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Cuaresma. 3ª semana. Viernes
EL AMOR
DE DIOS
— El amor infinito de
Dios por cada hombre.
— El Señor nos ama
siempre. También cuando le ofendemos, tiene misericordia de
nosotros.
— Nuestra
correspondencia. El primer mandamiento. Amor a Dios en las
incidencias de cada día.
I. En toda la
Sagrada Escritura se habla continuamente del amor de Dios por
nosotros. Nos lo hace saber de muchas maneras. Nos asegura que,
aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, Él jamás
se olvidará de nosotros, pues nos lleva escritos en su mano
para tenernos siempre a la vista1.
La Primera lectura de la
Misa, del libro del profeta Oseas, es uno de esos textos que
muestran el triunfo emocionante del amor de Dios sobre las
infidelidades y las conversiones hipócritas de su pueblo. Israel
reconoce al fin que no le salvarán alianzas humanas, ni dioses
fabricados por sus manos2, ni holocaustos vacíos,
sino el amor, expresado en la fidelidad a la Alianza. Se
vislumbra entonces una felicidad sin límites. La misma
conversión es obra del amor de Dios, pues todo nace de Él, que
nos ama con largueza. Yo curaré sus extravíos –leemos–,
los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de
ellos. Seré rocío para Israel, florecerá como azucena, arraigará
como el álamo. Brotarán sus vástagos, como el olivo será su
esplendor, su aroma como el Líbano. Volverán a descansar a su
sombra: cultivarán el trigo, florecerán como la viña, será su
fama como la del vino del Líbano3.
Jamás podremos imaginar lo
que Dios nos ama. Para salvarnos, cuando estábamos perdidos,
envió a su Unigénito para que, dando su vida, nos redimiera del
estado en que habíamos caído: tanto amó Dios al mundo que le
dio a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en Él no
perezca, sino que tenga la vida eterna4. Este
mismo amor le mueve a dársenos por entero de un modo habitual,
habitando en nuestra alma en gracia: Si alguno me ama
guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y en
él haremos morada5, y a comunicarse con nosotros
en lo más íntimo de nuestro corazón, durante estos ratos de
oración y en cualquier momento del día.
«Hasta te serviré, porque
vine a servir y no a ser servido. Yo soy amigo, y miembro
y cabeza, y hermano y hermana, y madre; todo lo soy, y solo
quiero contigo intimidad. Yo, pobre por ti, mendigo por ti,
crucificado por ti, sepultado por ti; en el cielo intercedo por
ti ante Dios Padre; y en la tierra soy legado suyo ante ti. Todo
lo eres para Mí, hermano y coheredero, amigo y miembro. ¿Qué más
quieres?»6. ¿Qué más podemos desear? Cuando
contemplamos al Señor en cada una de las escenas del Vía
Crucis es fácil que desde el corazón se nos venga a los
labios el decir: «¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y... no
me he vuelto loco?»7.
II. No
tienes otros iguales, Señor: Grande eres y haces maravillas, tú
eres el único Dios8. Una de las mayores
maravillas es el amor que nos tiene. Nos ama con amor personal e
individual, a cada uno en particular. Jamás ha dejado de
amarnos, de ayudarnos, de protegernos, de comunicarse con
nosotros; ni siquiera en los momentos de mayor ingratitud por
nuestra parte o cuando cometimos los pecados más graves. Quizá,
en esas tristes circunstancias, ha sido cuando más atenciones
hemos recibido de Dios, como nos muestra en las parábolas en las
que quiso expresar de modo singular su misericordia: la oveja
perdida es la única que es llevada a hombros, la fiesta del
padre de familia es para el hijo que dilapidó la herencia pero
que supo volver arrepentido, la dracma perdida es cuidadosamente
buscada por su dueña hasta encontrarla...9.
A lo largo de nuestra vida,
la atención de Dios y su amor para cada uno de nosotros han sido
constantes. Ha tenido presentes todas las circunstancias y
sucesos por los que habíamos de pasar. Está junto a nosotros en
cada situación y en todo momento: Yo estaré con vosotros
siempre hasta la consumación del mundo10, hasta
el último instante de nuestra vida.
¡Tantas veces se ha hecho
el encontradizo! En la alegría y en el dolor, a través de lo que
al principio nos pareció una gran desgracia, en un amigo, en un
compañero de trabajo, en el sacerdote que nos atendía...
«Considerad conmigo esta maravilla del amor de Dios: el Señor
que sale al encuentro, que espera, que se coloca a la vera del
camino, para que no tengamos más remedio que verle. Y nos llama
personalmente, hablándonos de nuestras cosas, que son también
las suyas, moviendo nuestra conciencia a la compunción,
abriéndola a la generosidad, imprimiendo en nuestras almas la
ilusión de ser fieles, de podernos llamar sus discípulos»11.
Como muestra de amor nos
dejó los sacramentos, «canales de la misericordia divina». Entre
ellos, por recibirlos con más frecuencia, le agradecemos ahora
de modo particular la Confesión, donde nos perdona los pecados,
y la Sagrada Eucaristía, donde quiso quedarse como una muestra
singularísima de amor por los hombres.
Por amor nos ha dado a su
Madre por Madre nuestra. Como manifestación de este amor nos ha
dado también un Ángel para que nos proteja, nos aconseje y nos
preste infinidad de favores hasta que llegue el fin de nuestro
paso por la tierra, donde Él nos espera para darnos el Cielo
prometido, una felicidad sin límites y sin término. Allí tenemos
preparado un lugar.
A Él le decimos, con una de
las oraciones de la Misa de hoy: Señor, que la acción de tu
Espíritu en nosotros penetre íntimamente nuestro ser, para que
lleguemos un día a la plena posesión de lo que ahora recibimos
en la Eucaristía12. Y le damos gracias por tanto
Amor, por tanta atención, que no merecemos. Y procuramos
encendernos en deseos: Amor, con amor se paga. Poéticamente
expresa esta idea Francisca Javiera del Valle: «Mil vidas si las
tuviera daría por poseerte, y mil... y mil... más yo diera...
por amarte si pudiera... con ese amor puro y fuerte con que Tú,
siendo quien eres... nos amas continuamente»13.
III. Nos dice
el Evangelio de la Misa: Uno de los letrados se acercó a
Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?
Respondió Jesús: El
primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único
Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda
tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser14. Él
espera de cada hombre una respuesta sin condiciones a su amor
por nosotros.
Nuestro amor a Dios se
muestra en las mil pequeñas incidencias de cada día: amamos a
Dios a través del trabajo bien hecho, de la vida familiar, de
las relaciones sociales, del descanso... Todo se puede convertir
en obras de amor. «Mientras realizamos con la mayor perfección
posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las
tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma
ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la
fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más
eficaz, con un dulce sobresalto»15.
Cuando correspondemos al
amor a Dios los obstáculos se vencen; y al contrario, sin amor
hasta las más pequeñas dificultades parecen insuperables. Todo
se hace llevadero si hay unión con el Señor. «Todas estas cosas,
sin embargo, hállanlas difíciles los que no aman; los que aman,
al revés, eso mismo les parece liviano. No hay padecimiento, por
cruel y desaforado que sea, que no lo haga llevadero y casi nulo
el amor»16. La alegría mantenida aun en medio de las
dificultades es la señal más clara de que el amor de Dios
informa todas nuestras acciones, pues –como comenta San Agustín–
«en aquello que se ama, o no se siente la dificultad o se ama la
misma dificultad (...). Los trabajos de los que aman nunca son
penosos»17.
El amor a Dios ha de ser
supremo y absoluto. Dentro de este amor caben todos los amores
nobles y limpios de la tierra, según la peculiar vocación
recibida, y cada uno en su orden. «No sería justo decir: “O Dios
o el hombre”. Deben amarse “Dios y el hombre”; a este último,
nunca más que a Dios o contra Dios o igual que a Dios. En otras
palabras: el amor a Dios es ciertamente prevalente, pero no
exclusivo. La Biblia declara a Jacob santo y amado por Dios; lo
muestra empleando siete años en conquistar a Raquel como mujer,
y le parecen pocos años, aquellos años –tanto era su amor por
ella–. Francisco de Sales comenta estas palabras: “Jacob
–escribe– ama a Raquel con todas sus fuerzas y con todas sus
fuerzas ama a Dios; pero no por ello ama a Raquel como a Dios,
ni a Dios como a Raquel. Ama a Dios como su Dios sobre todas las
cosas y más que a sí mismo; ama a Raquel como a su mujer sobre
todas las otras mujeres y como a sí mismo. Ama a Dios con amor
absoluto y soberanamente sumo, y a Raquel con su amor marital;
un amor no es contrario al otro, porque el de Raquel no viola
las supremas ventajas del amor de Dios”»18.
El amor a Dios se
manifiesta necesariamente en el amor a los demás. La señal
externa de nuestra unión con Dios es el modo como vivimos la
caridad con quienes están junto a nosotros. En esto conocerán
todos que sois mis discípulos...19, nos dejó
dicho el Señor: en la delicadeza en el trato, en el respeto
mutuo, en el pensar del modo más favorable de los otros, en las
pequeñas ayudas en el hogar o en el trabajo, en la corrección
fraterna amable y oportuna, en la oración por el más
necesitado...
Pidámosle hoy a la Virgen
que nos enseñe a corresponder al amor de su Hijo, y que sepamos
también amar con obras a sus hijos, nuestros hermanos.
1 Is 49, 15-17.
— 2 Cfr. Os 14, 4. — 3 Primera lectura.
Os 14, 2-10. — 4 Jn 3, 16. — 5 Jn
14, 23. — 6 San Juan Crisóstomo,
Homilías sobre San Mateo, 76. — 7
San Josemaría Escrivá, Camino,
n. 425. — 8 Antífona de entrada. Sal 85, 8. 10. —
9 Cfr. Lc 15, 1 ss. — 10 Mt 28, 20.
— 11 San Josemaría Escrivá,
Es Cristo que pasa, 59. — 12 Oración
después de la comunión. — 13
Francisca Javiera del Valle, Decenario al Espíritu
Santo, Rialp, Madrid 1974, 4ª edic., p. 139. — 14
Mc 12, 28-30. — 15 San Josemaría
Escrivá, Amigos de Dios, 296. — 16
San Agustín, Sermón 70. —
17 ídem, De bono viduitatis,
21, 26. — 18 Juan Pablo I,
Audiencia general, 27-9-1978. — 19 Jn 13, 35. |