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Edición nro. 126
Oh
Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz
que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes
de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.
Llévanos
de la mano y acompáñanos durante esta Cuaresma hacia la
Pascua para poder contemplar al Señor Jesucristo Resucitado
La
versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca
Digital "Mater Dei"



Jesús vuelve a
dar la vista al ciego de nacimiento
En aquel tiempo, al pasar Jesús
vio a un ciego de nacimiento. Escupió en el suelo, hizo lodo con la
saliva, se lo puso en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé» (que significa “Enviado”).
El fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que lo habían
visto antes pidiendo limosna, comentaban:
«¿No es ése el que se sentaba a pedir limosna?»
Unos decían:
«Sí, es el mismo».
Otros, en cambio, negaban que se trataba del mismo y decían:
«No es él, sino uno que se le parece».
Pero el ciego decía:
«Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego, pues en un sábado
Jesús hizo lodo con su saliva y le abrió los ojos. También los fariseos
le preguntaban cómo había adquirido la vista.
El les contestó:
«Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de los fariseos comentaban:
«Este hombre no puede venir de Dios, porque no respeta el sábado».
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos, y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
El contestó:
«Que es un profeta».
Le replicaron:
«¿ Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que estás lleno de
pecado desde que naciste?»
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le
dijo:
«¿Crees en el hijo del hombre?»
El ciego preguntó:
«Y quién es, Señor, para que crea en El?»
Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: es el que está hablando contigo».
Entonces el hombre dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante Jesús.
San Juan
9, 1.6-9.13-17.34-38
Domingo de la 4ª semana de Cuaresma
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...Yo querría que
fuese Jesús quien nos hablara de fe, quien nos diera lecciones de fe.
Por eso abriremos el Nuevo Testamento, y viviremos con El algunos
pasajes de su vida. Porque no desdeñó enseñar a sus discípulos, poco a
poco, para que se entregaran con confianza en el cumplimiento de la
Voluntad del Padre. Les adoctrina con palabras y con obras.
Mirad el capítulo
noveno de San Juan. Al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de
nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿qué pecados son
la causa de que éste haya nacido ciego, los suyos, o los de sus padres?.
Estos hombres, a pesar de estar tan cerca de Cristo, piensan mal de
aquel pobre ciego. Para que no os extrañe si, en el rodar de la vida,
cuando servís a la Iglesia, encontráis discípulos del Señor que se
comportan de modo semejante con vosotros o con otros. No os importe y,
como el ciego, no hagáis caso: abandonaos de verdad en las manos de
Cristo; El no ataca, perdona; no condena, absuelve; no observa con
despego la enfermedad, sino que aplica el remedio con diligencia
divina...!
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¡Ave María, Mujer humilde,
bendecida por el Altísimo!
Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos,
nosotros nos unimos a tu cántico de alabanza
para celebrar las misericordias del Señor,para anunciar la venida del Reino
y la plena liberación del hombre.
¡Ave María, humilde sierva del Señor,
gloriosa Madre de Cristo!
Virgen fiel, morada santa del Verbo,
enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la voz del Espíritu Santo,
atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.
¡Ave María, Mujer del dolor,
Madre de los vivientes!
Virgen Esposa ante la Cruz, Eva nueva,
sed nuestra guía por los caminos del mundo,
enséñanos a vivir y a difundir el amor de Cristo,
a detenernos contigo ante las innumerables cruces
en las que tu Hijo aún está crucificado.
¡Ave María, Mujer de la fe,
primera entre los discípulos!
Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que habita en nosotros,
confiando en la bondad del hombre y en el Amor del Padre.
Enséñanos a construir el mundo desde adentro:
en la profundidad del silencio y de la oración,
en la alegría del amor fraterno,
en la fecundidad insustituible de la Cruz.
Santa María, Madre de los creyentes, Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros.
(Juan Pablo II, Santuario de Lourdes
el 14 de agosto de 2004..
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«¡Gustad y ved qué bueno es el Señor¡»
Hace falta, en concreto, fomentar, tanto en la
celebración de la Misa como en el culto
eucarístico fuera de ella, la conciencia
viva de la presencia real de Cristo,
tratando de testimoniarla con el tono de la
voz, con los gestos, los movimientos y todo el
modo de comportarse. A este respecto, las
normas recuerdan —y yo mismo lo he recordado
recientemente— el relieve que se debe dar a
los momentos de silencio, tanto en la
celebración como en la adoración eucarística.
En una palabra, es necesario que la manera de
tratar la Eucaristía por parte de los
ministros y de los fieles exprese el máximo
respeto. La presencia de Jesús en el
tabernáculo ha de ser como un polo de
atracción para un número cada vez mayor de
almas enamoradas de Él, capaces de estar largo
tiempo como escuchando su voz y sintiendo los
latidos de su corazón. «¡Gustad y ved
qué bueno es el Señor¡» (Sal 33
[34],9).
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Estimado/a
Suscriptor/a de "El Camino de María"
Desde el tercer
domingo de
Cuaresma, hemos entrado en el corazón de este particular tiempo de
conversión y de renovación espiritual, que nos llevará hasta
Pascua.
El tercer, cuarto y quinto domingo de Cuaresma forman un
estimulante itinerario bautismal que se remonta a los
primeros siglos del cristianismo, cuando por norma se
administraban los Bautismos durante la Vigilia pascual. Los
«catecúmenos», después de unos tres años de catequesis bien
estructurada, en las últimas semanas de Cuaresma recorrían
las etapas finales de su camino, recibiendo simbólicamente
el «Credo», el «Padrenuestro» y el «Evangelio». Por este
motivo todavía hoy la liturgia de estos domingos se
caracteriza por tres textos del Evangelio de Juan, que son
propuestos según un esquema antiquísimo: a) Jesús promete a la
Samaritana el agua viva, b) Jesús vuelve a dar la vista al ciego de
nacimiento, c) Jesús resucita de la tumba a su amigo Lázaro. Queda así
clara la perspectiva del bautismo: a través del agua,
símbolo del Espíritu Santo, el creyente recibe la luz y
renace en la fe a una vida nueva y eterna.
En el cuarto
Domingo de Cuaresma, el relato del encuentro de Jesús con
el ciego de nacimiento constituye otra extraordinaria
catequesis sobre la fe:
«Creo, Señor». En uno de los párrafos de su Catequesis del
9 de noviembre de 1988, Juan Pablo II señalaba: "Cuando
los discípulos le preguntaron: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus
padres, para que haya nacido ciego?». Jesús respondió: «Ni él
pecó, ni sus padres; es para que se manifiesten en él las
obras de Dios» (Jn 9, 1-3). Jesús, dando la
vista al ciego, dio a conocer las «obras de Dios», que
debían revelarse en aquel hombre disminuido, en favor de él y
de cuantos llegaran a conocer el hecho. La curación
milagrosa del ciego fue un "signo" que llevó al curado a creer
en Cristo e introdujo en el ánimo de otros un germen saludable
de inquietud (ver Jn 9, 16). En la profesión de fe del que
recibió el milagro se manifestó la esencial "obra de
Dios", el don salvífico que recibió junto con el don
de la vista: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?... ¿Y quién
es, Señor, para que crea en Él?... Le has visto; El que está
hablando contigo, ese es... ¡Creo, Señor! (Jn 9, 35-38).
Respecto del
diálogo de Cristo con el hombre en general, y con el ciego de
nacimiento en particular, Juan Pablo II expresaba lo siguiente
en el Ángelus del domingo 10 de marzo de 2002.
Todos somos como el ciego
de nacimiento
1. «Laetare,
Jerusalem...». Con estas palabras del profeta Isaías la
Iglesia nos invita hoy a la alegría, a mitad del camino
penitencial de la Cuaresma. La alegría y la luz son el tema
dominante en la liturgia de hoy. El Evangelio narra la
historia de «un hombre ciego de nacimiento» (Juan 9, 1). Al
verlo, Jesús hizo barro con la saliva y untándole los ojos
dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere
decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo»
(Juan 9, 6-7).
El ciego de nacimiento representa al hombre que desea conocer la verdad sobre sí mismo y sobre su
propio destino, pero no lo logra porque se lo impide una
afección congénita. Sólo Jesús puede sanarle: Él es «la luz
del mundo» (Juan 9, 5). Confiando en Él, todo ser humano
espiritualmente ciego desde el nacimiento tiene la posibilidad
de «volver a la luz», es decir, de nacer a la vida
sobrenatural.
2. Junto a la curación del ciego, el Evangelio resalta en
particular la incredulidad de los fariseos, que se niegan a
reconocer el milagro, pues Jesús lo ha hecho en sábado,
violando a su juicio la ley de Moisés. Surge así una elocuente
paradoja, que Cristo mismo resume con estas palabras: «Yo
he venido a este mundo para juzgar: para que los que no ven,
vean; y los que ven, se vuelvan ciegos» (Juan 9, 39).
Para quien se encuentra con Jesús no hay un tercer camino:
o se reconoce la necesidad de Él y de su luz, o se decide
prescindir de Él. En este último caso, una misma
presunción impide tanto al que se considera justo ante Dios
como al ateo abrirse a la conversión auténtica.
3. ¡Que nadie, queridos hermanos y hermanas, cierre su
espíritu a Cristo! Él da a quien le acoge la luz de la fe,
luz capaz de transformar los corazones y, por consiguiente,
las mentalidades, las situaciones sociales, políticas,
económicas dominadas por el pecado. «...¡Creo, Señor!»
(Juan 9, 38). Como el ciego de nacimiento, cada uno de
nosotros debe estar dispuesto a profesar con humildad su
adhesión a Él. Que nos lo obtenga la Virgen Santa,
totalmente llena del fulgor de la gracia divina.
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Hoy publicamos
dos textos catequéticos del Santo Padre para meditar en compañia de María, Maestra de Contemplación:
"EL MILAGRO: MANIFESTACIÓN DEL PODER DIVINO DE JESUCRISTO" y
"LA EUCARISTÍA Y EL MILAGRO DE
LAS BODAS DE CANÁ"
Pidamos al Espíritu Santo,
por intercesión de María, Madre del Redentor y de San José, que nos conceda a
todos abrir nuestro corazón al don de su gracia, para que continuemos
emprendiendo en estas
semanas un camino de radical renovación interior, y de esa forma podamos
participar con nueva madurez en el misterio pascual de Cristo, nuestro único
Redentor.
Marisa y Eduardo
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