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Edición nro. 131
Oh
Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz
que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes
de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.
Llévanos
de la mano y acompáñanos durante esta Semana Santa hacia la
Pascua para poder contemplar al Señor Jesucristo Resucitado
La
versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca
Digital "Mater Dei"


LA
RESURRECCIÓN DE CRISTO
El primer día de la semana, de
madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían
preparado.
Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y, entrando, no encontraron el
cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les
presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas, despavoridas,
miraban al suelo, y ellos les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos
al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Acordaos de lo que os dijo
estando todavía en Galilea: "Es necesario que el Hijo del Hombre sea
entregado en manos de los pecadores y sea crucificado y al tercer día
resucite"».
Recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a
los once y a los demás. María Magdalena, Juana y María, la Madre de
Santiago, y las demás que estaban con ellas contaban esto a los apóstoles.
Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron. Pedro se levantó y fue
corriendo al sepulcro.
Se asomó,
pero sólo vio los
lienzos, y se volvió a su
casa asombrado por
lo sucedido.
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¡Ave María, Mujer humilde,
bendecida por el Altísimo!
Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos,
nosotros nos unimos a tu cántico de alabanza
para celebrar las misericordias del Señor,para anunciar la venida del Reino
y la plena liberación del hombre.
¡Ave María, humilde sierva del Señor,
gloriosa Madre de Cristo!
Virgen fiel, morada santa del Verbo,
enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la voz del Espíritu Santo,
atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.
¡Ave María, Mujer del dolor,
Madre de los vivientes!
Virgen Esposa ante la Cruz, Eva nueva,
sed nuestra guía por los caminos del mundo,
enséñanos a vivir y a difundir el amor de Cristo,
a detenernos contigo ante las innumerables cruces
en las que tu Hijo aún está crucificado.
¡Ave María, Mujer de la fe,
primera entre los discípulos!
Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que habita en nosotros,
confiando en la bondad del hombre y en el Amor del Padre.
Enséñanos a construir el mundo desde adentro:
en la profundidad del silencio y de la oración,
en la alegría del amor fraterno,
en la fecundidad insustituible de la Cruz.
Santa María, Madre de los creyentes, Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros.
(Juan Pablo II, Santuario de Lourdes
el 14 de agosto de 2004..
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EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
LA
REDENCIÓN COMO LÍMITE DIVINO IMPUESTO AL MAL
La
Redención es el límite divino impuesto al mal por la simple razón de que
en Ella el mal es vencido radicalmente por el bien, el odio por el
amor, la muerte por la Resurrección.
La
contienda entre el bien y el mal en que vive el hombre se ilustra a
veces con la figura de la balanza. Usando este símbolo, se puede decir
que Dios, ofreciendo el sacrificio de su propio Hijo en la Cruz, ha
puesto esta expiación de valor infinito en el platillo del bien, para
que, en definitiva, el bien pueda prevalecer siempre.
La
palabra "Redentor" que en latín se dice "Redemptor", cuya etimología se
relaciona con el verbo "redimire" (readquirir), nos acerca a la
comprensión de la realidad de la Redención. Con ella se relacionan
estrechamente los conceptos de "remisión" y "justificación". Ambos
términos pertenecen al lenguaje del Evangelio. Cristo perdonaba los
pecados haciendo hincapié en que el Hijo del hombre tiene poder para
hacerlo. Cuando le trajeron a un hombre paralítico, lo primero que dijo
fue: "Hijo, tus pecados quedan perdonados" (Mc 2, 5); después añadió
"Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa" (Mc 2, 11). Así, aunque de
modo indirecto, puso de relieve que el pecado es un mal mayor que la
parálisis del cuerpo.
Cristo crucificado es quien justifica al hombre pecador cada vez que
éste, apoyándose en la fe en la Redención de Cristo, se arrepiente de
sus pecados, se convierte y regresa a Dios. Para ser justificados ante
Dios no bastan los esfuerzos humanos. Es necesario que actúe la gracia
que proviene del sacrificio de Cristo. Porque solamente el sacrificio de
Cristo en la Cruz tiene el poder de conceder al hombre la justificación
ante Dios.
Por
su Resurrección, Cristo "justificó" la obra de la Creación, y
especialmente la creación del hombre, en el sentido de que reveló la
"medida apropiada" del bien que Dios concibió en la historia humana. Una
medida que no es sólo la prevista por Él en la Creación y empañada
después por el hombre con el pecado. Es una medida superabundante, en
que el designio original se realiza de una manera aún más plena (cf. Gn
3, 14-15). En Cristo, el hombre está llamado a una vida nueva, la
vida del hijo en el Hijo, expresión perfecta de la Gloria de Dios:
"Gloria Dei vivens homo" : la Gloria de Dios es el hombre
viviente.
Juan Pablo II, Memoria e Identidad, párrafos extractados
de los capítulos 4, 5 y 6.
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LA
SACRALIDAD DE LA EUCARISTÍA
La
celebración de la Eucaristía, comenzando por el Cenáculo
y por el Jueves Santo, tiene una larga historia propia,
larga cuanto la historia de la Iglesia. En el curso de
esta historia los elementos secundarios han sufrido
ciertos cambios; no obstante, ha permanecido inmutable
la esencia del «Mysterium», instituido por el
Redentor del mundo, durante la Última Cena.
También
el Concilio Vaticano II ha aportado algunas
modificaciones, en virtud de las cuales la liturgia
actual de la Misa se diferencia en cierto sentido de
la conocida antes del Concilio. No pensamos hablar de
estas diferencias; por ahora conviene que nos
detengamos en lo que es esencial e inmutable en la
liturgia eucarística.
Y con este elemento está estrechamente vinculado el
carácter de «Sacrum» de la Eucaristía, esto es, de
acción santa y sagrada. Santa y sagrada, porque en
ella está continuamente presente y actúa Cristo,
«el
Santo» de Dios, «Ungido por el Espíritu Santo»,
«Consagrado por el Padre», para dar libremente y
recobrar su vida, «Sumo Sacerdote de la Nueva
Alianza». Es Él, en efecto, quien, representado por
el celebrante, hace su ingreso en el Santuario y
anuncia su Evangelio. Es Él «el oferente y el
ofrecido, el consagrante y el consagrado». Acción
santa y sagrada, porque es constitutiva de las
especies sagradas, del «Sancta sanctis», es decir,
de las «cosas santas -Cristo el Santo- dadas a los
santos», como cantan todas las liturgias de Oriente
en el momento en que se alza el Pan Eucarístico para
invitar a los fieles a la Cena del Señor.
El «Sacrum» de la Misa no es por tanto una «sacralización»,
es decir, una añadidura del hombre a la acción de
Cristo en el Cenáculo, ya que la Cena del Jueves
Santo fue un rito sagrado, liturgia primaria y
constitutiva, con la que Cristo, comprometiéndose a
dar la vida por nosotros, celebró sacramentalmente,
Él mismo, el misterio de su Pasión y Resurrección,
corazón de toda Misa. Derivando de esta liturgia,
nuestras Misas revisten de por sí una forma litúrgica
completa, que, no obstante esté diversificada según
las familias rituales, permanece sustancialmente idéntica.
El «Sacrum» de la Misa es una sacralidad instituida
por Cristo. Las palabras y la acción de todo
sacerdote, a las que corresponde la participación
consciente y activa de toda la asamblea eucarística,
hacen eco a las del Jueves Santo.
El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona
Christi». «In persona»: es
decir, en la identificación específica, sacramental
con el «Sumo y Eterno Sacerdote», que es el
Autor y el Sujeto principal de este su propio
Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser
sustituido por nadie. Solamente El, solamente Cristo,
podía y puede ser siempre verdadera y efectiva «propitiatio
pro peccatis nostris ... sed etiam totius mundi».
Solamente su Sacrificio, y ningún otro, podía y
puede tener «fuerza propiciatoria» ante Dios, ante
la Trinidad, ante su trascendental santidad. La toma
de conciencia de esta realidad arroja una cierta luz
sobre el carácter y sobre el significado del
sacerdote-celebrante que, llevando a efecto el Santo
Sacrificio y obrando «in persona Christi», es
introducido e insertado, de modo sacramental (y al
mismo tiempo inefable), en este estrictísimo «Sacrum»,
en el que a su vez asocia espiritualmente a todos los
participantes en la asamblea eucarística.
DOMINICAE
CENAE - Sobre el misterio y el culto de la
Eucaristía - 24-2-1980, punto 8
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Estimado/a
Suscriptor/a de "El Camino de María"
"...
Después
de su Resurrección, el Señor se apareció en repetidas ocasiones
a los discípulos y se encontró muchas veces con ellos. Los
evangelistas refieren varios episodios, que ponen de manifiesto el
asombro y la alegría de los testigos de acontecimientos tan
prodigiosos. San Juan, en particular, destaca las primeras
palabras dirigidas por el Maestro resucitado a los discípulos.
"¡Paz a vosotros!", dice al entrar en el Cenáculo,
y repite tres veces este saludo (cf. Jn 20, 19. 21. 26). Podemos
decir que la expresión: "¡Paz a vosotros!", en
hebreo shalom, contiene y sintetiza, en cierto modo, todo el
mensaje pascual. La paz es el don que el Señor Resucitado
ofrece a los hombres, y es el fruto de la vida nueva inaugurada
por su Resurrección.
Por consiguiente, la paz se identifica como "novedad"
introducida en la historia por la Pascua de Cristo. Nace de
una profunda renovación del corazón del hombre. Así pues, no es
el resultado de esfuerzos humanos, ni se puede conseguir sólo
gracias a acuerdos entre personas e instituciones. Más bien, es
un don que hay que acoger con generosidad, conservar con esmero y
hacer fructificar con madurez y responsabilidad. Por más
complicadas que sean las situaciones y por más fuertes que sean
las tensiones y los conflictos, nada puede resistir a la eficaz
renovación traída por Cristo resucitado. Él es nuestra paz.
Como leemos en la carta de san Pablo a los Efesios, Él con su
Cruz derribó la enemistad "haciendo las paces, para crear,
en Él, un solo hombre nuevo" (Ef 2, 15). ..." (Juan Pablo II, Audiencia
23/4/2003).
Desde "El
Camino de María" le enviamos nuestro regalo de Pascuas en
forma digital. Puede obtenerlo desde la
siguiente dirección:
http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=34
Se trata del libro número 34 de nuestra Biblioteca
Digital "Virgo Fidelis", que lleva por título:
"El Espíritu Santo en la Resurrección de Cristo", y
contiene
meditaciones de Juan Pablo II para el Tiempo Pascual, y cuyo
contenido puede leer en la segunda sección de esta edición.
Que María, Testigo gozosa de
la Resurrección, nos ayude a todos a caminar "en una vida nueva"
y nos haga tomar conciencia que, estando nuestro hombre viejo
crucificado con Cristo, debemos considerarnos y comportarnos como hombres
nuevos, personas que viven para Dios, en Jesucristo . ¡Feliz Pascua
de Resurrección!
Marisa y Eduardo

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ALÉGRATE!
Alégrate,
Reina del Cielo, Aleluya,
Porque el Señor, a quien has merecido llevar en tu seno, Aleluya,
Ha resucitado, según predijo, Aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, Aleluya.
Gózate y alégrate, Virgen María; Aleluya.
Porque ha resucitado Dios verdaderamente; Aleluya.
Oracion.
Oh
Dios que por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre,
la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo
Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
Regína cæli,
lætáre. Allelúia.
Quia quem meruísti portáre. Allelúia.
Resurréxit, sicut dixit. Allelúia.
Ora pro nobis, Deum. Allelúia.
Gaude et lætáre, Virgo María. Allelúia.
Quia surréxit Dóminus vere. Allelúia.
Orémus.
Deus,
qui per resurrectiónem Fílii tui, Dómini nostri Iesu Christi,
mundum lætificáre dignátus es: præsta, quaésumus; ut, per eius
Genitrícem Vírginem Maríam, perpétuæ capiámus gáudia vitæ.
Per eúndem Christum Dóminum nostrum. Amen.
En
el tiempo pascual la comunidad cristiana, se dirige a María,
Reina del Cielo.
¡Regina
coeli, laetare. Alleluia! ¡Reina del cielo, Alégrate.
Aleluya!
Así
recuerda el gozo de María por la Resurrección de Jesús,
prolongando en el tiempo el ¡Alégrate! que
le dirigió el Ángel en la Anunciación, para que se convirtiera
en Causa de nuestra alegría. Es la
oración que sustituye el rezo del “Ángelus”, desde el
Domingo de Resurrección hasta Pentecostés. En el "Regina coeli"
recordamos
junto con María el momento glorioso de la Resurrección de Cristo,
la felicitamos porque Ella es el primer fruto de la Pascua de
Cristo, y le pedimos su intercesión para poder gozar plenamente
de la Resurrección de Cristo en la vida eterna
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