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FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Edición nro. 131

 

Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!:

 Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

Llévanos de la mano y  acompáñanos durante esta Semana Santa hacia la Pascua para poder contemplar al Señor Jesucristo Resucitado

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Lc 24, 1-12

El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado.
Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas, despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea: "Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado y al tercer día resucite"
». Recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los once y a los demás. María Magdalena, Juana y María, la Madre de Santiago, y las demás que estaban con ellas contaban esto a los apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron. Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro.
Se asomó, pero sólo vio los lienzos, y se volvió a su casa asombrado por lo sucedido.

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¡Ave María, Mujer humilde, bendecida por el Altísimo!
Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos, nosotros nos unimos a tu cántico de alabanza
para celebrar las misericordias del Señor,para anunciar la venida del Reino y la plena liberación del hombre.

¡Ave María, humilde sierva del Señor, gloriosa Madre de Cristo!
Virgen fiel, morada santa del Verbo, enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la voz del Espíritu Santo, atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.

¡Ave María, Mujer del dolor,
Madre de los vivientes!
Virgen Esposa ante la Cruz, Eva nueva, sed nuestra guía por los caminos del mundo, enséñanos a vivir y a difundir el amor de Cristo, a detenernos contigo ante las innumerables cruces en las que tu Hijo aún está crucificado.

¡Ave María, Mujer de la fe,
primera entre los discípulos!

Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que habita en nosotros, confiando en la bondad del hombre y en el Amor del Padre. Enséñanos a construir el mundo desde adentro: en la profundidad del silencio y de la oración, en la alegría del amor fraterno, en la fecundidad insustituible de la Cruz.

Santa María, Madre de los creyentes, Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros.

(Juan Pablo II, Santuario de Lourdes el 14 de agosto de 2004..

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EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN

 LA REDENCIÓN COMO LÍMITE DIVINO IMPUESTO AL MAL

 La Redención es el límite divino impuesto al mal por la simple razón de que en Ella  el mal es vencido radicalmente por el bien, el odio por el amor, la muerte por la Resurrección.

La contienda entre el bien y el mal en que vive el hombre se ilustra a veces con la figura de la balanza. Usando este símbolo, se puede decir que Dios, ofreciendo el sacrificio de su propio Hijo en la Cruz, ha puesto esta expiación de valor infinito en el platillo del bien, para que, en definitiva, el bien pueda prevalecer siempre.

La palabra "Redentor" que en latín se dice "Redemptor", cuya etimología se relaciona con el verbo "redimire" (readquirir), nos acerca a la comprensión de la realidad de la Redención. Con ella se relacionan estrechamente los conceptos de "remisión" y "justificación". Ambos términos pertenecen al lenguaje del Evangelio. Cristo perdonaba los pecados haciendo hincapié en que el Hijo del hombre tiene poder para hacerlo. Cuando le trajeron a un hombre paralítico, lo primero que dijo fue: "Hijo, tus pecados quedan perdonados" (Mc 2, 5); después añadió "Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa" (Mc 2, 11). Así, aunque de modo indirecto, puso de relieve que el pecado es un mal mayor que la parálisis del cuerpo.

Cristo crucificado es quien justifica al hombre pecador cada vez que éste, apoyándose en la fe en la Redención de Cristo, se arrepiente de sus pecados, se convierte y regresa a Dios. Para ser justificados ante Dios no bastan los esfuerzos humanos. Es necesario que actúe la gracia que proviene del sacrificio de Cristo. Porque solamente el sacrificio de Cristo en la Cruz tiene el poder de conceder al hombre la justificación ante Dios.

 Por su Resurrección, Cristo "justificó" la obra de la Creación, y especialmente la creación del hombre, en el sentido de que reveló la "medida apropiada" del bien que Dios concibió en la historia humana. Una medida que no es sólo la prevista por Él en la Creación y empañada después por el hombre con el pecado. Es una medida superabundante, en que el designio original se realiza de una manera aún más plena (cf. Gn 3, 14-15). En Cristo, el hombre está llamado a una vida nueva, la vida del hijo en el Hijo, expresión perfecta de la Gloria de Dios: "Gloria Dei vivens homo" : la Gloria de Dios es el hombre viviente.

Juan Pablo II, Memoria e Identidad, párrafos extractados de los capítulos 4, 5 y 6.

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LA SACRALIDAD DE LA EUCARISTÍA

La celebración de la Eucaristía, comenzando por el Cenáculo y por el Jueves Santo, tiene una larga historia propia, larga cuanto la historia de la Iglesia. En el curso de esta historia los elementos secundarios han sufrido ciertos cambios; no obstante, ha permanecido inmutable la esencia del «Mysterium», instituido por el Redentor del mundo, durante la Última Cena. 

También el Concilio Vaticano II ha aportado algunas modificaciones, en virtud de las cuales la liturgia actual de la Misa se diferencia en cierto sentido de la conocida antes del Concilio. No pensamos hablar de estas diferencias; por ahora conviene que nos detengamos en lo que es esencial e inmutable en la liturgia eucarística.
 
Y con este elemento está estrechamente vinculado el carácter de «Sacrum» de la Eucaristía, esto es, de acción santa y sagrada. Santa y sagrada, porque en ella está continuamente presente y actúa Cristo, «el Santo» de Dios, «Ungido por el Espíritu Santo», «Consagrado por el Padre», para dar libremente y recobrar su vida, «Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza». Es Él, en efecto, quien, representado por el celebrante, hace su ingreso en el Santuario y anuncia su Evangelio. Es Él «el oferente y el ofrecido, el consagrante y el consagrado». Acción santa y sagrada, porque es constitutiva de las especies sagradas, del «Sancta sanctis», es decir, de las «cosas santas -Cristo el Santo- dadas a los santos», como cantan todas las liturgias de Oriente en el momento en que se alza el Pan Eucarístico para invitar a los fieles a la Cena del Señor.  
 
El «Sacrum» de la Misa no es por tanto una «sacralización», es decir, una añadidura del hombre a la acción de Cristo en el Cenáculo, ya que la Cena del Jueves Santo fue un rito sagrado, liturgia primaria y constitutiva, con la que Cristo, comprometiéndose a dar la vida por nosotros, celebró sacramentalmente, Él mismo, el misterio de su Pasión y Resurrección, corazón de toda Misa. Derivando de esta liturgia, nuestras Misas revisten de por sí una forma litúrgica completa, que, no obstante esté diversificada según las familias rituales, permanece sustancialmente idéntica. El «Sacrum» de la Misa es una sacralidad instituida por Cristo. Las palabras y la acción de todo sacerdote, a las que corresponde la participación consciente y activa de toda la asamblea eucarística, hacen eco a las del Jueves Santo.
 
El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona Christi». «In persona»: es decir, en la identificación específica, sacramental con el «Sumo y Eterno Sacerdote», que es el Autor y el Sujeto principal de este su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie. Solamente El, solamente Cristo, podía y puede ser siempre verdadera y efectiva «propitiatio pro peccatis nostris ... sed etiam totius mundi». Solamente su Sacrificio, y ningún otro, podía y puede tener «fuerza propiciatoria» ante Dios, ante la Trinidad, ante su trascendental santidad. La toma de conciencia de esta realidad arroja una cierta luz sobre el carácter y sobre el significado del sacerdote-celebrante que, llevando a efecto el Santo Sacrificio y obrando «in persona Christi», es introducido e insertado, de modo sacramental (y al mismo tiempo inefable), en este estrictísimo «Sacrum», en el que a su vez asocia espiritualmente a todos los participantes en la asamblea eucarística.

DOMINICAE CENAE - Sobre el misterio y el culto de la Eucaristía - 24-2-1980, punto 8 

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

"... Después de su Resurrección, el Señor se apareció en repetidas ocasiones a los discípulos y se encontró muchas veces con ellos. Los evangelistas refieren varios episodios, que ponen de manifiesto el asombro y la alegría de los testigos de acontecimientos tan prodigiosos. San Juan, en particular, destaca las primeras palabras dirigidas por el Maestro resucitado a los discípulos. 

"¡Paz a vosotros!", dice al entrar en el Cenáculo, y repite tres veces este saludo (cf. Jn 20, 19. 21. 26). Podemos decir que la expresión: "¡Paz a vosotros!", en hebreo shalom, contiene y sintetiza, en cierto modo, todo el mensaje pascual. La paz es el don que el Señor Resucitado ofrece a los hombres, y es el fruto de la vida nueva inaugurada por su Resurrección.

Por consiguiente, la paz se identifica como "novedad" introducida en la historia por la Pascua de Cristo. Nace de una profunda renovación del corazón del hombre. Así pues, no es el resultado de esfuerzos humanos, ni se puede conseguir sólo gracias a acuerdos entre personas e instituciones. Más bien, es un don que hay que acoger con generosidad, conservar con esmero y hacer fructificar con madurez y responsabilidad. Por más complicadas que sean las situaciones y por más fuertes que sean las tensiones y los conflictos, nada puede resistir a la eficaz renovación traída por Cristo resucitado. Él es nuestra paz. Como leemos en la carta de san Pablo a los Efesios, Él con su Cruz derribó la enemistad "haciendo las paces, para crear, en Él, un solo hombre nuevo" (Ef 2, 15). ..." (Juan Pablo II, Audiencia 23/4/2003).  

Desde "El Camino de María" le enviamos nuestro regalo de Pascuas en forma digital. Puede obtenerlo  desde la siguiente dirección:

http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=34

Se trata del  libro número 34 de nuestra Biblioteca Digital "Virgo Fidelis", que lleva por título: "El Espíritu Santo en la Resurrección de Cristo", y contiene meditaciones de Juan Pablo II para el Tiempo Pascual, y cuyo contenido puede leer en la segunda sección de esta edición.

Que María, Testigo gozosa de la Resurrección, nos ayude a todos a caminar "en una vida nueva" y nos haga tomar conciencia que, estando nuestro hombre viejo crucificado con Cristo, debemos considerarnos y comportarnos como hombres nuevos, personas que viven para Dios, en Jesucristo .  ¡Feliz Pascua de Resurrección!
 

Marisa y Eduardo

ALÉGRATE!  

 

 

 Alégrate, Reina del Cielo, Aleluya,
Porque el Señor, a quien has merecido llevar en tu seno, Aleluya,
Ha resucitado, según predijo, Aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, Aleluya. 
Gózate y alégrate, Virgen María; Aleluya.
Porque ha resucitado Dios verdaderamente; Aleluya. 

 

Oracion.

 

Oh Dios que por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.  Amén.

 

 

 Regína cæli, lætáre. Allelúia.
Quia quem meruísti portáre.  Allelúia. 
Resurréxit, sicut dixit. Allelúia.
Ora pro nobis, Deum. Allelúia.
Gaude et lætáre, Virgo María. Allelúia. 
Quia surréxit Dóminus  vere.  Allelúia.

Orémus. 

Deus, qui per resurrectiónem Fílii tui, Dómini nostri Iesu Christi, mundum lætificáre dignátus es: præsta, quaésumus; ut, per eius Genitrícem Vírginem Maríam, perpétuæ capiámus gáudia vitæ.  Per eúndem Christum Dóminum nostrum.  Amen.


En el tiempo pascual la comunidad cristiana, se dirige a María, Reina del Cielo. 

 ¡Regina coeli, laetare. Alleluia!  ¡Reina del cielo, Alégrate. Aleluya! 

Así recuerda el gozo de María por la Resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el ¡Alégrate! que le dirigió el Ángel en la Anunciación, para que se convirtiera en Causa de nuestra alegría.  Es la oración que sustituye el rezo del “Ángelus”, desde el Domingo de Resurrección hasta Pentecostés. En el "Regina coeli" recordamos junto con María el momento glorioso de la Resurrección de Cristo, la felicitamos porque Ella es el primer fruto de la Pascua de Cristo, y le pedimos su intercesión para poder gozar plenamente de la Resurrección de Cristo en la vida eterna

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

 

LA IGLESIA ES UN GRAN PUEBLO EN CAMINO

 Homilía en la Vigilia Pascual - Sábado Santo 2004

 LA IGLESIA ES UN GRAN PUEBLO EN CAMINO

 
 

"Esta misma noche será una noche de guardia en honor del Señor... por todas las generaciones" (Ex 12,42).

En esta noche santa celebramos la vigilia Pascual, la primera, más aún, la "madre" de todas la vigilias del año litúrgico. En ella, como canta varias veces el Pregón, se recorre el camino de la humanidad, desde la creación hasta el acontecimiento culminante de la salvación, que es la Muerte y Resurrección de Cristo.

La luz de Aquél que "resucitó de entre los muertos: el primero de todos" (1 Co 15,20) vuelve "clara como el día" (cf. Sal 138,12) esta noche memorable, considerada justamente el "corazón" del año litúrgico. En esta noche la Iglesia entera vela y medita las etapas importantes del la intervención salvífica de Dios en el universo.

2. "Una noche de guardia en honor del Señor". Doble es el significado de la solemne Vigilia Pascual, tan rica de símbolos acompañados de una extraordinaria abundancia de textos bíblicos. Por un lado, es memoria orante de las maravillas de Dios, recordando la páginas principales de la Sagrada Escritura: la creación, el sacrificio de Isaac, el paso del Mar Rojo y la promesa de la nueva Alianza.

Por otra parte, esta vigilia sugestiva es espera confiada del pleno cumplimiento de las antiguas promesas. La memoria de la acción de Dios culmina en la Resurrección de Cristo y se proyecta hacia el acontecimiento escatológico de la parusía. Vislumbramos así, en esta noche pascual, el alba del día que no se acaba, el día de Cristo resucitado, que inaugura la vida nueva, "un cielo nuevo y una tierra nueva" (2 P 3,13; cf. Is 65,17; 66,22; Ap 21,1).

3. Desde el principio, la comunidad cristiana puso la celebración del Bautismo en el contexto de la Vigilia de Pascua. Aquí también, esta noche, algunos catecúmenos, sumergidos con Jesús en su muerte, resucitarán con Él a la vida inmortal. Se renueva así el prodigio del misterioso renacimiento espiritual, operado por el Espíritu Santo, que incorpora los neófitos al pueblo de la nueva y definitiva Alianza ratificada por la muerte y resurrección de Cristo.

Saludo con particular afecto a cada uno de vosotros, queridos hermanos y hermanas, que os preparáis para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana. Vosotros venís de Italia, de Togo y del Japón: vuestro origen pone de manifiesto la universalidad de la llamada a la salvación y la gratuidad del don de la fe. Junto con vosotros, saludo a vuestras familias, amigos y a cuantos han colaborado en vuestra preparación.

Gracias al Bautismo entraréis a formar parte de la Iglesia, que es un gran pueblo en camino, sin fronteras de raza, lengua y cultura; un pueblo llamado a la fe a partir de Abraham y destinado a ser bendición entre todas las naciones de la tierra (cf. Gn 12,1-3). Permaneced fieles a Aquél que os ha elegido y entregad a Él con generosa disponibilidad toda vuestra existencia.

4. Junto con aquéllos que dentro de poco serán bautizados, la liturgia invita a todos nosotros aquí presentes a renovar las promesas de nuestro Bautismo. El Señor nos pide que le renovemos la expresión de nuestra plena docilidad y de la total entrega al servicio del Evangelio.

¡Queridos hermanos y hermanas! Si esta misión a veces os puede parecer difícil, recordad las palabras del Resucitado: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). Convencidos de su Presencia, no temeréis entonces ninguna dificultad ni obstáculo alguno. Su Palabra os iluminará; su Cuerpo y su Sangre serán vuestro alimento y apoyo en el camino cotidiano hacia la eternidad.

Junto a cada uno de vosotros estará siempre María, como estuvo presente entre los Apóstoles, temerosos y desorientados en el momento de la prueba. Teniendo su misma fe Ella os mostrará, más allá de la noche del mundo, la aurora gloriosa de la Resurrección. Amén.

    

EL ESPÍRITU SANTO EN LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

 

Contenido

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

1.EL ESPÍRITU SANTO EN LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
2.MARÍA Y LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
3.EL DÍA DOMINGO: EL DÍA DEL SEÑOR: LA PASCUA DE LA SEMANA
4.LA RESURRECCIÓN COMO HECHO HISTÓRICO QUE AFIRMA LA FE
5.EL SEPULCRO VACÍO Y EL ENCUENTRO CON CRISTO RESUCITADO
6.LAS APARICIONES DE CRISTO RESUCITADO
7.LA RESURRECCIÓN HECHO HISTÓRICO Y META-HISTÓRICO
8.LA RESURRECCIÓN CÚLMEN DE LA REVELACIÓN
9.EL VALOR SALVÍFICO DE LA RESURRECCIÓN
10.CRISTO VENCEDOR DE LA MUERTE

EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN

1.LA REDENCIÓN COMO LÍMITE DIVINO IMPUESTO AL MAL .
2.LA REDENCIÓN, VICTORIA CONCEDIDA AL HOMBRE COMO TAREA 

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