
¡Dichosa Tú que has creído!
―Tú que has creído con fe rebosante de alegría en la Anunciación,
Visitación, Natividad, Presentación en el Templo y Encuentro en el
Templo.
―Tú que has creído con fe impregnada de dolor en toda la Pasión de
Getsemaní, flagelación, coronación de espinas, Via Crucis y al pie
de la Cruz del calvario.
―Tú que has creído con la fe de una gloria incipiente en la
glorificación de tu Hijo, en la Resurrección, Ascensión y
Pentecostés.
―Tú, cuya fe se cumplía en la Asunción.
¡Madre nuestra adornada con la corona de la gloria celestial, ruega
por nosotros!
(San Juan Pablo II . Ángelus
14-octubre-1984)
María
Santísima, Esposa del Espíritu Santo
Cuando
María ha echado raíces en un alma, realiza allí las maravillas
de la gracia que sólo Ella puede realizar, porque Ella sola es
Virgen fecunda, que no tuvo ni tendrá jamás semejante en
pureza y fecundidad.
María ha colaborado con el Espíritu Santo a la mayor obra que
ha sido posible, es decir, la Encarnación del Verbo. En
consecuencia, Ella realizará también los mayores portentos de
los últimos tiempos. La formación y educación de los grandes
santos, que vivirán hacia el fin del mundo, están reservadas a
Ella, porque sólo esta Virgen singular y milagrosa puede
realizar en unión del Espíritu Santo, las cosas singulares y
extraordinarias.
Cuando el Espíritu Santo, su Esposo, la encuentra en un alma,
vuela y entra en esa alma en plenitud y se le comunica tanto
más abundantemente cuanto más sitio hace el alma a su Esposa.
Una de las razones principales de que el Espíritu Santo no
realice maravillas portentosas en las almas, es que no
encuentra en ellas una unión suficientemente estrecha con su
fiel e indisoluble Esposa.
San Luis-María Grignion
de Montfort
Tratado de la
Verdadera Devoción a la Santísima Virgen n°35 y 36
EL CAMINO DE MARÍA
Edición 1001 -
31 de mayo de 2016
LA VISITACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA
Querido/a Suscriptor/a de
"El Camino de María"
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"...Es siempre sugestivo este momento de fe y devoto
homenaje a María Santísima con que concluye el mes de mayo, mes
mariano -expresó San Juan Pablo II en la
Audiencia General del 31 de mayo de 2000-. Habéis
rezado el Santo Rosario caminando hacia esta gruta de
Lourdes, que se encuentra en el centro de los jardines
vaticanos. Aquí, ante la Imagen de la Virgen
Inmaculada, habéis depositado en sus manos vuestras
intenciones de oración, meditando en el misterio que
se celebra hoy: la Visitación de María Santísima a
Santa
Isabel.
En este acontecimiento -continuó San Juan
Pablo II-, se
refleja una "Visitación" más profunda: la de Dios a
su pueblo, saludada por el júbilo del pequeño Juan, el
mayor entre los nacidos de mujer (cf. Mt 11, 11) ya
desde el seno materno. Así, el mes mariano
concluye bajo el signo del "gaudium", segundo misterio
"gozoso", es decir, de la alegría, del júbilo..."

El 31 de
mayo de 2011 en los jardines vaticanos tuvo lugar la
tradicional procesión con el rezo del Santo Rosario al
concluir el mes mariano, desde la iglesia de San Esteban
de los Abisinios, que se encuentra detrás de la Basílica
Vaticana, hasta la Gruta de Lourdes.
El Papa emérito Benedicto XVI antes de impartir la bendición apostólica
dirigió unas palabras.
"Haber comenzado este mes de María con la memorable
beatificación de Juan Pablo II ha sido y sigue siendo
para todos -dijo el Papa- un motivo de gran
alegría y gratitud. ¡Qué gran don de gracia para toda la
Iglesia, la vida de este gran Papa! Su testimonio sigue
iluminando nuestras vidas y nos impulsa a ser verdaderos
discípulos del Señor, a seguirlo con el coraje de la fe,
a amarlo con el mismo entusiasmo con que él dio su vida
a Cristo".
Refiriéndose a continuación a la fiesta del día,
Benedicto XVI señaló que "la Visitación de María
nos lleva a reflexionar sobre este coraje de la fe.
Aquella que Isabel acoge en su casa es la Virgen que "ha
creído" al anuncio del Ángel y ha respondido con fe,
aceptando con valentía el proyecto de Dios para su vida
y acogiendo en sí la Palabra eterna del Altísimo".
"María ha creído realmente que "nada hay imposible para
Dios", y con esta confianza se ha dejado guiar por el
Espíritu Santo en la obediencia diaria a sus designios.
¿Cómo no desear, para nuestra vida, el mismo abandono?
¿Cómo podríamos no anhelar aquella felicidad que nace de
una profunda e íntima familiaridad con Jesús? Por eso,
dirigiéndonos hoy a la "Llena de gracia", le pedimos que
obtenga, también para nosotros, de la Divina
Providencia, poder pronunciar cada día nuestro "sí" a
los designios de Dios, con la misma fe humilde y sincera
con la que la Virgen pronunció el suyo. Ella que,
acogiendo la Palabra de Dios en Sí misma, se ha
abandonado sin reservas, nos guíe a una respuesta cada
vez más generosa e incondicional a sus proyectos,
también cuando estamos llamados a abrazar la cruz".
Benedicto XVI
concluyó encomendando "a la
intercesión materna de María la Iglesia y el mundo" y
"el don de saber acoger siempre en la propia vida la
señoría de Aquel que con su Resurrección ha vencido a la
muerte".

EL
MISTERIO DE LA VISITACIÓN ES EL
PRELUDIO DE LA MISIÓN DE JESÚS
SAN JUAN PABLO II
Audiencia general.
2 de octubre de 1996
Queridos
hermanos y hermanas:
1. En el relato de
la Visitación, Lucas muestra cómo la gracia de la
Encarnación, después de haber inundado a María, lleva
salvación y alegría a la casa de Isabel. El Salvador de los
hombres, oculto en el seno de Su Madre, derrama el Espíritu
Santo, manifestándose ya desde el comienzo de su venida al
mundo.
El evangelista,
describiendo la salida de María hacia Judea, usa el verbo
anístemi, que significa levantarse, ponerse en
movimiento. Considerando que este verbo se usa en los
evangelios pare indicar la Resurrección de Jesús (cf. Mc
8, 31; 9, 9. 31; Lc 24, 7. 46) o acciones
materiales que comportan un impulso espiritual (cf. Lc
5, 2728; 15, 18. 20), podemos suponer que Lucas,
con esta expresión, quiere subrayar el impulso vigoroso que
lleva a María, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a dar
al mundo el Salvador.
El texto evangélico
refiere, además, que María realice el viaje "con prontitud"
(Lc 1, 39). También la expresión "a la región
montañosa" (Lc 1, 39), en el contexto de San
Lucas, es
mucho más que una simple indicación topográfica, pues
permite pensar en el mensajero de la buena nueva descrito en
el libro de Isaías: "¡Qué hermosos son sobre los montes los
pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas
nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: 'Ya reina tu
Dios'!" (Is 52, 7).
Así como manifiesta
San Pablo, que reconoce el cumplimiento de este texto
profético en la predicación del Evangelio (cf. Rom
10, 15), así también San Lucas parece invitar a ver en María
a la primera evangelista, que difunde la buena
nueva, comenzando los viajes misioneros del Hijo divino.
La dirección del
viaje de la Virgen Santísima es particularmente
significativa: será de Galilea a Judea, como el camino
misionero de Jesús (cf. Lc 9, 51).
En efecto, con su
visita a Isabel, María realiza el preludio de la Misión de
Jesús y, colaborando ya desde el comienzo de su maternidad
en la obra redentora del Hijo, se transforma en el Modelo de
quienes en la Iglesia se ponen en camino para llevar la luz
y la alegría de Cristo a los hombres de todos los lugares y
de todos los tiempos.
El encuentro con
Isabel presenta rasgos de un gozoso acontecimiento salvífico,
que supera el sentimiento espontáneo de la simpatía
familiar. Mientras la turbación por la incredulidad parece
reflejarse en el mutismo de Zacarías, María irrumpe con la
alegría de su fe pronta y disponible: "Entró en casa de
Zacarías y saludó a Isabel" (Lc 1, 40).
San Lucas refiere
que "cuando oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el
niño en su seno" (Lc 1, 41). El saludo de María
suscita en el hijo de Isabel un salto de gozo: la entrada de
Jesús en la casa de Isabel, gracias a Su Madre, transmite al
profeta que nacerá la alegría que el Antiguo Testamento
anuncia como signo de la presencia del Mesías.
Ante el saludo de
María, también Isabel sintió la alegría mesiánica y "quedó
llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo:
'Bendita Tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno'
" (Lc 1, 4142).
En virtud de una
iluminación superior, comprende la grandeza de María que,
más que Yael y Judit, quienes la prefiguraron en el Antiguo
Testamento, es bendita entre las mujeres por el fruto de su
seno, Jesús, el Mesías.
La exclamación de
Isabel "con gran voz" manifiesta un verdadero entusiasmo
religioso, que la plegaria del Avemaría sigue haciendo
resonar en los labios de los creyentes, como cántico de
alabanza de la Iglesia por las maravillas que hizo el
Poderoso en la Madre de Su Hijo.
Isabel,
proclamándola "Bendita entre las mujeres" indica la razón de
la bienaventuranza de María en su fe: "¡Feliz la que ha
creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de
parte del Señor!" (Lc 1, 45). La grandeza y la
alegría de María tienen origen en el hecho de que Ella es la
que cree.
Ante la excelencia
de María, Isabel comprende también qué honor constituye pare
ella su visita: "¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor
venga a mí?" (Lc 1, 43). Con la expresión "mi Señor",
Isabel reconoce la dignidad real, más aun, mesiánica, del
Hijo de María. En efecto, en el Antiguo Testamento esta
expresión se usaba pare dirigirse al rey (cf. 1 R 1,
13, 20, 21, etc.) y hablar del reymesías (Sal 110,
1). El ángel había dicho de Jesús: "El Señor Dios le dará el
trono de David, su padre" (Lc 1, 32). Isabel, "llena
de Espíritu Santo", tiene la misma intuición. Más tarde, la
glorificación pascual de Cristo revelará en qué sentido hay
que entender este título, es decir, en un sentido
trascendente (cf. Jn 20, 28; Hch 2, 3436).
Isabel, con su
exclamación llena de admiración, nos invita a apreciar todo
lo que la presencia de la Virgen trae como don a la vida de
cada creyente.
En la Visitación
la Virgen lleva el Cristo, que derrama el Espíritu Santo, a la madre del Bautista. Las mismas palabras de Isabel
expresan bien este papel de mediadora: "Porque, apenas llegó
a mis oídos la voz de tu saludo saltó de gozo el niño en mi
seno" (Lc 1, 44). La intervención de María
produce, junto con el don del Espíritu Santo, como un
preludio de Pentecostés, confirmando una cooperación que,
habiendo empezado con la Encarnación, esta destinada a
manifestarse en toda la obra de la salvación divina.

El Santo Rosario,
un tesoro que recuperar
Queridos hermanos y hermanas: Una
oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de
veras ser recuperada por la comunidad cristiana.
Hagámoslo sobre todo en este año, asumiendo esta
propuesta como una consolidación de la línea trazada en
la Carta apostólica Novo
millennio ineunte, en la
cual se han inspirado los planes pastorales de muchas
Iglesias particulares al programar los objetivos para el
próximo futuro.
Me dirijo en particular a vosotros, queridos Hermanos en
el Episcopado, sacerdotes y diáconos, y a vosotros,
agentes pastorales en los diversos ministerios, para
que, teniendo la experiencia personal de la belleza del
Rosario, os convirtáis en sus diligentes promotores.
Confío también en vosotros, teólogos, para que,
realizando una reflexión a la vez rigurosa y sabia,
basada en la Palabra de Dios y sensible a la vivencia
del pueblo cristiano, ayudéis a descubrir los
fundamentos bíblicos, las riquezas espirituales y la
validez pastoral de esta oración tradicional.
Cuento con vosotros, consagrados y consagradas, llamados
de manera particular a contemplar el rostro de Cristo
siguiendo el ejemplo de María.
Pienso en todos vosotros, hermanos y hermanas de toda
condición, en vosotras, familias cristianas, en
vosotros, enfermos y ancianos, en vosotros, jóvenes: tomad
con confianza entre las manos el Rosario,
descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura, en
armonía con la Liturgia y en el contexto de la vida
cotidiana.
¡Qué este llamamiento mío no sea en balde! Al
inicio del vigésimo quinto año de Pontificado, pongo
esta Carta apostólica en las manos de la Virgen María, postrándome
espiritualmente ante su imagen en su espléndido
Santuario edificado por el Beato Bartolomé Longo,
apóstol del Rosario. Hago mías con gusto las palabras
conmovedoras con las que él termina la célebre Súplica
a la Reina del Santo Rosario:
«Oh
Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con
Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre
de salvación contra los asaltos del infierno, puerto
seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú
serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti
el último beso de la vida que se apaga. Y el último
susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh
Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida,
oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de
los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y
siempre, en la tierra y en el Cielo».
San Juan Pablo II. Rosarium
Virginis Mariae, 43
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