EL CAMINO DE MARÍA

Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

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Vivamos este mes con confianza en Dios imitando la Fe de María.
 
Como Ella, también nosotros podemos mirar con atención y conservar en el corazón las maravillas que Dios lleva a cabo cada día en la historia. Así aprenderemos a reconocer en la trama de la vida diaria la intervención constante de la divina Providencia, que todo lo guía con sabiduría y amor.

Nunca como hoy la Iglesia ha tenido la oportunidad de hacer llegar el Evangelio, con el testimonio y la palabra, a todos los hombres y a todos los pueblos. Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo. Como los Apóstoles después de la Ascensión de Cristo, la Iglesia debe reunirse en el Cenáculo con « María, la madre de Jesús » (Act 1, 14), para implorar el Espíritu y obtener fuerza y valor para cumplir el mandato misionero. También nosotros, mucho más que los Apóstoles, tenemos necesidad de ser transformados y guiados por el Espíritu Santo. (Encíclica Redemptoris Missio, 92)
 
 
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"..Internet es ciertamente un nuevo «foro», entendido en el antiguo sentido romano de lugar público donde se trataba de política y negocios, se cumplían los deberes religiosos, se desarrollaba gran parte de la vida social de la ciudad, y se manifestaba lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Era un lugar de la ciudad muy concurrido y animado, que no sólo reflejaba la cultura del ambiente, sino que también creaba una cultura propia. Esto mismo sucede con el ciberespacio, que es, por decirlo así, una nueva frontera que se abre al inicio de este nuevo milenio. Como en las nuevas fronteras de otros tiempos, ésta entraña también peligros y promesas, con el mismo sentido de aventura que caracterizó otros grandes períodos de cambio. Para la Iglesia, el nuevo mundo del ciberespacio es una llamada a la gran aventura de usar su potencial para proclamar el mensaje evangélico. Este desafío está en el centro de lo que significa, al comienzo del milenio, seguir el mandato del Señor de «remar mar adentro»: «Duc in altum» (Lc 5, 4). (Juan Pablo II: "Internet: un nuevo foro para la proclamación del Evangelio" , 12 de mayo de 2002)

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"El Camino de María" difunde la Catequesis de Juan Pablo II sobre:

El Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y el mundo

El Espíritu Santo prometido.
Pentecostés y el inicio de la Iglesia.
El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento.
El Espíritu Santo y Jesucristo.
El Espíritu Santo en el Nuevo Testamento.
El Espíritu Santo, alma de la Iglesia.

María en la vida de la Iglesia y de cada cristiano

La presencia de María en la historia de la Iglesia
La fe de la Iglesia en María.
El papel de María en la Iglesia

Los siguientes son algunos de los documentos a los que se hace referencia en forma permanente en las distintas Catequesis del Santo Padre:

a) Constitución Lumen Gentium, Capítulo .VIII (Concilio Vaticano II)

b) Carta-Encíclica Dominun et Vivificantem (Juan Pablo II)

b) Carta-Encíclica Redemptoris Mater. (Juan Pablo II)

c) Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae. (Juan Pablo II)

d) Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte. (Juan Pablo II)

e) Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia (Juan Pablo II)

f) Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine (Juan Pablo II)

Los textos de todas las ediciones del "El Camino de María" las puede leer e imprimir "on-line" en la siguiente dirección de nuestra Hemeroteca Digital "Mater Dei"

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Que el Espíritu Santo, por mediación de María, nos conceda a cada uno de los fieles un impulso creciente en la obra catequética para poder ser artífices del "...amanecer de una nueva época misionera..." . Para ello le invitamos a dirigirse a Él con la oración compuesta por Juan Pablo II con ocasión del segundo año del preparación al Jubileo del año 2000 dedicado al Espíritu Santo.

VEN, ESPÍRITU DE AMOR Y DE PAZ!

Juan Pablo II

Espíritu Santo, dulce huésped del alma,
muéstranos el sentido profundo del gran jubileo
y prepara nuestro espíritu para celebrarlo con fe,
en la esperanza que no defrauda,
en la caridad que no espera recompensa.

Espíritu de verdad, que conoces las profundidades de Dios,
memoria y profecía de la Iglesia,
dirige la humanidad para que reconozca en Jesús de Nazaret
el Señor de la gloria, el Salvador del mundo,
la culminación de la historia.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

Espíritu creador, misterioso artífice del Reino,
guía la Iglesia con la fuerza de tus santos dones
para cruzar con valentía el umbral del nuevo milenio
y llevar a las generaciones venideras
la luz de la Palabra que salva.

Espíritu de santidad, aliento divino que mueve el universo,
ven y renueva la faz de la tierra.
Suscita en los cristianos el deseo de la plena unidad,
para ser verdaderamente en el mundo signo e instrumento
de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

Espíritu de comunión, alma y sostén de la Iglesia,
haz que la riqueza de los carismas y ministerios
contribuya a la unidad del Cuerpo de Cristo,
y que los laicos, los consagrados y los ministros ordenados
colaboren juntos en la edificación del único reino de Dios.

Espíritu de consuelo, fuente inagotable de gozo y de paz,
suscita solidaridad para con los necesitados,
da a los enfermos el aliento necesario,
infunde confianza y esperanza en los que sufren,
acrecienta en todos el compromiso por un mundo mejor.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

Espíritu de sabiduría, que iluminas la mente y el corazón,
orienta el camino de la ciencia y de la técnica
al servicio de la vida, de la justicia y de la paz.
Haz fecundo el diálogo con los miembros de otras religiones,
y que las diversas culturas se abran a los valores del Evangelio.

Espíritu de vida, por el cual el Verbo se hizo carne
en el seno de la Virgen, mujer del silencio y de la escucha,
haznos dóciles a las muestras de tu amor
y siempre dispuestos a acoger los signos de los tiempos
que tú pones en el curso de la historia.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

A ti, Espíritu de amor,
junto con el Padre omnipotente
y el Hijo unigénito,
alabanza, honor y gloria
por los siglos de los siglos. Amén.

Marisa y Eduardo Vinante

Editores de "El Camino de María".

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

MARÍA EN EL CAMINO HACIA EL PADRE

Audiencia General del miércoles 12 de enero de 2000

El ESPÍRITU SANTO Y LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

Audiencia General del miércoles 23 de septiembre de 1998

MARÍA EN EL CAMINO HACIA EL PADRE

Queridos hermanos y hermanas:

1. Completando nuestra reflexión sobre María al concluir el ciclo de catequesis dedicado al Padre, hoy queremos subrayar su papel en nuestro camino hacia el Padre.

Él mismo quiso la presencia de María en la historia de la salvación. Cuando decidió enviar a su Hijo al mundo, quiso que viniera a nosotros naciendo de una mujer (cf. Ga 4, 4). Así quiso que esta mujer, la primera que acogió a su Hijo, lo comunicara a toda la humanidad.

Por tanto, María se encuentra en el camino que va desde el Padre a la humanidad como Madre que da a todos a su Hijo, el Salvador
. Al mismo tiempo, está en el camino que los hombres deben recorrer para ir al Padre, por medio de Cristo en el Espíritu (cf. Ef 2, 18).

2. Para comprender la presencia de María en el itinerario hacia el Padre debemos reconocer, con todas las Iglesias, que Cristo es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6) y el único Mediador entre Dios y los hombres (cf. 1 Tm 2, 5). María se halla insertada en la única mediación de Cristo y está totalmente a su servicio. Por consiguiente, como subrayó el Concilio en la Lumen gentium, "la misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia" (n. 60). No afirmamos un papel de María en la vida de la Iglesia fuera de la mediación de Cristo o junto a ella, como si se tratara de una mediación paralela o en competencia con la de Cristo.

Como afirmé expresamente en la encíclica Redemptoris Mater, la mediación materna de María "es mediación en Cristo" (n. 38). El Concilio explica: "Todo el influjo de la santísima Virgen en la salvación de los hombres no tiene su origen en ninguna necesidad objetiva, sino en que Dios lo quiso así. Brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella, y de ella saca toda su eficacia; favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo" (Lumen gentium, 60).

También María fue redimida por Cristo; más aún, es la primera de los redimidos, dado que la gracia que Dios Padre le concedió al inicio de su existencia se debe "a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano", como afirma la bula Ineffabilis Deus del Papa Pío IX (DS 2803). Toda la cooperación de María en la salvación está fundada en la mediación de Cristo, la cual, como precisa también el Concilio, "no excluye sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente" (Lumen gentium, 62).

La mediación de María, considerada desde esta perspectiva, se presenta como el fruto más alto de la mediación de Cristo y está esencialmente orientada a hacer más íntimo y profundo nuestro encuentro con él: "La Iglesia no duda en atribuir a María esta misión subordinada, la experimenta sin cesar y la recomienda al corazón de sus fieles para que, apoyados en su protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador" (ib.).

3. En realidad, María no quiere atraer la atención hacia su persona. Vivió en la tierra con la mirada fija en Jesús y en el Padre celestial. Su deseo más intenso consiste en hacer que las miradas de todos converjan en esa misma dirección. Quiere promover una mirada de fe y de esperanza en el Salvador que nos envió el Padre.

Fue modelo de una mirada de fe y de esperanza sobre todo cuando, en la tempestad de la pasión de su Hijo, conservó en su corazón una fe total en él y en el Padre. Mientras los discípulos, desconcertados por los acontecimientos, quedaron profundamente afectados en su fe, María, a pesar de la prueba del dolor, permaneció íntegra en la certeza de que se realizaría la predicción de Jesús: "El Hijo del hombre (...) al tercer día resucitará" (Mt 17, 22-23). Una certeza que no la abandonó ni siquiera cuando acogió entre sus brazos el cuerpo sin vida de su Hijo crucificado.

4. Con esta mirada de fe y de esperanza, María impulsa a la Iglesia y a los creyentes a cumplir siempre la voluntad del Padre, que nos ha manifestado Cristo.

Las palabras que dirigió a los sirvientes, para el milagro de Caná, las repite a todas las generaciones de cristianos: "Haced lo que él os diga" (Jn 2, 5).

Los sirvientes siguieron su consejo y llenaron las tinajas hasta el borde. Esa misma invitación nos la dirige María hoy a nosotros. Es una exhortación a entrar en el nuevo período de la historia con la decisión de realizar todo lo que Cristo dijo en el Evangelio en nombre del Padre y actualmente nos sugiere mediante el Espíritu Santo, que habita en nosotros.

Si hacemos lo que nos dice Cristo, el milenio que comienza podrá asumir un nuevo rostro, más evangélico y más auténticamente cristiano, y responder así a la aspiración más profunda de María.

5. Por consiguiente, las palabras: "Haced lo que él os diga", señalándonos a Cristo, nos remiten también al Padre, hacia el que nos encaminamos. Coinciden con la voz del Padre que resonó en el monte de la Transfiguración: "Este es mi Hijo amado (...), escuchadlo" (Mt 17, 5). Este mismo Padre, con la palabra de Cristo y la luz del Espíritu Santo, nos llama, nos guía y nos espera.

Nuestra santidad consiste en hacer todo lo que el Padre nos dice. El valor de la vida de María radica precisamente en el cumplimiento de la voluntad divina. Acompañados y sostenidos por María, con gratitud recibimos el nuevo milenio de manos del Padre y nos comprometemos a corresponder a su gracia con entrega humilde y generosa.

EL ESPÍRITU SANTO Y LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

Queridos hermanos y hermanas:

1. En la Carta Apostólica Tertio millennio adveniente, refiriéndome al año dedicado al Espíritu Santo, exhorté a toda la Iglesia a «descubrir al Espíritu como aquel que construye el reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos» (n. 45).

2. La Iglesia, para cumplir este «deber permanente» suyo (cf. ib., 4), está invitada a redescubrir de modo cada vez más profundo y vital que Jesucristo, el Señor crucificado y resucitado es «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (ib., 10). El constituye «el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones» (ib., 45). Asimismo la Iglesia reconoce que sólo el Espíritu Santo, al imprimir en el corazón de los creyentes la imagen viva del Hijo de Dios hecho hombre, puede hacerlos capaces de escrutar la historia, descubriendo en ella los signos de la presencia y de la acción de Dios.

El apóstol san Pablo escribe: «¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado» (1 Co 2, 11-12). Sostenida por este don incesante del Espíritu la Iglesia experimenta con íntima gratitud que «la fe lo ilumina todo con una luz nueva y manifiesta el plan divino sobre la vocación integral del hombre, y por ello dirige la mente hacia soluciones plenamente humanas» (Gaudium et spes, 11).

3. El Concilio Vaticano II, con una expresión tomada del lenguaje de Jesús mismo, designa como «signos de los tiempos» (ib., 4) los indicios significativos de la presencia y de la acción del Espíritu de Dios en la historia.

La advertencia que dirige Jesús a sus contemporáneos resuena fuerte y saludable también para nosotros hoy: «Sabéis interpretar el aspecto del cielo y no podéis interpretar los signos de los tiempos. ¡Generación malvada y adúltera! Pide un signo y no se le dará otro signo que el signo de Jonás» (Mt 16, 3-4).

En la perspectiva de la fe cristiana, la invitación a discernir los signos de los tiempos corresponde a la novedad escatológica introducida en la historia por la venida del Espíritu Santo a nosotros (cf. Jn 1, 14)

4. Como primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8, 29) Cristo fue el primero en vencer la «tentación» diabólica de servirse de medios mundanos para realizar la venida del reino de Dios. Eso aconteció desde las pruebas mesiánicas en el desierto hasta el sarcástico reto que le dirigieron mientras estaba clavado en la cruz: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27, 40). En Jesús crucificado se da una especie de transformación y concentración de los signos: él mismo es el «signo de Dios», sobre todo en el misterio de su muerte y resurrección. Para discernir los signos de su presencia en la historia es preciso liberarse de toda pretensión mundana y acogerel Espíritu que «todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (1 Co 2, 10).

5. Si nos preguntáramos cuándo tendrá lugar la realización del reino de Dios, Jesús nos respondería, como a los Apóstoles, que a nosotros no toca «conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado con su autoridad» (Hch 1, 7). Jesús nos pide también a nosotros que acojamos la fuerza del Espíritu, para ser sus testigos «en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). La disposición providencial de los signos de los tiempos se hallaba escondida primero en el secreto del designio del Padre (cf. Rm 16, 25; Ef 3, 9). Luego hizo irrupción en la historia y en ella se desarrolló con el signo paradójico del Hijo crucificado y resucitado (cf. 1 P 1, 19-21). Es acogida e interpretada por los discípulos de Cristo a la luz y con la fuerza del Espíritu, en espera vigilante y activa de la llegada definitiva que llevará a plenitud la historia, más allá de sí misma, en el seno del Padre.

6. Así, por disposición del Padre, el tiempo se despliega como una invitación a «conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» para irse «llenando hasta la total plenitud de Dios» (Ef 3, 19). El secreto de este camino es el Espíritu Santo, que nos guía «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13).

Con el corazón confiadamente abierto a esta perspectiva de esperanza, invoco del Señor la abundancia de los dones del Espíritu para toda la Iglesia «a fin de que la "primavera" del concilio Vaticano II encuentre en el nuevo milenio su "verano", es decir, su desarrollo maduro».

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