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EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 129

 

Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!:

 Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

Llévanos de la mano y  acompáñanos durante esta Cuaresma  hacia la Pascua para poder contemplar al Señor Jesucristo Resucitado

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

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LA LITURGIA DEL DOMINGO DE RAMOS

Pone en boca de los cristianos este cántico: levantad, puertas, vuestros dinteles; levantaos, puertas antiguas, para que entre el Rey de la gloria. El que se queda recluido en la ciudadela del propio egoísmo no descenderá al campo de batalla. Sin embargo, si levanta las puertas de la fortaleza y permite que entre el Rey de la paz, saldrá con El a combatir contra toda esa miseria que empaña los ojos e insensibiliza la conciencia.

Levantad las puertas antiguas. Esta exigencia de combate no es nueva en el cristianismo. Es la verdad perenne. Sin lucha, no se logra la victoria; sin victoria, no se alcanza la paz. Sin paz, la alegría humana será sólo una alegría aparente, falsa, estéril, que no se traduce en ayuda a los hombres, ni en obras de caridad y de justicia, de perdón y de misericordia, ni en servicio de Dios.

Ahora, dentro y fuera de la Iglesia, arriba y abajo, da la impresión de que muchos han renunciado a la lucha —a esa guerra personal contra las propias claudicaciones—, para entregarse con armas y bagaje a servidumbres que envilecen el alma. Ese peligro nos acechará siempre a todos los cristianos.

Por eso, es preciso acudir insistentemente a la Trinidad Santísima, para que tenga compasión de todos. Al hablar de estas cosas, me estremece referirme a la justicia de Dios. Acudo a su misericordia, a su compasión, para que no mire nuestros pecados, sino los méritos de Cristo y los de su Santa Madre, que es también Madre nuestra, los del Patriarca San José que le hizo de Padre, los de los Santos.

El cristiano puede vivir con la seguridad de que, si desea luchar, Dios le cogerá de su mano derecha, como se lee en la Misa de esta fiesta. Jesús, que entra en Jerusalén cabalgando un pobre borrico, Rey de paz, es el que dijo: el reino de los cielos se alcanza a viva fuerza, y los que la hacen son los que lo arrebatan. Esa fuerza no se manifiesta en violencia contra los demás: es fortaleza para combatir las propias debilidades y miserias, valentía para no enmascarar las infidelidades personales, audacia para confesar la fe también cuando el ambiente es contrario.

Hoy, como ayer, del cristiano se espera heroísmo. Heroísmo en grandes contiendas, si es preciso. Heroísmo —y será lo normal— en las pequeñas pendencias de cada jornada. Cuando se pelea de continuo, con Amor y de este modo que parece insignificante, el Señor está siempre al lado de sus hijos, como pastor amoroso: Yo mismo apacentaré mis ovejas. Yo mismo las llevaré a la majada. Buscaré la oveja perdida, traeré la extraviada, vendaré a la que esté herida, curaré a las enfermas... Habitarán en su tierra en seguridad, y sabrán que yo soy Yavé, cuando rompa las coyundas de su yugo y las arranque de las manos de los que las esclavizaron.

San Josemaría, Es Cristo que pasa. Lucha interior, punto 82

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¡Ave María, Mujer humilde, bendecida por el Altísimo!
Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos, nosotros nos unimos a tu cántico de alabanza
para celebrar las misericordias del Señor,para anunciar la venida del Reino y la plena liberación del hombre.

¡Ave María, humilde sierva del Señor, gloriosa Madre de Cristo!
Virgen fiel, morada santa del Verbo, enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la voz del Espíritu Santo, atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.

¡Ave María, Mujer del dolor,
Madre de los vivientes!
Virgen Esposa ante la Cruz, Eva nueva, sed nuestra guía por los caminos del mundo, enséñanos a vivir y a difundir el amor de Cristo, a detenernos contigo ante las innumerables cruces en las que tu Hijo aún está crucificado.

¡Ave María, Mujer de la fe,
primera entre los discípulos!

Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que habita en nosotros, confiando en la bondad del hombre y en el Amor del Padre. Enséñanos a construir el mundo desde adentro: en la profundidad del silencio y de la oración, en la alegría del amor fraterno, en la fecundidad insustituible de la Cruz.

Santa María, Madre de los creyentes, Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros.

(Juan Pablo II, Santuario de Lourdes el 14 de agosto de 2004..

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EUCARISTÍA E IGLESIA

Gracias al Concilio nos hemos dado cuenta, con mayor claridad, de esta verdad: como la Iglesia «hace la Eucaristía» así «la Eucaristía construye» la Iglesia; esta verdad está estrechamente unida al misterio del Jueves Santo.
 
La Iglesia ha sido fundada, en cuanto comunidad nueva del Pueblo de Dios, sobre la comunidad apostólica de los Doce que, en la Última Cena, han participado del Cuerpo y de la Sangre del Señor bajo las especies del pan y del vino. Cristo les había dicho: «tomad y comed» ... «tomad y bebed». Y ellos, obedeciendo este mandato, han entrado por primera vez en comunión sacramental con el Hijo de Dios, comunión que es prenda de vida eterna. Desde aquel momento hasta el fin de los siglos, la Iglesia se construye mediante la misma comunión con el Hijo de Dios, que es prenda de la Pascua eterna. 
 
La Iglesia se realiza cuando en aquella unión y comunión fraternas, celebramos el sacrificio de la Cruz de Cristo, cuando anunciamos «la muerte del Señor hasta que El venga» Y luego cuando, compenetrados profundamente en el misterio de nuestra salvación, nos acercamos comunitariamente a la mesa del Señor, para nutrirnos sacramentalmente con los frutos del Santo Sacrificio propiciatorio. En la Comunión eucarística recibimos pues a Cristo, a Cristo mismo; y nuestra unión con El, que es don y gracia para cada uno, hace que nos asociemos en Él a la unidad de su Cuerpo, que es la Iglesia.
 
Solamente de esta manera, mediante tal fe y disposición de ánimo, se realiza esa construcción de la Iglesia, que, según la conocida expresión del Concilio Vaticano II, halla en la Eucaristía la «fuente y cumbre de toda la vida cristiana».Esta verdad, que por obra del mismo Concilio ha recibido un nuevo y vigoroso relieve, debe ser tema frecuente de nuestras reflexiones y de nuestra enseñanza. En esta praxis ha de revelarse, casi a cada paso, aquella estrecha relación que hay entre la vitalidad espiritual y apostólica de la Iglesia y la Eucaristía, entendida en su significado profundo y bajo todos los puntos de vista. 

DOMINICAE CENAE - Sobre el misterio y el culto de la Eucaristía - 24-2-1980, punto 4 

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

El próximo 19 de marzo celebraremos la Solemnidad de San José, aquel de quien el Padre Celestial quiso hacer, en la tierra, el hombre de su confianza. En la Exhortación Apostólica Redemptoris Custos Juan Pablo II escribió:

 "....Durante su vida, que fue una peregrinación en la fe, José, al igual que María, permaneció fiel a la llamada de Dios hasta el final. La vida de Ella fue el cumplimiento hasta sus últimas consecuencias de aquel primer «fiat» pronunciado en el momento de la Anunciación, mientras que José en el momento de su «Anunciación» no pronunció palabra alguna. Simplemente «hizo como el Ángel del Señor le había mandado» (Mateo 1, 24). Y este primer «hizo» es el comienzo del «camino de José»...  José hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer» (Mateo 1,24); lo que en ella había sido engendrado «es del Espíritu Santo». A la vista de estas expresiones, ¿no habrá que concluir que también su amor como hombre ha sido regenerado por el Espíritu Santo? ¿No habrá que pensar que el Amor de Dios, que ha sido derramado en el corazón humano por medio del Espíritu Santo (cf. Romanos 5,5) configura de modo perfecto el amor humano?… Mediante el sacrificio total de sí mismo José expresa su generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole «don esponsal de sí». Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el plan de Dios que se estaba realizando en Ella, José, por expresa orden del Ángel, la retiene consigo y respeta su pertenencia exclusiva a Dios..."

Al día siguiente, el Domingo de Ramos, comenzamos la semana de la Pasión del Señor en la que nuestro pensamiento y nuestro corazón estarán fijos en la Cruz, que es la Cruz de nuestra fe y de nuestra esperanza, la Cruz de la Redención del hombre y del mundo. 

Al comenzar la meditación del Ängelus del Domingo 18 de abril de 1981 Juan Pablo II expresaba lo siguiente:

Durante la celebración de la liturgia de este Domingo de Ramos, todos nosotros hemos oído las voces que nos llegan a través de los siglos y las generaciones: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!" (Mc 11, 9-10). Hemos oído estas voces y las hemos repetido confesando nuestra fe en el Mesías, el Ungido de Dios.

Pero he aquí que de la misma parte del mundo, de la misma ciudad, ante la perspectiva de la Semana Santa nos llegan otras voces y otros gritos que contienen en sí la condena a muerte: "¡Crucifícalo, crucifícalo!" (Jn 19, 6).

Por tanto hoy, mientras en la oración del "Angelus" profesamos como siempre que el Verbo se hizo carne y vino a habitar entre nosotros (cf. Jn 1, 14), miramos con grandísimo amor al mismo Verbo que está ante nosotros cual "varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro" (Is 53, 3).

Le invitamos a descargar gratuitamente dos libros digitales con lecturas y meditaciones de Semana Santa: 

"EL ESPÍRITU SANTO EN EL MISTERIO DE LA CRUZ".

http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=32

"MEDITACIONES DE SEMANA SANTA"

http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=33

Pidamos al  Espíritu Santo, por intercesión de María, Madre del Redentor y de San José, que nos conceda a todos abrir nuestro corazón al don de su gracia, para que continuemos emprendiendo un camino de radical renovación interior, y de esa forma podamos participar con nueva madurez en el misterio pascual de Cristo, nuestro único Redentor.

Marisa y Eduardo

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

JESUCRISTO, AUTOR DE NUESTRA FE

Ángelus, Meditación del  Domingo de Ramos, 8 de abril de 1979 

LA FIGURA EVANGÉLICA DE SAN JOSE

Audiencia general del miércoles 19 de marzo de 1980

 JESUCRISTO, AUTOR DE NUESTRA FE

 
 
 
Amadísimos hermanos y hermanas:
 

"Autor de nuestra fe" (cf. Heb 12, 2); con estas palabras tomadas de la Carta a los hebreos, nos dirigimos a Cristo, al comienzo de la Semana Santa. La Semana de la Pasión del Señor nos lleva a las fuentes mismas de nuestra fe. Cristo mismo es esta fuente. Él es quien adquirió de modo absoluto nuestra salvación precisamente a través de la Cruz:

 

-Por el hecho de haber aceptado el testamento de Getsemaní y del Calvario.

-Por el hecho de que fue atado, juzgado, flagelado, coronado de espinas.

-Por el hecho de que fue condenado y cayó bajo el peso de la Cruz. ¿Y qué decir del terrible tormento de la agonía en la Cruz?

 

Sigamos las huellas de sus sufrimientos, detengámonos con la máxima atención en cada una de las palabras que pronunció: en el Cenáculo, en el huerto de Getsemaní, ante el Sanedrín, delante de Pilato y, finalmente, en la Cruz. Hay una cohesión sorprendente en todo esto: la unidad del testimonio, de la misión.

 

Nos habla precisamente de este abajamiento, este anonadamiento: la kénosis. Conquista nuestros corazones para la verdad que ha enseñado. Quizá no los habría conquistado si no la hubiese confirmado con este testimonio. Creemos que Él es el Hijo de Dios, precisamente porque así, hasta el fin, se nos ha revelado como el Hijo del hombre.

2. Él nos ha hablado de Dios, y quizá con esa única frase de la oración de Getsemaní, o con las Siete Palabras pronunciadas en la Cruz, nos ha dicho quién es Dios más aún que en todo el Evangelio.

La Revelación de Dios es penetrante precisamente por el hecho de que Él, "existiendo en forma de Dios... se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz" (Flp 2, 6-8).

 Justicia, Amor, Misericordia serían conceptos sin un contenido último y definitivo, si no hubiera existido esta Pasión y esta Cruz.

Era necesaria la revelación de esta "debilidad" extrema de Dios, para que se pudiera manifestar su Poder. Era necesario que en la historia de la humanidad ocurriera la "muerte de Dios", para que Él pudiera permanecer en nuestras almas como fuente de la Vida "que salte hasta la vida eterna" (Jn 4, 14).

3. Estos son los pensamientos con los que hoy nos dirigimos a Cristo, llamándolo "Autor de nuestra fe".

Con estos pensamientos comenzamos hoy, Domingo de Ramos, la Semana Santa, y deseamos vivirla durante todos estos días y particularmente durante el Triduo Sagrado

    

LA FIGURA EVANGÉLICA DE SAN JOSE

 

Queridos hermanos y hermanas:    

 
Dedicamos nuestro encuentro de hoy, 19 de marzo, a aquel a quien la Iglesia, en este día, según una tradición antiquísima, rodeó con la veneración debida a los más grandes santos.
 
El 19 de marzo es la Solemnidad de San José, el esposo de María Santísima, Madre de Cristo. Ya en el siglo X encontramos señalada esta festividad en varios calendarios. El Papa Sixto IV la puso en el calendario de la Iglesia de Roma a partir del año 1479. En 1621 se inserta en el calendario de la Iglesia universal.
 
Fijémonos hoy en esta figura tan querida y cercana al corazón de la Iglesia, a cada uno y a todos los que tratan de conocer los caminos de la salvación, y de caminar por ellos en su vida terrena. La meditación de hoy nos prepara a la oración, a fin de que, reconociendo las grandes obras de Dios en aquel a quien confió sus misterios, busquemos en nuestra vida personal el reflejo vivo de estas obras para cumplirlas con la fidelidad, la humanidad y la nobleza de corazón que fueron propias de San José.
 
«José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21).
 
Encontramos estas palabras en el capítulo primero del Evangelio de San Mateo. Ellas sobre todo en la segunda parte son muy semejantes a las que escuchó María en el momento de la Anunciación. Dentro de unos días el 25 de marzo recordaremos en la liturgia de la Iglesia el momento en que esas palabras fueron dichas en Nazaret «a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María» (Lc 1,27).
 
Seguidamente, Mateo hace notar de nuevo que, después de las nupcias de María con José, «antes de que conviviesen, se halló haber concebido María del Espíritu Santo» (Mt 1,18).
 
Así, pues, se realizó en María el misterio que había tenido su comienzo en el momento de la Anunciación, en el momento en que la Virgen respondió a las palabras de Gabriel: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).
 
A medida que el misterio de la maternidad de María se revelaba a la conciencia de José, él, «siendo justo, no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto» (Mt 1,19), así dice la descripción de Mateo.
 
Y precisamente entonces, José, esposo de María y ya su marido ante la ley, recibe su «Anunciación» personal.
 
Oye durante la noche las palabras que hemos citado antes, las palabras, que son explicación y al mismo tiempo invitación de parte de Dios: «no temas recibir en tu casa a María» (Mt 1,20).
 
Al mismo tiempo, Dios confía a José el misterio, cuyo cumplimiento habían esperado desde hacía muchas generaciones la estirpe de David y toda la «casa de Israel», y a la vez le confía todo aquello de lo que depende la realización de este misterio en la historia del Pueblo de Dios.
 
Desde el momento en que estas palabras llegaron a su conciencia, José se convierte en el hombre de la elección divina: el hombre de una particular confianza. Se define su puesto en la historia de la salvación. José entra en este puesto con la sencillez y humildad, en las que se manifiesta la profundidad espiritual del hombre; y él lo llena completamente con su vida.
 
«Al despertar José de su sueño leemos en Mateo, hizo como el Ángel del Señor le había mandado» (Mt 1,24). En estas pocas palabras está todo. Toda la decisión de la vida de José y la plena característica de su santidad. «Hizo». José, al que conocemos por el Evangelio, es hombre de acción.
 
Es hombre de trabajo. El Evangelio no ha conservado ninguna palabra suya. En cambio, ha descrito sus acciones: acciones sencillas, cotidianas, que tienen a la vez el significado límpido para la realización de la promesa divina en la historia del hombre; obras llenas de la profundidad espiritual y de la sencillez madura.
 
Así es la actividad de José, así son sus obras, antes de que le fuese revelado el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que el Espíritu Santo había obrado en su Esposa. Así es también la obra ulterior de José cuando sabiendo ya el misterio de la maternidad virginal de María permanece junto a Ella en el período precedente al nacimiento de Jesús, y sobre todo en las circunstancias de la Navidad.
 
Luego vemos a José en el momento de la presentación en el templo y de la llegada de los Reyes Magos de Oriente. Poco después comienza el drama de los recién nacidos en Belén. José es llamado de nuevo e instruido por la voz de lo Alto sobre cómo debe comportarse y emprende la huida a Egipto con la Madre y el Niño.
 
Después de un breve tiempo, el retorno a la Nazaret natal. Finalmente, allí encuentra su casa y su taller, adonde hubiera vuelto antes si no se lo hubiesen impedido las atrocidades de Herodes. Cuando Jesús tiene doce años, va con él y con María a Jerusalén.
 
En el templo de Jerusalén, después que los dos encontraron a Jesús perdido, José oye estas misteriosas palabras: «¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49). Así hablaba el niño de doce años, y José, lo mismo que María, saben bien de Quién habla.
 
No obstante, en la casa de Nazaret, Jesús les estaba sumiso (cf. Lc 2,51): a los dos, a José y a María, tal como un hijo está sumiso a sus padres. Pasan los años de la vida oculta de la Sagrada Familia de Nazaret. El Hijo de Dios enviado por el Padre está oculto para el mundo, oculto para todos los hombres, incluso para los más cercanos. Sólo María y José conocen su misterio. Viven en su círculo. Viven este misterio cada día. El Hijo del Eterno Padre pasa, ante los hombres, por hijo de ellos; por «el hijo del carpintero» (Mt 13,55). Al comenzar el tiempo de su misión pública, Jesús recordará, en la sinagoga de Nazaret, las palabras de Isaías que en aquel momento se cumplían en Él, y los vecinos y los paisanos dirán: «¿No es el hijo de José?» (cf. Lc 4,16-22). El Hijo de Dios, el Verbo Encarnado, durante los treinta años de la vida terrena permaneció oculto: se ocultó a la sombra de José.
 
Al mismo tiempo, María y José permanecieron escondidos en Cristo, en su misterio y en su misión. Particularmente José, que como se puede deducir del Evangelio dejó el mundo antes de que Jesús se revelase a Israel como Cristo, y permaneció oculto en el misterio de aquel a quien el Padre Celestial le había confiado cuando todavía estaba en el seno de la Virgen, cuando le había dicho por medio del ángel: «No temas recibir en tu casa a María, tu esposa» (Mt 1,20).
 
Eran necesarias almas profundas como Santa Teresa de Jesús y los ojos penetrantes de la contemplación para que pudiesen ser revelados los espléndidos rasgos de José de Nazaret: aquel de quien el Padre Celestial quiso hacer, en la tierra, el hombre de su confianza.
 
Sin embargo, la Iglesia ha sido siempre consciente, y lo es hoy especialmente, de cuán fundamental ha sido la vocación de ese hombre: del esposo de María, de aquel que, ante los hombres, pasaba por el padre de Jesús y que fue, según el espíritu, una encarnación perfecta de la paternidad en la familia humana y al mismo tiempo sagrada.
 
Bajo esta luz, los pensamientos y el corazón de la Iglesia, su oración y su culto, se dirigen a José de Nazaret. Bajo esta luz, el apostolado y la pastoral encuentran en él un apoyo para ese amplio y simultáneamente fundamental campo que es la vocación matrimonial y de los padres, toda la vida en familia, llena de la solicitud sencilla y servicial del marido por la mujer, del padre y de la madre por los hijos la vida en la familia, en esa «Iglesia más pequeña» sobre la cual se construye cada una de las Iglesias.
 
La Iglesia, que, como sociedad del Pueblo de Dios, se llama a sí misma también la Familia de Dios, ve igualmente el puesto singular de San José en relación con esta gran Familia, y lo reconoce como su Patrono particular.
 
Esta meditación despierta en nosotros la necesidad de la oración por intercesión de aquel en quien el Padre celestial ha expresado, sobre la tierra, toda la dignidad espiritual de la paternidad. La meditación sobre su vida y las obras, tan profundamente ocultas en el misterio de Cristo y, a la vez, tan sencillas y límpidas, ayude a todos a encontrar el justo valor y la belleza de la vocación, de la que cada una de las familias humanas saca su fuerza espiritual y su santidad.

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