EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 135

EDICIÓN ESPECIAL

 

Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!:

 Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

 

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Oh María, Aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
 
 Mira, Madre, el número inmenso de niños a quienes se impide nacer, de pobres a quienes se hace difícil vivir, de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana, de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad.

Haz que quienes creen en tu Hijo sepan anunciar con firmeza y amor a los hombres de nuestro tiempo el Evangelio de la vida.

Alcánzales la gracia de acogerlo como don siempre nuevo, la alegría de celebrarlo con gratitud durante toda su existencia
y la valentía de dar testimonio con solícita constancia, para construir, junto con todos los hombres de buena voluntad, la civilización de la verdad y del amor, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida.
 

Juan Pablo II, Oración al concluir la Encícilica "Evangelium Vitae" Solemnidad de la Anunciación del Señor, 25 de marzo de 1995.

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

JUAN PABLO II EL GRANDE

 HERALDO DE LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR 

Venerados concelebrantes,
distinguidas autoridades,
hermanos y hermanas en el Señor.

El canto del Aleluya resuena hoy más solemnemente que nunca.

Es el segundo domingo de Pascua. Es el domingo «in albis», la fiesta de los vestidos blancos de nuestro bautismo. Es el domingo de la Divina Misericordia, como cantamos en el Salmo 117: «Cantad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia…».

Es verdad. Nuestro espíritu está sacudido por un hecho doloroso: nuestro padre y pastor, Juan Pablo II, nos ha dejado. Sin embargo, durante más de veinte años siempre nos invitó a mirar a Cristo, única razón de nuestra esperanza.

Durante más de 26 años, ha llevado a todas las plazas del mundo el Evangelio de la esperanza cristiana, enseñando a todos que nuestra muerte no es más que un paso hacia la patria del cielo. Allí está nuestro destino eterno, donde nos espera Dios, nuestro Padre.

El dolor del cristiano se transforma inmediatamente en una actitud de profunda serenidad. Ésta nos viene de la fe en Aquél que dijo: «Yo soy la resurrección El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Cf. Juan 11,25-26).

Ciertamente el afecto por las personas queridas nos lleva a derramar lágrimas de dolor, en el momento de la separación, pero sigue siendo actual el llamamiento que ya dirigía el apóstol Pablo a los cristianos de Tesalónica, cuando les invitaba a no entristecerse «como quienes no tienen esperanza», «sicut coeteri, qui spem non habent» (1 Tesalonicenses 4, 13).

Hermanos, la fe nos invita a alzar la cabeza y a mirar lejos, ¡a mirar hacia lo alto! De este modo, mientras hoy lloramos el hecho de que el Papa nos ha dejado, abramos el corazón a la visión de nuestro destino eterno.

En las misas por los difuntos, hay una bella frase del prefacio: «no se nos quita la vida, se transforma», «vita mutatur, non tollitur». Y, ¡al destruirse la morada terrena, se construye otra en el cielo!

Se explica así la alegría del cristiano en todo momento de la propia vida. Sabe que, por más pecador que sea, a su lado siempre está la misericordia de Dios Padre que le espera. Este es el sentido de la fiesta de la Divina Misericordia de este día, instituida precisamente por el difunto Papa Juan Pablo II para subrayar este aspecto tan consolador del misterio cristiano.

En este Domingo sería conmovedor releer una de sus encíclica más bellas, la «Dives in misericordia», que nos ofreció ya en 1980, en el tercer año de su pontificado. Entonces el Papa nos invitaba a contemplar al «Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación» (Cf. 2 Corintios 1,3-4).

En la misma encíclica, Juan Pablo II nos invitaba a mirar a María, la Madre de la Misericordia, que durante la visita a Isabel, alababa al Señor exclamando: «su misericordia se extiende de generación en generación» (Cf. Lucas 1, 50).

Nuestro querido Papa también hizo un llamamiento después a la Iglesia a ser casa de la misericordia para acoger a todos aquellos que tienen necesidad de ayuda, de perdón y de amor. Cuántas veces repitió el Papa en estos 26 años que las relaciones mutuas entre los hombres y los pueblos no se pueden basar sólo en la justicia, sino que tienen que ser perfeccionadas por el amor misericordioso, que es típico del mensaje cristiano.

Juan Pablo II, o más bien, Juan Pablo II el Grande, se convierte así en el heraldo de la civilización del amor, viendo en este término una de las definiciones más bellas de la «civilización cristiana». Sí, la civilización cristiana es civilización del amor, diferenciándose radicalmente de esas civilizaciones del odio que fueron propuestas por el nazismo y el comunismo.

En la vigilia del Domingo de la Divina Misericordia pasó el Ángel del Señor por el Palacio Apostólico Vaticano y le dijo a su siervo bueno y fiel: «entra en el gozo de tu Señor» (Cf. Mateo 25, 21).

Que desde el cielo vele siempre por nosotros y nos ayude a «cruzar el umbral de la esperanza» del que tanto nos había hablado.

Que este mensaje suyo permanezca siempre grabado en el corazón de los hombres de hoy. A todos, Juan Pablo II les repite una vez más las palabras de Cristo: «El Hijo del Hombre no ha venido para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Cf. Juan 3, 17).

Juan Pablo II difundió en el mundo este Evangelio de salvación, invitando a toda la Iglesia a agacharse ante el hombre de hoy para abrazarle y levantarle con amor redentor. ¡Recojamos el mensaje de quien nos ha dejado y fructifiquémoslo para la salvación del mundo!

Y a nuestro inolvidable padre, nosotros le decimos con las palabras de la Liturgia: «¡Que los ángeles te lleven al paraíso!», «In Paradisum deducant te Angeli»!

Que un coro festivo te acoja y te conduzca a la Ciudad Santa, la Jerusalén celestial, para que tengas un descanso eterno. Amén!

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

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Con la Homilía que pronunció  el Cardenal Angelo Sodano en la Santa Misa de sufragio por Juan Pablo II en la plaza de San Pedro del Vaticano, en la mañana de este Domingo de la Divina Misericordia, iniciamos esta edición especial de "El Camino de María" que contiene una invitación especial para todos y cada uno de los suscriptores y sus amigos y conocidos.
 
Nos es muy grato informarle que en el Domingo de la Divina Misericordia hemos inaugurado, en homenaje a Juan Pablo II, un sitio en internet  cuya dirección es: http://www.JuanPabloMagno.org

En dicho sitio que iremos construyendo a lo largo de los próximos meses, bajo de la dirección de nuestra Madre del Cielo, hemos habilitado en el dia de hoy un libro de visitas para que todos los que lo deseen (suscriptores, amigos y conocidos) puedan dejar allí el mensaje que deseen referido a Juan Pablo II.
 
Alli le invitamos a expresar lo que siente y piensa ante la desaparición física del Santo Padre; hacer una oración por él o escribir un mensaje en su honor, sugerir artículos escritos en honor al Papa en los diarios y  revistas de cada país y la dirección de internet donde se pueden leer e imprimir, compartir  libros con la datos biográficos de Juan Pablo II el Grande, incluir alguna imagen con un peso máximo de 120 kb, etc. etc. 
 
Puede acceder al libro de visitas en la siguiente dirección:
 
Por último le invitamos a rogar a nuestro queridísimo Juan Pablo II que interceda ante el Espíritu Santo para que ilumine al  Cónclave de los Cardenales que tiene que elegir a su Sucesor.
 
Que María, Madre de Misericordia, nos ayude a todos a caminar "en una vida nueva" y nos haga tomar conciencia que, estando nuestro hombre viejo crucificado con Cristo, debemos considerarnos y comportarnos como hombres nuevos, personas que viven para Dios, en Jesucristo .   

Marisa y Eduardo

ALÉGRATE!  

 

 Alégrate, Reina del Cielo, Aleluya,
Porque el Señor, a quien has merecido llevar en tu seno, Aleluya,
Ha resucitado, según predijo, Aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, Aleluya. 
Gózate y alégrate, Virgen María; Aleluya.
Porque ha resucitado Dios verdaderamente; Aleluya. 

 

Oracion.

 

Oh Dios que por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.  Amén.


Mensaje póstumo de Juan Pablo II para el Regina Coeli del Domingo de la Divina Misericordia (*)

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Resuena también hoy el gozoso Aleluya de Pascua. La página del Evangelio de hoy de Juan subraya que el Resucitado, la noche de ese día, se apareció a los apóstoles y «les mostró las manos y el costado» (Juan 20, 20), es decir, los signos de la dolorosa Pasión impresos de manera indeleble en su Cuerpo también después de la Resurrección. Aquellas llagas gloriosas, que ocho días después hizo tocar al incrédulo Tomás, revelan la Misericordia de Dios que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Juan 3, 16).

Este misterio de amor está en el corazón de la liturgia de hoy, domingo «in Albis», dedicado al culto de la Divina Misericordia.

2. A la humanidad, que en ocasiones parece como perdida y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y vuelve abril el espíritu a la esperanza. El amor convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Divina Misericordia!

Señor, que con la Muerte y la Resurrección revelas el amor del Padre, nosotros creemos en Ti y con confianza te repetimos hoy:

JESÚS, CONFÍO EN TÍ, TEN MISERICORDIA DE NOSOTROS Y DEL MUNDO ENTERO.

3. La solemnidad litúrgica de la Anunciación, que celebraremos mañana, nos lleva a contemplar con los ojos de María el inmenso misterio de este Amor Misericordioso que surge del Corazón de Cristo. Con su ayuda, podemos comprender el auténtico sentido de la alegría pascual, que se funda en esta certeza: Aquel a quien la Virgen llevó en su seno, que sufrió y murió por nosotros, ha resucitado verdaderamente. ¡Aleluya!


(*) Texto de la meditación que Juan Pablo II había preparado para que fuera leído con motivo de la oración mariana del «Regina Caeli» en el Domingo de la Misericordia que se celebró el 3 de abril de 2005.

Fue leído «con tanto honor y tanta nostalgia», «por explícita indicación» del Santo Padre, como él mismo dijo, por el arzobispo Leonardo Sandri, sustituto de la Secretaría de Estado, tras la celebración eucarística en sufragio por Juan Pablo II presidida por el cardenal Angelo Sodano.

 

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II EL GRANDE

 

"In hora mortis meae voca me, et iube me venire ad te"

En la hora de mi muerte llámame, y mándame ir a Tí

 Conclusión de la Carta a los Ancianos, 1 de octubre de 1999

 "In hora mortis meae voca me, et iube me venire ad te"

 
 
 
"...Con este espíritu, mientras os deseo, queridos hermanos y hermanas ancianos, que viváis serenamente los años que el Señor haya dispuesto para cada uno, me resulta espontáneo compartir hasta el fondo con vosotros los sentimientos que me animan en este tramo de mi vida, después de más de veinte años de ministerio en la sede de Pedro, y a la espera del tercer milenio ya a las puertas. A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello. Es hermoso poderse gastar hasta el final por la causa del Reino de Dios.

Al mismo tiempo, encuentro una gran paz al pensar en el momento en el que el Señor me llame: ¡de vida a vida!
 
Por eso, a menudo me viene a los labios, sin asomo de tristeza alguna, una oración que el sacerdote recita después de la celebración eucarística:
 
"In hora mortis meae voca me, et iube me venire ad te".
En la hora de mi muerte llámame, y mándame ir a Ti.
 
Es la oración de la esperanza cristiana, que nada quita a la alegría de la hora presente, sino que pone el futuro en manos de la divina bondad.

“Iube me venire ad te!: éste es el anhelo más profundo del corazón humano, incluso para el que no es consciente de ello.
 
Concédenos, Señor de la vida, la gracia de tomar conciencia lúcida de ello y de saborear como un don, rico de ulteriores promesas, todos los momentos de nuestra vida.

Haz que acojamos con amor tu voluntad, poniéndonos cada día en tus manos misericordiosas.

Cuando venga el momento del “paso” definitivo, concédenos afrontarlo con ánimo sereno, sin pesadumbre por lo que dejemos. Porque al encontrarte a Ti, después de haberte buscado tanto, nos encontraremos con todo valor auténtico experimentado aquí en la tierra, junto a quienes nos han precedido en el signo de la fe y de la esperanza.

Y tú, María, Madre de la humanidad peregrina, ruega por nosotros “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Manténnos siempre muy unidos a Jesús, tu Hijo amado y hermano nuestro, Señor de la vida y de la gloria. Amen!
 

EL ESPÍRITU SANTO EN LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

 

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

1.EL ESPÍRITU SANTO EN LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
2.MARÍA Y LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
3.EL DÍA DOMINGO: EL DÍA DEL SEÑOR: LA PASCUA DE LA SEMANA
4.LA RESURRECCIÓN COMO HECHO HISTÓRICO QUE AFIRMA LA FE
5.EL SEPULCRO VACÍO Y EL ENCUENTRO CON CRISTO RESUCITADO
6.LAS APARICIONES DE CRISTO RESUCITADO
7.LA RESURRECCIÓN HECHO HISTÓRICO Y META-HISTÓRICO
8.LA RESURRECCIÓN CÚLMEN DE LA REVELACIÓN
9.EL VALOR SALVÍFICO DE LA RESURRECCIÓN
10.CRISTO VENCEDOR DE LA MUERTE

EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN

1.LA REDENCIÓN COMO LÍMITE DIVINO IMPUESTO AL MAL .
2.LA REDENCIÓN, VICTORIA CONCEDIDA AL HOMBRE COMO TAREA