Las Glorias
de María
(San Alfonso
María de Ligorio)
INTRODUCCIÓN
Querido lector y hermano mío en María: la devoción
que me ha movido a escribir este libro y ahora te mueve a ti a leerlo, nos
hacen hijos afortunados de esta buena Madre; si acaso oyes que me he fatigado
en vano componiéndolo habiendo ya tantos y tan celebrados que tratan del
mismo asunto, responde, te lo ruego, con las palabras que dejó escritas el
abad Francón en la biblioteca de los Padres: que alabar a María es una
fuente tan abundante que cuanto más se saca de ella tanto más se llena, y
cuanto más se llena tanto más se difunde. Viene a decir que esta Virgen
bienaventurada es tan grande y sublime, que por más alabanzas que se le hagan,
muchas más le quedan por recibir. De tal manera que, al decir de san Agustín,
no bastan para alabarla como se merece las lenguas de todos los hombres,
aunque todos sus miembros se convirtieran en lenguas.
He leído innumerables libros, grandes y pequeños,
que tratan de las glorias de María; pero considerando que éstos eran o raros
o voluminosos, y no según mi propósito, he procurado recoger brevemente en
este libro, de entre los autores que han llegado a mis manos, las sentencias más
selectas y sustanciosas de los santos padres y teólogos. De este modo los
devotos, cómodamente y sin grandes gastos, podrán inflamarse en el amor a
María con su lectura. En especial he procurado ofrecer materiales a los
sacerdotes para promover con sus predicaciones la devoción hacia nuestra
Madre.
Acostumbran los amantes hablar con frecuencia de
las personas que aman y alabarlas para cautivar para el objeto de su amor la
estima y las alabanzas de los demás. Muy escaso debe ser el amor de quienes
se vanaglorían de amar a María, pero después no piensan demasiado en hablar
de ella y hacerla amar de los demás. No actúan así los verdaderos amantes
de nuestra Señora. Ellos quieren alabarla sobre todo y verla muy amada por
todos. Por eso, siempre que pueden, en público y en privado, tratan de
encender en el corazón de todos aquellas benditas llamas de amor a su amada
Reina, en las que se sienten inflamados.
Para que cada uno se persuada de cuánto importa
para su bien y el de los pueblos promover la devoción a María, ayudará
escuchar lo que dicen los doctores. Dice san Buenaventura que quienes se
afanan en propagar las glorias de María tienen asegurado el paraíso. Y lo
confirma Ricardo de San Lorenzo al decir que honrar a esta Reina de los
Angeles es conquistar la vida eterna. Porque nuestra Señora, la más
agradecida, añade el mismo, se empeñará en honrar en la otra vida al que en
esta vida no dejó de honrarla. ¿Quién no conoce la promesa de María en
favor de los que se dedican a hacerla conocer y amar? La santa Iglesia le hace
decir en la fiesta de la lnmaculada Concepción: "Los que me esclarecen,
tendrán la vida eterna" (Ecclo 24,31). "Regocíjate, alma mía -decía
san Buenaventura, que tanto se esforzó en pregonar las alabanzas de María-;
salta de gozo y alégrate con ella, porque son muchos los bienes preparados
para los que la ensalzan". Y puesto que las sagradas Escrituras, añadía,
alaban a María, procuremos siempre celebrar a esta divina Madre con el corazón
y con la lengua para que al fin nos lleve al reino de los bienaventurados.
Se lee en las revelaciones de santa Brígida que,
acostumbrando el obispo B. Emigdio a comenzar sus predicaciones con alabanzas
a María, se le apareció la Virgen a la santa y le dijo: Hazle saber a ese
prelado que comienza sus predicaciones alabándome, que yo quiero ser para él
una madre, tendrá una santa muerte y yo presentaré su alma al Señor. Y, en
efecto, aquel santo murió rezando y con una paz celestial. A otro religioso
dominico, que terminaba sus predicaciones hablando de María, se le apareció
en la hora de la muerte, lo defendió del demonio, lo reconfortó y llevó
consigo su alma al paraíso. El piadoso Tomás de Kempis presentaba a María
recomendando a su Hijo a quienes pregonan sus alabanzas, y diciendo así:
"Hijo, apiádate del alma de quien te amó a ti y a mí me alabó".
Por lo que mira al provecho de los fieles, dice
san Anselmo que habiendo sido el sacrosanto seno de María el camino del Señor
para salvar a los pecadores, no puede ser que al oír las predicaciones sobre
María no se conviertan y se salven los pecadores. Y si es verdadera la
sentencia, como yo por verdadera la tengo y lo probaré en el capítulo 5, que
todas las gracias se dispensan sólo por manos de María y que todos los que
se salvan sólo se salvan por mediación de esta divina Madre, se ha de
concluir necesariamente que de predicar a María y confiar en su intercesión
depende la salvación de todos. Así santificó a Italia san Bernardino de
Siena; así convirtió provincias santo Domingo; así san Luis Beltrán en
todas sus predicaciones no dejaba de exhortar a la devoción a María; y así
tantos y tantos.
El P. Séñeri el joven, célebre misionero, en
todas sus misiones predicaba sobre la devoción a María, y a ésta la llamaba
su predicación predilecta. Y nosotros (los redentoristas) en nuestras
misiones, en que tenemos por regla inviolable el no dejar nunca el sermón de
la Señora, podemos atestiguar con toda verdad que ninguna predicación
produce tanto provecho y compunción en los pueblos como ésta de la
misericordia de María. Digo "de la misericordia de María" porque,
como dice san Bernardo: "Alabamos su humildad, admiramos su virginidad,
pero a los indigentes les sabe más dulce su misericordia: a la misericordia
nos abrazamos con amor, la recordamos con frecuencia y más a menudo la
invocamos".
Por eso dejo para otros describir los grandes
privilegios de María, que yo, sobre todo, voy a hablar de su gran compasión
y de su poderosa intercesión. Para eso he recogido durante años y con mucho
trabajo cuanto he podido de lo que los santos padres y otros célebres
escritores han dicho de la misericordia y del poder de María. Y ya que en la
excelente oración de la Salve Regina, aprobada por la santa Iglesia y que
manda rezar a los clérigos la mayor parte del año, se encuentran descritas
maravillosamente la misericordia y el poder de la Virgen santísima, me he
propuesto exponer en varios capítulos esta devotísima oración. He creído
además hacer algo muy agradable a los devotos de María, añadiéndole
lecturas o discursos sobre las fiestas principales y sobre las virtudes de
esta divina Madre. Y añadiendo al final las prácticas de devoción más
frecuentes usadas por sus devotos y aprobadas por la Iglesia.
Piadoso lector, si como lo espero, es de tu agrado
esta mi obrita, te ruego me encomiendes a la Virgen santa para que me dé una
gran confianza en su protección. Pide para mí esta gracia, que yo pediré
para ti también, quien quiera que seas que me hagas esta caridad, las mismas
gracias.
Dichoso el que se aferra con amor y confianza a
estas dos áncoras de salvación, quiero decir a Jesús y a María;
ciertamente que no se perderá.
Digamos, pues, de corazón juntos, lector mío,
con el devoto Alonso Rodríguez: "Jesús y María, mis dulcísimos amores,
por vosotros padezca, por vosotros muera; que sea todo vuestro y nada mío".
Amemos a Jesús y a María y hagámonos santos, que no hay mayor dicha que
podamos esperar y obtener de Dios. Adiós, hasta que nos veamos en el paraíso
a los pies de nuestra Madre y de su Hijo, alabándolos, agradeciéndoles y amándoles
juntos, cara a cara, por toda la eternidad. Amén.
CAPÍTULO 1
DIOS TE SALVE, REINA Y MADRE DE MISERICORDIA
Párrafo 1
Nuestra confianza en María ha de ser grande,
por ser ella la Madre de la misericordia
Habiendo sido exaltada la Virgen María como Madre
del Rey de reyes, con toda razón la santa Iglesia la honra y quiere que sea
honrada por todos con el título glorioso de reina. Si el Hijo es Rey, dice
san Atanasio, con toda razón la Madre debe tenerse por Reina y llamarse Reina
y Señora. Desde que María, añade san Bernardino de Siena, dio su
consentimiento aceptando ser Madre del Verbo eterno, desde ese instante mereció
ser la reina del mundo y de todas las criaturas. Si la carne de María,
reflexiona san Arnoldo abad, no fue distinta de la de Jesús, ¿cómo puede
estar la madre separada del reinado de su hijo? Por lo que debe pensarse que
la gloria del reinado no sólo es común entre la Madre y el Hijo, sino que es
la misma.
Y si Jesús es rey del universo, reina también lo
es María. De modo que, dice san Bernardino de Siena, cuantas son las
criaturas que sirven a Dios, tantas son las que deben servir a María, ya que
los ángeles, los hombres y todas las cosas del cielo y de la tierra, estando
sujetas al dominio de Dios, están también sometidas al dominio de la Virgen.
Por eso el abad Guérrico, contemplando a la Madre de Dios, le habla así:
"Prosigue, María, prosigue segura con los bienes de tu Hijo, gobierna
con toda confianza como reina, madre del rey y su esposa". Sigue pues, oh
María, disponiendo a tu voluntad de los bienes de tu Hijo, pues al ser madre
y esposa del rey del mundo, se te debe como reina el imperio sobre todas las
criaturas.
Así que María es Reina; pero no olvidemos, para
nuestro común consuelo, que es una reina toda dulzura y clemencia e inclinada
a hacernos bien a los necesitados. Por eso la santa Iglesia quiere que la
saludemos y la llamemos en esta oración Reina de misericordia. El mismo
nombre de reina, conforme a san Alberto Magno, significa piedad y providencia
hacia los pobres; a diferencia del nombre de emperatriz, que expresa más bien
severidad y rigor. La excelencia del rey y de la reina consiste en aliviar a
los miserables, dice Séneca. Así como los tiranos, al mandar, tienen como
objetivo su propio provecho, los reyes, en cambio, deben tener por finalidad
el bien de sus vasallos. De ahí que en la consagración de los reyes se ungen
sus cabezas con aceite, símbolo de misericordia, para demostrar que ellos, al
reinar, deben tener ante todo pensamientos de piedad y de beneficencia hacia
sus vasallos.
El rey debe ante todo dedicarse a las obras de
misericordia, pero no de modo que dejan de usar la justicia contra los
criminales cuando es debido. No obra así María, que aunque reina no lo es de
justicia, preocupada del castigo de los malhechores, sino reina de la
misericordia, atenta únicamente a la piedad y al perdón de los pecadores.
Por eso la Iglesia quiere que la llamemos expresamente reina de la
misericordia. Reflexionando el gran canciller de París Juan Gerson las
palabras de David: "Dos cosas he oído: que Dios tiene el poder y que
tuya es, Señor, la misericordia" (Sal 61,12), dice que fundandose el
reino de Dios en la justicia y en la misericordia, el Señor lo ha dividido:
el reino de la justicia se lo ha reservado para él, y el reino de la
misericordia se lo ha cedido a María, mandando que todas las misericordias
que se otorgan a los hombres pasen por las manos de María y se distribuyan
según su voluntad. Santo Tomás lo confirma en el prólogo a las Epístolas
canónicas diciendo que la santísima Virgen, desde que concibió en su seno
al Verbo de Dios y le dio a luz, obtuvo la mitad del reino de Dios al ser
constituida reina de la misericordia, quedando para Jesucristo el reino de la
justicia.
El eterno Padre constituyó a Jesucristo rey de
justicia y por eso lo hizo juez universal del mundo. Así lo cantó el profeta:
"Señor, da tu juicio al rey y tu justicia al hijo de reyes" (Sal
71,1). Esto también lo comenta un docto intérprete, y dice: Señor, tu has
dado a tu Hijo la justicia porque la misericordia la diste a la madre del rey.
San Buenaventura, parafraseando también ese pasaje, dice: "Da, Señor,
tu juicio al rey y tu misericordia a la madre de él". Así, de modo
semejante el arzobispo de Praga, Ernesto, dice que el eterno Padre ha dado al
Hijo el oficio de juzgar y castigar, y a la Madre el oficio de compadecer y
aliviar a los miserables. Así predijo el mismo profeta David que Dios mismo,
por así decirlo, consagró a María como reina de la misericordia ungiéndola
con óleo de alegría: "Dios te ungió con óleo de alegría" (Sal
44,8). A fin de que todos los miserables hijos de Adán se alegraran pensando
tener en el cielo a esta gran reina llena de unción de misericordia y de
piedad para con todos nosotros, como dice san Buenaventura: "María está
llena de unción de misericordia y de óleo de piedad, por eso Dios la ungió
con óleo de alegría".
San Alberto Magno, muy a propósito, presenta a la
reina Esther como figura de la reina María. Se lee en el libro de Esther, capítulo
4, que reinando Asuero salió un decreto que ordenaba matar a todos los judíos.
Entonces, Mardoqueo, que era uno de los condenados, confió su salvación a
Esther, pidiéndole que intercediera con el rey para obtener la revocación de
su sentencia. Al principio, Esther rehusó cumplir ese encargo temiendo el
gravísimo enojo de Asuero. Pero Mardoqueo la reconvino y le mandó decir que
no pensara en salvarse ella sola, pues el Señor la había colocado en el
trono para lograr la salvación de todos los judíos: "No te imagines que
por estar en la casa del rey te vas a librar tú sola entre todos los judíos"
(Est 4,13). Así dijo Mardoqueo a la reina Esther, y así podemos decir ahora
nosotros, pobres pecadores, a nuestra reina María, si por un imposible
rehusara impetrarnos de Dios la liberación del castigo que justamente
merecemos: No pienses, Señora, que Dios te ha exaltado como reina del mundo sólo
para pensar en tu bien, sino para que desde la cumbre de tu grandeza puedas
compadecerte más de nosotros miserables y socorrernos mejor.
Asuero, cuando vio a Esther en su presencia, le
preguntó con cariño: "¿Qué deseas pedir, reina Esther?, pues te será
concedido. Aunque fuera la mitad de mi reino, se cumplirá" (Est 7,2). A
lo que la reina respondió: "Si he hallado gracia a tus ojos, ¡oh rey!,
y si al rey le place, concédeme la vida -este es mi deseo- y la de mi pueblo
-ésta es mi petición" (Est 7,3). Y Asuero la atendió al instante
ordenando que se revocase la sentencia.
Ahora bien, si Asuero otorgó a Esther, porque la
amaba, la salvación de los judíos, ¿cómo Dios podrá dejar de escuchar a
María, amándola inmensamente, cuando ella le ruega por los pobres pecadores?
Ella le dice: "Si he encontrado gracia ante tus ojos, rey mío..."
Pero bien sabe la Madre de Dios que ella es la bendita, la bienaventurada, la
única que entre todos los hombres ha encontrado la gracia que ellos habían
perdido. Bien sabe que ella es la amada de su Señor, querida más que todos
los santos y ángeles juntos. Ella es la que le dice: "Dame mi pueblo por
el que te ruego". Si tanto me amas, le dice, otórgame, Señor, la
conversión de estos pecadores por los que te suplico. ¿Será posible que
Dios no la oiga? ¿Quién desconoce la fuerza que le hacen a Dios las
plegarias de María? "La ley de la clemencia gobierna su lengua" (Pr
31,26). Es ley establecida por el Señor que se use de misericordia con
aquellos por los que ruega María.
Pregunta san Bernardo: ¿Por qué la Iglesia llama
a María reina de misericordia? Y responde: "Porque ella abre los caminos
insondables de la misericordia de Dios a quien quiere, cuando quiere y como
quiere, porque no hay pecador, por enormes que sean sus pecados, que se pierda
si María lo protege".
Pero ¿podremos temer que María se desdeñe de
interceder por algún pecador al verlo demasiado cargado de pecados? ¿0 nos
asustará, tal vez, la majestad y santidad de esta gran reina? No, dice san
Gregorio, "cuanto más elevada y santa es ella, tanto más es dulce y
piadosa con los pecadores que quieren enmendarse y a ella acuden". Los
reyes y reinas, con la majestad que ostentan, infunden terror y hacen que sus
vasallos teman aparecer en su presencia. Pero dice san Bernardo: ¿Qué temor
pueden tener los miserables de acercarse a esta reina de misericordia si ella
no tiene nada que aterrorice ni nada de severo para quien va en su busca, sino
que se manifiesta toda dulzura y cortesía? "¿Por qué ha de temer la
humana fragilidad acercarse a María? En ella no hay nada de austero ni
terrible. Es todo suavidad ofreciendo a todos leche y lana". María no sólo
otorga dones, sino que ella misma nos ofrece a todos la leche de la
misericordia para animarnos a tener suma confianza y la lana de su protección
para resguardarnos de los rayos de la divina justicia.
Narra Suetonio que el emperador Tito no acertaba a
negar ninguna gracia a quien se la pedía; y aunque a veces prometía más de
lo que podía otorgar, respondía a quien se lo daba a entender que el príncipe
no podía despedir descontento a ninguno de los que admitía a su presencia.
Así decía Tito; pero o mentía o faltaba a la promesa. Mas nuestra reina no
puede mentir y puede obtener cuanto quiera para sus devotos. Tiene un corazón
tan piadoso y benigno, que no puede sufrir el dejar descontento a quien le
ruega. "Es tan benigna -dice Luis Blosio- que no deja que nadie se marche
triste". Pero ¿cómo puedes, oh María -le pregunta san Bernardo-,
negarte a socorrer a los miserables cuando eres la reina de la misericordia?
¿Y quiénes son los súbditos de la misericordia sino los miserables? "Tú
eres la reina de la misericordia, y yo, el más miserable pecador, soy el
primero de tus vasallos. Por tanto reina sobre nosotros, oh reina de la
misericordia". Tu eres la reina de la misericordia y yo el pecador más
miserable de todos; por tanto, si yo soy el principal de tus súbditos, tú
debes tener más cuidado de mí que de todos los demás. Ten piedad de
nosotros, reina de la misericordia, y procura nuestra salvación.
Y no nos digas, Virgen santa, parece decirle Jorge
de Nicomedia, que no puedes ayudarnos por culpa de la multitud de nuestros
pecados, porque tienes tal poder y piedad que excede a todas las culpas
imaginables. Nada resiste a tu poder, pues tu gloria el Creador la estima como
propia, pues eres su madre. Y el Hijo, gozando con tu gloria, como pagándote
una deuda, da cumplimiento a todas tus peticiones. Quiere decir que si bien
María tiene una deuda infinita con su Hijo por haberla elegido como su madre,
sin embargo, no puede negarse que también el Hijo está sumamente agradecido
a esta Madre por haberle dado el ser humano; por lo cual Jesús, como por
recompensar cuanto debe a María, gozando con su gloria, la honra
especialmente escuchando siempre todas sus plegarias.
Cuánta debe ser nuestra confianza en esta Reina
sabiendo lo poderosa que es ante Dios, y tan rica y llena de misericordia que
no hay nadie en la tierra que no participe y disfrute de la bondad y de los
favores de María. Así lo reveló la Virgen María a santa Brígida: "Yo
soy -le dijo la reina del cielo y madre de la misericordia- la alegría de los
justos y la puerta para introducir los pecadores a Dios. No hay en la tierra
pecador tan desventurado que se vea privado de la misericordia mía. Porque si
otra gracia por mí no obtuviera, recibe al menos la de ser menos tentado de
los demonios de lo que sería de otra manera. No hay ninguno tan alejado de
Dios, a no ser que del todo estuviese maldito -se entiende con la final
reprobación de los condenados-; ninguno que, si me invocare, no vuelva a Dios
y alcance la misericordia". Todos me llaman la madre de la misericordia,
y en verdad la misericordia de Dios hacia los hombres me ha hecho tan
misericordiosa para con ellos. Por eso será desdichado y para siempre en la
otra vida el que en ésta, pudiendo recurrir a mí, que soy tan piadosa con
todos y tanto deseo ayudar a los pecadores, infeliz no acude a mí y se
condena.
Acudamos, pues, pero acudamos siempre a las
plantas de esta dulcísima reina si queremos salvarnos con toda seguridad. Y
si nos espanta y desanima la vista de nuestros pecados, entendamos que María
ha sido constituida reina de la misericordia para salvar con su protección a
los mayores y más perdidos pecadores que a ella se encomiendan. Estos han de
ser su corona en el cielo como lo declara su divino esposo: "Ven del Líbano,
esposa mía; ven del Líbano, ven y serás coronada... desde las guaridas de
leones, desde los montes de leopardos" (Ct 4,8). ¿Y cuáles son esas
cuevas y montes donde moran esas fieras y monstruos sino los miserables
pecadores cuyas almas se convierten en cubil de los pecados, los monstruos más
deformes que puede haber? Pues bien, comenta el abad Ruperto, precisamente de
estos miserables pecadores salvados por tu mediación, oh gran reina, te verás
coronada en el paraíso, ya que su salvación será tu corona, corona muy
apropiada para una reina de misericordia y muy digna de ella.
Párrafo 2
Nuestra confianza en María es inmensa
por ser ella nuestra Madre
No por casualidad ni en vano los devotos de María
la llaman Madre. Diríase que no saben invocarla con otro nombre y no se
cansan de llamarla siempre madre. Madre sí, porque de veras es ella nuestra
madre, no carnal, sino espiritual, de nuestra alma y de nuestra salvación.
Cuando el pecado privó a nuestras almas de la gracia, les privó también de
la vida. Y habiendo quedado miserablemente muertas, vino Jesús nuestro
redentor, y con un exceso de misericordia y de amor nos recuperó esta vida
perdida con su muerte en la cruz, como él mismo lo declaró: "Vine para
que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). "En
abundancia", porque como dicen los teólogos, Jesucristo con su redención
nos trajo bienes capaces de reparar absolutamente los daños que nos causó Adán
con su pecado. Y así, reconciliándonos con Dios, se convirtió en padre de
nuestras almas en la nueva ley de la gracia, como ya lo había predicho el
profeta: "Padre del siglo futuro, príncipe de la paz" (Is 9,5).
Pues si Jesús es el padre de nuestras almas, María es la madre, porque dándonos
a Jesús nos dio la verdadera vida, y ofreciendo en el Calvario la vida de su
Hijo por nuestra salvación fue como darnos a luz y hacernos nacer a la vida
de la gracia.
En dos momentos distintos, enseñan los santos
padres, se demostró que María era nuestra madre espiritual; primero, cuando
mereció concebir en su seno virginal al Hijo de Dios, como dice san Alberto
Magno. Y más claramente san Bernardino de Siena, quien lo explica así:
Cuando la santísima Virgen dio su consentimiento a la anunciación del ángel
de que el Verbo eterno esperaba su aprobación para hacerse su Hijo, al dar su
asentimiento pidió a Dios, con inmenso amor, nuestra salvación; y de tal
manera se empeñó en procurárnosla, que ya desde entonces nos llevó en su
seno como amorosísima y verdadera madre. Dice san Lucas en el capítulo 2,
versículo 7, hablando del nacimiento de nuestro Salvador, que María dio a
luz a su primogénito. Así que, dice el autor, si el evangelista afirma que
entonces dio a luz a su primogénito, ¿se habrá de suponer que tuvo otros
hijos? Pero es de fe que María no tuvo otros hijos según la carne fuera de
Jesús; luego debió tener otros hijos espirituales, y éstos somos todos
nosotros. Esto mismo reveló el Señor a santa Gertrudis, la cual, leyendo un
día dicho pasaje del Evangelio estaba confusa, no pudiendo entender como
siendo María madre solamente de Jesucristo, se puede decir que éste fue su
primogénito. Pero Dios le explicó que Jesús fue su primogénito según la
carne, pero los hombres son sus hijos según el espíritu.
Con esto se comprende lo que se dice de María en
los Sagrados cantares: "Es tu vientre como montoncito de trigo cercado de
azucenas" (Ct 7,3). Lo explica san Ambrosio, y dice que si bien en el
vientre purísimo de María hubo un solo grano de trigo, que fue Jesucristo,
sin embargo, se dice montoncito de trigo, porque en aquel solo grano de trigo
estaban contenidos todos los elegidos, de los que María debía ser la madre.
Por esto escribió el abad Guillermo: "En este único fruto, Jesús, único
Salvador de todos, María dio a luz a muchos para la salvación. Dando a luz a
la vida, dio a luz a muchos para la vida".
El segundo momento en que María nos engendró a
la gracia fue cuando en el Calvario ofreció al eterno Padre, con tanto dolor,
la vida de su amado hijo por nuestra salvación. Es entonces, asegura san
Agustín, cuando habiendo cooperado con su amor para que los fieles nacieran a
la vida de la gracia, se hizo igualmente con esto madre espiritual de todos
nosotros, que somos miembros de nuestra cabeza, Jesús. Es lo mismo que
significa lo que dice la Virgen de sí misma en el Cantar de los cantares:
"Pusiéronme a guarda de viñas; y mi propia viña no la guardé"
(Ct 1,6). María, por salvar nuestras almas, consintió que se sacrificara la
vida de su Hijo. ¿Y quién era el alma de María sino su Jesús, que era su
vida y todo su amor? Por esto le anunció el anciano Simeón que un día su
bendita alma se vería traspasada de una espada muy dolorosa. "Y tu misma
alma será traspasada por una espada de dolor" (Lc 2,35). Esa espada fue
la lanza que traspasó el costado de Cristo, que era el alma de María. En
aquella ocasión, con sus dolores, nos dio a luz para la vida eterna, por lo
que todos podemos llamarnos hijos de los dolores de María. Nuestra madre
amorosísima estuvo siempre y del todo unida a la voluntad de Dios, por lo que
-dice san Buenaventura- viendo ella el amor del eterno Padre hacia los hombres
que aceptó la muerte de su Hijo por nuestra salvación, y el amor del Hijo al
querer morir por nosotros, para identificarse con este amor excesivo del Padre
y del Hijo hacia los hombres, ella también, con todo su corazón, ofreció y
consintió que su Hijo muriera para que todos nos salváramos.
Es verdad que Jesús, al morir por la redención
del género humano, quiso ser solo. "Yo solo pisé el lagar" (Is
63,3); pero conociendo el gran deseo de María de dedicarse ella también a la
salvación de los hombres, dispuso que también ella, con el sacrificio y con
el ofrecimiento de la vida de Jesús, cooperase a nuestra salvación y así
llegara a ser la madre de nuestras almas. Esto es aquello que quiso manifestar
nuestro Salvador cuando, antes de expirar, mirando desde la cruz a la madre y
al discípulo Juan que estaba a su lado, dijo a María: "Mujer, he ahí a
tu hijo" (Jn 19,26); como si le dijese: Este es el hombre que por el
ofrecimiento que tú has hecho de mi vida por su salvación, ahora nace a la
gracia. Y después, mirando al discípulo dijo: "He ahí a tu madre"
(Jn 19,27). Con cuyas palabras, dice san Bernardino de Siena, María quedó
convertida no sólo en madre de Juan, sino de todos los hombres, en razón del
amor que ella les tuvo. Por eso -advierte Silveira- que el mismo san Juan, al
anotar este acontecimiento en el Evangelio, escribe: "Después dijo al
discípulo: He aquí a tu madre". Hay que anotar que Jesucristo no le
dijo esto a Juan, sino al discípulo, para demostrar que el Salvador asignó a
María por madre de todos los que siendo cristianos llevan el nombre de discípulos
suyos.
"Yo soy la madre del amor hermoso" (Ecclo
24,24), dice María; porque su amor, dice un autor, hace hermosas nuestras
almas a los ojos de Dios y consigue como madre amorosa recibirnos por hijos.
¿Y qué madre ama a sus hijos y procura su bien como tú, dulcísima reina
nuestra, que nos amas y nos haces progresar en todo? Más -sin comparación,
dice san Buenaventura- que la madre que nos dio a luz, nos amas y procuras
nuestro bien. ¡Dichosos los que viven bajo la protección de una madre tan
amante y poderosa! El profeta David, aun cuando no había nacido María, ya
buscaba la salvación de Dios proclamándose hijo de María, y rezaba así:
"Salva al hijo de tu esclava" (Sal 85,16). ¿De qué esclava -exclama
san Agustín- sino de la que dijo: He aquí la esclava del Señor? ¿Y quién
tendrá jamás la osadía -dice el cardenal Belarmino- de arrancar estos hijos
del seno de María cuando en él se han refugiado para salvarse de sus
enemigos? ¿Qué furias del infierno o qué pasión podran vencerles si confían
en absoluto en la protección de esta sublime madre? Cuentan de la ballena que
cuando ve a sus hijos en peligro, o por la tempestad o por los pescadores,
abre la boca y los guarda en su seno. Esto mismo, dice Novario, hace la piadosísima
madre con sus hijos. Cuando brama la tempestad de las tentaciones, con materno
amor como que los recibe y abriga en sus propias entrañas, hasta que los
lleva al puerto seguro del cielo. Madre mía amantísima y piadosísima,
bendita seas por siempre y sea por siempre bendito el Dios que nos ha dado
semejante madre como seguro refugio en todos los peligros de la vida.
La Virgen reveló a santa Brígida que así como
una madre si viera a su hijo entre las espadas de los enemigos haría lo
imposible por salvarlo, así obro yo con mis hijos, por muy pecadores que sean,
siempre que a mí recurran para que los socorra. Así es como venceremos en
todas las batallas contra el infierno, y venceremos siempre con toda seguridad
recurriendo a la madre de Dios y madre nuestra, diciéndole y suplicándole
siempre: "Bajo tu amparo nos acogemos, santa madre de Dios". ¡Cuántas
victorias han conseguido sobre el infierno los fieles sólo con acudir a María
con esta potentísima oración! La sierva de Dios sor María del Crucificado,
benedictina, así vencía siempre al demonio.
Estad siempre contentos los que os sentís hijos
de María; sabed que ella acepta por hijos suyos a los que quieren ser. ¡Alegraos!
¿Cómo podéis temer perderos si esta madre os protege y defiende? Así, dice
san Buenaventura, debe animarse y decir el que ama a esta buena madre y confía
en su protección: ¿Qué temes, alma mia? Nada; que la causa de tu eterna
salvación no se perderá estando la sentencia en manos de Jesús, que es tu
hermano, y de María, que es tu madre. Con este mismo modo de pensar se anima
san Anselmo y exclama: "¡Oh dichosa confianza, oh refugio mío, Madre de
Dios y madre mía! ¡Con cuánta certidumbre debemos esperar cuando nuestra
salvación depende del amor de tan buen hermano y de tan buena madre!"
Esta es nuestra madre que nos llama y nos dice: "Si alguno se siente como
niño pequeño, que venga a mí" (Pr 9,4). Los niños tienen siempre en
los labios el nombre de la madre, y en cuanto algo les asusta, enseguida
gritan: ¡Madre, madre! - Oh María dulcísima y madre amorosísima, esto es
lo que quieres, que nosotros, como niños, te llamemos siempre a ti en todos
los peligros y que recurramos siempre a ti que nos quieres ayudar y salvar,
como has salvado a todos tus hijos que han acudido a ti.
Párrafo 3
El gran amor que nos tiene nuestra madre
Si María es nuestra madre, bien está que
consideremos cuánto nos ama.
El amor hacia los hijos es un amor necesario; por
eso -como reflexiona santo Tomás- Dios ha puesto en la divina ley, a los
hijos, el precepto de amar a los padres; mas, por el contrario, no hay
precepto expreso de que los padres amen a sus hijos, porque el amor hacia
ellos está impreso en la naturaleza con tal fuerza que las mismas fieras,
como dice san Ambrosio, no pueden dejar de amar a sus crías. Y así, cuentan
los naturalistas, que los tigres, al oír los gritos de sus cachorros, presos
por los cazadores, hasta se arrojan al agua en persecución de los barcos que
los llevan cautivos. Pues si hasta los tigres, parece decirnos nuestra amadísima
madre María, no pueden olvidarse de sus cachorros, ¿cómo podré olvidarme
de amaros, hijos míos? "¿Acaso puede olvidarse la mujer de su niño sin
compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo nunca
me olvidaré de ti" (Is 49,15). Si por un imposible una madre se olvidara
de su hijo, es imposible, nos dice María, que yo pueda olvidarme de un hijo mío.
María es nuestra madre, no ya según la carne,
como queda dicho, sino por el amor. "Yo soy la madre del amor hermoso"
(Ecclo 24,24). El amor que nos tiene es el que la ha hecho madre nuestra, y
por eso se gloría, dice un autor, en ser madre de amor, porque habiéndonos
tomado a todos por hijos es todo amor para con nosotros. ¿Quién podrá
explicar el amor que nos tiene a nosotros miserables pecadores? Dice Arnoldo
de Chartes que ella, al morir Jesucristo, deseaba con inmenso ardor morir
junto al hijo por nuestro amor. Y así, cuando el Hijo -dice san Ambrosio-
colgaba moribundo en la cruz, María hubiera querido ofrecerse a los verdugos
para dar la vida por nosotros.
Pero consideremos los motivos de este amor para
que entendamos cuánto nos ama esta buena madre.
La primera razón del amor tan grande que María
tiene a los hombres es el gran amor que ella le tiene a Dios. El amor a Dios y
al prójimo, como escribe san Juan, se incluyen en el mismo precepto. "Tenemos
este mandamiento del Señor, que quien ama a Dios, ame también a su hermano"
(1Jn 4,21). De modo que, cuando crece el uno, crece el otro también. Por eso
vemos que los santos, que tanto amaban a Dios, han hecho tanto por el amor de
sus prójimos. Han llegado a exponer la libertad y hasta la vida por su
salvación. Léase lo que hizo san Francisco Javier en la India, donde para
ayudar a las almas de aquellas gentes escalaba las montañas, exponiéndose a
mil peligros para encontrar a los paganos en sus chozas y atraerlos a Dios. Un
san Francisco de Sales que para convertir a los herejes de la región de
Chablais se aventuró durante un año a pasar todos los días un torrente
impetuoso, andando sobre un madero, a veces helado, para llegar a la otra
ribera y poder predicar a los obstinados herejes. Un san Paulino que se entregó
como esclavo para librar al hijo de una pobre viuda. Un san Fidel que por
atraer a la fe a unos herejes, predicando perdió la vida. Los santos, porque
así amaban a Dios, se lanzaron a hacer cosas tan heroicas por sus prójimos.
Pero ¿quién ha amado a Dios más que María?
Ella lo amó desde el primer instante de su existencia más de lo que lo han
amado y amarán todos los ángeles y santos juntos en el curso de su
existencia, como luego veremos considerando las virtudes de María. Reveló la
Virgen a sor María del Crucificado que era tal el fuego de amor que ardía en
su corazón hacia Dios, que podría abrasar en un instante todo el universo si
lo pudieran sentir. Que en su comparación eran como suave brisa los ardores
de los serafines. Por tanto, como no hay entre los espíritus bienaventurados
quien ame a Dios más que María, así no puede haber, después de Dios, quien
nos ame más que esta amorosísima Madre. Y si se pudiera unir el amor que
todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos
los ángeles y santos a sus devotos, no alcanzaría el amor que María tiene a
una sola alma. Dice el P. Nierembergh que el amor que todas las madres tienen
por sus hijos es pura sombra en comparación con el amor que María tiene por
cada uno de nosotros. Más nos ama ella sola -añade- que lo que nos aman
todos los ángeles y santos.
Además, nuestra Madre nos ama tanto porque Jesús
nos ha recomendado a ella como hijos cuando le dijo antes de expirar: "Mujer,
he ahí a tu hijo", entregándole en la persona de Juan a todos los
hombres, como ya lo hemos considerado. Estas fueron las últimas palabras que
le dijo su Hijo. Los últimos encargos de la persona amada en la hora de la
muerte son los que más se estiman, y no se pueden borrar de la memoria.
También somos hijos muy queridos de María porque
le hemos costado excesivos dolores. Las madres aman más a los hijos por los
que más cuidados y sufrimientos han tenido para conservarles la vida.
Nosotros somos esos hijos por los cuales María, para obtenernos la vida de la
gracia, ha tenido que sufrir el martirio de ofrecer la vida de su amado Jesús,
aceptando, por nuestro amor, el verlo morir a fuerza de tormentos. Por esta
sublime inmolación de María, nosotros hemos nacido a la vida de la gracia de
Dios. Por eso somos los hijos muy queridos de su corazón, porque le hemos
costado excesivos dolores. Así como del amor del eterno Padre hacia los
hombres, al entregar a la muerte por nosotros a su mismo Hijo, está escrito:
"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio Hijo" (Jn
3,16), así ahora -dice san Buenaventura- se puede decir de María. "Así
nos amó María, que nos entregó a su propio Hijo".
¿Cuándo nos lo dio? Nos lo dio, dice el P.
Nierembergh, cuando le otorgó licencia para ir a la muerte. Nos lo dio cuando,
abandonado por todos, por odio o por temor, podía ella sola defender muy bien
ante los jueces la vida de su Hijo. Bien se puede pensar que las palabras de
una madre tan sabia y tan amante de su hijo hubieran podido impresionar
grandemente, al menos a Pilato, disuadiéndole de condenar a muerte a un
hombre que conocía, y declaró que era inocente. Pero no; María no quiso
decir una palabra en favor de su Hijo para no impedir la muerte, de la que
dependía nuestra salvación. Nos lo dio mil y mil veces al pie de la cruz
durante aquellas tres horas en que asistió a la muerte de su Hijo, ya que
entonces, a cada instante, no hacía otra cosa que ofrecer el sacrificio de la
vida de su Hijo con sumo dolor y sumo amor hacia nosotros, y con tanta
constancia que, al decir de san Anselmo y san Antonino, que si hubieran
faltado verdugos ella misma hubiera obedecido a la voluntad del Padre (si se
lo exigía) para ofrecerlo al sacrificio exigido para nuestra salvación. Si
Abrahán tuvo la fuerza de Dios para sacrificar a su hijo (cuando El se lo
ordenó), podemos pensar que, con mayor entereza, ciertamente, lo hubiera
ofrecido al sacrificio María, siendo más santa y obediente que Abrahán.
Pero volviendo a nuestro tema, ¡qué agradecidos
debemos vivir para con María por tanto amor! ¡Cuán reconocidos por el
sacrificio de la vida de su Hijo que ella ofreció con tanto dolor suyo para
conseguir a todos la salvación! ¡Qué espléndidamente recompensó el Señor
a Abrahán el sacrificio que estuvo dispuesto a hacer de su hijo Isaac! Y
nosotros, ¿cómo podemos agradecer a María por la vida que nos ha dado de su
Jesús, hijo infinitamente más noble y más amado que el hijo de Abrahán?
Este amor de María -al decir de san Buenaventura- nos obliga a quererla muchísimo,
viendo que ella nos ha amado más que nadie al darnos a su Hijo único al que
amaba más que a sí misma.
De aquí brota otro motivo por el que somos tan
amados por María, y es porque sabe que nosotros somos el precio de la muerte
de su Jesús. Si una madre viera a uno de sus siervos rescatado por su hijo
querido, ¡cuánto amaría a este siervo por este motivo! Bien sabe María que
su Hijo ha venido a la tierra para salvarnos a los miserables, como él mismo
lo declaró: "He venido a salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10).
Y por salvarnos aceptó entregar hasta la vida: "Hecho obediente hasta la
muerte" (Flp 2,8). Por consiguiente, si María nos amase fríamente,
demostraría estimar poco la sangre de su Hijo, que es el precio de nuestra
salvación. Se le reveló a la monja santa Isabel que María, que estaba en el
templo, no hacía más que rezar por nosotros, rogando al Padre que mandara
cuanto antes a su Hijo para salvar al mundo. ¡Con cuánta ternura nos amará
después que ha visto que somos tan amados de su Hijo que no se ha desdeñado
de comprarnos con tanto sacrificio de su parte!
Y porque todos los hombres han sido redimidos por
Jesús, por eso María los ama a todos y los colma de favores. San Juan la vio
vestida de sol: "Apareció en el cielo una gran señal, una mujer vestida
de sol" (Ap 12,1). Se dice que estaba vestida de sol porque, así como en
la tierra nadie se ve privado del calor del sol, "no hay quien se esconda
de su calor" (Sal 18,7), así no hay quien se vea privado del calor del
amor de María, es decir, de su abrasado amor.
¿Y quién podrá comprender jamás -dice san
Antonino- los cuidados que esta madre tan amante se toma por nosotros? ¡Cuántos
cuidados los de esta Virgen madre por nosotros! ¡A todos ofrece y brinda su
misericordia! Para todos abre los senos de su misericordia, dice el mismo
santo. Es que nuestra Madre ha deseado la salvación de todos y ha cooperado
en esa salvación. Es indiscutible -dice san Bernardo- que ella vive solícita
por todo el género humano. Por eso es utilísima la práctica de algunos
devotos de María que, como refiere Cornelio a Lápide, suelen pedir al Señor
les conceda las gracias que para ellos pide la santisíma Virgen, diciendo:
"Dame, Señor, lo que para mí pide la Virgen María". Y con razón,
dice el mismo autor, pues nuestra Madre nos desea bienes inmensamente mayores
de los que nosotros mismos podemos desear. El devoto Bernardino de Bustos dice
que más desea María hacernos bien y dispensarnos las gracias, de lo que
nosotros deseamos recibirlas. Por eso san Alberto Magno aplica a María las
palabras de la Sabiduría: "Se anticipa a los que la codician poniéndoseles
delante ella misma" (Sb 6,13). María sale al encuentro de los que a ella
recurren para hacerse encontradiza antes de que la busquen. Es tanto el amor
que nos tiene esta buena Madre -dice Ricardo de San Víctor-, que en cuanto ve
nuestras necesidades acude al punto a socorrernos antes de que le pidamos su
ayuda.
Ahora bien, si María es tan buena con todos, aun
con los ingratos y negligentes que la aman poco y poco recurren a ella, ¿cómo
será ella de amorosa con los que la aman y la invocan con frecuencia?
"Se deja ver facilmente de los que la aman, y hallar de los que la
buscan" (Sb 6,12). Exclama san Alberto Magno: "¡Qué fácil para
los que aman a María encontrarla toda llena de piedad y de amor!"
"Yo amo a los que me aman" (Pr 8,17). Ella declara que no puede
dejar de amar a los que la aman. Estos felices amantes de María -afirma el
Idiota- no sólo son amados por María, sino hasta servidos por ella.
"Habiendo encontrado a María se ha encontrado todo bien; porque ella ama
a los que la aman y, aún más, sirve a los que la sirven".
Estaba muy grave fray Leonardo, dominico (como se
narra en las Crónicas de la Orden), el cual más de doscientas veces al día
se encomendaba a esta Madre de misericordia. De pronto vio junto a sí a una
hermosísima reina que le dijo: "Leonardo, ¿quieres morir y venir a
estar con mi Hijo y conmigo?" "¿Yquién eres, señora?", le
preguntó el religioso. "Yo soy -le dijo la Virgen- la Madre de la
Misericordia; tú me has invocado tantas veces y ya ves que ahora vengo a
buscarte. ¡Vámonos al paraíso!" Y ese mismo día murió Leonardo,
siguiéndola, como confiamos, al reino bienaventurado.
María, ¡dichoso mil veces quien te ama! "Si
yo amo a María -decía san Juan Berchmans, estoy seguro de perseverar y
conseguiré de Dios lo que desee". Por eso el bienaventurado joven no se
saciaba de renovarle su consagración y de repetir dentro de sí:
"iQuiero amar a María! iQuiero amar a María!"
¡Y cómo aventaja esta buena madre en el amor a
todos sus hijos! Amenla cuanto puedan -dice san Ignacio mártir-, que siempre
María les amará más a los que la aman. Amenla como un san Estanislao de
Kostka, que amaba tan tiernamente a ésta su querida madre, que hablando de
ella hacía sentir deseos de amarla a cuantos le oían. El se había inventado
nuevas palabras y títulos para celebrarla. No comenzaba acción alguna sin
que, volviéndose a alguna de sus imágenes, le pidiera su bendición. Cuando
él recitaba el Oficio, el Rosario u otras oraciones, las decía con tal
afecto y tales expresiones como si hablara cara a cara con María. Cuando oía
cantar la Salve se le inflamaba el alma y el rostro. Preguntándole un padre
de la Compañía, una vez en que iban a visitar una imagen de la Virgen santísima,
cuánto la amaba, le respondió: "Padre, ¿qué mas puedo decirle? ¡Si
ella es mi madre!" Y el padre dijo después que el santo joven profirió
esas palabras con tal ternura de voz, de semblante y de corazón, que ya no
parecía un joven, sino un ángel que hablase del amor a María. Amenla como
B. Herman, que la llamaba esposa de sus amores porque con ese nombre le había
honrado María. Amenla como un san Felipe Neri, quien con solo pensar en María
se derretía en tan celestiales consuelos que por eso la llamaba sus delicias.
Amenla como un san Buenaventura, que la llamaba no sólo su señora y madre,
sino que para demostrar la ternura del afecto que le tenía llegaba a llamarla
su corazón y su alma. Amenla como aquel gran amante de María, san Bernardo,
que amaba tanto a esta dulce madre que la llamaba robadora de corazones, por
lo que el santo, para expresar el ardiente amor que le profesaba, le decía:
"¿Acaso no me has robado el corazón?" Llamenla "su
inmaculada", como la llamaba san Bernardino de Siena, que todos los días
iba a visitar una devota imagen para declararle su amor con tiernos coloquios
que mantenía con su reina; y por eso, a quien le preguntaba a dónde iba
todos los días, le respondía que iba a buscar a su enamorada. Amenla cuanto
un san Luis Gonzaga, que ardía tanto y siempre en amor a María, que sólo
con oír el dulce nombre de su querida madre al instante se le inflamaba el
corazón y se le encendía el rostro a la vista de todos. Amenla cuanto un san
Francisco Solano, quien como enloquecido con santa locura en amor a María,
acompañándose con una vihuela, se ponía a cantar coplas de amor delante de
la santa imagen, diciendo que así como los enamorados del mundo, él le daba
la serenata a su amada reina.
Amenla cuanto la han amado tantos siervos suyos
que no sabían qué hacer para manifestarle su amor. El padre Juan de Trejo,
jesuita, se preciaba de llamarse esclavo de María, y en señal de esclavitud
iba con frecuencia a visitarla en una ermita; y allí, ¿qué hacía? Al
llegar derramaba tiernas lágrimas por el amor que sentía a María; después
besaba aquel pavimento pensando que era la casa de su amada señora. El P.
Diego Martínez, de la misma Compañía, en sus fiestas, se sentía como
transportado al cielo a contemplar cómo allí las celebraban, y decía:
"Quisiera tener todos los corazones de los ángeles y de los santos para
amar a María como ellos la aman. Quisiera tener la vida de todos los hombres
para darla por amor a María". Trabajen otros por amarla cuanto la amaba
Carlos, hijo de santa Brígida, que decía no haber cosa que le consolara en
el mundo como saber que María era tan amada de Dios. Y añadía que con mucho
gusto hubiera aceptado todos los sufrimientos imaginables con tal de que María
no hubiera perdido un punto de su grandeza; y que si la grandeza de María
hubiera sido suya, con gusto hubiera renunciado a ella en su favor por ser María
la más digna. Deseen hasta dar la vida como prueba de amor a María, como lo
deseaba san Alonso Rodríguez. Lleguen finalmente a grabar su nombre en el
pecho con agudos hierros, como lo hicieron el religioso Francisco Binancio y
Radagunda, esposa del rey Clotario. Y hasta impriman con hierros candentes
sobre la carne el amado nombre para que quede mucho más visible y duradero,
como lo hicieron en sus transportes de amor sus devotos Bautista Archinto y
Agustín de Espinosa, jesuitas.
Hagan por María e imaginen cuanto puede hacer el
más fino amante para expresar su amor a la persona amada, que no llegarán a
amarla como ella los ama. "Señora mía -dice san Pedro Damiano-, ya sé
que eres amabilísima y nos amas con amor insuperable". Sé, señora mía,
venía a decir, que nos amas con tal amor que no se deja vencer por ningún
otro amor. Estaba una vez san Alonso Rodríguez a los pies de una imagen de
María y sintiéndose inflamado de amor hacia la santísima Virgen, rompió a
decir: "Madre mía amantísima, ya sé que me amas, pero no me amas tanto
como yo a ti". Pero María, como sintiéndose herida en punto de amor, le
respondió desde la imagen: "¿Qué dices, Alonso, qué dices? ¡Cuánto
más grande es el amor que te tengo que el que tú me tienes. No hay tanta
distancia del cielo a la tierra como de mi amor al tuyo".
Razón tiene san Buenaventura al exclamar: "¡Bienaventurados
los corazones que aman a María! ¡Bienaventurados los que la sirven
fielmente!" iDichosos los que tienen la fortuna de ser fieles servidores
y amantes de esta Madre llena de amor! Sí, porque la reina, agradecida más
que nadie, no se deja superar por el amor de sus devotos. María, imitando en
esto a nuestro amorosísimo redentor Jesucristo, con sus beneficios y favores,
devuelve centuplicado su amor a quien la ama. Exclamaré con el enamorado san
Anselmo: "¡Que desfallezca mi corazón en constante amor a ti! ¡Que se
derrita mi alma!" Arda siempre por ti mi corazón y se consuma del todo
en tu amor el alma mía, mi amado salvador Jesús y mi amada madre María. Y
ya que sin vuestra gracia no puedo amaros, concededme, Jesús y María, por
vuestros méritos, que no por los míos, que os ame cuanto merecéis. Dios mío,
enamorado de los hombres, has podido morir por tus enemigos, ¿y vas a negar a
quien te lo pide la gracia de amarte y amar a tu Madre santísima?
Párrafo 4
María es madre de los pecadores arrepentidos
Declaró María a santa Brígida que ella no sólo
es madre de justos y de inocentes, sino también de los pecadores que deseen
enmendarse. Cuando un pecador recurre a María con deseo de enmendarse,
encuentra a esta buena madre de misericordia pronta a abrazarlo y ayudarle,
mejor de lo que lo hiciera cualquier otra madre. Esto es lo que escribió el
papa san Gregorio a la princesa Matilde: "Abandona el deseo de pecar y
encontrarás a María, te lo aseguro, más pronta para amarte que la madre que
te dio el ser". Pero quien aspire a ser hijo de esta madre maravillosa es
necesario que primero deje el pecado, y entonces podrá confiar en ser
aceptado por hijo. Sobre las palabras "se levantaron sus hijos" (Pr
31,28), reflexiona Ricardo de San Lorenzo y advierte que, primero, se dice
"se levantaron", y, después, "sus hijos"; porque, añade,
no puede ser hijo de María quien no busca primero levantarse de la culpa
donde ha caído. Si es cierto, como dice san Pedro Crisólogo, "que
reniega de su madre quien no imita sus virtudes", lo es que quien se
porta al contrario de María niega con sus obras querer ser su hijo. María
humilde, ¿y él quiere ser soberbio? María purísima, ¿y él deshonesto?
María llena de amor, ¿y él odiando al prójimo? Da muestras de que ni es ni
quiere ser hijo de tan santa madre. "Los hijos de María -añade Ricardo
de San Lorenzo- han de ser sus imitadores en la castidad, en la humildad, en
la mansedumbre, en la misericordia". ¿Y cómo pretenderá ser hijo de
María quien tanto la contraría con su mala vida? Dijo un pecador a María:
"Muestra que eres mi madre". Y la Virgen le respondió:
"Demuestra que eres mi hijo". Otro pecador invocaba a esta divina
Madre y la llamaba madre de misericordia. Y le dijo María: "Vosotros
pecadores, cuando queréis que os ayude, me llamáis madre de misericordia;
pero entre tanto no cesáis con vuestros pecados de hacerme madre de miserias
y dolores". "Maldito el que exaspera a su madre" (Ecclo 3,16).
Dios maldice al que aflige con su mala vida y con su obstinación a esta su
santa Madre.
He dicho con su obstinación porque el pecador,
aun cuando no haya roto las cadenas del pecado, si se esfuerza por salir del
pecado y por eso busca la ayuda de María, esta madre no dejará de socorrerlo
y tornarlo a la gracia de Dios. Cosa que oyó santa Brígida de boca de
Jesucristo, que hablando con María le dijo: "Auxilias a todo el que se
esfuerza por elevarse hacia Dios y a nadie dejas privado de tus
consuelos". Mientras el pecador permanece obstinado, María no puede
amarlo; pero si se encuentra encadenado por cualquier pasión que lo hace
esclavo del infierno y al menos se encomienda a la Virgen y le suplica con
confianza y perseverancia que lo saque del pecado, sin duda que esta buena
madre le tenderá su poderosa mano, lo librará de las cadenas y lo conducirá
a estado de salvación. Es herejía condenada por el Concilio de Trento decir
que todas las oraciones y obras que se hacen en pecado son pecado. Dice san
Bernardo que las plegarias en boca del pecador, si bien no son hermosas porque
no van acompañadas de la caridad, sin embargo son útiles y provechosas para
salir del pecado porque, como lo enseña santo Tomás, aunque la oración del
pecador no es meritoria, es muy apta para impetrar la gracia del perdón, pues
la gracia de impetrar no se funda en el mérito del que ruega, sino en la
bondad divina y en los méritos y promesas de Jesucristo, que ha dicho:
"Todo el que pide, recibe" (Lc 11,10). Lo mismo hay que decir de las
plegarias que se dirigen a la Madre de Dios.
Si el que ruega, dice san Anselmo, no merece ser oído,
los méritos de María, a la cual se encomienda, harán que sea escuchado. Por
eso san Bernardo exhorta a todos los pecadores a que rueguen a María y tengan
gran confianza al suplicarle; porque si el pecador no merece lo que pide,
ciertamente se concederá a María, por sus méritos, lo que se pide a Dios.
Este es el oficio de una buena madre, dice el mismo santo. Una madre que
supiese que dos de sus hijos se odiaban a muerte y que uno pensara quitarle la
vida al otro, ¿qué no haría para conseguir reconciliarlos por todos los
medios? Así, dice el santo, María es madre de Jesús y madre del hombre.
Cuando ve a un pecador enemistado con Jesucristo no puede sufrir verlos odiándose
y no descansa hasta ponerlos en paz. "Oh bienaventurada María, tú eres
madre del reo y madre del juez; siendo madre de entrambos hijos, no puedes
soportar que haya discordias entre los dos". La benignísima Señora no
quiere otra cosa del pecador sino que se encomiende a ella con intención de
enmendarse. Cuando María ve a sus pies a un pecador que viene a pedirle
misericordia, no mira los pecados que tiene, sino la intención con que viene.
Si viene con buena intención, aunque haya cometido todos los pecados del
mundo, lo abraza y la benignísima madre no se desdeña de curarle todas las
llagas de su alma. Es que no sólo la llamamos madre de la misericordia, sino
que lo es verdaderamente como lo muestra con el amor y ternura en socorrer.
Todo esto le expresó la Virgen a santa Brígida, diciendo: "Por muy
grande que sea un pecador, estoy preparada para recibirlo al punto si a mí
viene; ni me fijo en cuánto ha pecado, sino en la intención con que viene; y
no me desdeño en ungir sus llagas y curárselas, porque me llamo y soy de
verdad la madre de la misericordia".
María es madre de los pecadores que quieren
convertirse y como madre no puede dejar de compadecerse de ellos, y hasta
pareciera que siente como propios los sufrimientos de sus propios hijos.
Cuando la cananea suplicó a Jesús que librara a su hija del demonio que la
atormentaba, le dijo: "Jesús, hijo de David, ten compasión de mí, que
mi hija es atormentada por el demonio" (Mt 15,22). Pero si la atormentada
por el demonio era la hija y no la madre, parece que debiera haber dicho: Señor,
ten piedad de mi hija, no de mí. Pero no; dijo: "Ten piedad de mí".
Con toda razón, porque las miserias y desgracias de los hijos las sienten las
madres como propias. Así es la manera, dice Ricardo de San Lorenzo, como
suplica a Dios María cuando intercede por un pecador que a ella se
encomienda. "María clama por el alma pecadora y dice: Ten compasión de
mí". Señor mío, parece decirle, esta pobre alma que está en pecado es
hija mía, y por eso ten piedad no tanto de ella cuanto de mí que soy su
madre.
¡Ojalá que todos los pecadores recurrieran a
esta dulce madre! ¡Todos se verían perdonados por Dios! "¡Oh María
-exclama lleno de admiración san Buenaventura-, al pecador despreciado por
todo el mundo, tú lo abrazas con maternal afecto y no lo abandonas, sino que
consigues reconciliarlo con el Juez!" Quiere decir el santo con esto que
el pecador, mientras permanece en su pecado, es despreciado y aborrecido de
todos; hasta las criaturas inanimadas; el aire, el fuego y la tierra parece
que quisieran castigarlo y vengarse de él para reparar el honor de su Dios
despreciado. Pero si este infeliz acude a María, ¿María lo rechazará? No;
que si viene con intención de obtener ayuda para enmendarse, ella lo abraza
con amor de madre y no descansa hasta que con su poderosa intercesión lo
reconcilia con Dios y lo pone en su gracia.
Se lee en el segundo libro de Samuel (2Sm 14) que
la sagaz mujer de Técoa se presentó a David y le habló de esta manera:
"Señor, yo tenía dos hijos y, para mi desgracia, uno mató al otro. Ya
he perdido un hijo, y ahora la justicia quiere quitarme el único que me ha
quedado. Ten piedad de esta pobre madre y haz que no me vea privada de los dos
hijos". David, compadecido de esta madre, perdonó al delincuente. Esto
mismo parece decir María cuando ve a Dios indignado contra un pecador que a
ella se encomienda: "Dios mío -le dice-, yo tenía dos hijos, Jesús y
el hombre. El hombre ha matado a mi Jesús en la cruz. Ahora tu justicia
quiere condenar al hombre. Señor, mi Jesús ya ha muerto; ten compasión de mí,
y si he perdido uno, no consientas que pierda ahora al otro". Seguro que
Dios no condena a los pecadores que recurren a María y por los que ella
ruega, siendo así que el mismo Dios los ha confiado como hijos a María. El
devoto Laspergio hace hablar así al Señor: "Encomendé los pecadores
como hijos a María. Por eso se muestra tan solícita en cumplir su oficio que
no consiente se condene ninguno de los que le han sido confiados, sobre todo
si la invocan; y hace todo lo que está en su mano para atraerlos a todos a mí".
¿Quién podra explicar, dice Blosio, la bondad,
la misericordia, la fidelidad y la caridad con que esta nuestra madre nos
protegerá cuando pedimos su ayuda? Postrémonos, pues, dice san Bernardo,
ante esta buena madre, abracémonos a sus sagrados pies para que nos bendiga y
nos acepte por hijos. ¿Quién puede desconfiar de la bondad de esta Madre?
Decía san Buenaventura: "Aunque tuviera que morir, en ella esperaré; y
puesta en ella toda mi confianza, junto a su imagen deseo morir y me salvaré".
Así debe decir todo pecador que recurre a esta madre tan piadosa: Señora mía,
yo, con toda razón, merezco que me deseches de tu presencia y me castigues
según mis culpas; pero aun cuando parezca que me abandonas y me dejas morir,
no perderé la confianza en que tú me salvas. Confío absolutamente en ti, y
con tal que tenga la dicha de morir ante tu imagen, encomendándome a tu
misericordia, tengo la plena seguridad de no condenarme y de llegar a alabarte
y bendecirte en el cielo en compañía de tantos siervos tuyos que al morir, y
llamándote en su ayuda, se han salvado todos por tu poderosa intercesión.
CAPÍTULO 2
VIDA, DULZURA
Párrafo 1
María es nuestra vida porque ella nos obtiene el
perdón de los pecados
Para comprender mejor por qué la santa Iglesia
llama a María nuestra vida, basta saber que, como el alma da la vida al
cuerpo, así también la divina gracia da la vida al alma; porque un alma sin
la gracia tiene nombre de viva, pero en verdad está muerta, como se dice en
el Apocalipsis: "Tienes nombre vivo, pero en realidad estás muerto"
(Ap 3,1). Por tanto, la Virgen nuestra Señora, obteniendo por su mediación a
los pecadores la gracia perdida, los devuelve a la vida. La santa Iglesia,
aplicándole las palabras de la Escritura: "Me hallarán los que
madrugaren para buscarme" (Pr 8,17), hace decir a la Virgen que la hallarán
los que sean diligentes en acudir a ella de madrugada, es decir, lo antes
posible. Dice la versión de los Setenta en vez de "me encontrarán",
"hallarán la gracia". Así que es lo mismo recurrir a María que
encontrar la gracia de Dios. Y poco más adelante dice: "El que me
encuentre, encontrará la vida y alcanzará del Señor la salvación" (Pr
8,35). "Oíd -exclama san Buenaventura comentando esto-, oíd los que
deseáis el reino de Dios: honrad a la Virgen María y encontraréis la vida y
la eterna salvación".
Dice san Bernardino de Siena que Dios no destruyó
al hombre después del pecado por el amor especialísimo que tenía a esta su
hija que había de nacer. Y añade el santo que no tiene la menor duda en
creer que todas las misericordias y perdones recibidos por los pecadores en la
antigua ley, Dios se las concedió en vistas a esta bendita doncella.
Por lo cual, con razón nos exhorta san Bernardo
con estas palabras: "Busquemos la gracia, pero busquémosla por medio de
María". Si hemos tenido la desgracia de perder la amistad de Dios,
esforcémonos por recobrarla, pero por medio de María, porque si la hemos
perdido ella la ha encontrado; que por ello la llama el santo "la que
halló la gracia". Esto vino a decir el ángel, para nuestro consuelo,
cuando dijo a la Virgen: "No temas, María, porque has hallado la
gracia" (Lc 1,30). Pero si María nunca estuvo privada de la gracia, ¿cómo
dice el ángel que la encontró? Se dice de una cosa que se ha encontrado
cuando antes no se tenía. La Virgen estuvo siempre con Dios y llena de
gracia, como el mismo ángel se lo manifestó al saludarla: "Alégrate,
María, llena de gracia; el Señor está contigo". Si, pues, María no
encontró la gracia para ella porque siempre la tuvo completa, ¿para quién
la encontró? Y responde el cardenal Hugo: "La encontró para los
pecadores que la habían perdido. Corran por tanto -dice el devoto escritor-,
corran los pecadores que habían perdido la gracia, a la Virgen y encontrarán
la gracia junto a ella. Digan sin miedo: devuélvenos la gracia que has
encontrado". Corran los pecadores que han perdido la gracia a María, que
en ella la encontrarán; y díganle: Señora, la cosa ha de restituirse a
quien la ha perdido; la gracia que has encontrado no es tuya porque tú nunca
la has perdido; es nuestra porque nosotros la habíamos perdido; por eso nos
la debes devolver. Sobre este pensamiento se expresa así Ricardo de San
Lorenzo: "Si queremos encontrar la gracia, busquemos a la que encontró
la gracia, que la que siempre la encontró, siempre la tiene". Si
deseamos la gracia del Senor, vayamos a María, que la encontró y siempre la
encuentra. Y porque ella ha sido y será siempre lo más querido de Dios, si
acudimos a ella, ciertamente, la encontraremos. Ella dice en el Cantar de los
cantares que Dios la ha colocado en el mundo para ser nuestra defensa:
"Yo soy muro y mis pechos como una torre. Así he sido a sus ojos como
quien halla paz" (Ct 8,10). Y por eso ha sido constituida mediadora de
paz entre Dios y los hombres: De aquí que san Bernardo anima al pecador, diciéndole:
"Vete a la madre de la misericordia y muéstrale las llagas de tus
pecados y ella mostrará a Jesús en favor tuyo sus pechos. Y el Hijo de
seguro escuchará a la Madre". Vete a esta madre de misericordia y manifiéstale
las llagas que tiene tu alma por tus culpas; y al punto ella rogará al Hijo
que te perdone por la leche que le dio; y el Hijo, que la ama intensamente,
ciertamente la escuchará. Así, en efecto, la santa Iglesia nos manda rezar
al Señor que nos conceda la poderosa ayuda de la intercesión de María para
levantarnos de nuestros pecados con la conocida oración: "Concédenos,
Dios de misericordia, el auxilio a nuestra fragilidad para que quienes
honramos la memoria de la Madre de Dios, con el auxilio de su intercesión,
nos levantemos de nuestros pecados".
Con razón san Lorenzo Justiniano la llama la
esperanza de los que delinquen, porque ella sola es la que les obtiene el
perdon de Dios. Acertadamente la llama san Bernardo escala de los pecadores,
porque a los pobres caídos, ella, piadosa reina, les extiende su mano, los
saca del precipicio del pecado y los lleva a Dios. Muy bien san Agustín la
llama única esperanza de nosotros pecadores, ya que por su medio esperamos la
remisión de todos nuestros pecados. Lo mismo dice san Juan Crisóstomo: que
por la intercesión de María los pecadores recibimos el perdón. Por lo que
el santo, en nombre de todos los pecadores, la saluda así: "Dios te
salve, Madre de Dios y nuestra, cielo en que Dios reside, trono en el que
dispensa el Señor todas las gracias; ruega al Señor por nosotros para que
por tus plegarias podamos obtener el perdon en el día de las cuentas y la
gloria bienaventurada en la eternidad".
Con toda propiedad, en fin, María es llamada
aurora: "¿Quién es ésta que va subiendo como aurora naciente?"
(Ct 6,10). Sí, porque observa el papa Inocencio: "Así como la aurora da
fin a la noche y comienzo al día, así, en verdad, la aurora es figura de María
que marcó el fin de los vicios y el comienzo de todas las virtudes". Y
el mismo efecto que tuvo para el mundo el nacimiento de María, se produce en
el alma que se entrega a su devoción. Ella clausura la noche de los pecados y
hace caminar por la senda de la virtud. Por eso le dice san Germán: "Oh
Madre de Dios, tu defensa es inmortal, tu intercesión es la vida". Y en
el sermón del santo sobre su virginidad, dice que el nombre de María para
quien lo pronuncia con afecto es señal de vida o de que pronto la tendrá.
Cantó María: "Desde ahora me llamarán
bienaventurada todas las generaciones" (Lc 1,48). "Sí, Señora mía
-le dice san Bernardo-; por eso te llamarán bienaventurada todos los hombres,
porque todos tus siervos, por tu medio, han conseguido la vida de la gracia y
la gloria eterna. En ti encontramos los pecadores el perdón, los justos la
perseverancia y, después, la vida eterna". "No desconfíes, pecador
-habla san Bernardino de Bustos-, aunque hayas cometido toda clase de pecados;
recurre con absoluta confianza a esta Señora, porque la encontrarás con las
manos rebosantes de misericordia, que más desea María otorgarte las gracias
de lo que tú deseas recibirlas".
San Andrés Cretense llama a María seguridad del
divino perdón. Se entiende que cuando los pecadores recurren a María para
ser reconciliados con Dios, El les asegura su perdón y les da la prenda de
esta seguridad. Esta prenda es precisamente María, que él nos la ha dado por
abogada, por cuya intercesión, por los méritos de Jesucristo, Dios perdona a
todos los pecadores que a ella se encomiendan. Dijo un ángel a santa Brígida
que los santos profetas se regocijaban al saber que Dios, por la humildad y
pureza de María, había de aplacarse con los pecadores y recibir en su gracia
a los que habían provocado su indignación.
Jamás debe un pecador temer ser rechazado por María
si recurre a su piedad; no, porque ella es la madre de la misericordia y, como
tal madre, desea salvar a todos, hasta los más miserables. "María es
aquella arca dichosa donde el que se refugia -dice san Bernardo- no sufrirá
el naufragio de la eterna condenación. Arca en que nos libramos del
naufragio". En el arca de Noé, cuando el diluvio, se salvaron hasta los
animales. Bajo el manto de la protección de María se salvan también los
pecadores. Vio santa Gertrudis a María con el manto extendido, bajo el que se
refugiaban muchas fieras: leones, osos, tigres..., y vio que María no sólo
no las ahuyentaba, sino que con gran piedad las acogía y acariciaba. Con esto
entendió la santa que los pecadores más perdidos, cuando recurren a María,
no sólo no son desechados, sino que los acoge y los salva de la muerte
eterna. Entremos, pues, en este arca; vayamos a refugiarnos bajo el manto de
María, que ella, ciertamente, no nos despachará, sino que, con toda
seguridad, nos salvará.
Párrafo 2
María es nuestra vida porque nos consigue la
perseverancia
La perseverancia final es una gracia tan grande de
Dios que, como declara el Concilio de Trento, es un don del todo gratuito que
no se puede merecer. Pero como enseña san Agustín, ciertamente obtienen de
Dios la perseverancia los que se la piden. Y según el P. Suárez, la obtienen
infaliblemente siempre que sean diligentes en pedirla a Dios hasta el fin de
la vida. Escribe Belarmino que esta perseverancia hay que pedirla a diario
para conseguirla todos los días. Pues si es verdad -como lo tengo por cierto
según la sentencia hoy común, como lo demostraré en el capítulo 5-, si es
verdad, digo, que todas las gracias que nos vienen de Dios pasan por las manos
de María, sólo por medio de María podremos nosotros esperar y obtener esta
gracia suprema de la perseverancia. Y ciertamente que la obtendremos si con
confianza la pedimos siempre a María. Ella misma promete esta gracia a todos
los que la sirven fielmente en esta vida: "Los que se guían por mí, no
pecarán; los que me esclarecen, tendrán la vida eterna" (Ecclo
24,30-31). Son palabras que la Iglesia pone en sus labios.
Para conservarnos en la vida de la gracia es
necesaria la fortaleza espiritual para resistir a todos los enemigos de
nuestra salvación. Ahora bien, esta fortaleza sólo se obtiene por María:
"Mía es la fortaleza, por mí reinan los reyes" (Pr 8,14-15). Mía
es esta fortaleza, nos dice María; Dios ha puesto en mis manos esta gracia
para que la distribuya a mis devotos. "Por mí reinan los reyes".
Por mi medio mis siervos reinan e imperan sobre sus sentidos y pasiones y se
hacen dignos de reinar eternamente en el cielo. ¡Qué gran fortaleza tienen
los devotos de esta excelsa Señora para vencer todas las tentaciones del
infierno! María es aquella torre de la que se dice en los Sagrados cantares:
"Tu cuello es como la torre de David, ceñida de baluartes; miles de
escudos penden de ella, armas de valientes" (Ct 4,4). Ella es como una
torre ceñida de fuertes defensas en favor de los que la aman y a ella acuden
en las batallas; en ella encuentran todos sus devotos todos los escudos y
armas que necesitan para defenderse del infierno.
Por eso es también llamada la santísima Virgen
plátano: "Crecí como el plátano" (Ecclo 24,14). Dice el cardenal
Hugo glosando este texto, que el plátano tiene las hojas anchas semejantes a
los escudos, con lo que se da a entender cómo defiende María a los que en
ella se refugian. El beato Amadeo da otra explicación, y dice que ella se
llama plátano porque así como el plátano con la sombra de sus hojas protege
a los caminantes del calor del sol y de la lluvia, así, bajo el manto de María,
los hombres encuentran refugio contra el ardor de las pasiones y la furia de
las tentaciones.
¡Pobres las almas que se alejan de esta defensa y
dejan de ser devotas de María y de encomendarse a ella en las tentaciones! Si
en el mundo no hubiera sol, dice san Bernardo, ¿qué sería el mundo sino un
caos horrible de tinieblas? Pierda un alma la devoción a María y pronto se
verá inundada de tinieblas, de aquellas tinieblas de las que dijo el Espíritu
Santo: "Ordenaste las tinieblas y se hizo la noche; en ella transitan
todas las fieras de la selva" (Sal 103,20). Desde que en un alma no
brilla la luz divina y se hace la oscuridad, se hará madriguera de todos los
pecados y de los demonios. Dice san Anselmo: "¡Ay de los que aborrecen
este sol!" Infelices los que desprecian la luz de este sol que es la
devoción a María. San Francisco de Borja, con razón desconfiaba de la
perseverancia de aquellos en los que no encontraba especial devoción a la
santísima Virgen. Preguntando a unos novicios a qué santo tenían más
devoción, se dio cuenta de que algunos no tenían especial devoción a María.
Se lo advirtió al maestro de novicios para que tuviera especial vigilancia
sobre aquellos infortunados, y sucedió que todos ellos perdieron la vocación.
Razón tenía san Germán de llamar a la santísima
Virgen la respiración de los cristianos, porque así como el cuerpo no puede
vivir sin respirar, así el alma no puede vivir sin recurrir a María y
encomendarse a ella, por quien conseguimos y conservamos la vida de la divina
gracia. "Como la respiración no sólo es señal de vida sino causa de
ella, así el nombre de María en labios de los siervos de Dios es la razón
de su vida sobrenatural, lo que la causa y la conserva". El beato Alano,
asaltado por una fuerte tentación, estuvo a punto de perderse por no haberse
encomendado a María; pero se le apareció la santísima Virgen y, para que
estuviera más prevenido para otra ocasión, le dio con la mano en la cara y
le dijo: "Si te hubieras encomendado a mí, no te habrías encontrado en
este peligro".
Por el contrario, dice María:
"Bienaventurado el que me oye y vigila constantemente a las puertas de mi
casa y observa los umbrales de ella" (Pr 8,34). Bienaventurado el que oye
mi voz y por eso está atento a venir de continuo a las puertas de mi
misericordia en busca de luz y socorro. María está muy atenta para obtener
luces y fuerzas a éste su devoto para salir de los vicios y caminar por la
senda de la virtud. Por lo mismo es llamada por Inocencio III, con bella
expresión, "luna en la noche, aurora al amanecer y sol en pleno día".
Luna para iluminar a los que andan a oscuras en la noche del pecado, para
ilustrarlos y para que conozcan el miserable estado de condenación en que se
encuentran; aurora precursora del sol para el que ya está iluminado, para
hacerlo salir del pecado y tornar a la gracia de Dios; sol, en fin, para el
que ya está en gracia para que no vuelva a caer en ningún precipicio.
Aplican a María los doctores aquellas palabras:
"Sus ataduras son lazos saludables" (Ecclo 6,31). "¿Qué
ataduras?", pregunta san Lorenzo Justiniano, responde: "Las que atan
a sus devotos para que no corran por los campos del desenfreno". San
Buenaventura, explicando las palabras que se rezan en el Oficio de la Virgen:
"Mi morada fue en la plena reunión de los santos" (Ecclo 24,16),
dice que María no sólo está en la plenitud de los santos, sino que también
los conserva para que no vuelvan atrás; conserva su virtud para que no la
manchen y refrena a los demonios para que no los dañen.
Se dice que los devotos de María están con
vestidos dobles: "Todos sus domésticos traen doble vestido" (Pr
31,21). Cornelio a Lápide explica cuál sea este doble vestido: Doble vestido
porque ella adorna a sus fieles siervos tanto con las virtudes de su Hijo como
con las suyas, y así revestidos consiguen la santa perseverancia. Por eso san
Felipe Neri exhortaba siempre a sus penitentes y les decía: "Hijos, si
deseáis perseverar, sed devotos de la Señora". Decía igualmente san
Juan Berchmans: "El que ama a María obtendrá la perseverancia".
Comentando la parábola del hijo pródigo, hace el abad Ruperto una hermosa
reflexión. Dice que si el hijo díscolo hubiese tenido viva la madre, jamás
se hubiera ido de la casa del padre o se hubiera vuelto antes de lo que lo
hizo. Con esto quiere decir que quien se siente hijo de María jamás se
aparta de Dios, o si por desgracia se aparta, por medio de María pronto
vuelve.
Si todos los hombres amasen a esta Señora tan
benigna y amable y en las tentaciones acudiesen siempre y pronto a su socorro,
¿quién jamás se perdería? Cae y se pierde el que no acude a María.
Aplicando san Lorenzo Justiniano a María aquellas palabras: "Me paseé
sobre las olas del mar" (Ecclo 24,5), le hace decir: Yo camino siempre
con mis siervos en medio de las tempestades en que se encuentran para
asistirlos y librarlos de hundirse en el pecado.
Narra san Bernardino de Bustos que habiendo sido
amaestrado un pajarillo para decir "Ave María", un día se le
abalanzó un milano para devorarlo, y al decir el pajarillo "Ave María",
cayó el milano fulminado. Esto nos viene a mostrar que si un pajarillo, ser
irracional, se libró por invocar a María, cuánto más se verá libre de
caer en las garras de los demonios el que esté pronto a invocar a María
cuando él le asalte. Cuando nos tienten los demonios, dice santo Tomás de
Villanueva, debemos comportarnos como los polluelos cuando sienten cerca el
ave de rapiña, que corren a toda prisa a cobijarse bajo las alas de la
gallina. Así, al darnos cuenta que viene el asalto de la tentación, en
seguida, sin dialogar con la tentación, corramos a refugiarnos bajo el manto
de María. Y tú, Señora y Madre nuestra, prosigue diciendo el santo, nos
tienes que defender, porque después de Dios no tenemos otro refugio sino tú,
que eres nuestra única esperanza y la sola protectora en que confiamos.
Concluyamos con lo que dice san Bernardo:
"Hombre, quien quiera que seas, ya ves que en esta vida más que sobre la
tierra vas navegando entre peligros y tempestades. Si no quieres naufragar
vuelve los ojos a esta estrella que es María. Mira a la estrella, llama a María.
En los peligros de pecar, en las molestias de las tentaciones, en las dudas
que debas resolver, piensa que María te puede ayudar; y tú llámala pronto,
que ella te socorrerá. Que su poderoso nombre no se aparte jamás de tu corazón
lleno de confianza y que no se aparte de tu boca al invocarla. Si sigues a María
no equivocarás el camino de la salvación. Nunca desconfiarás si a ella te
encomiendas. Si ella te sostiene, no caerás. Si ella te protege, no puedes
temer perderte. Si ella te guía, te salvarás sin dificultad. En fin, si María
toma a su cargo el defenderte, ciertamente llegarás al reino de los
bienaventurados. Haz esto y vivirás".
Párrafo 3
María dulcifica la muerte de sus devotos
"El amigo verdadero lo es en todo momento, y
el amigo se conoce en los trances apurados" (Pr 17,17). Los verdaderos
amigos se conocen no tanto en la prosperidad cuanto en los tiempos de angustia
y miserias. Los amigos al estilo mundano duran mientras hay prosperidad; pero
si tales amigos caen en cualquier desgracia, y sobre todo si sobreviene la
muerte, al instante esa clase de amigos desaparecen. No obra así María con
sus devotos. En sus angustias, y sobre todo en las de la muerte, que son las
mayores que puede haber en la tierra, ella, tan buena Señora y Madre, jamás
abandona a sus fieles verdaderos; y como es nuestra vida durante nuestro
destierro, así se convierte en nuestra dulzura en la última hora, obteniéndonos
una dulce y santa muerte. Porque desde el día en que tuvo la dicha y el dolor
a la vez de asistir a la muerte de su Hijo Jesús, que es la cabeza de los
predestinados, adquirió la gracia de asistir a todos los predestinados en la
hora de su muerte. Por eso la Iglesia ruega a la santísima Virgen que nos
socorra especialmente en la hora de nuestra muerte: "Ruega por nosotros,
pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte".
Muy grandes son las angustias de los moribundos,
ya por los remordimientos de los pecados cometidos, ya por el miedo al juicio
de Dios que se avecina, ya por la incertidumbre sobre la salvación eterna.
Entonces, más que nunca, se arma el infierno y pone todo su empeño para
arrebatar aquella alma que está para pasar a la eternidad, sabiendo que le
queda poco tiempo y que si ahora no la consigue se le escapa para siempre.
"El demonio ha bajado hacia vosotros, lleno de furia, sabiendo que le
queda poco tiempo" (Ap 12,12). Y por eso el demonio, acostumbrado a
tentarla en vida, no se contenta con tentarla él solo a la hora de la muerte,
sino que llama a otros como él. "Y su casa se llenará de dragones"
(Is 13,21). Cuando uno se encuentra para morir, se le acercan muchedumbre de
demonios que aúnan sus esfuerzos para perderlo.
Se cuenta de san Andrés Avelino que en la hora de
su muerte vinieron miles de demonios para tentarlo. Y se lee en su biografía
que en su agonía sostuvo un combate tan fiero con el infierno, que hacía
estremecer a los buenos religiosos que le acompañaban. Vieron que al santo se
le hinchaba la cara y se le amorataba por el exceso de dolor; todo su cuerpo
temblaba en medio de fuertes convulsiones; de los ojos brotaban abundantes lágrimas;
daba golpes violentos con la cabeza, señales todas de la terrible batalla que
le hacía sostener el infierno. Todos lloraban de compasión redoblando las
oraciones, a la vez que temblaban de espanto viendo cómo moría un santo. Se
consolaban viendo cómo el santo constantemente dirigía los ojos a una devota
imagen de María, acordándose que él mismo muchas veces les había
profetizado que, en la hora de la muerte, María había de ser su refugio.
Quiso al fin el Señor que terminara la batalla con gloriosa victoria; cesaron
las convulsiones, se le descongestionó el rostro y, tornando a su color
normal, vieron que el santo, fijos los ojos en una imagen de María, le hizo
una inclinación como en señal de agradecimiento -la cual se cree que
entonces se le aparecería- y expiró plácidamente en los brazos de María.
En el mismo instante una capuchina que estaba en trance de muerte, dijo a las
religiosas que la asistían: "Rezad el Ave María porque acaba de morir
un santo".
Ante la presencia de nuestra Reina huyen los
rebeldes. Si en la hora de nuestra muerte tenemos a María de nuestra parte,
¿qué podemos temer de todos los enemigos del infierno? David, temiendo las
angustias de la muerte, se reconfortaba con la muerte del futuro Redentor y
con la intercesión de la Virgen Madre: "Aunque camine por medio de las
sombras de la muerte, tu vara y tu cayado me consuelan" (Sal 22,4).
Explica el cardenal Hugo que por el báculo se ha de entender el madero de la
cruz, y por la vara la intercesión de la Virgen, que fue la vara profetizada
por Isaías: "Saldrá una vara del tronco de Jesé y de su raíz brotará
una flor" (Is 11,1). Esta divina Madre es aquella poderosa vara con la
que se vence la furia de los enemigos infernales. Así nos anima san Antonino,
diciendo: "Si María está por nosotros, ¿quién contra nosotros?"
Al P. Manuel Padial, jesuita, se le apareció la Virgen en la hora de la
muerte y le dijo, animándole: "Ha llegado la hora en que los ángeles,
congratulándose contigo, te dicen: ¡Felices trabajos y bien pagadas
mortificaciones!" Y vio un ejército de demonios que huían desesperados,
gritando: "No podemos nada contra la sin mancha que lo defiende". De
modo semejante, el P. Gaspar Ayewod fue asaltado en la hora de la muerte por
los demonios con una fuerte tentación contra la fe. Al punto se enconmendó a
la Virgen, y se le oyó exclamar: "iGracias, María, porque has venido en
mi ayuda!"
María manda en auxilio de sus siervos a la hora
de la muerte, dice san Buenaventura, al arcángel san Miguel, príncipe de la
milicia celestial, y a legiones de ángeles para que los defiendan de las
asechanzas de Satanás y reciban y lleven en triunfo al cielo las almas de
quienes de continuo se han encomendado a su intercesión.
Cuando un hombre sale de esta vida se agita el
infierno y manda los más terribles demonios para tentar aquella alma antes de
que abandone el cuerpo y acusarla cuando se presente al tribunal de Dios.
"El infierno se conmovió abajo a tu llegada y a tu encuentro envió
gigantes" (Is 14,9). Pero cuando los demonios ven que a aquella alma la
defiende María, no se atreven de ninguna manera a acusarla, sabiendo que no
será condenada por el juez el alma protegida por tal Madre. ¿Quién podrá
acusar si ve que protege la Madre? Escribe san Jerónimo a Eustoquio que la
Virgen no sólo socorre a sus amados devotos a la hora de la muerte, sino que
al pasar de esta vida los anima y acompaña en el divino tribunal. Esto es
conforme a lo que dijo la Virgen a santa Brígida hablando de sus devotos en
trance de muerte: "Entonces yo, su Madre y Señora, que tanto los amo,
vendré en su auxilio para darles consuelo y refrigerio". Ella recibe sus
almas con amor y las presenta ante el juez, su Hijo, y así ciertamente les
obtiene la salvación. Dice san Vicente Ferrer: "La Virgen bienaventurada
recibe las almas de los que mueren". Así sucedió a Carlos, hijo de
santa Brígida, quien habiendo muerto en el peligroso ejercicio de las armas y
lejos de su madre, temía la santa por su eterna salvación. Mas la
bienaventurada Virgen le reveló que Carlos se había salvado por el amor que
le había tenido y ella misma le había asistido en la agonía, sugiriéndole
los actos que debía hacer. Al mismo tiempo vio la santa a Jesucristo en trono
de majestad y que el demonio presentaba dos quejas contra la Virgen María; la
primera, que le había impedido tentar a Carlos en la hora de la muerte, y la
segunda, que había presentado su alma ante el tribunal de Jesucristo y lo había
salvado sin darle ocasión de exponer las razones con que pretendía hacer
presa en el alma de Carlos. Vio, en fin, cómo el juez lanzaba de su presencia
al demonio y abría las puertas del cielo al alma de su hijo.
"Sus lazos son ataduras de salvación; en las
postrimerías hallarás en ella reposo" (Ecclo 6,31.29). ¡Bienaventurado,
hermano mío, si en la hora de la muerte te encuentras ligado con las dulces
cadenas del amor a la Madre de Dios! Estas cadenas son de salvación que te
aseguran tu salvación eterna y te harán gozar, en la hora de la muerte, de
aquella dichosa paz, preludio y gusto anticipado del gozo eterno de la gloria.
Refiere el P. Binetti que habiendo asistido a la muerte de un gran devoto de
María, le oyó decir: "Padre mío, si supiera qué contento me siento
por haber servido a la santa Madre de Dios. No sé expresar la alegría que
siento". El P. Suárez, por haber sido muy devoto de María -decía que
con gusto hubiera cambiado toda su ciencia por el mérito de un Ave María-,
murió con tanta alegría que exclamó: "No creía que era tan dulce el
morir". El mismo contento y alegría, sin duda, sentirás tu, devoto
lector, si en la hora de la muerte te acuerdas de haber amado a esta buena
Madre que siempre es fiel con los hijos que han sido fieles en servirla y
obsequiarla con visitas, Rosarios y mortificaciones, y agradeciéndole
constantemente y encomendándose a su poderosa intercesión.
Y no impedirá estos consuelos el haber sido en
otro tiempo pecador si de ahora en adelante te dedicas a vivir bien y a servir
a esta Señora bonísima y sumamente agradecida. Ella, en tus angustias y en
las tentaciones del demonio para hacerte desesperar, te ayudará y vendrá a
consolarte en la hora de la muerte. Marino, hermano de san Pedro Damiano -como
refiere el mismo santo-, habiendo tenido la desgracia de ofender a Dios, se
postró ante un altar de María ofreciéndose por su esclavo, poniendo su ceñidor
al cuello en señal de servidumbre, y le habló así: "Señora mía,
espejo de pureza; yo, pobre pecador, te he ofendido y he ofendido a Dios
quebrantando la castidad; no tengo más remedio que ofrecerme a ti por
esclavo; aquí me tienes, me consagro por siervo tuyo. Recibe a este rebelde y
no lo desprecies". Dejó una ofrenda para la Virgen ofreciendo pagar una
suma todos los años en señal de tributo por su esclavitud mariana. Algunos años
después, Marino enfermó de muerte, y en esa hora se le oyó decir:
"Levantaos, levantaos; saludad a mi Señora". Y después: "¿Qué
gracia es ésta, Reina del cielo, que te dignes visitar a este pobre siervo?
Bendíceme, Señora, y no permitas que me pierda después de que me has
honrado con tu presencia". En esto llegó su hermano Pedro y le contó la
aparición de la Virgen María y que le había bendecido, lamentándose de que
los asistentes no se hubieran levantado ante la presencia de María; y poco
después, plácidamente, entregó su alma al Señor. Así será tu muerte,
querido lector, si eres fiel a María, aunque en lo pasado hubieras ofendido a
Dios. Ella te obtendrá una muerte llena de consuelos.
Y aun cuando trataran de atemorizarte y quitar la
confianza el recuerdo de los pecados cometidos, ella te animará, como
aconteció con Adolfo, conde de Alsacia, quien habiendo dejado el mundo y habiéndose
hecho franciscano, como se narra en las Crónicas de la Orden, fue sumamente
devoto de la Madre de Dios. Al final de sus días, al ver la vida pasada en el
mundo y en el gobierno de sus vasallos, el rigor del juicio de Dios, comenzó
a temer la muerte, con dudas sobre su eterna salvación. Pero María, que no
descuida ante las angustias de sus devotos, acompañada de muchos santos, se
le apareció y lo animó con estas tiernas palabras: "Adolfo mío carísimo,
¿por qué temes a la muerte si eres mío?" Como si le dijera: Adolfo mio
queridísimo, te has consagrado a mí; ¿por qué vas a temer ahora la muerte?
Con tan regaladas expresiones se serenó del todo el siervo de María,
desaparecieron los temores y con gran paz y contento entregó su alma.
Animémonos también nosotros, aunque pecadores, y
tengamos confianza en que ella vendrá a asistirnos en la muerte y a
consolarnos con su presencia si le servimos con todo amor en lo que nos queda
de vida. Hablando nuestra Reina a santa Matilde, le prometió que vendría a
asistir en la hora de la muerte a todos sus devotos que fielmente le hubieran
servido en vida. "A todos los que me han servido piadosamente les quiero
asistir en su muerte con toda fidelidad y como madre piadosísima, y
consolarlos y protegerlos". ¡Oh Dios mío! ¡Qué sublime consuelo al
terminar la vida, cuando en breve se va a decidir la causa de nuestra eterna
salvación, ver a la Reina del cielo que nos asiste y nos consuela y nos
ofrece su protección!
Hay innumerables ejemplos de la asistencia de María
a sus devotos. Este favor lo recibieron santa Clara de Montefalco, san Félix,
capuchino; santa Teresa y san Pedro de Alcántara. Y para más consuelo, citaré
algun otro ejemplo. Refiere el P. Crasset que santa María Oiginies vio a la
santísima Virgen a la cabecera de una devota viuda de Willembrock que sufría
alta fiebre. La santísima Virgen la consolaba y le mitigaba los ardores de la
fiebre. Estando para morir san Juan de Dios, esperaba la visita de María, de
la que era tan gran devoto; pero no viéndola aún, se sentía afligido y se
le quejaba. Mas en el momento oportuno se la apareció la Madre de Dios, y
casi reprendiéndole de su poca confianza le dijo estas tiernas palabras que
deben animar a todos los devotos de María: "Juan, no es mi manera de
proceder abandonar a mis devotos en este trance". Como si dijese:
"Juan, hijo mío, ¿qué pensabas? ¿Que yo te había abandonado? ¿No
sabes que yo no puedo abandonar a mis devotos en la hora de la muerte? No vine
antes porque no era el tiempo oportuno; ahora que lo es, aquí me tienes para
llevarte. ¡Ven conmigo al paraíso!" Poco después expiró el santo,
entrando en el cielo para agradecer eternamente a su amantísima Reina.
CAPÍTULO 3
ESPERANZA NUESTRA
Párrafo 1
María es la esperanza de todos
No pueden soportar los herejes de ahora que
llamemos y saludemos a María con el título de esperanza nuestra: "Dios
te salve, esperanza nuestra". Dicen que sólo Dios es nuestra esperanza y
que Dios maldice a quien pone su confianza en las criaturas: "Maldito el
hombre que confía en otro hombre" (Jr 17,5). María, exclaman, es una
criatura; ¿y cómo puede ser una criatura nuestra esperanza? Esto dicen los
herejes. Pero contra ellos la santa Iglesia quiere que todos los sacerdotes y
religiosos alcen la voz de parte de todos los fieles y a diario la invoquen a
María con este dulce nombre de esperanza nuestra, esperanza de todos:
Esperanza nuestra, salve.
De dos maneras, dice el angélico santo Tomás,
podemos poner nuestra confianza en una persona: o como causa principal o como
causa intermedia. Los que quieren alcanzar algún favor de un rey, o lo
esperan del rey como señor, o lo esperan conseguir por el ministro o favorito
como intercesor. Si se obtiene semejante gracia, se obtiene del rey pero por
medio de su favorito, por lo que quien la obtiene razón tiene para llamar a
su intercesor su esperanza. El rey del cielo, porque es bondad infinita, desea
inmensamente enriquecernos con sus gracias; pero como de nuestra parte es
indispensable la confianza, para acrecentarla nos ha dado a su misma Madre por
madre y abogada nuestra, con el más completo poder de ayudarnos; y por eso
quiere que en ella pongamos la esperanza de obtener la salvación y todos los
bienes. Los que ponen su confianza en las criaturas, olvidados de Dios, como
los pecadores, que por conquistar la amistad y el favor de los hombres no les
importa disgustar a Dios, ciertamente que son malditos de Dios, como dice Isaías.
Pero los que esperan en María como Madre de Dios, poderosa para obtenerles
toda clase de gracias y la vida eterna, éstos son benditos y complacen al
corazón de Dios, que quiere ver honrada de esta manera a tan sublime criatura
que lo ha querido y honrado más que todos los ángeles y santos juntos.
Con toda razón y justicia, por tanto, llamamos a
la Virgen nuestra esperanza, confiando, como dice el cardenal Belarmino,
obtener por su intercesión lo que no obtendríamos con nuestras solas
plegarias. Nosotros le rogamos, dice san Anselmo, para que la sublimidad de su
intercesión supla nuestra indigencia. Por lo cual, sigue diciendo el santo,
suplicar a la Virgen con toda esperanza no es desconfiar de la misericordia de
Dios, sino temer de la propia indignidad.
Con razón la Iglesia llama a María "Madre
de la santa esperanza" (Ecclo 24,24); la madre que hace nacer en
nosotros, no la vana esperanza de los bienes miserables y efímeros de esta
vida, sino la esperanza de los bienes inmensos y eternos de la vida
bienaventurada. Así saludaba san Efrén a la Madre de Dios: "Dios te
salve, esperanza del alma mía y salvación segura de los cristianos, auxilio
de los pecadores, defensa de los fieles y salud del mundo". Nos advierte
san Basilio que después de Dios no tenemos otra esperanza más que María,
por eso la llama "nuestra única esperanza después de Dios". Y san
Efrén, al considerar la orden de la providencia por la que Dios ha dispuesto
-como también dice san Bernardo- que todos los que se salven se han de salvar
por medio de María, le dice: "Señora, no dejes de custodiarnos y
ponernos bajo el manto de tu protección, porque después de Dios no tenemos
otra esperanza más que tú". También santo Tomás de Villanueva la
proclama nuestro único refugio, auxilio y ayuda.
De todo esto da la razón san Bernardo cuando
dice: "Atiende, hombre, y considera los designios de Dios, que son
designios de piedad. Al ir a redimir al género humano, todo el precio lo puso
en manos de María". Mira, hombre, el plan de Dios para poder
dispensarnos con más abundancia su misericordia; queriendo redimir a todos
los hombres, ha puesto todo el valor de la redención en manos de María para
que lo dispense conforme a su voluntad.
Ordenó Dios a Moisés que hiciera un
propiciatorio de oro purísimo para hablarle desde allí: "Me harás un
propiciatorio de oro purísimo...; desde él te daré mis órdenes y hablaré
contigo" (Ex 25,17.22). Dice un autor que ese propiciatorio es María,
desde el cual Dios habla a los hombres y desde el que nos concede el perdón y
sus gracias y favores. Por eso dice san Ireneo que el Verbo de Dios, antes de
encarnarse en el seno de María, mandó al arcángel a pedir su
consentimiento, porque quería que de María derivara al mundo el misterio de
la Encarnación. "¿Por qué no se realiza el misterio de la Encarnación
sin el consentimiento de María? Porque quiere Dios que sea ella el principio
de todos los bienes". Todos los bienes, ayudas y gracias que los hombres
han recibido y recibirán de Dios hasta el fin del mundo, todo les ha venido y
vendrá por intercesión y por medio de María. Razón tenía el devoto Blosio
al exclamar: "Oh María, ¿cómo puede haber quien no te ame siendo tú
tan amable y agradecida con quien te ama? En las dudas y confusiones aclaras
las mentes de los que a ti recurren afligidos; tú consuelas al que en ti confía
en los peligros; tú socorres al que te llama. Tú, después de tu divino
Hijo, eres la salvación cierta de tus fieles siervos. Dios te salve,
esperanza de los desesperados y socorro de los abandonados. Oh María, tú
eres omnipotente porque tu Hijo quiere honrarte, haciendo al instante todo lo
que quieres".
San Germán, reconociendo en María la fuente de
todos nuestros bienes y la libertad de nuestros males, así la invoca:
"Oh Señora mía, tú sola eres el consuelo que me ha dado Dios; tú la
guía de mi peregrinación; tú la fortaleza de mis débiles fuerzas, la
riqueza en mis miserias, la liberación de mis cadenas, la esperanza de mi
salvación; escucha mis súplicas, te lo ruego, ten piedad de mis suspiros;
quiero que seas mi reina, el refugio, la ayuda, la esperanza y la fortaleza mía".
Con razón san Antonino aplica a María el pasaje
de la Sagrada Escritura: "Todos los bienes me vinieron juntamente con
ella" (Sb 7,11). Ya que María es la madre y dispensadora de todos los
bienes, bien puede decirse que el mundo, y sobre todo los que en el mundo son
devotos de esta reina, junto con esta devoción a María han obtenido todos
los bienes: "Es madre de todos los bienes y todos me vinieron con ella,
es decir, con la Virgen, puede decir el mundo". Por lo cual no titubeó
el abad de Celles en afirmar: "Al encontrar a María se han encontrado
todos los bienes". El que encuentra a María encuentra todo bien, toda
gracia, toda virtud, porque ella con su potente intercesión le obtiene todo
lo que necesita para hacerlo rico de gracia divina. Ella nos hace saber que
tiene todas las riquezas de Dios, es decir, las divinas misericordias, para
distribuirlas en beneficio de sus amantes: "En mí están las riquezas
opulentas para enriquecer a los que me aman" (Pr 8,18.21). Por lo cual
decía san Buenaventura que debemos tener los ojos puestos en las manos de María
para recibir de ella los bienes que necesitamos.
¡Cuántos soberbios con la devoción a María han
encontrado la humildad! ¡Cuántos iracundos la mansedumbre! ¡Cuántos ciegos
la luz! ¡Cuántos desesperados la confianza! ¡Cuántos perdidos la salvación!
Esto cabalmente es lo que profetizó en casa de Isabel, en el sublime cántico:
"He aquí que desde ahora me llamarán bienaventurada todas las
generaciones" (Lc 1,48). "Todas las generaciones -comenta san
Bernardo-, porque todas ellas te son deudoras de la vida y de la gloria;
porque en ti los pecadores encuentran el perdón y los justos la perseverancia
en la gracia de Dios". El devoto Laspergio presenta al Señor hablando así
al mundo: "Pobres hombres, hijos de Adán que vivís en medio de tantos
enemigos y de tantas miserias, tratad de venerar con particular afecto a
vuestra Madre. Yo la he dado al mundo como modelo para que de ella aprendáis
a vivir como se debe, y como refugio para que a ella recurráis en vuestras
aflicciones. Esta hija mía -dice Dios- la hice de tal condición, que nadie
pueda temer o sentir repugnancia en recurrir a ella; por eso la he creado con
un natural tan benigno y piadoso que no sabe despreciar a ninguno de los que a
ella acuden, no sabe negar su favor a ninguno que se lo pida. Para todos tiene
abierto el manto de su misericordia y no consiente que nadie se aparte
desconsolado de su lado". Sea por tanto bendita y alabada por siempre la
bondad inmensa de nuestro Dios que nos ha dado a esta Madre tan sublime, como
abogada la más tierna y amable.
¡Cuán tiernos eran los sentimientos de amor y
confianza que tenía el enamorado san Buenaventura hacia nuestro amadísimo
Redentor Jesús y hacia nuestra amadísima abogada María! "Aun cuando
-decía él- el Señor (por un imposible) me hubiera reprobado, yo sé que
ella no ha de rechazar a quien la ama y de corazón la busca. Yo la abrazaré
con amor, y aunque no me bendijera, no la dejaré y no podrá partir sin mí.
Y, en fin, aunque por mis culpas mi Redentor me echara de su lado, yo me
arrojaré a los pies de su Madre María y allí postrado estaré y me
conseguirá el perdón. Porque esta Madre de misericordia siempre sabe
compadecerse de las miserias y consolar a los miserables que a ella acuden en
busca de ayuda; por eso, si no por obligación, por compasión al menos
inclinará a su Hijo a perdonarme".
"Míranos -exclama Eutimio-, míranos con
esos tus ojos llenos de compasión, oh piadosísima Madre nuestra, porque
somos tus siervos y en ti tenemos puesta toda nuestra confianza".
Párrafo 2
María es la esperanza de los pecadores
Cuando Dios creó el mundo creó dos luminarias,
una mayor y otra menor, es decir, el sol que alumbra el día y la luna que
alumbra la noche: "He hizo Dios dos grandes luminarias; la mayor para que
presidiera el día y la menor para que presidiera la noche" (Gn 1,16). El
sol, dice el cardenal Hugo, es figura de Cristo, de cuya luz disfrutan los
justos; la luna es figura de María, por cuyo medio se ven iluminados los
pecadores que viven en la noche de los vicios. Siendo María esta luna
propicia con los pecadores, si un pecador, pregunta Inocencio III, se
encuentra caído en la noche de la culpa, ¿qué debe hacer? "El que yace
en la noche de la culpa -responde-, que mire a la luna, que ruegue a María".
Ya que ha perdido la luz del sol, la divina gracia, que se dirija a la que está
figurada en la luna, que ruegue a María, y ella le iluminará para conocer su
estado miserable y le dará la fuerza para salir pronto de él. Dice san
Metodio que las plegarias de María convierten constantemente a muchísimos
pecadores.
Uno de los títulos con que la santa Iglesia nos
hace recurrir a la Madre de Dios es el título de Refugio de los pecadores con
que la invocamos en las letanías. En la antigüedad había en Judea ciudades
de refugio en las que los reos que lograban refugiarse se veían libres de
castigos. Ahora no hay ciudades de refugio, pero hay una, y es María, de la
que se dijo: "¡Gloriosas cosas se han dicho de ti, ciudad de Dios!"
(Sal 86,3). Pero con esta diferencia, que en las ciudades antiguas no había
refugio para todos los delincuentes ni para toda clase de delitos; pero bajo
el manto de María encuentran amparo todos los pecadores y por cualquier
crimen que hubieren cometido. Basta con que acudan a cobijarse. "Yo soy
-hace decir a nuestra Reina san Juan Damasceno- ciudad de refugio para todos
los que en mí se refugian".
Y basta con acudir a María; porque quien ha
entrado en esta ciudadela no necesita más para ser salvo. "Juntémonos y
entremos en la ciudad fuerte y estémonos allí callados" (Jr 8,14). Esta
ciudad amurallada, explica san Alberto Magno, es la santísma Virgen,
inexpugnable por la gracia y por la gloria que posee. "Y estémonos allí
callados". Lo cual lo explica la glosa: "Ya que no tenemos valor
para pedir perdón al Señor, basta que entremos en esta ciudad y nos estemos
allí callados, porque entonces María hablará y rogará en favor
nuestro". Un piadoso autor exhorta a todos los pecadores a que se
refugien bajo el manto de María, diciendo: "Huid, Adán y Eva, y
vosotros sus hijos que habéis despreciado a Dios, y refugiaos en el seno de
esta buena Madre. ¿No sabéis que ella es la única ciudad de refugio y la única
esperanza de los pecadores?" Ya la llamó así san Agustín:
"Esperanza única de los pecadores".
San Efrén le dice: "Dios te salve, abogada
de los pecadores y de los que se ven privados de todo socorro. Dios te salve,
refugio y hospicio de pecadores". Dios te salve, refugio y receptáculo
de los pecadores, que sólo en ti pueden encontrar amparo y refugio. Dice un
autor que esto parece querer decir David en el salmo: "Me tuvo escondido
en el tabernáculo" (Sal 26,5). El Señor me ha protegido por el hecho de
haberme escondido en su tabernáculo. ¿Y qué otro es este tabernáculo de
Dios sino María, como dice san Germán? Tabernáculo hecho por Dios en que sólo
Dios entró para realizar el gran misterio de la redención humana. Dice san
Basilio que Dios nos ha dado a María como público hospital, donde pueden ser
recogidos todos los enfermos pobres y desamparados. Ahora bien, en los
hospitales hechos precisamente para recoger a los pobres, ¿quién tiene mayor
derecho a ser acogido sino el más pobre y el más enfermo?
Por eso, el que se siente más miserable y con
menos merecimientos y más oprimido de los males del alma que son los pecados,
puede decirle a María: Señora, eres el refugio de los pobres enfermos, no me
rechaces; siendo yo más pobre que todos y más enfermo, tengo mayores razones
para que me recibas. Digámosle con santo Tomás de Villanueva: "Oh María,
nosotros, pobres pecadores, no sabemos encontrar otro refugio fuera de ti. Tú
eres la única esperanza de quien esperamos la salvación; tú eres la única
abogada ante Jesucristo, en la cual ponemos nuestros ojos".
En las revelaciones de santa Brígida es llamada
María "astro que precede al sol". Para que entendamos que cuando
empieza a verse en el pecador devoción a la Madre de Dios, es señal cierta
de que dentro de poco vendrá el Señor y la enriquecerá con su gracia. San
Buenaventura, para reavivar la confianza de los pecadores en la protección de
María, imagina un mar tempestuoso en el que los pecadores que han caído de
la nave de la gracia divina, combatidos por las olas de los remordimientos de
conciencia y de los temores de la justicia divina, sin luz ni guía y próximos
a desesperarse y a perecer sin un rayo de esperanza, los anima señalándoles
a María llamada la estrella del mar, y alza su voz para decirles:
"Pobres pecadores que vais perdidos, no os desesperéis; alzad los ojos a
esta hermosa estrella, tomad aliento y confiad, porque ella os salvará de la
tempestad y os conducirá al puerto de salvación".
Algo semejante dice san Bernardo: "Si no
quieres verte anegado por la tempestad, mira a la estrella y llama en tu ayuda
a María". Dice el devoto Blosio que ella es el único refugio de los que
han ofendido a Dios. Ella es el asilo de todos los tentados por el diablo.
Esta Madre de misericordia es del todo benigna y del todo dulce, no sólo con
los justos, sino también con los pecadores más desesperados. Y cuando ve que
éstos recurren a ella y buscan de corazón su ayuda, al instante los socorre,
los acoge y les obtiene de su Hijo el perdón. Ella es incapaz de despreciar a
nadie, por indigno que sea, y por eso no niega a nadie su protección. A todos
consuela, y basta llamarla para que inmediatamente venga en ayuda de quien la
invoca.
María es llamada plátano: "Crecí como el
plátano" (Ecclo 24,14), para que entiendan los pecadores que, como el plátano
da cobijo a los caminantes para refrescarse a su sombra de los rayos del sol,
así María, cuando ve encendida contra ellos la divina justicia, los invita a
refugiarse a la sombra de su protección. Reflexiona san Buenaventura sobre el
texto del profeta que en su tiempo se lamentaba y decía al Señor: "Estás
enojado contra nosotros porque hemos pecado; no hay quien se levante y te
detenga" (Is 64,5.7); y observa: Señor, cierto que estás indignado
contra los pecadores y no hay quien pueda aplacarte. Y así era, porque aún
no había nacido María. Antes de María no había quien pudiera detener el
enojo de Dios. Pero ahora, si Dios está irritado contra cualquier pecador y
María se empeña en protegerlo, ella consigue del Hijo que no lo castigue y
lo salva. De modo, prosigue san Buenaventura, que nadie más a propósito que
María para detener con su mano la espada de la justicia divina para que no
caiga sobre el pecador. Dice Ricardo de san Lorenzo, sobre el mismo asunto,
que antes de venir María al mundo se lamentaba de que no hubiera nadie que le
estorbase castigar a los pecadores, pero que habiendo nacido María, ella lo
aplaca.
San Basilio anima así a los pecadores: "No
desconfíes, pecador; recurre en todas tus necesidades a María; llámala en
tu socorro, que la encontrarás siempre preparada a socorrerte, porque es
voluntad de Dios que nos auxilie en todas las necesidades. Esta madre de
misericordia tiene tal deseo de salvar a los pecadores más perdidos, que ella
misma los va buscando para auxiliarlos; y si acuden a ella encuentra muy bien
el modo de hacerlos queridos de Dios".
Deseando Isaac comer un plato de venado, le pidió
a Esaú que se lo cazara y que luego le daría su bendición. Queriendo Rebeca
que la bendición del patriarca recayera sobre su otro hijo, Jacob, le dijo:
"Anda, hijo mío, al ganado y tráeme dos de los mejores cabritos, para
que yo los guise para tu padre del modo que le gusta" (Gn 27,9). Dice san
Antonino que Rebeca fue figura de María que dice a los ángeles:
"Traedme pecadores (figurados los cabritillos), que yo los prepararé de
manera (con el dolor y el propósito) que sean agradables y queridos para mi
Señor". Y el abad Francón, siguiendo la misma metáfora, dice que María
de tal modo adereza a estos cabritillos, que no sólo igualan, sino que a
veces superan el sabor de los venados.
Reveló la santísima Virgen a santa Brígida que
no hay pecador tan enemigo de Dios que si recurre a ella y la invoca en su
ayuda no vuelva a Dios y recupere su gracia. La misma santa un día oyó a Jesús
que decía a su Madre que hasta sería capaz de obtener la divina gracia para
Lucifer si él pudiera humillarse a pedir su ayuda. Aquel espíritu soberbio
jamás será humilde como para implorar la protección de María, pero si (por
un imposible) se abajase a pedírsela, María, con sus plegarias, tendría la
piedad y el poder de obtenerle de Dios el perdón y la salvación. Mas lo que
es imposible que suceda con el demonio, sucede perfectamente con los pecadores
que acuden a esta Madre de piedad.
El arca de Noé fue figura de María, porque así
como en ella encuentran refugio todos los animales, así, bajo el manto de la
protección de María, se resguardan todos los pecadores, que por sus vicios y
deshonestidades son semejantes a los brutos animales. Pero con esta
diferencia, dice un autor: que entraron animales en el arca, y del arca
animales salieron. El lobo quedó lobo, y el tigre, tigre. Pero bajo la
protección de María el lobo se convierte en cordero y el tigre se vuelve
paloma. Santa Gertrudis vio a María con el manto extendido, bajo el cual se
refugiaban fieras diversas, como leopardos, osos y leones; y vio que la virgen
no sólo no los ahuyentaba, sino que, por el contrario, con su bondadosa mano
dulcemente los acogía y los acariciaba. Y comprendió la santa que esas
fieras representaban a los pobres pecadores que recurren a María y que ella
los acoge con dulzura y amor.
Mucha razón tuvo san Bernardo al decirle a la
Virgen: "Señora, tú no aborreces a ningún pecador, por sucio y
abominable que parezca; si él te pide socorro, tú no te desdeñas de
extender tu compasiva mano y sacarlo del fondo de la desesperación". Sea
por siempre bendecido y agradecido nuestro Dios, oh María la más amable,
porque te has hecho tan dulce y bondadosa