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Cum
Maria contemplemur Christi vultum!
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MADRE,
TU MISERICORDIA LLENA TODA LA
TIERRA
Nosotros,
tus pequeños siervos, te alabamos por tus otras virtudes, pero de tu
Misericordia nosotros mismos nos felicitamos. La virginidad, la
elogiamos, la humildad, la admiramos, pero la Misericordia
tiene, para los desdichados, mayor mansedumbre. La Misericordia, la
abrazamos con más ternura, la recordamos más a menudo, la invocamos con
más frecuencia.
Tú eres quien consiguió que el mundo entero fuera restaurado,
arrancando con Tu oración la salvación de todos los hombres.
Es
evidente que Tú estabas preocupada por todo el género humano, porque a Ti
te fue dicho: "No temas, María, en Ti se hizo la gracia, esa gracia que Tú
buscabas."
¿Quién podrá, oh
Virgen bendita, medir la amplitud, lo sublimidad y la profundidad de tu
Misericordia?
Tu fuerza, hasta el final de los tiempos, llega a todos aquellos que te
invocan. Tu amplitud envuelve al globo terrestre a tal punto que tu
Misericordia llena la tierra entera. Tu sublimidad produjo el renacimiento
de la Ciudad celeste y Tu profundidad obtuvo el rescate de los que están
sentados en la oscuridad bajo las sombras de la muerte.
Por Ti el Cielo se llena, el infierno se vacía, la Jerusalén celeste
emerge de sus ruinas, la vida perdida le es devuelta a los infelices que
aguardan. Así la caridad abunda en compasión y generosidad afectiva.
(Bernardo de Claraval .
En la Asunción, Sermón 4. Panegírico de la Virgen)
eternamente con Él.

"Ofrezco
a los hombres un Recipiente con el que han de venir a la Fuente de la
Misericordia para recoger gracias. Ese Recipiente es esta Imagen con la
firma: JESÚS, EN TI CONFÍO" Diario, 327
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Newsletter 385


Soy
todo tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi vida.
Dame tu Corazón, oh María.
Soy
todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo.
Amen.




Oh Dios Padre
Misericordioso,
que por
mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la
Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo,
concediste a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei,
la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina,
de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres
de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad
a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los
momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir
al Reino de Jesucristo. Te ruego que te dignes glorificar a tu Siervo
Juan Pablo II, Servus Servorum Dei, y que me concedas por su
intercesión el favor que te pido... (pídase). A Tí,
Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que
vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que
santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos
de los siglos. Amén.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
25 de marzo al
25 de diciembre
Sabemos que la Santa Virgen es la Reina del
Cielo y de la tierra. Pero Ella es más Madre que Reina y no se
diga que, debido a esas prerrogativas, eclipsa la gloria de
todos los santos, así como el sol al salir hace desaparecer a
las estrellas. Que una madre disminuya la gloria de sus hijos.
¡Qué cosa más extraña! Yo pienso todo lo contrario: creo que
Ella aumentará el esplendor de los hijos.
Santa Teresa del Niño Jesús. Últimas
entrevistas: 21.8.1897.

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VIAJE APOSTÓLICO A
FRANCIA CON OCASIÓN DEL 150 ANIVERSARIO DE LAS
APARICIONES DE LOURDES
PROCESIÓN EUCARÍSTICA EN LA PRAIRIE
MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Lourdes. Domingo 14
de septiembre de 2008
Señor Jesús, estás aquí.
Y vosotros, hermanos, hermanas, amigos míos.
Estáis aquí, conmigo, ante Él.
Señor, hace dos mil años, aceptaste subir a una Cruz de
infamia para resucitar después y permanecer siempre con
nosotros.
Y vosotros, hermanos, hermanas, habéis
aceptado dejaros atraer por Él.
Lo contemplamos, lo adoramos, lo amamos.
Contemplamos a Aquel que, durante la Cena Pascual, ha
entregado su Cuerpo y su Sangre a sus discípulos, para
estar con ellos “todos los días, hasta el fin del mundo”
(Mt 28,20).
Adoramos a Aquel que está al inicio y al final de
nuestra fe, sin Él que no estaríamos aquí esta tarde,
sin Él que no seríamos nada, sin Él que no existiría
nada, nada, absolutamente nada. Aquel, por medio de
Quien “se hizo todo” (Jn 1,3); por Quien hemos sido
creados, para la eternidad; Él que nos ha dado su propio
Cuerpo y su propia Sangre, Él está aquí, esta tarde,
ante nosotros, ofreciéndose a nuestras miradas.
Amamos, y buscamos amar todavía más, a Quien está aquí,
ante nosotros, abierto a nuestras miradas, tal vez a
nuestras preguntas, a nuestro amor.
Sea que caminemos, o estemos clavados en el lecho del
dolor —que caminemos con gozo o estemos en el desierto
del alma (Num 21,5)—: Señor, acógenos a todos en tu
Amor: en el Amor infinito, que es eternamente el del
Padre al Hijo y del Hijo al Padre, el del Padre y del
Hijo al Espíritu, y el del Espíritu al Padre y al Hijo.
La Hostia Santa expuesta ante nuestros ojos proclama
este poder infinito del Amor manifestado en la Cruz
gloriosa. La Hostia Santa proclama el increíble
anonadamiento de Quien se hizo pobre para darnos su
riqueza, de Quien aceptó perder todo para ganarnos para
su Padre. La Hostia Santa es el Sacramento vivo y eficaz
de la presencia eterna del Salvador de los hombres en su
Iglesia.
Hermanos, hermanas, amigos míos, aceptemos, aceptad,
ofreceros a Quien nos lo ha dado todo, que vino no para
juzgar al mundo, sino para salvarlo (cf. Jn 3,17),
aceptad reconocer en vuestras vidas la presencia activa
de Quien está aquí presente, ante nuestras miradas.
Aceptad ofrecerle vuestras propias vidas.
María, la Virgen Santa, María, la Inmaculada Concepción,
aceptó, hace dos mil años, entregarle todo, ofrecer su
Cuerpo para acoger el Cuerpo del Creador. Todo ha venido
de Cristo, incluso María; todo ha venido por María,
incluso Cristo.
María, la Santísima Virgen, está con nosotros esta
tarde, ante el Cuerpo de su Hijo, ciento cincuenta años
después de revelarse a la pequeña Bernadette.
Virgen Santa, ayúdanos a contemplar, ayúdanos a adorar,
ayúdanos a amar más todavía a Quien nos amó
tanto, para vivir eternamente con Él.
Una inmensa muchedumbre de testigos está invisiblemente
presente a nuestro lado, cerca de esta bendita gruta y
ante esta iglesia querida por la Virgen María;
La multitud de todos los que han
adorado la presencia real de Quien se nos entregó hasta
la última gota de su Sangre;
La muchedumbre de todos los que pasaron horas adorándolo
en el Santísimo Sacramento del Altar.
Esta tarde, no los vemos, pero los oímos aquí,
diciéndonos a cada uno de nosotros: “Ven, déjate llamar
por el Maestro. Él está aquí y te llama (cf. Jn 11,28).
Él quiere tomar tu vida y unirla a la suya. Déjate
atraer por Él. No mires ya tus heridas, mira las suyas.
No mires lo que te separa aún de Él y de los demás; mira
la distancia infinita que ha abolido tomando tu carne,
subiendo a la Cruz que le prepararon los hombres y
dejándose llevar a la muerte para mostrar su Amor. En
estas heridas, te toma; en estas heridas, te esconde. No
rechaces su amor”.
La multitud inmensa de testigos que se dejó atraer por
su Amor, es la muchedumbre de los santos del Cielo que
no cesan de interceder por nosotros. Eran pecadores y lo
sabían, pero aceptaron no mirar sus heridas y mirar sólo
las heridas de su Señor, para descubrir en ellas la
gloria de la Cruz, para descubrir en ellas la victoria
de la Vida sobre la muerte. San Pierre-Julien Eymard lo
dijo todo cuando escribió: “La Santa Eucaristía, es
Jesucristo pasado, presente y futuro” (Predicaciones e
instrucciones parroquiales después de 1856, 4-2,1. Sobre
la meditación).
Jesucristo pasado, en la verdad histórica de la tarde en
el Cenáculo, que se nos recuerda en toda celebración de
la Santa Misa.
Jesucristo presente, porque nos dice: “Tomad y comed
todos, porque esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre”.
“Esto es”, en presente, aquí y ahora, como en todos los
aquí y ahora de la historia de los hombres. Presencia
real, presencia que sobrepasa nuestros pobres labios,
nuestros pobres corazones, nuestros pobres pensamientos.
Presencia ofrecida a nuestras miradas como aquí, esta
tarde, cerca de la gruta donde María se reveló como
Inmaculada Concepción.
La Eucaristía es también Jesucristo futuro, Jesucristo
que viene. Cuando contemplamos la Hostia Santa, su
Cuerpo glorioso transfigurado y resucitado, contemplamos
lo que contemplaremos en la eternidad, descubriendo el
mundo entero llevado por su Creador cada segundo de su
historia. Cada vez que lo comemos, pero también cada vez
que lo contemplamos, lo anunciamos, hasta que Él vuelva,
“donec veniat”. Por eso lo recibimos con infinito
respeto.
Algunos de nosotros no pueden o no pueden todavía
recibirlo en el Sacramento, pero pueden contemplarlo con
fe y amor, y manifestar el deseo de poder finalmente
unirse a Él. Es un deseo que tiene gran valor ante Dios:
esperan con mayor ardor su vuelta; esperan a Jesucristo,
que debe venir (...)
El Beato Charles de Foucauld nació en 1858, el mismo año
de las apariciones de Lourdes. No lejos de su cuerpo
ajado por la muerte, se encuentra, como el grano de
trigo caído en tierra, el viril con el Santísimo
Sacramento que el Hermano Charles adoraba cada día
durante largas horas. El Padre de Foucauld nos ofrece la
oración desde el hondón de su alma, plegaria dirigida a
nuestro Padre, pero que con Jesús podemos con toda
verdad hacer nuestra ante la Hostia Santa:
«“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Es la
última oración de nuestro Maestro, de nuestro Amado… Que
sea también la nuestra, que no sea sólo la de nuestro
último instante, sino la de todos nuestros instantes:
“Padre, me pongo en tus manos;
Padre confío en Ti;
Padre, me entrego a Ti;
Padre, haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea, te doy las gracias;
gracias por todo;
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo;
te doy las gracias,
con tal de que tu Voluntad se cumpla en mí, Dios mío,
y en todas tus criaturas, en todos tus hijos,
en todos aquellos que ama Tu Corazón.
No deseo nada más, Dios mío.
Te confío mi alma, te la doy, Dios mío,
con todo el amor de que soy capaz,
porque te amo,
y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre”».
Amados hermanos y hermanas, peregrinos y habitantes de
estos valles, Hermanos Obispos, sacerdotes, diáconos,
religiosos, religiosas, todos vosotros que estáis viendo
el infinito anonadamiento del Hijo de Dios y la gloria
infinita de la Resurrección, permaneced en silencio y
adorad a vuestro Señor, nuestro Maestro y Señor
Jesucristo. Permaneced en silencio, después hablad y
decid al mundo: no podemos callar lo que sabemos. Id y
proclamad al mundo entero las maravillas de Dios,
presente en cada momento de nuestras vidas, en toda la
tierra. Que Dios nos bendiga y nos guarde, que nos
conduzca por el camino de la vida eterna, Él que es la
Vida, por los siglos de los siglos. Amén.
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Querido/a Suscriptor/a de "El Camino de María"
En la
audiencia general del miércoles 17 de septiembre,
celebrada en el Aula Pablo VI, el Santo Padre
Benedicto XVI habló sobre su reciente
Viaje Apostólico a Francia, que culminó
con la peregrinación a Lourdes con ocasión del 150
aniversario de las apariciones de la Virgen a Santa
Bernadette.
El
Santo Padre afirmó que en Francia, "la Iglesia, ya
desde el siglo II, desarrolló un papel civilizador
fundamental, (...) y en ese contexto maduró la
exigencia de una sana distinción entre la esfera
política y la religiosa". "Auténtica laicidad no
significa prescindir de la dimensión espiritual, sino
reconocer que precisamente ésta es garante de nuestra
libertad y de la autonomía de las realidades terrenas,
gracias a los juicios de la Sabiduría creadora que la
conciencia humana sabe acoger y poner en práctica".
"En
esta perspectiva -continuó- se sitúa la amplia
reflexión sobre el tema: "Los orígenes de la teología
occidental y las raíces de la cultura europea", que
desarrollé en el encuentro con el mundo de la cultura,
en un lugar elegido por su valor simbólico: el College
des Bernardins".
Benedicto XVI señaló que el punto de partida de su
discurso fue "una reflexión sobre el monaquismo,
cuyo objetivo era la búsqueda de Dios", que
"llevaba a los monjes, por su propia naturaleza, a una
cultura de la palabra. (...) Para la búsqueda de Dios,
que se nos reveló en las Sagradas Escrituras, eran muy
importantes las ciencias profanas, cuyo fin era
profundizar en los secretos de las lenguas. Como
consecuencia, en los monasterios se desarrolla aquella
"eruditio" que consentiría la formación de la cultura.
Precisamente por eso, quaerere Deum -buscar a Dios,
estar en camino hacia Dios-, sigue siendo hoy, como
ayer, la vía maestra y el fundamento de toda verdadera
cultura".
A los
sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas y a los
seminaristas, recordó, "les exhorté a dar prioridad
a la escucha de la palabra divina" y, a los
jóvenes, "les confié dos tesoros de la fe
cristiana: el Espíritu Santo y la Cruz. El Espíritu
abre la inteligencia humana a horizontes que la
superan y le hace comprender la belleza y la verdad
del amor de Dios revelado en la Cruz.".
El Papa
afirmó que durante la celebración eucarística en la
Explanada de los Inválidos invitó a los fieles a
"buscar al Dios vivo, que nos ha mostrado su verdadero
Rostro en Jesús presente en la Eucaristía,
impulsándonos a amar a nuestros hermanos como Él nos
ha amado".
"En
Lourdes -dijo- me uní a miles de fieles en el
"Camino del Jubileo" y "participé en la tradicional
procesión "aux flambeaux" (con antorchas), estupenda
manifestación de fe en Dios y de devoción a su Madre y
nuestra Madre. Lourdes es verdaderamente un lugar de
luz, de oración, de esperanza y de conversión, (...)
donde los peregrinos aprender a considerar las cruces
de la propia vida a la luz de la Cruz gloriosa de
Cristo".
El
Santo Padre puso de relieve que "el primer gesto
que hizo María cuando se apareció a Bernadette en la
gruta de Massabielle fue el signo de la Cruz, (...) y
en este gesto de la Virgen se encuentra todo el
mensaje de Lourdes".
Durante
la celebración de la Santa Misa dedicada especialmente
a los enfermos, que tuvo lugar delante de la basílica
de Nuestra Señora del Rosario, en la memoria litúrgica
de la Virgen de los Dolores, el Papa dijo que
"meditó sobre las lágrimas de María derramadas bajo la
Cruz, y sobre su sonrisa, que ilumina la mañana de
Pascua".
Tras
invitar a los fieles a dar gracias a Dios por los
frutos de este viaje apostólico, el Santo Padre señaló
que "en Lourdes, la Santísima Virgen invita a todos
a considerar la tierra como lugar de nuestra
peregrinación hacia la patria definitiva, que es el
Cielo. En realidad todos somos peregrinos y tenemos
necesidad de la Madre que nos guíe; y en Lourdes su
sonrisa nos invita a seguir hacia delante con gran
confianza porque Dios es Amor".
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Santa
María, Madre de Dios y Madre nuestra, enséñanos a
creer, a esperar y a amar Contigo. Muéstranos el
camino hacia el Reino de tu Hijo Jesús. Estrella del
mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino
(cf.
Spe salvi,
n. 50)
(Benedicto XVI)
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