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EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 132

Domingo de la Divina Misericordia

«En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros». (Juan Pablo II, 30 de abril de 2000)

 

Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!:

 Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

Jn 20, 19-31 (Ciclo A)

Al anochecer del día de la Resurrección, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«La paz esté con ustedes».
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío Yo».
Y dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar».
Tomás, uno de los Doce, apodado el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás con ellos. Jesús se puso de nuevo en medio y les dijo:
«La paz esté con ustedes».
Luego dijo a Tomás:
«Aquí están mis manos, acerca tu dedo; trae tu mano y métela en mi costado; y no sigas dudando, sino cree».
Tomás respondió:
«¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús añadió:
«Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto».
Otras muchas señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. Se escribieron éstas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre
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ALÉGRATE!  

 

 

 Reina del Cielo, Aleluya,
Porque el Señor, a quien has merecido llevar en tu seno, Aleluya.


Ha resucitado, según predijo, Aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, Aleluya. 


Gózate y alégrate, Virgen María; Aleluya.


Porque ha resucitado Dios verdaderamente; Aleluya. 

 

Oración.

 

Oh Dios que por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.  Amén.

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EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN

 LA REDENCIÓN COMO LÍMITE DIVINO IMPUESTO AL MAL

 La Redención es el límite divino impuesto al mal por la simple razón de que en Ella  el mal es vencido radicalmente por el bien, el odio por el amor, la muerte por la Resurrección.

La contienda entre el bien y el mal en que vive el hombre se ilustra a veces con la figura de la balanza. Usando este símbolo, se puede decir que Dios, ofreciendo el sacrificio de su propio Hijo en la Cruz, ha puesto esta expiación de valor infinito en el platillo del bien, para que, en definitiva, el bien pueda prevalecer siempre.

La palabra "Redentor" que en latín se dice "Redemptor", cuya etimología se relaciona con el verbo "redimire" (readquirir), nos acerca a la comprensión de la realidad de la Redención. Con ella se relacionan estrechamente los conceptos de "remisión" y "justificación". Ambos términos pertenecen al lenguaje del Evangelio. Cristo perdonaba los pecados haciendo hincapié en que el Hijo del hombre tiene poder para hacerlo. Cuando le trajeron a un hombre paralítico, lo primero que dijo fue: "Hijo, tus pecados quedan perdonados" (Mc 2, 5); después añadió "Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa" (Mc 2, 11). Así, aunque de modo indirecto, puso de relieve que el pecado es un mal mayor que la parálisis del cuerpo.

Cristo crucificado es quien justifica al hombre pecador cada vez que éste, apoyándose en la fe en la Redención de Cristo, se arrepiente de sus pecados, se convierte y regresa a Dios. Para ser justificados ante Dios no bastan los esfuerzos humanos. Es necesario que actúe la gracia que proviene del sacrificio de Cristo. Porque solamente el sacrificio de Cristo en la Cruz tiene el poder de conceder al hombre la justificación ante Dios.

 Por su Resurrección, Cristo "justificó" la obra de la Creación, y especialmente la creación del hombre, en el sentido de que reveló la "medida apropiada" del bien que Dios concibió en la historia humana. Una medida que no es sólo la prevista por Él en la Creación y empañada después por el hombre con el pecado. Es una medida superabundante, en que el designio original se realiza de una manera aún más plena (cf. Gn 3, 14-15). En Cristo, el hombre está llamado a una vida nueva, la vida del hijo en el Hijo, expresión perfecta de la Gloria de Dios: "Gloria Dei vivens homo" : la Gloria de Dios es el hombre viviente.

Juan Pablo II, Memoria e Identidad, párrafos extractados de los capítulos 4, 5 y 6.

 

LA DIVINA MISERICORDIA

La Iglesia celebrará el próximo 3 de abril por quinta vez el Domingo de la Divina Misericordia, «una invitación perenne a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y pruebas que esperan al género humano en los años venideros» . La preparación de la fiesta comenzó el Viernes Santo con el inicio de la Novena a la Divina Misericordia.

El
23 de mayo de 2000 la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos difundió el  decreto  en el que se estableció, por indicación de Juan Pablo II, la Fiesta de la Divina Misericordia el segundo domingo de Pascua. La denominación oficial de este día litúrgico es «Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia».

La Devoción a la Divina Misericordia constituye un auténtico movimiento espiritual dentro de la Iglesia católica promovido por Faustina Kowalska, a quien Juan Pablo II canonizó el 30 de abril de 2000.

El Papa escogió ese día para anunciar una sorpresa:
«En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros».
 

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

La octava de Pascua, impregnada de luz y alegría, concluirá el Domingo próximo (Domingo in Albis), llamado también "Domingo de la Divina Misericordia". La Pascua es manifestación perfecta de esta Misericordia de Dios, "que se compadece de sus siervos" (Sal 135, 14).
 
La edición número 71 de "El Camino de María" la dedicamos integramente a la Divina Misericordia. Puede leerla e imprimirla desde:
 
Dicha edición especial de "El Camino de María", contiene la Homilía pronunciada por Juan Pablo II el 17 de agosto de 2002 en el acto de consagrar el Santuario de Lagiewniki, como Santuario de la Divina Misericordia, y la Novena a la Divina Misericordia que contiene las palabras  llenas de Amor y Misericordia que Nuestro Señor Jesucristo dictó a Sor Faustina, pidiéndole que cada día le llevara un grupo de almas a su corazón.

Le recordamos que puede obtener el regalo Pascual de "El Camino de María"  (en formato digital) desde:

http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=34

Se trata del  libro número 34 de nuestra Biblioteca Digital "Virgo Fidelis", que lleva por título: "El Espíritu Santo en la Resurrección de Cristo", y contiene meditaciones de Juan Pablo II para el Tiempo Pascual.

Que María, Testigo gozosa de la Resurrección, nos ayude a todos a caminar "en una vida nueva" y nos haga tomar conciencia que, estando nuestro hombre viejo crucificado con Cristo, debemos considerarnos y comportarnos como hombres nuevos, personas que viven para Dios, en Jesucristo. 

Marisa y Eduardo

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

CRISTO NOS OFRECE EL DON DE LA AUTÉNTICA PAZ FRUTO DE SU MUERTE Y SU RESURRECCIÓN

Homilía  en el II Domingo de Pascua. 6 de abril de 1997.

 CRISTO NOS OFRECE EL DON DE LA AUTÉNTICA PAZ

 
 
 
Queridísimos hermanos y hermanas:

1. «A los ocho días (...) llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: "Paz a vosotros"» (Jn 20, 26).

El pasaje evangélico de hoy, «domingo in albis», narra dos apariciones del Resucitado a los Apóstoles: una, el mismo día de Pascua y, otra, ocho días después. La tarde del primer día después del sábado, mientras los Apóstoles se encuentran reunidos en un único lugar, con las puertas cerradas por miedo a los judíos se presenta Jesús y les dice: «Paz a vosotros» (Jn 20, 19). En realidad, con ese saludo les ofrece el don de la auténtica paz, fruto de su Muerte y Resurrección. En el misterio pascual se realizó, efectivamente, la reconciliación definitiva de la humanidad con Dios, que es la fuente de todo progreso verdadero hacia la plena pacificación de los hombres y de los puebles entre sí y con Dios.

Jesús confía, después, a los Apóstoles la tarea de proseguir su misión salvífica, para que a través de su ministerio la salvación llegue a todos los lugares y a todos los tiempos de la historia humana: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21). El gesto de encomendarles la misión evangelizadora y el poder de perdonar los pecados está íntimamente relacionado con el don del Espíritu Santo, como indican sus palabras: «Recibid el Espíritu Santo a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados» (Jn 21, 22-23).

Con estas palabras, Jesús encomienda a sus discípulos el ministerio de la misericordia. En efecto, en el misterio pascual se manifiesta plenamente el amor salvífico de Dios, rico en misericordia, «Dives in misericordia» (cf. Ef 2, 4). En este segundo domingo de Pascua, la liturgia nos invita a reflexionar de modo particular en la misericordia divina, que supera todo límite humano y resplandece en la oscuridad del mal y del pecado. La Iglesia nos impulsa a acercarnos con confianza a Cristo, quien, con su Muerte y su Resurrección, revela plena y definitivamente las extraordinarias riquezas del amor misericordioso de Dios.

2. Durante la aparición del Resucitado que tuvo lugar la tarde de Pascua no estaba presente el apóstol Tomás. Informado sobre ese extraordinario acontecimiento, e incrédulo ante el testimonio de los demás Apóstoles, pretende comprobar personalmente la veracidad de lo que afirman.

Ocho días después, es decir, en la octava de Pascua, precisamente como hoy, se repite la aparición: Jesús mismo sale al encuentro de la incredulidad de Tomás, ofreciéndole la posibilidad de palpar con su mano los signos de su pasión, e invitándolo a pasar de la incredulidad a la plenitud de la fe pascual.

Ante la profesión de fe de Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28), Jesús pronuncia una bienaventuranza que ensancha el horizonte hacia la multitud de los futuros creyentes: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). La experiencia pascual del apóstol Tomás fue más grande que su misma petición. En efecto, no sólo pudo constatar la veracidad de los signos de la Pasión y la Resurrección, sino que, a través del contacto personal con el Resucitado, también comprendió el significado profundo de la Resurrección de Jesús y, habiéndose transformado íntimamente, confesó abiertamente su fe plena y total en su Señor resucitado y presente en medio de los discípulos. Por tanto, en cierto sentido, pudo «ver» la realidad divina del Señor Jesús, muerto y resucitado por nosotros. El Resucitado mismo es el argumento definitivo de su divinidad y, a la vez, de su humanidad.

También todos nosotros estamos invitados a ver con los ojos de la fe a Cristo vivo y presente en la comunidad cristiana.

3. «En el grupo de los creyentes, todos tenían un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32).

La comunidad apostólica de Jerusalén descrita en los Hechos de los Apóstoles es modelo de toda comunidad cristiana. También nosotros  debemos llegar a ser cada vez más un solo corazón y una sola alma tanto en la acción litúrgica como en la actividad apostólica y en el testimonio de la caridad. Debemos comprometernos a testimoniar con gran fuerza la Resurrección de Jesús (cf. Hch 4, 33), en comunión con los sucesores de los Apóstoles.

«Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe», acaba de recordarnos la primera carta de san Juan (1 Jn 5, 4). Mediante la fe, que se vive en la observancia de los mandamientos, también nosotros estamos llamados a derrotar las fuerzas del mal para preparar ya desde ahora, con nuestro apostolado, la manifestación plena del reino de Dios.

Con las palabras del Salmo responsorial, queremos exultar por las maravillas que Dios sigue realizando también en nuestro tiempo. En efecto, en la Pascua de su Hijo, muerto y resucitado, sale al encuentro de cada hombre, manifestándole las infinitas riquezas de su misericordia sin límites.

«Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 117, 24). Amén. Aleluya.

    

LETANÍA A LA DIVINA MISERICORDIA

 

 

Oh, Sangre y Agua que brota del Sagrado Corazón de Jesús, como una Fuente de Misericordia para nosotros: En Tí confío

 
V Señor, ten Misericordia de nosotros
R. Señor, ten Misericordia de nosotros
V. Cristo, ten Misericordia de nosotros
R. Cristo, ten Misericordia de nosotros
V. Señor, ten Misericordia de nosotros
R. Señor, ten Misericordia de nosotros
V. Cristo, óyenos
R. Cristo, óyenos
V. Cristo, escúchanos
R. Cristo, escúchanos
V. Dios, Padre celestial
R. Ten Misericordia de nosotros
V. Dios Hijo Redentor del mundo
R. Ten Misericordia de nosotros
V. Dios Espíritu Santo
R. Ten Misericordia de nosotros
V. Trinidad Santa, un solo Dios
R. Ten Misericordia de nosotros

(A las siguientes invocaciones se responde: "Ten Misericordia de nosotros")

1    Misericordia Divina, que brota del seno del Padre.
2.   Misericordia Divina, supremo atributo de Dios.
3.   Misericordia Divina, misterio incomprensible.
4.   Misericordia Divina, fuente que brota del misterio de la Sma.Trinidad.
5.   Misericordia Divina, insondable para todo entendimiento.
6.   Misericordia Divina, de donde brotan toda vida y felicidad.
7.   Misericordia Divina, más sublime que los cielos.
8.   Misericordia Divina, fuente de milagros y maravillas.
9.   Misericordia Divina, que abarca todo el universo.
10. Misericordia Divina, que baja al mundo en la Persona del Verbo.
11. Misericordia Divina, que manó de la herida abierta del Corazón de Jesús.
12. Misericordia Divina, encerrada en el Corazón de Jesús para los pecadores.
13. Misericordia Divina, impenetrable en la Institución de la Eucaristía.
14. Misericordia Divina, en la institución de la Santa Iglesia.
15. Misericordia Divina, en el sacramento del Santo Bautismo.
16. Misericordia Divina, en nuestra justificación por Jesucristo.
17. Misericordia Divina, que nos acompaña durante toda la vida.
18. Misericordia Divina, que nos abraza siempre y en la hora de la muerte.
19. Misericordia Divina, que nos otorga la vida inmortal.
20. Misericordia Divina, que nos acompaña en cada momento de la vida.
21. Misericordia Divina, que nos protege del fuego infernal.
22. Misericordia Divina, en la conversión de los pecadores empedernidos.
23. Misericordia Divina, asombro para los Ángeles y para los Santos.
24. Misericordia Divina, insondable en todos los misterios de Dios.
25. Misericordia Divina, que nos rescata de toda miseria.
26. Misericordia Divina, fuente de nuestra felicidad y deleite.
27. Misericordia Divina, que de la nada nos llamó a la existencia.
28. Misericordia Divina, que abarca todas las obras de sus manos.
29. Misericordia Divina, corona de todas las obras de Dios.
30. Misericordia Divina, en la que estamos todos sumergidos.
31. Misericordia Divina, dulce consuelo para los corazones angustiados.
32. Misericordia Divina, única esperanza de las almas desesperadas.
33. Misericordia Divina, remanso de corazones, paz ante el temor.
34. Misericordia Divina, gozo y éxtasis de las almas santas.
35. Misericordia Divina, que infunde esperanza, perdida ya toda esperanza.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
- Perdónanos Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
- Escúchanos Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
- Ten Misericordia de nosotros.
 

V. Las Misericordias de Dios son más grandes que todas sus Obras.
R. Por eso cantaré las Misericordias de Dios para siempre.

ORACIÓN

Oh Dios Eterno, en quien la Misericordia es infinita y el tesoro de compasión inagotable, vuelve a nosotros Tu mirada bondadosa y aumenta Tu Misericordia en nosotros, para que en momentos difíciles no nos desesperemos ni nos desalentemos, sino que, con gran confianza, nos sometamos a Tu santa voluntad, que es el Amor y la Misericordia Mismos. Amén" 

Santa Faustina Kowalska

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