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EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 130

 

Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!:

 Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

Llévanos de la mano y  acompáñanos durante esta Semana Santa hacia la Pascua para poder contemplar al Señor Jesucristo Resucitado

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

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HIMNO ADÓRO TE DEVOTE

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.
 
En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.

¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

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¡Ave María, Mujer humilde, bendecida por el Altísimo!
Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos, nosotros nos unimos a tu cántico de alabanza
para celebrar las misericordias del Señor,para anunciar la venida del Reino y la plena liberación del hombre.

¡Ave María, humilde sierva del Señor, gloriosa Madre de Cristo!
Virgen fiel, morada santa del Verbo, enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la voz del Espíritu Santo, atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.

¡Ave María, Mujer del dolor,
Madre de los vivientes!
Virgen Esposa ante la Cruz, Eva nueva, sed nuestra guía por los caminos del mundo, enséñanos a vivir y a difundir el amor de Cristo, a detenernos contigo ante las innumerables cruces en las que tu Hijo aún está crucificado.

¡Ave María, Mujer de la fe,
primera entre los discípulos!

Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que habita en nosotros, confiando en la bondad del hombre y en el Amor del Padre. Enséñanos a construir el mundo desde adentro: en la profundidad del silencio y de la oración, en la alegría del amor fraterno, en la fecundidad insustituible de la Cruz.

Santa María, Madre de los creyentes, Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros.

(Juan Pablo II, Santuario de Lourdes el 14 de agosto de 2004..

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LA EUCARISTÍA:  SACRIFICIO DE LA REDENCIÓN Y DE LA NUEVA ALIANZA

La Eucaristía es por encima de todo un sacrificio: sacrificio de la Redención y al mismo tiempo sacrificio de la Nueva Alianza, como creemos y como claramente profesan las Iglesias Orientales: «el sacrificio actual -afirmó hace siglos la Iglesia griega- es como aquél que un día ofreció el Unigénito Verbo encarnado, es ofrecido (hoy como entonces) por El, siendo el mismo y único sacrificio». Por esto, y precisamente haciendo presente este sacrificio único de nuestra salvación, el hombre y el mundo son restituidos a Dios por medio de la novedad pascual de la Redención. Por tanto la Eucaristía, siendo verdadero sacrificio, obra esa restitución a Dios. 
 
(...) Este valor sacrificial está ya expresado en cada celebración por las palabras con que el sacerdote concluye la presentación de los dones al pedir a los fieles que oren para que «este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso». Tales palabras tienen un valor de compromiso en cuanto expresan el carácter de toda la liturgia eucarística y la plenitud de su contenido tanto divino como eclesial
 
(...) Todos los que participan con fe en la Eucaristía se dan cuenta de que ella es «Sacrificium», es decir, una «Ofrenda consagrada». En efecto, el pan y el vino, presentados en el altar y acompañados por la devoción y por los sacrificios espirituales de los participantes, son finalmente consagrados, para que se conviertan verdadera, real y sustancialmente en el Cuerpo entregado y en la Sangre derramada de Cristo mismo. Así, en virtud de la consagración, las especies del pan y del vino, «re-presentan», de modo sacramental e incruento, el Sacrificio cruento propiciatorio ofrecido por El en la Cruz al Padre para la salvación del mundo. Él solo, en efecto, ofreciéndose como víctima propiciatoria en un acto de suprema entrega e inmolación, ha reconciliado a la humanidad con el Padre, únicamente mediante su sacrificio, «borrando el acta de los decretos que nos era contraria».   

DOMINICAE CENAE - Sobre el misterio y el culto de la Eucaristía - 24-2-1980, punto 9 

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

"...Durante la Cuaresma, la Iglesia, refiriéndose a las palabras de Cristo, a la enseñanza de los Profetas del Antiguo Testamento, a la propia tradición secular, nos exhorta a una solidaridad particular con todos los que sufren y que, de cualquier modo, experimentan la pobreza, la miseria, la injusticia, la persecución (...) La exhortación a la solidaridad, en nombre de Cristo, con todas las tribulaciones y necesidades de nuestros hermanos, y no sólo con los que tenemos al alcance de los ojos y de la mano, sino con todos, es casi la esencia misma del vivir espiritualmente el período de Cuaresma en la existencia de la Iglesia. En la última semana de Cuaresma -después de esta preparación (¡y sólo después de ella!)- la Iglesia nos exhorta a una particular y excepcional solidaridad con el mismo Cristo paciente. Aunque el ser conscientes de la Pasión de Cristo nos acompaña a lo largo de todas las semanas de este período, sin embargo sólo esta semana , la única en el sentido pleno de la palabra, es la Semana de la Pasión del Señor.La llamada a una solidaridad particular y excepcional con Cristo paciente se hace sentir hacia el fin del período cuaresmal. Se hace sentir cuando ya ha madurado en nosotros la actitud de conversión espiritual, y, en especial, el sentido de solidaridad con todos nuestros hermanos que sufren. Esto corresponde a la lógica de la Revelación: el amor de Dios es el primero y el mayor mandamiento, pero no puede cumplirse fuera del amor del hombre..." (Juan Pablo II, Audiencia 11/4/1979).  

En uno de los párrafos de la Homilía de la Santa Misa del Jueves Santo del año 2003, El Santo Padre expresaba con las siguientes palabras un conmovedor testimonio de fe en la Santísima Eucaristía, indicándola como programa para el nuevo milenio. Estas son las palabras del Papa:

"...La Eucaristía es un gran don para la Iglesia y para el mundo. Precisamente para que se preste una atención cada vez más profunda al Sacramento de la Eucaristía, he querido entregar a toda la comunidad de los creyentes una encíclica, cuyo tema central es el misterio eucarístico:  Ecclesia de Eucharistia. Dentro de poco tendré la alegría de firmarla durante esta celebración, que evoca la última Cena, cuando Jesús nos dejó a sí mismo como supremo Testamento de Amor. La encomiendo desde ahora, en primer lugar, a los sacerdotes, para que ellos, a su vez, la difundan para bien de todo el pueblo cristiano..."

Por ello es que desde la Edición nro 117 de El Camino de María, hemos  incluído en cada una de las ediciones textos catequéticos del Santo Padre sobre la Santísima Eucaristía. Puede leer e imprimir cada una de dichas ediciones desde la siguiente dirección:

http://www.elcaminodemaria.com.ar/Newsletters/pafiledb.php?action=category&id=15

En esta edición podrá meditar en compañia de María, Maestra de Contemplación, la Homilía que lleva por título: "LA IGLESIA VIVE DE LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE UNIDAD".

Le invitamos a descargar gratuitamente dos libros digitales con lecturas y meditaciones para la Semana Santa que estamos recorriendo junto con María.

"EL ESPÍRITU SANTO EN EL MISTERIO DE LA CRUZ".

http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=32

"MEDITACIONES DE SEMANA SANTA"

http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=33

 
Que María,  "Mujer Eucarística", que ofreció su seno virginal para la Encarnación del Verbo de Dios, nos ayude a vivir el Misterio Eucarístico con el espíritu del Magníficat. Que nuestra vida sea una alabanza sin fin al Todopoderoso, que se ocultó bajo la humildad de los signos eucarísticos.

Marisa y Eduardo

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

LOS ACONTECIMIENTOS CENTRALES DE NUESTRA REDENCIÓN

Celebrar la Pascua significa encontrarse con Cristo para resurgir con Él a la vida nueva, buscando las cosas de arriba.... pensando en las cosas de arriba..."

 Audiencia General del miércoles 26 de marzo  de 1986

LA IGLESIA VIVE DE LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE UNIDAD

Homilía de Juan Pablo II en la Santa Misa «In cena Domini» del Jueves Santo (1-4-99)

 LOS ACONTECIMIENTOS CENTRALES DE NUESTRA REDENCIÓN

 
 
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
1. El día de hoy, Miércoles Santo, nos invita a meditar juntos sobre las realidades que vamos a revivir en el curso de esta Semana  Santa en que conmemoramos los acontecimientos centrales de nuestra redención. En la vida de la humanidad no ha acaecido nada más significativo y de mayor valor. La Muerte y la Resurrección de Cristo son los acontecimientos más importantes de la historia.       
    
Comienza mañana el Triduo de la Pasión y de la Resurrección del Señor, el cual -como se lee en el Misal Romano- "ya que Jesucristo ha cumplido la obra de la redención de los hombres y de la glorificación perfecta de Dios principalmente por su misterio pascual, por el cual muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida, el triduo santo pascual de la pasión y resurrección del Señor es el punto culminante de todo el año litúrgico. La preeminencia que tiene el domingo en la semana, la tiene la solemnidad de Pascua en el año litúrgico" (Normas generales, n. 18). 
Por tanto deseo exhortaros a vivir intensamente los próximos días para que dejen en vuestro ánimo una huella profunda que oriente vuestra vida. Entrad con empeño en la atmósfera mística del triduo pascual: la mañana del Jueves Santo en todas las catedrales del mundo el Obispo celebra junto con los sacerdotes de la diócesis la "Misa Crismal", para conmemorar la institución del sacerdocio y para consagrar los sagrados óleos necesarios para el orden, la confirmación y la unción de los enfermos. Después, por la tarde, en la Misa "in Cena Domini", podéis revivir con fe profunda la institución de la Eucaristía, prestando luego vuestro tributo de amor y de adoración al Santísimo Sacramento y respondiendo así a la invitación de Jesús en la dramática noche de su Agonía en el Huerto: "Quedaos aquí y velad conmigo" (Mt 26, 38).
 
Luego, el Viernes Santo, es día de gran conmoción, porque la Iglesia nos invita a escuchar de nuevo la narración de la Pasión según Juan, a adorar la Cruz, a orar por toda la Iglesia, a participar con la Virgen Dolorosa en el Sacrificio del Gólgota.
 
Finalmente, las estupendas ceremonias del Sábado Santo llenan el corazón de suave alegría con la bendición del fuego, la procesión del cirio pascual en la penumbra de la iglesia y el encenderse de las velas al canto del "Lumen Christi", el solemne pregón, el canto de las letanías, la bendición del agua bautismal, y por último la "Misa del Aleluya" con el festivo canto del "Gloria" y la comunión eucarística con Cristo resucitado.
 
Todo el triduo, imbuido de profunda tristeza y de mística alegría, desemboca, luego, en la solemnidad central del Domingo de Pascua, en la que los acontecimientos fundamentales de la "historia de la salvación", es decir, la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio, la Pasión y Muerte en Cruz y la Resurrección gloriosa prorrumpen en nuestros corazones con el himno de la exultancia y del agradecimiento.    
    
Considerad un deber participar en los ritos de la Semana Santa , dejando de lado otros intereses y otros compromisos, convencidos de que realmente la liturgia purifica los sentimientos, eleva las aspiraciones, hace sentir la belleza de la fe cristiana y el deseo del cielo. 
    
2. El cristiano es aquel que ha comprendido que es Cristo quien salva a la humanidad y, por tanto, no puede vivir sin la Pascua. Desde los primeros tiempos de la Iglesia se solemnizó de modo eminente la Pascua, la fiesta por "excelencia": en el tercer siglo comenzó a tener su fisonomía típica, con la celebración comunitaria de los bautismos en la noche pascual: era la teología bautismal de San Pablo que estaba emergiendo, entendida como la incorporación a la muerte y a la sepultura de Cristo, para resurgir después con Él a la vida nueva de la "gracia". Celebrar la Pascua significa encontrarse con Cristo para resurgir con Él a la vida nueva, buscando las cosas de arriba.... pensando en las cosas de arriba (cf. Col 3, 1). 
    
3. Recordando ahora de modo especial el día de mañana, Jueves Santo, deseo terminar invitándoos de corazón a amar cada vez más a vuestros sacerdotes. La vocación sacerdotal es ciertamente paz y gozo, pero también cruz y martirio. En efecto, el sacerdote está consagrado totalmente a Cristo y actúa con sus mismos poderes y su misma misión: aquí está su grandeza y su dignidad, pero también su pasión y su agonía. Estad, por tanto, unidos a vuestros sacerdotes, amadlos, estimadlos, sostenedlos y sobre todo orad por ellos. 
    
Como sabéis, les he enviado una "Carta", que evoca al Santo Cura de Ars, en este segundo centenario de su nacimiento. Pues bien, precisamente Juan Bautista Vianney decía: "¡Qué grande es un sacerdote! El sacerdote no lo comprenderemos bien más que en el cielo. Si lo comprendiésemos en la tierra, moriríamos no de asombro, sino de amor. Todos los demás beneficios de Dios no nos servirían de nada sin el sacerdote. ¿Para qué serviría una casa llena de oro si no hubiese alguien que nos pueda abrir la puerta? El sacerdote posee la llave de los tesoros celestiales y nos abre la puerta; es el ecónomo del buen Dios; el administrador de sus bienes... Después de Dios el sacerdote lo es todo!" (Alfred Monnin, Spirito del Curato d'Ars, Ares, Roma, 1956, pág. 82). 
    
La Virgen Santísima, que siguió a Jesús en su Pasión y estuvo presente al pie de la Cruz en su muerte, os acompañe en el camino del triduo hacia la alegría gozosa de la Pascua.
 

    

LA IGLESIA VIVE DE LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE UNIDAD

Queridos hermanos y hermanas:    

 «Adoro te devote, latens Deitas, quae sub his figuris vere lalitas».

 «Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias».

 
Revivimos esta tarde la Útima Cena, durante la cual el divino Salvador, la noche en que fue entregado, nos dejó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, memorial de su muerte y su Resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad (cf. Sacrosanctum Concilium, 47).
 
Todas las lecturas de esta celebración hablan de ritos y gestos destinados a imprimir en la historia el designio salvífico de Dios. El libro del Exodo nos transmite el documento sacerdotal que fija las prescripciones para la celebración de la pascua judía. El apóstol Pablo, en la primera carta a los Corintios, transmite a la Iglesia el testimonio más antiguo sobre la nueva cena pascual cristiana: es el rito de la alianza nueva y eterna, instituido por Jesús en el cenáculo antes de su pasión. Y, por último, el evangelista san Juan, iluminado por el Espíritu Santo, sintetiza el sentido profundo del sacrificio de Cristo en el gesto del «lavatorio de los pies».
 
Se trata de la Pascua del Señor, que hunde sus raíces en la historia del pueblo de Israel y encuentra su realización plena en Jesucristo, Cordero de Dios inmolado por nuestra salvación.
 
La Iglesia vive de la Eucaristía. Gracias al ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores, a lo largo de una cadena ininterrumpida que comienza en el cenáculo, las palabras y los gestos de Cristo se renuevan siguiendo el camino de la Iglesia, para ofrecer el pan de vida a los hombres de todas las generaciones: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. (...) Éste es el cáliz de la nueva alianza sellada con mi sangre, cuantas veces lo bebáis, hacedlo en memoria mía» (1 Co 11, 24-25).
 
La Eucaristía, en cuanto renovación sacramental del sacrificio de la Cruz, constituye la culminación de la obra redentora: proclama y actualiza ese misterio, que es fuente de vida para todo hombre. En efecto, cada vez que comemos de este pan y bebemos del cáliz, proclamamos la muerte del Señor, hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26).
 
Después de la consagración, el sacerdote proclama: «Mysterium fidei!» y la asamblea responde: «Anunciamos tu Muerte, proclamamos tu Resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!».
 
Sí, hoy podemos comprender de modo especial que es verdaderamente grande el «misterio de la fe»; y la sencillez de los símbolos eucarísticos, el pan y el vino, la mesa y el banquete fraterno, exalta mucho más su profundidad.

 «O memoriale mortis Domini! Panis vivus, vitam praestans homini!»

«Memorial de la muerte del Señor, pan vivo que das la vida al hombre».

 
La muerte del Hijo de Dios se transforma para nosotros en fuente de vida. Este es el misterio pascual; ésta es la nueva creación. La Iglesia confiesa esta fe con las palabras de santo Tomás de Aquino, implorando:
 

«Pie Pellicane, Iesu Domine, me immundum munda tuo sanguine, cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere».

«Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame a mí, inmundo, con tu sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero».

 
Fuerza vivificadora de la muerte de Cristo. Fuerza purificadora de la Sangre de Cristo, que obtiene el perdón de los pecados para los hombres de todos los tiempos y lugares. Sublimidad del sacrificio redentor, en el que hallan su plenitud todas las víctimas de la ley antigua.
 
Este misterio de amor, «incomprensible» para el ser humano, se ofrece completamente en el sacramento de la Eucaristía. Esta tarde, hasta la medianoche, el pueblo cristiano está invitado a inclinarse ante él en adoración silenciosa:

«Iesu, quem velatum nunc aspicio oro, fiat illud quad tam sitio: ut, te revelata cernens facie, visu sim beatus tuae gloriae».

 «Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que, al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria».

 
Esta es la fe de la Iglesia. Esta es la fe de cada uno de nosotros ante el sublime misterio eucarístico. Sí que cesen las palabras y quede la adoración. En silencio.

 «Ave, verum corpus, natum de Maria Virgine...».

 «Salve, cuerpo verdadero, nacido de María Virgen, verdaderamente atormentado, inmolado en la cruz por el hombre (...). ¡Oh Jesús dulce! ¡Oh Jesús piadoso! ¡Oh Jesús, hijo de María!». Amén.

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