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EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 143

 

Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!:

 Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

Evangelio según San Juan, 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

- «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

- «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío Yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

- «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

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NUESTRA SEÑORA DE LUJÁN

PATRONA DE LA ARGENTINA

8 DE MAYO

La devoción del pueblo argentino a la Virgen de Luján nació en 1630. Ese año a orillas del río Luján ocurrió un prodigioso suceso que obligó a dejar una pequeña imagen de la Santísima Virgen en ese lugar. Allí se levantó una capilla que con el tiempo se convirtió en el monumental y magnífico templo actual, uno de los santuarios más grandes de Sudamérica y se cuenta entre los principales del mundo. Es visitado todo el año por centenares de miles de peregrinos. Numerosos próceres pidieron la protección de la "Virgencita Gaucha" y otros depositaron a sus pies los trofeos conquistados en las batallas de la independencia nacional. El papa León XIII decretó la coronación pontificia de la imagen, la que se llevó a cabo el 8 de mayo de 1887.

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NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA

13 DE MAYO

Este día se celebra la primera de las apariciones de la Virgen María a tres niños, Lucía de 9 años, Francisco de 8, y Jacinta de 6, en Fátima, Portugal. Una sucesión de hechos portentosos convirtieron al lugar en uno de los puntos que atraen mayor número de peregrinaciones del mundo entero.

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MARÍA AUXILIADORA DE LOS CRISTIANOS

24 DE MAYO

Esta fiesta de la Virgen María, Auxiliadora de los Cristianos, fue instituída por Pío VII, para perpetuar el recuerdo de su entrada en Roma, el 24 de mayo de 1814, de regreso de su cautiverio en Francia por obra y opresión de Napoleón I. También tiene por objeto agradecer a la Virgen María, su continua protección del pueblo cristiano contra los enemigos declarados de la cristiandad.

 LIBROS DE VISITAS

 

 

 
 
 
 
 
 

 

EL ESPÍRITU SANTO Y LA EUCARISTÍA

Queridos hermanos y hermanas:

1. La promesa de Jesús: “...seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch 1, 5) significa que existe un vínculo entre el Espíritu Santo y el bautismo. Lo hemos visto en la anterior catequesis, en la que, partiendo del bautismo de penitencia que Juan impartía en el Jordán anunciando la venida de Cristo, nos hemos acercado a Aquel que bautizará “en Espíritu Santo y fuego”. Nos hemos acercado también a aquel único bautismo con que debía ser bautizado Él mismo (cf. Mc 10, 38): el sacrificio de la cruz, que ofreció Cristo “por el Espíritu Eterno” (Hb 9, 14) hasta el punto de hacerse “el último Adán” y, como tal, “espíritu que da vida”, según lo que dice San Pablo (cf. 1 Co 15, 45). Sabemos que Cristo “dio” a los Apóstoles el Espíritu que da vida el día de la Resurrección (cf. Jn 20, 22) y, a continuación, en la solemnidad de Pentecostés, cuando todos quedaron “llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 4).
 
2. Entre el sacrificio pascual de Cristo y el don del Espíritu existe, por tanto, una relación objetiva. Puesto que la Eucaristía renueva místicamente el sacrificio redentor de Cristo, es fácil, por lo demás, entender el vínculo intrínseco que existe entre este sacramento y el don del Espíritu: formando la Iglesia mediante su propia venida el día de Pentecostés, el Espíritu Santo la constituye haciendo referencia objetiva a la Eucaristía y la orienta hacia la Eucaristía.  
 
Jesús había dicho en una de sus parábolas: “El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo” (Mt 22, 2). La Eucaristía constituye la anticipación sacramental y en cierto sentido una “pregustación” de aquel banquete real que el Apocalipsis llama “el banquete del Cordero” (cf. Ap 19, 9). El Esposo que está en el centro de aquella fiesta de bodas, y de su prefiguración y anticipación eucarística, es el Cordero que “borró los pecados del mundo”, el Redentor.  
 
3. En la Iglesia que nace del bautismo en Pentecostés, cuando los Apóstoles, y junto con ellos los demás discípulos y confesores de Cristo, son “bautizados en Espíritu”, la Eucaristía es (y permanece hasta el fin de los tiempos) el sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo.
  
En Ella está presente “la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios” (Hb 9, 14); la sangre “derramada por muchos” (Mc 14, 24) “para perdón de los pecados” (Mt 26, 28); la sangre que “purificará de las obras muertas nuestra conciencia” (cf. Hb 9, 14); la “sangre de la alianza” (Mt 26, 28). Jesús mismo, al instituir la Eucaristía, declara: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre” (Lc 22, 20; cf. 1 Co 11, 25), y recomienda a los Apóstoles: “haced esto en recuerdo mío” (Lc 22, 19).
 
En la Eucaristía se renueva (es decir, se realiza nuevamente) el sacrificio del cuerpo y de la sangre, ofrecido por Cristo una sola vez al Padre en la cruz para la redención del mundo. Dice la Encíclica Dominum et Vivificantem que “en el sacrificio del Hijo del hombre el Espíritu Santo está presente y actúa... El mismo Jesucristo en su humanidad se ha abierto totalmente a esta acción... que del sufrimiento hace brotar el eterno amor salvífico” (n. 40).
  
4. La Eucaristía es el sacramento de este amor redentor, estrechamente vinculado a la presencia del Espíritu Santo y a su acción. ¿Cómo no recordar, en este momento, las palabras pronunciadas por Jesús cuando, en la sinagoga de Cafarnaún, tras la multiplicación del pan (cf. Jn 6, 27), proclamaba la necesidad de alimentarse de su carne y de su sangre? A muchos de los que lo escuchaban, su lenguaje sobre el comer su cuerpo y beber su sangre (cf. Jn 6, 53) les pareció “duro” (Jn 6, 60). Intuyendo esta dificultad Jesús les dijo: “¿Esto os escandaliza? ¿ Y cuándo veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?” (Jn 6, 61-62). Era una explícita alusión a la futura ascensión al cielo. Y precisamente en aquel momento añade una referencia al Espíritu Santo, que sólo tras la ascensión adquiriría plenitud de sentido. Dijo: “El espíritu es el que da vida: la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida” (Jn 6, 63).
 
Los oyentes de Jesús entendieron de modo “material” aquel primer anuncio eucarístico. El Maestro quiso en seguida precisar que su contenido sólo podía aclararse y entenderse por obra del “Espíritu que da vida”. En la Eucaristía Cristo nos da su cuerpo y su sangre como alimento y bebida, bajo las especies del pan y del vino, como durante el banquete pascual de la última Cena. Solamente en virtud del Espíritu, que da vida, el alimento y la bebida eucarísticos pueden obrar en nosotros la “comunión”, es decir, la unión salvífica con el Cristo crucificado y glorificado.  
 
5. Hay un hecho significativo, ligado al acontecimiento de Pentecostés: desde los primeros tiempos después de la venida del Espíritu Santo los Apóstoles y sus seguidores, convertidos y bautizados, “acudían asiduamente... a la fracción del pan y a las oraciones” (Hch 2, 42), como si el mismo Espíritu Santo nos hubiera orientado a la Eucaristía. He subrayado en la Encíclica Dominum et Vivificantem que, “guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia desde el principio se manifestó y se confirmó a sí misma a través de la Eucaristía” (n. 62).
  
La Iglesia primitiva era una comunidad fundada en la enseñanza de los Apóstoles (Hch 2, 42) y animada en su totalidad por el Espíritu Santo, el cual infundía luz a los creyentes para que comprendiesen la Palabra, y los congregaba en la caridad en torno a la Eucaristía. Así la Iglesia crecía y se propagaba en una muchedumbre de creyentes que “no tenía sino un solo corazón y una sola alma” (Hch 4, 32).
  
6. En la Encíclica citada leemos también que “mediante la Eucaristía, las personas y comunidades, bajo la acción del Paráclito consolador, aprenden a descubrir el sentido divino de la vida humana” (n. 62). Es decir, descubren el valor de la vida interior, realizando en sí mismas la imagen de Dios Trinidad que siempre se nos ha presentado en los libros del Nuevo Testamento y especialmente en las Cartas de San Pablo, como Alfa y Omega de nuestra vida, o sea, el principio según el cual el hombre es creado y modelado, y el fin último al que está ordenado y es guiado según el designio y la voluntad del Padre, reflejados en el Hijo-Verbo y en el Espíritu-Amor. Es una hermosa y profunda interpretación que la tradición patrística, resumida y formulada en términos teológicos por Santo Tomás (cf. Summa Theol. I, q. 93, a. 8), ha dado de un principio clave de la espiritualidad y de la antropología cristiana, así expresado en la Carta a los Efesios: “Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios” (Ef 3, 14-19)
 
7. Es Cristo quien nos da esta plenitud divina (cf. Col 2,9 ss.) mediante la acción del Espíritu Santo. Así, colmados de vida divina, los cristianos entran y viven en la plenitud del Cristo total, que es la Iglesia, y, a través de la Iglesia, en el nuevo universo que poco a poco se va construyendo (cf. Ef 1, 23; 4, 12-13; Col 2, 10). En el centro de la Iglesia y del nuevo universo está la Eucaristía, donde se halla presente el Cristo que obra en los hombres y en el mundo entero mediante el Espíritu Santo.

 
  

Audiencia del miércoles 13 de septiembre de 1989

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

El próximo domingo termina el Tiempo Pascual con la celebración de la  Solemnidad de Pentecostés que está inmersa en el Año de la Eucaristía. Por ello hemos encabezado esta edición semanal con un memorable texto catequético del Papa Juan Pablo II: EL ESPÍRITU SANTO Y LA EUCARISTÍA. 

Le recomendamos que no deje de leer y meditar los hermosos y profundos textos catequéticos sobre el ESPÍRITU SANTO Y SUS DONES que están incluídos en el cuarto Libro Digital de la Biblioteca "Virgo Fidelis" :"LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO" . Puede descargarlo desde la siguiente dirección:

 http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=4

Nuevamente les invitamos a firmar los libros de visitas que hemos habilitado en los sitios: JuanPabloMagno.orgBenedictumXVI.us . Todos los mensajes que contenga este último sitio hasta el 30 de mayo inclusive, se lo remitiremos al Santo Padre el 31 de Mayo, Fiesta de la Visitación de María.

Roguemos a María, Maestra de Oración,que nos apoye y nos acompañe en la oración  que Cristo y el Espíritu Santo hacen brotar en nuestro corazón, porque como enseña Juan Pablo II: "...el fundamento de la eficacia de la oración es la bondad del Padre, pero también la mediación de Cristo ante Él (cf. 1 Jn 2, 1) y la acción del Espíritu Santo, que «intercede por nosotros» (Rm 8, 26-27) según los designios de Dios. En efecto, nosotros «no sabemos cómo pedir» (Rm 8, 26) y a veces no somos escuchados porque pedimos mal (cf. St 4, 2-3)."

Marisa y Eduardo

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II EL GRANDE

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE
Domingo 3 de junio de 2001 

 HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

 
 

1. "Se llenaron todos de Espíritu Santo" (Hch 2, 4).

Así sucedió en Jerusalén, en Pentecostés. Hoy, congregados en esta plaza, centro del mundo católico, revivimos el clima de aquel día. En nuestro tiempo, al igual que en el Cenáculo de Jerusalén, la Iglesia está impulsada por un "viento impetuoso". Experimenta el soplo divino del Espíritu, que la abre a la evangelización del mundo.

Por una feliz coincidencia, en esta solemnidad tenemos la alegría de acoger, junto al altar, los venerados restos mortales del beato Juan XXIII, que Dios modeló con su Espíritu, haciendo de él un admirable testigo de su amor. Este venerado predecesor mío falleció hace treinta y ocho años, el 3 de junio de 1963, precisamente mientras en la plaza de San Pedro oraba una gran multitud de fieles, reunidos espiritualmente en torno a su cabecera. A aquella plegaria se une esta celebración, y, a la vez que conmemoramos la muerte de este beato Pontífice, alabamos a Dios que lo dio a la Iglesia y al mundo.

Como sacerdote, como obispo y como Papa, el beato Angelo Roncalli fue docilísimo a la acción del Espíritu, que lo guió por el camino de la santidad. Por eso, en la comunión viva de los santos queremos celebrar la Solemnidad de Pentecostés en singular sintonía con él, recordando algunas de sus profundas reflexiones.

2. "La luz del Espíritu Santo irrumpe desde las primeras palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles. (...) El viento impetuoso del Espíritu divino precede y acompaña a los evangelizadores, penetrando en el alma de quienes los escuchan y extendiendo la Iglesia católica hasta los confines de la tierra, transcurriendo a través de todos los siglos de la historia" (Discursos, mensajes y coloquios de Su Santidad Juan XXIII, II, p. 398).

Con estas palabras, pronunciadas en Pentecostés de 1960, el Papa Juan XXIII nos ayuda a captar el incontenible impulso misionero propio del misterio que celebramos en esta Solemnidad. La Iglesia nace misionera, porque nace del Padre, que envió a Cristo al mundo; nace del Hijo que, muerto y resucitado, envió a los Apóstoles a todas las naciones; y nace del Espíritu Santo, que infunde en ellos la luz y la fuerza necesarias para cumplir esa misión.

También en su dimensión misionera originaria la Iglesia es imagen de la Santísima Trinidad:  refleja en la historia la sobreabundante fecundidad propia de Dios, manantial subsistente de amor que engendra vida y comunión. Con su presencia y su acción en el mundo, la Iglesia propaga entre los hombres este misterioso dinamismo, difundiendo el reino de Dios, que es "justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo" (Rm 14, 17).

3. El concilio Vaticano II, que el Papa Juan XXIII anunció, convocó e inauguró, fue consciente de esta vocación de la Iglesia.

Se puede afirmar que el Espíritu Santo fue el protagonista del Concilio, desde que el Papa lo convocó, declarando que había acogido como venida de lo alto una voz íntima que escuchó en su corazón (cf. constitución apostólica Humanae salutis, 25 de diciembre de 1961, n. 6). Aquella "brisa ligera" se convirtió en un "viento impetuoso", y el acontecimiento conciliar tomó la forma de un nuevo Pentecostés. "Con la doctrina y el espíritu de Pentecostés -afirmó el Papa Juan XXIII- es como el gran acontecimiento del Concilio ecuménico cobra vida y vigor" (Discursos, mensajes y coloquios, p. 398).

Amadísimos hermanos y hermanas, si hoy recordamos ese tiempo singular de la Iglesia es porque el gran jubileo del año 2000 se situó en continuidad con el concilio Vaticano II, recogiendo numerosos aspectos tanto de doctrina como de método. Y el reciente consistorio extraordinario ha reafirmado su actualidad y su riqueza para las nuevas generaciones cristianas. Todo esto constituye para nosotros un nuevo motivo de gratitud con respecto al beato Papa Juan XXIII.

4. En el marco de esta celebración, que a Pentecostés añade un acto solemne de veneración, quisiera subrayar de modo particular que el don más valioso que el Papa Juan XXIII ha dejado al pueblo de Dios es él mismo, es decir, su testimonio de santidad.

También puede aplicarse a su persona lo que él mismo afirmó de los santos, a saber, que cada uno de ellos "es una obra maestra de la gracia del Espíritu Santo" (ib., p. 400). Y al pensar en los mártires y en los Pontífices enterrados en San Pedro, añadía palabras que conmueven al volver a escucharlas hoy:  "A veces las reliquias de sus cuerpos se reducen a poco, pero siempre palpita aquí su recuerdo y su oración". Y exclamaba:  "¡Oh, los santos, los santos del Señor, que por doquier nos alegran, nos animan y nos bendicen!" (ib., p. 401).

Estas expresiones del Papa Juan XXIII, avaladas por el ejemplo luminoso de su vida, muestran muy bien la importancia de la elección de la santidad como camino privilegiado de la Iglesia al comienzo del nuevo milenio (cf. Novo millennio ineunte, 30-31). En efecto, la generosa voluntad de colaborar con el Espíritu en la santificación propia y en la de los hermanos es condición previa e indispensable para la nueva evangelización.

5. La evangelización requiere la santidad y esta, a su vez, necesita la savia de la vida espiritual:  la oración y la unión íntima con Dios mediante la Palabra y los sacramentos; en suma, necesita la vida  personal  y  profunda  en  el Espíritu.

A este propósito, ¡cómo no recordar también la rica herencia espiritual que nos dejó el beato Juan XXIII en su Diario del alma! En sus páginas se puede admirar de cerca el esfuerzo diario con que él, ya desde los años del seminario, quiso corresponder plenamente a la acción del Espíritu Santo. Se dejó modelar por el Espíritu día a día, tratando con paciente tenacidad de conformarse cada vez más a su voluntad. Aquí reside el secreto de la bondad con que conquistó al pueblo de Dios y a tantos hombres de buena voluntad.

6. Encomendándonos a su intercesión, queremos pedir hoy al Señor que la gracia del gran jubileo se irradie sobre el nuevo milenio mediante el testimonio de santidad de los cristianos. Profesamos con confianza que esto es posible. Es posible por la acción del Espíritu Paráclito que, según la promesa de Cristo, permanece siempre con nosotros.

Animados por una firme esperanza, digamos con las palabras del beato Juan XXIII: ((Discursos, mensajes y coloquios, IV, p. 350). 

 "Oh, Espíritu Santo Paráclito, (...) haz fuerte y continua la oración que elevamos en nombre del mundo entero; apresura para cada uno de nosotros el tiempo de una profunda vida interior; impulsa nuestro apostolado, que quiere llegar a todos los hombres y a todos los pueblos. (...) Mortifica nuestra presunción natural, y llévanos a las regiones de la santa humildad, del verdadero temor de Dios y de la generosa valentía. Que ningún vínculo terreno nos impida cumplir nuestra vocación; que ningún interés, por nuestra indolencia, disminuya las exigencias de la justicia; y que ningún cálculo reduzca los espacios inmensos de la caridad en las estrecheces de los pequeños egoísmos. Que en nosotros todo sea grande:  la búsqueda y el culto de la verdad; la disposición al sacrificio hasta la cruz y la muerte; y, por último, que todo corresponda a la extrema oración del Hijo al Padre celestial; y a la efusión que de Tí, oh Espíritu Santo de amor, el Padre y el Hijo quisieron hacer sobre la Iglesia y sobre sus instituciones, sobre cada alma y sobre los pueblos" .

 Veni, Sancte Spiritus, veni! 

Amén.

    

 OH VIRGEN SANTÍSIMA!

 

Madre de Dios,
Madre de Cristo,
Madre de la Iglesia,
Míranos clemente en esta hora.

Virgo fidélis, Virgen fiel,
ruega por nosotros.
Enséñanos a creer como has creído Tú.
Haz que nuestra fe
en Dios, en Cristo, en la Iglesia,
sea siempre límpida, serena, valiente, fuerte, generosa.

Mater amábilis, Madre digna de amor.
Mater pulchrae dilectiónis, Madre del Amor Hermoso,
¡ruega por nosotros!
Enséñanos a amar a Dios y a nuestros hermanos
como les amaste Tú;
haz que nuestro amor a los demás
sea siempre paciente, benigno, respetuoso.

Causa nostrae laetítiae, causa de nuestra alegría,
¡ruega por nosotros!
Enséñanos a saber captar, en la fe,
la paradoja de la alegría cristiana,
que nace y florece en el dolor,
en la renuncia,
en la unión con tu Hijo crucificado:
¡haz que nuestra alegría
sea siempre auténtica y plena
para podérsela comunicar a todos!
Amén.

Para enviar un mensaje a Marisa y Eduardo Vinante :  marisayeduardo@santorosario.info

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