EL CAMINO DE MARÍA
SEXTO DOMINGO DE PASCUA
Edición 1105 - 21 de mayo de 2017

     
 
 
 

 

Jesús expresó:

«Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos.

Y Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes:

El Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.

Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque Yo vivo y también ustedes vivirán.

Aquel día comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y Yo en ustedes.

El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo lo amaré y me manifestaré a él».

(Jn 14, 15-21)


 

Querido(a) suscriptor(a) de El Camino de María:

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En el Evangelio del VI Domingo de Pascua la Iglesia nos invita a reflexionar sobre el final del discurso de despedida que Jesús hace con sus discípulos en la Última Cena.

Este texto evangélico tomado del capítulo 14 de San Juan, nos ofrece un retrato espiritual implícito de la Virgen María, donde Jesús dice: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23). Estas expresiones van dirigidas a los discípulos, pero se pueden aplicar en sumo grado precisamente a Aquella que es la primera y perfecta discípula de Jesús.

En efecto, María fue la primera que guardó plenamente la Palabra de su Hijo, demostrando así que lo amaba no sólo como madre, sino antes aún como sierva humilde y obediente; por esto Dios Padre la amó y en Ella puso su morada la Santísima Trinidad.

Además, donde Jesús promete a sus amigos que el Espíritu Santo los asistirá ayudándoles a recordar cada palabra suya y a comprenderla profundamente (cf. Jn 14, 26), ¿cómo no pensar en María que en su corazón, templo del Espíritu, meditaba e interpretaba fielmente todo lo que su Hijo decía y hacía? De este modo, ya antes y sobre todo después de la Pascua, la Madre de Jesús se convirtió también en la Madre y el modelo de la Iglesia.
 

 

Salve, oh Madre, Reina del mundo.
Tú eres la Madre del Amor Hermoso, 
Tú eres la Madre de Jesús, fuente de toda gracia,
el perfume de toda virtud,
el espejo de toda pureza. 
Tú eres alegría en el llanto, esperanza en la muerte.
¡Como dulce sabor tu nombre en nuestra boca, 
como suave armonía en nuestros oídos, 
como embriaguez en nuestro corazón!
Tú eres la felicidad de los que sufren, 
la corona de los mártires, 
la belleza de las vírgenes. 
Te suplicamos que nos guíes, después de este destierro, 
a la posesión de tu Hijo, Jesús. 
Amén.

 

 

"...En este día primero del mes de Mayo, junto con todos vosotros, también yo he querido venir en peregrinación a este lugar bendito, para arrodillarme a los pies de la imagen milagrosa, que, desde hace siglos, no cesa de dispensar gracias y consuelo espiritual, y para dar así comienzo solemne al mes mariano, que en la piedad popular encuentra expresiones sumamente delicadas de veneración y afecto hacia nuestra Madre Dulcísima.

La tradición cristiana, que nos hace ofrecer flores, ramilletes y piadosos propósitos a la Toda-hermosa y Toda-Santa, encuentre en este Santuario, que sugiere en medio de la campiña romana, rica de luz y verdor, el punto ideal de referencia en este mes consagrado a Ella.

Tanto más que Su Imagen, representada sentada en el trono, con el Niño Jesús en sus brazos, y con la paloma descendiendo sobre Ella, como símbolo del Espíritu Santo, que es precisamente el Divino Amor, nos trae a la mente los vínculos dulces y puros que unen a la Virgen María con el Espíritu Santo y con el Señor Jesús. Flor nacida de Su Seno, en la obra de nuestra redención.

Cuadro admirable, ya contemplado, en una evocación lírica, por el mayor poeta italiano cuando hace exclamar a San Bernardo: "En Tu Seno se enciende el Amor por el que caldeada en la eterna paz ha brotado así esta Flor." (Paradiso, 33, 7-9)..." (San Juan Pablo II Santuario del Divino Amore. 1 de mayo de 1979)

 

 

MARÍA SANTÍSIMA,

HIJA PREDILECTA DEL PADRE

 

San Juan Pablo II

Audiencia General. Miércoles 5 de enero de 2000

 

Queridos hermanos y hermanas. 

1. Pocos días después de la inauguración del gran jubileo, me alegra iniciar hoy la primera audiencia general del año 2000 expresando a todos los presentes mi más cordial deseo para el Año jubilar:  que constituya realmente un "tiempo fuerte" de gracia, reconciliación y renovación interior.

El año pasado, el último de los que dedicamos a la preparación inmediata del jubileo, profundizamos juntos en el misterio del Padre. Hoy, al concluir ese ciclo de reflexiones y casi como una especial introducción a las catequesis del Año santo, queremos hablar una vez más con amor sobre la persona de María.

En ella, "Hija predilecta del Padre" (Lumen gentium, 53), se manifestó el plan divino de amor para la humanidad. El Padre,  al  destinarla  a  convertirse en la madre de su Hijo, la eligió entre todas las criaturas y la elevó a la más alta dignidad y misión al servicio de su pueblo.

Este plan del Padre comienza a manifestarse en el "Protoevangelio", cuando, después de la caída de Adán y Eva, Dios anuncia que  pondrá enemistad  entre la serpiente y la mujer:  el hijo de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente (cf. Gn 3, 15).

La promesa comienza a realizarse en la Anunciación, cuando el ángel dirige a María la propuesta de convertirse en Madre del Salvador.

2. "Alégrate, llena de gracia" (Lc 1, 28). Las primeras palabras que el Padre dirige a María, a través del ángel, son una fórmula de saludo que se puede entender como una invitación a la alegría, invitación que recuerda la que dirigió a todo el pueblo de Israel el profeta Zacarías:  "¡Alégrate sobremanera, hija de Sión; grita de júbilo, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey" (Za 9, 9; cf. también So 3, 14-18). Con estas primeras palabras dirigidas a María, el Padre revela su intención de comunicar a la humanidad la alegría verdadera y definitiva. La alegría propia del Padre, que consiste en tener a su lado al Hijo, es ofrecida a todos, pero ante todo es encomendada a María, para que desde Ella se difunda a la comunidad humana.

3. En María la invitación a la alegría está vinculada al don especial que había recibido del Padre:  "Llena de gracia". La expresión griega, con acierto, suele traducirse "llena de gracia", pues se trata de una abundancia que alcanza su máximo grado.

Podemos notar que la expresión suena como si constituyera el nombre mismo de María, el "nombre" que le dio el Padre desde el origen de su existencia. En efecto, desde su concepción su alma está colmada de todas las bendiciones, que le permitirán un camino de eminente santidad a lo largo de toda su existencia terrena. En el Rostro de María se refleja el Rostro misterioso del Padre. La ternura infinita de Dios-Amor se revela en los rasgos maternos de la Madre de Jesús.

4. María es la única madre que puede decir, hablando de Jesús, "mi hijo", como lo dice el Padre:  "Tú eres mi Hijo" (Mc 1, 11). Por su parte, Jesús dice al Padre:  "Abbá", "Papá" (cf. Mc 14, 36), mientras dice "mamá" a María, poniendo en este nombre todo su afecto filial
.
En la vida pública, cuando deja a su madre en Nazaret, al encontrarse con ella la llama "mujer", para subrayar que Él ya sólo recibe órdenes del Padre, pero también para declarar que Ella no es simplemente una madre biológica, sino que tiene una misión que desempeñar como "Hija de Sión" y madre del pueblo de la nueva Alianza. En cuanto tal, María permanece siempre orientada a la plena adhesión a la Voluntad del Padre.

No era el caso de toda la familia de Jesús. El cuarto Evangelio nos revela que sus parientes "no creían en Él" (Jn 7, 5) y san Marcos refiere que "fueron a hacerse cargo de Él, pues decían:  "Está fuera de sí"" (Mc 3, 21). Podemos tener la certeza de que las disposiciones íntimas de María eran completamente diversas. Nos lo asegura el Evangelio de san Lucas, en el que María se presenta a Sí misma como la humilde "esclava del Señor" (Lc 1, 38). Desde esta perspectiva se ha de leer la respuesta que dio Jesús cuando "le anunciaron:  "Tu madre y  tus  hermanos  están ahí fuera y quieren verte"" (Lc 8, 20; cf. Mt 12, 46-47; Mc 3, 32); Jesús respondió:  "Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8, 21). En efecto, María es un modelo de escucha de la Palabra de Dios (cf. Lc 2, 19. 51) y de docilidad a ella.

5. La Virgen conservó y renovó con perseverancia la completa disponibilidad que había expresado en la Anunciación. El inmenso privilegio y la excelsa misión de ser Madre del Hijo de Dios no cambiaron su conducta de humilde sumisión al plan del Padre. Entre los demás aspectos de ese plan divino, Ella asumió el compromiso educativo implicado en su maternidad. La madre no es sólo la que da a luz, sino también la que se compromete activamente en la formación y el desarrollo de la personalidad del hijo. Seguramente, el comportamiento de María influyó en la conducta de Jesús. Se puede pensar, por ejemplo, que el gesto del lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 4-5), que dejó a sus discípulos como modelo para seguir (cf. Jn 13, 14-15), reflejaba lo que Jesús mismo había observado desde su infancia en el comportamiento de María, cuando ella lavaba los pies a los huéspedes, con espíritu de servicio humilde.

Según el testimonio del Evangelio, Jesús, en el período transcurrido en Nazaret, estaba "sujeto" a María y a José (cf. Lc
 2, 51). Así recibió de María una verdadera educación, que forjó su humanidad. Por otra parte, María se dejaba influir y formar por su hijo. En la progresiva manifestación de Jesús descubrió cada vez más profundamente al Padre y le hizo el homenaje de todo el amor de su corazón filial. Su tarea consiste ahora en ayudar a la Iglesia a caminar como Ella tras las huellas de Cristo.

 


 

 
     

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