre tres veces Admirable, cuya festividad celebramos esta semana, y el Acto de Consagración a María Santísima realizado por Juan Pablo II al alba del tercer Milenio junto a 1.500 Obispos el 8 de octubre de 2000, presentamos la Edición N. 248 de  "El Camino de María", Newsletter Semanal con Textos para hacer oración con la Madre del Redentor.
 
El 18 de octubre -aniversario de la primera Alianza de Amor y fundación de Schoenstatt- será un día dedicado a la oración en los Santuarios de Schoenstatt.  La devoción de la Madre, Reina y Victoriosa tres veces Admirable de Schoenstatt se origina en el Santuario  que está en Schoenstatt (Alemania) a orillas del río Rhin, cerca de la ciudad de Vallendar. Allí el 18 de octubre de 1914, un grupo de jóvenes guiados por su Director espiritual el Padre José Kentenich, se consagraron a la Virgen sellando con Ella una Alianza de Amor. Le pedían a María que se estableciera en el Santuario, y desde allí distribuyera los abundantes dones y gracias que su Hijo Jesucristo le concede; a cambio, ellos le ofrecían sus oraciones y  sacrificios, sus éxitos y sus fracasos (capital de gracias).

María Santísima es tres veces Admirable porque es Hija predilecta del Padre, Madre y Compañera de Cristo y Templo del Espíritu Santo, pero, además, Ella es tres veces Admirable porque cumple en forma admirable sus tareas de Madre, Educadora y Reina.

Como Madre, María cuida de las necesidades de los hombres tanto las materiales como las espirituales.

Como Educadora, Ella quiere transformar el corazón  de sus hijos: el hombre viejo debe dejar lugar al hombre nuevo, hecho  a imagen y semejanza de Jesús.

Como Reina, María estimula a los cristianos a que construyan  un mundo más coherente con los valores del Reino de Cristo: más justo, libre, veraz, solidario y filial.
 

En los cinco continentes  se encuentran alrededor de 200  Santuarios y  miles de  ermitas dedicadas a la Madre tres veces Admirable, donde se reciben especialmente las llamadas “gracias de peregrinación”, que penetran en el alma de los peregrinos y la sanan.

-La gracia del cobijamiento espiritual. 
-La gracia de la transformación interior.
-La gracia del envío apostólico.
 
La peregrinación constante y fiel al Santuario, el contacto permanente con esta fuente santa de gracias, permite a la Santísima Virgen actuar como nuestra Madre, Educadora y Reina regalándonos las gracias que necesitamos.

La gracia del cobijamiento espiritual: es la certeza de que Dios nos ama, que nunca nos dejará porque siempre está dispuesto a recibirnos como hijos pródigos.

La gracia de la transformación interior: es la experiencia de que amando a Maria  nos asemejamos a Ella en su Amor a Dios y a los hombres.

La gracia del  envío apostólico:: es el anhelo que surge en el corazón del que ha sido bendecido por Dios, de que otros reciban esa misma bendición.

Cuando uno entra en los Santuarios de Schoenstatt se puede leer  en torno a la imagen de gracias la siguiente frase que es todo un lema de vida: “Un hijo de María nunca perecerá.”

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En el punto 33 de la Carta Apostólica "Rosarium Virginis Mariae", el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, meditando sobre los "Las diez Ave Maria" expresa:
 
"...Este es el elemento más extenso del Rosario y que a la vez lo convierte en una oración mariana por excelencia. Pero precisamente a la luz del Ave Maria, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En efecto, la primera parte del Ave Maria, tomada de las palabras dirigidas a María por el Ángel Gabriel y por Santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. Expresan, por así decir, la admiración del Ccielo y de la tierra y, en cierto sentido, dejan entrever la complacencia de Dios mismo al ver su Obra maestra –la Encarnación del Hijo en el Seno virginal de María–, análogamente a la mirada de aprobación del Génesis (cf. Gn 1, 31), aquel «pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos».[36] Repetir en el Rosario el Ave Maria nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento de la profecía de María: «Desde ahora todas las generaciones me llamarán Bienaventurada» (Lc1, 48)..."
 
Imploremos la bendición y protección de la Madre tres veces Admirable, rezando con amor y devoción el Acto de Consagración a María Santísima con el que hemos iniciado esta edición.

MEDITACIONES  DEL SIERVO DE DIOS JUAN PABLO II

 

MARÍA SANTÍSIMA, COOPERADORA EN LA OBRA DE LA REDENCIÓN  

 Audiencia General -  Miércoles 9 de abril de 1997

"...Además, el Vaticano II no sólo presenta a María como la «Madre del Redentor», sino también como «Compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas», que colabora «de manera totalmente singular a la obra del Salvador con su obediencia, fe, esperanza y ardiente amor». Recuerda, asimismo, que el fruto sublime de esa colaboración es la maternidad universal: «Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia»..."

MARÍA COOPERADORA EN LA OBRA DE LA REDENCIÓN

Queridos hermanos y hermanas:

1. A lo largo de los siglos la Iglesia ha reflexionado en la cooperación de María en la obra de la salvación, profundizando el análisis de su asociación al Sacrificio Redentor de Cristo. Ya San Agustín atribuye a la Virgen la calificación de «Colaboradora» en la Redención, título que subraya la acción conjunta y subordinada de María a Cristo redentor.

La reflexión se ha desarrollado en este sentido, sobre todo desde el siglo XV. Algunos temían que se quisiera poner a María al mismo nivel de Cristo. En realidad, la enseñanza de la Iglesia destaca con claridad la diferencia entre la Madre y el Hijo en la obra de la salvación, ilustrando la subordinación de la Virgen, en cuanto Cooperadora, al único Redentor.

Por lo demás, el Apóstol Pablo, cuando afirma: «Somos colaboradores de Dios» (1Cor 3,9), sostiene la efectiva posibilidad que tiene el hombre de colaborar con Dios. La cooperación de los creyentes, que excluye obviamente toda igualdad con Él, se expresa en el anuncio del Evangelio y en su aportación personal para que se arraigue en el corazón de los seres humanos.
 
2. El término «Cooperadora» aplicado a María cobra, sin embargo, un significado específico. La cooperación de los cristianos en la salvación se realiza después del acontecimiento del Calvario, cuyos frutos se comprometen a difundir mediante la oración y el sacrificio. Por el contrario, la participación de María se realizó durante el acontecimiento mismo y en calidad de Madre; por tanto, se extiende a la totalidad de la obra salvífica de Cristo. Solamente Ella fue asociada de ese modo al Sacrificio Redentor, que mereció la salvación de todos los hombres. En unión con Cristo y subordinada a Él, cooperó para obtener la gracia de la salvación a toda la humanidad.

El particular papel de Cooperadora que desempeño la Virgen tiene como fundamento su Maternidad Divina. Engendrando a Aquél que estaba destinado a realizar la redención del hombre, alimentándolo, presentándolo en el templo y sufriendo con Él, mientras moría en la Cruz, «cooperó de manera totalmente singular en la obra del Salvador». Aunque la llamada de Dios a cooperar en la obra de la salvación se dirige a todo ser humano, la participación de la Madre del Salvador en la redención de la humanidad representa un hecho único e irrepetible.

A pesar de la singularidad de esa condición, María es también destinataria de la salvación. Es la primera redimida, rescatada por Cristo «del modo más sublime» en su Concepción Inmaculada, y llena de la gracia del Espíritu Santo.
 
3. Esta afirmación nos lleva ahora a preguntarnos: ¿cuál es el significado de esa singular cooperación de María en el plan de la salvación? Hay que buscarlo en una intención particular de Dios con respecto a la Madre del Redentor, a quien Jesús llama con el título de «mujer» en dos ocasiones solemnes, a saber, en Caná y al pie de la Cruz (ver Jn 2,4; 19,26). María está asociada a la obra salvífica en cuanto mujer. El Señor, que creó al hombre «varón y mujer» (ver Gén 1,27), también en la Redención quiso poner al lado del nuevo Adán a la nueva Eva. La pareja de los primeros padres emprendió el camino del pecado; una nueva pareja, el Hijo de Dios con la colaboración de su Madre, devolvería al género humano su dignidad originaria.

María, nueva Eva, se convierte así en icono perfecto de la Iglesia. En el designio divino, representa al pie de la Cruz a la humanidad redimida que, necesitada de salvación, puede dar una contribución al desarrollo
 
4. El Concilio tiene muy presente esta doctrina y la hace suya, subrayando la contribución de la Virgen Santísima no sólo al nacimiento del Redentor, sino también a la vida de su Cuerpo místico a lo largo de los siglos y hasta el e!scaton: en la Iglesia, María «colaboró» y «colabora» en la obra de la salvación. Refiriéndose al misterio de la Anunciación, el Concilio declara que la Virgen de Nazaret, «abrazando la voluntad salvadora de Dios (...), se entregó totalmente a Sí misma, como Esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo. Con Él y en dependencia de Él, se puso, por la gracia de Dios Todopoderoso, al servicio del misterio de la Redención».

Además, el Vaticano II no sólo presenta a María como la «Madre del Redentor», sino también como «Compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas», que colabora «de manera totalmente singular a la obra del Salvador con su obediencia, fe, esperanza y ardiente amor». Recuerda, asimismo, que el fruto sublime de esa colaboración es la maternidad universal: «Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia».

Por tanto, podemos dirigirnos con confianza a la Virgen Santísima, implorando su ayuda, conscientes de la misión singular que Dios le confió: colaboradora de la Redención, misión que cumplió durante toda su vida y, de modo particular, al pie de la Cruz
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Un Rosario por la Argentina . 25 de octubre de 2006.