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EL CAMINO DE MARÍA

Editores de

"El Camino de María"

Newsletter número 13

 

"...Quien quiera que seas tú, cualquiera que sea tu condición existencial, Dios te ama. Te ama totalmente..."

Hola %FullName%, 

Con la imagen de María, Mediadora de todas las Gracias, y las enseñanzas de Juan Pablo II escritas en el capítulo I del Libro "Orar",   presentamos la Edición N.13 de "El Camino de María", Newsletter Semanal con Textos para hacer oración con la Madre del Redentor, extraídos de la Catequesis del Santo Padre. 

Todas las ediciones del mes de octubre de El Camino de María  están dedicadas a contemplar distintos aspectos del Santo Rosario. En la edición de esta semana:

1- Contemplar a Cristo con María (Rosarium Virginis Mariae, 13,14,15).

2- Misterios de Dolor (Rosarium Virginis Mariae, 22).

Queremos compartir con Ustedes las palabras pronunciadas por el Santo Padre durante el rezo del Ángelus del 12 de octubre:  "...mi mirada se dirige a los jóvenes, con los que establecí desde el inicio de mi ministerio petrino un diálogo preferencial..." .

También proponemos a la reflexión de todos los lectores de El Camino de María, el punto 22 de la Encíclica Redemptor Hominis:  "MARÍA MADRE DE NUESTRA CONFIANZA".

Continuamos publicando  resúmenes de las setenta  Audiencias dedicadas a la "Catequesis Mariana", en el orden en que fueron realizadas por Juan Pablo II, entre el 13 de septiembre de 1995 ("Presencia de María en el origen de la Iglesia")  y el 12 de noviembre de 1997 ("Madre de la unidad y de la esperanza"). Hoy "María en la experiencia espiritual de la Iglesia"

El quinto punto de la Carta Encíclica "Redemptoris Mater" que estamos publicando desarrolla el tema: "María como Madre de Cristo, está unida de un modo particular a la Iglesia"

Nos despedimos de Usted hasta la próxima semana, implorando la bendición y protección de la Madre del Redentor, y les invitamos a entonar en su honor la hermosa antífona "Alma Redemporis Mater".:

Santa Madre del Redentor,
que siempre sigues siendo la puerta del cielo,
Estrella del mar,
socorre al pueblo que cae
y que procura levantarse;
Tú que engendraste, ante el asombro
de la naturaleza, a tu Santo Creador,
Virgen antes y después de haber recibido
aquel saludo de boca de Gabriel,
ten misericordia de los pecadores.

 

Marisa y Eduardo Vinante  - Editores de "El Camino de María"

LOS JÓVENES, PROTAGONISTAS DEL PONTIFICADO  

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. El jueves próximo, 16 de octubre, se cumplirá el vigesimoquinto año de mi pontificado. A las 18.00, en la plaza de San Pedro, celebraré una solemne misa de acción de gracias. Ya desde ahora doy las gracias a quienes se unan conmigo en la oración, agradeciendo a Dios su continua y providente asistencia.

2. Regresan a mi mente los días de octubre de 1978. De manera especial, vuelvo a pensar, hoy, en el primer «Angelus» que recé desde esta ventana, el 22 de octubre. En el misterio de la Encarnación, que esta oración nos ayuda a contemplar, traté de «abrazar todo el futuro del pontificado, del Pueblo de Dios y de toda la familia humana, pues la familia tiene su inicio en la voluntad del Padre, pero es concebida siempre bajo el corazón de la Madre» («Insegnamenti», I, 1978, 43).

3. Ahora, mientras recuerdo con reconocimiento el pasado, mi mirada se dirige a los jóvenes, con los que establecí desde el inicio de mi ministerio petrino un diálogo preferencial. Recuerdo que, al final del primer «Ángelus», añadí un saludo especial para ellos diciendo: «Vosotros sois el porvenir del mundo, vosotros sois la esperanza de la Iglesia, vosotros sois mi esperanza».

Tengo que reconocer que la respuesta de los jóvenes ha sido verdaderamente alentadora. Hoy quisiera darles las gracias por haber estado siempre a mi lado durante estos años y quisiera que supieran que sigo contando con ellos.

Les pongo en tus manos, María, tú que eres la juventud perenne de la Iglesia. Ayúdales a estar dispuestos y disponibles a acoger la voluntad de Dios para construir con generosidad un mundo justo y fraterno.
 
(Juan Pablo II, Ángelus 12 de octubre de 2003).
 
MARÍA MADRE DE NUESTRA CONFIANZA

REDEMPTOR HOMINIS
Juan Pablo II
4 DE MARZO DE 1979
LA MISIÓN DE LA IGLESIA Y LA SUERTE DEL HOMBRE

22 . LA MADRE DE NUESTRA CONFIANZA

Por tanto, cuando al comienzo de mi Pontificado quiero dirigir al Redentor del hombre mi pensamiento y mi corazón, deseo con ello entrar y penetrar en el ritmo más profundo de la vida de la Iglesia. En efecto, si ella vive su propia vida, es porque la toma de Cristo, el cual quiere siempre una sola cosa, es decir, que tengamos vida y la tengamos abundante.188 Esta plenitud de vida que está en Él, lo es contemporáneamente para el hombre. Por esto, la Iglesia, uniéndose a toda la riqueza del misterio de la Redención, se hace Iglesia de los hombres vivientes, porque son vivificados desde dentro por obra del «Espíritu de verdad»,189 y visitados por el amor que el Espíritu Santo infunde en sus corazones.190 La finalidad de cualquier servicio en la Iglesia, bien sea apostólico, pastoral, sacerdotal o episcopal, es la de mantener este vínculo dinámico del misterio de la Redención con todo hombre.

Si somos conscientes de esta incumbencia, entonces nos parece comprender mejor lo que significa decir que la Iglesia es madre191 y más aún lo que significa que la Iglesia, siempre y en especial en nuestros tiempos, tiene necesidad de una Madre. Debemos una gratitud particular a los Padres del Concilio Vaticano II, que han expresado esta verdad en la Constitución Lumen Gentium con la rica doctrina mariológica contenida en ella.192 Dado que Pablo VI, inspirado por esta doctrina, proclamó a la Madre de Cristo «Madre de la Iglesia»193 y dado que tal denominación ha encontrado una gran resonancia, sea permitido también a su indigno Sucesor dirigirse a María, como Madre de la Iglesia, al final de las presentes consideraciones, que era oportuno exponer al comienzo de su ministerio pontifical. María es Madre de la Iglesia, porque en virtud de la inefable elección del mismo Padre Eterno194 y bajo la acción particular del Espíritu de Amor,195 ella ha dado la vida humana al Hijo de Dios, «por el cual y en el cual son todas las cosas»196 y del cual todo el Pueblo de Dios recibe la gracia y la dignidad de la elección. Su propio Hijo quiso explícitamente extender la maternidad de su Madre —y extenderla de manera fácilmente accesible a todas las almas y corazones— confiando a ella desde lo alto de la Cruz a su discípulo predilecto como hijo.197 El Espíritu Santo le sugirió que se quedase también ella, después de la Ascensión de Nuestro Señor, en el Cenáculo, recogida en oración y en espera junto con los Apóstoles hasta el día de Pentecostés, en que debía casi visiblemente nacer la Iglesia, saliendo de la oscuridad.198 Posteriormente todas las generaciones de discípulos y de cuantos confiesan y aman a Cristo —al igual que el apóstol Juan— acogieron espiritualmente en su casa 199 a esta Madre, que así, desde los mismos comienzos, es decir, desde el momento de la Anunciación, quedó insertada en la historia de la salvación y en la misión de la Iglesia. Así pues todos nosotros que formamos la generación contempóranea de los discípulos de Cristo, deseamos unirnos a ella de manera particular. Lo hacemos con toda adhesión a la tradición antigua y, al mismo tiempo, con pleno respeto y amor para con todos los miembros de todas las Comunidades cristianas.

Lo hacemos impulsados por la profunda necesidad de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, si en esta difícil y responsable fase de la historia de la Iglesia y de la humanidad advertimos una especial necesidad de dirigirnos a Cristo, que es Señor de su Iglesia y Señor de la historia del hombre en virtud del misterio de la Redención, creemos que ningún otro sabrá introducirnos como María en la dimensión divina y humana de este misterio. Nadie como María ha sido introducido en él por Dios mismo. En esto consiste el carácter excepcional de la gracia de la Maternidad divina. No sólo es única e irrepetible la dignidad de esta Maternidad en la historia del género humano, sino también única por su profundidad y por su radio de acción es la participación de María, imagen de la misma Maternidad, en el designio divino de la salvación del hombre, a través del misterio de la Redención.

Este misterio se ha formado, podemos decirlo, bajo el corazón de la Virgen de Nazaret, cuando pronunció su «fiat». Desde aquel momento este corazón virginal y materno al mismo tiempo, bajo la acción particular del Espíritu Santo, sigue siempre la obra de su Hijo y va hacia todos aquellos que Cristo ha abrazado y abraza continuamente en su amor inextinguible. Y por ello, este corazón debe ser también maternalmente inagotable. La característica de este amor materno que la Madre de Dios infunde en el misterio de la Redención y en la vida de la Iglesia, encuentra su expresión en su singular proximidad al hombre y a todas sus vicisitudes. En esto consiste el misterio de la Madre. La Iglesia, que la mira con amor y esperanza particularísima, desea apropiarse de este misterio de manera cada vez más profunda. En efecto, también en esto la Iglesia reconoce la vía de su vida cotidiana, que es todo hombre.

El eterno amor del Padre, manifestado en la historia de la humanidad mediante el Hijo que el Padre dio «para que quien cree en él no muera, sino que tenga la vida eterna»,200 este amor se acerca a cada uno de nosotros por medio de esta Madre y adquiere de tal modo signos más comprensibles y accesibles a cada hombre. Consiguientemente, María debe encontrarse en todas las vías de la vida cotidiana de la Iglesia. Mediante su presencia materna la Iglesia se cerciora de que vive verdaderamente la vida de su Maestro y Señor, que vive el misterio de la Redención en toda su profundidad y plenitud vivificante. De igual manera la misma Iglesia, que tiene sus raíces en numerosos y variados campos de la vida de toda la humanidad contemporánea, adquiere también la certeza y, se puede decir, la experiencia de estar cercana al hombre, a todo hombre, de ser «su» Iglesia: Iglesia del Pueblo de Dios.

Frente a tales cometidos, que surgen a lo largo de las vías de la Iglesia, a lo largo de la vías que el Papa Pablo VI nos ha indicado claramente en la primera Encíclica de su pontificado, nosotros, conscientes de la absoluta necesidad de todas estas vías, y al mismo tiempo de las dificultades que se acumulan sobre ellas, sentimos tanto más la necesidad de una profunda vinculación con Cristo. Resuenan como un eco sonoro las palabras dichas por Él: «sin mí nada podéis hacer».201 No sólo sentimos la necesidad, sino también un imperativo categórico por una grande, intensa, creciente oración de toda la Iglesia. Solamente la oración puede lograr que todos estos grandes cometidos y dificultades que se suceden no se conviertan en fuente de crisis, sino en ocasión y como fundamento de conquistas cada vez más maduras en el camino del Pueblo de Dios hacia la Tierra Prometida, en esta etapa de la historia que se está acercando al final del segundo Milenio. Por tanto, al terminar esta meditación con una calurosa y humilde invitación a la oración, deseo que se persevere en ella unidos con María, Madre de Jesús,202 al igual que perseveraban los Apóstoles y los discípulos del Señor, después de la Ascensión, en el Cenáculo de Jerusalén.203 Suplico sobre todo a Maria, la celestial Madre de la Iglesia, que se digne, en esta oración del nuevo Adviento de la humanidad, perseverar con nosotros que formamos la Iglesia, es decir, el Cuerpo Místico de su Hijo unigénito. Espero que, gracias a esta oración, podamos recibir el Espíritu Santo que desciende sobre nosotros 204 y convertirnos de este modo en testigos de Cristo «hasta los últimos confines de la tierra»,205 como aquellos que salieron del Cenáculo de Jerusalén el día de Pentecostés.

 CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

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CONTEMPLAR A CRISTO CON MARÍA

Recordar a Cristo con María

Comprender a Cristo desde María

Configurarse a Cristo con María

ROSARIUM VIRGINIS MARIAE, puntos 13,14,15 

MISTERIOS DE DOLOR

  ROSARIUM VIRGINIS MARIAE, punto 22 

MARÍA EN EXPERIENCIA ESPIRITUAL DE LA IGLESIA

Resumen  de  la quinta de las Audiencias dedicadas a la "Catequesis Mariana". 15 de noviembre de 1995.

CONTEMPLAR A CRISTO CON MARÍA
 

Recordar a Cristo con María

La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. La Biblia es narración de acontecimientos salvíficos, que tienen su culmen en el propio Cristo. Estos acontecimientos no son solamente un 'ayer'; son también el 'hoy' de la salvación. Esta actualización se realiza en particular en la Liturgia: lo que Dios ha llevado a cabo hace siglos no concierne solamente a los testigos directos de los acontecimientos, sino que alcanza con su gracia a los hombres de cada época. Esto vale también, en cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos: «hacer memoria» de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección.

Por esto, mientras se reafirma con el Concilio Vaticano II que la Liturgia, como ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo y culto público, es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza»,15 también es necesario recordar que la vida espiritual « no se agota sólo con la participación en la sagrada Liturgia. El cristiano, llamado a orar en común, debe no obstante, entrar también en su interior para orar al Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6); más aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5, 17) ».16 El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración 'incesante', y si la Liturgia, acción de Cristo y de la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia.
RVM, 13.  

Comprender a Cristo desde María

Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de 'comprenderle a Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.

El primero de los 'signos' llevado a cabo por Jesús –la transformación del agua en vino en las bodas de Caná– nos muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje.

Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la fe»,17 en la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: « He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra » (Lc 1, 38).
RVM, 14.  

Configurarse a Cristo con María

La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27).

En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto».18

Además, mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro supereminente y completamente singular»,19 es al mismo tiempo 'Madre de la Iglesia'. Como tal 'engendra' continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la Iglesia.

El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo».20 Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal: Totus tuus.21 Un lema, como es sabido, inspirado en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort, que explicó así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo».22 De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo!
RVM, 15.  
 
Misterios de dolor 

 

Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42 par.). Este «sí» suyo cambia el «no» de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo!

En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Los misterios de dolor llevan el creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora.
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE, punto 22 

María en la experiencia espiritual de la Iglesia

 
 
Después de haber comentado en las catequesis anteriores la consolidación de la reflexión de la comunidad cristiana desde sus orígenes sobre la figura y el papel de la Virgen en la historia de la salvación, nos detenemos hoy a meditar en la experiencia mariana de la Iglesia.

El desarrollo de la reflexión mariológica y del culto a la Virgen en el decurso de los siglos ha contribuido a poner cada vez más de relieve la dimensión mariana de la Iglesia. Ciertamente, la Virgen Santísima está totalmente referida a Cristo, fundamento de la fe y de la experiencia eclesial, y a él conduce. Por eso, obedeciendo a Jesús, que reservó a su Madre un papel completamente especial en la economía de la salvación, los cristianos han venerado, amado y orado a María de manera particularísima e intensa. Le han atribuido una posición de relieve en la fe y en la piedad, reconociéndola como camino privilegiado hacia Cristo, mediador supremo.

La dimensión mariana de la Iglesia constituye así un elemento innegable en la experiencia del pueblo cristiano. Esa dimensión se revela en numerosas manifestaciones de la vida de los creyentes, testimoniando el lugar que ha asumido María en su corazón. No se trata de un sentimiento superficial, sino de un vínculo afectivo profundo y consciente, arraigado en la fe, que impulsa a los cristianos de ayer y de hoy a recurrir habitualmente a María, para entrar en una comunión más íntima con Cristo.
 
(...) El pueblo de Dios, bajo la guía de sus pastores, está llamado a discernir en este hecho la acción del Espíritu Santo, que ha impulsado la fe cristiana por el camino del descubrimiento del rostro de María. Es Él quien obra maravillas en los lugares de piedad mariana. Es Él quien, estimulando el conocimiento y el amor a María, conduce a los fieles a la escuela de la Virgen del Magnificat, para aprender a leer los signos de Dios en la historia y a adquirir la sabiduría que convierte a todo hombre y a toda mujer en constructores de una nueva humanidad.

Resumen Audiencia "La Virgen María en la experiencia espiritual de la Iglesia".  Esta fue la quinta de las Audiencias dedicadas a la "Catequesis Mariana". 15 de noviembre de 1995.

REDEMPTORIS MATER - Punto 5
      
María, Madre de Cristo, está unida de un modo particular a la Iglesia 
El Concilio Vaticano II, presentando a María en el misterio de Cristo, encuentra también, de este modo, el camino para profundizar en el conocimiento del misterio de la Iglesia. En efecto, María, como Madre de Cristo, está unida de modo particular a la Iglesia, « que el Señor constituyó como su Cuerpo ».11 El texto conciliar acerca significativamente esta verdad sobre la Iglesia como cuerpo de Cristo (según la enseñanza de las Cartas paulinas) a la verdad de que el Hijo de Dios « por obra del Espíritu Santo nació de María Virgen ». La realidad de la Encarnación encuentra casi su prolongación en el misterio de la Iglesia-cuerpo de Cristo. Y no puede pensarse en la realidad misma de la Encarnación sin hacer referencia a María, Madre del Verbo encarnado.

En las presentes reflexiones, sin embargo, quiero hacer referencia sobre todo a aquella « peregrinación de la fe », en la que « la Santísima Virgen avanzó », manteniendo fielmente su unión con Cristo.12 De esta manera aquel doble vínculo, que une la Madre de Dios a Cristo y a la Iglesia, adquiere un significado histórico. No se trata aquí sólo de la historia de la Virgen Madre, de su personal camino de fe y de la « parte mejor » que ella tiene en el misterio de la salvación, sino además de la historia de todo el Pueblo de Dios, de todos los que toman parte en la misma peregrinación de la fe.

Esto lo expresa el Concilio constatando en otro pasaje que María « precedió », convirtiéndose en « tipo de la Iglesia ... en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo ».13 Este « preceder » suyo como tipo, o modelo, se refiere al mismo misterio íntimo de la Iglesia, la cual realiza su misión salvífica uniendo en sí —como María— las cualidades de madre y virgen. Es virgen que « guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo » y que « se hace también madre ... pues ... engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios ».14

(Redemptoris Mater, 5)

25 ANIVERSARIO DEL PONTIFICADO 

        ORACIÓN DEL SANTO PADRE AL CONCLUIR LA HOMILÍA DE LA SANTA MISA CELEBRADA EN PLAZA DE SAN PEDRO, EN ACCIÓN DE GRACIAS POR EL 25 ANIVERSARIO DE SU PONTIFICADO.

16 DE OCTUBRE DE 2003

A ti, Señor Jesucristo,
Único Pastor de la Iglesia,
ofrezco los frutos de estos 25 años de ministerio
al servicio del pueblo que me has confiado.
Perdona el mal realizado y multiplica el bien:
Todo es obra tuya y sólo a Ti se debe la gloria.

Con plena confianza en tu misericordia,
Te vuelvo a presentar nuevamente hoy a aquellos que años atrás
has confiado a mis cuidados pastorales.
Consérvalos en el amor, reúnelos en tu rebaño,
toma sobre tus espaldas a los débiles,
cura a los heridos, cuida a los fuertes.

Que Tú seas su Pastor, para que no se dispersen.
Protege a la querida Iglesia que está en Roma
y las Iglesias del mundo entero.
Inunda con la luz y la potencia de tu Espíritu
a cuantos has puesto a la cabeza de tu grey:
que cumplan con arrojo su misión
de guías, maestros y santificador! es,
en la espera de tu retorno glorioso.

Te renuevo, por las manos de María, Madre amada,
el don de mí mismo, del presente y del futuro:
que todo se cumpla según tu voluntad.
Pastor Supremo, quédate en medio de nosotros,
para que podamos contigo avanzar seguros,
hacia la casa del Padre. ¡Amén!

DIOS TE AMA - Juan Pablo II 
 

- La mayor prueba del amor de Dios se manifiesta en el hecho de que nos ama en nuestra condición humana, con nuestras debilidades y nuestras necesidades. Ninguna otra razón puede explicar el misterio de la cruz.

- Ser cristianos no es, primariamente, asumir una infinidad de compromisos y obligaciones, sino dejarse amar por Dios.

- Gracias al amor y misericordia de Cristo, no hay pecado, por grande que sea, que no pueda ser perdonado, no hay pecador que sea rechazado. Toda persona que se arrepiente será recibida por Jesucristo con perdón y amor inmenso.

- El amor de Dios hacia nosotros, como Padre nuestro, es un amor fuerte y fiel, un amor lleno de misericordia, un amor que nos hace capaces de esperar la gracia de la conversión después de haber pecado.

- El hombre tiene íntima necesidad de encontrarse con la misericordia de Dios hoy más que nunca, para sentirse radicalmente comprendido en la debilidad de su naturaleza herida; y sobre todo para hacer la experiencia espiritual de ese amor que acoge, vivifica y resucita a la vida nueva.

- En vuestras dificultades, en los momentos de prueba y desaliento, cuando parece que toda dedicación está como vacía de interés y de valor, ¡tened presente que Dios conoce vuestros afanes! ¡Dios os ama uno por uno, está cercano a vosotros, os comprende! Confiad en Él, y en esta certeza encontrad el coraje y la alegría para cumplir con amor y con gozo vuestro deber.

- Volved a encontrar el camino que lleva a Dios. No a un Dios cualquiera, sino al Dios que se ha manifestado Padre en el rostro amabilísimo de Jesús de Nazaret. Recordad ciertamente el abrazo tierno y afectuoso del Padre cuando vuelve a encontrar al hijo «pródigo». Dios ama el primero. Si os dejáis encontrar por Él, vuestro corazón hallará la paz. Será fácil responder a su amor con amor. Para entender, basta pensar en Jesús sobre la cruz y en el ladrón crucificado con Él, a su lado. Jesús le aseguró: «Hoy estarás conmigo en el paraíso.»

- No olvidéis que el Señor escucha vuestra oración. En el silencio de la cárcel, incluso cuando os invade la melancolía y os sentís oprimidos por la amargura de la incomprensión y el abandono, nada puede impediros que abráis el corazón a la oración y al diálogo con Dios, que conoce la verdad de la vida de cada uno y puede repetir a quien le confía su propia pena e implora su ayuda: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más. »

- Dios ama a todos sin distinción y sin límites. Ama a aquellos de vosotros que sois ancianos, a quienes sentís el peso de los años. Ama a cuantos estáis enfermos, a cuantos sufrís de sida o de enfermedades relacionadas con el sida. Ama a los parientes y amigos de los enfermos, y a quienes los cuidan. Nos ama a todos con un amor incondicional y eterno.

- Puede acaso una mujer olvidarse de su hijo pequeño, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaría.» El amor de Dios es tierno y misericordioso, paciente y lleno de comprensión. En la Sagrada Escritura, así como en la memoria viva de la Iglesia, el amor de Dios es ciertamente descrito, y ha sido experimentado, como el amor compasivo de una madre.

- Cristo invita a sus oyentes a poner su esperanza en el cuidado amoroso del Padre: «No andéis preocupados por lo que comeréis o beberéis; no os preocupéis... Vuestro Padre sabe muy bien que tenéis necesidad de ello. Buscad, más bien, el reino de Dios.»

- La paz viene cuando aprendemos a descansar en la providencia amorosa de Dios, sabiendo que el deseo de este mundo pasa, y que solamente su reino perdura. Poner nuestro corazón en las cosas que duran es estar en paz con nosotros mismos.

- «Dios es amor.» Por tanto, cada uno puede dirigirse a Él con la confianza de ser amado por Él.

- El amor de Dios es un amor gratuito, que se adelanta a la espera y a la necesidad del hombre. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó.» Nos ha amado primero, ha tomado la iniciativa. Esta es la gran verdad que ilumina y explica todo lo que Dios ha realizado y realiza en la historia de la salvación.

- Desde siempre, Dios ha pensado en nosotros y nos ha amado como personas únicas. A cada uno de nosotros nos conoce por nuestro nombre, como el Buen Pastor del Evangelio. Pero el proyecto de Dios sobre cada uno de nosotros se revela gradualmente, día tras día, en el corazón de la vida. Para descubrir la voluntad concreta del Señor sobre nuestra vida, hay que escuchar la Palabra de Dios, rezar, compartir nuestros interrogantes y nuestros descubrimientos con los otros, a fin de discernir los dones recibidos y hacerlos producir.

- El amor de Dios hacia los hombres no conoce límites, no se detiene ante ninguna barrera de raza o de cultura: es universal, es para todos. Sólo pide disponibilidad y acogida; sólo exige un terreno humano para fecundar, hecho de conciencia honrada y de buena voluntad.

Pensamientos de Juan Pablo II, extraídos del Libro "Orar" . Capitulo "Dios te ama".

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