SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Edición nro. 114

   Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

 

MARIA, MADRE DEL AMOR DIVINO

SANTA MARIA

 MADRE DE DIOS

1 de enero

El culto a María, como "Madre de Dios", es el culto mariano más antiguo y universal. El Concilio de Efeso, en el año 431, al condenar los errores de Nestorio, declaró dogma de fe que la Virgen María es Madre de Dios, pues su hijo, Jesús, es Dios. En 1969, después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, la Iglesia instituyó esta fiesta y le asignó el primer día del año para su celebración.

 

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EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA

María es mi Madre!


Bajo su manto me amparo, con sus frutos me alimento, con el Pan Eucarístico que me proporciona.

Ella es mi Madre!

Me arrojo en sus brazos y Ella me estrecha contra su corazón. La escucho y su palabra me instruye. La miro y su belleza me alumbra.

Ella es mi Madre!

Si estoy débil me sostiene, la invoco y su bondad me atiende. Si enfermo me sana, si muerto por el pecado me da la vida de la gracia.

Ella es mi Madre!

 En la lucha me socorre, en la tentación me auxilia, en la angustia me consuela, en el trabajo me sostiene, en la agonía me acompaña.

Ella es mi Madre!

Cuando voy a Jesús, me conduce, cuando llego a sus pies, me presenta.Cuando le pido favores, me protege.

Ella es mi Madre!

Si soy constante en mi súplica, me escucha. Si la visito me atiende.
En la vida me guía al cielo y en la muerte recibiré de sus manos la eterna corona.

Ella es mi Madre!

Que buena es María, que dulce y hermosa es!

Ella es mi Madre!

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.
Ruega por nosotros
!

 

 

 

 

 

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 Madre di Dio di Kazan'   

MADRE DE DIOS DE KAZAN (*)

ORACIÓN A LA MADRE DE DIOS DE KAZAN

¡Bendita seas, oh gloriosa Madre de Jesús, que "precedes al pueblo de Dios por los caminos de la fe, del amor y de la unión con Cristo"! (cf. Lumen gentium, 63). Te llaman bienaventurada todas las generaciones, porque "el Poderoso ha hecho obras grandes en ti y su nombre es santo" (cf. Lc 1, 48-49).

Bendita y alabada seas, ¡oh Madre!, en tu icono de Kazan, en el que desde siglos estás rodeada por la veneración y el amor de los fieles ortodoxos, habiéndote convertido en protectora y testigo de las singulares obras de Dios en la historia del pueblo ruso, al que todos nosotros apreciamos mucho.

La Providencia divina, que tiene el poder de vencer el mal y sacar el bien incluso de las maldades de los hombres, ha hecho que tu santo icono, desaparecido en tiempos lejanos, apareciese de nuevo en el santuario de Fátima, en Portugal. Posteriormente, por voluntad de personas devotas tuyas, fue traído a la casa del Sucesor de Pedro.

Madre del pueblo ortodoxo, la presencia en Roma de tu santa imagen de Kazan nos habla de una unidad profunda entre Oriente y Occidente, que perdura en el tiempo a pesar de las divisiones históricas y de los errores de los hombres. Con especial intensidad elevamos ahora nuestra plegaria a ti, ¡oh Virgen!, al mismo tiempo que nos despedimos de esta conmovedora imagen tuya. Te acompañaremos con el corazón a lo largo del camino que te conducirá de nuevo a la tierra de Rusia. Acoge la alabanza y el honor que te tributa el pueblo de Dios que está en Roma.

¡Oh bendita entre todas las mujeres!, al venerar tu icono en esta ciudad sellada con la sangre de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, el Obispo de Roma se une espiritualmente a su hermano en el ministerio episcopal, que preside como Patriarca la Iglesia ortodoxa rusa. Y te ruega, Madre Santa, que intercedas a fin de que se apresure el tiempo de la plena unidad entre Oriente y Occidente, de la plena comunión entre todos los cristianos.

¡Oh Virgen gloriosa y bendita, Señora, Abogada y Consoladora nuestra, reconcílianos con tu Hijo, encomiéndanos a tu Hijo, preséntanos a tu Hijo!


  

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

Celebramos la Solemnidad de Santa María Madre de Dios. El primer día del año la Iglesia desea que contemplemos y veneremos la Maternidad de la Virgen María. Su maternidad está íntimamente ligada al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, y la Iglesia nos invita a celebrar esta Solemnidad para coronar la octava del Nacimiento de Jesús.  Preside esta edición de El Camino de María el ícono de la Madre de Dios de Kazan, y la Oración que Juan Pablo II le dirigió el  25 agosto del 2004, en el solemne acto de despedida y veneración de la santa imagen al que asistieron 7000 peregrinos.(*)

En la meditación  durante el rezo del Ángelus del 1 de enero de 1991, ("En Cristo está la fuente de la paz")  el Santo Padre expresaba:

"Celebramos a María como "Madre de Dios", Madre siempre Virgen del Verbo encarnado, según la palabra de la Revelación y la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. De su Maternidad le derivan los singulares privilegios de la Inmaculada Concepción y de la Asunción al Cielo. La súplica del pueblo cristiano: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores", es un eco del saludo angélico.

 Madre de Dios y Madre de la humanidad, Madre de la Iglesia y Madre de cada uno de nosotros: ¡nadie recurre a ti en vano; a nadie dejas defraudado, olvidado o abandonado! Por eso, te invocamos con transporte filial y confiado. ¡Permanece a nuestro lado! ¡Tú eres nuestra Madre!

"Hoy tambien celebramos la Jornada mundial de la paz. La Solemnidad de la Maternidad Divina de María nos recuerda también que Cristo, al encarnarse, se ha hecho luz de las mentes y de las conciencias de los hombres. Gracias a Él, la persona puede mirar al futuro con esperanza; gracias a Él, llega a ser capaz de perdón y de amor. En Cristo, y sólo en Él, el creyente encuentra el camino que conduce a la reconciliación auténtica con el Padre y con los hermanos; y aquí está la fuente de la paz."

Pidamos al  Espíritu Santo, por intercesión de la Virgen Santísima, su Templo Inmaculado,  que nos otorgue sus dones para que podamos transitar el nuevo año con confianza en Dios imitando la Fe de María, porque de esa forma nosotros podremos mirar con atención y conservar en el corazón las maravillas que Dios lleva a cabo cada día en la historia. Así aprenderemos a reconocer en la trama de la vida diaria la intervención constante de la divina Providencia, que todo lo guía con sabiduría y amor.
 

Marisa y Eduardo

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 Te Deum laudamus!   

Homilía que Juan Pablo II pronunció en la tarde del 31 de diciembre al presidir las vísperas de la solemnidad de María Santísima Madre de Dios y el «Te Deum» de acción de gracias al concluir el año 2004

1. Se cierra otro año. Con viva conciencia de la fugacidad del tiempo, nos encontramos reunidos esta tarde para dar gracias a Dios por todos los dones que nos ha ofrecido durante el año 2004. Lo hacemos con el canto tradicional del «Te Deum».

2. «Te Deum laudamus!»

Te damos gracias, Padre, porque en la plenitud de los tiempos, no mandaste a tu Hijo (Cf. Gálatas 4, 4) para juzgar al mundo, sino para salvarlo con inmenso amor (Cf. Juan 3, 17).
 
Te damos gracias, Señor Jesús, Redentor nuestro, porque has querido asumir de María, Madre siempre Virgen, nuestra naturaleza humana. En este Año de la Eucaristía queremos darte gracias con fervor más intenso por el don de tu Cuerpo y de tu Sangre en el Sacramento del Altar.

Te alabamos y damos gracias, Espíritu Santo Paráclito, porque nos haces conscientes de nuestra adopción filial (Cf. Romanos 8, 16) y nos enseñas a dirigirnos a Dios llamándole Padre, «Abbá» (Cf. Juan 4, 23-24; Gálatas 4, 6).

3. Queridos hermanos y hermanas, demos juntos gracias a Dios por las manifestaciones de bondad y de misericordia con las que ha acompañado, en estos meses, el camino de nuestra ciudad. Que Él lleve a cumplimiento todo proyecto apostólico y toda iniciativa de bien.

4. «Salvum fac populum tuum, Domine», «Salva a tu pueblo, Señor». Te lo pedimos esta tarde, por medio de María, celebrando las primeras vísperas de la fiesta de su Divina Maternidad.

Santa madre del redentor, acompáñanos en este paso al nuevo año. Alcanza para Roma y para todo el mundo el don de la paz. ¡Madre de Dios, reza por nosotros!

 
 
 
Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Como anuncié el domingo pasado, nuestro tradicional encuentro semanal asume hoy una fisonomía particular. En efecto, nos hallamos reunidos en oración ante el venerado icono de la Madre de Dios de Kazan, que está a punto de emprender el viaje de regreso a Rusia, de donde partió un día lejano.

Después de atravesar diversos países y de detenerse durante largo tiempo en el santuario de Fátima, en Portugal, hace más de diez años llegó providencialmente a la casa del Papa. Desde entonces ha estado conmigo y ha acompañado con mirada maternal mi servicio diario a la Iglesia.

¡Cuántas veces, desde aquel día, he invocado a la Madre de Dios de Kazan, pidiéndole que proteja y guíe al pueblo ruso, que le tiene tanta devoción, y que apresure el momento en que todos los discípulos de su Hijo, reconociéndose hermanos, restablezcan plenamente la unidad rota!

2. Desde el inicio, deseaba que este santo icono volviera a la tierra de Rusia, donde -según acreditados testimonios históricos- durante muchísimos años fue objeto de profunda veneración por parte de enteras generaciones de fieles. En torno al icono de la Madre de Dios de Kazan se ha desarrollado la historia de ese gran pueblo.

Rusia es una nación cristiana desde hace muchos siglos; es la
'Santa Rus'. Incluso cuando fuerzas enemigas se encarnizaron contra la Iglesia e intentaron borrar de la vida de los hombres el santo nombre de Dios, ese pueblo permaneció profundamente cristiano, testimoniando en muchos casos con la sangre su fidelidad al Evangelio y a los valores que inspira.

Por eso, juntamente con vosotros, doy gracias con particular emoción a la divina Providencia, que me concede hoy enviar al venerado patriarca de Moscú y de todas las Rusias el don de este santo icono.

3. Esta antigua imagen de la Madre del Señor expresará a Su Santidad Alexis II y al venerado Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa el afecto que el Sucesor de Pedro siente por ellos y por todos los fieles que les han sido encomendados. Expresará su estima por la gran tradición espiritual que conserva la santa Iglesia rusa. Expresará el deseo y el firme propósito del Papa de Roma de avanzar juntamente con ellos por el camino del conocimiento mutuo y de la reconciliación, para apresurar el día de la plena unidad de los creyentes por la que nuestro Señor Jesucristo oró ardientemente (cf. Jn 17, 20-22).

Amadísimos hermanos y hermanas, invocad junto conmigo la intercesión de la Santísima Virgen María, mientras entrego su icono a la delegación que, en mi nombre, la llevará a Moscú.
 
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Santidad

Le doy gracias de corazón por haber entregado a la Iglesia ortodoxa rusa el icono de la Madre de Dios de Kazan, la Theotokos y siempre Virgen María. El pasado 28 de agosto, fiesta de la gloriosísima Dormición de la Theotokos, la delegación de representantes de la Iglesia católica romana, encabezada por el cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, nos entregó este icono después de una solemne liturgia divina en la catedral de la Dormición, en el Kremlin de Moscú, llena de fieles, que se dieron cita en ese día sagrado para elevar sus oraciones a la santísima Theotokos.

La entrega de este sagrado icono por parte de sus enviados es considerada por toda la Iglesia ortodoxa rusa como un acto de restablecimiento de la justicia y como un acto de buena voluntad por parte de Su Santidad. Creo que su decisión de entregar el icono manifiesta el deseo sincero de superar las dificultades existentes en las relaciones entre nuestras dos Iglesias. Ojalá que este acontecimiento constituya nuestra contribución común a superar las consecuencias negativas de la historia del siglo XX, marcada por una persecución contra la fe de Cristo de un alcance sin precedentes.

La veneración de la Madre de Dios como "celosa intercesora en favor del pueblo cristiano" (Akathistos al icono de la Madre de Dios de Kazan) -veneración común a las Iglesias ortodoxa y católica- nos remite a los tiempos de la Iglesia primitiva, cuando no había divisiones entre Oriente y Occidente, tan visibles, por desgracia, en nuestros días. La Iglesia ortodoxa rusa, incluso en los momentos más difíciles de sus relaciones con la Iglesia católica romana, siempre e invariablemente ha afirmado su voluntad de desarrollar estas relaciones con espíritu de sincera cooperación. En la entrega del icono de Kazan vemos un paso en la dirección correcta, convencidos de que en el futuro se hará todo lo posible para resolver algunos problemas existentes entre nuestras Iglesias.

Las buenas relaciones entre la Iglesia ortodoxa rusa y la Iglesia católica romana, que el "Padre sempiterno, Príncipe de la paz" (Is 9, 6) nos llama a mantener, no con palabras sino con obras, son sumamente importantes para el futuro de Europa y del mundo entero. La predicación de los valores cristianos en la sociedad secularizada sólo tendrá éxito si todos los cristianos cumplimos el mandamiento del amor del Salvador:  "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 13, 34). La apertura en las relaciones entre cristianos de diversas confesiones implica respeto recíproco, conocimiento de la historia común y sensibilidad al realizar acciones en territorios donde otra tradición cristiana está presente desde hace siglos.

Una vez más, deseo darle las gracias, Santidad, desde lo más profundo de mi corazón, por este don y expresarle la esperanza de que la santísima Theotokos, que "cura con generosidad y solicitud las enfermedades y las divisiones" (Akathistos al icono de la Madre de Dios de Kazan) derrame su gracia y su misericordia sobre los fieles de nuestras dos Iglesias. Con amor en el Señor,
ALEXIS II .Patriarca de Moscú y de todas las Rusias.

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

 Audiencia General del miércoles 4 de enero de 1984

MARÍA, MODELO Y GUÍA DE  FE 

Audiencia General del miércoles 6 de mayo de 1998

 SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

 

Queridos hermanos y hermanas:   
 

1. Después de haber centrado la mirada en Jesús durante la fiesta de Navidad, la Iglesia ha querido fijarla, en el primer día del año, en María, para celebrar su maternidad divina. Efectivamente, en la contemplación del misterio de la Encarnación, no se puede separar al Hijo de Dios de la Madre. Por esto, en la formulación de su fe, la Iglesia proclama que el Hijo "por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre".
 
Cuando en el Concilio de Efeso se aplicó a María el título de "Theotokos", Madre de Dios, la intención de los padres del Concilio era garantizar la verdad del misterio de la Encarnación. Querían afirmar la unidad personal de Cristo, Dios y hombre, unidad tal, que la maternidad de María en relación con Jesús, era, por eso mismo, maternidad en relación con el Hijo de Dios. María es "Madre de Dios" porque su Hijo es Dios; es madre sólo en el orden de la generación humana, pero, dado que el Niño que Ella concibió y dio al mundo, es Dios, debe ser llamada "Madre de Dios".

La afirmación de la maternidad divina nos ilumina sobre el sentido de la Encarnación. Demuestra que el Verbo, persona divina, se ha hecho hombre: se ha hecho hombre gracias al concurso de una mujer en la obra del Espíritu Santo. Una mujer ha sido asociada de manera singular al misterio de la venida del Salvador al mundo. Por mediación de esta mujer, Jesús se une a las generaciones humanas que precedieron a su nacimiento. Gracias a María, Él tiene un verdadero nacimiento y su vida en la tierra comienza de manera semejante a la de todos los demás hombres. Con su maternidad, María permite al Hijo de Dios tener -después de la concepción extraordinaria por obra del Espíritu Santo- un desarrollo humano y una inserción normal en la sociedad de los hombres.  

2. El título de "Madre de Dios", a la vez que pone de relieve la humanidad de Jesús en la Encarnación, llama también la atención sobre la dignidad suprema otorgada a una criatura. Es comprensible que en la historia de tal doctrina haya habido un momento en que esta dignidad encontrara alguna contestación: efectivamente, podía parecer difícil admitirla, a causa de los abismos vertiginosos sobre los que se abría. Pero cuando se puso en discusión el título de "Theotokos", la Iglesia reaccionó inmediatamente confirmando que debía atribuírsele a María como verdad de fe. Los que creen en Jesús, que es Dios, no pueden menos de creer también que María es Madre de Dios.    

La dignidad conferida a María muestra desde dónde ha querido Dios impulsar la reconciliación. En efecto, se debe recordar que inmediatamente después del pecado original, Dios anunció su intención de hacer una alianza con la mujer, de manera que asegurara la victoria sobre el enemigo del género humano: "Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza, y tú le acecharás el calcañal" (Gén 3, 15). Según este oráculo, la mujer estaba destinada a convertirse en la aliada de Dios para la lucha contra el demonio. Debía ser la madre del que aplastaría la cabeza del enemigo. Sin embargo, en la perspectiva profética del Antiguo Testamento, este descendiente de la mujer, que tenía que triunfar sobre el espíritu del mal, parecía que no era sino un hombre.

Aquí interviene la realidad maravillosa de la Encarnación. El descendiente de la mujer, que realiza el oráculo profético, no es en absoluto un simple hombre. Es plenamente hombre, gracias a la mujer de la que es hijo, pero es también, a la vez, verdadero Dios. La alianza hecha en los comienzos entre Dios y la mujer adquiere una nueva dimensión. María entra en esta alianza como la Madre del Hijo de Dios. Para responder a la imagen de la mujer que había cometido el pecado, Dios hace surgir una imagen perfecta de mujer, que recibe una maternidad divina. La nueva alianza supera con mucho las exigencias de una simple reconciliación; eleva a la mujer a una altura que nadie hubiera podido imaginar.    

3. Siempre sentimos el asombro de que una mujer haya podido dar al mundo al que es Dios, que haya recibido la misión de amamantarlo como cada madre amamanta a su hijo, que haya preparado al Salvador, con la educación materna, para su futura actividad. María ha sido plenamente madre y, por esto, ha sido también una admirable educadora. El hecho, confirmado por el Evangelio, de que Jesús, en su infancia, les estaba sujeto (cf. Lc 2, 51), indica que su presencia materna influyó profundamente en el desarrollo humano del Hijo de Dios. Es uno de los aspectos más impresionantes del misterio de la Encarnación.

En la dignidad conferida de modo singularísimo a María, se manifiesta la dignidad que el misterio del Verbo hecho carne quiere conferir a toda la humanidad. Cuando el Hijo de Dios se abajó para hacerse hombre, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, elevó la humanidad al nivel de Dios. En la reconciliación. realizada entre Dios y la humanidad, Él no quería restablecer simplemente la integridad y la pureza de la vida humana, herida por el pecado. Quería comunicar al hombre la vida divina y abrirle el pleno acceso a la familiaridad con Dios.
   
De este modo María nos hace comprender la grandeza del amor divino, no sólo para con Ella, sino para con nosotros. Ella nos introduce en la obra grandiosa, con la que Dios no se ha limitado a curar a la humanidad de las llagas del pecado, sino que le ha asignado un destino superior de íntima unión con Él. Cuando veneramos a María como Madre de Dios, reconocemos además la maravillosa transformación que el Señor ha otorgado a su criatura. Por esto, cada vez que pronunciamos las palabras: "Santa María, Madre de Dios", debemos tener ante los ojos de la mente la perspectiva luminosa del rostro de la humanidad, cambiado en el rostro de Cristo
    

    MARÍA, MODELO Y GUÍA DE  FE 

 

 

Queridos hermanos y hermanas:  

1. La primera bienaventuranza que menciona el Evangelio es la de la fe, y se refiere a María: «¡Feliz la que ha creído!» (Lc 1, 45). Estas palabras, pronunciadas por Isabel, ponen de relieve el contraste entre la incredulidad de Zacarías y la fe de María. Al recibir el mensaje del futuro nacimiento de su hijo, Zacarías se había resistido a creer, juzgando que era algo imposible, porque tanto él como su mujer eran ancianos.

En la Anunciación, María está ante un mensaje más desconcertante aún, como es la propuesta de convertirse en la madre del Mesías. Frente a esta perspectiva, no reacciona con la duda; se limita a preguntar cómo puede conciliarse la virginidad, a la que se siente llamada, con la vocación materna. A la respuesta del ángel, que indica la omnipotencia divina que obra a través del Espíritu, María da su consentimiento humilde y generoso.

En ese momento único de la historia de la humanidad, la fe desempeña un papel decisivo. Con razón afirma san Agustín: «Cristo es creído y concebido mediante la fe. Primero se realiza la venida de la fe al corazón de la Virgen, y a continuación viene la fecundidad al seno de la madre» (Sermo 293: PL 38, 1.327).

2. Si queremos contemplar la profundidad de la fe de María, nos presta una gran ayuda el relato evangélico de las bodas de Caná. Ante la falta de vino, María podría buscar alguna solución humana para el problema que se había planteado pero no duda en dirigirse inmediatamente a Jesús: «No tienen vino» (Jn 2, 3). Sabe que Jesús no tiene vino a su disposición; por tanto, verosímilmente pide un milagro. Y la petición es mucho más audaz porque hasta ese momento Jesús ano no había hecho ningún milagro. Al actuar de ese modo, obedece sin duda alguna a una inspiración interior, ya que, según el plan divino, la fe de María debe preceder a la primera manifestación del poder mesiánico de Jesús, tal como precedió a su venida a la tierra. Encarna ya la actitud que Jesús alabará en los verdaderos creyentes de todos los tiempos: «Dichosos los que no han visto y han creído» (Jn 20, 29).

3. No es fácil la fe a la que María está llamada. Ya antes de Caná, meditando las palabras y los comportamientos de su Hijo, tuvo que mostrar una fe profunda. Es significativo el episodio de la pérdida de Jesús en el templo, a la edad de doce años, cuando ella y José, angustiados, escucharon su respuesta: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49). Pero ahora, en Caná, la respuesta de Jesús a la petición de su Madre parece más neta aún y muy poco alentadora: «Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2, 4). En la intención del cuarto evangelio no se trata de la hora de la manifestación pública de Cristo, sino más bien de la anticipación del significado de la hora suprema de Jesús (Jn 7, 30; 12, 23; 13, 1; 17, 1), cuyos frutos mesiánicos de la redención y del Espíritu están representados eficazmente por el vino, como símbolo de prosperidad y alegría. Pero el hecho de que esa hora no esté aún presente cronológicamente es un obstáculo que, viniendo de la voluntad soberana del Padre, parece insuperable.

Sin embargo, María no renuncia a su petición, hasta el punto de implicar a los sirvientes en la realización del milagro esperado: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Con la docilidad y la profundidad de su fe, lee las palabras de Cristo más allá de su sentido inmediato. Intuye el abismo insondable y los recursos infinitos de la misericordia divina, y no duda de la respuesta de amor de su Hijo. El milagro responde a la perseverancia de su fe.

María se presenta así como modelo de una fe en Jesús que supera todos los obstáculos.

4. También la vida pública de Jesús reserva pruebas para la fe de María. Por una parte, le da alegría saber que la predicación y los milagros de Jesús suscitaban admiración y consenso en muchas personas. Por otra, ve con amargura la oposición cada vez más enconada de los fariseos, de los doctores de la ley y de la jerarquía sacerdotal.

Se puede imaginar cuánto sufrió María ante esa incredulidad, que constataba incluso entre sus parientes: los llamados «hermanos de Jesús», es decir, sus parientes, no creían en él e interpretaban su comportamiento como inspirado por una voluntad ambiciosa (Jn 7, 2-5).

María, aun sintiendo dolorosamente la desaprobación familiar, no rompe las relaciones con esos parientes, que encontramos con ella en la primera comunidad en espera de Pentecostés (Hch 1, 14). Con su benevolencia y su caridad, María ayuda a los demás a compartir su fe.

5. En el drama del Calvario, la fe de María permanece intacta. Para la fe de los discípulos, ese drama fue desconcertante. Sólo gracias a la eficacia de la oración de Cristo, Pedro y los demás, aunque probados, pudieron reanudar el camino de la fe, para convertirse en testigos de la resurrección.

Al decir que María estaba de pie junto a la cruz, el evangelista san Juan ( Jn 19, 25) nos da a entender que María se mantuvo llena de valentía en ese momento dramático. Ciertamente, fue la fase más dura de su «peregrinación de fe» (Lumen Gentium, 58). Pero ella pudo estar de pie porque su fe se conservó firme. En la prueba, María siguió creyendo que Jesús era el Hijo de Dios y que, con su sacrificio, transformaría el destino de la humanidad.

La resurrección fue la confirmación definitiva de la fe de María. Más que en cualquier otro, la fe en Cristo resucitado transformó su corazón en el más auténtico y completo rostro de la fe, que es el rostro de la alegría.

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