EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO A LA LUZ DE LA PASIÓN DEL SEÑOR.
 
Audiencia General del miércoles 9 de noviembre de 1988
 
 
'Si el grano de trigo... muere, da mucho fruto' (Jn 12, 24).
 

1. La redención realizada por Cristo al precio de la Pasión y muerte de Cruz, es un acontecimiento decisivo y determinante en la historia de la humanidad, no sólo porque cumple el supremo designio divino de justicia y misericordia, sino también porque revela a la conciencia del hombre un nuevo significado del sufrimiento. Sabemos que no hay un problema que pese más sobre el hombre que éste, particularmente en su relación con Dios. Sabemos que desde la solución del problema del sufrimiento se condiciona el valor de la existencia del hombre sobre la tierra. Sabemos que coincide, en cierta medida, con el problema del mal, cuya presencia en el mundo cuesta tanto aceptar.

La Cruz de Cristo -la Pasión- arroja una luz completamente nueva sobre este problema, dando otro sentido al sufrimiento humano en general.

2. En el Antiguo Testamento el sufrimiento es considerado, globalmente, como pena que debe sufrir el hombre, por parte de Dios justo, por sus pecados. Sin embargo, permaneciendo en el ámbito de tal horizonte de pensamiento, basado en una revelación divina inicial, el hombre encuentra dificultad al dar razón del sufrimiento del que no tiene culpa, o lo que es lo mismo, del inocente. Problema tremendo cuya expresión "clásica" se encuentra en el Libro de Job. Añádase, sin embargo, que en el Libro de Isaías el problema se ve ya desde una luz nueva, cuando parece que la figura del Siervo de Yahvé constituye una preparación particularmente significativa y eficaz en relación con el misterio pascual, en cuyo centro se colocará, junto al "Varón de dolores", Cristo, el hombre sufriente de todos los tiempos y de todos los pueblos.

El Cristo que sufre es, como ha cantado un poeta moderno, "el Santo que sufre", el Inocente que sufre, y, precisamente por ello, su sufrimiento tiene una profundidad mucho mayor en relación con la de todos los otros hombres, incluso de todos los Job, es decir de todos los que sufren en el mundo sin culpa propia. Ya que Cristo es el único que verdaderamente no tiene pecado, y que, más aún, ni siquiera puede pecar. Es, por tanto, Aquél -el único- que no merece absolutamente el sufrimiento. Y sin embargo es también el que lo ha aceptado en la forma más plena y decidida, lo ha aceptado voluntariamente y con amor. Esto significa ese deseo suyo, esa especie de tensión interior de beber totalmente el cáliz del dolor (cf. Jn 18, 11), y esto "por nuestros pecados, no sólo por los nuestros sino también por los de todo el mundo", como explica el Apóstol San Juan (1 Jn 2, 2). En tal deseo, que se comunica también a un alma sin culpa, se encuentra la raíz de la redención del mundo mediante la Cruz. La potencia redentora del sufrimiento está en el Amor.

3. Y así, por obra de Cristo, cambia radicalmente el sentido del sufrimiento. Ya no basta ver en él un castigo por los pecados. Es necesario descubrir en él la potencia redentora y salvífica del amor. El mal del sufrimiento, en el misterio de la redención de Cristo, queda superado y de todos modos transformado: se convierte en la fuerza para la liberación del mal, para la victoria del bien. Todo sufrimiento humano, unido al de Cristo, completa "lo que falta a las tribulaciones de Cristo en la persona que sufre, en favor de su Cuerpo" (cf. Col 1, 24): el Cuerpo es la Iglesia como comunidad salvífica universal.

4. En su enseñanza, llamada normalmente pre-pascual, Jesús dio a conocer más de una vez que el concepto de sufrimiento, entendido exclusivamente como pena por el pecado, es insuficiente y hasta impropio. Así, cuando le hablaron de algunos galileos "cuya sangre Pilato había mezclado con la de sus sacrificios", Jesús preguntó: "¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas...? aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?" (Lc 13, 1 - 2.4). Jesús cuestiona claramente tal modo de pensar, difundido y aceptado comúnmente en aquel tiempo, y hace comprender que la "desgracia" que comporta sufrimiento no se puede entender exclusivamente como un castigo por los pecados personales. "No, os lo aseguro" -declara Jesús-, y añade: "Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo" (Lc 13, 3-4). En el contexto, confrontando estas palabras con las precedentes, es fácil descubrir que Jesús trata de subrayar la necesidad de evitar el pecado, porque este es el verdadero mal, el mal en sí mismo y permaneciendo la solidaridad que une entre sí a los seres humanos, la raíz última de todo sufrimiento. No basta evitar el pecado sólo por miedo al castigo que se puede derivar de él para el que lo comete. Es menester "convertirse" verdaderamente al bien, de forma que la ley de la solidaridad pueda invertir su eficacia y desarrollar, gracias a la comunión con los sufrimientos de Cristo, un influjo positivo sobre los demás miembros de la familia humana.

5. En ese sentido suenan las palabras pronunciadas por Jesús mientras curaba al ciego de nacimiento. Cuando los discípulos le preguntaron. "Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?". Jesús respondió: "Ni él pecó, ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios" (Jn 9, 1-3). Jesús, dando la vista al ciego, dio a conocer las "obras de Dios", que debían revelarse en aquel hombre disminuido, en favor de él y de cuantos llegaran a conocer el hecho. La curación milagrosa del ciego fue un "signo" que llevó al curado a creer en Cristo e introdujo en el ánimo de otros un germen saludable de inquietud (cf. Jn 9, 16). En la profesión de fe del que recibió el milagro se manifestó la esencial "obra de Dios", el don salvífico que recibió junto con el don de la vista: "¿Tú crees en el Hijo del hombre? ... ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?... Le has visto; el que está hablando contigo, ese es... ¡Creo, Señor!" (Jn 9, 35-38).

6. En el fondo de este acontecimiento vislumbramos algún aspecto de la verdad del dolor a la luz de la Cruz. En realidad, un juicio que vea el sufrimiento exclusivamente como castigo del pecado, va contra el amor del hombre. Es lo que aparece ya en el caso de los interlocutores de Job, que le acusan sobre la base de argumentos deducidos de una concepción de la justicia carente de toda apertura al amor (cf. Job 4 ss). Esto se ve mejor aún en el caso del ciego de nacimiento: "¿Quién pecó, el o sus padres, para que haya nacido ciego?" (Jn 9, 2). Es como señalar con el dedo a alguno. Es un sentenciar que pasa del sufrimiento visto como tormento físico, al entendido como castigo por el pecado: alguno debe haber pecado en ese caso, el interesado o sus padres. Es una censura moral: ¡sufre, por eso, debe haber sido culpable!

¡Para poner fin a este modo mezquino e injusto de pensar, era necesario que se revelase en su radicalidad el misterio del sufrimiento del Inocente, del Santo, del "Varón de dolores"! Desde que Cristo escogió la Cruz y murió en el Gólgota, todos los que sufren, particularmente los que sufren sin culpa, pueden encontrarse con el rostro del "Santo que sufre", y hallar en su Pasión la verdad total sobre el sufrimiento, su sentido pleno, su importancia.

7. A la luz de esta verdad, todos los que sufren pueden sentirse llamados a participar en la obra de la redención realizada por medio de la Cruz. Participar en la Cruz de Cristo quiere decir creer en la potencia salvífica del sacrificio que todo creyente puede ofrecer junto al Redentor. Entonces el sufrimiento se libera de la sombra del absurdo, que parece recubrirlo, y adquiere una dimensión profunda, revela su significado y valor creativo. Se diría, entonces, que cambia el escenario de la existencia, del que se aleja cada vez más la potencia destructiva del mal, precisamente porque el sufrimiento produce frutos copiosos. Jesús mismo nos lo revela y promete, cuando dice: "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto" (Jn 12, 23-24) ¡Desde la Cruz a la gloria!

8. Es necesario iluminar con la luz del Evangelio otro aspecto de la verdad del sufrimiento. Mateo nos dice que "Jesús recorría las aldeas... proclamando la Buena Nueva del reino y sanando toda enfermedad y dolencia" (Mt 9, 35). Lucas a su vez narra que cuando interrogaron a Jesús sobre el significado correcto del mandamiento del amor, respondió con la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 30-37). De estos textos se deduce que, según Jesús, el sufrimiento debe impulsar, de forma particular, al amor al prójimo y al compromiso por prestarle los servicios necesarios. Tal amor y tales servicios, desarrollados en cualquier forma posible, constituyen un valor moral fundamental que "acompaña" al sufrimiento. Más aún, Jesús, hablando del juicio final, ha dado particular relieve al concepto de que toda obra de amor llevada a cabo en favor del hombre que sufre, se dirige al Redentor mismo: "Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme" (Mt 25, 35-36). En estas palabras se basa toda la ética "cristiana del servicio, también el social, y la valoración definitiva del sufrimiento aceptado a la luz de la Cruz.

¿No se podía sacar de aquí la respuesta que, también hoy, espera la humanidad? Esa sólo se puede recibir de Cristo crucificado, "el Santo que sufre", que puede penetrar en el corazón mismo de los problemas humanos más tormentosos, porque ya está junto a todos los que sufren y le piden la infusión de una esperanza nueva.

    

DISCURSO DE DESPEDIDA DE SAN PABLO A LOS PRESBÍTEROS DE LA IGLESIA DE ÉFESO

HECHOS DE LOS APÓSTOLES, Capítulo 20, 16-37


16 Pablo había resuelto pasar de largo por Éfeso, para no perder tiempo en Asia. Se daba prisa, porque quería estar, si le era posible, el día de Pentecostés en Jerusalén.
17 Desde Mileto envió a llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso.
18 Cuando llegaron donde él, les dijo: "Vosotros sabéis cómo me comporté siempre con vosotros, desde el primer día que entré en Asia,
19 sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas y con las pruebas que me vinieron por las asechanzas de los judíos;
20 cómo no me acobardé cuando en algo podía seros útil; os predicaba y enseñaba en público y por las casas,
21 dando testimonio tanto a judíos como a griegos para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesús.
22 "Mirad que ahora yo, encadenado en el espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá;
23 solamente sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me testifica que me aguardan prisiones y tribulaciones.
24 Pero yo no considero mi vida digna de estima, con tal que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios.
25 "Y ahora yo sé que ya no volveréis a ver mi rostro ninguno de vosotros, entre quienes pasé predicando el Reino.
26 Por esto os testifico en el día de hoy que yo estoy limpio de la sangre de todos,
27 pues no me acobardé de anunciaros todo el designio de Dios.
28 "Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que Él se adquirió con la Sangre de su propio Hijo.
29 "Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño;
30 y también que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí.
31 Por tanto, vigilad y acordaos que durante tres años no he cesado de amonestaros día y noche con lágrimas a cada uno de vosotros.
32 "Ahora os encomiendo a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados.
33 "Yo de nadie codicié plata, oro o vestidos.
34 Vosotros sabéis que estas manos proveyeron a mis necesidades y a las de mis compañeros.
35 En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir."
36 Dicho esto se puso de rodillas y oró con todos ellos.
37 Rompieron entonces todos a llorar y arrojándose al cuello de Pablo, le besaban, afligidos sobre todo por lo que había dicho: que ya no volverían a ver su rostro. Y fueron acompañándole hasta la nave.

  «EL QUE QUIERA LLEGAR A SER GRANDE ENTRE VOSOTROS, SERÁ VUESTRO SERVIDOR» (Mt 20, 26).
 

... Y ahora la obligada pregunta: ¿qué nos dice a nosotros este aspecto de la vida de Madre Teresa? Ella nos ha recordado que la verdadera grandeza entre los hombres no se mide por el poder que uno ejerce, sino por el servicio que presta: «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor» (Mt 20, 26).

Ninguno está dispensado de comprometerse, en algún modo, al servicio de los pobres, pero el servicio puede adoptar formas diferentes, como múltiples y distintas son las necesidades del hombre. Pablo habla de un «servicio del Espíritu», diakonia Pneumatos (2 Co 3, 8), del cual están encargados los ministros de la nueva alianza. Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, habla de un «servicio de la palabra» propio de los apóstoles, más importante para ellos que el servicio de las mesas (Hch 6, 4). De este servicio forma parte también el ejercicio de la autoridad y el magisterio eclesiástico. «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve», decía Jesús a los apóstoles (Lc 22, 27), ¿y en qué consistía este servicio suyo, más que en instruirles, corregirles y prepararles para la futura misión?

Lo que Madre Teresa recuerda a todos es que todo servicio cristiano, para ser genuino, debe estar motivado por el amor a Cristo. «En cuanto a nosotros –decía el Apóstol a los Corintios— somos vuestros siervos por Jesús» (2 Co 4, 5). Es posible también para todos los cristianos poner en práctica aquello que Madre Teresa llamaba «el Evangelio de los cinco dedos»: «A mí me lo hicisteis». Hacer todo por Jesús, ver a Jesús en quien se está llamado a servir, incluso en la práctica burocrática.

Pero en esta circunstancia, el Predicador de la Casa Pontificia siente la necesidad de abandonar el tono parenético del «qué se debería hacer» para adoptar en cambio el tono gozoso del reconocimiento de lo que ya es. No puedo dejar pasar la ocasión que se me ofrece de unir mi pequeñísima voz a la de toda la Iglesia. Hace veinticinco años que bajo nuestros ojos un hombre se consume en el «servicio del Espíritu». En Juan Pablo II el título Servus servorum Dei, Siervo de los siervos de Dios, introducido por San Gregorio Magno, no ha sido un título entre los demás, sino la síntesis de una vida.

También este servicio, como el de Madre Teresa, ha tenido su fuente en el amor por Jesús. Cuántas veces el Santo Padre ha repetido la frase del Evangelio que presenta el servicio pastoral de Pedro como expresión de amor por Cristo: “Simón de Juan, ¿me amas? Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15 ss). Señal de que esta palabra ha sido el motivo inspirador de su pontificado y el que todavía le impulsa a gastarse por la Iglesia. Madre Teresa decía frecuentemente que «el amor, para ser verdadero, debe doler» y no se puede decir verdaderamente que el sufrimiento haya estado ausente, en todos estos años, de la vida del sucesor de Pedro...

Pero tampoco ha estado ausente una ternura que recuerda la de Madre Teresa. Muchos hemos asistido conmovidos, a la proyección del documental titulado «Juan Pablo II, testigo del Invisible». Entre las imágenes más impactantes se encuentran aquellas en las que el Papa estrecha y besa a los niños, o a los enfermos. Me hacía pensar en las palabras de Dios en Oseas: «Era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla» (Os 11, 4).

Santidad, hay en el Nuevo Testamento un pasaje que parece escrito para ser pronunciado por Usted ante toda la Iglesia y que yo me permito leerlo, más para nosotros que para Usted. La Carta a los Romanos habla de una «consolación que viene de las Escrituras» y que ayuda a «tener viva nuestra esperanza» (Rm 15, 4) y creo que transmitir un poco de esta consolación que viene de las Escrituras es lo único que justifica el oficio que desempeño desde hace veinticuatro años. El pasaje en cuestión es el discurso de despedida de Pablo a la Iglesia de Éfeso:

«Vosotros sabéis cómo me comporté siempre con vosotros...Sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas y con las pruebas que me vinieron...Sabéis cómo no me acobardé cuando en algo podía seros útil; os predicaba y enseñaba en público...Pero yo no considero mi vida digna de estima, con tal que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios...No me acobardé de anunciaros todo el designio de Dios. Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio hijo...Ahora os encomiendo a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados» (Hch 20, 18-32).

En un sólo punto erró San Pablo aquel día, y esto nos tranquiliza; dijo que ya no verían más su rostro, haciendo que todos los presentes se echaran a llorar. Pero era un temor, no una profecía; de las Cartas pastorales sabemos que él volvió a ver a la Iglesia de Éfeso dos años después, al término de su primer apresamiento romano (Cf. 1 Tm 1, 3).

Si he hecho mal tomándome la libertad de hablar así, Santo Padre, reprócheselo a Madre Teresa, porque es ella quien me ha sugerido hacerlo con el amor que esta nueva Catalina de Siena tenía hacia el sucesor de Pedro.

(*) Extractado de «¿CONOCÉIS A JESÚS VIVO?» P. Raniero Cantalamessa Adviento 2003 en la Casa Pontificia . 3ra predicación

http://www.elcaminodemaria.com.ar/Adviento-PredicacionesSantaSede.htm

 

 

LA NOCHE DEL ATLETA DE DIOS

Vittorio Messori (*)

Me acompaña desde ayer un extraño pensamiento: ¿Qué haría si me fuese concedido compartir la pena -y, a la vez, gozar el privilegio- de los que velan las noches del Papa, en su habitación de enfermo en la última planta del hospital que quiso erigir el tempestuoso converso Agostino Gemelli?

Una pequeña silla en un ángulo en penumbra y sin otro empeño que el de estarme quieto, meditando en silencio, dejando a otros, obviamente, los asuntos que no me incumben. Sufrir la pena, digo, de una situación semejante.

No existe, no puede haber sospecha de retórica en confirmar que, para el católico, este hombre es lo que su propio nombre indica: Papa, es decir, algo más que «padre»: Un afectuoso y tierno «papá», «papaíto». ¿Cómo no sufrir, entonces, a la vista del cuerpo paterno doblegado por un mal que desde hace años, día tras día, avanza implacable, fijando la rigidez de los miembros y el rostro que hemos amado en el vigor de la madurez, cuando el mundo –sorprendido y fascinado--- hablaba del «Atleta de Dios»?

La fuerza del anuncio evangélico se unía a la fuerza del anunciador, formando una unión que contribuyó, entre otras cosas, a agrietar y más tarde derrumbar la inmensa prisión de la que él mismo había conocido los barrotes; aquel régimen que proclamaba la inexistencia de Dios y que parecía de un acero imperforable. A la tan conocida y burlona pregunta de Stalin sobre el número y el armamento de las «divisiones del Papa», este sucesor de Pedro le dio la más definitiva de las respuestas. El misterio de un Papa. Pero, junto a la pena, sería consciente del privilegio: Una ocasión única de reflexión, casi un curso -dramáticamente condensado- de ejercicios espirituales. En aquel ángulo apartado, percibiría, casi palpable, el sentido del misterio. Ese misterio que cada Papa representa. Como le recordé en la primera de las preguntas que él mismo quiso que le hiciera, frente a él -como, a través los siglos, frente a cada uno de los hombres vestidos de blanco que se proclama y que se considera «Vicario de Cristo en la Tierra»-, es necesario elegir. O la persona que representa semejante pretensión es realmente el enigmático testimonio viviente del Creador, o quizás es el mayor responsable de una ilusión que dos mil años de persistencia han vuelto todavía más grotesca y alienante.

¿Quién es, realmente, el hombre de respiración dificultosa que está en la cama del hospital? Conozco muy bien las razones del rechazo, de la incredulidad, del agnosticismo: Esas razones (que no es lícito infravalorar porque parecen deseadas por Dios mismo, que ama revelarse en el claroscuro para salvar nuestra libertad de rechazarlo) fueron también las mías. Pero desde hace mucho tiempo, y no por mérito propio, una evidencia irrefutable ha reventado las costras de una duda que me parecía impenetrable. Por tanto, ya no vacilo: Ese octogenario que sufre entre las sábanas se encuentra en un diálogo tan misterioso como directo con Dios. Ese hombre que respira fatigosamente cumple para sus fieles hoy con el deber que le fue confiado a Simón Pedro por el Mesías resucitado en las orillas del Lago Tiberíades: «Apacienta mis ovejas». Ese hombre es la garantía de una verdad que pretende echar en cara cosas paradójicas, absurdas, para quienes pretenden quedarse en el ámbito de la razón y la modernidad.

Auténticos escándalos, empezando por el de la Eucaristía, que mediante una serie de palabras antiguas asegura transformar el pan y el vino nada menos que en la carne y la sangre de un Crucificado en Jerusalén, hace ya veinte siglos.

Con poco que se piense, aparece el vértigo, el escalofrío, el sagrado estremecimiento que ya no advertimos, ocupándonos del Vaticano como Institución de poder, juzgando las recaídas políticas de sus elecciones, viendo al Papa como a uno más entre los grandes de la Tierra. Quizá porque nos obligaría a tomar posición, a elegir, hemos apartado el enigma provocador que encarna cada Papa. Y que también Juan Pablo II representa.

Sufriendo su sufrimiento advertiría, al mismo tiempo, la seducción y la desazón («terrible es este Misterio», grita la misma Escritura) de lo que rodea ese lecho en un hospital romano. Lo que los ojos del cuerpo no ven, pero que, incluso en la bruma que nos rodea, vislumbran los ojos de la fe: La gloria de Cristo mismo que continúa su Pasión en el sufrimiento de ese anciano enfermo, al que un día acogerá con su «ven, siervo bueno y fiel». Desde la penumbra de mi silla, me preguntaría cómo unas espaldas de mortal pueden sostener tan consciente responsabilidad, qué fuerza sostiene a quien es llamado a este ministerio -inquietante, más que deseable- sin parangón sobre la Tierra.

Siempre, en cada religión, los «hombres de Dios» no son más que mediadores, anunciadores, maestros, testimonios del Eterno. Sólo en el cristianismo –es más, sólo en su versión católica- un hombre, el Papa, representa, de algún modo hace visible, al Hijo mismo de Dios que camina en la Historia.

Comprendería bien, en aquella habitación del Gemelli, por qué la Iglesia pide a cada uno de sus sacerdotes y a cada uno de sus fieles a rezar cada día para que sepa llevar un peso humanamente intolerable. Ahora, quizá, ese peso es aliviado por Juan Pablo II: Decirlo puede parecer sorprendente, pero no lo es desde la perspectiva de la fe. Karol Wojtyla, tan viejo y enfermo, ha sido llamado a ser testigo del sufrimiento que lo hace común a su Jefe, Cristo.

El Papa sobre su Cruz nos remite a Jesús mismo, porque ---como ya hace--- acepta con coraje, humildad y resignación beber ese cáliz amargo que, en Getsemaní, aterró a Jesús mismo.

El Pontífice que ha escrito más encíclicas y pronunciado más discursos es ahora casi incapaz de escribir y de hablar, pero pronuncia precisamente ahora su Homilía más convincente: La que mana del dolor asumido cristianamente y, por tanto, transfigurado. Sobre todo esto, gratamente, reflexionaría si, en un caso impensable, velara junto a ese lecho romano.

(*) Vittorio Messori, intelectual italiano, converso a la fe católica.
Autor de las preguntas a Juan Pablo II para el libro que sería best-seller en todas las lenguas: Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza.