EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 121

   

Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!:

 Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

Llévanos de la mano y  acompáñanos durante esta Cuaresma  hacia la Pascua para poder contemplar al Señor Jesucristo Resucitado

 

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

2 de febrero

San Lucas 2, 22-32

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones. »
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
-«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos:luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»

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Esta fiesta, antes llamada "de la Purificación de la Virgen María" recuerda el cumplimiento, por parte de la Sagrada Familia, de la Ley de Moisés que mandaba que a los 40 días el niño debía ser presentado en el templo, y la madre debía realizar el rito de la purificación. La celebración litúrgica de este día comienza con la ceremonia de la bendición y subsiguiente procesión de los cirios y candelas, que simbolizan a Jesús que aparece en el templo "como la luz que ilumina a todas las naciones" –según la expresión del anciano Simeón cuando recibe al Niño Jesús en el templo de Jerusalén–. Por esa razón esta fiesta se conocía antes con el nombre de "Fiesta de las candelas", o "Nuestra Señora de la Candelaria". Con este último nombre aún se celebra en muchos lugares

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HIMNO ADÓRO TE DEVOTE

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.
 
En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.

¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

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EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA

María es mi Madre!


Bajo su manto me amparo, con sus frutos me alimento, con el Pan Eucarístico que me proporciona.

Ella es mi Madre!

Me arrojo en sus brazos y Ella me estrecha contra su corazón. La escucho y su palabra me instruye. La miro y su belleza me alumbra.

Ella es mi Madre!

Si estoy débil me sostiene, la invoco y su bondad me atiende. Si enfermo me Sana, si muerto por el pecado me da la vida de la gracia.

Ella es mi Madre!

 En la lucha me socorre, en la tentación me auxilia, en la angustia me consuela, en el trabajo me sostiene, en la agonía me acompaña.

Ella es mi Madre!

Cuando voy a Jesús, me conduce, cuando llego a sus pies, me presenta.Cuando le pido favores, me protege.

Ella es mi Madre!

Si soy constante en mi súplica, me escucha. Si la visito me atiende.
En la vida me guía al cielo y en la muerte recibiré de sus manos la eterna corona.

Ella es mi Madre!

Que buena es María, que dulce y hermosa es!

Ella es mi Madre!

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.

Ruega por nosotros !

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EL AÑO DE LA EUCARISTÍA NACE DE LA CONMOCIÓN DE LA IGLESIA ANTE ESTE GRAN MISTERIO

O Sacrum Convivium, in quo Christus sumitur! El Año de la Eucaristía nace de la conmoción de la Iglesia ante este gran Misterio. Una conmoción que me embarga continuamente. De ella surgió la Encíclica Ecclesia de Eucharistia. Considero como una grande gracia del vigésimo séptimo año de ministerio petrino que estoy a punto de iniciar, el poder invitar ahora a toda la Iglesia a contemplar, alabar y adorar de manera especial este inefable Sacramento. Que el Año de la Eucaristía sea para todos una excelente ocasión para tomar conciencia del tesoro incomparable que Cristo ha confiado a su Iglesia. Que sea estímulo para celebrar la Eucaristía con mayor vitalidad y fervor, y que ello se traduzca en una vida cristiana transformada por el amor.. Considero como una grande gracia del vigésimo séptimo año de ministerio petrino que estoy a punto de iniciar, el poder invitar ahora a toda la Iglesia a contemplar, alabar y adorar de manera especial este inefable Sacramento. Que el Año de la Eucaristía sea para todos una excelente ocasión para tomar conciencia del tesoro incomparable que Cristo ha confiado a su Iglesia. Que sea estímulo para celebrar la Eucaristía con mayor vitalidad y fervor, y que ello se traduzca en una vida cristiana transformada por el amor.

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

Hoy celebramos la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo.  Con este gesto, María y José manifiestan su propósito de obedecer fielmente a la voluntad de Dios, rechazando toda forma de privilegio.

El próximo 9 de febrero celebraremos junto con toda la Iglesia el Miércoles de Ceniza. En esta jornada, al comenzar el período de cuarenta días de preparación a la Pascua, la Iglesia nos impone la ceniza sobre la cabeza y nos invita a la penitencia. 

Le informamos que hemos confeccionado un libro digital con  meditaciones para el Tiempo de Cuaresma, que hemos seleccionado de la  extensa Catequesis del Santo Padre Juan Pablo II. 

Le invitamos a descargar gratuitamente dicho libro digital que lleva por título PEREGRINANDO EN CUARESMA CON MARIA, desde la siguiente dirección de uno de nuestros sitios erigidos en honor a la Santísima Virgen: 

En el Ángelus del domingo 4 de marzo de 1979, el Santo Padre expresaba: 

La Cuaresma, invitación a la humildad

1. "¡Inclinad vuestras cabezas ante Dios!"   
 
Esta exhortación nos llegaba, como sabéis, en el período de Cuaresma: "¡Inclinad vuestra cabeza ante Dios!". Y así lo hacemos. El primer gesto litúrgico con el que hemos comenzado la Cuaresma ha sido precisamente el de inclinar la cabeza, el pasado miércoles de ceniza.
 
Hemos inclinado la cabeza para recibir la ceniza: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás" (Gén 3, 19), expresión ésta de nuestra mortalidad, y al mismo tiempo signo de nuestra disposición a la penitencia y a la conversión: "Arrepentíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15).
 
La inclinación de la cabeza puede ser interpretada como un gesto de humillación y de resignación. La inclinación de la cabeza ante Dios es signo de humildad. Pero la humildad no se identifica con la humillación o resignación. No es igual que la pusilanimidad. Todo lo contrario. La humildad es sumisión creativa a la fuerza de la verdad y del amor. La humildad es rechazo de las apariencias y de la superficialidad; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es condición de su grandeza. 

Dejarnos invadir por la fuerza de la verdad y del amor  
 
Nos lo recuerda también San Agustín que en un sermón dice así: "¿Quieres ser grande? Comienza por lo más pequeño. ¿Piensas construir un gran edificio que se eleve mucho? Piensa antes en el fundamento de la humildad" (San Agustín, Serm. 64, 2; PL 38, 441).   
 
Quizá esta manera de pensar dista bastante de muchas manifestaciones de la mentalidad contemporánea. Frecuentemente nos dejamos fascinar por valores aparentes, por grandezas exteriores, por lo que es sensacional que agita la superficie de nuestra psique. El hombre, arrancado de su propia profundidad, viene a ser, en cierto sentido, unidimensional. Construye sus cimientos poco profundos. Y con frecuencia sufre por la destrucción de lo que ha construido en sí mismo tan superficialmente. La Cuaresma requiere una profundización de nuestra construcción interna. Y de aquí precisamente proviene la invitación a la humildad, virtud tan significativa en todo el mensaje evangélico. La virtud tan propia de Cristo.
 
¡Inclinad vuestras cabezas ante Dios!
 
Inclinemos la cabeza: para que pueda abrazarnos la fuerza creativa de la verdad y del amor. Es la fuerza de la liberación. La fuerza, mediante la cual, el hombre se levanta, gracias a la cual, crece.   
 

Hoy publicamos dos textos catequéticos del Santo Padre para meditar en compañia de María, Maestra de Contemplación: EL ESPÍRITU SANTO EN LAS RELACIONES DE JESÚS CON SU MADRELA EUCARISTÍA, BANQUETE DE COMUNIÓN CON DIOS.  

Pidamos al  Espíritu Santo que, apoyados y confortados por la protección de Nuestra Señora de la Candelaria y de San José, nuestro  Padre y Señor, podamos contemplar con nuevos ojos el rostro de Cristo durante este año poniendo como propósito vivir el Año de la Eucaristía con mucha fe y devoción. 

Marisa y Eduardo

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

EL ESPÍRITU SANTO EN LAS RELACIONES DE JESÚS CON SU MADRE

 Audiencia General del miércoles 4  de julio de 1990

LA EUCARISTÍA, BANQUETE DE COMUNIÓN CON DIOS 

   Audiencia General del miércoles 18 de octubre  de 2000

 EL ESPÍRITU SANTO, JESÚS Y MARÍA  

 
 
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
1. Una manifestación de la gracia y de la sabiduría de Jesús, cuando era aún adolescente, se nos ofrece en el episodio de la disputa de Jesús con los doctores en el templo, que Lucas inserta entre los dos textos acerca del crecimiento de Jesús "ante Dios y ante los hombres". En este pasaje tampoco se nombra al Espíritu Santo, pero su acción parece traslucirse de cuanto sucede en aquella circunstancia. En efecto, dice el evangelista que "todos los que le oían estaban estupefactos de su inteligencia y sus respuestas" (Lc 2, 47). Es la sorpresa que produce el hallarse ante una sabiduría que viene de lo alto (cf. St 3, 15. 17; Jn 3, 34), es decir, del Espíritu Santo.      
    
2. También es significativa la pregunta, dirigida por Jesús a sus padres que, después de haberlo buscado durante tres días, lo habían encontrado en el templo en medio de aquellos doctores. María se había quejado afectuosamente, diciéndole: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando". Jesús respondió con otra pregunta serena: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" (Lc 2, 48-49). En aquel "no sabíais" se puede tal vez entrever una referencia a lo que Simeón había predicho a María durante la presentación del niño Jesús en el templo, y que era la explicación de aquel anticipo de la futura separación, de aquel primer golpe de espada para el corazón de la madre. Se puede decir que las palabras del santo anciano Simeón, inspiradas por el Espíritu Santo, resonaban en aquel momento sobre el grupo reunido en el templo, donde habían sido pronunciadas doce años antes.      
    
Pero en la respuesta de Jesús había también una manifestación de su conciencia de ser "el Hijo de Dios" (cf. Lc 1, 35) y de deber, por ello, estar "en la casa de su Padre", el templo, para "ocuparse de las cosas de su Padre" (según otra posible traducción de la expresión evangélica). Así, Jesús declaraba públicamente, quizá por primera vez, su vocación mesiánica y su identidad divina. Eso sucedía en virtud de la ciencia y de la sabiduría que, bajo el influjo del Espíritu Santo, se derramaron en su alma, unida al Verbo de Dios.
    
3. Lucas hace notar que María y José "no entendieron sus palabras" (Lc 2, 50). El asombro por lo que habían visto y oído influía en aquella condición de oscuridad en que permanecieron José y María. Pero es preciso tener en cuenta, más aún, que ellos, incluida María, se hallaban ante el misterio de la Encarnación y de la Redención que, a pesar de envolverlos, no por eso les resultaba comprensible. También ellos se encontraban en el claroscuro de la fe. María era la primera en la peregrinación de la fe (cf. Redemptoris Mater, 12-19), era la más iluminada, pero también la más sometida a la prueba en la aceptación del misterio. A Ella le tocaba aceptar el plan divino, adorado y meditado en el silencio de su corazón. De hecho, Lucas añade: "Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón" (Lc 2, 51). Así nos recuerda lo que había escrito ya a propósito de las palabras de los pastores tras el nacimiento de Jesús: "Todos..., se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lc 2, 18-19). Aquí se escucha el eco de las confidencias de María; podríamos decir, de su "revelación" a Lucas y a la Iglesia primitiva, de la que nos ha llegado el "evangelio de la infancia y de la niñez de Jesús", que María había tratado de entender, y sobre todo había creído y meditado en su corazón. Para María la participación en el misterio no consistía sólo en una aceptación y conservación pasiva. Ella realizaba un esfuerzo personal: "meditaba", verbo que en el original griego (symbállein) significa al pie de la letra juntar, confrontar. María intentaba captar las conexiones de los acontecimientos y de las palabras para aferrar, en la medida de sus posibilidades, su significado.
    
4. Aquella meditación, aquella profundización interior, se realizaba bajo el influjo del Espíritu Santo. María era la primera en beneficiarse de la luz que un día su Jesús prometería a los discípulos: "El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn 14, 26). El Espíritu Santo, que hace entender a los creyentes y a la Iglesia el significado y el valor de las palabras de Cristo, ya obraba en María que, como madre del Verbo encarnado, era la "Sedes Sapientiae", la Esposa del Espíritu Santo, la portadora y la primera mediadora del Evangelio sobre el origen de Jesús.
    
5. También en los años sucesivos de Nazaret María recogía todo lo que se refería a la persona y al destino de su hijo, y reflexionaba silenciosamente sobre ello en su corazón. Tal vez no podía hacerle confidencias a nadie; tal vez sólo le era posible captar en algún momento el significado de ciertas palabras, de ciertas miradas de su hijo. Pero el Espíritu Santo no cesaba de "recordarle" en lo más íntimo de su alma lo que había visto y escuchado. La memoria de María estaba iluminada por la luz que venía de lo alto. Aquella luz está en el origen de la narración de Lucas, como éste nos quiere dar a entender al insistir en el hecho de que María conservaba y meditaba: Ella, bajo la acción del Espíritu Santo, podía descubrir el significado superior de las palabras y de los acontecimientos, mediante una reflexión que se esforzaba por "juntarlo todo".
    

LA EUCARISTÍA, BANQUETE DE COMUNIÓN CON DIOS

 

Queridos hermanos y hermanas:  

1. "Nos hemos convertido en Cristo. En efecto, si Él es la cabeza y nosotros sus miembros, el hombre total es Él y nosotros" (san Agustín, Tractatus in Johannem, 21, 8). Estas atrevidas palabras de san Agustín exaltan la comunión íntima que, en el misterio de la Iglesia, se crea entre Dios y el hombre, una comunión que, en nuestro camino histórico, encuentra su signo más elevado en la Eucaristía. Los imperativos:  "Tomad y comed... bebed..." (Mt 26, 26-27) que Jesús dirige a sus discípulos en la sala del piso superior de una casa de Jerusalén, la última tarde de su vida terrena (cf. Mc 14, 15), entrañan un profundo significado. Ya el valor simbólico universal del banquete ofrecido en el pan y en el vino (cf. Is 25, 6), remite a la comunión y a la intimidad. Elementos ulteriores más explícitos exaltan la Eucaristía como banquete de amistad y de alianza con Dios. En efecto, como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, "es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor" (n. 1382).

2. Como en el Antiguo Testamento el santuario móvil del desierto era llamado "tienda del Encuentro", es decir, del encuentro entre Dios y su pueblo y de los hermanos de fe entre sí, la antigua tradición cristiana ha llamado "sinaxis", o sea "reunión", a la celebración eucarística. En ella "se revela la naturaleza profunda de la Iglesia, comunidad de los convocados a la sinaxis para celebrar el don de Aquel que es oferente y ofrenda:  estos, al participar en los sagrados misterios, llegan a ser "consanguíneos" de Cristo, anticipando la experiencia de la divinización en el vínculo, ya inseparable, que une en Cristo divinidad y humanidad" (Orientale lumen, 10).

Si queremos profundizar en el sentido genuino de este misterio de comunión entre Dios y los fieles, debemos volver a las palabras de Jesús en la última Cena. Remiten a la categoría bíblica de la "alianza", evocada precisamente a través de la conexión de la sangre de Cristo con la sangre del sacrificio derramada en el Sinaí:  "Esta es mi sangre, la sangre de la alianza" (Mc 14, 24). Moisés había dicho:  "Esta es la sangre de la alianza" (Ex 24, 8). La alianza que en el Sinaí unía a Israel con el Señor mediante un vínculo de sangre anunciaba la nueva alianza, de la que deriva, para usar la expresión de los Padres griegos, una especie de consanguinidad entre Cristo y el fiel (cf. san Cirilo de Alejandría, In Johannis Evangelium, XI; san Juan Crisóstomo, In Matthaeum hom., LXXXII, 5).

3. Las teologías de san Juan y de san Pablo son las que más exaltan la comunión del creyente con Cristo en la Eucaristía. En el discurso pronunciado en la  sinagoga de Cafarnaúm, Jesús dice explícitamente:  "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre" (Jn 6, 51). Todo el texto de ese discurso está orientado a subrayar la comunión vital que se establece, en la fe, entre Cristo, pan de vida, y aquel que come de él. En particular destaca el verbo griego típico del cuarto evangelio para indicar la intimidad mística entre Cristo y el discípulo, m+nein, "permanecer, morar":  "El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 56; cf. 15, 4-9).

4. La palabra griega de la "comunión", koinonìa, aparece asimismo en la reflexión de la primera carta a los Corintios, donde san Pablo habla de los banquetes sacrificiales de la idolatría, definiéndolos "mesa de los demonios" (1 Co 10, 21), y expresa un principio que vale para todos los sacrificios:  "Los que comen de las víctimas están en comunión con el altar" (1 Co 10, 18). El Apóstol aplica este principio de forma positiva y luminosa con respecto a la Eucaristía:  "El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión (koinonìa) con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión (koinonìa) con el cuerpo de Cristo? (...) Todos participamos de un solo pan" (1 Co 10, 16-17). "La participación (...) en la Eucaristía, sacramento de la nueva alianza, es el culmen de la asimilación a Cristo, fuente de "vida eterna", principio y fuerza del don total de sí mismo" (Veritatis splendor, 21).

5. Por consiguiente, esta comunión con Cristo produce una íntima transformación del fiel. San Cirilo de Alejandría  describe de modo eficaz este acontecimiento mostrando su resonancia en la existencia y en la historia:  "Cristo nos forma según su imagen de manera que los rasgos de su naturaleza divina resplandezcan en nosotros a través de la santificación, la justicia y la vida buena y según la virtud. La belleza de esta imagen resplandece en nosotros, que estamos en Cristo, cuando con nuestras obras nos mostramos hombres buenos" (Tractatus ad Tiberium diaconum sociosque, II, Responsiones ad Tiberium diaconum sociosque, en In divi Johannis Evangelium, vol. III, Bruselas 1965, p. 590). "Participando en el sacrificio de la cruz, el cristiano comulga con el amor de entrega de Cristo y se capacita y compromete a vivir esta misma caridad en todas sus actitudes y comportamientos de vida. En la existencia moral se revela y se realiza también el servicio real del cristiano" (Veritatis splendor, 107). Ese servicio regio tiene su raíz en el bautismo y su florecimiento en la comunión eucarística. Así pues, el camino de la santidad, del amor y de la verdad es la revelación al mundo de nuestra intimidad divina, realizada en el banquete de la Eucaristía.

Dejemos que nuestro anhelo de la vida divina ofrecida en Cristo se exprese con las emotivas palabras de un gran teólogo de la Iglesia armenia, Gregorio de Narek (siglo X):  "Tengo siempre nostalgia del Donante, no de sus dones. No aspiro a la gloria; lo que quiero es abrazar al Glorificado (...). No busco el descanso; lo que pido, suplicante, es ver el rostro de Aquel que da el descanso. Lo que ansío no es el banquete nupcial, sino estar con el Esposo" (Oración XII).

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