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Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh Madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.


EL CAMINO DE MARÍA

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NOVENA A LA INMACULADA

 

El pueblo cristiano, por inspiración del Espíritu Santo, ha sabido llegar a Dios a través de su Madre. Con una experiencia constante de sus gracias y favores la ha llamado «omnipotencia suplicante», y ha sabido encontrar en Ella el atajo «senda por donde se abrevia el camino»- para llegar a Dios.

El amor ha «inventado» numerosas formas de tratarla y honrarla. Hoy comenzamos esta Novena a la Inmaculada, en la que procuramos ofrecer algo personal cada día a Nuestra Señora, para preparar la Solemnidad de su Inmaculada Concepción.

En este primer día de la Novena con que queremos honrar a Nuestra Madre del Cielo, podemos hacernos el propósito firme de recurrir a su intercesión en cualquier necesidad en que nos encontremos, siguiendo el consejo de San Bernardo:

«Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la tentación, mira a la estrella, llama a María. Si te agitan las olas de la soberbia, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a María. Si turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la sima sin fondo de la tristeza o en el abismo de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara» (San Bernardo, Homilías sobre la Virgen Madre, 2)


Edición 1209 - 29 de Noviembre de 2018


I. JESÚS PERDIDO Y HALLADO EN EL TEMPLO

SAN JUAN PABLO II

Audiencia general . 15 de enero de 1997


 

Queridos hermanos y hermanas:
 

1. Como última página de los relatos de la infancia, antes del comienzo de la predicación de Juan el Bautista, el evangelista Lucas pone el episodio de la peregrinación de Jesús adolescente al templo de Jerusalén. Se trata de una circunstancia singular, que arroja luz sobre los largos años de la vida oculta de Nazaret.

En esa ocasión Jesús revela, con su fuerte personalidad, la conciencia de su misión, confiriendo a este segundo «ingreso» en la «casa del Padre» el significado de una entrega completa a Dios, que ya había caracterizado su presentación en el templo.

Este pasaje da la impresión de que contradice la anotación de Lucas, que presenta a Jesús sumiso a José y a María (ver Lc 2,51). Pero, si se mira bien, Jesús parece aquí ponerse en una consciente y casi voluntaria antítesis con su condición normal de hijo, manifestando repentinamente una firme separación de María y José. Afirma que asume como norma de su comportamiento sólo su pertenencia al Padre, y no los vínculos familiares terrenos.
 
2. A través de este episodio, Jesús prepara a su madre para el misterio de la Redención. María, al igual que José, vive en esos tres dramáticos días, en que su Hijo se separa de ellos para permanecer en el templo, la anticipación del triduo de su pasión, muerte y resurrección.

Al dejar partir a su madre y a José hacia Galilea, sin avisarles de su intención de permanecer en Jerusalén, Jesús los introduce en el misterio del sufrimiento que lleva a la alegría, anticipando lo que realizaría más tarde con los discípulos mediante el anuncio de su Pascua.

Según el relato de Lucas, en el viaje de regreso a Nazaret, María y José
, después de una jornada de viaje, preocupados y angustiados por el Niño Jesús, lo buscan inútilmente entre sus parientes y conocidos. Vuelven a Jerusalén y, al encontrarlo en el templo, quedan asombrados porque lo ven «sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles» (Lc 2,46). Su conducta es muy diversa de la acostumbrada. Y seguramente el hecho de encontrarlo al tercer día revela a sus padres otro aspecto relativo a su Persona y a su Misión.

Jesús asume el papel de maestro, como hará más tarde en la vida pública, pronunciando palabras que despiertan admiración: «Todos los que lo oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas» (Lc 2,47). Manifestando una sabiduría que asombra a los oyentes, comienza a practicar el arte del diálogo, que será una característica de su misión salvífica.

Su madre le pregunta: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando» (Lc 2,48). Se podría descubrir aquí el eco de los «porqués» de tantas madres ante los sufrimientos que les causan sus hijos, así como los interrogantes que surgen en el corazón de todo hombre en los momentos de prueba.
 
3. La respuesta de Jesús, en forma de pregunta, es densa de significado: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49).

Con esa expresión, Jesús revela a María y a José, de modo inesperado e imprevisto, el misterio de su Persona, invitándolos a superar las apariencias y abriéndoles perspectivas nuevas sobre su futuro.

En la respuesta a su madre angustiada, el Hijo revela enseguida el motivo de su comportamiento. María había dicho: «Tu padre», designando a José; Jesús responde: «Mi Padre», refiriéndose al Padre celestial.

Jesús, al aludir a su ascendencia divina, más que afirmar que el templo, casa de su Padre, es el «lugar» natural de su presencia, lo que quiere dejar claro es que Él debe ocuparse de todo lo que atañe al Padre y a su designio. Desea reafirmar que sólo la Voluntad del Padre es para Él norma que vincula su obediencia.

El texto evangélico subraya esa referencia a la entrega total al proyecto de Dios mediante la expresión verbal «debía», que volverá a aparecer en el anuncio de la Pasión (ver Mc 8,31).

Así pues, a sus padres se les pide que le permitan cumplir su misión donde lo lleve la Voluntad del Padre celestial.
 
4. El evangelista comenta: «Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio» (Lc 2,50). María y José no entienden el contenido de su respuesta, ni el modo, que parece un rechazo, como reacciona a su preocupación de padres. Con esta actitud, Jesús quiere revelar los aspectos misteriosos de su intimidad con el Padre, aspectos que María intuye, pero sin saberlos relacionar con la prueba que estaba atravesando.

Las palabras de Lucas nos permiten conocer cómo vivió María en lo más profundo de su alma este episodio realmente singular: «conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2,51). La Madre de Jesús vincula los acontecimientos al misterio de su Hijo, tal como se le reveló en la Anunciación, y ahonda en ellos en el silencio de la contemplación, ofreciendo su colaboración con el espíritu de un renovado «fiat».

Así comienza el primer eslabón de una cadena de acontecimientos que llevará a María a superar progresivamente el papel natural que le correspondía por su maternidad, para ponerse al servicio de la misión de su Hijo divino.

En el templo de Jerusalén, en este preludio de su misión salvífica, Jesús asocia a su Madre a Sí; ya no será solamente la Madre que lo engendró, sino la Mujer que, con su obediencia al plan del Padre, podrá colaborar en el misterio de la Redención.

De este modo, María, conservando en su corazón un evento tan rico de significado, llega a una nueva dimensión de su cooperación en la salvación.

 

«REINA DE LA PAZ, RUEGA POR NOSOTROS!» 

 

SAN JUAN PABLO II

HOMENAJE A LA INMACULADA. 8-DICIEMBRE-2003

 

«Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!» 

En la fiesta de tu Inmaculada Concepción vuelvo a venerarte, María, a los pies de esta imagen, que desde la Plaza de España permite que tu mirada materna se extienda por esta antigua ciudad de Roma. 

He venido aquí, esta noche, para rendirte el homenaje de mi devoción sincera. Es un gesto en el que se me unen, en esta plaza, innumerables romanos, cuyo afecto me ha acompañado siempre en todos los años de mi servicio a la Sede de Pedro. Estoy aquí con ellos para comenzar el camino hacia el 150 aniversario del Dogma que hoy celebramos con alegría filial. 

«Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!» 

A Ti se dirige nuestra mirada con intensa aprensión, a ti nos dirigimos con confianza más insistente en estos tiempos marcados por muchas incertidumbres y temores por el destino presente y futuro de nuestro planeta. A Ti, primicia de la humanidad redimida por Cristo, finalmente liberada de la esclavitud del mal y del pecado, elevamos juntos una súplica sentida y confiada: Escucha el grito de dolor de las víctimas de las guerras y de tantas formas de violencia, que ensangrientan la Tierra. Despeja las tinieblas de la tristeza y de la soledad, del odio y de la venganza. ¡Abre la mente y el corazón de todos a la confianza y al perdón! 

«Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!» 

Madre de misericordia y de esperanza, alcanza para los hombres y las mujeres del tercer milenio 
el don precioso de la paz: paz en los corazones y en las familias, en las comunidades y entre los pueblos; paz sobre todo para aquellas naciones 
en las que cada día se sigue combatiendo y muriendo. Haz que todos los seres humanos, de todas las razas y culturas, se encuentren con Jesús y le acojan a Él, que vino a la Tierra en el misterio de la Navidad para darnos «su» paz. 

 

María, Reina de la paz, ¡danos a Cristo, auténtica paz del mundo!

 


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EL CAMINO DE MARÍA . Edición 1209

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