EL CAMINO DE MARÍA

Edición nro. 103

   Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

 

La versión on-line de esta Newsletter la puede leer en la Hemeroteca Digital "Mater Dei"

 

EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA

María es mi Madre!


Bajo su manto me amparo, con sus frutos me alimento, con el Pan Eucarístico que me proporciona.

Ella es mi Madre!

Me arrojo en sus brazos y Ella me estrecha contra su corazón. La escucho y su palabra me instruye. La miro y su belleza me alumbra.

Ella es mi Madre!

Si estoy débil me sostiene, la invoco y su bondad me atiende. Si enfermo me sana, si muerto por el pecado me da la vida de la gracia.

Ella es mi Madre!

 En la lucha me socorre, en la tentación me auxilia, en la angustia me consuela, en el trabajo me sostiene, en la agonía me acompaña.

Ella es mi Madre!

Cuando voy a Jesús, me conduce, cuando llego a sus pies, me presenta.Cuando le pido favores, me protege.

Ella es mi Madre!

Si soy constante en mi súplica, me escucha. Si la visito me atiende.
En la vida me guía al cielo y en la muerte recibiré de sus manos la eterna corona.

Ella es mi Madre!

Que buena es María, que dulce y hermosa es!

Ella es mi Madre!

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.
Ruega por nosotros !

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje.

Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la fe», en la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» 

Estimado/a Suscriptor/a de "El Camino de María"

El Año de la Eucaristía, que comenzó el domingo 17 de octubre, se ha convertido en el eje de la vida y el ministerio de Juan Pablo II. Por lo tanto mes a mes seleccionaremos  textos de la catequesis del Santo Padre sobre la Santísima Eucaristía, y los incorporaremos al contenido de El Camino de María.

Esta edición es la última de este mes del Santo Rosario. Por lo tanto le proponemos CONTEMPLAR A CRISTO CON MARÍA,  a través de lo que el Santo Padre escribió en la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae (puntos 13, 14 y 15)..

Asimismo hoy le enviamos el texto de la octava Catequesis de la serie El Espíritu Santo prometido: PENTECOSTÉS COMO TEOFANÍA.

A partir del hoy hemos creado una sección en el sitio El Camino de María, que permite a los suscriptores que lo deseen, escribir sus comentarios y opiniones sobre El Camino de María.  Agradecemos, desde ya, su  colaboración.La dirección es la siguiente:

http://www.elcaminodemaria.com.ar/visitas/addentry.php

Pidamos a María "que ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios",que nos guíe hacia el Santísimo Sacramento  porque tiene una relación profunda con él.

 

Dios te salve, María!

¡Tú eres la llena de gracia!

Te alabamos, Hija predilecta del Padre.
Te bendecimos, Madre del Verbo divino.
Te veneramos, Sagrario del Espíritu Santo.
Te invocamos; Madre y Modelo de toda la Iglesia.
Te contemplamos, imagen realizada de las esperanzas de toda la humanidad.

Marisa y Eduardo Vinante 

Editores de "El Camino de María".  

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

EL ESPÍRITU SANTO PROMETIDO

PENTECOSTÉS COMO TEOFANÍA

Audiencia General del miércoles 12 de julio  de 1989

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CONTEMPLAR A CRISTO CON MARÍA

ROSARIUM VIRGINIS MARIAE, puntos 13,14,15 

 PENTECOSTÉS COMO TEOFANÍA

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Nuestro conocimiento del Espíritu Santo se basa en los anuncios que de Él nos da Jesús, sobre todo cuando habla de su partida' y de su vuelta al Padre. 'Si me voy, ... vendrá a vosotros el Paráclito' (Jn 16, 7). Esta 'partida' pascual de Cristo, que se realiza mediante la cruz, la resurrección y la ascensión, halla su 'coronamiento' en Pentecostés, es decir, en la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, 'que perseveraban en la oración) en el Cenáculo 'en compañía de la Madre de Jesús' (Cfr. Hech 1,14), y del grupo de personas que formaban el núcleo de la Iglesia originaria.
 
En aquel acontecimiento el Espíritu Santo permanece el Dios 'misterioso' (Cfr. Is 45, 15), y como tal permanecerá durante toda la historia de la Iglesia y del mundo. Se podría decir que Él está 'escondido' en la sombra de Cristo, el Hijo Verbo consubstancial con el Padre, que de forma visible 'se hizo carne y puso su morada entre nosotros' (Jn 1,14).
 
2. En el acontecimiento de la Encarnación el Espíritu Santo no se manifiesta visiblemente (permanece el Dios escondido), y envuelve a María en su misterio. A la Virgen, mujer elegida para el decisivo acercamiento de Dios al hombre, dice el Ángel: 'El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra' (Lc 1, 35).
 
En Pentecostés el Espíritu Santo extiende su sombra sobre la Iglesia naciente, a fin de que bajo su soplo reciba la fuerza para anunciar 'las maravillas de Dios' (Cfr. Hech 2, 11). Lo que había sucedido en el seno de María en la Encarnación, encuentra ahora una nueva realización. El Espíritu obra como el 'Dios escondido', invisible en su persona.
 
3. Sin embargo, Pentecostés es una teofanía, es decir, una poderosa manifestación divina, que completa la teofanía del Sinaí cuando salió Israel de la esclavitud de Egipto bajo la guía de Moisés. Según las tradiciones rabínicas, la teofanía del Sinaí tuvo lugar cincuenta días después de la Pascua del éxodo, el día de Pentecostés.
 
'Todo el monte Sinaí humeaba, porque Yahvéh había descendido sobre Él en el fuego. Subía el humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia' (Ex 19, 18). Esa había sido una manifestación de la majestad de Dios, de la absoluta trascendencia de 'Aquel que es' (Cfr. Ex 3, 14). Y los pies del monte Horeb Moisés había escuchado aquellas palabras que salían de la zarza que ardía y no se consumía: No te acerques aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada' (Ex 3, 5). Y a los pies del Sinaí el Señor ordena: 'Baja y orden l pueblo que no traspase las lindes para ver a Yahvéh, porque morirían muchos de ellos' (Ex 19, 21).
 
4. La teofanía de Pentecostés es el punto de llegada de la serie de manifestaciones con que Dios se ha dado a conocer progresivamente al hombre. Con ella alcanza su culmen aquella autorrevelación de Dios mediante la que Él ha querido infundir a su pueblo la fe en su majestad y trascendencia, y al mismo tiempo en su presencia inmanente de 'Emmanuel', de 'Dios con nosotros'.
 
En Pentecostés se realiza una teofanía que, con María, toca directamente a toda la Iglesia en su núcleo inicial, completándose así el largo proceso iniciado en la antigua Alianza. Si analizamos los detalles del acontecimiento del Cenáculo, como los presentan los Hechos de los Apóstoles (2, 1)13), encontramos en ellos diversos elementos que nos recuerdan las teofanías precedentes, sobre todo la del Sinaí, que Lucas parece tener presente al describir la venida del Espíritu Santo. La teofanía del Cenáculo, según la descripción de Lucas, se realiza mediante fenómenos semejantes a los del Sinaí: 'Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse' (Hech 2, 1-4).
 
Se trata de tres elementos (el ruido del viento, las lenguas de fuego, el carisma del lenguaje), ricos por su valor simbólico, que conviene tener presente. A la luz de estos elementos se comprende mejor qué pretende decir el autor de los Hechos cuando afirma que los presentes en el Cenáculo 'quedaron todos llenos del Espíritu Santo'.
 
5. 'Un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso'. Desde el punto de vista lingüístico aflora aquí la afinidad entre el viento (el soplo) y el 'espíritu'. En hebreo, así como en griego, para decir 'viento' se usa la misma palabra que para 'espíritu': 'ruah' , 'pneuma'. Leemos en el Libro del Génesis (1, 2): 'Un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas', y, en el Evangelio de Juan: 'El viento (pneuma) sopla donde quiere' (Jn 3, 8).
 
El viento fuerte en la Biblia 'anuncia' la presencia de Dios. Es la señal de una teofanía. 'Sobre las alas de los vientos planeó' leemos en el segundo Libro de Samuel (22, 11). 'Vi un viento huracanado que venia del Norte, una gran nube con fuego fulgurante': es la teofanía descrita al comienzo del Libro del Profeta Ezequiel (1, 4). En particular, el soplo del viento es la expresión del poder divino que saca del caos el orden de la creación (Cfr. Gen 1, 2). Y es también la expresión de la libertad del Espíritu: 'EI viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va' (Jn 3, 8).
 
'Un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso' es el primer elemento de la teofanía de Pentecostés, manifestación del poder divino operante en el Espíritu Santo.
 
6. El segundo elemento es el fuego: 'Se les aparecieron unas lenguas como de fuego' (Hech 2, 3).
 
El fuego siempre está presente en las teofanías del Antiguo Testamento: por ejemplo, con ocasión de la alianza establecida por Dios con Abrahán (Cfr. Gen 15, 17); también en la zarza que ardía sin consumirse cuando el Señor se manifestó a Moisés (Ex 3, 2); e igualmente en la columna de fuego que guiaba por la noche a Israel a lo largo del camino en el desierto (Cfr. Ex 13, 21-22). El fuego está presente, de manera especial, en la teofanía del monte Sinaí (Cfr. Ex 19, 18), y en las teofanías escatológicas descritas por los profetas (Cfr. Is 4, 5; 64, 1; Dn 7, 9, etc.). El fuego simboliza, por tanto, la presencia de Dios. La Sagrada Escritura afirma muchas veces que 'muestro Dios es fuego devorador' (Heb 12, 29; Dt 4, 24; 9, 3). En los ritos de holocausto lo que más importaba no era la destrucción del objeto ofrecido sino más bien el 'suave perfume' que simbolizaba el 'elevarse' de la ofrenda hacia Dios, mientras el fuego, llamado también 'ministro de Dios' (Cfr. Sal 103/104, 4), simbolizaba la purificación del hombre del pecado, así como la plata es 'purificada' y el oro es 'probado' en el fuego (Cfr. Za 13, 8 9).
 
En la teofanía de Pentecostés está también el símbolo de las lenguas de fuego, que se posan sobre cada uno de los presentes en el Cenáculo. Si el fuego simboliza la presencia de Dios, las lenguas de fuego que se dividen sobre las cabezas, parecen indicar la 'venida' de Dios Espíritu Santo sobre los presentes, su donarse a cada uno de ellos para su misión.
 
7. El donarse del Espíritu, fuego de Dios, toma una forma especial, la de 'lenguas', cuyo significado queda explicado inmediatamente cuando el autor añade: 'Se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse' (Hech 2, 4). Las palabras que provienen del Espíritu Santo son 'como fuego' (Cfr. Jr 5, 14; 23, 29), tienen una eficacia que las simples palabras humanas no poseen. En este tercer elemento de la teofanía de Pentecostés, Dios Espíritu Santo, donándose a los hombres, produce en ellos un efecto que es al mismo tiempo real y simbólico. Es real en cuanto fenómeno que se refiere a la lengua como facultad del lenguaje, propiedad natural del hombre. Pero también es simbólico porque las personas, que son 'de Galilea' y por tanto capaces de servirse en la lengua o dialecto de su propia región, hablan 'en otras lenguas' de manera que, en la muchedumbre reunida rápidamente en torno al Cenáculo, cada uno oye 'la propia lengua', aunque se encontraban representados en ella diferentes pueblos (Cfr. Hech 2, 6).
 
Este simbolismo de la 'multiplicación de las lenguas' está lleno de significado. Según la Biblia, la diversidad de las lenguas era señal de la multiplicidad de los pueblos y de las naciones; más aún, de su dispersión tras la construcción de la torre de Babel (Cfr. Gen 11, 5 9), cuando la única lengua común y comprendida por todos se disgregó en muchas lenguas, recíprocamente incomprensibles. Ahora bien, al simbolismo de la torre de Babel sucede el de las lenguas de Pentecostés, que indica lo contrario de aquella 'confusión de lenguas'. Se podría decir que las muchas lenguas incomprensibles han perdido su carácter especifico, o por lo menos han dejado de ser símbolo de división, cediendo el lugar a la nueva obra del Espíritu Santo que mediante los Apóstoles y la Iglesia lleva a la unidad espiritual pueblos de orígenes, lenguas y culturas diversas, para la perfecta comunión en Dios anunciada e invocada por Jesús (Cfr. Jn 17, 11. 21 22).
 
8. Concluyamos con las palabras del Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Divina Revelación: 'Cristo... se manifestó a sí mismo y a su Padre con obras y palabras, llevó a cabo su obra muriendo, resucitando y enviando al Espíritu Santo. Levantado de la tierra, atrae a todos hacia si (Cfr. Jn 12, 32), pues es el único que posee palabras de vida eterna (Cfr. Jn 6, 68).A otras edades no fue revelado este misterio como lo ha revelado ahora el Espíritu Santo a los Apóstoles y Profetas (Cfr. Ef 3, 4-6) para que prediquen el Evangelio, susciten la fe en Jesús Mesías y Señor, y congreguen la Iglesia' (Dei Verbum, 17). Esta es la gran obra del Espíritu Santo y de la Iglesia en los corazones y en la historia.
 
    

  CONTEMPLAR A CRISTO CON MARÍA

 
 

Honrando a la Virgen Santísima,

 Glorificamos a Dios

 

"...Nunca pensáis en María, sin que Ella en vuestro lugar, piense en Dios. Nunca alabáis ni honráis, sin que Ella con vosotros alabe y honre a Dios. María está en total conexión con Dios, y con toda propiedad yo la llamaría: la relación de Dios, que sólo existe en referencia a Dios, el eco de Dios, que sólo habla y repite a Dios. Santa Isabel alabó a María y la llamó bienaventurada porque Ella creyó, y María, el eco fidelísimo de Dios entonó: «Magnificat anima mea Domino», -Mi alma glorifica al Señor- (Lc I, 46). Lo que obró María en esa ocasión, lo repite todos los días; cuando la alabamos, honramos, amamos, o la ofrecemos algo, Dios es alabado, honrado, amado y ese agasajo lo recibe por María y en María..." (San Luis María Grignion de Montfort. "Tratado de la Verdadera Devoción")

 

 

Recordar a Cristo con María

La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. La Biblia es narración de acontecimientos salvíficos, que tienen su culmen en el propio Cristo. Estos acontecimientos no son solamente un 'ayer'; son también el 'hoy' de la salvación. Esta actualización se realiza en particular en la Liturgia: lo que Dios ha llevado a cabo hace siglos no concierne solamente a los testigos directos de los acontecimientos, sino que alcanza con su gracia a los hombres de cada época. Esto vale también, en cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos: «hacer memoria» de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección.

Por esto, mientras se reafirma con el Concilio Vaticano II que la Liturgia, como ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo y culto público, es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza», también es necesario recordar que la vida espiritual « no se agota sólo con la participación en la sagrada Liturgia. El cristiano, llamado a orar en común, debe no obstante, entrar también en su interior para orar al Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6); más aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5, 17) ». El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración 'incesante', y si la Liturgia, acción de Cristo y de la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia. RVM, 13.  


Comprender a Cristo desde María

Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de 'comprenderle a Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu Santo es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.

El primero de los 'signos' llevado a cabo por Jesús –la transformación del agua en vino en las bodas de Caná– nos muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje.


Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la fe», en la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: « He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). RVM, 14.  

Configurarse a Cristo con María

La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27).

En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto».

Además, mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro supereminente y completamente singular»,19 es al mismo tiempo 'Madre de la Iglesia'. Como tal 'engendra' continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la Iglesia.

El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo». Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal: Totus tuus. Un lema, como es sabido, inspirado en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort, que explicó así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo» De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo! RVM, 15.  

 

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