Imprimir esta página

 

EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 134

 

Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!:

 Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

 

¯¯¯

Oh María, Aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
 
 Mira, Madre, el número inmenso de niños a quienes se impide nacer, de pobres a quienes se hace difícil vivir, de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana, de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad.

Haz que quienes creen en tu Hijo sepan anunciar con firmeza y amor a los hombres de nuestro tiempo el Evangelio de la vida.

Alcánzales la gracia de acogerlo como don siempre nuevo, la alegría de celebrarlo con gratitud durante toda su existencia
y la valentía de dar testimonio con solícita constancia, para construir, junto con todos los hombres de buena voluntad, la civilización de la verdad y del amor, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida.
 

Juan Pablo II, Oración al concluir la Encícilica "Evangelium Vitae" Solemnidad de la Anunciación del Señor, 25 de marzo de 1995.

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR

1. La Solemnidad de la Anunciación del Señor, que celebramos hoy, dirige nuestro pensamiento a la casa de Nazaret y nos sumerge en el silencioso estupor que solemos sentir cuando contemplamos idealmente el rayo de la luz del Espíritu Santo que inundó con su poder a la Virgen "llena de gracia".   
 
Es éste el acontecimiento misterioso que esperaba toda la historia y hacia el cual ha seguido y seguirá convergiendo desde entonces, con renovada admiración, la historia posterior.   
 
Con aquella unión extraordinaria entre cielo y tierra, que tuvo como protagonistas -del mundo creado- al Ángel y a la humilde Jovencita del pueblo de Israel, el curso de los siglos desembocó en la "plenitud de los tiempos", sancionó el momento arcano en que el Hijo de Dios vino a habitar entre nosotros (Jn 1, 14). Este admirable acontecimiento fue posible gracias a María, Madre del Redentor. Sin su "Sí" a la iniciativa de Dios, Cristo no habría nacido.

2. En el clima espiritual del misterio de la Anunciación y en la misma fecha de su celebración litúrgica he situado la Encíclica dedicada a la Virgen María, que había anunciado el primero de enero y que se publica hoy en la perspectiva del Año Mariano.   
 
La he pensado desde hace tiempo. La he cultivado largamente en el corazón. Ahora agradezco al Señor que me haya concedido ofrecer este servicio a los hijos e hijas de la Iglesia, correspondiendo a expectativas, de las que me habían llegado ciertos signos.   
 
3. Esta Encíclica es básicamente una "meditación" sobre la revelación del misterio de salvación, que fue comunicado a María en los albores de la Redención y en el cual fue llamada a participar y a colaborar de modo excepcional y extraordinario.   
 
Es una meditación que evoca y, en algunos aspectos, profundiza el magisterio conciliar y, en concreto el capítulo octavo de la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la "Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia"  
 
Sabéis, queridos hermanos y hermanas, que se trata del capítulo que corona el documento fundamental del Vaticano II; un texto especialmente significativo, pues ningún Concilio Ecuménico anterior había presentado una síntesis tan amplia de la doctrina católica sobre el lugar que ocupa María Santísima en el misterio de Cristo y de la Iglesia.   
 
Las reflexiones que nacen del mismo se alargan a todo el horizonte bíblico, desde sus comienzos hasta las simbólicas visiones del Apocalipsis, cargadas de misterio, sobre el mundo futuro. En ese horizonte aparece repetidamente, en las etapas y en el mensaje de la salvación, la figura de una "mujer", que asume contornos precisos en María de Nazaret cuando suena la hora de la redención. La Encíclica se llama, en efecto "Redemptoris Mater", titulo emblemático que indica ya de por sí su orientación doctrinal y pastoral hacia Cristo. 
 

JUAN PABLO II. Audiencia del 25 de marzo de 1987, puntos1,2,3 

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

La partida de Juan Pablo II hacia el encuentro con la Santísima Trinidad ha coincidido litúrgicamente con la fiesta de la Divina Misericordia, proclamada por él mismo hace cinco años. Según la liturgia, una fiesta comienza tras el rezo de las vísperas del día anterior, de manera que el fallecimiento del Papa tuvo lugar cuando la Iglesia en Roma ya celebraba el domingo.
 
Era, además, un primer sábado de mes, día que la Virgen en Fátima pidió que lo consagráramos al Corazón Inmaculado de María. Como sabemos nuestro querido Juan Pablo II consagró todo su Pontificado a la Madre de Jesús con el lema «Totus tuus» («Todo tuyo»).
 
Juan Pablo II también nos dejó su mensaje póstumo para ser leído durante el rezo del  Regina Coeli del Domingo de la Divina Misericordia. Para que lo podamos leer y meditar en compañia  de María, Reina del Cielo, transcribimos el texto  de dicho mensaje en esta edición.
 
Al celebrarse hoy, lunes 4 de abril, la Solemnidad de la Anunciación del Señor incluimos en esta edición, además del texto que preside esta edición, otro texto catequético muy importante: "JESUCRISTO SE ENCARNA POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO" . Asimismo le invitamos a descargar a su computadora el primer libro digital de la Colección Virgo Fidelis: EL ESPÍRITU SANTO EN LA ANUNCIACIÓN, desde la siguiente dirección:
 
Por último le invitamos a rogar a nuestro queridísimo Juan Pablo II que interceda ante el Espíritu Santo para que ilumine al  Cónclave de los Cardenales que tiene que elegir a su Sucesor.
 
Que María, Madre de Misericordia, nos ayude a todos a caminar "en una vida nueva" y nos haga tomar conciencia que, estando nuestro hombre viejo crucificado con Cristo, debemos considerarnos y comportarnos como hombres nuevos, personas que viven para Dios, en Jesucristo .   

Marisa y Eduardo

 

ALÉGRATE!  

 

 

 Alégrate, Reina del Cielo, Aleluya,
Porque el Señor, a quien has merecido llevar en tu seno, Aleluya,
Ha resucitado, según predijo, Aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, Aleluya. 
Gózate y alégrate, Virgen María; Aleluya.
Porque ha resucitado Dios verdaderamente; Aleluya. 

 

Oracion.

 

Oh Dios que por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.  Amén.


Mensaje póstumo de Juan Pablo II para el Regina Coeli del Domingo de la Divina Misericordia (*)

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Resuena también hoy el gozoso Aleluya de Pascua. La página del Evangelio de hoy de Juan subraya que el Resucitado, la noche de ese día, se apareció a los apóstoles y «les mostró las manos y el costado» (Juan 20, 20), es decir, los signos de la dolorosa Pasión impresos de manera indeleble en su Cuerpo también después de la Resurrección. Aquellas llagas gloriosas, que ocho días después hizo tocar al incrédulo Tomás, revelan la Misericordia de Dios que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Juan 3, 16).

Este misterio de amor está en el corazón de la liturgia de hoy, domingo «in Albis», dedicado al culto de la Divina Misericordia.

2. A la humanidad, que en ocasiones parece como perdida y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y vuelve abril el espíritu a la esperanza. El amor convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Divina Misericordia!


Señor, que con la Muerte y la Resurrección revelas el amor del Padre, nosotros creemos en Ti y con confianza te repetimos hoy:

JESÚS, CONFÍO EN TÍ, TEN MISERICORDIA DE NOSOTROS Y DEL MUNDO ENTERO.


3. La solemnidad litúrgica de la Anunciación, que celebraremos mañana, nos lleva a contemplar con los ojos de María el inmenso misterio de este Amor Misericordioso que surge del Corazón de Cristo. Con su ayuda, podemos comprender el auténtico sentido de la alegría pascual, que se funda en esta certeza: Aquel a quien la Virgen llevó en su seno, que sufrió y murió por nosotros, ha resucitado verdaderamente. ¡Aleluya!


(*) Texto de la meditación que Juan Pablo II había preparado para que fuera leído con motivo de la oración mariana del «Regina Caeli» en el Domingo de la Misericordia que se celebró el 3 de abril de 2005.

Fue leído «con tanto honor y tanta nostalgia», «por explícita indicación» del Santo Padre, como él mismo dijo, por el arzobispo Leonardo Sandri, sustituto de la Secretaría de Estado, tras la celebración eucarística en sufragio por Juan Pablo II presidida por el cardenal Angelo Sodano.

 

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II EL GRANDE

 

JESUCRISTO SE ENCARNA POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

 Audiencia general del miércoles, 23 de mayo de 1990 

 JESUCRISTO SE ENCARNA POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

 
 
 
Queridísimos hermanos y hermanas:
 
1. En el Símbolo de la Fe afirmamos que el Hijo, consubstancial al Padre, se ha hecho hombre por obra del Espíritu Santo. En la Encíclica Dominum et vivificantem escribí que 'la concepción y el nacimiento de Jesucristo son la obra más grande realizada por el Espíritu Santo en la historia de la creación y de la salvación: la suprema gracia, la gracia de la unión, fuente de todas las demás gracias, como explica santo Tomás (Cfr. S.Th. III, q.7, a.13)... A la plenitud de los tiempos corresponde, en efecto, una especial plenitud de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo. Por obra del Espíritu Santo se realiza el misterio de la unidad hipostática , esto es la unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana de la divinidad con la humanidad en la única Persona del Verbo-Hijo' (n. 50;).
 
2. Se trata del misterio de la Encarnación, a cuya Revelación está ligada -al inicio de la Nueva Alianza- la del Espíritu Santo. Lo hemos visto en anteriores catequesis, que nos han permitido ilustrar esta verdad en sus diversos aspectos, comenzando por la concepción virginal de Jesucristo, como leemos en la página de Lucas sobre la Anunciación (Cfr. Lc. 1, 26, 38). Es difícil explicar el origen de este texto sin pensar en una narración de María, única que podía dar a conocer lo que había acontecido en Ella en el momento de la concepción de Jesús. Las analogías que se han propuesto entre esta página y las demás narraciones de la antigüedad, y especialmente de los escritos vetero testamentarios, no se refieren nunca al punto más importante y decisivo, a saber, el de la concepción virginal por obra del Espíritu Santo. Esto constituye, en verdad, una novedad absoluta
 
Es verdad que en la página paralela de Mateo leemos: 'Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel' (Mt 1, 22.23). Pero, el cumplimiento supera la expectativas. Es decir, el evento comprende elementos nuevos, que no habían sido manifestados en la profecía. Así, en el caso que nos interesa, el oráculo de Isaías sobre la virgen que concebirá (Cfr. Is 7,14) permanecía incompleto y, por tanto, susceptible de diversas interpretaciones. El evento de la Encarnación lo 'cumple' con una perfección que era imprevisible: una concepción realmente virginal es realizada por obra del Espíritu Santo, y el Hijo dado a luz, en consecuencia, es verdaderamente 'Dios con nosotros'. No se trata sólo de una alianza con Dios, sino de la presencia real de Dios en medio de los hombres, en virtud de la Encarnación del Hijo eterno de Dios: una novedad absoluta.
 
3. La concepción virginal, por lo tanto, forma parte integrante del misterio de la Encarnación. El Cuerpo de Jesús, concebido de modo virginal por María, pertenece a la Persona del Verbo eterno de Dios. Precisamente esto es lo que realiza el Espíritu Santo al bajar sobre la Virgen de Nazaret. Él hace que el hombre (el Hijo del hombre) concebido por Ella sea el verdadero Hijo de Dios, engendrado eternamente por el Padre, consustancial al Padre, de quien el eterno Padre es el único Padre. Aun naciendo como hombre de María Virgen, sigue siendo el Hijo del mismo Padre por quien es engendrado eternamente.
 
De esta forma la virginidad de María pone de relieve, de modo particular, el hecho de que el Hijo, concebido de Ella por obra del Espíritu Santo, es el Hijo de Dios. Sólo Dios es su Padre. La iconografía tradicional, que representa a María con el niño Jesús entre los brazos y no representa a José junto a Ella, constituye un silencioso pero insistente testimonio de su maternidad virginal y, por eso mismo, de la divinidad del Hijo. En consecuencia, esta imagen podría muy bien llamarse el icono de la divinidad de Cristo. La encontramos ya a  fines del siglo II en un fresco de las catacumbas romanas y, sucesivamente, en innumerables reproducciones. En particular, es representada con toques de arte y de fe tan eficaces por los iconos bizantinos y rusos que se remontan a las fuentes más genuinas de la fe: los Evangelios y la tradición primitiva de la Iglesia.
 
4. Lucas refiere las palabras del Ángel que anuncia el nacimiento de Jesús por obra del Espíritu Santo: 'El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra' (Lc 1, 35). El Espíritu del que habla el evangelista es el Espíritu 'que da vida'. No se trata sólo de aquel 'soplo de vida' que es la característica de los seres vivos, sino también de la Vida propia de Dios mismo: la vida divina. El Espíritu Santo que está en Dios como soplo de Amor, Don absoluto (no creado) de las divinas Personas, en la Encarnación del Verbo obra como soplo de este Amor para el hombre: para el mismo Jesús, para la naturaleza humana y para toda humanidad. En este soplo se expresa el amor del Padre, que amó tanto al mundo que le dio a su Hijo unigénito (Cfr. Jn 3,16). En el Hijo reside la plenitud del don de la vida divina para la humanidad.
 
En la Encarnación del Hijo-Verbo se manifiesta, por tanto, de modo particular el Espíritu Santo como aquel 'que da vida'.
 
5. Es lo que en la Encíclica Dominum et vivificantem llamé: 'una especial plenitud de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo' (n. 50). Es el significado más profundo de la 'unión hipostática', fórmula que refleja el pensamiento de los Concilios y de los Padres acerca del misterio de la Encarnación y, por tanto acerca de los conceptos de naturaleza y de persona, elaborados y usados sobre la base de la experiencia de la distinción entre naturaleza y sujeto, que todo hombre percibe en sí mismo. La idea de persona nunca había sido tan netamente determinada y definida como sucedió gracias a los Concilios, después de que los Apóstoles y los evangelistas dieron a conocer el acontecimiento y el misterio de la Encarnación del Verbo 'por obra del Espíritu Santo" .
 
6. En la Encarnación se puede decir que el Espíritu Santo pone también las bases de una nueva antropología, que se ilumina en la grandeza de la naturaleza humana tal cual resplandece en Cristo. En Él, en efecto, alcanza el vértice más alto de la unión con Dios, 'habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo de forma tal que un mismo sujeto fuese hijo de Dios y del hombre' (Santo Tomás, S.Th. III, q.2, a.12, ad 3). No era posible al hombre ascender más arriba de este vértice, así como tampoco es posible al pensamiento humano concebir una unión más profunda con la divinidad

    

EL ESPÍRITU SANTO EN LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

 

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

1.EL ESPÍRITU SANTO EN LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
2.MARÍA Y LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
3.EL DÍA DOMINGO: EL DÍA DEL SEÑOR: LA PASCUA DE LA SEMANA
4.LA RESURRECCIÓN COMO HECHO HISTÓRICO QUE AFIRMA LA FE
5.EL SEPULCRO VACÍO Y EL ENCUENTRO CON CRISTO RESUCITADO
6.LAS APARICIONES DE CRISTO RESUCITADO
7.LA RESURRECCIÓN HECHO HISTÓRICO Y META-HISTÓRICO
8.LA RESURRECCIÓN CÚLMEN DE LA REVELACIÓN
9.EL VALOR SALVÍFICO DE LA RESURRECCIÓN
10.CRISTO VENCEDOR DE LA MUERTE

EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN

1.LA REDENCIÓN COMO LÍMITE DIVINO IMPUESTO AL MAL .
2.LA REDENCIÓN, VICTORIA CONCEDIDA AL HOMBRE COMO TAREA