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Edición
270
28 de enero de 2007
CRISTO,
ÚNICO SALVADOR
«Jesucristo
es el Alfa y la Omega, "el
Principio y el Fin"
de todo. (...) Él es el único Maestro que debe instruirnos, el
único Señor del que dependemos, la única Cabeza a la que
debemos estar unidos, el único Modelo al que debemos
asemejarnos, el único Médico que nos debe curar, el único
Pastor que nos debe alimentar, el único
Camino que debemos
seguir, la única Verdad que debemos creer, la única
Vida que
debe vivificarnos, lo único que nos debe bastar en todo. (...)
Todo fiel que no esté unido a Cristo como el sarmiento a la vid,
se cae, se seca y sólo sirve para ser arrojado al fuego. En
cambio, si estamos en Jesucristo y Jesucristo está en nosotros, no debemos temer ninguna condena. Ni los ángeles del
cielo, ni los hombres de la tierra, ni los demonios del infierno,
ni ninguna otra creatura podrá producirnos mal alguno, porque no
podrá separarnos jamás del Amor de Dios, en Jesucristo.
Todo lo podemos por Cristo, con Cristo y en Cristo; podemos dar todo
honor y toda gloria al Padre, en la unidad del Espíritu
Santo; podemos alcanzar la perfección y ser perfume de vida
eterna para el prójimo»
Tratado sobre la
verdadera devoción a María, N.61 .San
Luis María Grignion de Montfort.


Soy
todo tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi
vida. Dame tu Corazón, oh María.
Soy
todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo.
Amen.
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TRONO DE LA SABIDURÍA.
María, la Santa Madre de Dios, siempre Virgen, es la
obra maestra de la misión del Hijo y del Espíritu en la plenitud de
los tiempos. Por primera vez en el designio de la salvación y porque
su Espíritu la preparó, el Padre encuentra en Ella la morada donde el
Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres.
En ese sentido, la Tradición de la Iglesia ha leído, a menudo, en
relación a María los más bellos textos sobre la Sabiduría (cf. Pr 8, 1
- 9, 6; Si 24). María es cantada y representada en la liturgia como
«Trono de la Sabiduría»
(Catecismo de la Iglesia Católica, n° 721)
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LA MEDIACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA
Sus favores resplandecerán en el universo
Que no se hable más de la ternura si uno solo de
quienes la han invocado en sus necesidades recuerda que Ella no les ha
correspondido (…) No faltan ejemplos para apoyar su certeza; son
suficientemente conocidos y divulgados para que podamos pasarlos por
alto, bajo pretexto de ser breves.
Hay que saber con toda seguridad que los milagros frecuentes, sus
favores innumerables, la visión espiritual, las revelaciones, el
consuelo sublime de la Santa Madre de Dios resplandecerán de continuo
en el universo hasta que este mundo envejecido encuentre su fin, en la
aurora del Reino que no tiene fin.
San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia .



Oh Dios Padre
Misericordioso, que por
mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la
Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo,
concediste a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei,
la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina,
de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres
de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad
a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los
momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir
al Reino de Jesucristo. Te ruego que te dignes glorificar a tu Siervo
Juan Pablo II, Servus Servorum Dei, y que me concedas por su
intercesión el favor que te pido... (pídase). A Tí,
Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que
vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que
santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos
de los siglos. Amén.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
LIBRO
DE VISITAS
"...Yo creo que jamás hubiéramos podido amar a Dios
si Jesús no se hubiera hecho uno de nosotros. Y es para hacernos
capaces de amar a Dios que se hizo uno de nosotros en todo, excepto
en el pecado. Creados a imagen de Dios, hemos sido creados para amar
porque Dios es Amor. Por Su
Pasión, Jesús nos ha enseñado como perdonar por
amor, como olvidar por humildad. Encuentra a Jesús y encontrarás la
paz..."
(Beata Teresa
de Calcula)
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GLORIA
Y ALABANZA A TI, OH CRISTO, AHORA Y POR SIEMPRE
Señor Jesús,
Plenitud de los tiempos y Señor de la historia, danos
un corazón humilde y sencillo para que contemplemos
con renovado asombro el misterio de la Encarnación,
por el que Tú, Hijo del Altísimo, en el Seno de la
Virgen, Santuario del Espíritu, te hiciste nuestro
Hermano.
Gloria
y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre.
Jesús,
Principio y Perfección del hombre nuevo, convierte
nuestros corazones a Ti, para que, abandonando las
sendas del error, caminemos tras Tus huellas por el
sendero que conduce a la vida. Haz que, fieles a las
promesas del Bautismo, vivamos con coherencia
nuestra fe, dando testimonio constante de Tu palabra,
para que en la familia y en la sociedad resplandezca
la luz vivificante del Evangelio.
Gloria
y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre.
Jesús, Fuerza
y Sabiduría de Dios, enciende en nosotros el amor a
la divina Escritura, donde resuena la voz del Padre,
que ilumina e inflama, alimenta y consuela. Tú,
Palabra del Dios vivo, renueva en la Iglesia el
ardor misionero, para que todos los pueblos lleguen
a conocerte, verdadero Hijo de Dios y verdadero Hijo
del hombre, único Mediador entra Dios y el hombre.
Gloria
y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre.
Jesús, Fuente
de unidad y de paz, fortalece la comunión en Tu
Iglesia, da vigor al movimiento ecuménico, para que
con la fuerza de Tu Espíritu, todos tus discípulos
sean uno. Tú que nos has dado como norma de vida el
mandamiento nuevo del amor, haznos constructores de
un mundo solidario, donde la guerra sea vencida por
la paz, la cultura de la muerte por el compromiso en
favor de la vida.
Gloria
y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre.
Jesús,
Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, Luz
que ilumina a todo hombre, da a quien te busca con
corazón sincero la abundancia de Tu Vida. A Ti,
Redentor del hombre, Principio y Fin del tiempo y
del cosmos, al Padre, Fuente inagotable de todo bien,
y al Espíritu Santo, Sello del infinito Amor, todo
honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.
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Queridos Suscriptores de "El Camino de María"
Con la Oración a
Cristo escrita por nuestro querido y recordado Juan Pablo II
en ocasión del Jubileo del Año 2000, iniciamos una serie de
ediciones de El Camino de María dedicadas a
meditar sobre: EL CAMINO DE CRISTO ES EL CAMINO DEL
AMOR TOTAL.
"...El
amor a Dios, que resulta posible gracias al don del Espíritu,
se funda en la mediación de Cristo, como Él mismo afirma en
la oración sacerdotal: «Yo les he dado a conocer Tu Nombre
y se lo seguiré dando a conocer, para que el Amor con que Tú
me has amado esté en ellos y Yo en ellos» (Jn 17, 26).
Esta mediación se concreta sobre todo en el don que Él ha
hecho de su vida, don que por una parte testimonia el amor
mayor y, por otra, exige la observancia de lo que Jesús manda:
«Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus
amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que Yo os
mando» (Jn 15, 13-14)..."
En la Audiencia General del
3 de enero de 2007, el Santo Padre Benedicto XVI nos exhorta a
"acoger a
cristo en el corazón".
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Queridos
hermanos y hermanas:
Gracias
por vuestro afecto. A todos os deseo un
feliz año. Esta primera audiencia general
del nuevo año se celebra aún en el clima
navideño, en una atmósfera que nos invita
a la alegría por el nacimiento del Redentor.
Al venir al mundo, Jesús distribuyó
abundantemente entre los hombres dones de
bondad, de misericordia y de amor.
Interpretando los sentimientos de los
hombres de todos los tiempos, el apóstol
san Juan afirma: "Mirad qué Amor nos
ha tenido el Padre para llamarnos hijos de
Dios" (1 Jn 3, 1). Quien se
detiene a meditar ante el Hijo de Dios que
yace inerme en el pesebre no puede por menos
de quedar sorprendido por este
acontecimiento humanamente increíble; no
puede por menos de compartir el asombro y el
humilde abandono de la Virgen María, que
Dios escogió como Madre del Redentor
precisamente por su humildad.
En
el Niño de Belén todos los hombres
descubren que son amados gratuitamente por
Dios; con la luz de la Navidad se nos
manifiesta a cada uno de nosotros la
infinita bondad de Dios. En Jesús el Padre
Celestial inauguró una nueva relación con
nosotros; nos hizo "hijos en su Hijo".
Durante estos días San Juan nos invita a
meditar precisamente sobre esta realidad,
con la riqueza y la profundidad de su
palabra, de la que hemos escuchado un pasaje.
El
Apóstol predilecto del Señor subraya que
"somos realmente hijos" (cf. 1
Jn 3, 1). No somos sólo criaturas;
somos hijos. De este modo Dios está cerca
de nosotros; de este modo nos atrae hacia Sí
en el momento de Su Encarnación, al hacerse
uno de nosotros. Por consiguiente,
pertenecemos verdaderamente a la familia que
tiene a Dios como Padre, porque Jesús, el
Hijo Unigénito, vino a poner su tienda en
medio de nosotros, la tienda de su carne,
para congregar a todas las gentes en una única
familia, la familia de Dios, que pertenece
realmente al Ser divino: todos estamos
unidos en un solo pueblo, en una sola
familia.
Vino
para revelarnos el verdadero Rostro del
Padre. Y si ahora nosotros usamos la palabra
Dios, ya no se trata de una realidad
conocida sólo desde lejos. Nosotros
conocemos el Rostro de Dios: es el Rostro
del Hijo, que vino para hacer más cercanas
a nosotros, a la tierra, las realidades
celestes. San Juan explica: "En esto
consiste el Amor: no en que nosotros hayamos
amado a Dios, sino en que Él nos amó
primero" (1 Jn 4, 10).
En
la Navidad resuena en el mundo entero el
anuncio sencillo y desconcertante: "Dios
nos ama". "Nosotros amamos -dice
San Juan- porque Él nos amó primero"
(1 Jn 4, 19). Este misterio ya está
puesto en nuestras manos porque, al
experimentar el Amor divino, vivimos
orientados hacia las realidades del Cielo. Y
el ejercicio de estos días consiste también
en vivir realmente orientados hacia Dios,
buscando ante todo el Reino y su justicia,
con la certeza de que lo demás, todo lo demás,
se nos dará como añadidura (cf. Mt
6, 33). El clima espiritual del tiempo
navideño nos ayuda a crecer en esta
conciencia.
Sin
embargo, la alegría de la Navidad no nos
hace olvidar el misterio del mal (mysterium
iniquitatis), el poder de las tinieblas,
que trata de oscurecer el esplendor de la
Luz divina; y, por desgracia, experimentamos
cada día este poder de las tinieblas. En el
prólogo de su Evangelio, que hemos
proclamado varias veces en estos días, el
evangelista San Juan escribe: "La
Luz
brilla en las tinieblas, y las tinieblas no
la acogieron" (Jn 1, 5).
Es
el drama del rechazo de Cristo, que, como en
el pasado, también hoy se manifiesta y se
expresa, por desgracia, de muchos modos
diversos. Tal vez en la época contemporánea
son incluso más solapadas y peligrosas las
formas de rechazo de Dios: van desde el
rechazo neto hasta la indiferencia, desde el
ateísmo cientificista hasta la presentación
de un Jesús que dicen moderno y postmoderno.
Un Jesús hombre, reducido de modo diverso a
un simple hombre de su tiempo, privado de su
divinidad; o un Jesús tan idealizado que
parece a veces personaje de una fábula.
Pero
Jesús, el verdadero Jesús de la historia,
es verdadero Dios y verdadero hombre, y no
se cansa de proponer su Evangelio a todos,
sabiendo que es "signo de contradicción
para que se revelen los pensamientos de
muchos corazones" (cf. Lc 2,
34-35), como profetizó el anciano Simeón.
En realidad, sólo el Niño que yace en el
pesebre posee el verdadero secreto de la
vida. Por eso pide que lo acojamos, que le
demos espacio en nosotros, en nuestro corazón,
en nuestras casas, en nuestras ciudades y en
nuestras sociedades.
En
la mente y en el corazón resuenan las
palabras del prólogo de San Juan: "A
todos los que lo acogieron les dió poder de
hacerse hijos de Dios" (Jn 1,
12). Tratemos de contarnos entre los que lo
acogen. Ante Él nadie puede quedar
indiferente. También nosotros, queridos
amigos, debemos tomar posición
continuamente.
¿Cuál
será, por tanto, nuestra respuesta? ¿Con
qué actitud lo acogemos? Viene en nuestra
ayuda la sencillez de los pastores y la búsqueda
de los Magos que, a través de la estrella,
escrutan los signos de Dios; nos sirven de
ejemplo la docilidad de María y la sabia
prudencia de José. Los más de dos mil años
de historia cristiana están llenos de
ejemplos de hombres y mujeres, de jóvenes y
adultos, de niños y ancianos que han creído
en el misterio de la Navidad y han abierto
sus brazos al Emmanuel, convirtiéndose con
su vida en faros de luz y de esperanza.
El
Amor que Jesús trajo al mundo al nacer en
Belén une a los que lo acogen en una relación
duradera de amistad y fraternidad. San Juan
de la Cruz afirma: Dios "lo que hablaba
antes en partes a los profetas ya lo ha
hablado en el todo, dándonos al Todo, que
es su Hijo. (...) Pon los ojos sólo en Él
(...) y hallarás en Él aún más de lo que
pides y deseas" (Subida del monte
Carmelo, libro II, cap. 22, 4-5).
Queridos
hermanos y hermanas, al inicio de este nuevo
año renovemos en nosotros el compromiso de
abrir a Cristo la mente y el corazón,
manifestándole sinceramente la voluntad de
vivir como verdaderos amigos suyos. Así
seremos colaboradores de su proyecto de
salvación y testigos de la alegría que Él
nos da para que la difundamos abundantemente
en nuestro entorno.
Que
María Santísima nos ayude a abrir nuestro corazón al
Emmanuel, que asumió nuestra pobre y frágil
carne para compartir con nosotros el
fatigoso camino de la vida terrena. Con todo,
en compañía de Jesús este fatigoso camino
se transforma en un camino de alegría.
Caminemos juntamente con Jesús, caminemos
con Él; así el año nuevo será un año
feliz y bueno.

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Santa
María, Madre de Dios,
Tú has dado al mundo la verdadera Luz,
Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios.
Te has entregado por completo
a la llamada de Dios
y te has convertido así en fuente
de la bondad que mana de Él.
Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él.
Enséñanos a conocerlo y amarlo,
para que también nosotros
podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor
y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento.
Marisa y
Eduardo
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