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PEREGRINANDO EN LA FE CON  MARÍA

Editores de

"El Camino de María"

Mes de María 

Fiesta de la Inmaculada

 

Peregrinando en

la Fe con María"

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FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

..

 

 

 

 

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!,
que jamás se ha oído decir que ninguno
de los que han acudido a vuestra protección,
implorando vuestra asistencia y reclamando
vuestro socorro, haya sido desamparado.
Animado por esta confianza, a Vos también acudo,
¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!,
y gimiendo bajo el peso de mis pecados
me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana.
¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas,
antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

 

Acuérdate, Virgen Madre de Dios, cuando estés delante del Señor, de decirle cosas buenas de mí. "Recordare, Virgo Mater Dei, dum steteris in conspectu Domini, ut loquaris pro nobis bona". (Oración de la Misa de María Mediadora de todas de todas las gracias)

 


Dogma de la Inmaculada Concepción de María

"Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente en previsión de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del genero humano, preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, por tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles".- (Dz. 1641) .

Papa Pío IX,  Bula Ineffabilis Deus. 8 de Diciembre de l854. 

En el año 2004 se celebran los 150 años de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción

"...Era el 8 de diciembre de 1854 cuando mi predecesor de feliz memoria, el Beato Pío IX, con la bula dogmática «Ineffabilis Deus» afirmó ser «revelada por Dios la doctrina que afirma que la beatísima Virgen María fue preservada, por particular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en previsión de los méritos de Jesucristo, salvador del género humano, de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción» (DS 2803). En Lourdes, María, hablando en el dialecto del lugar, dijo: «Que soy era Immaculada Councepciou»..."

"... Con estas palabras, ¿no quería expresar quizá la Virgen ese lazo que la une con la salud y la vida? Si por la culpa original entró en el mundo la muerte, por los méritos de Jesucristo, Dios ha preservado a María de toda mancha de pecado, y se nos ha dado la salvación y la vida (Cf. Romanos 5, 12-21)..."

"...El Dogma de la Inmaculada Concepción nos introduce en el corazón del misterio de la Creación y de la Redención (Cf. Efesios 1, 4-12; 3, 9-11). Dios ha querido entregar a la criatura humana la vida en abundancia (Cf. Juan 10, 10), condicionando, sin embargo, esta iniciativa suya a una respuesta libre y de amor. Al rechazar este don con la desobediencia que llevó al pecado, el hombre ha interrumpido trágicamente el diálogo vital con el Creador. Al «sí» de Dios, fuente de la plenitud de la vida, se le opuso el «no» del hombre, motivado por la orgullosa autosuficiencia, precursora de muerte (Cf. Romanos 5, 19)..."

"...Toda la humanidad quedó seriamente involucrada por esta cerrazón a Dios. Sólo María de Nazaret, en previsión de los méritos de Cristo, fue concebida sin culpa original y abierta totalmente al designio divino. De este modo, el Padre celeste pudo realizar en ella el proyecto que tenía para los hombres. La Inmaculada Concepción precede el intercambio armonioso entre el «sí» de Dios y el «sí» que María pronuncia con abandono total, cuando el ángel le lleva el anuncio celeste (Cf. Lucas 1, 38). Su «sí», en nombre de la humanidad, vuelve a abrir al mundo las puertas del Paraíso, gracias a la encarnación del Verbo de Dios en su seno, por obra del Espíritu Santo (Cf. Lucas 1, 35). El proyecto originario de la creación es restaurado de este modo y potenciado en Cristo, y en ese proyecto encuentra su lugar también ella, la Virgen Madre..."

"...Aquí está el parte-aguas de la historia: con la Inmaculada Concepción de María comenzó la gran obra de la Redención, que tuvo lugar con la sangre preciosa de Cristo. En Él toda persona está llamada a realizarse en plenitud hasta la perfección de la santidad (Cf. Colosenses 1, 28)..."

"...La Inmaculada Concepción es, por tanto, la aurora prometedora del día radiante de Cristo, que con su muerte y resurrección, restablecerá la plena armonía entre Dios y la humanidad. Si Jesús es el manantial de la vida que vence a la muerte, María es la madre cariñosa que sale al paso de las expectativas de sus hijos, obteniendo para ellos la salud del alma y del cuerpo. Este es el mensaje que el Santuario de Lourdes presenta constantemente a devotos y peregrinos. Este es también el significado de las curaciones corporales y espirituales que se registran en la gruta de Massabielle. ..."

"...Desde el día de la aparición a Bernadette Soubirous, María ha «curado» en ese lugar dolores y enfermedades, restituyendo también a muchos hijos suyos la salud del cuerpo. Sin embargo, ha realizado prodigios mucho más sorprendentes en el espíritu de los creyentes, abriéndoles al encuentro con su hijo, Jesús, respuesta auténtica a las expectativas más profundas del corazón humano. El Espíritu Santo, que la cubrió con su sombra en el momento de la Encarnación del Verbo, transforma el espíritu de innumerables enfermos que recurren a Ella. Incluso cuando no alcanzan el don de la salud corporal, pueden recibir siempre otro bien mucho más importante: la conversión del corazón, fuente de paz y de alegría interior. Este don transforma su existencia y les hace apóstoles de la cruz de Cristo, estandarte de esperanza, a pesar de las pruebas más duras y difíciles...."

"...Les confío a todos a la Virgen Santísima, venerada en el Santuario de Lourdes en su Inmaculada Concepción. Que ella ayude a todo cristiano a testimoniar que la única respuesta auténtica al dolor, al sufrimiento y a la muerte es Cristo, nuestro Señor, muerto y resucitado por nosotros...."

(Párrafos extraídos del Mensaje del Papa Juan Pablo II para la Jornada Mundial del Enfermo 2004 que se celebrará el 11 de febrero de 2004 teniendo como eje mundial el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes). Vaticano, 1 de diciembre de 2003.

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

 

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

 Audiencia General del miércoles 29 de mayo de 1996

MARÍA INMACULADA REDIMIDA POR PRESERVACIÓN

 Audiencia General del miércoles  5 de junio de 1996

LA DEFINICIÓN DOGMÁTICA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

 Audiencia General del miércoles 12 de junio de 1996

 La Inmaculada Concepción
 
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
1. En la reflexión doctrinal de la Iglesia de oriente, la expresión llena de gracia, como hemos visto en las anteriores catequesis, fue interpretada, ya desde el siglo VI, en el sentido de una santidad singular que reina en María durante toda su existencia. Ella inaugura así la nueva creación.
Además del relato lucano de la Anunciación, la Tradición y el Magisterio han considerado el así llamado Protoevangelio (Gén 3,15) como una fuente escriturística de la verdad de la Inmaculada Concepción de María. Ese texto, a partir de la antigua versión latina: «Ella te aplastará la cabeza», ha inspirado muchas representaciones de la Inmaculada que aplasta la serpiente bajo sus pies.
Ya hemos recordado con anterioridad que esta traducción no corresponde al texto hebraico, en el que quien pisa la cabeza de la serpiente no es la mujer, sino su linaje, su descendiente. Ese texto, por consiguiente, no atribuye a María, sino a su Hijo la victoria sobre Satanás. Sin embargo, dado que la concepción bíblica establece una profunda solidaridad entre el progenitor y la descendencia, es coherente con el sentido original del pasaje la representación de la Inmaculada que aplasta a la serpiente, no por virtud propia sino de la gracia del Hijo.
 
2. En el mismo texto bíblico, además, se proclama la enemistad entre la mujer y su linaje, por una parte, y la serpiente y su descendencia, por otra. Se trata de una hostilidad expresamente establecida por Dios, que cobra un relieve singular si consideramos la cuestión de la santidad personal de la Virgen. Para ser la enemiga irreconciliable de la serpiente y de su linaje, María debía estar exenta de todo dominio del pecado. Y esto desde el primer momento de su existencia.
 
A este respecto, la Encíclica "Fulgens corona", publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: «Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre»
 
La absoluta enemistad puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige, por tanto, en María la Inmaculada Concepción, es decir, una ausencia total de pecado, ya desde el inicio de su vida. El Hijo de María obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre, preservándola del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder de resistir al demonio, realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto de su obra redentora.
 
3. El apelativo llena de gracia y el Protoevangelio, al atraer nuestra atención hacia la santidad especial de María y hacia el hecho de que fue completamente librada del influjo de Satanás, nos hacen intuir en el privilegio único concedido a María por el Señor el inicio de un nuevo orden, que es fruto de la amistad con Dios y que implica, en consecuencia, una enemistad profunda entre la serpiente y los hombres.

Como testimonio bíblico en favor de la Inmaculada Concepción de María, se suele citar también el capítulo 12 del Apocalipsis, en el que se habla de la «mujer vestida de sol» (Ap 12,1). La exégesis actual concuerda en ver en esa mujer a la comunidad del pueblo de Dios, que da a luz con dolor al Mesías resucitado. Pero, además de la interpretación colectiva, el texto sugiere también una individual, cuando afirma: «La mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro» (Ap 12,5). Así, haciendo referencia al parto, se admite cierta identificación de la mujer vestida de sol con María, la mujer que dio a luz al Mesías. La mujer-comunidad está descrita con los rasgos de la mujer-Madre de Jesús.
Caracterizada por su maternidad, la mujer «está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz» (Ap 12,2). Esta observación remite a la Madre de Jesús al pie de la cruz (ver Jn 19,25), donde participa, con el alma traspasada por la espada (ver Lc 2,35), en los dolores del parto de la comunidad de los discípulos. A pesar de sus sufrimientos, está vestida de sol, es decir, lleva el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo.
Estas imágenes, aunque no indican directamente el privilegio de la Inmaculada Concepción, pueden interpretarse como expresión de la solicitud amorosa del Padre que llena a María con la gracia de Cristo y el esplendor del Espíritu.
Por último, el Apocalipsis invita a reconocer más particularmente la dimensión eclesial de la personalidad de María: la mujer vestida de sol representa la santidad de la Iglesia, que se realiza plenamente en la Santísima Virgen, en virtud de una gracia singular.
 
4. A esas afirmaciones escriturísticas, en las que se basan la Tradición y el Magisterio para fundamentar la doctrina de la Inmaculada Concepción, parecerían oponerse los textos bíblicos que afirman la universalidad del pecado.
El Antiguo Testamento habla de un contagio del pecado que afecta a «todo nacido de mujer» (Sal 50[51],7; Job 14,2). En el Nuevo Testamento, San Pablo declara que, como consecuencia de la culpa de Adán, «todos pecaron» y que «el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación» (Rom 5,12.18). Por consiguiente, como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, el pecado original «afecta a la naturaleza humana», que se encuentra así «en un estado caído». Por eso, el pecado se transmite «por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales»(58). San Pablo admite una excepción de esa ley universal: Cristo, que «no conoció pecado» (2Cor 5,21) y así pudo hacer que sobreabundara la gracia «donde abundó el pecado» (Rom 5,20).
Estas afirmaciones no llevan necesariamente a concluir que María forma parte de la humanidad pecadora. El paralelismo que San Pablo establece entre Adán y Cristo se completa con el que establece entre Eva y María: el papel de la mujer, notable en el drama del pecado, lo es también en la redención de la humanidad.
San Ireneo presenta a María como la nueva Eva que, con su fe y su obediencia, contrapesa la incredulidad y la desobediencia de Eva. Ese papel en la economía de la salvación exige la ausencia de pecado. Era conveniente que, al igual que Cristo, nuevo Adán, también María, nueva Eva, no conociera el pecado y fuera así más apta para cooperar en la redención.

El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina; y María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador.
 

María Inmaculada redimida por preservación
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
1. La doctrina de la santidad perfecta de María desde el primer instante de su concepción encontró cierta resistencia en Occidente, y eso se debió a la consideración de las afirmaciones de San Pablo sobre el pecado original y sobre la universalidad del pecado, recogidas y expuestas con especial vigor por San Agustín.
El gran doctor de la Iglesia se daba cuenta, sin duda, de que la condición de María, madre de un Hijo completamente santo, exigía una pureza total y una santidad extraordinaria. Por esto, en la controversia con Pelagio, declaraba que la santidad de María constituye un don excepcional de gracia, y afirmaba a este respecto: «Exceptuando a la Santa Virgen María, acerca de la cual, por el honor debido a nuestro Señor, cuando se trata de pecados, no quiero mover absolutamente ninguna cuestión, porque sabemos que a ella le fue conferida más gracia para vencer por todos sus flancos al pecado, pues mereció concebir y dar a luz al que nos consta que no tuvo pecado alguno»(59).
San Agustín reafirmó la santidad perfecta de María y la ausencia en ella de todo pecado personal a causa de la excelsa dignidad de Madre del Señor. Con todo, no logró entender cómo la afirmación de una ausencia total de pecado en el momento de la concepción podía conciliarse con la doctrina de la universalidad del pecado original y de la necesidad de la redención para todos los descendientes de Adán. A esa consecuencia llegó, luego, la inteligencia cada vez más penetrante de la fe de la Iglesia, aclarando cómo se benefició María de la gracia redentora de Cristo ya desde su concepción.
 
2. En el siglo IX se introdujo también en Occidente la fiesta de la Concepción de María, primero en el sur de Italia, en Nápoles, y luego en Inglaterra.
Hacia el año 1128, un monje de Canterbury, Eadmero, escribiendo el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción, lamentaba que la relativa celebración litúrgica, grata sobre todo a aquellos «en los que se encontraba una pura sencillez y una devoción más humilde a Dios»(60) había sido olvidada o suprimida. Deseando promover la restauración de la fiesta, el piadoso monje rechaza la objeción de San Agustín contra el privilegio de la Inmaculada Concepción, fundada en la doctrina de la transmisión del pecado original en la generación humana. Recurre oportunamente a la imagen de la castaña «que es concebida, alimentada y formada bajo las espinas, pero que a pesar de eso queda al resguardo de sus pinchazos»(61). Incluso bajo las espinas de una generación que de por sí debería transmitir el pecado original -argumenta Eadmero-, María permaneció libre de toda mancha, por voluntad explícita de Dios que «lo pudo, evidentemente, y lo quiso. Así pues, si lo quiso, lo hizo»(62).
A pesar de Eadmero, los grandes teólogos del siglo XIII hicieron suyas las dificultades de San Agustín, argumentando así: la redención obrada por Cristo no sería universal si la condición de pecado no fuese común a todos los seres humanos. Y si María no hubiera contraído la culpa original, no hubiera podido ser rescatada. En efecto, la redención consiste en librar a quien se encuentra en estado de pecado.
 
3. Duns Escoto, siguiendo a algunos teólogos del siglo XII, brindó la clave para superar estas objeciones contra la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Sostuvo que Cristo, el mediador perfecto, realizó precisamente en María el acto de mediación más excelso, preservándola del pecado original.

De ese modo, introdujo en la teología el concepto de redención preservadora, según la cual María fue redimida de modo aún más admirable: no por liberación del pecado, sino por preservación del pecado.

La intuición del beato Duns Escoto, llamado a continuación el «doctor de la Inmaculada», obtuvo, ya desde el inicio del siglo XIV, una buena acogida por parte de los teólogos, sobre todo franciscanos. Después de que el Papa Sixto IV aprobara, en 1477, la misa de la Concepción, esa doctrina fue cada vez más aceptada en las escuelas teológicas.

Ese providencial desarrollo de la liturgia y de la doctrina preparó la definición del privilegio mariano por parte del Magisterio supremo. Esta tuvo lugar sólo después de muchos siglos, bajo el impulso de una intuición de fe fundamental: la Madre de Cristo debía ser perfectamente santa desde el origen de su vida.
 
4. La afirmación del excepcional privilegio concedido a María pone claramente de manifiesto que la acción redentora de Cristo no sólo libera, sino también preserva del pecado. Esa dimensión de preservación, que es total en María, se halla presente en la intervención redentora a través de la cual Cristo, liberando del pecado, da al hombre también la gracia y la fuerza para vencer su influjo en su existencia.

De ese modo, el dogma de la Inmaculada Concepción de María no ofusca, sino que más bien contribuye admirablemente a poner mejor de relieve los efectos de la gracia redentora de Cristo en la naturaleza humana.

A María, primera redimida por Cristo, que tuvo el privilegio de no quedar sometida ni siquiera por un instante al poder del mal y del pecado, miran los cristianos como al modelo perfecto y a la imagen de la santidad que están llamados a alcanzar, con la ayuda de la gracia del Señor, en su vida.

 

El Dogma de la Inmaculada Concepción
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
1. La convicción de que María fue preservada de toda mancha de pecado ya desde su concepción, hasta el punto de que ha sido llamada toda santa, se fue imponiendo progresivamente en la liturgia y en la teología. Ese desarrollo suscitó, al inicio del siglo XIX, un movimiento de peticiones en favor de una definición dogmática del privilegio de la Inmaculada Concepción.

El Papa Pío IX, hacia la mitad de ese siglo, con el deseo de acoger esa demanda, después de haber consultado a los teólogos, pidió a los obispos su opinión acerca de la oportunidad y la posibilidad de esa definición, convocando casi un concilio por escrito. El resultado fue significativo: la inmensa mayoría de los 604 obispos respondió de forma positiva a la pregunta.

Después de una consulta tan amplia, que pone de relieve la preocupación que tenía mi venerado predecesor por expresar, en la definición del dogma, la fe de la Iglesia, se comenzó con el mismo esmero la redacción del documento.
La comisión especial de teólogos, creada por Pío IX para la certificación de la doctrina revelada, atribuyó un papel esencial a la praxis eclesial. Y este criterio influyó en la formulación del dogma, que otorgó más importancia a las expresiones de lo que se vivía en la Iglesia, de la fe y del culto del pueblo cristiano, que a las determinaciones escolásticas.

Finalmente, en el año 1854, Pío IX, con la bula Ineffabilis, proclamó solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción: «...Declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles»
 
2. La proclamación del dogma de la Inmaculada expresa el dato esencial de fe. El Papa Alejandro VII, en la bula Sollicitudo, del año 1661, hablaba de preservación del alma de María «en el primer instante de su creación e infusión en el cuerpo». La definición de Pío IX, por el contrario, prescinde de todas las explicaciones sobre el modo de infusión del alma en el cuerpo y atribuye a la persona de María, en el primer instante de su concepción, el ser preservada de toda mancha de la culpa original.

La inmunidad «de toda mancha de la culpa original» implica como consecuencia positiva la completa inmunidad de todo pecado, y la proclamación de la santidad perfecta de María, doctrina a la que la definición dogmática da una contribución fundamental. En efecto, la formulación negativa del privilegio mariano, condicionada por las anteriores controversias que se desarrollaron en Occidente sobre la culpa original, se debe completar siempre con la enunciación positiva de la santidad de María, subrayada de forma más explícita en la tradición oriental.

La definición de Pío IX se refiere sólo a la inmunidad del pecado original y no conlleva explícitamente la inmunidad de la concupiscencia. Con todo, la completa preservación de María de toda mancha de pecado tiene como consecuencia en Ella también la inmunidad de la concupiscencia, tendencia desordenada que, según el Concilio de Trento, procede del pecado e inclina al pecado.
 
3. Esa preservación del pecado original, concedida «por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente», constituye un favor divino completamente gratuito, que María obtuvo ya desde el primer instante de su existencia.

La definición dogmática no afirma que este singular privilegio sea único, pero lo da a entender. La afirmación de esa unicidad se encuentra, en cambio, enunciada explícitamente en la encíclica Fulgens corona, del año 1953, en la que el Papa Pío XII habla de «privilegio muy singular que nunca ha sido concedido a otra persona»(67), excluyendo así la posibilidad, sostenida por alguno, pero con poco fundamento, de atribuirlo también a San José.

La Virgen Madre recibió la singular gracia de la Inmaculada Concepción «en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano», es decir, a su acción redentora universal.

En el texto de la definición dogmática no se declara expresamente que María fue redimida, pero la misma bula Ineffabilis afirma en otra parte que «fue rescatada del modo más sublime».
 
Ésta es la verdad extraordinaria: Cristo fue el redentor de su Madre y ejerció en ella su acción redentora «del modo más perfecto», ya desde el primer instante de su existencia.
 
El Concilio Vaticano II proclamó que la Iglesia «admira y ensalza en María el fruto más espléndido de la redención».
 
4. Esa doctrina, proclamada de modo solemne, es calificada expresamente como «doctrina revelada por Dios». El Papa Pío IX añade que debe ser «firme y constantemente creída por todos los fieles». En consecuencia, quien no la hace suya, o conserva una opinión contraria a ella, «naufraga en la fe» y «se separa de la unidad católica».

Al proclamar la verdad de ese dogma de la Inmaculada Concepción, mi venerado predecesor era consciente de que estaba ejerciendo su poder de enseñanza infalible como Pastor universal de la Iglesia, que algunos años después sería solemnemente definido durante el Concilio Vaticano I. Así realizaba su magisterio infalible como servicio a la fe del pueblo de Dios; y es significativo que eso haya sucedido al definir el privilegio de María
.
HOMENAJE A LA INMACULADA - Juan Pablo II (*)

 «Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!»
En la fiesta de tu Inmaculada Concepción
vuelvo a venerarte, María,
a los pies de esta imagen, que desde la Plaza de España
permite que tu mirada materna se extienda por esta antigua
--y para mí sumamente querida-- ciudad de Roma.

He venido aquí, esta noche, para rendirte el homenaje
de mi devoción sincera. Es un gesto en el que
se me unen, en esta plaza, innumerables romanos,
cuyo afecto me ha acompañado siempre
en todos los años de mi servicio a la Sede de Pedro.
Estoy aquí con ellos para comenzar el camino
hacia el 150 aniversario del dogma
que hoy celebramos con alegría filial.

 «Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!»
A ti se dirige nuestra mirada con intensa aprensión,
a ti nos dirigimos con confianza más insistente
en estos tiempos marcados por muchas incertidumbres y temores
por el destino presente y futuro de nuestro planeta.

A ti, primicia de la humanidad redimida por Cristo,
finalmente liberada de la esclavitud del mal y del pecado,
elevamos juntos una súplica sentida y confiada:
Escucha el grito de dolor de las víctimas
de las guerras y de tantas formas de violencia,
que ensangrientan la Tierra.
Despeja las tinieblas de la tristeza y de la soledad,
del odio y de la venganza.
¡Abre la mente y el corazón de todos a la confianza y al perdón!

 «Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!»
Madre de misericordia y de esperanza,
alcanza para los hombres y las mujeres del tercer milenio
el don precioso de la paz: paz en los corazones y en las familias, en las comunidades y entre los pueblos;
paz sobre todo para aquellas naciones
en las que cada día se sigue combatiendo y muriendo.

Haz que todos los seres humanos, de todas las razas y culturas,
se encuentren con Jesús y le acojan a Él,
que vino a la Tierra en el misterio de la Navidad
para darnos «su» paz.
María, Reina de la paz,
¡danos a Cristo, auténtica paz del mundo!

ORACIÓN

 
Omnipotente y sempiterno Dios, que con la cooperación del Espíritu Santo, preparaste el cuerpo y el alma de la gloriosa Virgen y Madre María para que fuese merecedora de ser digna morada de tu Hijo; concédenos que, pues celebramos con alegría su conmemoración, por su piadosa intercesión seamos liberados de los males presentes y de la muerte eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.

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