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Editores de
"El Camino de María"


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Acordaos,
¡oh piadosísima Virgen María!,
que jamás se ha oído decir que ninguno
de los que han acudido a vuestra protección,
implorando vuestra asistencia y reclamando
vuestro socorro, haya sido desamparado.
Animado por esta confianza, a Vos también acudo,
¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!,
y gimiendo bajo el peso de mis pecados
me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana.
¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas,
antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.
Acuérdate, Virgen
Madre de Dios, cuando estés delante del Señor, de decirle cosas
buenas de mí. "Recordare, Virgo Mater Dei, dum steteris in
conspectu Domini, ut loquaris pro nobis bona".
(Oración de la
Misa de María Mediadora de todas de todas las Gracias)

MARÍA
MEDIADORA DE TODAS LAS GRACIAS
Maternidad
espiritual de María
La
Santísima Virgen, predestinada, junto con la Encarnación del Verbo,
desde toda la eternidad, cual Madre de Dios, por designio de la
Divina Providencia, fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino
Redentor, y en forma singular la generosa colaboradora entre todas
las criaturas y la humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo,
engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al
Padre, padeciendo con su Hijo mientras El moría en la Cruz, cooperó
en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y
la encendida caridad en la restauración de la vida sobrenatural de
las almas. por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia.
(Lumen
Gentium, 61)
María,
Mediadora
62. Y
esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la
gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la
Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta
la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez
recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa
alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna
salvación. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo,
que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan
contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por
eso, la Santísima Virgen en la Iglesia es invocada con los títulos
de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo,
se entiende de manera que nada quite ni agregue a la dignidad y
eficacia de Cristo, único Mediador.
Porque
ninguna criatura puede compararse jamás con el Verbo Encarnado
nuestro Redentor; pero así como el sacerdocio de Cristo es
participado de varias maneras tanto por los ministros como por el
pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde
realmente en formas distintas en las criaturas, así también la única
mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en sus
criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única.
La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado:
lo experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los
fieles para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más
íntimamente al Mediador y Salvador.
(Lumen
Gentium, 62)
MARIA
DISPENSADORA UNIVERSAL DE TODAS LAS GRACIAS
"La
Santísima Vírgen es Dispensadora universal de todas las gracias,
tanto por su divina Maternidad: que las obtiene de su Hijo, como
por su Maternidad espiritual: que las distribuye entre sus
otros hijos, los hombres. Esto lo hace subordinada a Cristo, pero
de manera inmediata. Y ello por una específica y singular
determinación de la voluntad de Dios, que ha querido otorgar a
María esta doble función: ser Corredentora y Dispensadora,
con alcance universal y para siempre". (Pío
X, Encíclica "Ad diem illum
laetissimum" 4 de febrero de 1904)
María es nuestra
mediadora, por ella recibimos, ¡oh Dios mío! tu misericordia, por
ella recibimos al Señor Jesús en nuestras casas. Porque cada uno
de nosotros tiene su casa y su castillo, y la Sabiduría llama a
las puertas de cada uno; si alguna la abre, entrará y cenará con
él (SAN BERNARDO, Homilía. en la Asunción de la B. Virgen María,
2, 2).
Con todo lo íntimo
de nuestra alma, con todos los afectos de nuestro corazón y con
todos los sentimientos y deseos de nuestra voluntad, veneremos a
María, porque ésta es la voluntad de aquel Señor que quiso que
todo lo recibiéramos por María. Esta es su voluntad para bien
nuestro. Mirando en todo y siempre al bien de los necesitados,
consuela nuestro temor, excita nuestra fe, fortalece nuestra
esperanza, disipa nuestra desconfianza y anima nuestra
pusilanimidad. (S. BERNARDO, Homilía. en la Natividad de la B.
Virgen María, 7).
No le faltaba a
Dios, ciertamente, poder para infundirnos la gracia sin valerse de
este acueducto, sí El hubiera querido, pero quiso proveerse de
ella por este conducto (SAN BERNARDO, Homilía. en la Natividad de
la B. Virgen María, 17).
Aquello poco que
desees ofrecer, procura depositarlo en manos de María,
graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea
ofrecido al Señor, sin sufrir de El repulsa (SAN BERNARDO, Homilía
en la Natividad de la B. Virgen María, 18).
Ya no parecerá
estar de más la mujer bendita entre todas las mujeres, pues se ve
claramente el papel que desempeña en la obra de nuestra
reconciliación, porque necesitamos un mediador cerca de este
Mediador, y nadie puede desempeñar tan provechosamente este oficio
como María (SAN BERNARDO, Homilía para el domingo infraoctava de
la Asunción, 2).
María es el tesoro
de Dios y la tesorera de todas las misericordias que nos quiere
dispensar (SAN ALFONSO María DE LIGORIO, Visitas al Santísimo
Sacramento, 25).
Siempre que
tengamos que pedir una gracia a Dios, dirijámonos a la Virgen
Santa, y con seguridad seremos escuchados (SANTO CURA DE ARS,
Sermón sobre la pureza).
Las madres no
contabilizan los detalles de cariño que sus hijos les demuestran;
no pesan ni miden con criterios mezquinos. Una pequeña muestra de
amor la saborean como miel, y se vuelcan concediendo mucho más de
lo que reciben. Si así reaccionan las madres buenas de la tierra,
imaginaos lo que podremos esperar de nuestra Madre Santa María
(SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, 280).
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