EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 109

   Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!: H
az que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

 

Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América

 12 de diciembre

En 1531 se apareció la Virgen María al indio Juan Diego en la colina de Tepeyac (México) y le expresó su deseo de que en el lugar se edificara un templo. El obispo de México requirió un signo por el que se manifestase claramente la voluntad de la Virgen. Entonces Nuestra Señora se volvió a aparecer a Juan Diego y, sobre una roca árida y en pleno invierno, le hizo recoger gran cantidad de rosas frescas, que el indio colocó en un pliegue de su capa o tilma. Al desplegar su capa ante el obispo, a la sorpresa de las rosas fuera de estación, se agregó el hecho milagroso de aparecer grabada en la tilma una maravillosa pintura de la Virgen, en la misma forma como decía el indio haberla visto en la colina. Se levantó así una pequeña capilla en Tepeyac que luego se convirtió en la monumental basílica actual, principal centro de peregrinación mariana de América. En 1877 Nuestra Señora de Guadalupe fue declarada Patrona de América Española y más tarde de toda América.

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Palabras de Nuestra Señora a San Juan Diego:

"No se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad o angustia. ¿No estoy yo aquí? ¿No soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa."

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EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA

María es mi Madre!


Bajo su manto me amparo, con sus frutos me alimento, con el Pan Eucarístico que me proporciona.

Ella es mi Madre!

Me arrojo en sus brazos y Ella me estrecha contra su corazón. La escucho y su palabra me instruye. La miro y su belleza me alumbra.

Ella es mi Madre!

Si estoy débil me sostiene, la invoco y su bondad me atiende. Si enfermo me sana, si muerto por el pecado me da la vida de la gracia.

Ella es mi Madre!

 En la lucha me socorre, en la tentación me auxilia, en la angustia me consuela, en el trabajo me sostiene, en la agonía me acompaña.

Ella es mi Madre!

Cuando voy a Jesús, me conduce, cuando llego a sus pies, me presenta.Cuando le pido favores, me protege.

Ella es mi Madre!

Si soy constante en mi súplica, me escucha. Si la visito me atiende.
En la vida me guía al cielo y en la muerte recibiré de sus manos la eterna corona.

Ella es mi Madre!

Que buena es María, que dulce y hermosa es!

Ella es mi Madre!

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.
Ruega por nosotros
!

 

 

 

 

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OH VIRGEN INMACULADA, MADRE DEL VERDADERO DIOS Y MADRE DE LA IGLESIA 

Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia! Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo; escucha la oración que con filial confianza te dirigimos y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.
Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso, a ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores, te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor. Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.
Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos; ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado, Señora y Madre nuestra.
Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa.
Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas, te pedimos por todos los Obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas.
Contempla esta inmensa mies, e intercede para que el Señor infunda hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios, y otorgue abundantes vocaciones de sacerdotes y religiosos, fuertes en la fe, y celosos dispensadores de los misterios de Dios.
Concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias, para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos.
Esperanza nuestra, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver a El, mediante la confesión de nuestras culpas en el Sacramento de la Reconciliación, que trae sosiego al alma.
Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos Sacramentos, que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra.
Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia, con nuestros corazones libres de mal y de odios podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos, Amén.

Amén.

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

Con la oración que el Santo Padre le dirigió a Nuestra Señora de Guadalupe, en enero de 1979, comenzamos esta edición de El Camino de María dedicada a la Inmaculada, con dos textos catequéticos de Juan Pablo II.

En el primero "LA INMACULADA, PRIMERA MARAVILLA DE LA REDENCIÓN", Juan Pablo II nos enseña que María, elegida para ser la Madre del Verbo encarnado, es al mismo tiempo la primicia de su obra redentora y que la gracia de Cristo Redentor actuó anticipadamente en ella, preservándola del pecado original y de todo contagio de culpa.

En el segundo: "LA INMACULADA, SIGNO DE ESPERANZA PARA TODOS LOS VIVIENTES", el Santo Padre expresa

 "...  La predestinación de María, como la de cada uno de nosotros, es relativa a la predestinación del Hijo. Cristo es aquella «estirpe» que «aplastaría la cabeza» a la antigua serpiente, según el Libro del Génesis (Cf. Gn 3,15); es el Cordero «sin mancha» (Cf. Ex 12,5; 1 P 1,19), inmolado para redimir la humanidad del pecado...En previsión de la muerte salvífica de Él, María, su Madre, fue preservada del pecado original y de cualquier otro pecado. En la victoria del nuevo Adán está también la de la nueva Eva, madre de los redimidos. La Inmaculada es así signo de esperanza para todos los vivientes, que han vencido a satanás por medio de la sangre del Cordero (Cf. Ap 12,11)."

Le recordamos que el libro digital titulado: "LA VIRGEN MARÍA Y EL ADVIENTO", contiene otros textos catequéticos del Santo Padre sobre María Inmaculada, según el siguiente detalle:

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA

I -   LA INMACULADA CONCEPCIÓN
II -  MARÍA INMACULADA REDIMIDA POR PRESERVACIÓN
III -  EL DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
IV -150 AÑOS DE LA PROCLAMACIÓN DEL DOGMA
V - HOMENAJE A LA INMACULADA EN LA PLAZA DE ESPAÑA
 

Le invitamos a descargar a su computadora el libro digital desde la siguiente dirección de nuestro sitio Virgo Fidelis

http://virgofidelis.com.ar/paFileDB/pafiledb.php?action=file&id=26

Pidamos a María Inmaculada, la Virgen del Adviento y Estrella de la nueva evangelización, que nos enseñe y ayude a ser dóciles, como Ella, a la palabra divina, y que su Magníficat nos impulse a ser "vigilantes en la oración y... jubilosos en la alabanza" , para salir al encuentro del Salvador que viene.

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Marisa y Eduardo Vinante 

Editores de "El Camino de María".  

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

LA INMACULADA, PRIMERA MARAVILLA DE LA REDENCIÓN

Audiencia general del miércoles 7 de diciembre de 1983

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LA INMACULADA, SIGNO DE ESPERANZA PARA TODOS LOS VIVIENTES

Homilía de Juan Pablo II pronunciada el 8 de diciembre de 2004  en la concelebración eucarística que presidió en la Basílica vaticana en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y 150º aniversario de la definición de este dogma.

 PRIMERA MARAVILLA DE LA REDENCIÓN

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. La fiesta de la Inmaculada, queridísimos hermanos y hermanas, nos sitúa en presencia de la obra maestra realizada por Dios con la redención. María Inmaculada es la criatura perfectamente rescatada: mientras todos los demás seres humanos son liberados del pecado, Ella fue preservada del pecado, por la gracia redentora de Cristo.   
 
La Inmaculada Concepción es un privilegio único que convenía a Aquella que estaba destinada a convertirse en la Madre del Salvador. Cuando el Padre decidió enviar su Hijo al mundo, quiso que naciera de una mujer, por obra del Espíritu Santo, y que esta mujer fuese absolutamente pura, para acoger en su seno y luego en sus brazos maternos al que es la santidad perfecta. Entre la Madre y el Hijo quiso que no existiera barrera alguna; ninguna sombra debía ofuscar sus relaciones. Por esto María fue hecha Inmaculada: ni siquiera por un instante la rozó el pecado.   
 
Esta es la belleza que el Ángel Gabriel, en la Anunciación, contemplaba al acercarse a María: "Dios te salve, llena de gracia" (Lc 1, 28). Lo que distingue a la Virgen de Nazaret de todas las demás criaturas, es la plenitud de gracia que hay en Ella. María no sólo recibió gracias; en Ella todo está dominado y dirigido por la gracia, desde el origen de su existencia. Ella no sólo ha sido preservada del pecado original, sino que ha recibido una perfección admirable de santidad. Es la criatura ideal, como Dios la había soñado; una criatura en la que jamás hubo el más pequeño obstáculo a la voluntad divina. Por el hecho de estar totalmente penetrada de la gracia, en el interior de su alma todo es armonía, y la belleza del ser divino se refleja en Ella de la manera más impresionante.
 
2. Nosotros debemos comprender el sentido de esta perfección inmaculada a la luz de la obra redentora de Cristo. En la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción, se muestra a María "preservada inmune de toda mancha de pecado original, desde el primer instante de su concepción, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano" (DS 2803). Ella, pues, se benefició, con anticipación, de los méritos del sacrificio de la Cruz.
 
La creación de un alma llena de gracia aparecía como la acción de Dios sobre la degradación producida, tanto en la mujer como en el hombre, a consecuencia del drama del pecado. Según el relato bíblico de la caída de Adán y Eva, Dios infligió a la mujer una sanción por la culpa cometida, pero incluso antes de formular esta sanción, comenzó a desvelar un designio de salvación en el que la mujer se convertiría en su primera aliada. En el oráculo, llamado Protoevangelio, Él dictaminó a la serpiente tentadora que había llevado a la pareja al pecado: "Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer y entre tu linaje y el suyo; Este te aplastará la cabeza y tú le acecharás al calcañal" (Gén 3, 15). Al establecer una hostilidad entre el demonio y la mujer, manifestaba su intención de tomar a la mujer como la primera asociada en su alianza, con miras a la victoria que el Descendiente de la mujer reportaría sobre el enemigo del género humano.
 
La hostilidad entre el demonio y la mujer se manifestó de la manera más completa en María. Con la Inmaculada Concepción fue decretada la victoria perfecta de la gracia divina en la mujer, como reacción contra la derrota sufrida por Eva en el pecado de los orígenes. En María se realizó la reconciliación de Dios con la humanidad, pero de manera que María misma no tuvo necesidad de ser reconciliada personalmente, porque habiendo sido preservada de la culpa original, vivió siempre de acuerdo con Dios.   
 
Sin embargo, en María se realizó verdaderamente la obra de la reconciliación, porque recibió de Dios la plenitud de la gracia en virtud del sacrificio redentor de Cristo. En Ella se manifestó el efecto de este sacrificio con una pureza total y una floración maravillosa de santidad. La Inmaculada es la primera maravilla de la redención.
 
3. La perfección otorgada a María no debe causarnos la impresión de que su vida en la tierra haya sido una especie de vida celestial, muy distante de la nuestra. Ella conoció las dificultades cotidianas y las pruebas de la vida humana; vivió en la oscuridad que lleva consigo la fe. Ella, no menos que Jesús, experimentó la tentación y el sufrimiento de las luchas íntimas. Podemos imaginar cómo se vería sacudida por el drama de la Pasión del Hijo. Sería un error pensar que la vida de Aquella que era llena de gracia, haya sido una vida fácil, cómoda. María compartió todo lo que pertenece a nuestra condición terrena, con cuanto tiene de exigente y penoso.
 
Hay que observar, sobre todo, que María fue creada Inmaculada, a fin de poder actuar mejor en favor nuestro. La plenitud de gracia le permitió cumplir perfectamente su misión de colaborar en la obra de salvación: dio el máximo valor a su cooperación al sacrificio. Cuando María presentó al Padre su Hijo clavado en la cruz, la ofrenda dolorosa fue totalmente pura.
 
Y ahora, la Virgen Inmaculada, también en virtud de la pureza de su corazón, nos ayuda a tender hacia la perfección que Ella ha conseguido. Por los pecadores, o sea, por todos nosotros, recibió una gracia excepcional. En su calidad de Madre, trata de hacer partícipes de algún modo a todos sus hijos terrenos en el favor con que fue personalmente enriquecida. María intercede ante su Hijo para obtenernos misericordia y perdón. Ella se inclina invisiblemente sobre todos los que viven en la angustia espiritual para socorrerlos y llevarlos a la reconciliación. El privilegio único de su Inmaculada Concepción la pone al servicio de todos y constituye una alegría para cuantos la consideran como su Madre.
    

SIGNO DE ESPERANZA PARA TODOS LOS VIVIENTES

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28).

Con estas palabras del Arcángel Gabriel, nos dirigimos a la Virgen María varias veces al día. Las repetimos hoy con ferviente gozo, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción, recordando aquel 8 de diciembre de 1854, cuando el beato Pío IX proclamó este admirable dogma de la fe católica precisamente en esta Basílica vaticana.

Saludo cordialmente a cuantos hoy están aquí reunidos, en particular a los representantes de la Sociedades Mariológicas Nacionales, que han tomado parte en el Congreso Mariológico Mariano Internacional, organizado por la Pontificia Academia Mariana.

Saludo también a todos vosotros, aquí presentes, queridísimos hermanos y hermanas, que habéis venido a rendir filial homenaje a la Virgen Inmaculada. Saludo de manera especial al señor cardenal Camillo Ruini, a quien renuevo la felicitación más cordial por su jubileo sacerdotal, expresándole toda mi gratitud por el servicio que con generosa dedicación ha prestado y sigue prestando a la Iglesia como mi vicario general para la diócesis de Roma y como presidente de la Conferencia Episcopal Italiana.

2. ¡Qué grande es el misterio de la Inmaculada Concepción que la Liturgia de hoy nos presenta! Misterio que no cesa de atraer la contemplación de los creyentes e inspira la reflexión de los teólogos. El tema del Congreso ahora recordado --«María de Nazaret acoge al Hijo de Dios en la historia»-- ha favorecido una profundización de la doctrina de la concepción inmaculada de María como presupuesto para la acogida en su vientre virginal del Verbo de Dios encarnado, Salvador del género humano.

«Llena de gracia»: con este apelativo, según el original griego del Evangelio de Lucas, el Ángel se dirige a María. Es este el nombre con que Dios, a través de su mensajero, quiso calificar a la Virgen. De esta forma Él la pensó y vio desde siembre, ab aeterno.

3. En el himno de la Carta a los Efesios, antes proclamado, el Apóstol alaba a Dios Padre porque «nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo» (1,3). ¡Con qué especialísima bendición Dios se dirigió a María desde el inicio de los tiempos! ¡Verdaderamente bendita, María, entre todas las mujeres (Cf. Lc 1,42)!

El Padre la eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuera santa e inmaculada en su presencia en el amor, predestinándola como primicia a la adopción filial por obra de Jesucristo (Cf. Ef 1,4-5).

4. La predestinación de María, como la de cada uno de nosotros, es relativa a la predestinación del Hijo. Cristo es aquella «estirpe» que «aplastaría la cabeza» a la antigua serpiente, según el Libro del Génesis (Cf. Gn 3,15); es el Cordero «sin mancha» (Cf. Ex 12,5; 1 P 1,19), inmolado para redimir la humanidad del pecado.

En previsión de la muerte salvífica de Él, María, su Madre, fue preservada del pecado original y de cualquier otro pecado. En la victoria del nuevo Adán está también la de la nueva Eva, madre de los redimidos. La Inmaculada es así signo de esperanza para todos los vivientes, que han vencido a satanás por medio de la sangre del Cordero (Cf. Ap 12,11).

5. Contemplamos hoy a la humilde muchacha de Nazaret santa e inmaculada en la presencia de Dios en la caridad (Cf. Ef 1,4), esa «caridad» que en su fuente originaria es Dios mismo, uno y trino.

¡Obra sublime de la Santísima Trinidad es la Inmaculada Concepción de la Madre del Redentor! Pío IX, en la Bula Ineffabilis Deus, recuerda que el Omnipotente estableció «con un solo y mismo decreto el origen de María y la encarnación de la divina Sabiduría» (Pii IX Pontificis Maximi Acta, Pars prima, p. 559).

El «sí» de la Virgen al anuncio del Ángel se sitúa en lo concreto de nuestra condición terrena, en humilde obsequio a la voluntad divina de salvar la humanidad no desde la historia, sino en la historia. En efecto, preservada libre de toda mancha de pecado original, la «nueva Eva» se ha beneficiado de modo singular de la obra de Cristo como perfectísimo Mediador y Redentor. Redimida en primer lugar por su Hijo, partícipe en plenitud de su santidad, Ella es ya lo que toda la Iglesia desea y espera ser. Es la imagen escatológica de la Iglesia.

6. Por esto la Inmaculada, que señala «el inicio de la Iglesia, esposa de Cristo sin mancha y sin arruga, resplandeciente de belleza» (Prefacio), precede siempre al Pueblo de Dios en la peregrinación de la fe hacia el Reino de los cielos (Cf. Lumen gentium, 58; Enc. Redemptoris Mater, 2).

En la concepción inmaculada de María la Iglesia ve proyectarse, anticipada en su miembro más noble, la gracia salvadora de la Pascua.

En el acontecimiento de la Encarnación encuentra indisolublemente al Hijo y a la Madre: «al que es su Señor y su Cabeza y a la que, pronunciando el primer fiat de la Nueva Alianza, prefigura su condición de esposa y madre» (Redemptoris Mater, 1).

7. A Ti, Virgen Inmaculada, por Dios predestinada sobre toda criatura como abogada de gracia y modelo de santidad para su pueblo, renuevo hoy en modo especial la confianza de toda la Iglesia.

Sé Tú quien guíe a sus hijos en la peregrinación de la fe, haciéndoles siempre más obedientes y fieles a la Palabra de Dios.

Sé Tú quien acompañe a cada cristiano en el camino de la conversión y de la santidad, en la lucha contra el pecado y en la búsqueda de la verdadera belleza, que es siempre huella y reflejo de la belleza divina.

Sé Tú quien obtenga paz y salvación para todas las gentes. Que el Padre eterno, que Te ha querido Madre inmaculada del Redentor, renueve también en nuestro tiempo, por medio de ti, los prodigios de su amor misericordioso. ¡Amen!

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