EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 115

   Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

 

 

LA EPIFANÍA DE DIOS 

 6 de enero

En este día se conmemora la manifestación -Epifanía- de Jesús al mundo pagano, representado en los tres Reyes Magos de Oriente. Se recuerda en ella preferentemente la revelación de Dios hecho hombre a las naciones paganas, cuya primera manifestación ante la cuna del recién nacido Jesús fueron los Santos Magos, que la tradición señala con los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. Estos fueron conducidos por una misteriosa estrella, símbolo de la fe. Y fueron cargados con ricos presentes especialmente con oro, incienso y mirra. En recuerdo de estos presentes, hoy en el mundo cristiano se obsequia a los niños con regalos cuyo traslado se atribuye a los mismos Reyes Magos.

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EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA

María es mi Madre!


Bajo su manto me amparo, con sus frutos me alimento, con el Pan Eucarístico que me proporciona.

Ella es mi Madre!

Me arrojo en sus brazos y Ella me estrecha contra su corazón. La escucho y su palabra me instruye. La miro y su belleza me alumbra.

Ella es mi Madre!

Si estoy débil me sostiene, la invoco y su bondad me atiende. Si enfermo me sana, si muerto por el pecado me da la vida de la gracia.

Ella es mi Madre!

 En la lucha me socorre, en la tentación me auxilia, en la angustia me consuela, en el trabajo me sostiene, en la agonía me acompaña.

Ella es mi Madre!

Cuando voy a Jesús, me conduce, cuando llego a sus pies, me presenta.Cuando le pido favores, me protege.

Ella es mi Madre!

Si soy constante en mi súplica, me escucha. Si la visito me atiende.
En la vida me guía al cielo y en la muerte recibiré de sus manos la eterna corona.

Ella es mi Madre!

Que buena es María, que dulce y hermosa es!

Ella es mi Madre!

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.
Ruega por nosotros
!

 

 

 

 

 

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VIRGEN DEL AMOR DIVINO (*)

«María, mi amadísima Madre, dame tu corazón tan bello, tan puro, tan inmaculado, tan lleno de amor y de humildad, para que pueda recibir a Jesús como tu lo hiciste e ir rápidamente a darlo a los demás». (Madre Teresa de Calcula, A Fruitful Branch, p. 44.)  

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

Celebramos la Solemnidad de  la Epifanía del Señor. Toda la liturgia habla hoy de la luz de Cristo, de la luz que se encendió en la noche santa. La misma luz que guió a los pastores hasta el portal de Belén indicó el camino a los Magos que fueron desde Oriente para adorar a Jesús en Belén, y resplandece para todos los hombres y todos los pueblos que anhelan encontrar a Dios.

En la meditación  durante el rezo del Ángelus del 6 de enero de 2000,  el Santo Padre expresaba:

"El Evangelio de hoy habla de los Magos de Oriente que, guiados por una estrella, fueron a adorar a Jesús a Belén. Es la Epifanía de Cristo, es decir, su manifestación a los gentiles. El Mesías nace del linaje de David, cumpliendo las promesas de los profetas, pero su mensaje de salvación es universal:  gloria de Israel y luz para todos los pueblos (cf. Lc 2, 32).

Por tanto, esta Solemnidad pone de relieve la vocación universal de la Iglesia, llamada a reflejar en su rostro la luz del Señor. 

2. Mi pensamiento se dirige ahora al Oriente cristiano, donde viven y proclaman el Evangelio mis hermanos en la fe, los patriarcas de las Iglesias ortodoxas:  Constantinopla, Antioquía, Jerusalén, Moscú, Rumanía, Georgia y cualquier otra tierra donde esas Iglesias cantan las alabanzas del Verbo de Dios que se hizo hombre. Quisiera nombrarlas una por una, expresándoles mi ferviente deseo de que la luz de Cristo, cuyo nacimiento celebran en este período, les conceda en abundancia todo lo que puede reforzar la proclamación del único Evangelio de salvación.

A las Iglesias ortodoxas y a las Iglesias orientales católicas, que celebran mañana el nacimiento de Cristo, les deseo una feliz Navidad con las palabras de un tropario que conocen muy bien:  "Tu nacimiento, oh Cristo, Dios nuestro, hizo surgir en el mundo la luz de la verdad. (...) Guiados por una estrella, fueron a adorarte a ti, sol de justicia, y a reconocerte, aurora celestial. Oh Señor, gloria a ti".

3. Al comienzo de este nuevo año, mientras vivimos intensamente el gran jubileo, encomendemos a María, "Estrella de la mañana", la misión evangelizadora de la Iglesia y el camino de los cristianos hacia la unidad plena querida por nuestro Redentor".

Pidamos al  Espíritu Santo, por intercesión de Nuestra Señora de la  Epifanía,  que nos otorgue sus dones para que podamos transitar el nuevo año con confianza en Dios imitando la Fe de María. 
 

Marisa y Eduardo

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(*) "...Esta tarde tenemos aquí, con nosotros, el icono de la Virgen del Amor Divino, valioso don que la comunidad de Roma ha hecho al Papa. Os lo agradezco profundamente. En la corona de la Virgen están engarzadas veinte piedras preciosas, que corresponden a los veinte misterios del Santo Rosario, de acuerdo con mi petición de que a los quince misterios tradicionales se añadieran los cinco misterios luminosos. Deseo que este icono sea venerado en el nuevo Santuario de la Virgen del Amor Divino...." (Juan Pablo II, 31 de diciembre de 2003)

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

LA EPIFANÍA DE DIOS Y LA FAMILIA

 LA FAMILIA DEBE REFLEJAR UN RAYO DE LA GLORIA DE DIOS

Audiencia General del miércoles 5  de enero de 1994

LA EPIFANÍA DE DIOS Y LA VIRGEN MARÍA

  Audiencia General del miércoles 4 de enero de 1989

 LA EPIFANÍA DE DIOS Y LA FAMILIA

 

ORACIÓN POR LA FAMILIA

Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, Padre, que eres Amor y Vida, haz que en cada familia humana sobre la tierra se convierta, por medio de tu Hijo, Jesucristo, "nacido de Mujer", y del Espíritu Santo, fuente de caridad divina, en verdadero santuario de la vida y del amor para las generaciones porque siempre se renuevan.

Haz que tu gracia guíe a los pensamientos y las obras de los esposos hacia el bien de sus familias y de todas las familias del mundo.

Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte apoyo para su humanidad y su crecimiento en la verdad y en el amor.

Haz que el amor, corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis, por las que a veces pasan nuestras familias.

Haz finalmente, te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia en todas las naciones de la tierra pueda cumplir fructíferamente su misión en la familia y por medio de la familia. Tú, que eres la Vida, la Verdad y El Amor, en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo.


  

Queridos hermanos y hermanas:

1."Entraron en la casa (los Magos); vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron" (Mt 2, 11).  

Hay un vínculo muy estrecho entre la Epifanía y la familia: deseo subrayarlo en estos primeros días del Año de la familia. En la casa donde habita la Sagrada Familia es donde los Magos encuentran y reconocen al Mesías esperado. Allí estos sabios investigadores del misterio divino reciben la luz que ilumina y produce alegría. En efecto, el evangelio nos dice que los Magos entraron en la casa, adoraron al Niño y le presentaron sus dones simbólicos, cumpliendo con ese gesto los oráculos mesiánicos del Antiguo Testamento que anunciaban el homenaje de todas las naciones al Dios de Israel (cf. Nm 24, 17; Is 49, 23; Sal 72, 10-15).

Así, en la humilde y oculta familia de Nazaret, Cristo se muestra como la verdadera luz de las gentes que, mientras envuelve a toda la humanidad, proyecta un especial fulgor espiritual hacia la realidad de la familia.

2. El tema de la luz se halla en el centro de la liturgia de la Epifanía, que mañana celebraremos solemnemente.  

El concilio Vaticano II, con una imagen de extraordinaria elocuencia, afirma que "sobre la faz de la Iglesia" resplandece "la luz de Cristo" (Lumen gentium, 1). Ahora bien, en el mismo documento se afirma asimismo que la familia es "iglesia doméstica" (ib., 11). Por consiguiente, está a su vez llamada a reflejar, en el calor de las relaciones interpersonales de sus miembros, un rayo de la gloria de Dios, que brilla sobre la Iglesia (cf. Is 60, 2). Un rayo, ciertamente, no es toda la luz, pero es también luz: toda familia, con sus límites, es, con título pleno, signo del amor de Dios. El amor conyugal el amor paterno y materno, el amor filial, inmersos en la gracia del matrimonio, forman un auténtico reflejo de la gloria de Dios, del amor de la santísima Trinidad.

3. En la carta a los Efesios, san Pablo habla del "misterio" que se nos reveló en la plenitud de los tiempos (cf. Ef 3, 2-6): misterio del amor divino que, en Cristo ofrece la salvación a los hombres de toda raza y de toda cultura. Pues bien, en la misma carta, el Apóstol alude al "gran misterio" también con respecto al matrimonio, en relación al amor que une a Cristo con su Iglesia (cf. Ef 5, 32).

La familia cristiana, por tanto, cuando es fiel al dinamismo intrínseco de la alianza sacramental, se convierte en signo auténtico del amor universal de Dios. Sacramento de unidad abierto a todos, cercanos y lejanos, parientes o no parientes, en virtud del nuevo vínculo -más fuerte que el de la sangre- que Cristo establece entre los que lo siguen.    

Ese modelo de familia es "Epifanía" de Dios, manifestación de su amor gratuito y universal, y, en cuanto tal, es de por sí misionera, porque anuncia con su estilo de vida que Dios es amor y quiere que todos los hombres se salven. "La familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros" (Gaudium et spes, 48).    

4. El evangelio de la Epifanía (Mt 2, 1-12) nos presenta a los Magos que, venidos de oriente con la guía de la estrella, llegan a Belén, "a la casa" (v. 11) donde habita la Sagrada Familia y se postran ante el Niño. El centro de la escena es Él, Jesús: a Él es a quien adoran, porque Él es "el rey [...] que ha nacido" (v. 2); suya es la estrella que los tres sabios vieron surgir a lo lejos (cf. ib.); es Él quien, nacido en Belén de Judá, está destinado a dirigir como jefe al pueblo de Dios (cf. v. 6); a Él ofrecen los Magos sus dones simbólicos.

Y, sin embargo, todo eso sucede "en la casa" donde ellos, después de entrar, "vieron al Niño con María, su Madre" (v. 11). ¿Y José? Mateo, aunque en otros episodios de la infancia lo pone en primer plano, aquí parece dejarlo en la sombra. ¿Por qué? Tal vez para que nuestra mirada, como la de los Magos, vaya a posarse en la escena que constituye, sin lugar a dudas, el auténtico icono de Navidad: el Niño en los brazos de la Virgen Madre.

Mientras contemplamos ese icono, comprendemos cómo José, lejos de quedar excluido de la escena, participa plenamente, a su manera, pues ¿quién sino él, José, acoge a los Magos?, ¿quién les hace entrar en la casa, y con ellos, más aún, antes que ellos se postra ante Jesús, a quien la Madre estrecha entre sus brazos?
 
El cuadro de la Epifanía sugiere que toda familia cristiana se nutre espiritualmente de un doble dinamismo interior cuyo primer momento es la adoración de Jesús, Dios con nosotros, y el segundo es la veneración a su Madre santísima.
 
Los dos aspectos van juntos, son inseparables, porque forman los dos momentos de un único movimiento del Espíritu, que hoy vemos manifestarse proféticamente en el gesto de los Magos.

5. Amadísimos hermanos y hermanas, estamos en el inicio del Año de la familia, un tiempo muy propicio para reflexionar en el papel y la importancia de la familia en la vida de la Iglesia y de la sociedad.
 
Un año de profundización doctrinal, desde luego, pero sobre todo un año de oración, y de oración en familia, para obtener del Señor el don de redescubrir y valorar plenamente la misión que la Providencia encomienda a toda familia en nuestro tiempo.
   
La contemplación de la escena de los Magos nos ayude siempre a darnos cuenta de que la vida familiar sólo encuentra su sentido pleno si está iluminada por Cristo luz, paz y esperanza del hombre.

Con los Magos entremos también nosotros en la pobre casa de Belén y adoremos con fe al Salvador que nos ha nacido. reconocemos en Él al Señor de la historia, al Redentor del hombre, al Hijo de la Virgen, "sol que nace" entre nosotros para "guiar nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1, 79).
    

    LA EPIFANÍA DE DIOS Y LA VIRGEN MARÍA

 

Queridos hermanos y hermanas:  

 
El designio salvífico de Dios se manifiesta, durante el período navideño que estamos viviendo intensamente, con una cadena de festividades litúrgicas muy idóneas para presentarnos a lo largo de pocos días una amplia visión de conjunto. De la contemplación del Hijo de Dios, que se hizo Niño por nosotros en la gruta de Belén, pasamos a través del modelo inalcanzable de la Sagrada Familia, y así sucesivamente hasta llegar al acontecimiento del Bautismo del Señor, al comienzo de su vida pública.

La audiencia general de este miércoles cae en medio de dos festividades características: La Maternidad divina de María, y la Epifanía. Son dos misterios altamente significativos, que tienen entre ellos una profunda vinculación, sobre la cual hay que reflexionar.    

2. El término "epifanía" significa manifestación: en ella se celebra la primera manifestación al mundo pagano del Salvador recién nacido.

En la historia de la Iglesia, la Epifanía aparece como una de las fiestas más antiguas, con vestigios ya en el siglo II, y es vivida como el día "teofánico" por excelencia, "dies sanctus". En los primeros tiempos, la celebración estuvo sobre todo vinculada al recuerdo del Bautismo del Señor, cuando el Padre celestial dio testimonio público de su Hijo en la tierra, invitando a todos a escuchar su Palabra. Pero muy pronto prevaleció la visita de los Magos, en los cuales se reconocen los representantes de los pueblos, llamados a conocer a Cristo desde fuera de la comunidad de Israel.    

San Agustín, testigo atento de la tradición eclesial, explica sus razones de alcance universal afirmando que los Magos, primeros paganos en conocer al Redentor, merecieron significar la salvación de todas las gentes (cf. Hom. 203). Y así, en el arte cristiano primitivo, la escena fascinante de hombres doctos, ricos y poderosos, que hablan venido de lejos para arrodillarse ante el Niño, mereció el honor de ser la más representada de entre los acontecimientos de la infancia de Jesús.    

Más tarde, en la misma festividad, se empezó a celebrar también la teofanía de las Bodas de Caná, cuando Jesús, al realizar su primer milagro, se manifestó públicamente como Dios. Muchas son, pues, las epifanías, porque son varios los caminos por los que Dios se manifiesta a los hombres. Hoy quiero subrayar cómo una de ellas, más aún, la que es fundamento de todas las demás, es la Maternidad de María.    

3. En la antiquísima profesión de fe, llamada "Símbolo Apostólico", el cristiano proclama que Jesús nació "de" la Virgen María. En este artículo del "Credo" están contenidas dos Verdades esenciales del Evangelio.

La primera es que Dios nació de una Mujer (Gál 4, 4). Él quiso ser concebido, permanecer nueve meses en el seno de la Madre y nacer de Ella de modo virginal. Todo esto indica claramente que la Maternidad de María entra como parte integrante en el misterio de Cristo para el plan divino de salvación.

La segunda es que la concepción de Jesús en el seno de María sucedió por obra del Espíritu Santo, es decir, sin colaboración de padre humano. "No conozco varón" (Lc 1, 34), puntualiza María al enviado del Señor, y el arcángel le asegura que nada hay imposible para Dios (Lc 1, 37). María es el único origen humano del Verbo Encarnado.

4. En este contexto dogmático es fácil ver cómo la Maternidad de María constituye una epifanía nueva y totalmente característica de Dios en el mundo.

En efecto, la misma opción de virginidad perpetua que hizo María antes de la Anunciación, tiene ya un valor "epifánico" como llamada a las realidades escatológicas, que están más allá de los horizontes de la vida terrena. Pues esa opción indica una voluntad decidida de consagración total a Dios y a su amor, capaz por si solo de apagar plenamente las exigencias del corazón humano. Y el hecho de la concepción del Hijo, que sucede fuera del contexto de las leyes biológicas naturales, es otra manifestación de la presencia activa de Dios. Finalmente, el alegre suceso del nacimiento de Jesús constituye el culmen de la revelación de Dios al mundo en María y por medio de María.

Es significativo que el Evangelio ponga también a la Virgen en el centro de la visita de los Magos, cuando dice que ellos "entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre y, postrándose, lo adoraron" (Mt 2, 11).

A la luz de la fe, la Maternidad de la Virgen aparece de este modo como signo elocuente de la divinidad de Jesús, que se hace hombre en el seno de una Mujer, sin renunciar a la personalidad de Hijo de Dios. Ya los Santos Padres, como San Juan Damasceno, habían hecho notar que la Maternidad de la Santa Virgen de Nazaret contiene en sí todo el misterio de la salvación, que es puro don proveniente de Dios.

María es la Theotokos, como proclamó el Concilio de Éfeso, pues en su seno virginal se hizo carne el Verbo para revelarse al mundo. Ella es el lugar privilegiado escogido por Dios para hacerse visiblemente presente entre los hombres.

Al mirar a la Virgen Santísima estos días de Navidad, cada uno ha de sentir un interés más vivo en acoger, como Ella, a Cristo en su vida, para convertirse luego en su portador al mundo. Cada uno ha de esforzarse, dentro de su familia y en su ambiente de trabajo, por ser una pequeña, pero luminosa, "Epifanía de Cristo".

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