EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 120

   Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

 

LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

2 de febrero

San Lucas 2, 22-32

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones. »
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
-«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos:luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»

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Esta fiesta, antes llamada "de la Purificación de la Virgen María" recuerda el cumplimiento, por parte de la Sagrada Familia, de la Ley de Moisés que mandaba que a los 40 días el niño debía ser presentado en el templo, y la madre debía realizar el rito de la purificación. La celebración litúrgica de este día comienza con la ceremonia de la bendición y subsiguiente procesión de los cirios y candelas, que simbolizan a Jesús que aparece en el templo "como la luz que ilumina a todas las naciones" –según la expresión del anciano Simeón cuando recibe al Niño Jesús en el templo de Jerusalén–. Por esa razón esta fiesta se conocía antes con el nombre de "Fiesta de las candelas", o "Nuestra Señora de la Candelaria". Con este último nombre aún se celebra en muchos lugares

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HIMNO ADÓRO TE DEVOTE

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.
 
En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.

¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

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EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA

María es mi Madre!


Bajo su manto me amparo, con sus frutos me alimento, con el Pan Eucarístico que me proporciona.

Ella es mi Madre!

Me arrojo en sus brazos y Ella me estrecha contra su corazón. La escucho y su palabra me instruye. La miro y su belleza me alumbra.

Ella es mi Madre!

Si estoy débil me sostiene, la invoco y su bondad me atiende. Si enfermo me Sana, si muerto por el pecado me da la vida de la gracia.

Ella es mi Madre!

 En la lucha me socorre, en la tentación me auxilia, en la angustia me consuela, en el trabajo me sostiene, en la agonía me acompaña.

Ella es mi Madre!

Cuando voy a Jesús, me conduce, cuando llego a sus pies, me presenta.Cuando le pido favores, me protege.

Ella es mi Madre!

Si soy constante en mi súplica, me escucha. Si la visito me atiende.
En la vida me guía al cielo y en la muerte recibiré de sus manos la eterna corona.

Ella es mi Madre!

Que buena es María, que dulce y hermosa es!

Ella es mi Madre!

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.

Ruega por nosotros !

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EL SANTO PADRE CONCEDE INDULGENCIA PLENARIA EN EL AÑO DE LA EUCARISTÍA
 
"Se concede indulgencia plenaria según las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice, con el alma totalmente desprendida del afecto a cualquier pecado), cada vez que los fieles participen con atención y piedad en una ceremonia sagrada o en un servicio piadoso en honor del Santísimo Sacramento, expuesto solemnemente o conservado en el tabernáculo".
 
"También se concede, con las condiciones citadas anteriormente, la indulgencia plenaria al clero, a los miembros de los Institutos de Vida Consagrada y de las Sociedades de Vida Apostólica y a los otros fieles obligados por ley al rezo de la Liturgia de las Horas, además de los que están acostumbrados a rezar el Oficio Divino por pura devoción, siempre, al final de la jornada, recen ante el Señor presente en el sagrario, o en común, o de forma privada, Vísperas y Completas".  

"Los fieles que por enfermedad u otras causas justas no puedan visitar el Santísimo Sacramento de la Eucaristía en una iglesia u oratorio, podrán conseguir la indulgencia plenaria en su propia casa o en cualquier lugar donde se encuentren a causa del impedimento (...) si con la intención de observar (...) las tres condiciones habituales, hacen espiritualmente la visita con el deseo del corazón (...) y rezan el Padre Nuestro y el Credo añadiendo una invocación piadosa a Jesús Sacramentado".
 
"Si ni siquiera pudieran hacerlo, obtendrán la indulgencia plenaria si se unen con deseo interior a los que practican de forma ordinaria la acción prescrita para la indulgencia y si ofrecen a Dios misericordioso la enfermedad y los problemas de su vida".  

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DEL AÑO DEL ROSARIO AL AÑO DE LA EUCARISTÍA

Justo en el corazón del Año del Rosario promulgué la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, en la cual ilustré el misterio de la Eucaristía en su relación inseparable y vital con la Iglesia. Exhorté a todos a celebrar el Sacrificio eucarístico con el esmero que se merece, dando a Jesús presente en la Eucaristía, incluso fuera de la Misa, un culto de adoración digno de un Misterio tan grande. Recordé sobre todo la exigencia de una espiritualidad eucarística, presentando el modelo de María como «mujer eucarística».

El Año de la Eucaristía tiene, pues, un trasfondo que se ha ido enriqueciendo de año en año, si bien permaneciendo firmemente centrado en el tema de Cristo y la contemplación de su rostro. En cierto sentido, se propone como un año de síntesis, una especie de culminación de todo el camino recorrido. Podrían decirse muchas cosas para vivir bien este Año. Me limitaré a indicar algunas perspectivas que pueden ayudar a que todos adopten actitudes claras y fecundas.

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

El próximo 2 de febrero celebraremos junto con toda la Iglesia la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo. Por ello les enviamos en esta edición el texto de la Catequesis del Santo Padre que lleva por título: El Espíritu Santo en la Presentación de Jesús en el Templo.

En la Homilía  de la Santa Misa celebrada el 2 de febrero de 2002, el Santo Padre expresaba: 

Somos invitados también nosotros a entrar en el Templo para meditar en el misterio de Cristo

1. "Los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor" (Lc 2, 22).

Cuarenta días después de la Navidad, la Iglesia revive hoy el misterio de la presentación de Jesús en el templo. Lo revive con el estupor de la Sagrada Familia de Nazaret, iluminada  por la revelación plena de aquel "niño" que, como nos acaban de recordar la primera y la segunda lectura, es el juez escatológico prometido por los profetas (cf. Ml 3, 1-3), el "sumo sacerdote compasivo y fiel" que vino para "expiar los pecados del pueblo" (Hb 2, 17).

El Niño, que María y José llevaron con emoción al templo, es el Verbo encarnado, el Redentor del hombre y de la historia.

Hoy, conmemorando lo que sucedió aquel día en Jerusalén, somos invitados también nosotros a entrar en el Templo para meditar en el misterio de Cristo, unigénito del Padre que, con su Encarnación y su Pascua, se ha convertido en el primogénito de la humanidad redimida.

Así, en esta fiesta se prolonga el tema de Cristo luz, que caracteriza las solemnidades de la Navidad y de la Epifanía.

"Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel" (Lc 2, 32). Estas palabras proféticas las pronuncia el anciano Simeón, inspirado por el Espíritu Santo, cuando toma en brazos al niño Jesús. Al mismo tiempo, anuncia que el "Mesías del Señor" cumplirá su misión como "signo de contradicción" (Lc 2, 34). En cuanto a María, la Madre, también ella participará personalmente en la pasión de su Hijo divino (cf. Lc 2, 35).

Por tanto, en esta fiesta celebramos el misterio de la consagración:  consagración de Cristo, consagración de María, y consagración de todos lo que siguen a Jesús por amor al Reino.

...El icono de María, que contemplamos mientras ofrece a Jesús en el templo, prefigura el de la crucifixión, anticipando también su clave de lectura:  Jesús, Hijo de Dios, signo de contradicción. En efecto, en el Calvario se realiza la oblación del Hijo y, junto con ella, la de la Madre. Una misma espada traspasa a ambos, a la Madre y al Hijo (cf. Lc 2, 35). El mismo dolor. El mismo amor....

... A lo largo de este camino, la Mater Jesu se ha convertido en Mater Ecclesiae. Su peregrinación de fe y de consagración constituye el arquetipo de la de todo bautizado. Lo es, de modo singular, para cuantos abrazan la vida consagrada....

... Oh María, Madre de Cristo y Madre nuestra, te damos gracias por la solicitud con que nos acompañas a lo largo del camino de la vida, y te pedimos:  preséntanos hoy nuevamente a Dios, nuestro único bien, para que nuestra vida, consumada por el Amor, sea sacrificio vivo, santo y agradable a él. Así sea.

Continuamos publicando textos catequéticos del Santo Padre sobre la Eucaristía que podremos meditar en compañia de María, Maestra de Contemplación:  LA EUCARISTÍA,  SACRIFICIO DE ACCIÓN DE GRACIAS Y DE ALABANZA. 

Siguiendo una antigua tradición y como recuerdo de los principales dolores y gozos de la vida de San José, la Iglesia dedica los siete domingos anteriores a su festividad (19 de marzo). Por ello hemos confeccionado un libro digital con meditaciones para cada domingo extractadas de la Exhortación Apostólica  Redemptoris Custos, en la que Juan Pablo II recoge la tradición patrística y teológica sobre San José, abriendo horizontes de estudio y meditación sobre la figura de este santo, que está, en la escala que baja del Cielo, inmediato a María, por encima de los Ángeles. Le invitamos a descargar gratuitamente en su computadora el libro digital que lleva por título: LA MISIÓN DE SAN JOSÉ EN LA VIDA DE CRISTO Y DE LA IGLESIA, desde la siguiente dirección:

http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=28

Pidamos al  Espíritu Santo que, apoyados y confortados por la protección de San José, nuestro  Padre y Señor, podamos contemplar con nuevos ojos el rostro de Cristo durante este año poniendo como propósito vivir el Año de la Eucaristía con mucha fe y devoción. 

Marisa y Eduardo

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

EL ESPÍRITU SANTO Y LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

 Audiencia General del miércoles 20  de junio de 1990

LA EUCARISTÍA, SACRIFICIO DE ACCIÓN DE GRACIAS Y DE ALABANZA 

 Con la Eucaristía la intimidad se hace total, el abrazo entre Dios y el hombre alcanza su cima.

  Audiencia General del miércoles 11de octubre  de 2000

 EL ESPÍRITU SANTO Y LA PRESENTACIÓN  EN EL TEMPLO 

 
 
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
1. Según el evangelio de San Lucas, cuyos primeros capítulos nos narran la infancia de Jesús, la revelación del Espíritu Santo tuvo lugar no sólo en la Anunciación y en la Visitación de María a Isabel, como hemos visto en las anteriores catequesis, sino también en la Presentación del niño Jesús en el templo (Cfr. Lc 2, 22-38). Es éste el primero de una serie de acontecimientos en la vida de Cristo en que se pone de manifiesto el misterio de la Encarnación junto con la presencia operante del Espíritu Santo.
 
2. Escribe el evangelista que 'cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor' (Lc 2, 22). La presentación del primogénito en el templo y la ofrenda que lo acompañaba (Cfr. Lc 2, 24) como signo del rescate del pequeño israelita, estaba prescrita, o al menos recomendada, por la Ley mosaica vigente en la Antigua Alianza (Cfr. Ex 13, 2. 12.13. 15; Lv 12, 6.8; Nm 18, 15) . Los israelitas piadosos practicaban ese acto de culto. Según Lucas, el rito realizado por los padres de Jesús para observar la Ley fue ocasión de una nueva intervención del Espíritu Santo, que daba al hecho un significado mesiánico, introduciéndolo en el misterio de Cristo redentor. Instrumento elegido para esta nueva revelación fue un santo anciano, del que Lucas escribe: 'He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo' (Lc 2, 25). La escena tiene lugar en la ciudad santa, en el templo donde gravitaba toda la historia de Israel y donde confluían las esperanzas fundadas en las antiguas promesas y profecías.
 
3. Aquel hombre, que esperaba la consolación de Israel, es decir, el Mesías, había sido preparado de modo especial por el Espíritu Santo para el encuentro con 'el que había de venir'. En efecto, leemos que 'estaba en él el Espíritu Santo', es decir, actuaba en él de modo habitual y 'le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor' (Lc 2, 26).
 
Según el texto de Lucas, aquella espera del Mesías, llena de deseo, de esperanza y de la íntima certeza de que se le concedería verlo con sus propios ojos, es señal de la acción del Espíritu Santo, que es inspiración, iluminación y moción. En efecto, el día en que María y José llevaron a Jesús al templo, acudió también Simeón, 'movido por el Espíritu' (Lc 2, 27). La inspiración del Espíritu Santo no sólo le preanunció el encuentro con el Mesías; no sólo le sugirió acudir al templo; también lo movió y casi lo condujo; y, una vez llegado al templo, le concedió reconocer en el niño Jesús, hijo de María, a Aquel que esperaba.
 
4. Lucas escribe que 'cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, (Simeón) le tomó en brazos y bendijo a Dios' (Lc 2, 27-28). En este punto el evangelista pone en boca de Simeón el 'Nunc dimittis', cántico por todos conocido, que la liturgia nos hace repetir cada día en la hora de Completas, cuando se advierte de modo especial el sentido del tiempo que pasa. Las conmovedoras palabras de Simeón, ya cercano a 'irse en paz', abren la puerta a la esperanza siempre nueva de la salvación, que en Cristo encuentra su cumplimiento: 'Han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel' (Lc 2, 30.32). Es un anuncio de la evangelización universal, portadora de la salvación que viene de Jerusalén, de Israel, pero por obra del Mesías-Salvador, esperado por su pueblo y por todos los pueblos.
 
5. El Espíritu Santo, que obra en Simeón, está presente y realiza su acción también en todos los que, como aquel santo anciano, han aceptado a Dios y han creído en sus promesas, en cualquier tiempo.
 
Lucas nos ofrece otro ejemplo de esta realidad, de este misterio: es la 'profetisa Ana' que, desde su juventud, tras haber quedado viuda, 'no se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones' (Lc 2, 37). Era, por tanto, una mujer consagrada a Dios y especialmente capaz, a la luz de su Espíritu, de captar sus planes y de interpretar sus mandatos; en este sentido era 'profetisa' (Cfr. Ex 15, 20; Jue 4, 4; 2 Re 22, 14). Lucas no habla explícitamente de una especial acción del Espíritu Santo en ella; con todo, la asocia a Simeón, tanto al alabar a Dios como al hablar de Jesús: 'Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén' (Lc 2, 38). Como Simeón, sin duda también ella había sido movida por el Espíritu Santo para salir al encuentro de Jesús.
 
6. Las palabras proféticas de Simeón (y de Ana) anuncian no sólo la venida del Salvador al mundo, su presencia en medio de Israel, sino también su sacrificio redentor Esta segunda parte de la profecía va dirigida explícitamente a María: 'Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción  y a ti misma una espada te atravesará el alma a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones' (Lc 2, 34.35).
 
No se puede menos de pensar en el Espíritu Santo como inspirador de esta profecía de la Pasión de Cristo como camino mediante el cual Él realizará la salvación. Es especialmente elocuente el hecho de que Simeón hable de los futuros sufrimientos de Cristo dirigiendo su pensamiento al corazón de la Madre, asociada a su Hijo para sufrir las contradicciones de Israel y del mundo entero. Simeón no llama por su nombre el sacrificio de la cruz, pero traslada la profecía al corazón de María, que será 'atravesado por una espada', compartiendo los sufrimientos de su Hijo.
 
7. Las palabras, inspiradas, de Simeón adquieren un relieve aún mayor si se consideran en el contexto global del 'evangelio de la infancia de Jesús', descrito por Lucas, porque colocan todo ese periodo de vida bajo la particular acción del Espíritu Santo. Así se entiende mejor la observación del evangelista acerca de la maravilla de María y José ante aquellos acontecimientos y ante aquellas palabras: 'Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él' (Lc 2, 33).
 
Quien anota esos hechos y esas palabras es el mismo Lucas que, como autor de los Hechos de los Apóstoles, describe la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y los discípulos reunidos en el Cenáculo en compañía de María, después de la Ascensión del Señor al cielo, según la promesa de Jesús mismo. La lectura del 'Evangelio de la infancia de Jesús' ya es una prueba de que el evangelista era particularmente sensible a la presencia y a la acción del Espíritu Santo en todo lo que se refería al misterio de la Encarnación, desde el primero hasta el último momento de la vida de Cristo.
    

LA EUCARISTÍA, SACRIFICIO DE ALABANZA

 

LA EUCARISTÍA.. Óleo en el Altar mayor

IGLESIA DE SAN JORGE . WALLDURN, ALEMANIA

Queridos hermanos y hermanas:  

 
1. "Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria". Con esta proclamación de alabanza a la Trinidad se concluye en toda celebración eucarística la plegaria del Canon. En efecto, la Eucaristía es el perfecto "sacrificio de alabanza", la glorificación más elevada que sube de la tierra al cielo, "la fuente y cima de toda la vida cristiana, en la que los hijos de Dios ofrecen al Padre la víctima divina y a sí mismos con ella" (cf. Lumen gentium, 11). En el Nuevo Testamento la carta a los Hebreos nos enseña que la liturgia cristiana es ofrecida por un "sumo sacerdote santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores y encumbrado por encima de los cielos", que ha realizado de una vez para siempre un único sacrificio "ofreciéndose a sí mismo" (cf. Hb 7, 26-27). "Por medio de él -dice la carta-, ofrecemos a Dios sin cesar un sacrificio de alabanza" (Hb 13, 15). Así queremos evocar brevemente los temas del sacrificio y de la alabanza, que confluyen en la Eucaristía, sacrificium laudis.

2. En la Eucaristía se actualiza, ante todo, el sacrificio de Cristo. Jesús está realmente presente bajo las especies del pan y del vino, como él mismo nos asegura:  "Esto es mi cuerpo... Esta es mi sangre" (Mt 26, 26. 28). Pero el Cristo presente en la Eucaristía es el Cristo ya glorificado, que en el Viernes santo se ofreció a sí mismo en la cruz. Es lo que subrayan las palabras que pronunció sobre el cáliz del vino:  "Esta es mi sangre de la Alianza, derramada por muchos" (Mt 26, 28; cf. Mc 14, 24; Lc 22, 20). Si se analizan estas palabras a la luz de su filigrana bíblica, afloran dos referencias significativas. La primera es la expresión "sangre derramada", que, como atestigua el lenguaje bíblico (cf. Gn 9, 6), es sinónimo de muerte violenta. La segunda consiste en la precisión "por muchos", que alude a los destinatarios de esa sangre derramada. Esta alusión nos remite a un texto fundamental para la relectura cristiana de las Escrituras, el cuarto canto de Isaías:  con su sacrificio, "entregándose a la muerte", el Siervo del Señor "llevó el pecado de muchos" (Is 53, 12; cf. Hb 9, 28; 1 P 2, 24).

3. Esa misma dimensión sacrificial y redentora de la Eucaristía se halla expresada en las palabras de Jesús sobre el pan en la última Cena, tal como las refiere la tradición de san Lucas y san Pablo:  "Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros" (Lc 22, 19; cf. 1 Co 11, 24). También en este caso se hace una referencia a la entrega sacrificial del Siervo del Señor según el pasaje ya evocado de Isaías:  "Se entregó a la muerte (...), llevó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores" (Is 53, 12). "La Eucaristía es, por encima de todo, un sacrificio:  sacrificio de la Redención y al mismo tiempo sacrificio de la nueva alianza, como creemos y como claramente profesan también las Iglesias orientales:  "El sacrificio actual -afirmó hace siglos la Iglesia griega (en el Sínodo Constantinopolitano contra Soterico, celebrado en los años 1156-1157)- es como aquel que un día ofreció el Unigénito Verbo de Dios encarnado y es ofrecido, hoy como entonces, por Él, siendo el mismo y único sacrificio"" (Carta Apostólica Dominicae Coenae, 9).

4. La Eucaristía, sacrificio de la nueva alianza, se presenta como desarrollo y cumplimiento de la alianza celebrada en el Sinaí cuando Moisés derramó la mitad de la sangre de las víctimas sacrificiales sobre el altar, símbolo de Dios, y la otra mitad sobre la asamblea de los hijos de Israel (cf. Ex 24, 5-8). Esta "sangre de la alianza" unía íntimamente a Dios y al hombre con un vínculo de solidaridad. Con la Eucaristía la intimidad se hace total, el abrazo entre Dios y el hombre alcanza su cima. Es la realización de la "nueva alianza" que había predicho Jeremías (cf. Jr 31, 31-34):  un pacto en el espíritu y en el corazón, que la carta a los Hebreos exalta precisamente partiendo del oráculo del profeta, refiriéndolo al sacrificio único y definitivo de Cristo (cf. Hb 10, 14-17).

5. Al llegar a este punto, podemos ilustrar otra afirmación:  la Eucaristía es un sacrificio de alabanza. Esencialmente orientado a la comunión plena entre Dios y el hombre, "el sacrificio eucarístico es la fuente y la cima de todo el culto de la Iglesia y de toda la vida cristiana. En este sacrificio de acción de gracias, de propiciación, de impetración y de alabanza los fieles participan con mayor plenitud cuando no sólo ofrecen al Padre con todo su corazón, en unión con el sacerdote, la Sagrada Víctima y, en Ella, se ofrecen a sí mismos, sino que también reciben la misma Víctima en el Sacramento" (Sagrada Congregación de Ritos, Eucharisticum Mysterium, 3).

Como dice el término mismo en su etimología griega, la Eucaristía es acción de gracias; en ella el Hijo de Dios une a sí mismo a la humanidad redimida en un cántico de acción de gracias y de alabanza. Recordemos que la palabra hebrea todah, traducida por "alabanza", significa también "acción de gracias". El sacrificio de alabanza era un sacrificio de acción de gracias (cf. Sal 50, 14. 23). En la última Cena, para instituir la Eucaristía, Jesús dio gracias a su Padre (cf. Mt 26, 26-27 y paralelos); este es el origen del nombre de ese sacramento.

6. "En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo" (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1359). Uniéndose al sacrificio de Cristo, la Iglesia en la Eucaristía da voz a la alabanza de la creación entera. A eso debe corresponder el compromiso de cada fiel de ofrecer su existencia, su "cuerpo" -como dice san Pablo- "como una víctima viva, santa, agradable a Dios" (Rm 12, 1), en una comunión plena con Cristo. De este modo una sola vida une a Dios y al hombre: Cristo crucificado y resucitado por todos y al discípulo llamado a entregarse totalmente a Él.

Esta íntima comunión de amor es lo que canta el poeta francés Paul Claudel, el cual pone en labios de Cristo estas palabras:  "Ven conmigo, a donde yo estoy, en ti mismo, y te daré la clave de la existencia. Donde yo estoy, está eternamente el secreto de tu origen (...). ¿Dónde están tus manos, que no estén las mías? ¿Y tus pies, que no estén clavados en la misma cruz? ¡Yo he muerto y he resucitado una vez para siempre! Estamos muy cerca el uno del otro (...). ¿Cómo puedes separarte de mí sin arrancarme el corazón?" (La Messe là-bas).

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