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MARÍA Y LA RESURRECCIÓN DE CRISTO Catequésis |
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1. Después de que Jesús es colocado en el sepulcro,
María «es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose
para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección» (Catequesis,
del 3-IV-96). La espera que vive la Madre del Señor el Sábado santo
constituye uno de los momentos más altos de su fe: en la oscuridad que
envuelve el universo, ella confía plenamente en el Dios de la vida y,
recordando las palabras de su Hijo, espera la realización plena de las
promesas divinas.
Los evangelios refieren varias apariciones del
Resucitado, pero no hablan del encuentro de Jesús con su madre. Este
silencio no debe llevarnos a concluir que, después de su resurrección,
Cristo no se apareció a María; al contrario, nos invita a tratar de
descubrir los motivos por los cuales los evangelistas no lo refieren.
Suponiendo que se trata de una «omisión», se podría
atribuir al hecho de que todo lo que es necesario para nuestro conocimiento
salvífico se encomendó a la palabra de «testigos escogidos por Dios» (Hch
10,41), es decir, a los Apóstoles, los cuales «con gran poder» (Hch 4,33)
dieron testimonio de la resurrección del Señor Jesús. Antes que a ellos,
el Resucitado se apareció a algunas mujeres fieles, por su función
eclesial: «Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán»
(Mt 28,10).
Si los autores del Nuevo Testamento no hablan del
encuentro de Jesús resucitado con su madre, tal vez se debe atribuir al
hecho de que los que negaban la resurrección del Señor podrían haber
considerado ese testimonio demasiado interesado y, por consiguiente, no
digno de fe.
2. Los evangelios, además, refieren sólo unas
cuantas apariciones de Jesús resucitado, y ciertamente no pretenden hacer
una crónica completa de todo lo que sucedió durante los cuarenta días
después de la Pascua. San Pablo recuerda una aparición «a más de
quinientos hermanos a la vez» (1 Co 15,6). ¿Cómo justificar que un hecho
conocido por muchos no sea referido por los evangelistas, a pesar de su carácter
excepcional? Es signo evidente de que otras apariciones del Resucitado, aun
siendo consideradas hechos reales y notorios, no quedaron recogidas.
¿Cómo podría la Virgen, presente en la primera
comunidad de los discípulos (cf. Hch 1,14), haber sido excluida del número
de los que se encontraron con su divino Hijo resucitado de entre los muertos?
3. Más aún, es legítimo pensar que verosímilmente
Jesús resucitado se apareció a su madre en primer lugar. La ausencia de
María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro (cf.
Mc 16,1; Mt 28,1), ¿no podría constituir un indicio del hecho de que ella
ya se había encontrado con Jesús? Esta deducción quedaría confirmada
también por el dato de que las primeras testigos de la resurrección, por
voluntad de Jesús, fueron las mujeres, las cuales permanecieron fieles al
pie de la cruz y, por tanto, más firmes en la fe.
En efecto, a una de ellas, María Magdalena, el
Resucitado le encomienda el mensaje que debía transmitir a los Apóstoles
(cf. Jn 20,17-18). Tal vez, también este dato permite pensar que Jesús se
apareció primero a su madre, pues ella fue la más fiel y en la prueba
conservó íntegra su fe.
Por último, el carácter único y especial de la
presencia de la Virgen en el Calvario y su perfecta unión con su Hijo en el
sufrimiento de la cruz, parecen postular su participación particularísima
en el misterio de la Resurrección.
Un autor del siglo V, Sedulio, sostiene que Cristo se
manifestó en el esplendor de la vida resucitada ante todo a su madre. En
efecto, ella, que en la Anunciación fue el camino de su ingreso en el mundo,
estaba llamada a difundir la maravillosa noticia de la resurrección, para
anunciar su gloriosa venida. Así inundada por la gloria del Resucitado,
ella anticipa el «resplandor» de la Iglesia (cf. Sedulio, Carmen pascale,
5,357-364: CSEL 10,140 s).
4. Por ser imagen y modelo de la Iglesia, que espera
al Resucitado y que en el grupo de los discípulos se encuentra con él
durante las apariciones pascuales, parece razonable pensar que María
mantuvo un contacto personal con su Hijo resucitado, para gozar también
ella de la plenitud de la alegría pascual.
La Virgen santísima, presente en el Calvario durante
el Viernes santo (cf. Jn 19,25) y en el cenáculo en Pentecostés (cf. Hch
1,14), fue probablemente testigo privilegiada también de la resurrección
de Cristo, completando así su participación en todos los momentos
esenciales del misterio pascual. María, al acoger a Cristo resucitado, es
también signo y anticipación de la humanidad, que espera lograr su plena
realización mediante la resurrección de los muertos.
En el tiempo pascual la comunidad cristiana, dirigiéndose
a la Madre del Señor, la invita a alegrarse: «Regina caeli, laetare.
Alleluia». «¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!». Así recuerda el
gozo de María por la resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el
«¡Alégrate!» que le dirigió el ángel en la Anunciación, para que se
convirtiera en «causa de alegría» para la humanidad entera.
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MARÍA Y EL DON DEL ESPÍRITU Catequésis |
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1. Recorriendo el
itinerario de la vida de la Virgen María, el concilio Vaticano II
recuerda su presencia en la comunidad que espera Pentecostés: «Dios
no quiso manifestar solemnemente el misterio de la salvación humana
antes de enviar el Espíritu prometido por Cristo. Por eso vemos a los
Apóstoles, antes del día de Pentecostés, "perseverar en la
oración unidos, junto con algunas mujeres, con María, la Madre de
Jesús, y sus parientes" (Hch 1,14). María pedía con sus
oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había
cubierto con su sombra» (Lumen gentium, 59).
La primera comunidad
constituye el preludio del nacimiento de la Iglesia; la presencia de
la Virgen contribuye a delinear su rostro definitivo, fruto del don de
Pentecostés.
2. En la atmósfera de
espera que reinaba en el cenáculo después de la Ascensión, ¿cuál
era la posición de María con respecto a la venida del Espíritu
Santo?
El Concilio subraya
expresamente su presencia, en oración, con vistas a la efusión del
Paráclito: María implora «con sus oraciones el don del Espíritu».
Esta afirmación resulta muy significativa, pues en la Anunciación el
Espíritu Santo ya había venido sobre ella, cubriéndola con su
sombra y dando origen a la encarnación del Verbo.
Al haber hecho ya una
experiencia totalmente singular sobre la eficacia de ese don, la
Virgen santísima estaba en condiciones de poderlo apreciar más que
cualquier otra persona. En efecto, a la intervención misteriosa del
Espíritu debía ella su maternidad, que la convirtió en puerta de
ingreso del Salvador en el mundo.
A diferencia de los que se
hallaban presentes en el cenáculo en trepidante espera, ella,
plenamente consciente de la importancia de la promesa de su Hijo a los
discípulos (cf. Jn 14,16), ayudaba a la comunidad a prepararse
adecuadamente a la venida del Paráclito.
Por ello, su singular
experiencia, a la vez que la impulsaba a desear ardientemente la
venida del Espíritu, la comprometía también a preparar la mente y
el corazón de los que estaban a su lado.
3. Durante esa oración en
el cenáculo, en actitud de profunda comunión con los Apóstoles, con
algunas mujeres y con los hermanos de Jesús, la Madre del Señor
invoca el don del Espíritu para sí misma y para la comunidad.
Era oportuno que la
primera efusión del Espíritu sobre ella, que tuvo lugar con miras a
su maternidad divina, fuera renovada y reforzada. En efecto, al pie de
la cruz, María fue revestida con una nueva maternidad, con respecto a
los discípulos de Jesús. Precisamente esta misión exigía un
renovado don del Espíritu. Por consiguiente, la Virgen lo deseaba con
vistas a la fecundidad de su maternidad espiritual.
Mientras en el momento de
la Encarnación el Espíritu Santo había descendido sobre ella, como
persona llamada a participar dignamente en el gran misterio, ahora
todo se realiza en función de la Iglesia, de la que María está
llamada a ser ejemplo, modelo y madre.
En la Iglesia y para la
Iglesia, ella, recordando la promesa de Jesús, espera Pentecostés e
implora para todos abundantes dones, según la personalidad y la misión
de cada uno.
4. En la comunidad
cristiana la oración de María reviste un significado peculiar:
favorece la venida del Espíritu, solicitando su acción en el corazón
de los discípulos y en el mundo. De la misma manera que, en la
Encarnación, el Espíritu había formado en su seno virginal el
cuerpo físico de Cristo, así ahora, en el cenáculo, el mismo Espíritu
viene para animar su Cuerpo místico.
Por tanto, Pentecostés es
fruto también de la incesante oración de la Virgen, que el Paráclito
acoge con favor singular, porque es expresión del amor materno de
ella hacia los discípulos del Señor.
Contemplando la poderosa
intercesión de María que espera al Espíritu Santo, los cristianos
de todos los tiempos, en su largo y arduo camino hacia la salvación,
recurren a menudo a su intercesión para recibir con mayor abundancia
los dones del Paráclito.
5. Respondiendo a las
plegarias de la Virgen y de la comunidad reunida en el cenáculo el día
de Pentecostés, el Espíritu Santo colma a María y a los presentes
con la plenitud de sus dones, obrando en ellos una profunda
transformación con vistas a la difusión de la buena nueva. A la
Madre de Cristo y a los discípulos se les concede una nueva fuerza y
un nuevo dinamismo apostólico para el crecimiento de la Iglesia. En
particular, la efusión del Espíritu lleva a María a ejercer su
maternidad espiritual de modo singular, mediante su presencia, su
caridad y su testimonio de fe.
En la Iglesia que nace,
ella entrega a los discípulos, como tesoro inestimable, sus recuerdos
sobre la Encarnación, sobre la infancia, sobre la vida oculta y sobre
la misión de su Hijo divino, contribuyendo a darlo a conocer y a
fortalecer la fe de los creyentes.
No tenemos ninguna
información sobre la actividad de María en la Iglesia primitiva,
pero cabe suponer que, incluso después de Pentecostés, ella siguió
llevando una vida oculta y discreta, vigilante y eficaz. Iluminada y
guiada por el Espíritu, ejerció una profunda influencia en la
comunidad de los discípulos del Señor.
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LA DORMICIÓN DE LA MADRE DEL REDENTOR Catequésis |
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1. Sobre la conclusión de
la vida terrena de María, el Concilio cita las palabras de la bula de
definición del dogma de la Asunción y afirma: «La Virgen inmaculada,
preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el
curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la
gloria del cielo» (Lumen gentium, 59). Con esta fórmula, la
constitución dogmática Lumen gentium, siguiendo a mi venerado
predecesor Pío XII, no se pronuncia sobre la cuestión de la muerte
de María. Sin embargo, Pío XII no pretendió negar el hecho de la
muerte; solamente no juzgó oportuno afirmar solemnemente, como verdad
que todos los creyentes debían admitir, la muerte de la Madre de Dios.
En realidad, algunos teólogos
han sostenido que la Virgen fue liberada de la muerte y pasó
directamente de la vida terrena a la gloria celeste. Sin embargo, esta
opinión era desconocida hasta el siglo XVII, mientras que, en
realidad, existe una tradición común que ve en la muerte de María
su introducción en la gloria celeste.
2. ¿Es posible que María
de Nazaret haya experimentado en su carne el drama de la muerte?
Reflexionando en el destino de María y en su relación con su Hijo
divino, parece legítimo responder afirmativamente: dado que Cristo
murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a
su Madre.
En este sentido razonaron
los Padres de la Iglesia, que no tuvieron dudas al respecto. Basta
citar a Santiago de Sarug ( 521), según el cual «el coro de los doce
Apóstoles», cuando a María le llegó «el tiempo de caminar por la
senda de todas las generaciones», es decir, la senda de la muerte, se
reunió para enterrar «el cuerpo virginal de la Bienaventurada» (Discurso
sobre el entierro de la santa Madre de Dios, 87-99 en C. Vona,
Lateranum 19 [1953], 188). San Modesto de Jerusalén ( 634), después
de hablar largamente de la «santísima dormición de la gloriosísima
Madre de Dios», concluye su «encomio» exaltando la intervención
prodigiosa de Cristo, que «la resucitó de la tumba» para tomarla
consigo en la gloria (Enc. in dormitionem Deiparae semperque Virginis
Mariae, nn. 7 y 14: PG 86 bis, 3.293; 3.311). San Juan Damasceno (
704), por su parte, se pregunta: «¿Cómo es posible que aquella que
en el parto superó todos los límites de la naturaleza, se pliegue
ahora a sus leyes y su cuerpo inmaculado se someta a la muerte?» Y
responde: «Ciertamente, era necesario que se despojara de la parte
mortal para revestirse de inmortalidad, puesto que el Señor de la
naturaleza tampoco evitó la experiencia de la muerte. En efecto, él
muere según la carne y con su muerte destruye la muerte, transforma
la corrupción en incorruptibilidad y la muerte en fuente de
resurrección» (Panegírico sobre la dormición de la Madre de Dios,
10: SC 80,107).
3. Es verdad que en la
Revelación la muerte se presenta como castigo del pecado. Sin
embargo, el hecho de que la Iglesia proclame a María liberada del
pecado original por singular privilegio divino no lleva a concluir que
recibió también la inmortalidad corporal. La Madre no es superior al
Hijo, que aceptó la muerte, dándole nuevo significado y transformándola
en instrumento de salvación.
María, implicada en la
obra redentora y asociada a la ofrenda salvadora de Cristo, pudo
compartir el sufrimiento y la muerte con vistas a la redención de la
humanidad. También para ella vale lo que Severo de Antioquía afirma
a propósito de Cristo: «Si no se ha producido antes la muerte, ¿cómo
podría tener lugar la resurrección?» (Antijuliánica, Beirut 1931,
194 s.). Para participar en la resurrección de Cristo, María debía
compartir, ante todo, la muerte.
4. El Nuevo Testamento no
da ninguna información sobre las circunstancias de la muerte de María.
Este silencio induce a suponer que se produjo normalmente, sin ningún
hecho digno de mención. Si no hubiera sido así, ¿cómo habría
podido pasar desapercibida esa noticia a sus contemporáneos, sin que
llegara, de alguna manera, hasta nosotros?
Por lo que respecta a las
causas de la muerte de María, no parecen fundadas las opiniones que
quieren excluir las causas naturales. Más importante es investigar la
actitud espiritual de la Virgen en el momento de dejar este mundo. A
este propósito, san Francisco de Sales considera que la muerte de María
se produjo como efecto de un ímpetu de amor. Habla de una muerte «en
el amor, a causa del amor y por amor», y por eso llega a afirmar que
la Madre de Dios murió de amor por su hijo Jesús (Traité de l'Amour
de Dieu, Lib. 7, cc. XIII-XIV).
Cualquiera que haya sido
el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico,
le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito de esta
vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la
gloria, de modo que nunca mejor que en ese caso la muerte pudo
concebirse como una «dormición».
5. Algunos Padres de la
Iglesia describen a Jesús mismo que va a recibir a su Madre en el
momento de la muerte, para introducirla en la gloria celeste. Así,
presentan la muerte de María como un acontecimiento de amor que la
llevó a reunirse con su Hijo divino, para compartir con él la vida
inmortal. Al final de su existencia terrena habrá experimentado, como
san Pablo y más que él, el deseo de liberarse del cuerpo para estar
con Cristo para siempre (cf. Flp 1, 23).
La experiencia de la
muerte enriqueció a la Virgen: habiendo pasado por el destino común
a todos los hombres, es capaz de ejercer con más eficacia su
maternidad espiritual con respecto a quienes llegan a la hora suprema
de la vida.
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LA ASUNCIÓN DE MARÍA EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA Catequésis |
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1. La perenne y concorde
tradición de la Iglesia muestra cómo la Asunción de María forma
parte del designio divino y se fundamenta en la singular participación
de María en la misión de su Hijo. Ya durante el primer milenio los
autores sagrados se expresaban en este sentido.
Algunos testimonios, en
verdad apenas esbozados, se encuentran en san Ambrosio, san Epifanio y
Timoteo de Jerusalén. San Germán de Constantinopla ( 733) pone en
labios de Jesús, que se prepara para llevar a su Madre al cielo,
estas palabras: «Es necesario que donde yo esté, estés también tú,
madre inseparable de tu Hijo...» (Hom. 3 in Dormitionem: PG 98, 360).
Además, la misma tradición
eclesial ve en la maternidad divina la razón fundamental de la Asunción.
Encontramos un indicio
interesante de esta convicción en un relato apócrifo del siglo V,
atribuido al pseudo Melitón. El autor imagina que Cristo pregunta a
Pedro y a los Apóstoles qué destino merece María, y ellos le dan
esta respuesta: «Señor, elegiste a tu esclava, para que se convierta
en tu morada inmaculada (...). Por tanto, dado que, después de haber
vencido a la muerte, reinas en la gloria, a tus siervos nos ha
parecido justo que resucites el cuerpo de tu madre y la lleves contigo,
dichosa, al cielo» (De transitu V. Mariae, 16: PG 5, 1.238). Por
consiguiente, se puede afirmar que la maternidad divina, que hizo del
cuerpo de María la morada inmaculada del Señor, funda su destino
glorioso.
2. San Germán, en un
texto lleno de poesía, sostiene que el afecto de Jesús a su Madre
exige que María se vuelva a unir con su Hijo divino en el cielo: «Como
un niño busca y desea la presencia de su madre, y como una madre
quiere vivir en compañía de su hijo, así también era conveniente
que tú, de cuyo amor materno a tu Hijo y Dios no cabe duda alguna,
volvieras a él. ¿Y no era conveniente que, de cualquier modo, este
Dios que sentía por ti un amor verdaderamente filial, te tomara
consigo?» (Hom. 1 in Dormitionem: PG 98, 347). En otro texto, el
venerable autor integra el aspecto privado de la relación entre
Cristo y María con la dimensión salvífica de la maternidad,
sosteniendo que: «Era necesario que la madre de la Vida compartiera
la morada de la Vida» (ib.: PG 98, 348).
3. Según algunos Padres
de la Iglesia, otro argumento en que se funda el privilegio de la
Asunción se deduce de la participación de María en la obra de la
redención. San Juan Damasceno subraya la relación entre la
participación en la Pasión y el destino glorioso: «Era necesario
que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y recibido en pleno
corazón la espada del dolor (...) contemplara a ese Hijo suyo sentado
a la diestra del Padre» (Hom. 2: PG 96, 741). A la luz del misterio
pascual, de modo particularmente claro se ve la oportunidad de que,
junto con el Hijo, también la Madre fuera glorificada después de la
muerte.
El concilio Vaticano II,
recordando en la constitución dogmática sobre la Iglesia el misterio
de la Asunción, atrae la atención hacia el privilegio de la
Inmaculada Concepción: precisamente porque fue «preservada libre de
toda mancha de pecado original» (Lumen gentium, 59), María no podía
permanecer como los demás hombres en el estado de muerte hasta el fin
del mundo. La ausencia del pecado original y la santidad, perfecta ya
desde el primer instante de su existencia, exigían para la Madre de
Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo.
4. Contemplando el
misterio de la Asunción de la Virgen, es posible comprender el plan
de la Providencia divina con respecto a la humanidad: después de
Cristo, Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que
realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la
felicidad, prometida a los elegidos mediante la resurrección de los
cuerpos.
En la Asunción de la
Virgen podemos ver también la voluntad divina de promover a la mujer.
Como había sucedido en el
origen del género humano y de la historia de la salvación, en el
proyecto de Dios el ideal escatológico no debía revelarse en una
persona, sino en una pareja. Por eso, en la gloria celestial, al lado
de Cristo resucitado hay una mujer resucitada, María: el nuevo Adán
y la nueva Eva, primicias de la resurrección general de los cuerpos
de toda la humanidad.
Ciertamente, la condición
escatológica de Cristo y la de María no se han de poner en el mismo
nivel. María, nueva Eva, recibió de Cristo, nuevo Adán, la plenitud
de gracia y de gloria celestial, habiendo sido resucitada mediante el
Espíritu Santo por el poder soberano del Hijo.
5. Estas reflexiones,
aunque sean breves, nos permiten poner de relieve que la Asunción de
María manifiesta la nobleza y la dignidad del cuerpo humano.
Frente a la profanación y
al envilecimiento a los que la sociedad moderna somete frecuentemente,
en particular, el cuerpo femenino, el misterio de la Asunción
proclama el destino sobrenatural y la dignidad de todo cuerpo humano,
llamado por el Señor a transformarse en instrumento de santidad y a
participar en su gloria.
María entró en la gloria,
porque acogió al Hijo de Dios en su seno virginal y en su corazón.
Contemplándola, el cristiano aprende a descubrir el valor de su
cuerpo y a custodiarlo como templo de Dios, en espera de la resurrección.
La Asunción, privilegio
concedido a la Madre de Dios, representa así un inmenso valor para la
vida y el destino de la humanidad
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MARÍA REINA DEL UNIVERSO Catequésis |
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1. La devoción popular
invoca a María como Reina. El Concilio, después de recordar la
asunción de la Virgen «en cuerpo y alma a la gloria del cielo»,
explica que fue «elevada (...) por el Señor como Reina del universo,
para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores
(cf. Ap 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen gentium,
59).
En efecto, a partir del
siglo V, casi en el mismo período en que el concilio de Éfeso la
proclama «Madre de Dios», se empieza a atribuir a María el título
e Reina. El pueblo cristiano, con este reconocimiento ulterior de su
excelsa dignidad, quiere ponerla por encima de todas las criaturas,
exaltando su función y su importancia en la vida de cada persona y de
todo el mundo.
Pero ya en un fragmento de
una homilía, atribuido a Orígenes, aparece este comentario a las
palabras pronunciadas por Isabel en la Visitación: «Soy yo quien
debería haber ido a ti, puesto que eres bendita por encima de todas
las mujeres, tú, la madre de mi Señor tu mi Señora» (Fragmenta: PG
13, 1.902 D). En este texto, se pasa espontáneamente de la expresión
«la madre de mi Señor» al apelativo «mi Señora», anticipando lo
que declarará más tarde san Juan Damasceno, que atribuye a María el
título de «Soberana»: «Cuando se convirtió en madre del Creador,
llegó a ser verdaderamente la soberana de todas las criaturas» (De
fide orthodoxa, 4, 14: PG 94, 1.157).
2. Mi venerado predecesor
Pío XII, en la encíclica Ad coeli Reginam, a la que se refiere el
texto de la constitución Lumen gentium, indica como fundamento de la
realeza de María, además de su maternidad, su cooperación en la
obra de la redención. La encíclica recuerda el texto litúrgico: «Santa
María, Reina del cielo y Soberana del mundo, sufría junto a la cruz
de nuestro Señor Jesucristo» (AAS 46 [1954] 634). Establece, además,
una analogía entre María y Cristo, que nos ayuda a comprender el
significado de la realeza de la Virgen. Cristo es rey no sólo porque
es Hijo de Dios, sino también porque es Redentor. María es reina no
sólo porque es Madre de Dios, sino también porque, asociada como
nueva Eva al nuevo Adán, cooperó en la obra de la redención del género
humano (AAS 46 [1954] 635).
En el evangelio según san
Marcos leemos que el día de la Ascensión el Señor Jesús «fue
elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16,19). En el
lenguaje bíblico, «sentarse a la diestra de Dios» significa
compartir su poder soberano. Sentándose «a la diestra del Padre»,
él instaura su reino, el reino de Dios. Elevada al cielo, María es
asociada al poder de su Hijo y se dedica a la extensión del Reino,
participando en la difusión de la gracia divina en el mundo.
Observando la analogía
entre la Ascensión de Cristo y la Asunción de María, podemos
concluir que, subordinada a Cristo, María es la reina que posee y
ejerce sobre el universo una soberanía que le fue otorgada por su
Hijo mismo.
3. El título de Reina no
sustituye, ciertamente, el de Madre: su realeza es un corolario de su
peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le fue
conferido para cumplir dicha misión.
Citando la bula
Ineffabilis Deus, de Pío IX, el Sumo Pontífice Pío XII pone de
relieve esta dimensión materna de la realeza de la Virgen: «Teniendo
hacia nosotros un afecto materno e interesándose por nuestra salvación,
ella extiende a todo el género humano su solicitud. Establecida por
el Señor como Reina del cielo y de la tierra, elevada por encima de
todos los coros de los ángeles y de toda la jerarquía celestial de
los santos, sentada a la diestra de su Hijo único, nuestro Señor
Jesucristo, obtiene con gran certeza lo que pide con sus súplicas
maternas; lo que busca, lo encuentra, y no le puede faltar» (AAS 46
[1954] 636-637).
4. Así pues, los
cristianos miran con confianza a María Reina, y esto no sólo no
disminuye, sino que, por el contrario, exalta su abandono filial en
aquella que es madre en el orden de la gracia.
Más aún, la solicitud de
María Reina por los hombres puede ser plenamente eficaz precisamente
en virtud del estado glorioso posterior a la Asunción. Esto lo
destaca muy bien san Germán de Constantinopla, que piensa que ese
estado asegura la íntima relación de María con su Hijo, y hace
posible su intercesión en nuestro favor. Dirigiéndose a María, añade:
Cristo quiso «tener, por decirlo así, la cercanía de tus labios y
de tu corazón; de este modo, cumple todos los deseos que le expresas,
cuando sufres por tus hijos, y él hace, con su poder divino, todo lo
que le pides» (Hom 1: PG 98, 348).
5. Se puede concluir que
la Asunción no sólo favorece la plena comunión de María con Cristo,
sino también con cada uno de nosotros: está junto a nosotros, porque
su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro itinerario terreno
diario. También leemos en san Germán: «Tú moras espiritualmente
con nosotros, y la grandeza de tu desvelo por nosotros manifiesta tu
comunión de vida con nosotros» (Hom 1: PG 98, 344).
Por tanto, en vez de crear
distancia entre nosotros y ella, el estado glorioso de María suscita
una cercanía continua y solícita. Ella conoce todo lo que sucede en
nuestra existencia, y nos sostiene con amor materno en las pruebas de
la vida.
Elevada a la gloria
celestial, María se dedica totalmente a la obra de la salvación,
para comunicar a todo hombre la felicidad que le fue concedida. Es una
Reina que da todo lo que posee, compartiendo, sobre todo, la vida y el
amor de Cristo.
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