Esta edición la puede leer y/o imprimir en:

http://www.mariamediadora.com/Oracion/Newsletter1338.htm

"...¡Qué este llamamiento mío no sea en balde! Al inicio del vigésimo quinto año de Pontificado, pongo esta Carta apostólica en las manos de la Virgen María, postrándome espiritualmente ante su imagen en su espléndido Santuario edificado por el Beato Bartolomé Longo, apóstol del Rosario. Hago mías con gusto las palabras conmovedoras con las que él termina la célebre Súplica a la Reina del Santo Rosario:

«Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el Cielo».

San Juan Pablo II, "Rosarium Virginis Mariae", 43


EL CAMINO DE MARÍA

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO

Edición 1338  - 7 de octubre de 2020


Querido/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

Esta fiesta fue instituida por San Pío V para conmemorar y agradecer a la Virgen su ayuda en la victoria sobre los turcos en Lepanto, el 7 de octubre de 1571. Es famoso su Breve Consueverunt (14-IX-1569), que vio en el Rosario un presagio de aquella victoria. Clemente XI extendió la fiesta a toda la Iglesia el 3-X-1716. León XIII le otorgó un mayor rango litúrgico y publicó nueve admirables Encíclicas sobre el Rosario. Con San Pío X quedó definitivamente la fecha de su celebración el 7 de octubre.

La celebración de este día es una invitación para todos a rezar y meditar los misterios de la vida de Jesús y de María, que se contemplan en esta devoción mariana.

"...Hoy, primer día de octubre, desearía detenerme en dos aspectos que, en la comunidad eclesial, caracterizan este mes: la oración del Santo Rosario y el compromiso por las misiones. El día 7celebraremos la fiesta de la Virgen del Rosario, y es como si, cada año, Nuestra Señora nos invitara a redescubrir la belleza de esta oración, tan sencilla y profunda. El amado Juan Pablo II fue gran apóstol del Santo Rosario: le recordamos arrodillado con la corona entre las manos, inmerso en la contemplación de Cristo, como él mismo invitó a hacer con la Carta Apostólica «Rosarium Virginis Mariae». El Rosario es oración contemplativa y cristocéntrica, inseparable de la meditación de la Sagrada Escritura. Es la oración del cristiano que avanza en la peregrinación de la fe, en el seguimiento de Jesús, precedido por María. Deseo invitaros, queridos hermanos y hermanas, a rezar el Rosario durante este mes en familia, en las comunidades y en las parroquias por las intenciones del Papa, por la misión de la Iglesia y por la paz del mundo..."  (Benedicto XVI. Ángelus. Domingo 1 de octubre 2006)

En está edición especial dedicada a Nuestra Señora del Rosario los invitamos a leer y meditar el texto preparado por Antonio Boggiano que lleva por título "Meditación del Santo Rosario" .

El texto completo lo puede leer y/o imprimir desde las siguientes direcciones de nuestro sitio VirgoFidelis.info

http://virgofidelis.info/El.Santo.Rosario.docx

http://virgofidelis.info/El.Santo.Rosario.pdf

En la introducción el autor expresa:

 

MEDITACIÓN DEL ROSARIO SANTO

 

Estas son, o pretenden ser, meditaciones. Es claro que uno no suele meditar a solas, lo cual es difícil y expuesto al solipisismo.

         La meditación viva requiere un interlocutor. Una persona o varias. Un libro o varios. Hay una sola persona con la que podemos meditar a solas, en lo secreto, sin que lo hablado pueda divulgarse. Nos busca por todos los caminos, las ciudades, por todos lados. Es Dios.

         Se dirá: pero hablar con Dios no es cosa fácil. Debe haber requerimientos muy especiales. Podemos hablar con Dios. Él nos enseña a orar. Nos presta atención. También hay libros que nos enseñan a hablar con Dios.

         Meditar también es dialogar con alguien con quien se piensa un asunto.

         Es verdad, con Dios es distinto. Dios “habla a los hombres como amigos y se entretiene con ellos, para invitarlos y admitirlos a la comunión con El” Dei Verbum, n. 2.

         ¿Qué es esto? Cristo nos habla con palabras humanas de Dios. ¿Quién no entiende la parábola del buen samaritano?

         ¿Cómo ocurre eso? Por la venida de Dios a nosotros para “entretenernos y admitirnos a la comunión con Él”.

         Viene con la Encarnación. Dios se hizo hombre. Siendo Dios realmente, tomó la naturaleza humana para poder hablarnos y enseñarnos. Y redimirnos Es Él. ¿Lo creemos? Si no lo creemos no nos detendremos a hablar con Él o tal vez, sí. Pero sin creer le diremos: “ven otro día y te escucharemos” como le dijeron los griegos a Pablo, apóstol, enviado por el Salvador.

         Si creemos diremos como Pedro: Tú eres el Cristo. Y allí Dios nos llevará con su Palabra que es Él, por nuestra vida.

         El tema de nuestra conversación con Él será nuestra vida. Nuestra vida termina en la muerte. “Nuestras vidas son como ríos que van a dar a la mar”. La muerte es el único verdadero interrogante del hombre. Por eso Schopenhauer decía que era la diosa de la filosofía. ¿Qué será de mí?

         Pero la bibliografía es inagotable.

         Nos enfrentamos, nos anticipamos a ella con la Palabra de Cristo que nos dice: Si estás unido a mí, no morirás.

         ¡Que majestuoso es esto!

         Es lo más grande: tú no morirás. Tendrás una vida eterna y feliz.

         Pero hay algo que nos pide: que estemos con Él. Se dirá, hablar con Dios es ya estar con Dios… Si… pero ha de ser un hablar de unión, una comunión, una participación. ¿Y cuál es esa unión? “El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mi”. Cristo nos une con su Cruz, con la de Él que debemos tomar como nuestra. Nuestra vida con Cristo es una vida con cruz: la suya, que nos participa. Nos da tristeza pero ésta se convertirá en alegría perdurable. Es una promesa. ¿Creemos?

         Recordemos a Jesús en el Huerto. “Triste está mi alma hasta la muerte”. Todo el mal de la historia pesa sobre el alma justa de Jesús.

         Jesús sabe lo que le espera “Si puede ser…”. Pero Él sabe que no puede ser. No puede pasar de Él el cáliz de su Pasión Redentora. La gloria de la Resurrección vendrá, después…

         ¿Cómo será el tiempo para Dios? Para el Dios encarnado hay una tristeza de ahora… del huerto.

         ¿Cómo fue Señor? Tú, más que nadie puede comprender nuestra tristeza y dolor.

         Ayúdanos señor. Danos la gracia de estar contigo en nuestro dolor. Que nuestro dolor sea tu dolor. Si pudiera ser, que estén juntos, porque nuestra alma también está triste. Sólo Tú puedes introducir nuestra alma en la vida trinitaria; en el “Abba, Pater”.

         Debemos hablar con Dios de nuestras tristezas, miedos, angustias, ahogos, derrotas y fracasos grandes. Él podrá decirnos: las conozco, las llevé en el huerto, en la flagelación, en la cruz. Conozco tus dolores, tus miedos. Y también tus pecados. Créeme que todo lo que dices lo padecí por ti. Y nos dirá nuestro nombre. Ten ánimo, algunas cosas me han gustado. Nosotros no lo sabemos. Podemos atisbar pero, ¿saber? No lo creo. Podremos ir adelante y decirle: Tengo miedo de todas las cosas malas que he hecho y las buenas que he hecho mal. Él dirá: No temas. Dime todo. Llévalo a la penitencia cotidiana. Tus ejercicios físicos –que te disgustan-, hablar con dulzura a quienes te atacan. Perdona a todos contra quienes tengas quejas… y así íntimamente seguirá nuestra oración con Dios. Hablaremos de las pérdidas que todos padecemos.

         Esta oración puede también versar sobre los misterios del Santo Rosario.

           Para ello me he valido de unos pocos libros que serán citados sólo con el nombre del autor y las páginas: Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, BAC, Madrid 2015, Ocariz, Naturaleza, Gracia, Gloria, EUNSA, Pamplona 2000.

 

        

EL SANTO ROSARIO,
 UN TESORO PARA RECUPERAR
 

El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización».

El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del Rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor. (...) ("Rosarium Virginis Mariae" 1)

"...El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristo es presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo. La historia del Rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador..." ("Rosarium Virginis Mariae" 17)

 

 

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