FELIZ NAVIDAD!

NAVIDAD 2005

    TOTUS

 

 

 
 
 
"¡O Rex gentium et desideratus; earum, lapisque angularis, qui facis utraque unum: veni et salva hominem quem de limo formasti"!
 
¡Oh Cristo, Rey de las naciones, esperado y deseado durante siglos por la humanidad herida y dispersa por el pecado;
Tú que eres la piedra angular sobre la que la humanidad puede volver a construirse a sí misma y recibir una definitiva e iluminadora guía para su caminar en la historia;
 Tú que has unificado, mediante tu entrega sacrificial al Padre, los pueblos divididos, ven y salva al hombre, mísero y grande, hecho por Ti "con barro de la tierra", y que lleva en sí tu imagen y semejanza!

Totus tuus ego sum et omnia mea Tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor Tuum, Maria.

Soy todo tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi vida. Dame tu Corazón, oh María.

Totus tuus sum, Maria,
Mater nostri Redemptoris.
Virgo Dei, Virgo pia,
Mater mundi Salvatoris.
 

Soy todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo. Amen.

Oh Dios Padre Misericordioso, que por mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo, concediste a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei,  la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina, de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te ruego que te dignes glorificar a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei, y que me concedas por su intercesión el favor que te pido... (pídase).  A Tí, Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

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 LIBRO DE VISITAS

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 ¡Feliz Navidad! 

Que la Navidad constituya para cada uno de nosotros un encuentro con Cristo para que sea Él quien guíe nuestra vida.

 Que la Navidad nos encuentre a todos muy unidos a la Virgen María, Peregrina en la Fe y Estrella del Tercer Milenio, para que nos ayude a comprender las palabras claves del misterio del nacimiento de su Hijo Divino: humildad, silencio, alegría...

Que la Virgen María, Mujer del silencio y de la escucha, interceda con especial intensidad en favor de todos nosotros durante el año 2006, y obtenga abundancia de gracia y misericordia de Jesucristo, nuestro Redentor.
 
Que la Virgen María, Hija Predilecta del Padre, que con su Hijo Jesús y su esposo San José peregrinó hacia el Templo santo de Dios, proteja el camino de todos quienes peregrinamos hacia la Patria Celestial.

Que la Paz de Cristo reine en nuestros corazones y en nuestras familias. 

Marisa y Eduardo Vinante 

Editores de "El Camino de María".  

MEDITACIONES DEL SIERVO DE DIOS JUAN PABLO II 

   

"CUM MARIA CONTEMPLEMUR CHRISTI VULTUM"

CONTEMPLEMOS CON MARÍA EL ROSTRO DE CRISTO

 Mensaje de  Navidad "URBI ET ORBI" . 25 de diciembre de 2002

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HUMILDAD, SILENCIO Y ALEGRÍA ANTE LA NAVIDAD

Juan Pablo II, Ángelus 21 de diciembre de 2003

 CONTEMPLEMOS CON MARÍA EL ROSTRO DE CRISTO

 

Queridos hermanos y hermanas:

«¡Que la humanidad acoja el mensaje de paz de la Navidad!»

1. «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5). Hoy se renueva el misterio de la Navidad: nace también para los hombres de nuestro tiempo este Niño que trae la salvación al mundo; nace llevando alegría y paz a todos. Nos acercamos al Portal conmovidos para encontrar, junto a María, al Esperado de los pueblos, al Redentor del hombre. «Cum Maria contemplemur Christi vultum». Contemplemos con María el rostro de Cristo: en aquel Niño envuelto e pañales y acostado en el pesebre (cf. Lc 2, 7), es Dios que viene a visitarnos para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (cf Lc 1, 79). María lo contempla, lo acaricia y lo arropa, interrogándose sobre el sentido de los prodigios que rodean el misterio de la Navidad.

2. La Navidad, misterio de alegría En esa noche los ángeles han cantado: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2, 14). Han anunciado el acontecimiento a los pastores como «una gran alegría, que lo será para todo el pueblo» (Lc 2, 10). Alegría, incluso estando lejos de casa, la pobreza del pesebre, la indiferencia del pueblo, la hostilidad del poder. Misterio de alegría a pesar de todo, porque «hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador» (Lc 2, 11). De este mismo gozo participa la Iglesia, inundada hoy por la luz del Hijo de Dios: las tinieblas jamás podrán apagarla. Es la gloria del Verbo eterno, que, por amor, se ha hecho uno de los nuestros.

3. La Navidad, misterio de amor. Amor del Padre, que ha enviado al mundo a su Hijo unigénito, para darnos su propia vida (cf. 1 Jn 4, 8-9). Amor del «Dios con nosotros», el Emmanuel, que ha venido a la tierra para morir en la Cruz. En el frío Portal, en medio del silencio, la Virgen Madre, con presentimientos en el corazón, siente ya el drama del Calvario. Será una lucha angustiosa entre la luz y las tinieblas, entre la muerte y la vida, entre el odio y el amor. El Príncipe de la paz, nacido hoy en Belén, dará su vida en el Gólgota para que en la tierra reine el amor.

4. Navidad, misterio de paz. Desde la gruta de Belén se eleva hoy una llamada apremiante para que el mundo no caiga en la indiferencia, la sospecha y la desconfianza, aunque el trágico fenómeno del terrorismo acreciente incertidumbres y temores. Los creyentes de todas las religiones, junto con los hombres de buena voluntad, abandonando cualquier forma de intolerancia y discriminación, están llamados a construir la paz: ante todo en Tierra Santa, para detener finalmente la inútil espiral de ciega violencia, y en Oriente Medio, para apagar los siniestros destellos de un conflicto, que puede ser evitado con el esfuerzo de todos; en África, donde carestías devastadoras y luchas intestinas agravan las condiciones, ya precarias, de pueblos enteros, si bien no faltan indicios de optimismo; en Latinoamérica, en Asia, en otras partes del mundo, donde crisis políticas, económicas y sociales inquietan a numerosas familias y naciones. ¡Que la humanidad acoja el mensaje de paz de la Navidad!

 Misterio adorable del Verbo Encarnado. Junto a Ti, Virgen Madre, permanecemos pensativos ante el pesebre donde está acostado el Niño, para participar de tu mismo asombro ante la inmensa condescendencia de Dios . Danos tus ojos, María, para descifrar el misterio que se oculta tras la fragilidad de los miembros del Hijo. Enséñanos a reconocer su Rostro en los niños de toda raza y cultura. Ayúdanos a ser testigos creíbles de su mensaje de paz y de amor, para que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, caracterizado aún por tensos contrastes e inauditas violencias, reconozcan en el Niño que está en tus brazos al único Salvador del mundo, fuente inagotable de la paz verdadera, a la que todos aspiran en lo más profundo del corazón.

 

    

    HUMILDAD, SILENCIO Y ALEGRÍA ANTE LA NAVIDAD

 
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
 
1. La Navidad ya está cerca. Al dar los últimos retoques al nacimiento y al árbol navideño, que también están aquí, en la plaza de San Pedro del Vaticano, es necesario predisponer el espíritu para vivir intensamente este gran misterio de la fe.

En los últimos días de Adviento, la liturgia da particular relieve a la figura de María. En su corazón, su «heme aquí», lleno de fe, en respuesta a la llamada divina, dio inicio a la encarnación del Redentor. Si queremos comprender el auténtico significado de la Navidad, tenemos que fijar en Ella la mirada e invocarla.

2. María, Madre por excelencia, nos ayuda a comprender las palabras claves del misterio del nacimiento de su Hijo divino: humildad, silencio y alegría.

Nos exhorta ante todo a la humildad para que Dios pueda encontrar espacio en nuestro corazón. Éste no puede quedar obscurecido por el orgullo y la soberbia. Nos indica el valor del silencio, que sabe escuchar el canto de los Ángeles y el llanto del Niño, y que no los sofoca en el estruendo y en el caos. Junto a Ella, contemplaremos el pesebre con íntimo estupor, disfrutando de la sencilla y pura alegría que ese Niño trae a la humanidad.

3. En la Noche Santa, el astro naciente, «esplendor de luz eterna, sol de justicia» (Cf. Antífona del Magnificat, 21 de diciembre), iluminará a quien yace en las tinieblas y en las sombras de muerte. Guiados por la liturgia de Dios, hagamos propios los sentimientos de la Virgen y pongámonos en espera ferviente de la Navidad de Cristo.

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