EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 119

   Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

 

Semana de Oración  por la  Unidad de los Cristianos.

15-enero-2005 

Textos bíblicos, meditaciones y oraciones para el octavario

 

HIMNO ADÓRO TE DEVOTE

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.
 
En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.

¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

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EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA

María es mi Madre!


Bajo su manto me amparo, con sus frutos me alimento, con el Pan Eucarístico que me proporciona.

Ella es mi Madre!

Me arrojo en sus brazos y Ella me estrecha contra su corazón. La escucho y su palabra me instruye. La miro y su belleza me alumbra.

Ella es mi Madre!

Si estoy débil me sostiene, la invoco y su bondad me atiende. Si enfermo me Sana, si muerto por el pecado me da la vida de la gracia.

Ella es mi Madre!

 En la lucha me socorre, en la tentación me auxilia, en la angustia me consuela, en el trabajo me sostiene, en la agonía me acompaña.

Ella es mi Madre!

Cuando voy a Jesús, me conduce, cuando llego a sus pies, me presenta.Cuando le pido favores, me protege.

Ella es mi Madre!

Si soy constante en mi súplica, me escucha. Si la visito me atiende.
En la vida me guía al cielo y en la muerte recibiré de sus manos la eterna corona.

Ella es mi Madre!

Que buena es María, que dulce y hermosa es!

Ella es mi Madre!

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.

Ruega por nosotros !

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EL SANTO PADRE CONCEDE INDULGENCIA PLENARIA EN EL AÑO DE LA EUCARISTÍA
 
"Se concede indulgencia plenaria según las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice, con el alma totalmente desprendida del afecto a cualquier pecado), cada vez que los fieles participen con atención y piedad en una ceremonia sagrada o en un servicio piadoso en honor del Santísimo Sacramento, expuesto solemnemente o conservado en el tabernáculo".
 
"También se concede, con las condiciones citadas anteriormente, la indulgencia plenaria al clero, a los miembros de los Institutos de Vida Consagrada y de las Sociedades de Vida Apostólica y a los otros fieles obligados por ley al rezo de la Liturgia de las Horas, además de los que están acostumbrados a rezar el Oficio Divino por pura devoción, siempre, al final de la jornada, recen ante el Señor presente en el sagrario, o en común, o de forma privada, Vísperas y Completas".  

"Los fieles que por enfermedad u otras causas justas no puedan visitar el Santísimo Sacramento de la Eucaristía en una iglesia u oratorio, podrán conseguir la indulgencia plenaria en su propia casa o en cualquier lugar donde se encuentren a causa del impedimento (...) si con la intención de observar (...) las tres condiciones habituales, hacen espiritualmente la visita con el deseo del corazón (...) y rezan el Padre Nuestro y el Credo añadiendo una invocación piadosa a Jesús Sacramentado".
 
"Si ni siquiera pudieran hacerlo, obtendrán la indulgencia plenaria si se unen con deseo interior a los que practican de forma ordinaria la acción prescrita para la indulgencia y si ofrecen a Dios misericordioso la enfermedad y los problemas de su vida".  

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EN EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA SE RESUME TODO EL MISTERIO DE NUESTRA SALVACIÓN 

"Al dar a la Eucaristía todo el relieve que merece, y poniendo todo esmero en no infravalorar ninguna de sus dimensiones o exigencias, somos realmente conscientes de la magnitud de este don. A ello nos invita una tradición incesante que, desde los primeros siglos, ha sido testigo de una comunidad cristiana celosa en custodiar este «tesoro». Impulsada por el amor, la Iglesia se preocupa de transmitir a las siguientes generaciones cristianas, sin perder ni un solo detalle, la fe y la doctrina sobre el Misterio eucarístico. No hay peligro de exagerar en la consideración de este Misterio, porque en este Sacramento se resume todo el misterio de nuestra salvación" . Juan Pablo II , Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia - 61.

QUE MARÍA INTERCEDA POR

 LA UNIÓN DE LOS CRISTIANOS


Ofrece gran gozo y consuelo para este Sacrosanto Concilio, el hecho de que tampoco falten entre los hermanos separados quienes tributan debido honor a la Madre del Señor y Salvador, especialmente entre los orientales, que corren parejos con nosotros por su impulso fervoroso y ánimo devoto en el culto de la siempre Virgen Madre de Dios. Ofrezcan todos los fieles súplicas insistentes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que asistió con sus oraciones a la naciente Iglesia, ahora también, ensalzada en el cielo sobre todos los bienaventurados y los ángeles en la comunión de todos los santos, interceda ante su Hijo para que las familias de todos los pueblos tanto los que se honran con el nombre de cristianos, como los que aún ignoran al Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad. (Constitución Dogmática "Lumen Gentium", 69)

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

Tradicionalmente, la Semana de oración por la unidad de los cristianos se celebra del 18 al 25 de enero. Estas fechas fueron propuestas en 1908 por Paul Watson para cubrir el periodo entre la fiesta de san Pedro y la de san Pablo. Esta elección tiene un significado simbólico. En el hemisferio Sur, donde el mes de enero es tiempo de vacaciones de verano, se prefiere adoptar igualmente en otra fecha, por ejemplo en torno a Pentecostés (sugerido por la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de Iglesias en 1926) que representa también otra fecha simbólica para la unidad de la Iglesia.

Este año, por primera vez, el texto de la Semana de oración por la unidad de los cristianos no sólo ha sido preparado en común por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (Iglesia Católica) y por la Comisión Fe y Constitución (Consejo Ecuménico de Iglesias), sino que se publican conjuntamente por los dos organismos las versiones francesa e inglesa. Por su parte la Conferencia Episcopal Española ha traducido al español todo el texto, el cual lo puede obtener en la siguiente dirección:

http://www.conferenciaepiscopal.es/interconfesional/unidad/2005/presentacion.htm

"Cristo, fundamento único de la Iglesia" (Cf.  1 Cor 3, 1-23) es el lema de la Semana para la Unidad de los Cristianos de este año 2005 que, como es costumbre, concluirá en Roma el 25 de enero, con la celebración de las Vísperas en la Basílica de San Pablo Extramuros.

En esta edición especial de El Camino de María dedicada a la Semana de oración por la unidad de los cristianos hemos seleccionado algunos textos de la extensa Catequesis del Santo Padre que desde el inicio de su fructífero Pontificado ha bregado insistentemente por la unidad de los cristianos, en la convicción de que la unidad es en primer lugar un don de Dios que hay que implorar sin cansarse en la humildad y en la verdad:

- MARÍA, MADRE DE LA UNIDAD Y DE LA ESPERANZA 

 - LA EUCARISTÍA, LA PALABRA Y LA UNIÓN DE LOS CRISTIANOS 

En su alocución antes del rezo del Ángelus del domingo 18 de enero de 2004, el Santo Padre expresaba:

EL MUNDO SEDIENTO DE PAZ NECESITA LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

1. «Mi paz os doy». Estas palabras de Jesús, tomadas del Evangelio de Juan (Cf. 14, 27), constituyen el tema de la anual Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que hoy comienza. Es significativo que el tema haya sido propuesto por las Iglesias de Oriente Medio, donde la unidad y la paz son las prioridades más sentidas.

Durante los próximos ocho días, en todas las partes del mundo, los cristianos de las diferentes confesiones y tradiciones se reunirán para pedir intensamente al Señor que refuerce el compromiso común por su plena unidad. Lo harán precisamente a partir de la riqueza contenida en la promesa de Cristo, meditando, día a día, en su don evangélico de la paz y en los compromisos que ésta comporta.

2. Al prometer su paz, Cristo aseguró a los discípulos el apoyo en las pruebas. Y, ¿no es acaso una prueba dolorosa la duradera división entre los cristianos? Por este motivo, sienten la profunda necesidad de dirigirse a su único Señor para que les ayude a vencer la tentación del desaliento en el difícil camino que lleva a la comunión plena.

En un mundo sediento de paz, es urgente que las comunidades cristianas anuncien el Evangelio de manera acorde. Es indispensable que testimonien el Amor divino que les une y que lleven alegría, esperanza, y paz, convirtiéndose en levadura de nueva humanidad.

3. Deseo de corazón que esta Semana de Oración produzca abundantes frutos para la causa de la unidad de los cristianos. Que sea una ocasión propicia para que quienes creen en Cristo se intercambien un abrazo fraterno, en la paz del Señor. Que la intercesión materna de la Virgen María, Madre de Cristo, nos alcance este don.

Le invitamos a pedir a María Santísima, que su materna intercesión ayude a los cristianos a formar un solo corazón y una sola alma y a todos los hombres a crecer en la solidaridad para construir un mundo de paz, a efectos de poner por obra el pedido del Concilio Vaticano II en la Lumen Gentium, 69: «Todos los fieles han de ofrecer insistentes súplicas a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones, también ahora en el cielo, exaltada sobre todos los bienaventurados y ángeles, en comunión con todos los santos, interceda ante su Hijo  para que las familias de todos los pueblos tanto los que se honran con el nombre de cristianos, como los que aún ignoran al Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad.».

Marisa y Eduardo

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

MARÍA, MADRE DE LA UNIDAD Y DE LA ESPERANZA

Audiencia Semanal, miércoles 12 de noviembre de 1997

LA EUCARISTÍA, LA PALABRA Y LA UNIÓN DE LOS CRISTIANOS 

  Audiencia General del miércoles 15 de noviembre de 2000

 MARÍA, MADRE DE LA UNIDAD Y DE LA ESPERANZA

 
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
1. Después de haber ilustrado las relaciones entre María y la Iglesia, el Concilio Vaticano II se alegra de constatar que la Virgen también es honrada por los cristianos que no pertenecen a la comunidad católica: «Este Concilio experimenta gran alegría y consuelo porque también entre los hermanos separados haya quienes dan el honor debido a la Madre del Señor y Salvador...». Podemos decir, con razón, que la maternidad universal de María, aunque manifiesta de modo más doloroso aún las divisiones entre los cristianos, constituye un gran signo de esperanza para el camino ecuménico.
 
Muchas comunidades protestantes, a causa de una concepción particular de la gracia y de la eclesiología, se han opuesto a la doctrina y al culto mariano, considerando que la cooperación de María en la obra de la salvación perjudicaba la única mediación de Cristo. En esta perspectiva, el culto de la Madre competiría prácticamente con el honor debido a su Hijo.
 
2. Sin embargo, en tiempos recientes, la profundización del pensamiento de los primeros reformadores ha puesto de relieve posiciones más abiertas con respecto a la doctrina católica. Por ejemplo, los escritos de Lutero manifiestan amor y veneración por María, exaltada como modelo de todas las virtudes: sostiene la santidad excelsa de la Madre de Dios y afirma a veces el privilegio de la Inmaculada Concepción, compartiendo con otros reformadores la fe en la virginidad perpetua de María.

El estudio del pensamiento de Lutero y de Calvino, como también el análisis de algunos textos de cristianos evangélicos, han contribuido a despertar un nuevo interés en algunos protestantes y anglicanos por diversos temas de la doctrina mariológica. Algunos incluso han llegado a posiciones muy cercanas a las de los católicos por lo que atañe a los puntos fundamentales de la doctrina sobre María, como su maternidad divina, su virginidad, su santidad y su maternidad espiritual.

La preocupación por subrayar el valor de la presencia de la mujer en la Iglesia favorece el esfuerzo de reconocer el papel de María en la historia de la salvación.

Todos estos datos constituyen otros tantos motivos de esperanza para el camino ecuménico. El deseo profundo de los católicos sería poder compartir con todos sus hermanos en Cristo la alegría que brota de la presencia de María en la vida según el Espíritu.
 
3. Entre nuestros hermanos que «dan el honor debido a la Madre del Señor y Salvador», el Concilio recuerda especialmente a los orientales, «que concurren en el culto de la siempre Virgen Madre de Dios llenos de fervor y de devoción». Como resulta de las numerosas manifestaciones de culto, la veneración por María representa un elemento significativo de comunión entre católicos y ortodoxos.

Sin embargo, subsisten aún algunas divergencias sobre los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la Asunción, aunque estas verdades fueron ilustradas al principio precisamente por algunos teólogos orientales: basta pensar en grandes escritores como Gregorio Palamas (+ 1359), Nicolás Cabasilas (+ después del 1396) y Jorge Scholarios (+ después del 1472).

Pero esas divergencias, quizá más de formulación que de contenido, no deben hacernos olvidar nuestra fe común en la maternidad divina de María, en su perenne virginidad, en su perfecta santidad y en su intercesión materna ante su Hijo. Como ha recordado el Concilio Vaticano II, el «fervor» y la «devoción» unen a ortodoxos y católicos en el culto a la Madre de Dios.
 
4. Al final de la Lumen gentium, el Concilio invita a confiar a María la unidad de los cristianos: «Todos los fieles han de ofrecer insistentes súplicas a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones, también ahora en el cielo, exaltada sobre todos los bienaventurados y ángeles, en comunión con todos los santos, interceda ante su Hijo».

Así como en la primera comunidad la presencia de María promovía la unanimidad de los corazones, que la oración consolidaba y hacía visible (ver Hch 1,14), así también la comunión más intensa con aquella a quien Agustín llama «Madre de la unidad», podrá llevar a los cristianos a gozar del don tan esperado de la unidad ecuménica.

A la Virgen Santa se dirigen incesantemente nuestras súplicas para que, así como sostuvo en los comienzos el camino de la comunidad cristiana unida en la oración y el anuncio del Evangelio, del mismo modo obtenga hoy con su intercesión la reconciliación y la comunión plena entre los creyentes en Cristo.

Madre de los hombres, María conoce bien las necesidades y las aspiraciones de la humanidad. El Concilio le pide, de modo particular, que interceda para que «todos los pueblos, los que se honran con el nombre de cristianos, así como los que todavía no conocen a su Salvador, puedan verse felizmente reunidos en paz y concordia en el único pueblo de Dios para gloria de la santísima e indivisible Trinidad».

La paz, la concordia y la unidad, objeto de la esperanza de la Iglesia y de la humanidad, están aún lejanas. Sin embargo, constituyen un don del Espíritu que hay que pedir incansablemente, siguiendo la escuela de María y confiando en su intercesión.
 
5. Con esta petición, los cristianos comparten la espera de aquella que, llena de la virtud de la esperanza, sostiene a la Iglesia en camino hacia el futuro de Dios. La Virgen, habiendo alcanzado personalmente la bienaventuranza por haber «creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor» (Lc 1,45), acompaña a los creyentes -y a toda la Iglesia- para que, en medio de las alegrías y tribulaciones de la vida presente, sean en el mundo los verdaderos profetas de la esperanza que no defrauda.
 
    

LA EUCARISTÍA, LA PALABRA Y LA UNIÓN DE LOS CRISTIANOS 

 

Queridos hermanos y hermanas:  

1. En el programa de este Año jubilar no podía faltar la dimensión del diálogo ecuménico y del interreligioso, como ya señalé en la carta apostólica Tertio millennio adveniente (cf. nn. 53 y 55). La línea trinitaria y eucarística que hemos desarrollado en las anteriores catequesis nos lleva ahora a reflexionar en este otro aspecto, tomando en consideración ante todo el problema del restablecimiento de la unidad entre los cristianos. Lo hacemos a la luz de la narración evangélica sobre los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35), observando el modo como los dos discípulos, que se alejaban de la comunidad, fueron impulsados a hacer el camino inverso y a volver a ella.

2. Los dos discípulos abandonaban el lugar en donde Jesús había sido crucificado, porque ese acontecimiento era para ellos una cruel desilusión. Por ese mismo hecho, se alejaban de los demás discípulos y volvían, por decirlo así, al individualismo. "Conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado" (Lc 24, 14), sin comprender su sentido. No entendían que Jesús había muerto "para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 52). Sólo veían el aspecto tremendamente negativo de la cruz, que arruinaba sus esperanzas:  "Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel" (Lc 24, 21). Jesús resucitado se les acerca y camina con ellos, "pero sus ojos no podían reconocerlo" (Lc 24, 16), porque desde el punto de vista espiritual se encontraban en las tinieblas más oscuras. Entonces Jesús, mediante una larga catequesis bíblica, les ayuda, con una paciencia admirable, a volver a la luz de la fe:  "Empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras" (Lc 24, 27). Su corazón comenzó a arder (cf. Lc 24, 32). Pidieron a su misterioso compañero que se quedara con ellos. "Cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado" (Lc 24, 30-31). Gracias a la explicación luminosa de las Escrituras, habían pasado de las tinieblas de la incomprensión a la luz de la fe y se habían hecho capaces de reconocer a Cristo resucitado "al partir el pan" (Lc 24, 35).

El efecto de este cambio profundo fue un impulso a ponerse nuevamente en camino, sin dilación, para volver a Jerusalén y unirse a "los Once y a los que estaban con ellos" (Lc 24, 33). El camino de fe había hecho posible la unión fraterna.

3. El nexo entre la interpretación de la palabra de Dios y la Eucaristía aparece también en otros pasajes del Nuevo Testamento. San Juan, en su evangelio, relaciona esta palabra con la Eucaristía cuando, en el discurso de Cafarnaúm, nos presenta a Jesús que evoca el don del maná en el desierto reinterpretándolo en clave eucarística (cf. Jn 6, 32-58). En la Iglesia de Jerusalén, la asiduidad en la escucha  de  la didaché, es decir, de la enseñanza  de  los Apóstoles basada en la palabra de Dios, precedía a la participación en la "fracción del pan" (Hch 2, 42).

En Tróade, cuando los cristianos se congregaron en torno a san Pablo para "la fracción del pan", san Lucas refiere que la reunión comenzó con largos discursos del Apóstol (cf. Hch 20, 7), ciertamente para alimentar la fe, la esperanza y la caridad. De todo esto se deduce con claridad que la unión en la fe es la condición previa para la participación común en la Eucaristía.

Con la liturgia de la Palabra y la Eucaristía, como nos recuerda el concilio Vaticano II citando a San Juan Crisóstomo (In Joh. hom. 46), "los fieles unidos al Obispo, al tener acceso a Dios Padre por medio de su Hijo, el Verbo encarnado, que padeció y fue glorificado, en la efusión del Espíritu Santo, consiguen la comunión con la santísima Trinidad, hechos "partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1, 4). Consiguientemente, por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios, y mediante la concelebración se manifiesta la comunión entre ellas" (Unitatis redintegratio, 15). Por tanto, este nexo con el misterio de la unidad divina engendra un vínculo de comunión y amor entre los que participan en la única mesa de la Palabra y la Eucaristía. La única mesa es signo y manifestación de la unidad. "Por consiguiente, la comunión eucarística está inseparablemente unida a la plena comunión eclesial y a su expresión visible" (La búsqueda de la unidad Directorio ecuménico, 1993, n. 129).

4. A esta luz se comprende cómo las divisiones doctrinales existentes entre los discípulos de Cristo congregados en las diversas Iglesias y comunidades eclesiales limitan la plena comunión sacramental. Sin embargo, el bautismo es la raíz profunda de una unidad fundamental que vincula a los cristianos a pesar de sus divisiones. Por eso, aunque los cristianos aún divididos no pueden participar en la misma Eucaristía, es posible introducir en la celebración eucarística, en casos específicos previstos por el Directorio ecuménico, algunos signos de participación que expresan la unidad ya existente y van en la dirección de la comunión plena de las Iglesias en torno a la mesa de la Palabra y del Cuerpo y Sangre del Señor. Así, "en ocasiones excepcionales y por causa justa, el Obispo diocesano puede permitir que un miembro de otra Iglesia o comunidad eclesial desempeñe la función de lector durante la celebración eucarística de la Iglesia católica" (n. 133). Asimismo, "cuando una necesidad lo exija o lo aconseje una verdadera utilidad espiritual, con tal de que se evite el peligro de error o de indiferentismo, entre católicos y cristianos orientales es lícita cierta reciprocidad para los sacramentos de la penitencia, la Eucaristía y la unción de los enfermos" (cf. nn. 123-131).

5. Con todo, el árbol de la unidad debe crecer hasta su plena expansión, como Cristo suplicó en la gran oración del Cenáculo, que hemos proclamado al inicio (cf. Jn 17, 20-26; Unitatis redintegratio, 22). Los límites en la intercomunión ante la mesa de la Palabra y de la Eucaristía deben transformarse en una llamada a la purificación, al diálogo y al camino ecuménico de las Iglesias. Son límites que nos hacen sentir con más intensidad, precisamente en la celebración eucarística, el peso de nuestras laceraciones y contradicciones. Así la Eucaristía es un desafío y una provocación puesta en el corazón mismo de la Iglesia para recordarnos el extremo e intenso deseo de Cristo:  "Que sean uno" (Jn 17, 11. 21).

La Iglesia no debe ser un cuerpo de miembros divididos y doloridos, sino un organismo vivo y fuerte que avanza sostenido por el pan divino, como lo prefigura el camino de Elías (cf. 1 R 19, 1-8), hasta la cima del encuentro definitivo con Dios. Allí, finalmente, se llevará a cabo la visión del Apocalipsis:  "Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo" (Ap 21, 2).

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