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Cum
Maria contemplemur Christi vultum!
Salve,
Reina del Cielo
y Señora de los Ángeles;
Salve raíz, salve puerta,
que dió paso a nuestra luz.
Alégrate, Virgen gloriosa,
entre todas la más bella;
Salve, agraciada doncella,
Ruega a Cristo por nosotros.
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Oh Virgen Inmaculada!
Dulce Madre Inmaculada en Ti se refleja para mí el Reino de Dios.
Tú eres
quien, en medio de mis dificultades, me enseña a amar al Señor. Frente al
enemigo, Tú eres mi escudo y protección.
Te suplico, oh Madre, la Madre de los cielos, de encender en mí el fuego
del amor divino, así como arde en tu Inmaculado Corazón desde que el Verbo se
hizo carne.
Oh Virgen, toda pureza y toda humildad, ayúdame a obtener una profunda
humildad. Amén.
Santa Faustina, Diario

"Ofrezco
a los hombres un Recipiente con el que han de venir a la Fuente de la
Misericordia para recoger gracias. Ese Recipiente es esta Imagen con la
firma: JESÚS, EN TI CONFÍO" (Diario, 327
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LA ORACIÓN DE MARÍA
SANTÍSIMA EN EL MAGNIFICAT
Newsletter 531
29 de agosto de 2010


Soy todo tuyo y todas mis cosas Te
pertenecen. Te pongo al centro de mi vida. Dame tu Corazón, oh María.
Soy
todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo.
Amen.



Oh Dios Padre
Misericordioso,
que por
mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la
Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo,
concediste a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei,
la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia
peregrina, de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los
hombres y mujeres de buena voluntad, haz que yo sepa también
responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana,
convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en
ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te ruego que
te dignes glorificar a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum
Dei, y que me concedas por su intercesión el favor que te
pido... (pídase). A Tí, Padre Omnipotente, origen del
cosmos y del hombre, por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y
de la historia, en el Espíritu Santo que santifica el universo,
alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos.
Amén.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria
25
de marzo al 25 de diciembre
VIA MATRIS
Contemplación y meditación de los 7 Dolores de la Virgen
Santísima
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La
Santísima Virgen María manifestó a Santa Brígida que
concedía 7 gracias a quienes diariamente le honrasen
considerando sus lágrimas y dolores y rezando siete
Avemarías:
1.Pondré paz en sus familias.
2.Serán
iluminados en los Divinos Misterios.
3.Los
consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.
4.Les
daré cuanto me pidan, con tal que no se oponga a la
voluntad adorable de mi Hijo y a la santificación de sus
almas.
5.Los
defenderé en los combates espirituales con el enemigo
infernal, y protegeré en todos los instantes de su vida.
6.Los
asistiré visiblemente en el momento de su muerte: verán
el rostro de su Madre.
7.He
conseguido de mi Divino Hijo que las almas que propaguen
esta devoción a mis lágrimas y dolores sean trasladadas
de esta vida terrenal a la felicidad eterna
directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y
mi Hijo y Yo seremos su consolación y alegría.
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En la comunidad de los
creyentes en oración, María está presente, no sólo en
los orígenes de la fe, sino en todo tiempo. "Así
aparece Ella en la visita a la madre del Precursor,
donde abre su espíritu en expresiones de glorificación a
Dios, de humildad, de fe, de esperanza: tal es el
Magnificat, la oración por excelencia de María, el canto
de los tiempos mesiánicos, en el que confluyen la
exultación del Antiguo y del Nuevo Israel" (Exhortación
Apostólica de Pablo VI
Marialis cultus, 18). María aparece Virgen en
oración en Caná, Virgen en oración en el Cenáculo. "Presencia
orante de María en la Iglesia naciente y en la Iglesia
de todo tiempo, porque Ella, asunta al Cielo, no ha
abandonado su misión de intercesión y salvación.
Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"
Esta edición de
"El Camino de María" está
dedicada a contemplar la Oración de María
Santísima en el Magníficat, con textos
del Catecismo de la Iglesia Católica, y del
magisterio del Siervo de Dios Juan Pablo II y
del Santo Padre Benedicto XVI.
"...Puesto que el
Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos
ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta
espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que
nuestra vida sea, como la de María, toda ella un Magnificat!
(Juan Pablo II . Carta
Encíclica
Ecclesia de Eucharistia).
Les informamos que a partir
del 15 de agosto de 2010, Solemnidad de la
Asunción de María Santísima,
pueden encontrar el detalle de todas las
ediciones de
"El Camino
de María"
del
año en curso en nuestra dirección en
Twitter:
http://twitter.com/MariaMediadora
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La Oración de
María se nos revela en la aurora de la
plenitud de los tiempos. Antes de la
Encarnación del Hijo de Dios y antes de la
efusión del Espíritu Santo, su Oración
coopera de manera única con el designio
amoroso del Padre: en la
Anunciación, para la concepción de
Cristo (cf Lc 1, 38); en Pentecostés
para la formación de la Iglesia, Cuerpo de
Cristo (cf Hch 1, 14). En la fe de su
humilde esclava, el don de Dios encuentra la
acogida que esperaba desde el comienzo de
los tiempos. La que el Omnipotente ha hecho
"llena de gracia" responde con la ofrenda de
todo su ser: "He aquí la esclava del
Señor, hágase en mí según tu palabra".
Fiat, ésta es la oración cristiana: ser
todo de Él, ya que Él es todo nuestro.
(Catecismo
de la Iglesia Católica, 2617)
El Evangelio nos revela cómo María ora e
intercede en la fe. En Caná
(cf Jn 2, 1-12) la Madre de Jesús ruega a su
Hijo por las necesidades de un banquete de
bodas, signo de otro banquete, el de las
bodas del Cordero que da su Cuerpo y su
Sangre a petición de la Iglesia, su Esposa.
En la Hora de la nueva Alianza, al
pie de la Cruz, María es escuchada como la
Mujer, la nueva Eva, la verdadera "madre
de los que viven". (Catecismo
de la Iglesia Católica, 2618)
Por eso, el Cántico de María (cf Lc
1, 46-55) el "Magnificat"
latino, el "Megalynei"
bizantino, es a la vez el cántico
de la Madre de Dios y el de la Iglesia,
cántico de la Hija de Sión y del nuevo
Pueblo de Dios, cántico de acción de gracias
por la plenitud de gracias derramadas en la
Economía de la salvación, cántico de los
"pobres" cuya esperanza ha sido colmada con
el cumplimiento de las promesas hechas a
nuestros padres "en favor de Abraham y su
descendencia, para siempre". (Catecismo
de la Iglesia Católica, 2619)
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Santa María, Tú fuiste una de aquellas almas
humildes y grandes en Israel que, como
Simeón, esperó «el consuelo de Israel» (Lc
2,25) y esperaron, como Ana, «la redención
de Jerusalén» (Lc 2,38). Tú viviste
en contacto íntimo con las Sagradas
Escrituras de Israel, que hablaban de la
esperanza, de la promesa hecha a Abrahán y a
su descendencia (cf. Lc 1,55). Así
comprendemos el santo temor que te sobrevino
cuando el ángel de Dios entró en tu aposento
y te dijo que darías a luz a Aquel que era
la esperanza de Israel y la esperanza del
mundo. Por Ti, por tu «Sí», la
esperanza de milenios debía hacerse
realidad, entrar en este mundo y su
historia. Tú te has inclinado ante la
grandeza de esta misión y has dicho «Sí»:
«Aquí está la esclava del
Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc
1,38). Cuando llena de santa alegría
fuiste aprisa por los montes de Judea para
visitar a tu pariente Isabel, te convertiste
en la imagen de la futura Iglesia que, en su
seno, lleva la esperanza del mundo por los
montes de la historia. Pero junto con la
alegría que, en tu Magnificat,
con las palabras y el canto, has difundido
en los siglos, conocías también las
afirmaciones oscuras de los profetas sobre
el sufrimiento del siervo de Dios en este
mundo. Sobre su nacimiento en el establo de
Belén brilló el resplandor de los ángeles
que llevaron la buena nueva a los pastores,
pero al mismo tiempo se hizo de sobra
palpable la pobreza de Dios en este mundo.
El anciano Simeón te habló de la espada que
traspasaría tu Corazón (cf. Lc 2,35),
del signo de contradicción que tu Hijo sería
en este mundo. Cuando comenzó después la
actividad pública de Jesús, debiste quedarte
a un lado para que pudiera crecer la nueva
familia que Él había venido a instituir y
que se desarrollaría con la aportación de
los que hubieran escuchado y cumplido su
palabra (cf. Lc 11,27s). No obstante
toda la grandeza y la alegría de los
primeros pasos de la actividad de Jesús, ya
en la sinagoga de Nazaret experimentaste la
verdad de aquella palabra sobre el «signo de
contradicción» (cf. Lc 4,28ss). Así
has visto el poder creciente de la
hostilidad y el rechazo que progresivamente
fue creándose en torno a Jesús hasta la Hora
de la Cruz, en la que viste morir como un
fracasado, expuesto al escarnio, entre los
delincuentes, al Salvador del mundo, el
heredero de David, el Hijo de Dios.
Recibiste entonces la palabra: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn
19,26). Desde la Cruz recibiste una
nueva misión. A partir de la Cruz te
convertiste en madre de una manera nueva:
Madre de todos los que quieren creer en tu
Hijo Jesús y seguirlo. La espada del dolor
traspasó tu corazón. ¿Había muerto la
esperanza? ¿Se había quedado el mundo
definitivamente sin luz, la vida sin meta?
Probablemente habrás escuchado de nuevo en
tu interior en aquella hora la palabra del
ángel, con la cual respondió a tu temor en
el momento de la Anunciación: «No temas,
María» (Lc 1,30). ¡Cuántas veces
el Señor, tu Hijo, dijo lo mismo a sus
discípulos: no temáis! En la noche del
Gólgota, oíste una vez más estas palabras en
tu corazón. A sus discípulos, antes de la
hora de la traición, Él les dijo:
«Tened valor: Yo he vencido al mundo»
(Jn 16,33). «No tiemble vuestro
corazón ni se acobarde» (Jn
14,27). «No temas, María». En la hora
de Nazaret el ángel también te dijo: «Su
reino no tendrá fin» (Lc 1, 33).
¿Acaso había terminado antes de empezar? No,
junto a la Cruz, según las palabras de Jesús
mismo, te convertiste en Madre de los
creyentes. Con esta fe, que en la oscuridad
del Sábado Santo fue también certeza de la
esperanza, te has ido a encontrar con la
mañana de Pascua. La alegría de la
Resurrección ha conmovido tu corazón y te ha
unido de modo nuevo a los discípulos,
destinados a convertirse en familia de Jesús
mediante la fe. Así, estuviste en la
comunidad de los creyentes que en los días
después de la Ascensión oraban unánimes en
espera del don del Espíritu Santo (cf.
Hch 1,14), que recibieron el día de
Pentecostés. El «Reino» de Jesús era
distinto de como lo habían podido imaginar
los hombres. Este «Reino» comenzó en
aquella hora y ya nunca tendría fin. Por eso
Tú permaneces con los discípulos como madre
suya, como Madre de la esperanza. Santa
María, Madre de Dios, Madre nuestra,
enséñanos a creer, esperar y amar contigo.
Indícanos el camino hacia su Reino. Estrella
del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en
nuestro camino. (Benedicto XVI. Carta
Encíclica
Spe Salvi, 50)
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"¡Queridos hijos! Con alegría, también hoy, deseo nuevamente invitarlos: oren, oren, oren. Que este tiempo sea para ustedes tiempo de oración personal. Durante el día busquen un lugar donde, en recogimiento, puedan orar con alegría. Yo los amo y los bendigo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!” Mensaje de Nuestra Señora Reina de la Paz en Medjugorge. 25/8/2010
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