Las últimas palabras de Cristo en la cruz: "Padre, perdónales..."
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles, 16 de noviembre de 1988
1. Todo lo que Jesús enseñó e hizo durante su vida mortal, en la cruz llega al
culmen de la verdad y la santidad. Las palabras que Jesús pronunció entonces
constituyen su mensaje supremo y definitivo y, al mismo tiempo, la confirmación
de una vida santa, concluida con el don total de Sí mismo, en obediencia al
Padre, por la salvación del mundo. Aquellas palabras, recogidas por su Madre y
los discípulos presentes en el Calvario, fueron trasmitidas a las primeras
comunidades cristianas y a todas las generaciones futuras para que iluminaran el
significado de la obra redentora de Jesús e inspiraran a sus seguidores durante
su vida y en el momento de la muerte. Meditemos también nosotros esas palabras,
como lo han hecho tantos cristianos, en todas las épocas.
2. El primer descubrimiento que hacemos al releerlas es que se encuentra en
ellas un mensaje de perdón. "Padre perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc
23, 34): según la narración de Lucas, ésta es la primera palabra pronunciada por
Jesús en la cruz. Preguntémonos inmediatamente: ¿No es, quizá la palabra que
necesitábamos oír pronunciar sobre nosotros?
Pero en aquel ambiente, tras aquellos acontecimientos, ante aquellos hombres
reos por haber pedido su condena y haberse ensañado tanto contra Él, ¿quién
habría imaginado que saldría de los labios de Jesús aquella palabra? Con todo,
el Evangelio nos da esta certeza: ¡Desde lo alto de la cruz resonó la palabra,
"perdón"!
3. Veamos los aspectos fundamentales de aquél mensaje de perdón.
Jesús no sólo perdona, sino que pide el perdón del Padre para
los que lo han entregado a la muerte, y por tanto también para todos nosotros.
Él es signo de la sinceridad total del perdón de Cristo y del amor que deriva.
Es un hecho nuevo en la historia, incluso en la de la Alianza. En el Antiguo
Testamento leemos muchos textos de los Salmistas que pedían la venganza o el
castigo del Señor para sus enemigos: textos que en la oración cristiana, también
la litúrgica, se repiten no sin sentir la necesidad de interpretarlos
adecuándolos a la enseñanza y ejemplo de Jesús, que amó también a los enemigos.
Lo mismo puede decirse de ciertas expresiones del Profeta Jeremías (11, 20; 20,
12; 15, 15) y de los mártires judíos en el Libro de los Macabeos (cf. 2 Mac 7,
9. 14, 17. 19). Jesús cambia esa posición ante Dios y pronuncia otras palabras
muy distintas. Había recordado a quien le reprochaba su trato frecuente con
"pecadores", que ya en el Antiguo Testamento, según la palabra inspirada, Dios
"quiere misericordia" (cf. Mt 9, 13).
4. Nótese además que Jesús perdona inmediatamente, aunque la hostilidad de los
adversarios continúa manifestándose. El perdón es su única respuesta a la
hostilidad de aquellos. Su perdón se dirige a todos los que, humanamente
hablando, son responsables de su muerte, no sólo a los ejecutores, los soldados,
sino a todos aquellos, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos, que están
en el origen del comportamiento que ha llevado a su condena y crucifixión. Por
todos ellos pide perdón y así los defiende ante el Padre, de manera que el
Apóstol Juan, tras haber recomendado a los cristianos que no pequen, puede
añadir: "Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a
Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no
sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero" (1 Jn 2, 1-2). En
esta línea se sitúa también el Apóstol Pedro que, en su discurso al pueblo de
Jerusalén, extiende a todos la acusación de "ignorancia" (Act 3, 17; cf. Lc 23,
34) y la oferta del perdón (Act 3, 19). Para todos nosotros es consolador saber
que, según la Carta a los Hebreos, Cristo crucificado, Sacerdote eterno,
permanece siempre como el que intercede en favor de los pecadores que se acercan
a Dios a través de Él (cf. Heb 7, 25).
Él es el Intercesor, y también el Abogado, el "Paráclito" (cf. 1 Jn 2, 1), que
en la cruz, en lugar de denunciar la culpabilidad de los que lo crucifican, la
atenúa diciendo que no se dan cuenta de lo que hacen. Es benevolencia de juicio;
pero también la conformidad con la verdad real, la que sólo Él puede ver en
aquellos adversarios suyos y en todos los pecadores: muchos pueden ser menos
culpables de lo que parezca o se piense, y precisamente por esto Jesús enseñó a
"no juzgar" (cf. Mt 7, 1): ahora, en el Calvario se hace intercesor y defensor
de los pecadores ante el Padre.
5. Este perdón desde la cruz es la imagen y el principio de aquel perdón que
Cristo quizo traer a toda la humanidad mediante su sacrificio. Para merecer este
perdón y positivamente, la gracia que purifica y da la vida divina, Jesús hizo
la ofrenda heróica de Sí mismo por toda la humanidad. Todos los hombres, cada
uno en la concreción de su propio yo, de su bien y mal, están, pues,
comprendidos potencialmente e incluso se diría que intencionalmente en la
oración de Jesús al Padre: "perdónalos". También vale para nosotros aquella
petición de clemencia y como de comprensión celestial: "Porque no saben lo que
hacen". Quizá ningún pecador escapa a esa ausencia de conocimiento y, por tanto,
al alcance de aquella impetración de perdón que brota del corazón tiernísimo de
Cristo que muere en la cruz. Sin embargo, esto no debe empujar a nadie a no
tomar en serio la riqueza de la bondad, de la tolerancia y de la paciencia de
Dios hasta no reconocer que tal bondad le invita a la conversión (cf. Rom 2, 4).
Con la dureza de su corazón impenitente acumularía cólera sobre sí para el día
de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios (cf. Rom 2, 5). No
obstante, también Cristo al morir pidió por él perdón al Padre, aunque fuera
necesario un milagro para su conversión. ¡Tampoco él, en efecto, sabe lo que
hace!
6. Es interesante constatar que ya en el ámbito de las primeras comunidades
cristianas, el mensaje del perdón fue acogido y seguido por los primeros
mártires de la fe que repitieron la oración de Jesús al Padre casi con sus
mismas palabras. Así lo hizo San Esteban protomártir, quién, según los Hechos de
los Apóstoles, en el momento de su muerte pidió: "Señor, no les tengas en cuenta
este pecado" (Act 7, 60). También Santiago durante su martirio, según dice
Eusebio de Cesarea, tomó los términos de Jesús en demanda de perdón (Eusebio,
Historia Ecles. II, 23, 16). Por lo demás, ello constituía la aplicación de la
enseñanza del Maestro que les había recomendado: "Rezad por los que os persigan"
(Mt 5, 44). A la enseñanza, Jesús añadió el ejemplo en el momento supremo de su
vida, y sus primeros seguidores siguieron este ejemplo perdonando y pidiendo el
perdón divino para sus perseguidores.
7. Pero tenían presente también otro hecho concreto sucedido en el Calvario y
que se integra en el mensaje de la cruz como mensaje de perdón. Dice Jesús a un
malhechor crucificado con Él: "En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el
paraíso" (Lc 23, 43). Es un hecho impresionante, en el que vemos en acción todas
las dimensiones de la obra salvífica, que se concreta en el perdón. Aquel
malhechor había reconocido su culpabilidad, amonestando a su cómplice y
compañero de suplicio, que se mofaba de Jesús: "Nosotros con razón, porque nos
lo hemos merecido con nuestros hechos"; y había pedido a Jesús poder participar
en el reino que Él había anunciado: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu
reino" (Lc 23, 42). Consideraba injusta la condena de Jesús: "No ha hecho nada
malo". No compartía pues las imprecaciones de su compañero de condena ("Sálvate
a ti y a nosotros", Lc 23, 39) y de los demás que, como los jefes del pueblo,
decían: "A otros salvó, que se salve a sí mismo si es el Cristo de Dios, el
Elegido" (Lc 23, 35), ni los insultos de los soldados: "Si tú eres el Rey de los
judíos, sálvate" (Lc 23, 37).
El malhechor, por tanto, pidiendo a Jesús que se acordara de él, profesa su fe
en el Redentor; en el momento de morir, no sólo acepta su muerte como justa pena
al mal realizado, sino que se dirige a Jesús para decirle que pone en Él toda su
esperanza.
Esta es la explicación más obvia de aquel episodio narrado por Lucas, en el que
el elemento psicológico -es decir, la transformación de los sentimientos del
malhechor-, teniendo como causa inmediata la impresión recibida del ejemplo de
Jesús inocente que sufre y muere perdonando, tiene, sin embargo, su verdadera
raíz misteriosa en la gracia del Redentor, que "convierte" a este hombre y le
otorga el perdón divino. La respuesta de Jesús, en efecto, es inmediata. Promete
el paraíso, en su compañía, para ese mismo día al bandido arrepentido y
"convertido". Se trata pues de un perdón integral: el que había cometido
crímenes y robos -y por tanto pecados- se convierte en santo en el último
momento de su vida.
Se diría que en ese texto de Lucas está documentada la primera canonización de
la historia, realizada por Jesús en favor de un malhechor que se dirige a Él en
aquel momento dramático. Esto muestra que los hombres pueden obtener, gracias a
la cruz de Cristo, el perdón de todas las culpas y también de toda una vida
malvada; que pueden obtenerlo también en el último instante, si se rinden a la
gracia del Redentor que los convierte y salva.
Las palabras de Jesús al ladrón arrepentido contienen también la promesa de la
felicidad perfecta: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". El sacrificio redentor
obtiene, en efecto, para los hombres la bienaventuranza eterna. Es un don de
salvación proporcionado ciertamente al valor del sacrificio, a pesar de la
desproporción que parece existir entre la sencilla petición del malhechor y la
grandeza de la recompensa. La superación de esta desproporción la realiza el
sacrificio de Cristo, que ha merecido la bienaventuranza celestial con el valor
infinito de su vida y de su muerte.
El episodio que narra Lucas nos recuerda que "el paraíso" se ofrece a toda la
humanidad, a todo hombre que, como el malhechor arrepentido, se abre a la gracia
y pone su esperanza en Cristo. Un momento de conversión auténtica, un "momento
de gracia", que podemos decir con Santo Tomás, "vale más que todo el universo"
(I-II, q. 113, a. 9, ad 2), puede pues saldar las deudas de toda una vida, puede
realizar en el hombre -en cualquier hombre- lo que Jesús asegura a su compañero
de suplicio: "Hoy estarás conmigo en el paraíso".
Las últimas palabras de Jesús en la cruz: "Ahí tienes a tu Madre..." -
23-11-1988
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 23 de
noviembre de 1988
1. El mensaje de la cruz comprende algunas palabras supremas de amor que Jesús
dirige a su Madre y al discípulo predilecto Juan, presentes en su suplicio del
Calvario.
San Juan en su Evangelio recuerda que "junto a la cruz de Jesús estaba su Madre"
(Jn 19, 25). Era la presencia de una mujer -ya viuda desde hace años, según lo
hace pensar todo- que iba a perder a su Hijo. Todas las fibras de su ser estaban
sacudidas por lo que había visto en los días culminantes de la pasión y de la
que sentía y presentía ahora junto al patíbulo. ¿Cómo impedir que sufriera y
llorara? La tradición cristiana ha percibido la experiencia dramática de aquella
Mujer llena de dignidad y decoro, pero con el corazón traspasado, y se ha parado
a contemplarla participando profundamente en su dolor: "Stabat Mater
dolorosa/ iuxta Crucem lacrimosa/ dum pendebat Filius".
No se trata sólo de una cuestión "de la carne o de la sangre", ni de un afecto
indudablemente nobilísimo, pero simplemente humano. La presencia de María junto
a la cruz muestra su compromiso de participar totalmente en el sacrificio
redentor de su Hijo. María quiso participar plenamente en los sufrimientos de
Jesús, ya que no rechazó la espada anunciada por Simeón (cf. Lc 2, 35), sino que
aceptó con Cristo el designio misterioso del Padre. Ella era la primera
partícipe de aquel sacrificio, y permanecería para siempre como modelo perfecto
de todos los que aceptaran asociarse sin reservas a la ofrenda redentora.
2. Por otra parte, la compasión materna que se expresaba en
esa presencia, contribuía a hacer más denso y profundo el drama de aquella
muerte en cruz, tan cercano al drama de muchas familias, de tantas madres e
hijos, reunidos por la muerte tras largos períodos de separación por razones de
trabajo, de enfermedad, de violencia causada por individuos o grupos.
Jesús, que vio a su Madre junto a la cruz, la evoca en la estela de recuerdos de
Nazaret, de Caná, de Jerusalén; quizá revive los momentos del tránsito de José,
y luego de su alejamiento de Ella, y de la soledad en la que vivió en los
últimos años, soledad que ahora se va a acentuar. María, a su vez, considera
todas las cosas que a lo largo de los años "ha conservado en su corazón" (cf. Lc
2, 19. 51), y que ahora comprende mejor que nunca en orden a la cruz. El dolor y
la fe se funden en su alma. Y he aquí que, en un momento, se da cuenta que desde
lo alto de la cruz Jesús la mira y le habla.
3. "Jesús, viendo a su Madre y junto a ella al discípulo a
quien amaba, dice a su madre: 'Mujer, ahí tienes a tu hijo'" (Jn 19, 26). Es un
acto de ternura y piedad filial. Jesús no quiere que su Madre se quede sola. En
su puesto le deja como hijo al discípulo que María conoce como el predilecto.
Jesús confía de esta manera a María una nueva maternidad y la pide que trate a
Juan como a hijo suyo. Pero aquella solemnidad del acto de confianza ("Mujer,
ahí tienes a tu hijo"), ese situarse en el corazón mismo del drama de la cruz,
esa sobriedad y concentración de palabras que se dirán propias de una formula
casi sacramental, hacen pensar que, por encima de las relaciones familiares, se
considere el hecho en la perspectiva de la obra de la salvación en el que la
mujer-María, se ha comprometido con el Hijo del hombre en la misión redentora.
Como conclusión de esta obra, Jesús pide a María que acepte definitivamente la
ofrenda que Él hace de Sí mismo como víctima de expiación, y que considere ya a
Juan como hijo suyo. Al precio de su sacrificio materno recibe esa nueva
maternidad.
4. Ese gesto filial, lleno de valor mesiánico, va mucho más allá de la persona
del discípulo amado, designado como hijo de María. Jesús quiere dar a María una
descendencia mucho más numerosa, quiere instituir una maternidad para María que
abarque a todos sus seguidores y discípulos de entonces y de todos los tiempos.
El gesto de Jesús tiene, pues, un valor simbólico. No es sólo un gesto de
carácter familiar, como el de un hijo que se ocupa de la suerte de su madre,
sino que es el gesto del Redentor del mundo que asigna a María, como "mujer", un
papel de maternidad nueva con relación a todos los hombres, llamados a reunirse
en la Iglesia. En ese momento, pues, María es constituida, y casi se diría
"consagrada", como Madre de la Iglesia desde lo alto de la cruz.
5. En este don hecho a Juan y, en él, a los seguidores de
Cristo y a todos los hombres, hay como una culminación del don que Jesús hace de
Sí mismo a la humanidad con su muerte en cruz. María constituye con Él un
"todo", no sólo porque son madre e hijo "según la carne", sino porque en el
designio eterno de Dios están contemplados, predestinados, colocados juntos en
el centro de la historia de la salvación; de manera que Jesús siente el deber de
implicar a su Madre no sólo en la oblación suya al Padre, sino también en la
donación de Sí mismo a los hombres; María, por su parte, está en sintonía
perfecta con el Hijo en este acto de oblación y de donación, como para prolongar
el "Fiat" de la Anunciación.
Por otra parte, Jesús, en su pasión, se ha visto despojado de todo. En el
Calvario le queda su Madre; con un gesto de desasimiento supremo, la entrega
también al mundo entero, antes de llevar a término su misión con el sacrificio
de la vida. Jesús es consciente de que ha llegado el momento de la consumación,
como dice el Evangelista: "Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba
cumplido..." (Jn 19, 28). Quiere que entre las cosas "cumplidas" esté también en
el don de la Madre a la Iglesia y al mundo.
6. Se trata ciertamente de una maternidad espiritual, que se realiza según la tradición cristiana y la doctrina de la Iglesia, en el orden de la gracia. "Madre en el orden de la gracia" la llama el Concilio Vaticano II (Lumen gentium 61). Por tanto, es esencialmente una maternidad "sobrenatural", que se inscribe en la esfera en la que opera la gracia, generadora de vida divina en el hombre. Por tanto, es objeto de fe, como lo es la misma gracia con la que está vinculada, pero no excluye sino que incluso comporta todo un florecer de pensamientos, de afectos tiernos y suaves, de sentimientos vivísimos de esperanza, confianza, amor, que forman parte del don de Cristo.
Jesús, que había experimentado y apreciado el amor materno de
María en su propia vida, quiso que también sus discípulos pudieran gozar a su
vez de ese amor materno como componente de la relación con Él en todo el
desarrollo de su vida espiritual. Se trata de sentir a María como Madre y de
tratarla como Madre, dejándola que nos forme en la verdadera docilidad a Dios,
en la verdadera unión con Cristo, y en la caridad verdadera con el prójimo.
7. También se puede decir que este aspecto de la relación con María está
incluido en el mensaje de la cruz. El Evangelista dice, en efecto, que Jesús
"luego dijo al discípulo: 'Ahí tienes a tu madre'" (Jn 19, 27). Dirigiéndose al
discípulo, Jesús le pide expresamente que se comporte con María como un hijo con
su madre. Al amor materno de María deberá corresponder un amor filial. Puesto
que el discípulo sustituye a Jesús junto a María, se le invita a que la ame
verdaderamente como madre propia. Es como si Jesús dijera: "Ámala como la he
amado yo". Y ya que en el discípulo, Jesús ve a todos los hombres a los que deja
ese testamento de amor, para todos vale la petición de que amen a María como
Madre. En concreto, Jesús funda con esas palabras suyas el culto mariano de la
Iglesia, a la que hace entender, por medio de Juan, su voluntad de que María
reciba un sincero amor filial por parte de todo discípulo del que Ella es madre
por institución de Jesús mismo. La importancia del culto mariano, querido
siempre por la Iglesia, se deduce de las palabras pronunciadas por Jesús en la
hora misma de su muerte.
8. El Evangelista concluye diciendo que "desde aquella hora el discípulo la
acogió en su casa" (Jn 19, 27). Esto significa que el discípulo respondió
inmediatamente a la voluntad de Jesús: desde aquel momento, acogiendo a María en
su casa, le ha mostrado su afecto filial, la ha rodeado de toda clase de
cuidados, ha obrado de manera que pudiera gozar de recogimiento y de paz a la
espera de reunirse con su Hijo, y desempeñar su papel en la Iglesia naciente,
tanto en Pentecostés como en los años sucesivos.
Aquel gesto de Juan era la puesta en práctica del testamento
de Jesús con respecto a María: pero tenía un valor simbólico para todo discípulo
de Cristo, invitado y acoger a María junto a sí, a hacerle un lugar en la propia
vida. Por la fuerza de las palabras de Jesús al morir, toda vida cristiana debe
ofrecer un "espacio" a María, no puede prescindir de su presencia.
Podemos concluir entonces esta reflexión y catequesis sobre el mensaje de la
cruz, con la invitación que dirijo a cada uno, de preguntarse cómo acoge a María
en su casa, en su vida; también con una exhortación a apreciar cada vez mas el
don que Cristo crucificado nos ha hecho, dejándonos como madre a su misma Madre.
Las últimas palabras de Cristo en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has abandonado?"
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 30 de
noviembre de 1988
1. Según los sinópticos, Jesús gritó dos veces desde la cruz (cf. Mt 27, 46. 50;
Mc 15, 34. 37); sólo Lucas (23, 46) explica el contenido del segundo grito. En
el primero se expresan la profundidad e intensidad del sufrimiento de Jesús, su
participación interior, su espíritu de oblación y también quizá la lectura
profético-mesiánica que Él hace de su drama sobre la huella de un Salmo bíblico.
Cierto que el primer grito manifiesta los sentimientos de desolación y abandono
expresados por Jesús con las primeras palabras del Salmo 21/22: "A la hora nona
gritó Jesús con fuerte voz: 'Eloi, Eloi, lema sabactani?' -que quiere decir-,
'¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?'" (Mc 15, 34; cf. Mt 27, 46).
Marco trae las palabras en arameo. Se puede suponer que ese grito haya parecido
de tal forma característico, que los testigos auriculares del hecho, cuando
narraron el drama del Calvario, encontraron oportuno repetir las mismas palabras
de Jesús en arameo, la lengua que hablaban Él y la mayoría de los israelitas
contemporáneos suyos. A Marco le pudieron ser referidas por Pedro, como sucede
con la palabra "Abbá"= Padre (cf. Mc 14, 36) en la oración de Getsemaní.
2. Que Jesús use en su primer grito las palabras iniciales del Salmo 21/22, es
algo significativo por diversas razones. En el espíritu de Jesús, que
acostumbraba a rezar siguiendo los textos sagrados de su pueblo, se habían
depositado muchas de aquellas palabras y frases que le impresionaban
particularmente porque expresaban mejor la necesidad y la angustia del hombre
delante de Dios y aludían de algún modo a la condición de Aquel que tomaría
sobre sí toda nuestra iniquidad (cf. Is 53, 11).
Por eso, en la hora del Calvario fue espontáneo para Jesús apropiarse de aquella
pregunta que el Salmista hace a Dios sintiéndose agotado por el sufrimiento.
Pero en su boca el "por qué" dirigido a Dios era muy eficaz al expresar un
estupor dolido por el sufrimiento que no tenía una explicación simplemente
humana, sino que constituía un misterio del que sólo el Padre tenía la clave.
Por esto, aún naciendo del recuerdo del Salmo leído o recitado en la sinagoga,
la pregunta encerraba un significado teológico en relación con el sacrificio
mediante el cual Cristo debía, en total solidaridad con el hombre pecador,
experimentar en Sí el abandono de Dios. Bajo el influjo de esta tremenda
experiencia interior, Jesús al morir encuentra la fuerza para estallar con este
grito.
En aquella experiencia, en aquel grito, en aquel "por qué" dirigido al cielo,
Jesús establece también un nuevo modo de solidaridad con nosotros, que tan a
menudo nos vemos llevados a levantar ojos y labios al cielo para expresar
nuestro lamento, y alguno incluso su desesperación.
3. Escuchando a Jesús pronunciar su "por qué", aprendemos que también los
hombres que sufren pueden pronunciarlo, pero con esas mismas disposiciones de
confianza y abandono filial de las que Jesús es maestro y modelo para nosotros.
En el "por qué" de Jesús, no hay ningún sentimiento o resentimiento que lleve a
la rebelión o que induzca a la desesperación; no hay sombra de reproche dirigido
al Padre, sino que es la expresión de la experiencia de fragilidad, de soledad,
de abandono a Sí mismo, hecha por Jesús en nuestro lugar; por Él, que se
convierte así en el primero de los "humillados y ofendidos", el primero de los
abandonados, el primero de los "desamparados" (como le llaman los españoles),
pero que al mismo tiempo nos dice que sobre todos estos pobres hijos de Eva vela
la mirada benigna de la Providencia auxiliadora.
4. En realidad, si Jesús prueba el sentimiento de verse abandonado por el Padre,
sabe, sin embargo, que no lo está en absoluto. Él mismo dijo: "El Padre y yo
somos una sola cosa" (Jn 10, 30), y hablando de la pasión futura: "Yo no estoy
solo porque el Padre está conmigo" (Jn 16, 32). En la cima de su espíritu Jesús
tiene la visión neta de Dios y la certeza de la unión con el Padre. Pero en las
zonas que lindan con la sensibilidad y, por ello, más sujetas a las impresiones,
emociones, repercusiones de las experiencias dolorosas internas y externas, el
alma humana de Jesús se reduce a un desierto, y Él no siente ya la "presencia"
del Padre, sino la trágica experiencia de la más completa desolación
5. Aquí se puede trazar un cuadro sumario de aquella situación psicológica de
Jesús con relación a Dios.
Los acontecimientos exteriores parecen manifestar la ausencia del Padre que deja
crucificar a su Hijo aún disponiendo de "legiones de ángeles" (cf. Mt 26, 53),
sin intervenir para impedir su condena a la muerte y al suplicio. En el huerto
de los Olivos Simón Pedro había desenvainado una espada en su defensa, siendo
rápidamente interrumpido por el mismo Jesús (cf. Jn 18, 10 s.); en el pretorio
Pilato había intentado varias veces maniobras diversas para salvarle (cf. Jn 18,
31. 38 s.; 19, 4-6. 12-15); pero el Padre, ahora, calla. Aquel silencio de Dios
pesa sobre el que muere como la pena más gravosa, tanto más cuanto que los
adversarios de Jesús consideran aquel silencio como su reprobación: "Ha puesto
su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que
dijo: 'Soy Hijo de Dios'" (Mt 27, 43).
En la esfera de los sentimientos y de los afectos, este sentido de la ausencia y
el abandono de Dios fue la pena más terrible para el alma de Jesús, que sacaba
su fuerza y alegría de la unión con el Padre. Esa pena hizo más duros todos los
demás sufrimientos. Aquella falta de consuelo interior fue su mayor suplicio.
6. Pero Jesús sabía que con esta fase extrema de su inmolación, que llegó hasta
las fibras más íntimas de su corazón, completaba la obra de la redención que era
el fin de su sacrificio por la reparación de los pecados. Si el pecado es la
separación de Dios, Jesús debía probar en la crisis de su unión con el Padre, un
sufrimiento proporcionado a esa separación.
Por otra parte, citando el comienzo del Salmo 21/22 que quizá continuó diciendo
mentalmente durante la pasión, Jesús no ignoraba su conclusión, que se
transforma en un himno de liberación y en un anuncio de salvación dado a todos
por Dios. La experiencia del abandono es, pues, una pena pasajera que cede el
puesto a la liberación personal y a la salvación universal. En el alma afligida
de Jesús tal perspectiva alimentó ciertamente la esperanza, tanto más cuanto que
siempre presentó su muerte como un paso hacia la resurrección, como su verdadera
glorificación. Con este pensamiento su alma recobra vigor y alegría sintiendo
que está próxima, precisamente en el culmen del drama de la cruz, la hora de la
victoria.
7. Sin embargo, poco después, quizá por influencia del Salmo 21/22, que
reaparecía en su memoria, Jesús dice estas otras palabras: "Tengo sed" (Jn 19,
28).
Es muy comprensible que con estas palabras Jesús aluda a la sed física, al gran
tormento que forma parte de la pena de la crucifixión, como explican los
estudiosos de estas materias. También se puede añadir que el manifestar su sed
Jesús dio prueba de humildad, expresando una necesidad física elemental, como
habría hecho otro cualquiera. También en esto Jesús se hace y se muestra
solidario con todos los que, vivos o moribundos, sanos o enfermos, pequeños o
grandes, necesitan y piden al menos un poco de agua... (cf. Mt 10, 42). ¡Es
hermoso para nosotros pensar que cualquier socorro prestado aún moribundo, se le
presta a Jesús crucificado!
8. No podemos ignorar la anotación del Evangelista, el cual escribe que Jesús
pronunció tal expresión -"Tengo sed"- "para que se cumpliera la Escritura" (Jn
19, 28). También en esas palabras de Jesús hay otra dimensión, además de la
físico-psicológica. La referencia es también al Salmo 21/22: "Mi garganta está
seca como una teja, la lengua se me pega al paladar; me aprietas contra el polvo
de la muerte" (Sal 21/22, 16). También en el Salmo 68/69, 22, se lee: "Para mi
sed me dieron vinagre".
En las palabras del Salmista se trata de sed física, pero en los labios de Jesús
la sed entra en la perspectiva mesiánica del sufrimiento de la cruz. En su sed,
Cristo moribundo busca otra bebida muy distinta del agua o del vinagre: como
cuando en el pozo de Sicar pidió a la samaritana: "Dame de beber" (Jn 4, 7). La
sed física, entonces, fue símbolo y tránsito hacia otra sed: la de la conversión
de aquella mujer. Ahora, en la cruz, Jesús tiene sed de una humanidad nueva,
como la que deberá surgir de su sacrificio, para que se cumplan las Escrituras.
Por eso relaciona el Evangelista el "grito de sed" de Jesús con las Escrituras.
La sed de la cruz, en boca de Cristo moribundo, es la última expresión de ese
deseo del bautismo que tenía que recibir y de fuego con el cual encender la
tierra, manifestado por Él durante su vida. "He venido a arrojar un fuego sobre
la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo
que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!" (Lc 12, 49-50).
Ahora se va a cumplir ese deseo, y con aquellas palabras Jesús confirma el amor
ardiente con que quiso recibir ese supremo "bautismo" para abrirnos a todos
nosotros la fuente del agua que sacia y salva verdaderamente (cf. Jn 4, 13-14).
Las últimas palabras de Cristo en la cruz: "Todo está cumplido... Padre, en tus
manos pongo mi espíritu" - 7-12-1988
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 7 de
diciembre de 1988
1. "Todo está cumplido" (Jn 19, 30). Según el Evangelio de Juan, Jesús pronunció
estas palabras poco antes de expirar. Fueron las últimas palabras. Manifiestan
su conciencia de haber cumplido hasta el final la obra para la que fue enviado
al mundo (cf. Jn 17, 4). Nótese que no es tanto la conciencia de haber realizado
sus proyectos, cuanto la de haber efectuado la voluntad del Padre en la
obediencia que le impulsa a la inmolación completa de Sí en la cruz. Ya sólo por
esto Jesús moribundo se nos presenta como modelo de lo que debería ser la muerte
de todo hombre: la ejecución de la obra asignada a cada uno para el cumplimiento
de los designios divinos. Según el concepto cristiano de la vida y de la muerte,
los hombres, hasta el momento de la muerte, están llamados a cumplir la voluntad
del Padre, y la muerte es el último acto, el definitivo y decisivo, del
cumplimiento de esta voluntad. Jesús nos lo enseña desde la cruz.
2. "Padre, en tus manos pongo mi espíritu" (Lc 23, 46). Con estas palabras Lucas
explícita el contenido del segundo grito que Jesús lanzó poco antes de morir (cf.
Mc 13, 37; Mt 27, 50). En el primer grito había exclamado: "Dios mío, Dios, mío,
¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34; Mt 27, 46). Estas palabras se completan
con aquellas otras que constituyen el fruto de una reflexión interior madurada
en la oración. Si por un momento Jesús ha tenido y sufrido la tremenda sensación
de ser abandonado por el Padre, ahora su alma actúa del único modo que, como Él
bien sabe, corresponde a un hombre que al mismo tiempo es también el "Hijo
predilecto" de Dios: el total abandono en sus manos.
Jesús expresa este sentimiento suyo con palabras que pertenecen al Salmo 30/31:
el Salmo del afligido que prevé su liberación y da gracias a Dios que la va a
realizar: "A tus manos encomiendo mi espíritu, tú el Dios leal me librarás" (Sal
30/31, 6). Jesús, en su lúcida agonía, recuerda y balbucea también algún
versículo de ese Salmo, recitado muchas veces durante su vida. Pero en la
narración del Evangelista, aquellas palabras en boca de Jesús adquieren un nuevo
valor.
3. Con la invocación "Padre" ("Abbá"), Jesús confiere un acento filial a su
abandono en las manos de! Padre. Jesús muere como Hijo. Muere en perfecta
conformidad con el querer del Padre, con la finalidad de amor que el Padre le ha
confiado y que el Hijo conoce bien.
En la perspectiva del Salmista el hombre, afectado por la desventura y afligido
por el dolor, pone su espíritu en manos de Dios para huir de la muerte que le
amenaza. Jesús, por el contrario, acepta la muerte y pone su espíritu en manos
del Padre para atestiguarle su obediencia y manifestarle su confianza en una
nueva vida. Su abandono es, pues, más pleno y radical, más audaz, más
definitivo, más cargado de voluntad oblativa.
4. Además, este último grito completa el primero, como hemos notado desde el
principio. Retomemos los dos textos y veamos qué resulta de su comparación. Ante
todo bajo el aspecto meramente lingüístico y casi semántico.
El término "Dios" del Salmo 21/22 se toma, en el primer grito, como una
invocación que puede significar extravío del hombre en la propia nada ante la
experiencia del abandono por parte de Dios, considerado en su trascendencia y
experimentado casi en un estado de "separación" (el "Santo", el Eterno, el
Inmutable). En el grito posterior Jesús recurre al Salmo 30/31 insertando la
invocación de Dios como Padre (Abbá), apelativo que le es habitual y con el que
se expresa bien la familiaridad de un intercambio de calor paterno y de actitud
filial.
Además: en el primer grito Jesús también incluye un "por qué" a Dios,
ciertamente con profundo respeto hacia su voluntad, su potencia, su grandeza
infinita, pero sin reprimir el sentido de turbación humana que suscita una
muerte como aquella. Ahora, por el contrario, en el segundo grito, está la
expresión de abandono confiado en los brazos del Padre sabio y benigno, que lo
dispone y rige todo con amor. Ha habido un momento de desolación, en el que
Jesús se ha sentido sin apoyo y defensa por parte de todos, incluso hasta de
Dios: un momento tremendo; pero ha sido superado pronto gracias al acto de
entrega de Sí en manos del Padre, cuya presencia amorosa e inmediata advierte
Jesús en la estructura más profunda de su propio Yo, ya que Él esta en el Padre
como el Padre está en Él (cf. Jn 10, 38; 14, 10 s.), ¡también en la cruz!
5. Las palabras y gritos de Jesús en la cruz, para que puedan comprenderse,
deben considerarse en relación a lo que Él mismo había anunciado anteriormente,
en las predicciones de su muerte y en la enseñanza sobre el destino del hombre a
una nueva vida. La muerte es para todos un paso a la existencia en el más allá;
para Jesús es, más todavía, la premisa de la resurrección que tendrá lugar al
tercer día. La muerte, pues, tiene siempre un carácter de disolución del
compuesto humano, disolución que suscita repulsa; pero tras el grito primero,
Jesús pone con gran serenidad su espíritu en manos del Padre, en vistas a la
nueva vida y, más aún, a la resurrección de la muerte, que señalará la
coronación de misterio pascual. Así, después de todos los tormentos de los
sufrimientos padecidos, físicos y morales, Jesús abraza la muerte como una
entrada en la paz inalterable de ese "seno del Padre" hacia el que ha estado
dirigida toda su vida.
6. Jesús con su muerte revela que al final de la vida el hombre no está
destinado a sumergirse en la oscuridad, en el vacío existencial, en la vorágine
de la nada, sino que está invitado al encuentro con el Padre, hacia el que se ha
movido en el camino de la fe y del amor durante la vida, y en cuyos brazos se ha
arrojado con santo abandono en la hora de la muerte. Un abandono que, como el de
Jesús, comporta el don total de sí por parte de un alma que acepta ser despojada
de su cuerpo y de la vida terrestre, pero que sabe que encontrará la nueva vida,
la participación en la vida misma de Dios en el misterio trinitario, en los
brazos y en el corazón del Padre.
7. Mediante el misterio inefable de la muerte, el alma del Hijo llega a gozar de
la gloria del Padre en la comunión del Espíritu (Amor del Padre y del Hijo).
Esta es la "vida eterna", hecha de conocimiento, de amor, de alegría y de paz
infinita.
El Evangelista Juan dice de Jesús que "entregó el espíritu" (Jn 19, 30). Mateo,
que "exaló el espíritu" (Mt 27, 50), Marcos y Lucas, que "expiró" (Mc 15, 37; Lc
23, 46). Es el alma de Jesús que entra en la visión beatífica en el seno de la
Trinidad. En esta luz de eternidad puede captarse algo de la misteriosa relación
entre la humanidad de Cristo y la Trinidad, que aflora en la Carta a los Hebreos
cuando, hablando de la eficacia salvífica de la Sangre de Cristo, muy superior a
la sangre de los animales ofrecidos en los sacrificios de la Antigua Alianza,
escribe que Cristo en su muerte, "por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo
sin tacha a Dios (Heb 9, 14).
Primeros signos de la fecundidad de la muerte redentora de Cristo
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 14 de diciembre de 1988
1. El Evangelista Marcos escribe que, cuando Jesús murió, el centurión que estaba al lado viéndolo expirar de aquella forma, dijo: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mc 15, 39). Esto significa que en aquel momento el centurión romano tuvo una intuición lúcida de la realidad de Cristo, una percepción inicial de la verdad fundamental de la fe.
El centurión había escuchado los improperios e insultos que habían dirigido a Jesús sus adversarios y, en particular, las mofas sobre el título de Hijo de Dios reivindicado por aquel que ahora no podía descender de la cruz ni hacer nada para salvarse a sí mismo.
Mirando al Crucificado, quizá ya durante a agonía pero de
modo mas intenso y penetrante en el momento de su muerte, y quizá, quién sabe,
encontrándose con su mirada, siente que Jesús tiene razón. Si, Jesús es un
hombre, y muere de hecho; pero en Él hay más que un hombre; es un hombre que
verdaderamente, como el mismo dijo, es Hijo de Dios. Ese modo de sufrir y morir,
ese poner el espíritu en manos del Padre, esa inmolación evidente por una causa
suprema a la que ha dedicado toda su vida, ejercen un poder misterioso sobre
aquel soldado, que quizá ha llegado al Calvario tras una larga aventura militar
y espiritual, como ha imaginado algún escritor, y que en ese sentido puede
representar a cualquier pagano que busca algún testigo revelador de Dios.
2. El hecho es notable también porque en aquella hora los discípulos de Jesús
están desconcertados y turbados en su fe (cf. Mc 14, 50; Jn 16, 32). El
centurión, por el contrario, precisamente en esa hora inaugura la serie de
paganos que, muy pronto, pedirán ser admitidos entre los discípulos de aquel
Hombre en el que, especialmente después de su resurrección, reconocerán al Hijo
de Dios, como lo testificar los Hechos de los Apóstoles.
El centurión del Calvario no espera la resurrección: le bastan aquella muerte, aquellas palabras y aquella mirada del moribundo, para llegar a pronunciar su acto de fe. ¿Cómo no ver en esto el fruto de un impulso de la gracia divina, obtenido con su sacrificio por Cristo Salvador a aquel centurión?
El centurión, por su parte, no he dejado de poner la condición indispensable para recibir la gracia de la fe: la objetividad, que es la primera forma de lealtad. Él ha mirado, ha visto, ha cedido ante la realidad de los hechos y por eso se le ha concedido creer. No ha hecho cálculos sobre las ventajas de estar de parte del sanedrín, ni se ha dejado intimidar por él, como Pilato (cf. Jn 19, 8); ha mirado a las personas y a las cosas y ha asistido como testigo imparcial a la muerte de Jesús. Su alma en esto estaba limpia y bien dispuesta. Por eso le ha impresionado la fuerza de la verdad y ha creído. No dudó en proclamar que aquel hombre era Hijo de Dios. Era el primer signo de la redención ya acaecida.
3. San Juan registra otro signo cuando escribe que "uno de los soldados con una lanza le abrió el costado y al punto salió sangre y agua" (Jn 19, 34).Nótese que Jesús ya está muerto. Ha muerto antes que los dos malhechores crucificados con Él. Esto prueba la intensidad de sus sufrimientos.
La lanzada no es por tanto un nuevo sufrimiento infligido a Jesús. Más bien sirve como signo del don total que Él ha hecho de sí mismo, signo inscrito en su misma carne con la transfixión del costado, y puede decirse que con la apertura de su corazón, manifiesta simbólicamente aquel amor por el que Jesús dio y continuará dando todo a la humanidad.
4. De aquella abertura del corazón corren el agua y la
sangre. Es un hecho que puede explicarse fisiológicamente. Pero el Evangelio lo
cita por su valor simbólico: es un signo y anuncio de la fecundidad del
sacrificio. Es tan grande la importancia que le atribuye el Evangelista que,
apenas narrado el episodio, añade: "El que lo vio lo atestigua y su testimonio
es válido, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis" (Jn 19,
35). Se apela por tanto a una constatación directa, realizada por el mismo, para
subrayar que se trata de un acontecimiento cargado de un valor significativo
respecto a los motivos y efectos del sacrificio de Cristo.
5. De hecho el Evangelista reconoce en el suceso el cumplimiento de lo que había
sido predicho en dos textos proféticos. El primero, respecto al cordero pascual
de los hebreos, al cual, "no se le quebrará hueso alguno" (Ex 12, 46; Núm 9, 12;
cf. Sal 34, 21). Para el Evangelista Cristo crucificado es, pues, el Cordero
pascual y el "Cordero desangrado", como dice Santa Catalina de Siena, el Cordero
de la Nueva Alianza prefigurado en la pascua de la ley antigua y "signo eficaz"
de la nueva liberación de la esclavitud del pecado no sólo de Israel sino de
toda la humanidad.
6. La otra cita bíblica que hace Juan es un texto oscuro
atribuido al Profeta Zacarías que dice: "Mirarán al que traspasaron" (Zac 12,
10). La profecía se refiere a la liberación de Jerusalén y Judá por manos de un
Rey, por cuya venida la nación reconoce su culpa y se lamenta sobre aquel que
ella ha traspasado de la misma manera que se llora por un hijo único que se ha
perdido. El Evangelista aplica el texto a Jesús traspasado y crucificado, ahora
contemplado con amor. A las miradas hostiles del enemigo suceden las miradas
contemplativas y amorosas de los que se convierten. Esta posible interpretación
sirve para comprender la perspectiva teológico-profética en la que el
Evangelista considera la historia que ve desarrollarse desde el corazón abierto
de Jesús.
7. La sangre y el agua han sido interpretados de diversa forma en su valor
simbólico.
En el Evangelio de Juan es posible observar una relación entre el agua que brota
del corazón traspasado y la invitación de Jesús en la fiesta de los
Tabernáculos: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí. De su
seno correrán ríos de agua viva" (Jn 7, 37-38; cf. 4, 10-14; Apoc 22, 1). El
Evangelista precisa después que Jesús se refería al Espíritu que iban a
recibirlos que creyeran en Él (Jn 7, 39).
Algunos han interpretado la sangre como símbolo de la
remisión de los pecados por el sacrificio expiatorio y el agua como símbolo de
purificación.Otros han puesto en relación el agua y la sangre con el bautismo y
la Eucaristía.
El Evangelista no ha ofrecido los elementos suficientes para interpretaciones
precisas. Pero parece que se haya dado una indicación en el texto sobre el
corazón traspasado, del que manan sangre y agua; la efusión de gracia que
proviene del sacrificio, como él mismo dice del Verbo encarnado desde el
comienzo de su Evangelio: "De su plenitud hemos recibido todos, y gracia por
gracia" (Jn 1, 16).
8. Queremos concluir observando que el testimonio del discípulo predilecto asume
todo su sentido si pensamos que este discípulo había reclinado su cabeza sobre
el pecho de Jesús durante la ultima Cena. Ahora él veía ese pecho desgarrado.
Por esto sentía la necesidad de subrayar el símbolo de la caridad infinita que
había descubierto en aquel corazón e invitaba a los lectores de su Evangelio y a
todos los cristianos a que contemplaran ese corazón "que tanto había amado a los
hombres" que se habían entregado en sacrificio por ellos.