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Edición nro. 132
Oh
Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz
que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes
de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.
Llévanos
de la mano y acompáñanos durante esta Semana Santa hacia la
Pascua para poder contemplar al Señor Jesucristo Resucitado
La
versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca
Digital "Mater Dei"


SEGUNDO
DOMINGO DE PASCUA
Al
anochecer del día de la Resurrección, estaban los discípulos
en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y
en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«La paz esté con ustedes».
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos
se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así
también los envío Yo».
Y dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados,
les quedarán perdonados; a quienes no se los perdonen, les
quedarán sin perdonar».
Tomás, uno de los Doce, apodado el Gemelo, no estaba con ellos
cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi
dedo en los agujeros de los clavos y no meto la mano en su
costado, no lo creo».
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta
cerrada y Tomás con ellos. Jesús se puso de nuevo en medio y
les dijo:
«La paz esté con ustedes».
Luego dijo a Tomás:
«Aquí están mis manos, acerca tu dedo; trae tu mano y métela
en mi costado; y no sigas dudando, sino cree».
Tomás respondió:
«¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús añadió:
«Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin
haber visto».
Otras muchas señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus
discípulos, pero no están escritas en este libro. Se
escribieron éstas para que crean que Jesús es el Mesías, el
Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.
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¡Ave María, Mujer humilde,
bendecida por el Altísimo!
Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos,
nosotros nos unimos a tu cántico de alabanza
para celebrar las misericordias del Señor,para anunciar la venida del Reino
y la plena liberación del hombre.
¡Ave María, humilde sierva del Señor,
gloriosa Madre de Cristo!
Virgen fiel, morada santa del Verbo,
enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la voz del Espíritu Santo,
atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.
¡Ave María, Mujer del dolor,
Madre de los vivientes!
Virgen Esposa ante la Cruz, Eva nueva,
sed nuestra guía por los caminos del mundo,
enséñanos a vivir y a difundir el amor de Cristo,
a detenernos contigo ante las innumerables cruces
en las que tu Hijo aún está crucificado.
¡Ave María, Mujer de la fe,
primera entre los discípulos!
Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que habita en nosotros,
confiando en la bondad del hombre y en el Amor del Padre.
Enséñanos a construir el mundo desde adentro:
en la profundidad del silencio y de la oración,
en la alegría del amor fraterno,
en la fecundidad insustituible de la Cruz.
Santa María, Madre de los creyentes, Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros.
(Juan Pablo II, Santuario de Lourdes
el 14 de agosto de 2004..
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EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
LA
REDENCIÓN COMO LÍMITE DIVINO IMPUESTO AL MAL
La
Redención es el límite divino impuesto al mal por la simple razón de que
en Ella el mal es vencido radicalmente por el bien, el odio por el
amor, la muerte por la Resurrección.
La
contienda entre el bien y el mal en que vive el hombre se ilustra a
veces con la figura de la balanza. Usando este símbolo, se puede decir
que Dios, ofreciendo el sacrificio de su propio Hijo en la Cruz, ha
puesto esta expiación de valor infinito en el platillo del bien, para
que, en definitiva, el bien pueda prevalecer siempre.
La
palabra "Redentor" que en latín se dice "Redemptor", cuya etimología se
relaciona con el verbo "redimire" (readquirir), nos acerca a la
comprensión de la realidad de la Redención. Con ella se relacionan
estrechamente los conceptos de "remisión" y "justificación". Ambos
términos pertenecen al lenguaje del Evangelio. Cristo perdonaba los
pecados haciendo hincapié en que el Hijo del hombre tiene poder para
hacerlo. Cuando le trajeron a un hombre paralítico, lo primero que dijo
fue: "Hijo, tus pecados quedan perdonados" (Mc 2, 5); después añadió
"Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa" (Mc 2, 11). Así, aunque de
modo indirecto, puso de relieve que el pecado es un mal mayor que la
parálisis del cuerpo.
Cristo crucificado es quien justifica al hombre pecador cada vez que
éste, apoyándose en la fe en la Redención de Cristo, se arrepiente de
sus pecados, se convierte y regresa a Dios. Para ser justificados ante
Dios no bastan los esfuerzos humanos. Es necesario que actúe la gracia
que proviene del sacrificio de Cristo. Porque solamente el sacrificio de
Cristo en la Cruz tiene el poder de conceder al hombre la justificación
ante Dios.
Por
su Resurrección, Cristo "justificó" la obra de la Creación, y
especialmente la creación del hombre, en el sentido de que reveló la
"medida apropiada" del bien que Dios concibió en la historia humana. Una
medida que no es sólo la prevista por Él en la Creación y empañada
después por el hombre con el pecado. Es una medida superabundante, en
que el designio original se realiza de una manera aún más plena (cf. Gn
3, 14-15). En Cristo, el hombre está llamado a una vida nueva, la
vida del hijo en el Hijo, expresión perfecta de la Gloria de Dios:
"Gloria Dei vivens homo" : la Gloria de Dios es el hombre
viviente.
Juan Pablo II, Memoria e Identidad, párrafos extractados
de los capítulos 4, 5 y 6.
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EUCARISTÍA
Y CARIDAD
Deseo
recordar brevemente que el culto eucarístico
constituye el alma de toda la vida cristiana. En
efecto, si la vida cristiana se manifiesta en el
cumplimiento del principal mandamiento, es decir, en
el amor a Dios y al prójimo, este amor encuentra su
fuente precisamente en el Santísimo Sacramento,
llamado generalmente Sacramento del amor.
La
Eucaristía significa esta caridad, y por ello la
recuerda, la hace presente y al mismo tiempo la
realiza. Cada vez que participamos en ella de manera
consciente, se abre en nuestra alma una dimensión
real de aquel amor inescrutable que encierra en sí
todo lo que Dios ha hecho por nosotros los hombres y
que hace continuamente, según las palabras de
Cristo: «Mi Padre sigue obrando todavía, y
por eso obro yo también». Junto con este
don insondable y gratuito, que es la caridad
revelada hasta el extremo en el sacrificio salvífico
del Hijo de Dios -del que la Eucaristía es señal
indeleble- nace en nosotros una viva respuesta de
amor. No sólo conocemos el amor, sino que nosotros
mismos comenzamos a amar. Entramos, por así decirlo,
en la vía del amor y progresamos en este camino. El
amor que nace en nosotros de la Eucaristía, se
desarrolla gracias a ella, se profundiza, se
refuerza.
El culto eucarístico es, pues, precisamente expresión
de este amor, que es la característica auténtica y
más profunda de la vocación cristiana. Este culto
brota del amor y sirve al amor, al cual todos somos
llamados en Cristo Jesús. Fruto vivo de este
culto es la perfección de la imagen de Dios que
llevamos en nosotros, imagen que corresponde a la
que Cristo nos ha revelado. Convirtiéndonos así en
adoradores del Padre «en espíritu y verdad»,
maduramos en una creciente unión con Cristo,
estamos cada vez más unidos a Él y -si podemos
emplear esta expresión- somos más solidarios con
Él.
La doctrina de la Eucaristía, «signo de
unidad» y «vínculo de caridad»,
enseñada por San Pablo, ha sido luego
profundizada en los escritos de tantos santos, que
son para nosotros un ejemplo vivo de culto eucarístico.
Hemos de tener siempre esta realidad ante los ojos
y, al mismo tiempo, debemos esforzarnos
continuamente para que también nuestra generación
añada a esos maravillosos ejemplos del pasado otros
ejemplos nuevos, no menos vivos y elocuentes, que
reflejen la época a la que pertenecemos.
DOMINICAE
CENAE - Sobre el misterio y el culto de la
Eucaristía - 24-2-1980, punto5
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Estimado/a
Suscriptor/a de "El Camino de María"
"...
Después
de su Resurrección, el Señor se apareció en repetidas ocasiones
a los discípulos y se encontró muchas veces con ellos. Los
evangelistas refieren varios episodios, que ponen de manifiesto el
asombro y la alegría de los testigos de acontecimientos tan
prodigiosos. San Juan, en particular, destaca las primeras
palabras dirigidas por el Maestro resucitado a los discípulos.
"¡Paz a vosotros!", dice al entrar en el Cenáculo,
y repite tres veces este saludo (cf. Jn 20, 19. 21. 26). Podemos
decir que la expresión: "¡Paz a vosotros!", en
hebreo shalom, contiene y sintetiza, en cierto modo, todo el
mensaje pascual. La paz es el don que el Señor Resucitado
ofrece a los hombres, y es el fruto de la vida nueva inaugurada
por su Resurrección.
Por consiguiente, la paz se identifica como "novedad"
introducida en la historia por la Pascua de Cristo. Nace de
una profunda renovación del corazón del hombre. Así pues, no es
el resultado de esfuerzos humanos, ni se puede conseguir sólo
gracias a acuerdos entre personas e instituciones. Más bien, es
un don que hay que acoger con generosidad, conservar con esmero y
hacer fructificar con madurez y responsabilidad. Por más
complicadas que sean las situaciones y por más fuertes que sean
las tensiones y los conflictos, nada puede resistir a la eficaz
renovación traída por Cristo resucitado. Él es nuestra paz.
Como leemos en la carta de san Pablo a los Efesios, Él con su
Cruz derribó la enemistad "haciendo las paces, para crear,
en Él, un solo hombre nuevo" (Ef 2, 15). ..." (Juan Pablo II, Audiencia
23/4/2003).
Desde "El
Camino de María" le enviamos nuestro regalo de Pascuas en
forma digital. Puede obtenerlo desde la
siguiente dirección:
http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=34
Se trata del libro número 34 de nuestra Biblioteca
Digital "Virgo Fidelis", que lleva por título:
"El Espíritu Santo en la Resurrección de Cristo", y
contiene
meditaciones de Juan Pablo II para el Tiempo Pascual, y cuyo
contenido puede leer en la segunda sección de esta edición.
Que María, Testigo gozosa de
la Resurrección, nos ayude a todos a caminar "en una vida nueva"
y nos haga tomar conciencia que, estando nuestro hombre viejo
crucificado con Cristo, debemos considerarnos y comportarnos como hombres
nuevos, personas que viven para Dios, en Jesucristo . ¡Feliz Pascua
de Resurrección!
Marisa y Eduardo

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ALÉGRATE!
Alégrate,
Reina del Cielo, Aleluya,
Porque el Señor, a quien has merecido llevar en tu seno, Aleluya,
Ha resucitado, según predijo, Aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, Aleluya.
Gózate y alégrate, Virgen María; Aleluya.
Porque ha resucitado Dios verdaderamente; Aleluya.
Oracion.
Oh
Dios que por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre,
la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo
Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
En
el tiempo pascual la comunidad cristiana, se dirige a María,
Reina del Cielo.
¡Regina
coeli, laetare. Alleluia! ¡Reina del cielo, Alégrate.
Aleluya!
Así
recuerda el gozo de María por la Resurrección de Jesús,
prolongando en el tiempo el ¡Alégrate! que
le dirigió el Ángel en la Anunciación, para que se convirtiera
en Causa de nuestra alegría. Es la
oración que sustituye el rezo del “Ángelus”, desde el
Domingo de Resurrección hasta Pentecostés. En el "Regina coeli"
recordamos
junto con María el momento glorioso de la Resurrección de Cristo,
la felicitamos porque Ella es el primer fruto de la Pascua de
Cristo, y le pedimos su intercesión para poder gozar plenamente
de la Resurrección de Cristo en la vida eterna
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