EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 127

 

Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!:

 Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

Llévanos de la mano y  acompáñanos durante la Semana Santa hacia la Pascua para poder contemplar al Señor Jesucristo Resucitado

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¡Ave María, Mujer humilde, bendecida por el Altísimo!
Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos, nosotros nos unimos a tu cántico de alabanza
para celebrar las misericordias del Señor,para anunciar la venida del Reino y la plena liberación del hombre.

¡Ave María, humilde sierva del Señor, gloriosa Madre de Cristo!
Virgen fiel, morada santa del Verbo, enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la voz del Espíritu Santo, atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.

¡Ave María, Mujer del dolor,
Madre de los vivientes!
Virgen Esposa ante la Cruz, Eva nueva, sed nuestra guía por los caminos del mundo, enséñanos a vivir y a difundir el amor de Cristo, a detenernos contigo ante las innumerables cruces en las que tu Hijo aún está crucificado.

¡Ave María, Mujer de la fe,
primera entre los discípulos!

Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que habita en nosotros, confiando en la bondad del hombre y en el Amor del Padre. Enséñanos a construir el mundo desde adentro: en la profundidad del silencio y de la oración, en la alegría del amor fraterno, en la fecundidad insustituible de la Cruz.

Santa María, Madre de los creyentes, Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros.

(Juan Pablo II, Santuario de Lourdes el 14 de agosto de 2004..

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EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA

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Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

Nos es grato informarle que en el día de hoy, Domingo de la cuarta semana de Cuaresma, hemos terminado de digitalizar el libro digital número 32 de la Biblioteca Digital "Virgo Fidelis", que lleva por título: EL ESPÍRITU SANTO EN EL MISTERIO DE LA CRUZ.

Al finalizar la Audiencia general del miércoles 1 de agosto de 1990, Juan Pablo II expresaba lo siguiente:

'El Espíritu Santo, como Amor y Don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio que se ofrece en la Cruz. Refiriéndonos a la tradición bíblica podemos decir: Él consuma este sacrificio con el fuego del Amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria. Y dado que el Sacrificio de la Cruz es un acto propio de Cristo, también en este sacrificio Él recibe el Espíritu Santo. Lo recibe de tal manera que después Él, solamente con Dios Padre, puede darlo a los Apóstoles, a la Iglesia y a la humanidad' (Dominum et vivificantem, 41 ) .

Es, pues, justo ver en el misterio del Sacrificio de la Cruz el momento conclusivo de la revelación del Espíritu Santo en la vida de Cristo.
Es el momento clave, en el cual halla su centro el acontecimiento de Pentecostés y toda la irradiación que emanará de él al mundo. El mismo 'Espíritu eterno' operante en el misterio de la cruz aparecerá entonces en el Cenáculo sobre las cabezas de los Apóstoles bajo la forma de 'lenguas como de fuego' para significar que penetraría gradualmente en las arterias de la historia humana mediante el servicio apostólico de la Iglesia. Estamos llamados a entrar también nosotros en el radio de acción de esta misteriosa potencia salvífica que parte de la Cruz y el Cenáculo, para ser atraídos, en Ella y por Ella, a la comunión de la Trinidad.

El contenido del libro "EL ESPÍRITU SANTO EN EL MISTERIO DE LA CRUZ" es el siguiente:

1 - EL ESPÍRITU SANTO EN EL MISTERIO DE LA CRUZ.

2 - LAS ÚLTIMAS PALABRAS DE CRISTO EN LA CRUZ.

3 - PRIMEROS SIGNOS DE LA FECUNDIDAD REDENTORA DE LA MUERTE DE CRISTO EN LA CRUZ.

4 - VÍA CRUCIS. Texto completo de las meditaciones y oraciones escritas de puño y letra por Juan Pablo II, para el rezo del Vía Crucis en el Coliseo en el Viernes Santo del Año 2000 (Año Santo).

Le invitamos a descargar gratuitamente el libro "EL ESPÍRITU SANTO EN EL MISTERIO DE LA CRUZ", desde la siguiente dirección.

http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=32

También puede leer on-line el contenido del libro, en la Biblioteca Digital "Mater Dei" en la siguiente dirección:

http://www.elcaminodemaria.com.ar/Newsletters/pafiledb.php?action=file&id=158

Hoy publicamos dos textos catequéticos del Santo Padre para meditar en compañia de María, Maestra de Contemplación: LA MATERNIDAD DE MARÍA OBTENIDA A LOS PIES DE LA CRUZ y "HE AHÍ A TU MADRE"

Pidamos al  Espíritu Santo, por intercesión de María, Madre del Redentor, y de San José, que nos conceda a todos abrir nuestro corazón al don de su gracia, para que sigamos emprendiendo en estas semanas un camino de radical renovación interior, y de esa forma podamos participar con nueva madurez en el misterio pascual de Cristo, nuestro único Redentor.

Marisa y Eduardo

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

LA MATERNIDAD DE MARÍA OBTENIDA A LOS PIES DE LA CRUZ

 Audiencia General del miércoles 11 de mayo  de 1983

"HE AHÍ A TU MADRE"

 Audiencia General del miércoles 7 de mayo de 1997

 Maternidad de María obtenida a los pies de la Cruz

 
 
 
Amadísimos hermanos y hermanas:
 
1. ''Jesús dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo el discípulo: He ahí a tu Madre" (Jn 19, 26 s).    En este Año Santo nos dirigimos con más fervor a María, porque un signo especialísimo de la reconciliación de la humanidad con Dios, ha sido la misión que a Ella se le confió en el Calvario, de ser la Madre de todos los redimidos.   
    
Las circunstancias en las que fue proclamada esta maternidad de María muestran la importancia que el Redentor le atribuía. En el momento mismo en que consumaba su sacrificio, Jesús dijo a la Madre esas palabras fundamentales: "Mujer, he ahí a tu hijo", y al discípulo: "He ahí a tu Madre" (Jn 19, 26-27). Y anota el Evangelista que, después de pronunciarlas, Jesús era consciente de que todo estaba cumplido. El don de la Madre era el don final que Él concedía a la humanidad como fruto de su sacrificio.
    
Se trata, pues, de un gesto que quiere coronar la obra redentora. Al pedir a María que trate al discípulo predilecto como a su hijo, Jesús le invita a aceptar el sacrificio de su muerte y, como precio de esta aceptación, le invita a asumir una nueva maternidad. Como Salvador de toda la humanidad, quiere dar a la maternidad de María la amplitud más grande. Por esto, elige a Juan como símbolo de todos los discípulos a los que Él ama, y hace comprender que el don de su Madre es el signo de una especial intención de amor, con la que abraza a todos los que desee atraer a Sí como discípulos, o sea. a todos los cristianos y a todos los hombres. Además, al dar a esta maternidad una forma individual, Jesús manifiesta la voluntad de hacer de María no simplemente la madre del conjunto de sus discípulos, sino de cada uno de ellos en particular, como si fuese su hijo único, que ocupa el puesto de su Unico Hijo.      
  
2. Esta maternidad universal, de orden espiritual, era la última consecuencia de la cooperación de María a la obra del Hijo divino, una cooperación que comienza en la trémula alegría de la Anunciación y se desarrolla hasta el dolor sin límites del Calvario. Esto es lo que el Concilio Vaticano II ha subrayado, al mostrar la misión a la que María ha sido destinada en la Iglesia: " Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó de forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia" (Lumen gentium, 61).
    
La maternidad de María en el orden de la gracia "continúa sin interrupción" hasta el fin del mundo, afirma el Concilio, que pone de relieve en particular la ayuda aportada por la Santísima Virgen a los hermanos de su Hijo en sus peligros y afanes (cf. Lumen gentium, 62). La mediación de María constituye una participación singular en la mediación única de Cristo, que, por lo mismo, no queda ofuscada ni en lo más mínimo, sino más bien queda como hecho central en toda la obra de la salvación.      
    
Por esto, la devoción a la Virgen no está en contraste con la devoción a su Hijo. Más aún, se puede decir que, al pedir al discípulo predilecto que tratara a María como a su Madre, Jesús fundó el culto mariano. Juan se dio prisa en cumplir la voluntad del Maestro: Desde aquel momento recibió en su casa a María, dándole muestras de un cariño filial, que correspondía al afecto materno de Ella, inaugurando así una relación de intimidad espiritual que contribuía a profundizar la relación con el Maestro, cuyos rasgos inconfundibles encontraba de nuevo en el rostro de la Madre. En el Calvario, pues, comenzó el movimiento de devoción mariana que luego no ha cesado de crecer en la comunidad cristiana.      
    
3. Las palabras que Cristo crucificado dirigió a su Madre y al discípulo predilecto, han dado una nueva dimensión a la condición religiosa de los hombres. La presencia de una Madre en la vida de la gracia es fuente de consuelo y alegría. En el rostro materno de María los cristianos reconocen una expresión particularísima del amor misericordioso de Dios, que, con la mediación de una presencia materna, hace comprender mejor su propia solicitud y bondad de Padre. María aparece como Aquella que atrae a los pecadores y les revela, con su simpatía e indulgencia, el don divino de reconciliación.
    
La maternidad de María no es solo individual. Tiene un valor colectivo que se manifiesta en el título de Madre de la Iglesia. Efectivamente, en el Calvario Ella se unió al sacrificio del Hijo que tendía a la formación de la Iglesia; su corazón materno compartió hasta el fondo la voluntad de Cristo de "reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 52). Habiendo sufrido por la Iglesia, María mereció convertirse en la Madre de todos los discípulos de su Hijo, la Madre de su unidad. Por esto. el Concilio afirma que "la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, la venera, como a Madre amantísima, con afecto de piedad filial" (Lumen gentium, 53).      
    
La Iglesia reconoce en Ella una Madre que vela por su desarrollo y que no cesa de interceder ante el Hijo para obtener a los cristianos disposiciones más profundas de fe, esperanza y amor. María trata de favorecer lo más posible la unidad de los cristianos, porque una madre se esfuerza por asegurar el acuerdo entre sus hijos. No hay un corazón ecuménico más grande, ni más ardiente, que el de María.
     
La Iglesia recurre a esta Madre perfecta en todas sus dificultades; le confía sus proyectos, porque, al rezarle y amarla, sabe que responde al deseo manifestado por el Salvador en la cruz, y está segura de no quedar defraudada en sus invocaciones.
  

    

"HE AHI A TU MADRE"

 

Queridos hermanos y hermanas:    

 
1. Jesús, después de haber confiado el discípulo Juan a María con las palabras: «Mujer, he ahí a tu hijo», desde lo alto de la cruz se dirige al discípulo amado, diciéndole: «He ahí a tu madre» (Jn 19,26-27). Con esta expresión, revela a María la cumbre de su maternidad: en cuanto madre del Salvador, también es la madre de los redimidos, de todos los miembros del Cuerpo místico de su Hijo.
La Virgen acoge en silencio la elevación a este grado máximo de su maternidad de gracia, habiendo dado ya una respuesta de fe con su «sí» en la Anunciación.
Jesús no sólo recomienda a Juan que cuide con particular amor de María; también se la confía, para que la reconozca como su propia madre.
Durante la última Cena, «el discípulo a quien Jesús amaba» escuchó el mandamiento del Maestro: «Que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12) y, recostando su cabeza en el pecho del Señor, recibió de él un signo singular de amor. Esas experiencias lo prepararon para percibir mejor en las palabras de Jesús la invitación a acoger a la mujer que le fue dada como madre y a amarla como él con afecto filial.
Ojalá que todos descubran en las palabras de Jesús: «He ahí a tu Madre», la invitación a aceptar a María como madre, respondiendo como verdaderos hijos a su amor materno.
 
2. A la luz de esta consigna al discípulo amado, se puede comprender el sentido auténtico del culto mariano en la comunidad eclesial, pues ese culto sitúa a los cristianos en la relación filial de Jesús con su Madre, permitiéndoles crecer en la intimidad con ambos.
El culto que la Iglesia rinde a la Virgen no es sólo fruto de una iniciativa espontánea de los creyentes ante el valor excepcional de su persona y la importancia de su papel en la obra de la salvación; se funda en la voluntad de Cristo.
Las palabras: «He ahí a tu Madre» expresan la intención de Jesús de suscitar en sus discípulos una actitud de amor y confianza en María, impulsándolos a reconocer en ella a su madre, la madre de todo creyente.
En la escuela de la Virgen, los discípulos aprenden, como Juan, a conocer profundamente al Señor y a entablar una íntima y perseverante relación de amor con él. Descubren, además, la alegría de confiar en el amor materno de María, viviendo como hijos afectuosos y dóciles.
La historia de la piedad cristiana enseña que María es el camino que lleva a Cristo y que la devoción filial dirigida a ella no quita nada a la intimidad con Jesús; por el contrario, la acrecienta y la lleva a altísimos niveles de perfección.
Los innumerables santuarios marianos esparcidos por el mundo testimonian las maravillas que realiza la gracia por intercesión de María, Madre del Señor y Madre nuestra.
Al recurrir a ella, atraídos por su ternura, también los hombres y las mujeres de nuestro tiempo encuentran a Jesús, Salvador y Señor de su vida.
Sobre todo los pobres, probados en lo más íntimo, en los afectos y en los bienes, encontrando refugio y paz en la Madre de Dios, descubren que la verdadera riqueza consiste para todos en la gracia de la conversión y del seguimiento de Cristo.
 
3. El texto evangélico, siguiendo el original griego, prosigue: «Y desde aquella hora el discípulo la acogió entre sus bienes» (Jn 19,27), subrayando así la adhesión pronta y generosa de Juan a las palabras de Jesús, e informándonos sobre la actitud que mantuvo durante toda su vida como fiel custodio e hijo dócil de la Virgen.
La hora de la acogida es la del cumplimiento de la obra de salvación. Precisamente en ese contexto, comienza la maternidad espiritual de María y la primera manifestación del nuevo vínculo entre ella y los discípulos del Señor.
Juan acogió a María «entre sus bienes». Esta expresión, más bien genérica, pone de manifiesto su iniciativa, llena de respeto y amor, no sólo de acoger a María en su casa, sino sobre todo de vivir la vida espiritual en comunión con ella.
En efecto, la expresión griega, traducida al pie de la letra «entre sus bienes», no se refiere a los bienes materiales, dado que Juan -como observa San Agustín(134)- «no poseía nada propio», sino a los bienes espirituales o dones recibidos de Cristo: la gracia (Jn 1,16), la Palabra (Jn 12,48; 17,8), el Espíritu (Jn 7,39; 14,17), la Eucaristía (Jn 6,32-58)... Entre estos dones, que recibió por el hecho de ser amado por Jesús, el discípulo acoge a María como madre, entablando con ella una profunda comunión de vida.
Ojalá que todo cristiano, a ejemplo del discípulo amado, «acoja a María en su casa» y le deje espacio en su vida diaria, reconociendo su misión providencial en el camino de la salvación.

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