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Edición nro. 123
Oh
Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz
que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes
de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.
Llévanos
de la mano y acompáñanos durante esta Cuaresma hacia la
Pascua para poder contemplar al Señor Jesucristo Resucitado
La
versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca
Digital "Mater Dei"



LAS TENTACIONES DE CRISTO
EN EL DESIERTO

El Monte de las Tentaciones
Mateo 4, 1-1
En
aquel tiempo, Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu para ser
tentado por el demonio. Y después de ayunar cuarenta días y cuarenta
noches, al final tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes».
Jesús le respondió:
«Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda
palabra que sale de la boca de Dios”». Entonces el diablo lo llevó a
la ciudad santa, lo puso en la parte más alta el templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Mandará a sus
ángeles que te cuiden y te tomarán en sus manos, para que no tropiece con
las piedras tu pie”».
Jesús le contestó:
«También está escrito:
“No tentarás al Señor, tu Dios”».
Luego lo llevó el diablo a una montaña muy alta y mostrándole la grandeza
de todos los reinos del mundo le dijo:
«Todo esto te daré si te postras y me adoras».
Jesús le replicó:
«Retírate, Satanás, porque está escrito: “Adorarás al Señor, tu Dios, sólo
a él darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.
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NUESTRA SEÑORA DE LOURDES
11 de febrero
La fiesta de este día
conmemora las 18 apariciones de la Santísima Virgen, entre el 11 de
febrero y el 16 de julio de 1858, a una niña de 14 años, llamada
Bernardita Soubirous, en Lourdes, Francia, cerca del río Gave. En el lugar
de las apariciones se levantó, con el tiempo, una basílica que después de
la de San Pedro del Vaticano, es el principal centro de peregrinaciones
católicas del mundo.
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EN
LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA


Bajo su manto me amparo, con sus frutos me alimento, con el Pan Eucarístico
que me proporciona.
Me
arrojo en sus brazos y Ella me estrecha contra su corazón. La escucho y
su palabra me instruye. La miro y su belleza me alumbra.
Si
estoy débil me sostiene, la invoco y su bondad me atiende. Si enfermo
me Sana, si muerto por el pecado me da la vida de la gracia.
En
la lucha me socorre, en la tentación me auxilia, en la angustia me
consuela, en el trabajo me sostiene, en la agonía me acompaña.
Cuando
voy a Jesús, me conduce, cuando llego a sus pies, me presenta.Cuando le
pido favores, me protege.
Si
soy constante en mi súplica, me escucha. Si la visito me atiende.
En la vida me guía al cielo y en la muerte recibiré de sus manos la
eterna corona.
Que
buena es María, que dulce y hermosa es!
Nuestra
Señora del Santísimo Sacramento.
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LA EUCARISTÍA MISTERIO DE LUZ
El relato de la aparición de Jesús
resucitado a los dos discípulos de Emaús nos
ayuda a enfocar un primer aspecto del
misterio eucarístico que nunca debe faltar
en la devoción del Pueblo de Dios: ¡La
Eucaristía misterio de luz! ¿En qué
sentido puede decirse esto y qué implica
para la espiritualidad y la vida cristiana?
Jesús se presentó a sí mismo como la «luz del
mundo» (Jn 8,12), y esta característica
resulta evidente en aquellos momentos de su
vida, como la Transfiguración y la
Resurrección, en los que resplandece
claramente su gloria divina. En la Eucaristía,
sin embargo, la gloria de Cristo está velada.
El Sacramento eucarístico es un «mysterium
fidei» por excelencia. Pero, precisamente
a través del misterio de su ocultamiento
total, Cristo se convierte en misterio de
luz, gracias al cual se introduce al
creyente en las profundidades de la vida
divina. En una feliz intuición, el célebre
icono de la Trinidad de Rublëv pone la
Eucaristía de manera significativa en el
centro de la vida trinitaria.
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Estimado/a
Suscriptor/a de "El Camino de María"
El
Miércoles de Ceniza, al comenzar el período de
cuarenta días de preparación a la Pascua, la Iglesia nos impone la
ceniza sobre la cabeza y nos invita a la penitencia. Es un rito litúrgico sencillo, si
se considera en sí mismo, pero muy profundo por el contenido
penitencial que entraña: con él la Iglesia nos recuerda a los
creyentes nuestra fragilidad frente al mal y, sobre todo, nuestra
total dependencia de la majestad infinita de Dios.
Le invitamos a
descargar gratuitamente el libro digital PEREGRINANDO EN CUARESMA CON MARIA,
con meditaciones cuaresmales del Santo Padre, desde la siguiente dirección de uno de nuestros sitios
erigidos en honor a la Santísima Virgen:
En en la
audiencia general del miércoles 28 de febrero de 1979 el Santo
Padre expresaba:
La Cuaresma, invitación a la penitencia
1.
Nos encontramos hoy en el primer día de Cuaresma, miércoles
de ceniza. En esta jornada, al comenzar el período de
cuarenta días de preparación a la Pascua, la Iglesia nos
impone la ceniza sobre la cabeza y nos invita a la
penitencia. La palabra “penitencia” se repite en muchas
páginas de la Sagrada Escritura, resuena en la boca de
tantos Profetas y, en fin de modo particularmente elocuente,
en la boca del mismo Jesucristo: “Arrepentíos, porque el
reino de los cielos está cerca” (Mt 3, 2). Se puede decir
que Cristo introdujo la tradición del ayuno de cuarenta días
en el año litúrgico de la Iglesia, porque Él mismo “ayunó
cuarenta días y cuarenta noches” (Mt 4, 2), antes de
comenzar a enseñar. Con este ayuno cuadragesimal la Iglesia,
en cierto sentido, está llamada cada año a seguir a su
Maestro y Señor, si quiere predicar eficazmente su
Evangelio. El primer día de Cuaresma -precisamente hoy- debe
testimoniar de modo especial que la Iglesia acepta esta
llamada de Cristo y que desea cumplirla.
Convertirse a Dios
2. La penitencia en sentido evangélico significa sobre todo
“conversión”. Bajo este aspecto es muy significativo el
pasaje del Evangelio del miércoles de ceniza. Jesús habla
del cumplimiento de los actos de penitencia conocidos y
practicados por sus contemporáneos, por el pueblo de la
Antigua Alianza. Pero al mismo tiempo somete a crítica el
modo puramente “externo” del cumplimiento de estos actos:
limosna, ayuno, oración, porque ese modo es contrario a la
finalidad propia de los mismos actos. El fin de los actos de
penitencia es un más profundo acercarse a Dios mismo para
poderse encontrar con Él en lo íntimo de la entidad humana,
en el secreto del corazón.
“Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta
delante de ti, como hacen los hipócritas, para ser alabados
de los hombres...; no sepa tu izquierda lo que hace la
derecha, para que tu limosna sea oculta, y el Padre que ve
lo oculto te premiará.
“Cuando oréis, no seáis como los hipócritas..., para ser
vistos de los hombres..., sino... entra en tu cámara y,
cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto; y
tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará.
“Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los
hipócritas..., (sino) úngete la cabeza y lava tu cara para
que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre que está
en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te
recompensará” (Mt 6, 2-6. 16-18).
Por lo tanto, el significado primero y principal de la
penitencia es interior, espiritual. El esfuerzo principal de
la penitencia consiste “en entrar en sí mismo”, en lo más
profundo de la propia entidad, entrar en esa dimensión de la
propia humanidad en la que, en cierto sentido, Dios nos
espera. El hombre “exterior” debe ceder –diría- en cada uno
de nosotros al hombre “interior” y, en cierto sentido,
“dejarle el puesto”. En la vida corriente el hombre no vive
bastante “interiormente”. Jesucristo indica claramente que
también los actos de devoción y de penitencia (como el
ayuno, la limosna, la oración) que por su finalidad
religiosa son principalmente “interiores”, pueden ceder al
“exteriorismo” corriente, y por lo tanto pueden ser
falsificados. En cambio la penitencia, como conversión a
Dios, exige sobre todo que el hombre rechace las
apariencias, sepa liberarse de la falsedad y encontrarse en
toda su verdad interior. Hasta una mirada rápida, breve, en
el fulgor divino de la verdad interior del hombre, es ya un
éxito. Pero es necesario consolidar hábilmente este éxito
mediante un trabajo sistemático sobre sí mismo. Tal trabajo
se llama “ascesis” (así lo llamaban ya los griegos de los
tiempos de los orígenes del cristianismo). Ascesis quiere
decir esfuerzo interior para no dejarse llevar y empujar por
las diversas corrientes “exteriores”, para permanecer así
siempre ellos mismos y conservar la dignidad de la propia
humanidad.
Pero el Señor Jesús nos llama a hacer aún algo más. Cuando
dice “entra en tu cámara y cierra la puerta”, indica un
esfuerzo ascético del espíritu humano que no debe terminar
en el hombre mismo. Ese cerrarse es, al mismo tiempo, la
apertura más profunda del corazón humano. Es indispensable
para encontrarse con el Padre, y por esto debe realizarse.
“Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Aquí se
trata de recobrar la sencillez de pensamiento, voluntad y
corazón, que es indispensable para encontrarse con Dios en
el propio “yo” interior. ¡Y Dios espera esto para acercarse
al hombre interiormente recogido y, a la vez, abierto a su
palabra y a su amor! Dios desea comunicarse al alma así
dispuesta. Desea darle la verdad y el amor que tienen en Él
la verdadera fuente.
Liberación espiritual
3. Así, pues, la corriente principal de la Cuaresma debe
correr a través del hombre interior, a través de corazones y
conciencias. En esto consiste el esfuerzo esencial de la
penitencia. En este esfuerzo la voluntad humana de
convertirse a Dios es investida por la gracia proveniente de
conversión y, al mismo tiempo, de perdón, y liberación
espiritual. La penitencia no es sólo un esfuerzo, una carga,
sino también una alegría. A veces es una gran alegría del
espíritu humano, alegría que otros manantiales no pueden
dar.
Parece que el hombre contemporáneo haya perdido, en cierta
medida, el sabor de esta alegría. Ha perdido además el
sentido profundo de aquel esfuerzo espiritual que permite
volver a encontrarse a sí mismo en toda la verdad de la
intimidad propia. A esto contribuyen muchas causas y
circunstancias que es difícil analizar en los límites de
este discurso. Nuestra civilización -sobre todo en
Occidente- estrechamente vinculada con el desarrollo de la
ciencia y de la técnica, entrevé la necesidad del esfuerzo
intelectual y físico; pero ha perdido notablemente el
sentido del esfuerzo del espíritu, cuyo fruto es el hombre
visto en sus dimensiones interiores.
En fin, el hombre que vive en las corrientes de esta
civilización pierde muy frecuentemente la propia dimensión;
pierde el sentido interior de la propia humanidad. A este
hombre le resulta extraño tanto el esfuerzo que conduce al
fruto hace poco mencionado, como la alegría que proviene de
él: la alegría grande del descubrimiento y del encuentro, la
alegría de la conversión (metánoia), la alegría de la
penitencia.
La liturgia austera del miércoles de ceniza y, después, todo
el período de la Cuaresma es -como preparación a la Pascua-
una llamada sistemática a esta alegría: a la alegría que
fructifica por el esfuerzo del descubrimiento de sí mismo
con paciencia: “Con vuestra paciencia compraréis (la
salvación) de vuestras almas” (Lc 21, 19). Que nadie
tenga miedo de emprender este esfuerzo.
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Hoy publicamos
dos textos catequéticos del Santo Padre para meditar en compañia de María, Maestra de Contemplación:
EL ESPÍRITU SANTO Y LAS TENTACIONES DE CRISTO EN EL DESIERTO y LA
EUCARISTÍA ABRE AL FUTURO DE DIOS.
Pidamos al Espíritu Santo,
por intercesión de Nuestra Señora
de Lourdes y de San José, que nos conceda a
todos abrir nuestro corazón al don de su gracia, para que podamos participar con
nueva madurez en el misterio pascual de Cristo, nuestro único Redentor.
Marisa y Eduardo
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