EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 123

 

Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!:

 Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

Llévanos de la mano y  acompáñanos durante esta Cuaresma  hacia la Pascua para poder contemplar al Señor Jesucristo Resucitado

 

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

 

 

 

LAS TENTACIONES DE CRISTO EN EL DESIERTO

El Monte de las Tentaciones

Mateo 4, 1-1

En aquel tiempo, Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu para ser tentado por el demonio. Y después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, al final tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes».
Jesús le respondió:
«Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios”».  Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta el templo y le dijo:  «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Mandará a sus ángeles que te cuiden y te tomarán en sus manos, para que no tropiece con las piedras tu pie”».
Jesús le contestó:
«También está escrito:
“No tentarás al Señor, tu Dios”».
Luego lo llevó el diablo a una montaña muy alta y mostrándole la grandeza de todos los reinos del mundo le dijo:
«Todo esto te daré si te postras y me adoras».
Jesús le replicó:
«Retírate, Satanás, porque está escrito: “Adorarás al Señor, tu Dios, sólo a él darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.
 

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NUESTRA SEÑORA  DE LOURDES

11 de febrero

La fiesta de este día conmemora las 18 apariciones de la Santísima Virgen, entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858, a una niña de 14 años, llamada Bernardita Soubirous, en Lourdes, Francia, cerca del río Gave. En el lugar de las apariciones se levantó, con el tiempo, una basílica que después de la de San Pedro del Vaticano, es el principal centro de peregrinaciones católicas del mundo.

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EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA

María es mi Madre!


Bajo su manto me amparo, con sus frutos me alimento, con el Pan Eucarístico que me proporciona.

Ella es mi Madre!

Me arrojo en sus brazos y Ella me estrecha contra su corazón. La escucho y su palabra me instruye. La miro y su belleza me alumbra.

Ella es mi Madre!

Si estoy débil me sostiene, la invoco y su bondad me atiende. Si enfermo me Sana, si muerto por el pecado me da la vida de la gracia.

Ella es mi Madre!

 En la lucha me socorre, en la tentación me auxilia, en la angustia me consuela, en el trabajo me sostiene, en la agonía me acompaña.

Ella es mi Madre!

Cuando voy a Jesús, me conduce, cuando llego a sus pies, me presenta.Cuando le pido favores, me protege.

Ella es mi Madre!

Si soy constante en mi súplica, me escucha. Si la visito me atiende.
En la vida me guía al cielo y en la muerte recibiré de sus manos la eterna corona.

Ella es mi Madre!

Que buena es María, que dulce y hermosa es!

Ella es mi Madre!

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.

Ruega por nosotros !

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LA EUCARISTÍA MISTERIO DE LUZ

El relato de la aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús nos ayuda a enfocar un primer aspecto del misterio eucarístico que nunca debe faltar en la devoción del Pueblo de Dios: ¡La Eucaristía misterio de luz! ¿En qué sentido puede decirse esto y qué implica para la espiritualidad y la vida cristiana?

Jesús se presentó a sí mismo como la «luz del mundo» (Jn 8,12), y esta característica resulta evidente en aquellos momentos de su vida, como la Transfiguración y la Resurrección, en los que resplandece claramente su gloria divina. En la Eucaristía, sin embargo, la gloria de Cristo está velada. El Sacramento eucarístico es un «mysterium fidei» por excelencia. Pero, precisamente a través del misterio de su ocultamiento total, Cristo se convierte en misterio de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina. En una feliz intuición, el célebre icono de la Trinidad de Rublëv pone la Eucaristía de manera significativa en el centro de la vida trinitaria.

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

El Miércoles de Ceniza, al comenzar el período de cuarenta días de preparación a la Pascua, la Iglesia nos impone la ceniza sobre la cabeza y nos invita a la penitencia. Es un rito litúrgico sencillo, si se considera en sí mismo, pero muy profundo por el contenido penitencial que entraña: con él la Iglesia nos recuerda a los creyentes nuestra fragilidad frente al mal y, sobre todo, nuestra total dependencia de la majestad infinita de Dios. 

Le invitamos a descargar gratuitamente el libro digital PEREGRINANDO EN CUARESMA CON MARIA, con meditaciones cuaresmales del Santo Padre, desde la siguiente dirección de uno de nuestros sitios erigidos en honor a la Santísima Virgen: 

En en la audiencia general del miércoles 28 de febrero de 1979 el Santo Padre expresaba: 

La Cuaresma, invitación a la penitencia

1. Nos encontramos hoy en el primer día de Cuaresma, miércoles de ceniza. En esta jornada, al comenzar el período de cuarenta días de preparación a la Pascua, la Iglesia nos impone la ceniza sobre la cabeza y nos invita a la penitencia. La palabra “penitencia” se repite en muchas páginas de la Sagrada Escritura, resuena en la boca de tantos Profetas y, en fin de modo particularmente elocuente, en la boca del mismo Jesucristo: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca” (Mt 3, 2). Se puede decir que Cristo introdujo la tradición del ayuno de cuarenta días en el año litúrgico de la Iglesia, porque Él mismo “ayunó cuarenta días y cuarenta noches” (Mt 4, 2), antes de comenzar a enseñar. Con este ayuno cuadragesimal la Iglesia, en cierto sentido, está llamada cada año a seguir a su Maestro y Señor, si quiere predicar eficazmente su Evangelio. El primer día de Cuaresma -precisamente hoy- debe testimoniar de modo especial que la Iglesia acepta esta llamada de Cristo y que desea cumplirla.
 
Convertirse a Dios  
 
2. La penitencia en sentido evangélico significa sobre todo “conversión”. Bajo este aspecto es muy significativo el pasaje del Evangelio del miércoles de ceniza. Jesús habla del cumplimiento de los actos de penitencia conocidos y practicados por sus contemporáneos, por el pueblo de la Antigua Alianza. Pero al mismo tiempo somete a crítica el modo puramente “externo” del cumplimiento de estos actos: limosna, ayuno, oración, porque ese modo es contrario a la finalidad propia de los mismos actos. El fin de los actos de penitencia es un más profundo acercarse a Dios mismo para poderse encontrar con Él en lo íntimo de la entidad humana, en el secreto del corazón.
 
“Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas, para ser alabados de los hombres...; no sepa tu izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna sea oculta, y el Padre que ve lo oculto te premiará.
 
“Cuando oréis, no seáis como los hipócritas..., para ser vistos de los hombres..., sino... entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará.  
 
“Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas..., (sino) úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 2-6. 16-18).
 
Por lo tanto, el significado primero y principal de la penitencia es interior, espiritual. El esfuerzo principal de la penitencia consiste “en entrar en sí mismo”, en lo más profundo de la propia entidad, entrar en esa dimensión de la propia humanidad en la que, en cierto sentido, Dios nos espera. El hombre “exterior” debe ceder –diría- en cada uno de nosotros al hombre “interior” y, en cierto sentido, “dejarle el puesto”. En la vida corriente el hombre no vive bastante “interiormente”. Jesucristo indica claramente que también los actos de devoción y de penitencia (como el ayuno, la limosna, la oración) que por su finalidad religiosa son principalmente “interiores”, pueden ceder al “exteriorismo” corriente, y por lo tanto pueden ser falsificados. En cambio la penitencia, como conversión a Dios, exige sobre todo que el hombre rechace las apariencias, sepa liberarse de la falsedad y encontrarse en toda su verdad interior. Hasta una mirada rápida, breve, en el fulgor divino de la verdad interior del hombre, es ya un éxito. Pero es necesario consolidar hábilmente este éxito mediante un trabajo sistemático sobre sí mismo. Tal trabajo se llama “ascesis” (así lo llamaban ya los griegos de los tiempos de los orígenes del cristianismo). Ascesis quiere decir esfuerzo interior para no dejarse llevar y empujar por las diversas corrientes “exteriores”, para permanecer así siempre ellos mismos y conservar la dignidad de la propia humanidad.
 
Pero el Señor Jesús nos llama a hacer aún algo más. Cuando dice “entra en tu cámara y cierra la puerta”, indica un esfuerzo ascético del espíritu humano que no debe terminar en el hombre mismo. Ese cerrarse es, al mismo tiempo, la apertura más profunda del corazón humano. Es indispensable para encontrarse con el Padre, y por esto debe realizarse. “Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Aquí se trata de recobrar la sencillez de pensamiento, voluntad y corazón, que es indispensable para encontrarse con Dios en el propio “yo” interior. ¡Y Dios espera esto para acercarse al hombre interiormente recogido y, a la vez, abierto a su palabra y a su amor! Dios desea comunicarse al alma así dispuesta. Desea darle la verdad y el amor que tienen en Él la verdadera fuente.  
 
Liberación espiritual  
 
3. Así, pues, la corriente principal de la Cuaresma debe correr a través del hombre interior, a través de corazones y conciencias. En esto consiste el esfuerzo esencial de la penitencia. En este esfuerzo la voluntad humana de convertirse a Dios es investida por la gracia proveniente de conversión y, al mismo tiempo, de perdón, y liberación espiritual. La penitencia no es sólo un esfuerzo, una carga, sino también una alegría. A veces es una gran alegría del espíritu humano, alegría que otros manantiales no pueden dar.
 
Parece que el hombre contemporáneo haya perdido, en cierta medida, el sabor de esta alegría. Ha perdido además el sentido profundo de aquel esfuerzo espiritual que permite volver a encontrarse a sí mismo en toda la verdad de la intimidad propia. A esto contribuyen muchas causas y circunstancias que es difícil analizar en los límites de este discurso. Nuestra civilización -sobre todo en Occidente- estrechamente vinculada con el desarrollo de la ciencia y de la técnica, entrevé la necesidad del esfuerzo intelectual y físico; pero ha perdido notablemente el sentido del esfuerzo del espíritu, cuyo fruto es el hombre visto en sus dimensiones interiores.
 
En fin, el hombre que vive en las corrientes de esta civilización pierde muy frecuentemente la propia dimensión; pierde el sentido interior de la propia humanidad. A este hombre le resulta extraño tanto el esfuerzo que conduce al fruto hace poco mencionado, como la alegría que proviene de él: la alegría grande del descubrimiento y del encuentro, la alegría de la conversión (metánoia), la alegría de la penitencia.
 
La liturgia austera del miércoles de ceniza y, después, todo el período de la Cuaresma es -como preparación a la Pascua- una llamada sistemática a esta alegría: a la alegría que fructifica por el esfuerzo del descubrimiento de sí mismo con paciencia: “Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de vuestras almas” (Lc 21, 19). Que nadie tenga miedo de emprender este esfuerzo.  

Hoy publicamos dos textos catequéticos del Santo Padre para meditar en compañia de María, Maestra de Contemplación: EL ESPÍRITU SANTO Y LAS TENTACIONES DE CRISTO EN EL DESIERTOLA EUCARISTÍA ABRE AL FUTURO DE DIOS.

Pidamos al  Espíritu Santo, por intercesión de Nuestra Señora de Lourdes y de San José, que nos conceda a todos abrir nuestro corazón al don de su gracia, para que podamos participar con nueva madurez en el misterio pascual de Cristo, nuestro único Redentor.

Marisa y Eduardo

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

EL ESPÍRITU SANTO Y LAS TENTACIONES DE CRISTO EN EL DESIERTO

 Audiencia General del miércoles 18 de julio de 1990

LA EUCARISTÍA ABRE AL FUTURO DE DIOS 

   Audiencia General del miércoles  25 de octubre  de 2000

¡ESCUCHÉMOSLA!

DESDE ESTA GRUTA DE MASSABIELLE, LA VIRGEN NOS HABLA TAMBIÉN A NOSOTROS, CRISTIANOS DEL TERCER MILENIO.  

 Santuario de Lourdes. Homilía durante la Santa Misa en la Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María. 15 de agosto de 2004

 EL ESPÍRITU SANTO Y LAS TENTACIONES DE JESÚS

 
 
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
1. Al 'comienzo' de la misión mesiánica de Jesús vemos otro hecho interesante y sugestivo, narrado por los evangelistas, que lo hacen depender de la acción del Espíritu Santo: se trata de la experiencia del desierto. Leemos en el evangelio según San Marcos: 'A continuación (del bautismo), el Espíritu le empuja al desierto' (Mc 1, 12). Además, Mateo (4, 1 ) y Lucas (4, 1) afirman que Jesús 'fue conducido por el Espíritu al desierto'. Estos textos ofrecen puntos de reflexión que nos llevan a una ulterior investigación sobre el misterio de la intima unión de Jesús-Mesías con el Espíritu Santo, ya desde el inicio de la obra de la redención.
 
En primer lugar, una observación de carácter lingüístico: los verbos usados por los evangelistas 'fue conducido' por Mateo y Lucas; ('empuja', por Marcos) expresan una iniciativa especialmente enérgica por parte del Espíritu Santo, iniciativa que se inserta en la lógica de la vida espiritual y en la misma psicología de Jesús: acaba de recibir de Juan un 'bautismo de penitencia', y por ello siente la necesidad de un período de reflexión y de austeridad (aunque personalmente no tenia necesidad de penitencia, dado que estaba 'lleno de gracia' y era 'santo' desde el momento de su concepción (Cfr. Jn 1,14; Lc 1, 35): como preparación para su ministerio mesiánico.
 
Su misión exige también vivir en medio de los hombres-pecadores, a quienes ha sido enviado a evangelizar y salvar (Cfr. Santo Tomás, S. Th. III, q. 40, a. 1), en lucha contra el poder del demonio. De aquí la conveniencia de esta pausa en el desierto 'para ser tentado por el diablo'. Por lo tanto, Jesús sigue el impulso interior y se dirige adonde le sugiere el Espíritu Santo.
 
2. El desierto, además de ser lugar de encuentro con Dios, es también lugar de tentación y de lucha espiritual. Durante la peregrinación a través del desierto, que se prolongó durante cuarenta años, el pueblo de Israel había sufrido muchas tentaciones y había cedido (Cfr. Ex 32, 1.6; Nm 14, 1.4; 21, 4.5; 25, 1.3; Sal 78, 17; 1 Cor 10, 7.10). Jesús va al desierto, casi remitiéndose a la experiencia histórica de su pueblo. Pero, a diferencia del comportamiento de Israel, en el momento de inaugurar su actividad mesiánica, es sobre todo dócil a la acción del Espíritu Santo, que le pide desde el interior aquella definitiva preparación para el cumplimiento de su misión. Es un periodo de soledad y de prueba espiritual, que supera con la ayuda de la palabra de Dios y con la oración.
 
En el espíritu de la tradición bíblica, y en la línea con la psicología israelita, aquel número de 'cuarenta días' podía relacionarse fácilmente con otros acontecimientos históricos, llenos de significado para la historia de la salvación: los cuarenta días del diluvio (Cfr. Gen 7, 4. 17); los cuarenta días de permanencia de Moisés en el monte (Cfr. Ex 24, 18); los cuarenta días de camino de Elías, alimentado con el pan prodigioso que le había dado nueva fuerza (Cfr. 1 Re 19, 8). Según los evangelistas, Jesús, bajo la moción del Espíritu Santo, se acomoda, en lo que se refiere a la permanencia en el desierto, a este número tradicional y casi sagrado (Cfr. Mt 4, 1; Lc 4, 1). Lo mismo hará también en el período de las apariciones a los Apóstoles tras la resurrección y la Ascensión al cielo (Cfr. Hech 1, 3).
 
3. Jesús, por tanto, es conducido al desierto con el fin de afrontar las tentaciones de Satanás y para que pueda tener, a la vez, un contacto más libre e íntimo con el Padre. Aquí conviene tener presente que los evangelistas suelen presentarnos el desierto como el lugar donde reside Satanás: baste recordar el pasaje de Lucas sobre el 'espíritu inmundo' que 'cuando sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo...' (Lc 11, 24); y en el pasaje que nos narra el episodio del endemoniado de Gerasa que 'era empujado por el demonio al desierto' (Lc 8, 29) .
 
En el caso de las tentaciones de Jesús, el ir al desierto es obra del Espíritu Santo, y ante todo significa el inicio de una demostración (se podría decir, incluso, de una nueva toma de conciencia) de la lucha que deberá mantener hasta el final de su vida contra Satanás, artífice del pecado. Venciendo sus tentaciones, manifiesta su propio poder salvífico sobre el pecado y la llegada del reino de Dios, como dirá un día: 'Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios' (Mt 12, 28). También en este poder de Cristo sobre el mal y sobre Satanás, también en esta 'llegada del reino de Dios' por obra de Cristo, se da la revelación del Espíritu Santo.
 
4. Si observamos bien, en las tentaciones sufridas y vencidas por Jesús durante la 'experiencia del desierto' se nota la oposición de Satanás contra la llegada del reino de Dios al mundo humano, directa o indirectamente expresada en los textos de los evangelistas. Las respuestas que da Jesús al tentador desenmascaran las intenciones esenciales del 'padre de la mentira' (Jn 8, 44), que trata de servirse, de modo perverso, de las palabras de la Escritura para alcanzar sus objetivos. Pero Jesús lo refuta apoyándose en la misma palabra de Dios, aplicada correctamente.
 
La narración de los evangelistas incluye, tal vez, alguna reminiscencia y establece un paralelismo tanto con las análogas tentaciones del pueblo de Israel en los cuarenta años de peregrinación por el desierto (la búsqueda de alimento: cfr. Dt 8, 3; Ex 16; la pretensión de la protección divina para satisfacerse a sí mismos: cfr. Dt 6, 16; Ex 17, 1.7; la idolatría: cfr. Dt 6, 13; Ex 32, 1.6), como con diversos momentos de la vida de Moisés. Pero se podría decir que el episodio entra específicamente en la historia de Jesús por su lógica biográfica y teológica. Aun estando libre de pecado, Jesús pudo conocer las seducciones externas del mal (Cfr. Mt 16, 23); y era conveniente que fuese tentado para llegar a ser el Nuevo Adán, nuestro guía, nuestro redentor clemente (Cfr. Mt 26, 36.46; Hb 2, 10.17.18; 4, 15; 5, 2. 7.9).
 
En el fondo de todas las tentaciones estaba la perspectiva de un mesianismo político y glorioso, como se había difundido y había penetrado en el alma del pueblo de Israel. El diablo trata de inducir a Jesús coger esta falsa perspectiva, porque es el enemigo del plan de Dios, de su ley, de su economía de salvación, y por tanto de Cristo, como aparece claro por el evangelio y los demás escritos del Nuevo Testamento (Cfr. Mt 13, 39; Jn 8,44; 13, 2; Hech 10, 38; Ef 6, 11; 1 Jn 3, 8, etc.). Si también Cristo cayese, el imperio de Satanás, que se gloria de ser el amo del mundo (Lc 4, 5.6), obtendría la victoria definitiva en la historia. Aquel momento de la lucha en el desierto es, por consiguiente, decisivo.
 
5. Jesús es consciente de ser enviado por el Padre para hacer presente el reino de Dios entre los hombres. Con ese fin acepta la tentación, tomando su lugar entre los pecadores, como había hecho ya en el Jordán, para servirles a todos de ejemplo (Cfr. San Agustín, De Trinitate, 4, 13). Pero, por otra parte, en virtud de la 'unción' del Espíritu Santo, llega a las mismas raíces del pecado y derrota al 'padre de la mentira' (Jn 8, 44). Por eso, va voluntariamente al encuentro de la tentación desde el comienzo de su ministerio, siguiendo el impulso del Espíritu Santo (Cfr. San Agustín, De Trinitate, 13,13).
 
Un día, dando cumplimiento a su obra, podrá proclamar: 'Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera' (Jn 12, 31). Y la víspera de su pasión repetirá una vez más: 'Llega el príncipe de este mundo. En mi no tiene ningún poder' (Jn 14, 30); es más' 'el principe de este mundo (ya) está juzgado' (Jn 16, 11); '¡Animo!, yo he vencido al mundo' (Jn 16, 33). La lucha contra el 'padre de la mentira', que es el 'principe de este mundo', iniciada en el desierto, alcanzará su culmen en el Gólgota: la victoria se alcanzará por medio de la cruz del Redentor.
 
6. Estamos, por tanto, llamados a reconocer el valor integral del desierto como lugar de una particular experiencia de Dios, como sucedió con Moisés (Cfr. Ex 24, 18), con Elías (1 Re 19, 8), y sobre todo con Jesús que, 'conducido' por el Espíritu Santo, acepta realizar la misma experiencia: el contacto con Dios Padre (Cfr. Os 2, 16) en lucha contra las potencias opuestas a Dios. Su experiencia es ejemplar, y nos puede servir también como lección sobre la necesidad de la penitencia, no para Jesús que estaba libre de pecado, sino para todos nosotros. Jesús mismo un día alertará a sus discípulos sobre la necesidad de la oración y del ayuno para echar a los 'espíritus inmundos' (Cfr. Mc 9, 29) y, en la tensión de la solitaria oración de Getsemaní, recomendará a los Apóstoles presentes: 'Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil' (Mc 14, 38). Seamos conscientes de que, amoldándonos a Cristo victorioso en la experiencia del desierto, también nosotros tendremos un divino confortador: el Espíritu Santo Paráclito, pues el mismo Cristo ha prometido que 'recibirá de lo suyo' y nos lo dará (Cfr. Jn 16, 14): Él, que condujo al Mesías al desierto no sólo 'para ser tentado', sino también para que diera la primera demostración de su poderosa victoria sobre el diablo y sobre su reino, tomará de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre Satanás, su primer artífice, para hacer participe de ella a todo el que sea tentado.
 
    

LA EUCARISTÍA ABRE AL FUTURO DE DIOS

 

Queridos hermanos y hermanas:  

1. "En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste" (Sacrosanctum Concilium, 8; cf. Gaudium et spes, 38). Estas palabras tan claras y esenciales del concilio Vaticano II nos presentan una dimensión fundamental de la Eucaristía:  es "futurae gloriae pignus", prenda de la gloria futura, según una hermosa expresión de la tradición cristiana (cf. Sacrosanctum Concilium, 47). "Este sacramento no nos introduce inmediatamente en la gloria, pero nos da la fuerza para llegar a la gloria y por eso se le llama "viático"" (Santo Tomás de Aquino, Summa Theol., III, 79, 2, ad 1). La comunión con Cristo que vivimos ahora mientras somos peregrinos y caminantes por las sendas de la historia anticipa el encuentro supremo del día en que "seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es" (1 Jn 3, 2). Elías, que, caminando por el desierto, se sienta sin fuerzas bajo una retama y es fortalecido por un pan misterioso hasta llegar a la cumbre del encuentro con Dios (cf. 1 R 19, 1-8) es un símbolo tradicional del itinerario de los fieles, que en el pan eucarístico encuentran la fuerza para caminar hacia la meta luminosa de la ciudad santa.

2. También este es el sentido profundo del maná dado por Dios en las estepas del Sinaí, "pan de los ángeles", que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos, manifestación de la dulzura de Dios para con sus hijos (cf. Sb 16, 20-21). Cristo mismo pondrá de relieve este significado espiritual del evento del Éxodo. Es Él quien nos hace gustar  en  la Eucaristía el doble sabor de  pan del peregrino y de alimento de la plenitud mesiánica en la eternidad (cf. Is 25, 6). Utilizando una expresión dedicada a la liturgia sabática judía, la Eucaristía es "gustar la eternidad en el tiempo" (A. J. Heschel). Como Cristo vivió en la carne permaneciendo en la gloria de Hijo de Dios, así la Eucaristía es presencia divina y trascendente, comunión con lo eterno, signo de la "compenetración de la ciudad terrena y la ciudad celeste" (Gaudium et spes, 40). Por su naturaleza, la Eucaristía, memorial de la Pascua de Cristo, introduce lo eterno y lo infinito en la historia humana.

3. Las palabras que Jesús pronuncia sobre el cáliz del vino en la última Cena (cf. Lc 22, 20; 1 Co 11, 25) ilustran este aspecto que abre la Eucaristía al futuro de Dios, aun dejándola anclada en la realidad presente. San Marcos y san Mateo evocan en esas mismas palabras la alianza en la sangre de los sacrificios del Sinaí (cf. Mc 14, 24; Mt 26, 28; Ex 24, 8). San Lucas y San Pablo, por el contrario, revelan el cumplimiento de la "nueva alianza" anunciada por el profeta Jeremías "He aquí que vienen días -oráculo de Yahveh- en que yo pactaré con la casa de Israel, y con la casa de Judá, una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres" (Jr 31, 31-32). En efecto, Jesús declara. "Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre". "Nuevo", en lengua bíblico, indica generalmente progreso, perfección definitiva.

Son también San Lucas y San Pablo quienes subrayan que la Eucaristía es anticipación del horizonte de luz gloriosa propia del reino de Dios. Antes de la última Cena, Jesús declara:  "Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el reino de Dios. Y, tomando el cáliz, dadas las gracias, dijo:  Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el reino de Dios" (Lc 22, 15-18). También San Pablo recuerda explícitamente que la cena eucarística  está orientada  hacia  la  última venida del Señor:  "Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga" (1 Co 11, 26).

4. El cuarto evangelista, San Juan, destaca esta orientación de la Eucaristía hacia la plenitud del Reino de Dios dentro del célebre discurso sobre el "pan de vida" que Jesús pronuncia en la sinagoga de Cafarnaúm. El símbolo que utiliza como punto de referencia bíblico es, como ya hemos mencionado, el del maná dado por Dios a Israel peregrino en el desierto. A propósito de la Eucaristía Jesús afirma solemnemente:  "Si uno come de este pan, vivirá para siempre (...). El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día (...). Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre" (Jn 6, 51. 54. 58). La "vida eterna", en el lenguaje del cuarto evangelio, es la misma vida divina que rebasa las fronteras del tiempo. La Eucaristía, al ser comunión con Cristo, es también participación en la vida de Dios, que es eterna y vence la muerte. Por eso Jesús declara:  "Esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre:  que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que yo lo resucite el último día" (Jn 6, 39-40).

5. Desde esta perspectiva, como decía sugestivamente un teólogo ruso, Sergej Bulgakov, "la liturgia es el cielo en la tierra". Por eso, en la Carta Apostólica Dies Domini, recogiendo palabras de Pablo VI, exhorté a los cristianos a no abandonar "este encuentro, este banquete que Cristo nos prepara con su amor. ¡Que la participación sea muy digna y festiva a la vez! Cristo, crucificado y glorificado, viene en medio de sus discípulos para conducirlos juntos a la renovación de su resurrección. Es la cumbre, aquí abajo, de la alianza de amor entre Dios y su pueblo:  signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna" (n. 58; cf. Gaudete in Domino, conclusión).

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