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EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 132

 

Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!:

 Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

Llévanos de la mano y  acompáñanos durante esta Semana Santa hacia la Pascua para poder contemplar al Señor Jesucristo Resucitado

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

Jn 20, 19-31 (Ciclo A)

Al anochecer del día de la Resurrección, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«La paz esté con ustedes».
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío Yo».
Y dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar».
Tomás, uno de los Doce, apodado el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás con ellos. Jesús se puso de nuevo en medio y les dijo:
«La paz esté con ustedes».
Luego dijo a Tomás:
«Aquí están mis manos, acerca tu dedo; trae tu mano y métela en mi costado; y no sigas dudando, sino cree».
Tomás respondió:
«¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús añadió:
«Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto».
Otras muchas señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. Se escribieron éstas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre
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¡Ave María, Mujer humilde, bendecida por el Altísimo!
Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos, nosotros nos unimos a tu cántico de alabanza
para celebrar las misericordias del Señor,para anunciar la venida del Reino y la plena liberación del hombre.

¡Ave María, humilde sierva del Señor, gloriosa Madre de Cristo!
Virgen fiel, morada santa del Verbo, enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la voz del Espíritu Santo, atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.

¡Ave María, Mujer del dolor,
Madre de los vivientes!
Virgen Esposa ante la Cruz, Eva nueva, sed nuestra guía por los caminos del mundo, enséñanos a vivir y a difundir el amor de Cristo, a detenernos contigo ante las innumerables cruces en las que tu Hijo aún está crucificado.

¡Ave María, Mujer de la fe,
primera entre los discípulos!

Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que habita en nosotros, confiando en la bondad del hombre y en el Amor del Padre. Enséñanos a construir el mundo desde adentro: en la profundidad del silencio y de la oración, en la alegría del amor fraterno, en la fecundidad insustituible de la Cruz.

Santa María, Madre de los creyentes, Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros.

(Juan Pablo II, Santuario de Lourdes el 14 de agosto de 2004..

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EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN

 LA REDENCIÓN COMO LÍMITE DIVINO IMPUESTO AL MAL

 La Redención es el límite divino impuesto al mal por la simple razón de que en Ella  el mal es vencido radicalmente por el bien, el odio por el amor, la muerte por la Resurrección.

La contienda entre el bien y el mal en que vive el hombre se ilustra a veces con la figura de la balanza. Usando este símbolo, se puede decir que Dios, ofreciendo el sacrificio de su propio Hijo en la Cruz, ha puesto esta expiación de valor infinito en el platillo del bien, para que, en definitiva, el bien pueda prevalecer siempre.

La palabra "Redentor" que en latín se dice "Redemptor", cuya etimología se relaciona con el verbo "redimire" (readquirir), nos acerca a la comprensión de la realidad de la Redención. Con ella se relacionan estrechamente los conceptos de "remisión" y "justificación". Ambos términos pertenecen al lenguaje del Evangelio. Cristo perdonaba los pecados haciendo hincapié en que el Hijo del hombre tiene poder para hacerlo. Cuando le trajeron a un hombre paralítico, lo primero que dijo fue: "Hijo, tus pecados quedan perdonados" (Mc 2, 5); después añadió "Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa" (Mc 2, 11). Así, aunque de modo indirecto, puso de relieve que el pecado es un mal mayor que la parálisis del cuerpo.

Cristo crucificado es quien justifica al hombre pecador cada vez que éste, apoyándose en la fe en la Redención de Cristo, se arrepiente de sus pecados, se convierte y regresa a Dios. Para ser justificados ante Dios no bastan los esfuerzos humanos. Es necesario que actúe la gracia que proviene del sacrificio de Cristo. Porque solamente el sacrificio de Cristo en la Cruz tiene el poder de conceder al hombre la justificación ante Dios.

 Por su Resurrección, Cristo "justificó" la obra de la Creación, y especialmente la creación del hombre, en el sentido de que reveló la "medida apropiada" del bien que Dios concibió en la historia humana. Una medida que no es sólo la prevista por Él en la Creación y empañada después por el hombre con el pecado. Es una medida superabundante, en que el designio original se realiza de una manera aún más plena (cf. Gn 3, 14-15). En Cristo, el hombre está llamado a una vida nueva, la vida del hijo en el Hijo, expresión perfecta de la Gloria de Dios: "Gloria Dei vivens homo" : la Gloria de Dios es el hombre viviente.

Juan Pablo II, Memoria e Identidad, párrafos extractados de los capítulos 4, 5 y 6.

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EUCARISTÍA Y CARIDAD

Deseo recordar brevemente que el culto eucarístico constituye el alma de toda la vida cristiana. En efecto, si la vida cristiana se manifiesta en el cumplimiento del principal mandamiento, es decir, en el amor a Dios y al prójimo, este amor encuentra su fuente precisamente en el Santísimo Sacramento, llamado generalmente Sacramento del amor.   

La Eucaristía significa esta caridad, y por ello la recuerda, la hace presente y al mismo tiempo la realiza. Cada vez que participamos en ella de manera consciente, se abre en nuestra alma una dimensión real de aquel amor inescrutable que encierra en sí todo lo que Dios ha hecho por nosotros los hombres y que hace continuamente, según las palabras de Cristo: «Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también». Junto con este don insondable y gratuito, que es la caridad revelada hasta el extremo en el sacrificio salvífico del Hijo de Dios -del que la Eucaristía es señal indeleble- nace en nosotros una viva respuesta de amor. No sólo conocemos el amor, sino que nosotros mismos comenzamos a amar. Entramos, por así decirlo, en la vía del amor y progresamos en este camino. El amor que nace en nosotros de la Eucaristía, se desarrolla gracias a ella, se profundiza, se refuerza.   
 
El culto eucarístico es, pues, precisamente expresión de este amor, que es la característica auténtica y más profunda de la vocación cristiana. Este culto brota del amor y sirve al amor, al cual todos somos llamados en Cristo Jesús. Fruto vivo de este culto es la perfección de la imagen de Dios que llevamos en nosotros, imagen que corresponde a la que Cristo nos ha revelado. Convirtiéndonos así en adoradores del Padre «en espíritu y verdad», maduramos en una creciente unión con Cristo, estamos cada vez más unidos a Él y -si podemos emplear esta expresión- somos más solidarios con Él.   
 
La doctrina de la Eucaristía, «signo de unidad» y «vínculo de caridad», enseñada por San Pablo, ha sido luego profundizada en los escritos de tantos santos, que son para nosotros un ejemplo vivo de culto eucarístico. Hemos de tener siempre esta realidad ante los ojos y, al mismo tiempo, debemos esforzarnos continuamente para que también nuestra generación añada a esos maravillosos ejemplos del pasado otros ejemplos nuevos, no menos vivos y elocuentes, que reflejen la época a la que pertenecemos.

DOMINICAE CENAE - Sobre el misterio y el culto de la Eucaristía - 24-2-1980, punto5 

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

"... Después de su Resurrección, el Señor se apareció en repetidas ocasiones a los discípulos y se encontró muchas veces con ellos. Los evangelistas refieren varios episodios, que ponen de manifiesto el asombro y la alegría de los testigos de acontecimientos tan prodigiosos. San Juan, en particular, destaca las primeras palabras dirigidas por el Maestro resucitado a los discípulos. 

"¡Paz a vosotros!", dice al entrar en el Cenáculo, y repite tres veces este saludo (cf. Jn 20, 19. 21. 26). Podemos decir que la expresión: "¡Paz a vosotros!", en hebreo shalom, contiene y sintetiza, en cierto modo, todo el mensaje pascual. La paz es el don que el Señor Resucitado ofrece a los hombres, y es el fruto de la vida nueva inaugurada por su Resurrección.

Por consiguiente, la paz se identifica como "novedad" introducida en la historia por la Pascua de Cristo. Nace de una profunda renovación del corazón del hombre. Así pues, no es el resultado de esfuerzos humanos, ni se puede conseguir sólo gracias a acuerdos entre personas e instituciones. Más bien, es un don que hay que acoger con generosidad, conservar con esmero y hacer fructificar con madurez y responsabilidad. Por más complicadas que sean las situaciones y por más fuertes que sean las tensiones y los conflictos, nada puede resistir a la eficaz renovación traída por Cristo resucitado. Él es nuestra paz. Como leemos en la carta de san Pablo a los Efesios, Él con su Cruz derribó la enemistad "haciendo las paces, para crear, en Él, un solo hombre nuevo" (Ef 2, 15). ..." (Juan Pablo II, Audiencia 23/4/2003).  

Desde "El Camino de María" le enviamos nuestro regalo de Pascuas en forma digital. Puede obtenerlo  desde la siguiente dirección:

http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=34

Se trata del  libro número 34 de nuestra Biblioteca Digital "Virgo Fidelis", que lleva por título: "El Espíritu Santo en la Resurrección de Cristo", y contiene meditaciones de Juan Pablo II para el Tiempo Pascual, y cuyo contenido puede leer en la segunda sección de esta edición.

Que María, Testigo gozosa de la Resurrección, nos ayude a todos a caminar "en una vida nueva" y nos haga tomar conciencia que, estando nuestro hombre viejo crucificado con Cristo, debemos considerarnos y comportarnos como hombres nuevos, personas que viven para Dios, en Jesucristo .  ¡Feliz Pascua de Resurrección!
 

Marisa y Eduardo

ALÉGRATE!  

 

 

 Alégrate, Reina del Cielo, Aleluya,
Porque el Señor, a quien has merecido llevar en tu seno, Aleluya,
Ha resucitado, según predijo, Aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, Aleluya. 
Gózate y alégrate, Virgen María; Aleluya.
Porque ha resucitado Dios verdaderamente; Aleluya. 

 

Oracion.

 

Oh Dios que por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.  Amén.


En el tiempo pascual la comunidad cristiana, se dirige a María, Reina del Cielo. 

 ¡Regina coeli, laetare. Alleluia!  ¡Reina del cielo, Alégrate. Aleluya! 

Así recuerda el gozo de María por la Resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el ¡Alégrate! que le dirigió el Ángel en la Anunciación, para que se convirtiera en Causa de nuestra alegría.  Es la oración que sustituye el rezo del “Ángelus”, desde el Domingo de Resurrección hasta Pentecostés. En el "Regina coeli" recordamos junto con María el momento glorioso de la Resurrección de Cristo, la felicitamos porque Ella es el primer fruto de la Pascua de Cristo, y le pedimos su intercesión para poder gozar plenamente de la Resurrección de Cristo en la vida eterna

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

 

EL ANUNCIO DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

 Audiencia general del miércoles, 25 de abril de 1984 

 EL ANUNCIO DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

 
 
 
Queridísimos hermanos y hermanas:
 
1. En esta audiencia en la que todo nos invita a revivir con alegría la irradiación espiritual de la Pascua, quisiera invitaros a reflexionar sobre una frase de los Hechos de los Apóstoles: "A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos" (Act 2, 32).   
 
Esta vigorosa proclamación de Pedro en el alba de la predicación apostólica adquiere, efectivamente, un significado particular en el clima del Aleluya pascual, con el que la Iglesia mide durante 50 días los ritmos de las fiestas.
 
¡Cristo, realmente muerto, ha resucitado verdaderamente! En el curso de 20 siglos, la Iglesia ha continuado presentando ante el mundo este impresionante testimonio: lo ha hecho en todo contexto cultural y social, bajo todos los cielos, con la voz de sus Pastores, con el sacrificio de sus mártires, con la entrega de la falange innumerable de sus santos.   
 
Este anuncio lo ha repetido también este año, en el culmen del Jubileo extraordinario de la Redención, que ha suscitado en nuestros corazones sentimientos y propósitos saludables.
 
2. El testimonio del Resucitado es un compromiso que vincula concretamente a todos los miembros del Pueblo de Dios. El Concilio lo ha hecho objeto de una explícita llamada a los fieles laicos, recapitulando la misión que les es propia en virtud de su incorporación a Cristo, mediante el bautismo, con estas comprometedoras palabras: "Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús" (Lumen gentium, 38).
  
Dar testimonio significa esencialmente atestiguar un hecho sobre la base de una certeza que, de algún modo, es fruto de experiencia personal. Las piadosas mujeres fueron los primeros testigos del retorno del Señor a la vida (cf. por ejemplo Mt 28, 5-8). Ellas entonces no vieron a Jesús, pero adquirieron la certeza de su resurrección a base del descubrimiento del sepulcro vacío y de la explicación que les dio el Ángel, sobre el asombroso acontecimiento. Esta fue la experiencia inicial que tuvieron del misterio, fortalecida después por las apariciones del Resucitado.
 
Cada uno de los cristianos, bebiendo en la tradición histórica y, sobre todo, en las certezas de la fe, experimenta que Cristo es el Resucitado y, por lo mismo, el perennemente Viviente. Es una experiencia profunda y completa, que no puede quedar encerrada en el ámbito exclusivamente personal, sino que exige necesariamente difundirse: como la luz que se irradia; como la levadura que hace fermentar la masa del pan.   
 
El auténtico cristiano es constitucionalmente un "Evangelio vivo". No es, pues, el perezoso discípulo de una doctrina lejana en el tiempo y extraña a la realidad que vive; no es el mediocre repetidor de fórmulas carentes de garra sino el convencido y tenaz defensor de la contemporaneidad de Cristo y de la incesante novedad del Evangelio, siempre dispuesto, ante cualquiera y en todo momento, a dar razón de la esperanza que alimenta en el corazón (cf. 1 Pe 3, 15).     
 
3. El testimonio, como subrayaba mi predecesor Pablo VI, "es un elemento esencial, generalmente el primero, de la evangelización" (Evangelii nuntiandi, 21). En nuestra época es particularmente urgente, dada la desorientación de los espíritus y el eclipse de los valores, que van configurando una crisis, que aparece cada vez más claramente como crisis total de civilización.   
 
El hombre contemporáneo, embriagado por las conquistas materiales y, sin embargo, preocupado por las consecuencias destructoras que amenazan derivarse de esas conquistas, tiene necesidad de certezas absolutas, de horizontes capaces de resistir a la corrosión del tiempo. Insatisfecho o defraudado por el vagabundeo entre los meandros de sistemas ideológicos que lo alejan de sus aspiraciones más profundas, busca la verdad, busca la luz. Frecuentemente, quizá sin tener plena conciencia de ello, busca a Cristo.   
 
Con la amargura de quien ha caminado en vano por los senderos de diferentes fórmulas culturales, el hombre de nuestro tiempo, según una aguda observación de Pablo VI, ''escucha a los que dan testimonio más gustosamente que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque dan testimonio" (AAS 66, 1974, pág. 568; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 6 de octubre de 1974, pág. 3). 
4. En estas jornadas pascuales que han marcado el Jubileo extraordinario de la Redención, adquiere un valor de gran actualidad la advertencia de San Pablo: "Alejad la vieja levadura para ser nueva masa" (1 Cor 5, 7).
 
Cuanto más se ponen de relieve los caracteres contrastantes del tiempo presente, tanto más nos damos cuenta de que ésta es la hora de los cristianos auténticos, fuertes en la fe, audaces en la esperanza, generosos en la caridad, ardientes, por esto, en "dar testimonio de Cristo", como dice también el nuevo Código de Derecho Canónico (can. 225, par. 2), a propósito de los deberes de los laicos.   
 
Ésta es la hora en que muchos de nuestros hermanos en la fe pagan a muy caro precio su testimonio. Son los mártires de los tiempos modernos, oprimidos por sistemas totalitarios en el ejercicio de la más elemental libertad de profesar abiertamente la fe religiosa. Con su cúmulo de sacrificios y de privaciones, con su intrepidez, constituyen una advertencia y un ejemplo. Quisiera que, lo mismo que ellos, cada uno de vosotros, presentes en este encuentro de la semana de Pascua, hiciese propia, con renovado fervor, la proclamación de Pedro: Cristo ha resucitado y yo soy testigo de ello.

    

EL ESPÍRITU SANTO EN LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

 

Contenido

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

1.EL ESPÍRITU SANTO EN LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
2.MARÍA Y LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
3.EL DÍA DOMINGO: EL DÍA DEL SEÑOR: LA PASCUA DE LA SEMANA
4.LA RESURRECCIÓN COMO HECHO HISTÓRICO QUE AFIRMA LA FE
5.EL SEPULCRO VACÍO Y EL ENCUENTRO CON CRISTO RESUCITADO
6.LAS APARICIONES DE CRISTO RESUCITADO
7.LA RESURRECCIÓN HECHO HISTÓRICO Y META-HISTÓRICO
8.LA RESURRECCIÓN CÚLMEN DE LA REVELACIÓN
9.EL VALOR SALVÍFICO DE LA RESURRECCIÓN
10.CRISTO VENCEDOR DE LA MUERTE

EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN

1.LA REDENCIÓN COMO LÍMITE DIVINO IMPUESTO AL MAL .
2.LA REDENCIÓN, VICTORIA CONCEDIDA AL HOMBRE COMO TAREA 

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