EL CAMINO DE MARÍA
SEXTO DOMINGO DE PASCUA
Edición 1180 - 6 de junio de 2018

     
 
 
 

 

Jesús expresó:

«9 Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi Amor.

10 Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi Amor. como Yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su Amor.

11 Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.

2 Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado.

13 No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.

14 Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.

15 Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; Yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

16 No son ustedes los que me eligieron a mí, sino Yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, Él se lo concederá.

17 Lo que Yo les mando es que se amen los unos a los otros.
».

(Jn 15, 9-17)


 

Querido(a) suscriptor(a) de El Camino de María:

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En el Evangelio del VI Domingo de Pascua la Iglesia nos invita a reflexionar sobre el final del discurso de despedida que Jesús hace con sus discípulos en la Última Cena.

Este texto evangélico tomado del capítulo 15 de San Juan, resuena la invitación del Señor: «Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16). Son palabras dirigidas de modo específico a los Apóstoles, pero, en sentido amplio, conciernen a todos los discípulos de Jesús. Toda la Iglesia, todos nosotros hemos sido enviados al mundo para llevar el Evangelio y la salvación. Pero la iniciativa siempre es de Dios, que llama a los múltiples ministerios, para que cada uno realice su propia parte para el bien común. Llamados al sacerdocio ministerial, a la vida consagrada, a la vida conyugal, al compromiso en el mundo, a todos se les pide que respondan con generosidad al Señor, sostenidos por su Palabra, que nos tranquiliza: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy Yo quien os he elegido»
 

 

Salve, oh Madre, Reina del mundo.
Tú eres la Madre del Amor Hermoso, 
Tú eres la Madre de Jesús, fuente de toda gracia,
el perfume de toda virtud,
el espejo de toda pureza. 
Tú eres alegría en el llanto, esperanza en la muerte.
¡Como dulce sabor tu nombre en nuestra boca, 
como suave armonía en nuestros oídos, 
como embriaguez en nuestro corazón!
Tú eres la felicidad de los que sufren, 
la corona de los mártires, 
la belleza de las vírgenes. 
Te suplicamos que nos guíes, después de este destierro, 
a la posesión de tu Hijo, Jesús. 
Amén.

 

"...En este día primero del mes de Mayo, junto con todos vosotros, también yo he querido venir en peregrinación a este lugar bendito, para arrodillarme a los pies de la imagen milagrosa, que, desde hace siglos, no cesa de dispensar gracias y consuelo espiritual, y para dar así comienzo solemne al mes mariano, que en la piedad popular encuentra expresiones sumamente delicadas de veneración y afecto hacia nuestra Madre Dulcísima.

La tradición cristiana, que nos hace ofrecer flores, ramilletes y piadosos propósitos a la Toda-hermosa y Toda-Santa, encuentre en este Santuario, que sugiere en medio de la campiña romana, rica de luz y verdor, el punto ideal de referencia en este mes consagrado a Ella.

Tanto más que Su Imagen, representada sentada en el trono, con el Niño Jesús en sus brazos, y con la paloma descendiendo sobre Ella, como símbolo del Espíritu Santo, que es precisamente el Divino Amor, nos trae a la mente los vínculos dulces y puros que unen a la Virgen María con el Espíritu Santo y con el Señor Jesús. Flor nacida de Su Seno, en la obra de nuestra redención.

Cuadro admirable, ya contemplado, en una evocación lírica, por el mayor poeta italiano cuando hace exclamar a San Bernardo: "En Tu Seno se enciende el Amor por el que caldeada en la eterna paz ha brotado así esta Flor." (Paradiso, 33, 7-9)..." (San Juan Pablo II Santuario del Divino Amore. 1 de mayo de 1979)

 

 

«Este es el Mandamiento mío, que os améis… como Yo os he amado»

San Juan Pablo II

En la Parroquia romana de

 Santa María del Olivo en Settecamini

 5 de mayo de 1991

 

1. Queridos hermanos y hermanas, en el ambiente de alegría del tiempo de Pascua, al celebrar la plenitud del amor de Dios por la humanidad, expresado y comunicado a nosotros en su Hijo, muerto y resucitado, la liturgia de hoy nos lleva a la consideración de esta gran “don”, del cual proviene el mandamiento de amar a nuestros hermanos.

Contemplamos, en primer lugar, el Amor de Dios por el hombre, que se ha revelado plenamente en Cristo, su Hijo.

“Dios es Amor”, ha recordado el apóstol Juan. Es amor porque es “comunión” que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en la vida trinitaria. Es amor porque es “don”. El Amor de Dios, en efecto, no permanece cerrado en sí mismo, sino que se difunde y llega al corazón de todos los que ha creado, llamándolos a ser sus hijos.

El Amor de Dios es un amor gratuito, que antecede la espera y la necesidad del hombre. “No fuimos nosotros a amar a Dios, sino que Él nos amó.” Nos amó primero, Él tomó la iniciativa. Esta es la gran verdad que ilumina y explica todo lo que Dios ha hecho y conseguido en la historia de la salvación.

El Amor de Dios, por otra parte, no está reservado a algunos, unos pocos, sino que quiere abrazar a todos, invitándolos a ser una sola familia. El apóstol Pedro dice lo mismo en su discurso de evangelización que tuvo lugar en la casa del centurión Cornelio, donde se encontraban muchas personas: Dios – dice – “no hace acepción de personas, sino el que le teme y practica la justicia, perteneciendo al pueblo que pertenezca, es aceptable a Él”.

El Amor de Dios por la humanidad no conoce fronteras, no se detiene delante de alguna barrera de raza o cultura: es universal, es para todos. Pide sólo disponibilidad y acogida; sólo exige un terreno humano para fecundar, hecho de conciencia honesta y buena voluntad.

Es, finalmente, un amor concreto hecho de palabras y gestos que llegan al hombre en diferentes situaciones, incluidas las de sufrimiento y de opresión, porque es amor que libera y salva, ofreciendo amistad y creando comunión. Todo esto por la fuerza del don del Espíritu, derramado como don de amor en los corazones de los creyentes, para que puedan glorificar a Dios y proclamar sus maravillas a todos los pueblos.

2. De la contemplación del Amor de Dios viene la necesidad de una respuesta, de un compromiso. ¿Cuál? Es un deber preguntárselo. Y la palabra de Dios, apenas escuchada, colma nuestras expectativas. Se requiere antes que nada que el hombre se deje amar por Dios. Esto sucede cuando se cree en su amor y se lo toma en serio, aceptando el don en la propia vida para dejares transformar y moldear por él, especialmente en las relaciones de solidaridad y fraternidad que unen a los hombres unos con otros.

Jesucristo, en efecto, pide a aquellos que han sido alcanzados por el amor del Padre amarse unos con otros y amar a todos como Él los amó. La originalidad y la novedad de su mandamiento residen precisamente en aquel “como”, que dice gratuidad, apertura universal, concreción en palabras y gestos verdaderos, capacidad de donación hasta al supremo sacrificio de sí mismos. De esta manera, su vida puede difundirse, transformar el corazón humano y hacer de todos los hombres de una comunidad reunida en su amor.

Jesús pide a sus seguidores que permanezcan en su Amor, es decir, que vivan permanentemente en comunión con Él, en una relación constante de amistad y de diálogo. Y esto para gustar de la alegría plena, para encontrar la fuerza para observar sus mandamientos y, finalmente, para producir frutos de justicia y de paz, de santidad y de servicio.

4. Acoged con renovada conciencia el Evangelio del amor que Jesucristo revela con su palabra y con su vida. Él los ha elegido y, con el don del Espíritu Santo, los ha “constituido” y establecido en Él, haciéndolos sus amigos y partícipes, con el bautismo, de su propia vida. Permanezcan en su amor, perseveren en él, cultiven el diálogo de la oración con Él, crezcan en la comunión a través de la participación en los sacramentos y en la liturgia, custodien fielmente su palabra en el corazón, observen sus mandamientos.

Y entonces ámense el uno al otro, porque “todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.” El amor fraternal, en efecto, testimoniado y experimentado, hace creíble el Evangelio del amor de Dios de “los de fuera” y se convierte así en la primera forma de evangelización para los hombres de nuestro tiempo. Este amor mutuo, en la realidad de su comunidad parroquial, está destinado a expresarse en múltiples formas de compromiso y servicio.

Exige disponibilidad y acogida a todos, especialmente a los niños, a los pobres, a los que sufren; pide una cooperación activa y armoniosa a las diversas iniciativas en miras a crear y fortalecer la comunión; incluye la valoración del carisma personal y de grupo, con el objetivo de orientar al bien común y la edificación de la comunidad, superando el impulso fácil del individualismo y la búsqueda de intereses particulares. Nos demanda, en una palabra, “caminar juntos”, guiados por quien es pastor de la Iglesia, con el objetivo común del Reino de Dios.

5. El Evangelio del amor, por último, pide a todos y a cada uno que vayan y den fruto, y un fruto que permanezca. Es el deber de la “misión”, que nos insta a llevar la reconciliación y la paz allí donde hay división y enemistad; a crear la solidaridad allí donde hay marginación y soledad; a promover la vida allí donde se propagan los signos de la muerte; a compartir allí donde el egoísmo levanta barreras y prejuicios: en la familia, en el trabajo, en la vida del barrio.

“Con voces de júbilo den el gran anuncio, hacedlo llegar a los confines de la tierra: el Señor ha liberado a su pueblo. Aleluya”.

Queridos, vivan en el Amor de Dios y en la alegría. La liturgia de hoy es “alegría”: es la alegría de ir juntos, es la alegría de estar juntos como familia de Dios reunida alrededor de su altar, de su Eucaristía. Es una alegría especial ver a estos niños vestidos tan solemnemente, niñas vestidas de blanco, para recibir la Sagrada Comunión. Es, sobre todo, la alegría de los corazones de estos niños, ya que deben abrirse a Jesucristo Eucaristía y convertirse en su casa como él les ha dicho. Es alegría para las familias que viven así un gran día en su camino de la vida cristian
a. Siempre es alegría en su comunidad eclesial, en su comunidad parroquial este día de la Primera Comunión de los niños, día de gran alegría pascual. Es alegría para mí, que he podido encontrarme en su parroquia en este día en que sus hijos reciben la Primera Comunión y yo personalmente puede dar a Jesús Eucaristía a cada uno de ellos. Que el Señor los bendiga y les ayude en el camino parroquial cristiano, especialmente en este mes de mayo, y a lo largo de nuestras vidas. Alabado sea Jesucristo.

 


 

HEMOS CREÍDO EN EL AMOR DE DIOS

Por Antonio Boggiano

 

Benedicto XVI en su encíclica fundamental Deus Caritas Est, contiene el título de esta foja de donde lo tomo y lo califica como “la opción fundamental del cristiano”. Dios nos amó primero (1 Jn. 4, 10) Nuestro amor, pues, ya no es un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor recibido. El don del amor es la llamada de Dios.


Este Dios viene a nosotros con su amor, que nos da y nos pide. Él quiere este intercambio de amor, interamar con Dios es su voluntad y nuestro fin último.


Dios nos da el Amor con el que quiere ser amado.


Nosotros, obviamente, no podemos recibir todo el Amor de Dios. Él sabe cómo podemos amarlo. Creemos porque amamos. Y amamos porque creemos.


La alegría de Dios es infinitamente mayor que la de cualquier otro amado


Nos pide algo de su amor, pero de su amor al fin. Y nuestro amor al prójimo y nos enseña quien es éste.


Es verdad que sólo con el Amor de Dios podemos amar a nuestros padres, esposas, hijos. ¿Hay algo común en ellos a lo que podríamos llamar amor?


El amor es un camino de ascesis, empinado, de renuncia, purificación y recuperación.


Por oposición al amor indeterminado, inseguro, que en hebreo se llama “dodin”, la palabra “ahabá” cuya traducción griega del Antiguo Testamento es “agapé”, es el amor más seguro que ha llegado a ser verdadero descubrimiento del otro, superando el carácter indeterminado del anterior. Busca el bien del amado y así se transforma en renuncia y sacrificio.


Es el camino de Jesús que a través de la Cruz lo lleva a su Resurrección. Y la Cruz es un amor tan misterioso que pone a Dios contra Sí mismo, su Amor contra su Justicia.

 

 
     

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