“BIENAVENTURADOS LOS QUE AHORA LLORÁIS” - LA
BIENAVENTURANZA DE LOS AFLIGIDOS
Padre. Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap., Predicador de la Casa
Pontificia
Primera predicación de Adviento
Empezamos, con esta meditación, un ciclo de reflexión sobre las
bienaventuranzas que, si Dios quiere, proseguiremos en la próxima Cuaresma.
Las bienaventuranzas han conocido, dentro del propio Nuevo Testamento, un
desarrollo y aplicaciones diferentes, según la teología de cada
evangelista o las necesidades nuevas de la comunidad. A ellas se aplica lo
que San Gregorio Magno dice de toda la Escritura, que ella «cum legentibus
crescit» [1], crece con quienes la leen, revela siempre nuevas
implicaciones y contenidos más ricos, de acuerdo con las instancias y los
interrogantes nuevos con los que se lee.
Mantener la fe en este principio significa que también hoy nosotros debemos
leer las bienaventuranzas a la luz de las situaciones nuevas en las que nos
encontramos viviendo, con la diferencia, se entiende, de que las
interpretaciones de los evangelistas están inspiradas, y por ello
normativas para todos y para siempre, mientras que las de hoy no comparten
tal prerrogativa.
1. Una nueva relación entre placer y dolor
Omitiendo la bienaventuranza de los pobres que hemos meditado en un Adviento
precedente, concentrémonos en la segunda bienaventuranza: «Bienaventurados
los afligidos porque serán consolados» (Mt 5, 4). En el evangelio de
Lucas, donde las bienaventuranzas, que son cuatro, están en forma de
discurso directo y reforzadas por una advertencia, la misma bienaventuranza
suena así: «Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis».
«¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!» (Lc
6, 21.25).
El mensaje más formidable está contenido precisamente en la estructura de
esta bienaventuranza. Ésta se permite recoger la revolución que el
evangelio obró respecto al problema del placer y dolor. El punto de partida
–común tanto al pensamiento religioso como al profano- es la constatación
de que en esta vida placer y dolor son inseparables; se suceden el uno al
otro con la misma regularidad con la que a la elevación de una ola en el
mar le sigue un hundimiento y un vacío que succiona al náufrago mar
adentro.
El hombre busca desesperadamente separar a estos dos hermanos siameses,
aislar el placer del dolor. Pero es inútil. Es el mismo placer desordenado
el que se vuelve contra él y se transforma en sufrimiento, o de improviso y
trágicamente, o un poco a la vez, en cuanto es por su naturaleza
transitorio y genera cansancio y náusea. Es una lección que nos llega de
la crónica diaria y que el hombre ha expresado de mil maneras en su arte y
en su literatura. «Un no sé qué de amargo –escribió el poeta pagano
Lucrecio- brota de lo íntimo de cada placer y nos angustia ya en medio de
nuestras delicias» [2].
La Biblia tiene una respuesta que dar a esto, que es el verdadero drama de
la existencia humana. Hubo desde el inicio una elección del hombre, hecha
posible desde su libertad, que le llevó a orientar exclusivamente hacia las
cosas visibles la capacidad de gozo de la que estaba dotado para que
aspirara a gozar del Bien infinito que es Dios.
Al placer, elegido contra la ley de Dios y simbolizado por Adán y Eva que
saborean el fruto prohibido, Dios permitió que le siguieran el dolor y la
muerte, más como remedio que como castigo. A fin de que no ocurriera que,
siguiendo a rienda suelta su egoísmo y su instinto, el hombre se destruyera
del todo y destruyera cada uno a su prójimo. Así, al placer vemos como se
le adhiere, como su sombra, el sufrimiento.
Cristo rompió por fin esta cadena. Él, «a cambio de la gloria que se le
proponía, soportó la cruz» (Hebreos 12, 2). Hizo, en resumen, lo
contrario de lo que hizo Adán y de lo que hace cada hombre. «La muerte del
Señor –escribió San Máximo el Confesor-, a diferencia de la de los demás
hombres, no era una deuda pagada por el placer, sino más bien algo que era
arrojado contra el placer mismo. Y así, a través de esta muerte, cambió
el destino merecido por el hombre» [3]. Resucitando de la muerte, Él
inauguró un nuevo género de placer: el que no precede al dolor, como su
causa, sino que le sigue, como su fruto.
Todo esto es maravillosamente proclamado por nuestra bienaventuranza, que a
la secuencia risa-llanto le opone la secuencia llanto-risa. No se trata de
una sencilla inversión de los tiempos. La diferencia, infinita, está en el
hecho de que en el orden propuesto por Jesús es el placer, no el
sufrimiento, el que tiene la última palabra y, lo que importa más, una última
palabra que dura eternamente.
2. «¿Dónde está tu Dios?»
Procuremos ahora entender quiénes son exactamente los afligidos y los que
lloran, proclamados bienaventurados por Cristo. Los exégetas excluyen hoy,
casi unánimemente, que se trate de afligidos sólo en sentido objetivo y
sociológico, gente a la que Jesús proclamaría bienaventurada por el solo
hecho de sufrir y de llorar. El elemento subjetivo, esto es, el motivo del
llanto, es determinante.
¿Y cuál es este motivo? La vía más segura para descubrir qué llanto y
qué aflicción son proclamados bienaventurados por Cristo es ver por qué
se llora en la Biblia y por qué lloró Jesús. Descubrimos así que existe
un llanto de arrepentimiento, como el de Pedro tras la traición, un «llorar
con quien llora» (Rm 12, 15), de compasión por el dolor ajeno, como lloró
Jesús con la viuda de Naím y con las hermanas de Lázaro; el llanto de
exiliados que anhelan la patria, como el de los judíos en los ríos de
Babilonia... Y muchos otros.
Desearía sacar a la luz dos de los motivos por los que se llora en la
Biblia y por los que lloró Jesús que me parece que merecen particular
meditación en el momento histórico que estamos viviendo.
En el Salmo 41 leemos:
«Mis lágrimas son mi pan de día y de noche,
Y a lo largo del día me repiten: “¿Dónde está tu Dios?”...
Mis huesos se quebrantan,
mis opresores me insultan,
y me repiten a lo largo del día: “¿Dónde está tu Dios?”».
Nunca esta tristeza del creyente por el rechazo presuntuoso de Dios a su
alrededor ha tenido tanta razón de ser como hoy. Después del período de
relativo silencio posterior al ateísmo marxista, estamos asistiendo a un
resurgimiento de un ateísmo militante y agresivo, con marca de origen científico
o cientista. Los títulos de algunos libros recientes son elocuentes: «Tratado
de ateología», «La ilusión de Dios», «El fin de la fe», «Creación
sin Dios», «Una ética sin Dios»... [4].
En uno de estos tratados se lee la siguiente declaración: «Las sociedades
humanas han elaborado varios medios ordinarios de conocimiento, generalmente
compartidos, a través de los cuales se puede comprobar algo. Quien afirma
la existencia de un ser no cognoscible con esos instrumentos, debe asumir la
carga de la prueba. Por esto me parece legítimo sostener que, mientras no
se pruebe lo contrario, Dios no existe» [5].
Con los mismos argumentos se podría demostrar que tampoco existe el amor,
dado que no es comprobable con los instrumentos de la ciencia. El hecho es
que la prueba de la existencia de Dios no se encuentra en los libros ni en
laboratorios de biología, sino en la vida. En la vida de Cristo ante todo,
en la de los santos y en la de los innumerables testigos de la fe. Se
encuentra también en la tan despreciada prueba de los signos y milagros que
Jesús mismo daba como prueba de su verdad y que Dios sigue dando, pero que
los ateos rechazan a priori, sin tomarse siquiera la molestia de examinarla.
Motivo de tristeza del creyente, como para el salmista, es la impotencia que
experimenta frente al desafío: «¿Dónde está tu Dios?». Con su
misterioso silencio, Dios llama al creyente a compartir su debilidad y
derrota, prometiendo sólo en estas condiciones la victoria: «La debilidad
de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Co 1, 25).
3. «¡Se han llevado a mi Señor!»
No menos doloroso es hoy, para el creyente cristiano, el rechazo sistemático
de Cristo en nombre de una investigación histórica objetiva que, en
ciertas formas, se reduce a lo más subjetivo que se pueda imaginar: «fotografías
de los autores y de sus ideales», como apunta el Santo Padre en las páginas
introductorias de su próximo libro sobre Jesús. Asistimos a una carrera
para ver quién logra presentar un Cristo más a la medida del hombre de hoy,
despojándole de toda prerrogativa trascendente. A la pregunta de los ángeles:
«Mujer, ¿por qué lloras?», María de Magdala, la mañana de Pascua,
respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han
puesto» (Jn 21, 13). Un motivo de llanto que podríamos hacer nuestro.
Siempre ha existido la tendencia a revestir a Cristo de los ropajes de la
propia época o de la propia ideología. En el pasado, en cambio, si bien
discutibles, se trataba de causas serias y de gran suspiro: el Cristo
idealista, romántico, liberal, socialista, revolucionario... Nuestra época,
obsesionada por el sexo, no consigue pensar en él más que con problemas
sentimentales: «Una vez más Jesús ha sido modernizado, o mejor dicho,
postmodernizado» [6].
Es bueno saber de dónde viene esta corriente reciente que hace de Jesús de
Nazaret el campo de pruebas de los ideales postmodernos de relativismo ético
e individualismo absolutos (el llamado desconstruccionismo) y que, directa o
indirectamente, está inspirando novelas, películas y espectáculos e
influye también en las investigaciones históricas sobre Él. Se trata de
un movimiento nacido en los Estados Unidos en las últimas décadas del
siglo pasado, que tiene en el Jesus Seminar -Seminario sobre Jesús- su
punto de agregación más activo.
Se le ha definido como «neoliberalismo», por su retorno al Jesús de la
teología liberal decimonónica, sin vínculos ni con el judaísmo, por un
lado, ni con el cristianismo y la Iglesia, por otro; un Jesús propagador de
ideas morales, pero ya no de gran alcance, como en el liberalismo clásico (paternidad
de Dios, valor infinito del alma humana), sino de sabiduría sencilla, de
alcance sociológico más que teológico. El objetivo de estos estudiosos ya
no es simplemente corregir, sino destruir, como dicen ellos, «ese error
llamado cristianismo» .
Es muy significativo el discurso programático realizado por el fundador del
movimiento en 1985: «Estamos a punto de embarcarnos en una empresa de gran
alcance. Queremos sencilla y vigorosamente ponernos en busca de la voz de
Jesús, de lo que Él dijo verdaderamente. En este proceso, plantearemos
interrogantes en el límite de lo sagrado y hasta de la blasfemia para los oídos
de muchos en nuestra sociedad. Como consecuencia, el camino que seguiremos
podría revelarse arriesgado. Podría nacer hostilidad, pero avanzaremos a
despecho de los peligros porque el problema de Jesús es lo que nos desafía,
como el Everest desafía la cordada de escaladores» [7].
Jesús es liberado ya no sólo de los dogmas de la Iglesia, sino también de
las Escrituras y de los Evangelios. ¿Qué fuentes quedan, en este punto,
para hablar de Él, que no sea la pura y simple fantasía? Naturalmente, los
apócrifos, y en primer lugar el Evangelio de Tomás, fechado incluso, según
ellos, en los años 30-60 después de Cristo, antes que los Evangelios canónicos
y que el propio Pablo; después, el análisis sociológico de las
condiciones de vida en Galilea en tiempos de Cristo.
¿Qué imagen de Jesús se saca de ahí? Cito algunas de las definiciones
que se han dado, no todas, naturalmente, compartidas por todos: «un excéntrico
galileo», «el proverbial fiestero», «un sabio vagabundo o subversivo»,
el «maestro de una sabiduría aforística», «un campesino judío empapado
de filosofía cínica» [8].
Queda por explicar el misterio de cómo es que un ser tan inocuo haya
acabado en la cruz y haya podido convertirse en «el hombre que cambió el
mundo». Lo que es verdaderamente para llorar no es que se escriban estas
cosas (también hay que inventar algo nuevo si se quieren seguir escribiendo
libros); sino que, una vez publicados, estos libros se vendan a centenares
de miles, si no millones, de copias.
La incapacidad de la investigación histórico-filológica de empalmar el
Jesús de la realidad con el Jesús de las fuentes evangélicas y de la
Iglesia depende, a mi entender, del hecho de que aquella ignora y no se
molesta en estudiar la dinámica de los fenómenos espirituales y
sobrenaturales. Sería como querer oír un sonido con los ojos o ver un
color con los oídos.
El estudio y la experiencia de los fenómenos místicos (¡también estos
son una realidad!) muestra cómo todo un desarrollo posterior, en la vida de
la propia persona o del movimiento nacido de ella, puede estar contenido en
un evento, a veces en un instante (cuando se trata de un encuentro con lo
divino), del cual sólo después, por los frutos, se revelan las
potencialidades escondidas. Los sociólogos se acercan a esta verdad con el
concepto del statu nascenti [9].
El niño o el hombre adulto se ven de una manera distinta al embrión del
comienzo; sin embargo en éste todo estaba contenido. De igual manera el
reino es al principio «la más pequeña de las semillas», pero está
destinado a crecer y a convertirse en un gran árbol (Mt 13, 32).
El nacimiento del movimiento franciscano se presta para una comparación,
naturalmente en un plano cualitativamente diferente. Las fuentes
franciscanas presentan divergencias y contradicciones casi sobre cada punto
de vista del Pobrecillo: sobre la visón y la palabra del crucificado de San
Damián, sobre el episodio de los estigmas... De ninguna palabra del santo,
excepto de los pocos escritos de su puño, se tiene la seguridad de que haya
salido de su boca. Las Florecillas parecen toda una idealización de la
historia.
Sin embargo, todo lo que floreció en torno y después de Francisco –el
movimiento franciscano con sus reflejos en la espiritualidad, en el arte, en
la literatura- depende de él; no es sino una manifestación –e incluso
empobrecida- de las energías espirituales puestas en movimiento por su
persona y por su vida; mejor, por lo que Dios había hecho en su vida.
Muchos, hasta entre los estudiosos creyentes, dan por descontado que el Jesús
real fue, y pretendió ser, mucho menos de lo que está escrito de Él en
los evangelios, que no se atribuyó tal o cual título. ¡La verdad es que
Él es inmensamente más, no menos, que lo que está escrito de Él! Quién
es el Hijo, sólo lo sabe el Padre y lo saben, en pequeña medida, también
aquellos a quienes el Padre lo quiera revelar, en general no los doctos y
los científicos, a menos que también ellos se hagan pequeños...
Pablo decía que experimentaba en el corazón «tristeza inmensa y un
profundo y continuo dolor» por el rechazo de Cristo por parte de sus
compatriotas (Rm 9, 1s.); ¿cómo no experimentar el mismo dolor por el
rechazo de Él por parte de muchos contemporáneos nuestros, en los países
de antigua fe cristiana? Por un motivo similar, por no haber reconocido en
Él al propio amigo y salvador, Jesús lloró en Jerusalén...
Afortunadamente parece precisamente que se está cerrando ya un ciclo y se
está pasando página en las investigaciones sobre Jesús. En una obra de
tres volúmenes –de un millar de páginas cada uno- titulada «Los albores
del cristianismo» («Christianity in the Making»), destinada a crear época
como otros estudios suyos precedentes, uno de los máximos estudiosos vivos
del Nuevo Testamento, James Dunn, tras un meticuloso análisis de los
resultados de los últimos tres siglos de investigaciones, llegó a la
conclusión de que no ha habido ninguna interrupción entre el Jesús que
predica y el Jesús predicado, y por lo tanto, entre el Jesús de la
historia y el de la fe. Ésta no nació después de la Pascua, sino con los
primeros encuentros de los discípulos, quienes se hicieron discípulos
justamente porque creyeron en Él, si bien al inicio con una fe frágil y aún
ignorante de sus implicaciones.
El contraste entre el Cristo de la fe y el Jesús de la historia es el
resultado de una «fuga de la historia», antes que de una «fuga de la fe»,
debidas, la una y la otra, al hecho de haber proyectado sobre Jesús
intereses e ideales del momento. Se liberaba, sí, a Jesús de los ropajes
de la dogmática eclesiástica, pero para ponerle encima vestidos de moda
que cambiaban en cada estación. El inmenso esfuerzo de investigación en
torno a la persona de Cristo no ha sido en cambio en vano, porque es
precisamente gracias a él que ahora, exploradas todas las soluciones
alternativas, estamos en grado de llegar críticamente a esta conclusión
[10].
4. «Lloren los sacerdotes, ministros del Señor»
Existe también un segundo llanto en la Biblia sobre el que debemos
reflexionar. Hablan de él los profetas. Ezequiel refiere la visión que
tuvo un día. La voz poderosa de Dios grita a un misterioso personaje «vestido
de lino, que llevaba a la cintura la cartera de escribir»: «Pasa por la
ciudad, recorre Jerusalén y marca una tau en la frente de los hombres que
gimen y lloran por todas las nefastas acciones que se cometen dentro de ella»
(Ez 9, 4).
Esta visión tuvo resonancias profundas en la continuación de la revelación
y de la Iglesia. Aquel signo, tau, última letra del alfabeto hebreo, por su
forma de cruz se convierte en el Apocalipsis en el «sello del Dios vivo»
impreso en la frente de los salvados (Ap 7, 2 s.).
La Iglesia ha «llorado y suspirado» en tiempos recientes por las
abominaciones cometidas en su seno por algunos de sus propios ministros y
pastores. Ha pagado un precio elevadísimo por esto. Ha corrido a poner
remedio, se ha dado reglas férreas para impedir que los abusos se repitan.
Ha llegado el momento, tras la emergencia, de hacer lo más importante de
todo: llorar ante Dios, afligirse como se aflige Dios; por la ofensa al
cuerpo de Cristo y el escándalo «a los más pequeños de sus hermanos», más
que por el perjuicio y deshonor ocasionado a nosotros.
Es la condición para que de todo este mal pueda verdaderamente llegar el
bien y se obre una reconciliación del pueblo con Dios y con los propios
sacerdotes.
«Tocad la trompeta en Sión,
proclamad un ayuno sagrado,
convocar una asamblea...
Que entre el vestíbulo y el altar
lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan:
“Perdona a tu pueblo, Señor,
y no entregues a tu heredad al oprobio,
a la burla de las gentes”». (Jl 2, 15-17).
Estas palabras del profeta Joel contienen un llamamiento para nosotros. ¿No
se podría hacer lo mismo también hoy: convocar un día de ayuno y de
penitencia, al menos a nivel local y nacional, donde el problema haya sido más
fuerte, para expresar públicamente arrepentimiento ante Dios y solidaridad
con las víctimas, obrar, en resumen, una reconciliación de los ánimos y
reanudar un camino de Iglesia, renovados en el corazón y en la memoria?
Me dan el valor de decir esto las palabras pronunciadas por el Santo Padre
al episcopado de una nación católica en una reciente visita ad limina: «Las
heridas causadas por estos actos son profundas, y es urgente la tarea de
restablecer la esperanza y la confianza cuando éstas han quedado dañadas...
De este modo la Iglesia se reforzará y será cada vez más capaz de dar
testimonio de la fuerza redentora de la Cruz de Cristo» [11].
Pero no debemos dejar sin una palabra de esperanza también a los
desventurados hermanos que han sido la causa del mal. Sobre el caso de
incesto ocurrido en la comunidad de Corinto, el Apóstol sentenció: «Que
este individuo sea entregado a Satanás, con el fin de que, aunque quede
corporalmente destrozado, pueda salvarse en el día del Señor» (1 Co 5,5).
(Hoy diríamos: que sea entregado a la justicia humana, para que su alma
obtenga la salvación). La salvación del pecador, no su castigo, es lo que
le importaba al Apóstol.
Un día que predicaba al clero de una diócesis que había sufrido mucho por
esta razón, me impactó un pensamiento. Estos hermanos nuestros han sido
despojados de todo, ministerio, honra, libertad, y sólo Dios sabe con cuánta
responsabilidad moral efectiva, en cada caso; han pasado a ser los últimos,
los rechazados... Si en esta situación, tocados por la gracia, se afligen
por el mal causado, unen su llanto al de la Iglesia, la bienaventuranza de
los afligidos y de los que lloran pasa a ser de golpe su bienaventuranza.
Podrían estar cerca de Cristo, que es el amigo de los últimos, más que
muchos otros –incluido yo-, ricos de la propia respetabilidad y tal vez
llevados, como los fariseos, a juzgar a quien yerra.
Pero hay una cosa que estos hermanos deberían absolutamente evitar hacer y
que alguno, lamentablemente, está intentando en cambio realizar: aprovechar
el clamor para sacar beneficios hasta de la propia culpa, concediendo
entrevistas, escribiendo memorias, en la tentativa de hacer recaer la culpa
sobre los superiores y sobre la comunidad eclesial. Esto revelaría una
dureza de corazón verdaderamente peligrosa.
5. Las lágrimas más bellas
Concluyo aludiendo a un tipo de lágrimas distintas. Se puede llorar de
dolor, pero también de conmoción y de alegría. Las lágrimas más bellas
son las que nos llenan los ojos cuando, iluminados por el Espíritu Santo,
«gustamos y vemos cuán bueno es el Señor» (Sal 34, 9).
Cuando se está en este estado de gracia, sorprende que el mundo y nosotros
mismos no caigamos de rodillas y no lloremos todo el tiempo de estupor y de
conmoción. Lágrimas de este tipo debían correr por el rostro de Agustín
cuando escribía en las Confesiones: «Cuánto nos has amado, oh Padre bueno,
que no te has reservado a tu único Hijo, sino que lo has dado por todos
nosotros. ¡Cuánto nos has amado!» [12].
Lágrimas como éstas vertió Pascal la noche en que tuvo la revelación del
Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob que se revela por las vías del
evangelio, y en una hojita de papel (hallada cosida en el interior de su
chaqueta tras su muerte) escribió: «¡Alegría, alegría, lágrimas de
alegría!». Pienso que también las lágrimas con las que la pecadora empapó
los pies de Jesús no eran lágrimas sólo de arrepentimiento, sino también
de gratitud y de gozo.
Si en el cielo se puede llorar, es de este llanto del que está lleno el
paraíso. En Estambul, la antigua Constantinopla, donde el Santo Padre viajó
días atrás, vivió en torno al año 1.000 San Simeón el Nuevo Teólogo,
el santo de las lágrimas. Es el ejemplo más brillante en la historia de la
espiritualidad cristiana de las lágrimas de arrepentimiento que se
transforman en lágrimas de estupor y de silencio. «Lloraba –cuenta en
una obra suya- y estaba en un gozo inexpresable» [13]. Parafraseando la
bienaventuranza de los afligidos, dice: «Bienaventurados los que siempre
lloran amargamente sus pecados, porque les asirá la luz y transformará las
lágrimas amargas en dulces» [14].
Que Dios nos conceda gustar, al menos una vez en la vida, estas lágrimas de
conmoción y de alegría.
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[1] Gregorio Magno, Commento morale a Giobbe, 20,1 (CC 143 A, p. 1003).
[2] Lucrecio, De rerum natura, IV, 1129 s.
[3] Máximo el Confesor, Capitoli vari, IV cent. 39; en Filocalia, II,
Torino 1983, p. 249.
[4] Respectivamente de Michel Onfray, de Richard Dawkins, Sam Harris, Telmo
Pievani, Eugenio Lecaldano.
[5] Carlo Augusto Viano, Laici in ginocchio, Laterza, Bari.
[6] J. D.G. Dunn, Gli albori del cristianesimo, I,1, Brescia, Paideia 2006,
p. 81.
[7] Robert Funk, Discurso inaugural de marzo de 1985 en Berkeley,
California.
[8] Cfr. J. D.G. Dunn, Gli albori del cristianesimo, I, 1, Brescia 2006, pp.
75-82.
[9] Cf. F. Alberoni, Innamoramento e amore, Garzanti, Milán 1981.
[10] Cfr. Dunn, Christianity in the Making, Grand Rapids, Michigan 2003. Se
han publicado en italiano los primeros dos volúmenes del primer tomo con el
título Gli albori del cristianesimo, I, La memoria di Gesú, vol. 1: Fede e
Gesú storico; I, 2: La missione di Gesú, Paideia, Brescia 2006.
[11] Benedicto XVI, Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal de
Irlanda, sábado, 28 de octubre de 2006.
[12] Agustín, Confessioni, X, 43.
[13] Simeón, el Nuevo Teólogo, Ringraziamenti, 2 (SCh 113, p. 350).
[14] Simeón, el Nuevo Teólogo, Trattati etici, 10 (SCh 129, p. 318).
“BIENAVENTURADOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ PORQUE
SERÁN LLAMADOS HIJOS DE DIOS"
Padre. Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap., Predicador de la Casa
Pontificia
Segunda predicación de Adviento
1. El mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
Las bienaventuranzas no están dispuestas según una sucesión lógica.
Excepto la primera, que da el tono a todas las demás, se pueden
considerar cada una por separado, sin que su sentido se vea comprometido
lo más mínimo. El mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz me
ha impulsado a dejar para otra ocasión la reflexión sobre la tercera
bienaventuranza, la de los mansos, a fin de dedicar este encuentro a la
bienaventuranza de los que trabajan por la paz. Es bueno, de hecho, que el
mensaje de la paz destinado a todo el mundo sea ante todo acogido,
meditado y de frutos aquí, entre nosotros, en el centro de la Iglesia.
El de este año es un mensaje para la paz a todo campo; abarca desde el ámbito
más personal a los más amplios de la política, de la economía, de la
ecología, de los organismos internacionales. Ámbitos diferentes, pero
unificados por el hecho de tener todos como objeto primario a la persona
humana, como indica el título del mensaje: «La persona humana, corazón
de la paz» [íntegramente disponible en el enlace
Hay en el mensaje una afirmación fundamental que es como la clave de
lectura de todo; dice:
«La paz es al mismo tiempo un don y una tarea. Si bien es verdad que la
paz entre los individuos y los pueblos -la capacidad de vivir unos con
otros, estableciendo relaciones de justicia y solidaridad- supone un
compromiso permanente, también es verdad, y lo es más aún, que la paz
es un don de Dios. En efecto, la paz es una característica del obrar
divino, que se manifiesta tanto en la creación de un universo ordenado y
armonioso como en la redención de la humanidad, que necesita ser
rescatada del desorden del pecado. Creación y Redención muestran, pues,
la clave de lectura que introduce a la comprensión del sentido de nuestra
existencia sobre la tierra» [1].
Estas palabras ayudan a comprender la bienaventuranza de los que trabajan
por la paz, y ésta, a su vez, arroja una luz singular sobre estas
palabras. La inminencia de la Navidad da un tono especial, litúrgico, a
nuestra meditación. En la noche de Navidad escucharemos las palabras del
himno angélico: «Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor»,
cuyo sentido no es: haya paz, sino hay paz; no un deseo, sino una noticia.
«La Navidad del Señor -decía San León Magno- es la natividad de la paz»:
Natalis Domini natalis est pacis [2].
2. Quiénes son los que trabajan por la paz
La séptima bienaventuranza dice: «Bienaventurados los que trabajan por
la paz porque serán llamados hijos de Dios». Junto con la de los
misericordiosos, ésta es la única bienaventuranza que no dice tanto cómo
hay que «ser» (pobres, afligidos, mansos, puros de corazón), sino también
qué se debe «hacer». El término eirenopoioi significa aquellos que
trabajan por la paz, que «hacen paz». No tanto, sin embargo, en el
sentido de que se reconcilian con los propios enemigos, cuanto en el
sentido de que ayudan a los enemigos a reconciliarse. «Se trata de
personas que aman mucho la paz, tanto como para no temer comprometer la
propia paz personal interviniendo en los conflictos a fin de procurar la
paz entre cuantos están divididos» [3].
Los que trabajan por la paz no implican, por lo tanto, un sinónimo de pacíficos,
esto es, de personas tranquilas y calmadas que evitan lo más posible los
choques (estos son proclamados bienaventurados en otra bienaventuranza, la
de los mansos); no son tampoco sinónimo de pacifistas, si por ello se
entiende aquellos que se alinean contra la guerra (con mayor frecuencia,
¡con uno de los contendientes en guerra!), sin hacer nada para
reconciliar entre sí a los adversarios. El término más justo es
pacificadores.
En tiempos del Nuevo Testamento pacificadores eran llamados los soberanos,
sobre todo el emperador romano. Augusto situaba en la cumbre de sus
propias empresas la de haber establecido en el mundo la paz, mediante sus
victorias militares (parta victoriis pax), y en Roma hizo levantar el
famoso Ara pacis, el altar de la paz.
Hay quien ha pensado que la bienaventuranza evangélica intenta oponerse a
esta pretensión, diciendo quiénes son los que verdaderamente trabajan
por la paz y de qué manera ésta se promueve: mediante victorias, sí,
pero victorias sobre ellos mismos, no sobre los enemigos, no destruyendo
al enemigo, sino destruyendo la enemistad, como hizo Jesús en la cruz (Ef
2, 16).
En cambio hoy prevalece la opinión de que la bienaventuranza se lea
teniendo en cuenta la Biblia y las fuentes judaicas, en las que ayudar a
las personas en discordia a reconciliarse y a vivir en paz se ve como una
de las principales obras de misericordia. En boca de Cristo la
bienaventuranza de los que trabajan por la paz desciende del mandamiento
nuevo del amor fraterno; es una forma en la que se expresa el amor al prójimo.
En tal sentido se diría que ésta es por excelencia la bienaventuranza de
la Iglesia de Roma y de su obispo. Uno de los más preciosos servicios
brindados a la cristiandad por el papado ha sido siempre el de promover la
paz entre las diversas Iglesias y, en ciertas épocas, también entre los
príncipes cristianos. La primera carta apostólica de un Papa, la de San
Clemente I, escrita en torno al año 96 (antes aún, tal vez, que el
cuarto Evangelio), se redactó para devolver la paz a la Iglesia en
Corintio, desgarrada por discordias. Es un servicio que no se puede
prestar sin una cierta potestad real de jurisdicción. Para darse cuenta
de su valor basta con ver las dificultades que surgen allí donde aquél
está ausente.
La historia de la Iglesia está llena de episodios en los que Iglesias
locales, obispos o abades, en disputa entre sí o con la propia grey, han
recurrido al Papa como árbitro de paz. También hoy, estoy seguro, éste
es uno de los servicios más frecuentes, si bien de los menos conocidos,
que se dan a la Iglesia universal. Igualmente la diplomacia vaticana y los
nuncios apostólicos encuentran su justificación en ser instrumentos al
servicio de la paz.
3. La paz como don
Pero Dios mismo, no un hombre, es el verdadero y supremo «agente de paz».
Precisamente por esto, los que se afanan por la paz son llamados «hijos
de Dios»: porque se asemejan a Él, le imitan, hacen lo que hace Él. El
mensaje pontificio dice que la paz es característica del obrar divino en
la creación y en la redención, esto es, tanto en el obrar de Dios como
en el de Cristo.
La Escritura habla de la «paz de Dios» (Flp 4, 7) y aún con más
frecuencia del «Dios de la paz» (Rm 15, 32). Paz no indica sólo lo que
Dios hace o da, sino también lo que Dios es. Paz es lo que reina en Dios.
Casi todas las religiones que brotaron en torno a la Biblia conocen mundos
divinos en guerra en su interior. Los mitos cosmogónicos babilónicos y
griegos hablan de divinidades que luchan y se despedazan entre sí. En la
propia gnosis herética cristiana no existe unidad y paz entre los Eones
celestes, y la existencia del mundo material sería precisamente fruto de
un incidente y de una desarmonía ocurrida en el mundo superior.
Con este fondo religioso se puede comprender mejor la novedad y la
alteridad absoluta de la doctrina de la Trinidad como perfecta unidad de
amor en la pluralidad de las personas. En un himno suyo, la Iglesia llama
a la Trinidad «océano de paz», y no se trata sólo de una frase poética.
Lo que más impresiona contemplando el icono de la Trinidad de Rublev (reproducido
en esta capilla en el muro frontal, sobre la Virgen en el trono) es la
sensación de paz sobrehumana que de él emana. El pintor logró traducir
en una imagen el lema de San Sergio de Radonez, para cuyo monasterio se
pintó el icono: «Contemplando a la Santísima Trinidad, vencer la odiosa
discordia de este mundo».
Quien mejor ha celebrado esta Paz divina, que llega de más allá de la
historia, fue Pseudo-Dionisio Areopagita. Paz es para él uno de los «nombres
de Dios», con el mismo título que «amor» [4]. También de Cristo se
dice que «es» Él mismo nuestra paz (Ef 2, 14-17). Cuando dice: «Mi paz
os doy», Él nos transmite aquello que es.
Hay un nexo inseparable entre la paz don de lo alto y el Espíritu Santo;
no sin razón se representan con el mismo símbolo de la paloma. La tarde
de Pascua Jesús dio, prácticamente en un mismo instante, a los discípulos
la paz y el Espíritu Santo: «”¡La paz esté con vosotros!”... Sopló
sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 21-22).
La paz, dice Pablo, es un «fruto del Espíritu» (Gal 5, 22).
Se comprende entonces qué significa ser los que trabajan por la paz. No
se trata de inventar o de crear la paz, sino de transmitirla, de dejar
pasar la paz de Dios y la paz de Cristo «que supera toda inteligencia».
«Gracia y paz de parte de Dios, Nuestro Padre, y de Jesucristo el Señor»
(Rm 1, 7): ésta es la paz que el Apóstol transmite a los cristianos de
Roma.
Nosotros no debemos ni podemos ser fuentes, sino sólo canales de la paz.
Lo expresa a la perfección la oración atribuida a Francisco de Asís: «Señor,
haz de mí un instrumento de tu paz». En inglés traducen justamente: Haz
de mí un canal de tu paz, make me a channel of your peace.
¿Pero cuál es la paz de la que hablamos? Es clásica la definición que
da San Agustín: «La paz es la tranquilidad en el orden» [5]. Basándose
en ella, Santo Tomás dice que en el hombre existen tres tipos de orden:
consigo mismo, con Dios y con el prójimo, y existen, en consecuencia,
tres formas de paz: la paz interior, con la que el hombre está en paz
consigo mismo; la paz por la que el hombre lo está con Dios, sometiéndose
plenamente a sus disposiciones; y la paz relativa al prójimo, por la que
se vive en paz con todos [6].
En la Biblia, sin embargo, shalom, paz, dice más que la sencilla
tranquilidad en el orden. Indica también bienestar, reposo, seguridad, éxito,
gloria. A veces designa, incluso, la totalidad de los bienes mesiánicos y
es sinónimo de salvación y de bien: «Qué hermosos son sobre los montes
los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva y
proclama la salvación» (Is 52, 7). La nueva alianza es llamada una «alianza
de paz» (Ez 37, 26), el Evangelio «evangelio de la paz» (Ef 6, 15),
como si en la palabra se resumiera todo el contenido de la alianza y del
evangelio.
En el Antiguo Testamento, paz se acerca frecuentemente a justicia (Salmo
85, 11: «La justicia y la paz se besan») y en el Nuevo Testamento a
gracia. Cuanto San Pablo escribe: «Justificados por medio de la fe,
estamos en paz con Dios» (Rm 5, 1), está claro que «en paz con Dios»
tiene el mismo significado expresivo que «en gracia de Dios».
4. La paz como tarea
El mensaje del Papa dice que la paz, además de don, es también tarea. Y
es de la paz como tarea de lo que nos habla en primer lugar la
bienaventuranza de los que trabajan por la paz.
La condición para poder ser canales de paz es permanecer unidos a su
fuente que es la voluntad de Dios: «En su voluntad está nuestra paz»,
le hace decir Dante a un alma del purgatorio. El secreto de la paz
interior es el abandono total y siempre renovado a la voluntad de Dios.
Ayuda a conservar o a reencontrar esta paz del corazón repetir
frecuentemente uno mismo, con Santa Teresa de Ávila: «Nada te turbe,
nada te espante. Todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo
alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta».
La parénesis apostólica es rica en indicaciones prácticas sobre lo que
favorece u obstaculiza la paz. Uno de los pasajes más conocidos es el de
la Carta de Santiago: «Donde hay envidia y ambición, allí reina el
desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría de arriba es en
primer lugar intachable, pero además es pacífica, tolerante,
conciliadora, compasiva, fecunda, imparcial y sincera. En resumen, los que
promueven la paz van sembrando en paz el fruto que conduce a la salvación»
(St 3, 16-18).
De este ámbito personalísimo debe partir todo esfuerzo de construir la
paz. La paz es como la estela de un navío, que va ensanchándose hasta el
infinito, pero comienza por una punta, y la punta es, en este caso, el
corazón del hombre. Uno de los mensajes de Juan Pablo II para la Jornada
de la Paz, el de 1984, llevaba por título: «La paz nace de un corazón
nuevo».
En este ámbito personal no es donde desearía insistir. Hoy se abre ante
los que trabajan por la paz un campo de trabajo nuevo, difícil y urgente:
promover la paz entre las religiones y con las religiones, esto es, tanto
de las religiones entre sí como de los creyentes de las distintas
religiones con el mundo laico no creyente. El mensaje del Papa dedica un párrafo
a las dificultades que se encuentran en este campo. Dice:
«Respecto a la libre expresión de la propia fe, hay un síntoma
preocupante de falta de paz en el mundo, que se manifiesta en las
dificultades que tanto los cristianos como los seguidores de otras
religiones encuentran a menudo para profesar pública y libremente sus
propias convicciones religiosas... Hay regímenes que imponen a todos una
única religión, mientras que otros regímenes indiferentes alimentan no
tanto una persecución violenta, sino un escarnio cultural sistemático
respecto a las creencias religiosas. En todo caso, no se respeta un
derecho humano fundamental, con graves repercusiones para la convivencia
pacífica. Esto promueve necesariamente una mentalidad y una cultura
negativa para la paz» (n. 5).
De este escarnio cultural, o al menos intento de marginación, de las
creencias religiosas, estamos teniendo ejemplo precisamente estos días,
con la campaña puesta en marcha en varios países y ciudades de Europa
contra los símbolos religiosos de la Navidad. Se aduce frecuentemente
como motivo la voluntad de no ofender a las personas de otras religiones
que están entre nosotros, especialmente a los musulmanes. Pero es un
pretexto, una excusa. En realidad es un determinado mundo laicista el que
no quiere estos símbolos, no los musulmanes. Ellos no tienen nada contra
la Navidad cristiana, que incluso honran.
Hemos llegado al absurdo de que muchos musulmanes celebran el nacimiento
de Jesús, desean el belén en casa y llegan a decir que «no es musulmán
quien no cree en el nacimiento milagroso de Jesús» [7], mientras otros
que se dicen cristianos quieren hacer de la Navidad una fiesta invernal,
poblada sólo de renos y ositos.
En el Corán hay una Sura dedicada al nacimiento de Jesús que vale la
pena conocer, también para favorecer el diálogo y la amistad entre las
religiones. Dice:
«Los ángeles dijeron: Oh María, Dios te da la feliz noticia de un Verbo
de Él. Su nombre será Jesús (‘Isà) hijo de María. Será ilustre en
este mundo y en el otro... Hablará a los hombres desde la cuna y como
hombre maduro, y será de los Santos. Dijo María: “Señor mío, ¿cómo
podré tener un hijo, cuando ningún hombre me ha tocado?”. Respondió:
“De esta forma: Dios crea lo que Él quiere, y cuando ha decidido algo,
dice sólo: sé, y ello es”» [8].
En el programa sobre el evangelio dominical «A sua immagine», que se
emite en «Rai Uno» mañana por la tarde, pedí a un hermano musulmán
que leyera este pasaje y lo hizo con gran alegría, mostrándose feliz de
contribuir a aclarar un equívoco que perjudica, decía, a los propios
creyentes islámicos, con el pretexto de favorecer su causa.
El motivo que permite un diálogo entre las religiones -fundado no sólo
en las razones de oportunidad que conocemos bien, sino sobre un sólido
fundamento teológico- es que «tenemos todos un único Dios», como
recordaba el Santo Padre con ocasión de su visita a la mezquita Azul de
Estambul. Es la verdad de la que también San Pablo partió en su discurso
en el areópago de Atenas (Hch 17, 28).
Tenemos, subjetivamente, ideas diferentes sobre Él. Para nosotros, los
cristianos, Dios es «el Padre del Nuestro Señor Jesucristo», y a Aquél
no se le conoce plenamente sino «a través de éste»; pero objetivamente
bien sabemos que Dios no puede ser más que uno. Hay «un solo Dios que es
Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos»
(Ef 4, 6).
Fundamento teológico del diálogo es también nuestra fe en el Espíritu
Santo. Como Espíritu de la redención y Espíritu de la gracia, Él es el
vínculo de la paz entre los bautizados de las distintas confesiones
cristianas; como Espíritu de la creación, Spiritus creator, Él es un vínculo
de paz entre los creyentes de todas las religiones y, más aún, entre los
hombres de buena voluntad. «Toda verdad, de donde quiera que venga dicha
–escribió Santo Tomás de Aquino-, viene del Espíritu Santo» [9].
Pero como este Espíritu creador tendía a Cristo en los profetas del
Antiguo Testamento (1 P 1, 11), así creemos que, de un modo conocido sólo
por Dios, tiende ahora a Cristo y a su misterio pascual en su acción
fuera de la Iglesia. Como el Hijo no hace nada sin el Padre, así el Espíritu
Santo no hace nada sin el Hijo.
Todo el reciente viaje del Santo Padre a Turquía ha sido un obrar por la
paz religiosa, rico de frutos como todas las cosas nacidas en el signo de
la cruz: paz entre la Iglesia cristiana de Oriente y la de Occidente, paz
entre el cristianismo y el islam. «Esta visita nos ayudará a encontrar
juntos los modos y los caminos de la paz por el bien de la humanidad»,
fue el comentario del Santo Padre con ocasión de la oración silenciosa
en la mezquita Azul.
6. ¿Una paz sin religiones?
El Occidente secularizado, desea, a decir verdad, un tipo distinto de paz
religiosa: el que resulta de la desaparición de toda religión.
«Imagina que no existe el paraíso, / es fácil si lo intentas. / Ningún
infierno bajo nosotros / y sólo el cielo encima de nosotros.
Imagina a toda la gente / viviendo para hoy,/ imagina que no hay países /
no es difícil hacerlo. / Nada por lo que matar o morir / y tampoco religión
alguna...
Imagina a toda la gente / viviendo la vida en paz. / Puede que digas que
soy un soñador. / Pero no soy el único. / Espero que un día te unas a
nosotros / y que el mundo viva como una sola cosa» [10].
Esta canción, compuesta por uno de los grandes ídolos de la música
ligera moderna, con una melodía persuasiva, se ha convertido en una
especie de manifiesto secular de pacifismo. Si se llevara a cabo, lo que
aquí se desea sería el mundo más pobre y triste que se pudiera imaginar;
un mundo chato, en el que son abolidas todas las diferencias, donde la
gente está destinada a despedazarse, no a vivir en paz, porque como aclaró
René Girard, allí donde todos quieren las mismas cosas, el «deseo mimético»
se desencadena y con él la rivalidad y la guerra.
Los creyentes no podemos, sin embargo, dejarnos llevar por resentimientos
ni polémicas, tampoco contra el mundo secularizado. Junto al diálogo y
la paz entre las religiones, se sitúa otra meta para los que trabajan por
la paz: la meta de la paz entre los creyentes y los no creyentes, entre
las personas religiosas y el mundo secularizado, indiferente u hostil a la
religión.
Será éste otro banco de pruebas: dar razón, también con firmeza, de la
esperanza que está en nosotros, pero hacerlo -como exhorta la Carta de
Pedro y como da ejemplo de ello su actual sucesor- «con dulzura y respeto»
(1 P 2, 15-16). Respeto no significa en este caso «respeto humano»,
tener escondido a Jesús para no suscitar reacciones. Es respeto de una
interioridad que le es conocida sólo a Dios y que nadie puede violar u
obligar a cambiar. No es poner entre paréntesis a Jesús, sino mostrar a
Jesús y el evangelio con la vida. Esperamos sólo que un respeto igual
sea mostrado por los demás respecto a los cristianos, algo que hasta
ahora frecuentemente ha faltado.
Terminamos volviendo con el pensamiento a la Navidad. Un antiguo
responsorio de maitines en Navidad decía: Hodie nobis de caelo pax vera
descendit. Hodie per totum mundum melliflui facti sunt caeli: «Hoy ha
bajado del cielo para nosotros la paz verdadera. Hoy los cielos destilan
miel sobre el mundo».
¿Cómo corresponder el don infinito que el Padre hace al mundo, dando por
éste a su Hijo Unigénito? Si existe una metedura de pata que no hay que
cometer en Navidad es reciclar un regalo ofreciéndoselo, por error, a la
misma persona de la que se recibió. Pues bien, ¡con Dios no podemos más
que hacer esto todo el tiempo! La única acción de gracias posible es la
Eucaristía: volver a ofrecerle a Jesús, su Hijo, hecho hermano nuestro.
¿Y a Jesús qué regalo le haremos? Un texto de la liturgia oriental de
Navidad dice: «¿Qué podemos ofrecerte, Oh Cristo, por haberte hecho
hombre en la tierra? Toda criatura te da el signo de su reconocimiento:
los ángeles sus cantos, los cielos su estrella, la tierra una gruta, el
desierto un pesebre. ¡Pero nosotros te ofrecemos una Madre virgen!»
[11].
Santo Padre, venerables padres, hermanos y hermanas: gracias por la benévola
escucha y ¡feliz Navidad!
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[1] Benedicto XVI, «La persona humana, corazón de la paz». Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 2007.
[2] San León Magno, Trattati 26 (CC 138, linea 130)
[3] J. Dupont, Le beatitudini, III, p.1001.
[4] Pseudo Dionisio Areopagita, Nomi divini, XI, 1 s (PG 3, 948 s).
[5] San Agustín, La città di Dio, XIX, 13 (CC 48, p. 679).
[6] Santo Tomás de Aquino, Commento al vangelo di Giovanni, XIV, lez.VII,
n.1962.
[7] Magdi Allan, «Noi musulmani diciamo sì al presepe» [«Los
musulmanes decimos sí al belén»], Il Corriere della sera, 18 diciembre
2006, p. 18.
[8] Corán, Sura III, traducción [al italiano] de M.M. Moreno, Turín,
UTET, 1971, p. 65.
[9] Santo Tomás de Aquino, Somma teologica, I-IIae q. 109, a. 1 ad 1;
Ambrosiaster, Sulla prima lettera ai Corinti, 12, 3 (CSEL 81, p.132).
[10] John Lennon, «Imagine there’s no heaven / it’s easy if you try.
/ No hell below us / above us only sky. Imagine all the people / living
for today./ Imagine there’s no countries / it isn’t hard to do. /
Nothing to kill or die for / and no religion too. /Imagine all the people
/ living for today./ Imagine there’s no countries / it isn’t hard to
do./ Nothing to kill or die for /and no religion too...Imagine all the
people / living life in peace. / You may say I’m a dreamer / But I’m
not the only one./ I hope someday you’ll join us / and the world will
live as one».
[11] Idiomelon ai Grandi Vespri di Natale.
“BIENAVENTURADOS LOS PUROS DE CORAZÓN PORQUE VERÁN A
DIOS”
Padre. Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap., Predicador de la Casa
Pontificia
Primera predicación de Cuaresma
1. De la pureza ritual a la pureza de corazón
Continuando con nuestra reflexión sobre las bienaventuranzas evangélicas
iniciada en Adviento, en esta primera meditación de Cuaresma queremos
reflexionar sobre la bienaventuranza de los limpios de corazón. Cualquiera
que lee u oye proclamar hoy: «Bienaventurados los puros de corazón porque
verán a Dios», piensa instintivamente en la virtud de la pureza, casi la
bienaventuranza es el equivalente positivo e interiorizado del sexto
mandamiento: «No cometerás actos impuros». Esta interpretación, planteada
esporádicamente en el curso de la historia de la espiritualidad cristiana, se
hizo predominante a partir del siglo XIX.
En realidad, la pureza de corazón no indica, en el pensamiento de Cristo, una
virtud particular, sino una cualidad que debe acompañar todas las virtudes, a
fin de que ellas sean de verdad virtudes y no en cambio «espléndidos vicios».
Su contrario más directo no es la impureza, sino la hipocresía. Un poco de
exégesis y de historia nos ayudarán a comprenderlo mejor.
Qué entiende Jesús por «pureza de corazón» se deduce claramente del
contexto del sermón de la montaña. Según el Evangelio lo que decide la
pureza o impureza de una acción –sea ésta la limosna, el ayuno o la oración-
es la intención: esto es, si se realiza para ser vistos por los hombres o por
agradar a Dios:
«Cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los
hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por
los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando
hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, así tu
limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará»
(Mt 6, 2-6).
La hipocresía es el pecado denunciado con más fuerza por Dios a lo largo de
toda la Biblia y el motivo es claro. Con ella el hombre rebaja a Dios, le pone
en el segundo lugar, situando en el primero a las criaturas, al público. «El
hombre mira la apariencia, el Señor mira el corazón» (1 S 16, 7): cultivar
la apariencia más que el corazón significa dar más importancia al hombre
que a Dios.
La hipocresía es por lo tanto, esencialmente, falta de fe; pero es también
falta de caridad hacia el prójimo, en el sentido de que tiende a reducir a
las personas a admiradores. No les reconoce una dignidad propia, sino que las
ve sólo en función de la propia imagen.
El juicio de Cristo sobre la hipocresía no tiene vuelta de hoja: Receperunt
mercedem suam: ¡ya han recibido su recompensa! Una recompensa, además,
ilusoria hasta en el plano humano, porque la gloria, se sabe, huye de quien la
sigue y sigue a quien la rehuye.
Ayudan a entender el sentido de la bienaventuranza de los limpios de corazón
también las invectivas que Jesús pronuncia respecto a escribas y fariseos,
todas centradas en la oposición entre «lo de dentro» y «lo de fuera», el
interior y el exterior del hombre:
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a
sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están
llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por
fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de
hipocresía e iniquidad» (Mt 23, 27-28).
La revolución llevada a cabo en este campo por Jesús es de un alcance
incalculable. Antes de Él, excepto alguna rara alusión en los profetas y en
los salmos (Salmo 24, 3: «¿Quién subirá al monte del Señor? Quien tiene
manos inocentes y corazón puro»), la pureza se entendía en sentido ritual y
cultual; consistía en mantenerse alejado de cosas, animales, personas o
lugares considerados capaces de contagiar negativamente y de separar de la
santidad de Dios. Sobre todo aquello que está ligado al nacimiento, a la
muerte, a la alimentación y a la sexualidad entra en este ámbito. En formas
o con presupuestos distintos, lo mismo ocurría en otras religiones, fuera de
la Biblia.
Jesús elimina todos estos tabúes. Ante todo, con los gestos que realiza:
come con los pecadores, toca a los leprosos, frecuenta a los paganos: todas
cosas consideradas altamente contaminantes; después, con las enseñanzas que
imparte. La solemnidad con la que introduce su discurso sobre lo puro y lo
impuro permite entender lo consciente que era Él mismo de la novedad de su
enseñanza:
«Llamó otra vez a la gente y les dijo: “Oídme todos y entended. Nada
hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que
sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Porque de dentro del
corazón de los hombres salen las intenciones malas: fornicaciones, robos,
asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia,
injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y
contaminan al hombre”» (Mc 7, 14-15. 21-23).
«Así declaraba puros todos los alimentos», observa casi con estupor el
evangelista (Mc 7, 19). Contra el intento de algunos judeo-cristianos de
restablecer la distinción entre puro e impuro en los alimentos y en otros
sectores de la vida, la Iglesia apostólica recalcará con fuerza: «Todo es
puro para quien es puro», omnia munda mundis (Tt 1, 15; Rm 14, 20).
La pureza, entendida en el sentido de continencia y castidad, no está ausente
de la bienaventuranza evangélica (entre las cosas que contaminan el corazón
Jesús sitúa también, hemos oído, «fornicaciones, adulterios, libertinaje»);
pero ocupa un puesto limitado y por así decirlo «secundario». Es un ámbito
junto a otros en el que se pone de relevancia el lugar decisivo que ocupa el
«corazón», como cuando dice que «quien mira a una mujer con deseo, ya ha
cometido adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 28).
En realidad, los términos «puro» y «pureza» (katharos, katharotes)
nunca se utilizan en el Nuevo Testamento para indicar lo que con ellos
entendemos nosotros hoy, esto es, la ausencia de pecados de la carne. Para
esto se usan otros términos: dominio de sí (enkrateia), templanza (sophrosyne),
castidad (hagneia).
Por cuanto se ha dicho, parece claro que el puro de corazón por excelencia es
Jesús mismo. De Él sus propios adversarios se ven obligados a decir: «Sabemos
que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de
las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios» (Mc 12, 14).
Jesús podía decir de sí: «Yo no busco mi gloria» (Jn 8, 50).
2. Una mirada a la historia
En la exégesis de los Padres vemos delinearse pronto las tres direcciones
fundamentales en las que la bienaventuranza de los puros de corazón será
recibida e interpretada en la historia de la espiritualidad cristiana: la
moral, la mística y la ascética. La interpretación moral pone el
acento en la rectitud de intención, la interpretación mística en la
visión de Dios, la ascética en la lucha contra las pasiones de la
carne. Las vemos ejemplificadas, respectivamente, en Agustín, Gregorio de
Nisa y Juan Crisóstomo.
Ateniéndose fielmente al contexto evangélico, Agustín interpreta la
bienaventuranza en clave moral, como rechazo a «practicar la justicia
ante los hombres para ser por ellos admirados» (Mt 6, 1), por lo tanto como
sencillez y franqueza que se opone a la hipocresía. «Tiene el corazón
sencillo, puro -escribe- sólo quien supera las alabanzas humanas y al vivir
está atento y busca ser agradable solo a aquél que es el único que escruta
la conciencia» [1].
El factor que decide la pureza o no del corazón es aquí la intención. «Todas
nuestras acciones son honestas y agradables en la presencia de Dios si se
realizan con el corazón sincero, o sea, con la intención hacia lo alto en la
finalidad del amor... Por lo tanto no se debe considerar tanto la acción que
se realiza, cuanto la intención con que se realiza» [2]. Este modelo
interpretativo que hace palanca sobre la intención permanecerá activo en
toda la tradición espiritual posterior, especialmente ignaciana [3].
La interpretación mística, que tiene en Gregorio de Nisa su iniciador,
explica la bienaventuranza en función de la contemplación. Hay que purificar
el propio corazón de todo vínculo con el mundo y con el mal; de este modo,
el corazón del hombre volverá a ser aquella pura y límpida imagen de Dios
que era al principio y en la propia alma, como en un espejo, la criatura podrá
«ver a Dios». «Si, con un tenor de vida diligente y atenta, lavas las
fealdades que se han depositado en tu corazón, resplandecerá en ti la divina
belleza... Contemplándote a ti mismo, verás en ti a aquél que es el deseo
de tu corazón y serás santo» [4].
Aquí el peso está todo en la apódosis, en el fruto prometido a la
bienaventuranza; tener el corazón limpio es el medio; el fin es «ver a Dios».
Se nota, a nivel de lenguaje, una influencia de la especulación de Plotino,
que se hace aún más descubierta en San Basilio [5].
También esta línea interpretativa tendrá continuidad en toda la historia
sucesiva de la espiritualidad cristiana que pasa por San Bernardo, San
Buenaventura y los místicos renanos [6]. En algunos ambientes monásticos se
añade, en cambio, una idea nueva e interesante: la de la pureza como
unificación interior que se obtiene deseando una cosa sola, cuando esta «cosa»
es Dios. Escribe San Bernardo: «Bienaventurados los puros de corazón porque
verán a Dios. Como si dijera: purifica el corazón, sepárate de todo, sé
monje, sólo, busca una cosa sola del Señor y persíguela (Sal 27, 4), libérate
de todo y verás a Dios (Sal 46, 11)» [7].
Bastante aislada está en cambio, en los Padres y en los autores medievales,
la interpretación ascética en función de la castidad que se
convertirá en predominante, decía, desde el siglo XIX en adelante. Crisóstomo
da el ejemplo más claro [8]. Situándose en esta misma línea, el místico
Ruusbroec distingue una castidad del espíritu, una castidad del corazón y
una castidad del cuerpo. Refiere la bienaventuranza evangélica a la castidad
del corazón. Ella -escribe- «mantiene reunidos y refuerza los sentidos
externos, mientras, en el interior, frena y doma los instintos brutales...
cierra el corazón a las cosas terrenas y a las ilusiones falaces, mientras
que lo abre a las cosas celestiales y a la verdad» [9].
Con grados diversos de fidelidad, todas estas interpretaciones ortodoxas
permanecen dentro del horizonte nuevo de la revolución obrada por Jesús que
reconduce todo discurso moral al corazón. Paradójicamente, los que
traicionaron la bienaventuranza evangélica de los puros (katharoi) de
corazón son precisamente los que tomaron el nombre de ella: los cátaros con
todos los movimientos afines que les precedieron y siguieron en la historia
del cristianismo. Estos caen en la categoría de los que hacen consistir la
pureza en estar separados, ritual y socialmente, de personas y cosas juzgadas
en sí mismas impuras, en una pureza más exterior que interior. Son los
herederos del radicalismo sectario de los fariseos y de los esenios más que
del Evangelio de Cristo.
3. La hipocresía laica
Con frecuencia se pone de relieve el alcance social y cultural de algunas
bienaventuranzas. No es raro leer «Bienaventurados los que trabajan por la
paz» en las pancartas que acompañan las manifestaciones de los pacifistas, y
la bienaventuranza de los mansos que poseerán la tierra es justamente
invocada a favor del principio de la no violencia, por no hablar después de
la bienaventuranza de los pobres y de los perseguidos por la justicia. Jamás
en cambio se habla de la relevancia social de la bienaventuranza de los puros
de corazón, que parece reservada exclusivamente al ámbito personal. Estoy
convencido sin embargo de que esta bienaventuranza puede ejercer hoy una función
crítica entre las más necesarias en nuestra sociedad.
Hemos visto que en el pensamiento de Cristo la pureza de corazón no se opone
primariamente a la impureza, sino a la hipocresía, y el de la hipocresía es
el vicio humano tal vez más difundido y menos confesado. Hay hipocresías
individuales e hipocresías colectivas.
El hombre –escribió Pascal- tiene dos vidas: una es la vida auténtica, la
otra la imaginaria que vive en la opinión, suya o de la gente. Trabajamos sin
descanso para adornar y conservar nuestro ser imaginario y descuidamos el
verdadero. Si poseemos alguna virtud o mérito, nos apresuramos a darlo a
conocer, de un modo u otro, para enriquecer de tal virtud o mérito nuestro
ser imaginario, dispuestos hasta a quitarlo de nosotros, para añadir algo a
él, hasta consentir, a veces, ser cobardes, con tal de parecer valerosos y
dar hasta la vida, para que la gente hable de ello [10].
La tendencia evidenciada por Pascal ha crecido enormemente en la cultura
actual, dominada por los medios de comunicación masivos, cine, televisión y
mundo del espectáculo en general. Descartes dijo: «Cogito ergo sum»,
pienso, luego existo; pero hoy se tiende a sustituirlo con «aparento, luego
existo».
De origen, el término hipocresía se reservaba al arte teatral. Significaba
sencillamente recitar, representar en el escenario. San Agustín lo recuerda
en su comentario a la bienaventuranza de los puros de corazón. «Los hipócritas
-escribe- son agentes de ficción del estilo de los que presentan la
personalidad de otros en las representaciones teatrales» [11].
El origen del término nos da las pistas para descubrir la naturaleza de la
hipocresía. Es hacer de la vida un teatro en el que se recita para un público;
es llevar una máscara, dejar de ser persona y pasar a ser personaje. Leí en
alguna parte esta caracterización de las dos cosas: «El personaje no es sino
la corrupción de la persona. La persona es un rostro, el personaje una careta.
La persona es desnudez radical, el personaje es todo ropaje. La persona ama la
autenticidad y la esencialidad, el personaje vive de ficción y de artificios.
La persona obedece a las propias convicciones, el personaje obedece a un guión.
La persona es humilde y ligera, el personaje es pesado y ampuloso».
Pero la ficción teatral es una hipocresía inocente porque mantiene siempre
la distinción entre el escenario y la vida. Nadie que asista a la
representación de Agamenón (es el ejemplo citado por Agustín) piensa que el
actor sea de verdad Agamenón. El hecho nuevo e inquietante de hoy es que se
tiende a anular también esta distancia, transformando la vida misma en un
espectáculo. Es lo que pretenden los llamados «reality show» que inundan ya
redes televisivas de todo el mundo.
Según el filósofo francés Jean Baudrillard, fallecido hace tres días, ya
se ha hecho difícil distinguir los sucesos reales (el 11-S, o la guerra del
Golfo) de su representación mediática. Realidad y virtualidad se confunden.
El llamamiento a la interioridad que caracteriza nuestra bienaventuranza y
todo el sermón de la montaña es una invitación a no dejarse arrollar por
esta tendencia que tiende a vaciar a la persona, reduciéndola a imagen, o
peor (según el término apreciado por Baudrillard) a simulacro.
Kierkegaard evidenció la alienación que resulta de vivir de pura
exterioridad, siempre y sólo en presencia de los hombres, y nunca sólo en
presencia de Dios y del propio yo. Un pastor -observa- puede ser un «yo»
frente a sus vacas, si viviendo siempre con ellas no tiene más que esas con
las que medirse. Un rey puede ser un yo de frente a los súbditos y se sentirá
un «yo» importante. El niño se percibe como un «yo» en relación con los
padres, un ciudadano ante el Estado... Pero será siempre un «yo» imperfecto,
porque falta la medida. «Qué realidad infinita adquiere en cambio mi “yo”,
cuando toma conciencia de existir ante Dios, convirtiéndose en un “yo”
humano cuya medida es Dios... ¡Qué acento infinito cae sobre el “yo” en
el momento en que obtiene como medida a Dios!».
Parece un comentario al dicho de San Francisco de Asís: «Lo que el hombre es
ante Dios, eso es, y nada más» [12].
4. La hipocresía religiosa
Lo peor que se puede hacer, hablando de hipocresía, es servirse de ella sólo
para juzgar a los demás, la sociedad, la cultura, el mundo. Es justamente a
esos a quienes Jesús aplica el título de hipócritas: «Hipócrita, saca
primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver parea sacar la brizna del
ojo de tu hermano» (Mt 7, 5).
Como creyentes, debemos recordar el dicho de un rabino judío del tiempo de
Cristo, según el cual el 90% de la hipocresía del mundo se encontraba
entonces en Jerusalén [13]. El mártir San Ignacio de Antioquia sentía la
necesidad de prevenir a sus hermanos en la fe, escribiendo: «Es mejor ser
cristianos sin decirlo que decirlo sin serlo» [14].
La hipocresía acecha sobre todo a las personas piadosas y religiosas; el
motivo es sencillo: donde más fuerte es la estima de los valores el espíritu,
de la piedad y de la virtud (¡o de la ortodoxia!), ahí también es más
fuerte la tentación de ostentarlos para no parecer faltos de ellos. A veces
es la propia función que desempeñamos la que nos empuja a hacerlo.
«Ciertos compromisos del consorcio humano –escribe San Agustín en las
Confesiones- nos obligan a hacernos amar y temer por los hombres; por lo tanto
el adversario de nuestra verdadera felicidad persigue y disemina por todas
partes los lazos del “Bravo, bravo”, para prendernos a nuestras espaldas
mientras los recogemos con avidez, a fin de separar nuestra alegría de tu
verdad y unirla a la mentira de los hombres, para hacernos gustar el amor y el
temor no obtenidos en tu nombre, sino en tu lugar» [15].
La hipocresía más perniciosa es esconder... la propia hipocresía. En ningún
esquema de examen de conciencia recuerdo haber encontrado la pregunta: ¿He
sido hipócrita? ¿Me he preocupado de la mirada de los hombres sobre mí, más
que de la de Dios? En cierto momento de la vida, tuve que introducir por mi
cuenta estas preguntas en mi examen de conciencia y raramente pude pasar
indemne a la pregunta sucesiva...
Un día tocaba como lectura del Evangelio de la Misa la parábola de los
talentos. Escuchándolo, entendí de golpe algo. Entre hacer rendir los
talentos o no, existe una tercera posibilidad: la de ponerlos a rendir, sí,
pero por sí mismos, no por el dueño, por la propia gloria o el propio
provecho, y esto es un pecado tal vez más grave que sepultarlos. Aquel día,
en el momento de la comunión, tuve que hacer como ciertos ladrones atrapados
en delito flagrante, que, llenos de vergüenza, vacían los bolsillos y echan
a los pies del propietario lo que le han quitado.
Jesús nos ha dejado un medio sencillo e insuperable para rectificar varias
veces al día nuestras intenciones, las primeras tres peticiones del
Padrenuestro: «Santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino. Hágase
tu voluntad». Se pueden recitar como oraciones, pero también como declaración
de intenciones: todo lo que hago, quiero hacerlo para que sea santificado tu
nombre, para que venga tu reino y para que se haga tu voluntad.
Sería una contribución preciosa para la sociedad y para la comunidad
cristiana si la bienaventuranza de los puros de corazón nos ayudara a
mantener despierta en nosotros la nostalgia de un mundo limpio, verdadero,
sincero, sin hipocresía, ni religiosa ni laica; un mundo en el que las
acciones se corresponden a las palabras, las palabras a los pensamientos, y
los pensamientos del hombre a los de Dios. Esto no sucederá plenamente más
que en la Jerusalén celeste, la ciudad toda de cristal, pero debemos al menos
tender a ello.
Una escritora de fábulas redactó «El país de cristal». Habla de una joven
que termina, por magia, en un país todo de cristal: casas de cristal, pájaros
de cristal, árboles de cristal, personas que se mueven como graciosas
estatuillas de cristal. Con todo, nada se había hecho añicos nunca, porque
todos aprendieron a moverse en él con delicadeza para no hacerse daño. Las
personas, al encontrarse, responden a las preguntas antes de que se les
formulen, porque hasta los pensamientos se han hecho abiertos y transparentes;
nadie busca ya mentir, sabiendo que todos pueden leer lo que se tiene en la
cabeza [16].
Dan escalofríos sólo de pensar qué pasaría si esto ocurriera ya, entre
nosotros; pero es sano al menos tender a tal ideal. Es el camino que lleva a
la bienaventuranza que hemos intentado comentar: «Bienaventurados los puros
de corazón porque verán a Dios».
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[1] S. Agustín, De sermone Domini in monte, II, 1,1 (CC 35, 92)
[2] Ib. II, 13, 45-46.
[3] Jean-François de Reims, La vraie perfection de cette vie, 2 parte,
Paris 1651, Instr. 4, p.160 s).
[4] Gregorio de Nisa, De beatitudinibus, 6 (PG 44, 1272).
[5] S. Basilio, Sullo Spirito Santo, IX,23; XXII,53 (PG 32, 109.168).
[6] Cf. Michel Dupuy, Pureté, purification, in DSpir. 12,
coll,2637-2645.
[7] S. Bernardo de Claraval, Sententiae, III, 2 (S. Bernardi Opera, ed.
J. Leclerq – H. M. Rochais).
[8] S. Juan Crisóstomo, Homiliae in Mattheum, 15,4.
[9] Giovanni Ruusboec, Lo splendore delle nozze spirituali, Roma, Città
Nuova 1992, pp.72 s.
[10] Cf. B. Pascal, Pensieri, 147 Br.
[11] S. Agustín, De sermone Domini in monte, 2,5 (CC 35, p. 95).
[12] S. Francisco de Asís, Ammonizioni, 19 (Fonti Francescane, n.169).
[13] Cf. Strack-Billerbeck, I, 718.
[14] S. Ignacio de Antioquía, Efesini 15,1 (“È meglio non dire ed
essere che dire e non essere”: “Es mejor no decir y ser que decir y no
ser”) y Magnesiani, 4 (“Bisogna non solo dirsi cristiani, ma
esserlo”: “Es necesario no sólo decirse cristianos, sino serlo”).
[15] Cf. S. Agustín, Confessioni, X, 36, 59.
[16] Lauretta, Il bosco dei lillà, Ancora, Milán, 2° ed. 1994, pp.
90 ss.
“BIENAVENTURADOS LOS MANSOS PORQUE POSEERÁN LA TIERRA”
Padre Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap., Predicador de la Casa
Pontificia
Segunda Predicación de Cuaresma
1. Quiénes son los mansos
La bienaventuranza sobre la que deseamos meditar hoy se presta a una observación
importante. Dice: «Bienaventurados los mansos porque poseerán la tierra».
Pues bien; en otro pasaje del mismo evangelio de Mateo, Jesús exclama: «Aprended
de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). De ahí deducimos
que las bienaventuranzas no son sólo un buen programa ético que el maestro
traza para sus discípulos; ¡son el autorretrato de Jesús! Es Él el
verdadero pobre, el manso, el puro de corazón, el perseguido por la justicia.
Está aquí el límite de Gandhi en su aproximación al sermón de la montaña,
que igualmente admiraba mucho. Para él, aquél podría hasta prescindir del
todo de la persona histórica de Cristo. «No me importaría siquiera –dijo
en una ocasión- si alguien demostrara que le hombre Jesús en realidad no
vivió jamás y cuanto se lee en los Evangelios no es más que fruto de la
imaginación del autor. Porque el sermón de la montaña permanecería siempre
verdadero ante mis ojos» [1].
Es, al contrario, la persona y la vida de Cristo lo que hace de las
bienaventuranzas y de todo el sermón de la montaña algo más que una espléndida
utopía ética; hace de ello una realización histórica, de la que cada uno
puede sacar fuerza para la comunión mística que le une a la persona del
Salvador. No pertenecen sólo al orden de los deberes, sino también al de la
gracia.
Para descubrir quiénes son los mansos proclamados bienaventurados por Jesús,
es útil pasar revista brevemente a los términos con los que la palabra
mansos (praeis) se plasma en las traducciones modernas. El italiano
tiene dos términos: «miti» y «mansueti». Este último es también el término
empleado en las traducciones españolas, los mansos. En francés la
palabra se traduce con doux, literalmente «los dulces», aquellos que
poseen la virtud de la dulzura (no existe en francés un término específico
para decir mansedumbre; en el «Dictionnaire de spiritualité» esta virtud
está expuesta en la voz douceur, dulzura).
En alemán se alternan diversas traducciones. Lutero traducía el término con
Sanftmŋtigen, esto es, mansos, dulces; en la traducción ecuménica
de la Biblia, la Eineits Bibel, los mansos son aquellos que no ejercen
ninguna violencia -die keine Gewalt anwenden-, por lo tanto los no-violentos;
algunos autores acentúan la dimensión objetiva y sociológica y traducen praeis
con Machtlosen, los inermes, los sin poder. El inglés vincula
habitualmente praeis con the gentle, introduciendo en la
bienaventuranza el matiz de gentileza y de cortesía.
Cada una de estas traducciones evidencia un componente verdadero, pero parcial,
de la bienaventuranza. Hay que considerarlas en conjunto y no aislar ninguna,
a fin de tener una idea de la riqueza originaria del término evangélico. Dos
asociaciones constantes, en la Biblia y en la parénesis cristiana antigua,
ayudan a captar el «sentido pleno» de mansedumbre: una es la que acerca
entre sí mansedumbre y humildad, la otra la que aproxima mansedumbre
y paciencia; la una saca a la luz las disposiciones interiores de las
que brota la mansedumbre, la otra las actitudes que impulsa a tener respecto
al prójimo: afabilidad, dulzura, gentileza. Son los mismos rasgos que el Apóstol
evidencia hablando de la caridad: «La caridad es paciente, es servicial, no
es envidiosa, no se engríe...» (1 Co 13, 4-5).
2. Jesús, el manso
Si las bienaventuranzas son el autorretrato de Jesús, lo primero que hay que
hacer al comentar una de ellas es ver cómo la vivió. Los evangelios son, de
punta a punta, la demostración de la mansedumbre de Cristo, en su doble
aspecto de humildad y de paciencia. Él mismo, hemos recordado, se propone
como modelo de mansedumbre. A Él Mateo aplica las palabras del Siervo de Dios
en Isaías: «No disputará ni gritará, la caña cascada no la quebrará, ni
apagará la mecha humeante» (Mt 12, 20). Su entrada en Jerusalén a lomos de
un asno se ve como un ejemplo de rey «manso» que huye de toda idea de
violencia y de guerra (Mt 21, 4).
La prueba máxima de la mansedumbre de Cristo se tiene en su pasión. Ningún
gesto de ira, ninguna amenaza. «Insultado, no respondía con insultos; al
padecer, no amenazaba» (1 P 2, 23). Este rasgo de la persona de Cristo se había
grabado de tal forma en la memoria de sus discípulos que San Pablo, queriendo
exhortar a los corintios por algo querido y sagrado, les escribe: «Os suplico
por la mansedumbre (prautes) y la benignidad (epieikeia) de
Cristo» (2 Co 10, 1).
Pero Jesús hizo mucho más que darnos ejemplo de mansedumbre y paciencia
heroica; hizo de la mansedumbre y de la no violencia el signo de la verdadera
grandeza. Ésta ya no consistirá en alzarse solitarios sobre los demás,
sobre la masa, sino en abajarse para servir y elevar a los demás. Sobre la
cruz, dice Agustín, Él revela que la verdadera victoria no consiste en hacer
víctimas, sino en hacerse víctima, «Victor quia victima» [2].
Nietzsche, se sabe, se opuso a esta visión, definiéndola una «moral de
esclavos», sugerida por el «resentimiento» natural de los débiles hacia
los fuertes. Predicando la humildad y la mansedumbre, el hacerse pequeños, el
poner la otra mejilla, el cristianismo introdujo, en su opinión, una especie
de cáncer en la humanidad que ha apagado su empuje y ha mortificado su vida...
En la introducción al libro Así hablaba Zaratustra, la hermana del
filósofo resumía así el pensamiento de su hermano:
«Él supone que, por el resentimiento de un cristianismo débil y falseado,
todo lo que era bello, fuerte, soberbio, poderoso –como las virtudes
procedentes de la fuerza- ha sido proscrito y prohibido, y que por ello han
disminuido mucho las fuerzas que promueven y ensalzan la vida. Pero ahora una
nueva tabla de valores debe ponerse sobre la humanidad, esto es, el fuerte, el
hombre magnífico hasta su punto más excelso, el superhombre, que nos es
presentado ahora con arrolladora pasión como objetivo de nuestra vida, de
nuestra voluntad y de nuestra esperanza» [3].
Desde hace algún tiempo se asiste al intento de absolver a Nietzsche de toda
acusación, de amansarle y hasta de cristianizarle. Se dice que en el fondo él
no va contra Cristo, sino contra los cristianos que en ciertas épocas
predicaron una renuncia fin de sí misma, despreciando la vida y yendo contra
el cuerpo... Todos habrían tergiversado el verdadero pensamiento del filósofo,
empezando por Hitler... En realidad él habría sido un profeta de tiempos
nuevos, el precursor de la era postmoderna.
Ha quedado, se puede decir, una sola voz que se opone a esta tendencia, la del
pensador francés René Girard, según el cual todos estos intentos perjudican
ante todo a Nietzsche. Con una perspicacia en verdad única, para su tiempo,
él captó el verdadero núcleo del problema, la alternativa irreducible entre
paganismo y cristianismo.
El paganismo exalta el sacrificio del débil a favor del fuerte y del progreso
de la vida; el cristianismo exalta el sacrificio del fuerte a favor del débil.
Es difícil no ver un nexo objetivo entre la propuesta de Nietzsche y el
programa hitleriano de eliminación de grupos humanos enteros por el adelanto
de la civilización y la pureza de la raza.
No es por lo tanto sólo el cristianismo el blanco del filósofo, sino también
Cristo. «Dionisio contra el Crucificado»: «he ahí la antítesis», exclama
en uno de sus fragmentos póstumos [4].
Girard demuestra que lo que forma el mayor honor de la sociedad moderna –la
preocupación por las víctimas, estar de parte del débil y del oprimido, la
defensa de la vida amenazada- es en realidad un producto directo de la
revolución evangélica que, sin embargo, por un paradójico juego de
rivalidades miméticas, es ahora reivindicado por otros movimientos, como
conquista propia, incluso en oposición al cristianismo [5].
Hablaba la vez pasada de la relevancia hasta social de las bienaventuranzas.
La de los mansos es su ejemplo tal vez más claro, pero lo que se dice de ella
vale, en conjunto, para todas las bienaventuranzas. Son la manifestación de
la nueva grandeza, el camino de Cristo a la autorrealización en la felicidad.
No es verdad que el Evangelio mortifique el deseo de hacer grandes cosas y de
sobresalir. Jesús dice. «Si uno quiere ser el primero, sea el último de
todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35). Es por lo tanto lícito, e incluso
está recomendado, querer ser el primero; sólo que el camino para llegar a
ello ha cambiado: no elevándose por encima de los demás, tal vez aplastándoles
si son un obstáculo, sino abajándose para elevar a los demás consigo.
3. Mansedumbre y tolerancia
La bienaventuranza de los mansos ha pasado a ser de extraordinaria relevancia
en el debate sobre religión y violencia, encendido después de hechos como el
del 11 de septiembre. Ella recuerda, ante todo a nosotros, los cristianos, que
el Evangelio no da lugar a dudas. No hay en él exhortaciones a la no
violencia, mezcladas con exhortaciones contrarias. Los cristianos pueden, en
ciertas épocas, haber errado sobre ello, pero la fuente es límpida y a ella
la Iglesia puede volver para inspirarse de nuevo en toda época, segura de no
encontrar ahí más que verdad y santidad.
El Evangelio dice que «el que no crea se condenará» (Mc 16, 16), pero en el
cielo, no en la tierra, por Dios, no por los hombres. «Cuando os persigan en
una ciudad –dice Jesús-, huid a otra» (Mt 10, 23); no dice: «ponedla a
hierro y fuego». Una vez, dos de sus discípulos, Santiago y Juan, que no habían
sido recibidos en cierto pueblo samaritano, dijeron a Jesús: «Señor, ¿quieres
que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Jesús, está escrito,
«volviéndose, les reprendió». Muchos manuscritos recogen también el tono
del reproche: «No sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del hombre
no ha venido a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas» (Lc 9,
53-56).
El famoso compelle intrare, «obligadlos a entrar», con el que San
Agustín, si bien muy a su pesar [6], justifica su aprobación de las leyes
imperiales contra los donatistas [7] y que se utilizará después para
justificar la coerción respecto a los herejes, se debe a un forzamiento del
texto evangélico, fruto de una lectura mecánicamente literal de la Biblia.
La frase la pone Jesús en boca del hombre que había preparado una gran cena
y, ante el rechazo de los invitados a acudir, dice a los siervos que vayan por
las calles y las cercas y que «hagan entrar a los pobres y lisiados, y ciegos
y cojos» (Lc 14, 15-24). Está claro que obligar no significa otra cosa, en
el contexto, que una amable insistencia. Los pobres y los lisiados, como todos
los infelices, podrían sentirse violentos al presentarse con sus trastos en
el palacio: venced su resistencia, recomienda el señor, decidles que no
tengan miedo de entrar. Cuántas veces, en circunstancias similares, nosotros
mismos hemos dicho: «Me obligó a aceptar», sabiendo bien que la insistencia
en estos casos es signo de benevolencia, no de violencia.
En un libro-investigación sobre Jesús que ha suscitado mucho eco últimamente
en Italia, se atribuye a Jesús la frase: «Pero a aquellos enemigos míos,
los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos
delante de mí» (Lc 19, 27), y se deduce que «es a frases como éstas que se
remiten los partidarios de la “guerra santa”» [8]. Pues bien: hay que
precisar que Lucas no atribuye tales palabras a Jesús, sino al rey de la parábola,
y se sabe que no se pueden trasladar de la parábola a la realidad todos los
detalles del relato parabólico, y que en cualquier caso hay que trasladarlos
del plano material al espiritual. El sentido metafórico de estas parábolas
es que aceptar o rechazar a Jesús no carece de consecuencias; es una cuestión
de vida o muerte, pero vida y muerte espiritual, no física. La guerra santa
no tiene nada que ver.
4. Con mansedumbre y respeto
Pero dejemos de lado estas consideraciones de orden apologético y procuremos
ver cómo hacer de la bienaventuranza de los mansos una luz para nuestra vida
cristiana. Existe una aplicación pastoral de la bienaventuranza de los mansos
que empieza ya con la Primera Carta de Pedro. Se refiere al diálogo con el
mundo externo: «Dad culto al Señor Cristo en vuestros corazones, siempre
dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza.
Pero hacedlo con mansedumbre (prautes) y respeto» (1 P 3,15-16).
Han existido desde la antigüedad dos tipos de apologética; uno tiene su
modelo en Tertuliano, otro en Justino; uno se orienta a vencer, el otro a
convencer. Justino escribe un Diálogo con el judío Trifón,
Tertuliano (o un discípulo suyo) escribe un tratado Contra los judíos,
Adversus Judeos. Estos dos estilos han tenido una continuidad en la
literatura cristiana (nuestro Giovanni Papini era ciertamente más cercano a
Tertuliano que a Justino), pero es verdad que hoy es preferible el primero. La
encíclica Deus caritas est del actual Sumo Pontífice es un ejemplo
luminoso de esta presentación respetuosa y constructiva de los valores
cristianos que da razón de la esperanza cristiana «con mansedumbre y respeto».
El mártir San Ignacio de Antioquia sugería a los cristianos de su tiempo,
respecto al mundo externo, esta actitud, siempre actual: «Ante su ira, sed
mansos; ante su presunción, sed humildes» [9].
La promesa ligada a la bienaventuranza de los mansos -«poseerán la tierra»-
se realiza en diversos planos, hasta la tierra definitiva que es la vida
eterna, pero ciertamente uno de los planos es el humano: la tierra son los
corazones de los hombres. Los mansos conquistan la confianza, atraen las almas.
El santo por excelencia de la mansedumbre y de la dulzura, San Francisco de
Sales, solía decir: «Sed lo más dulces que podáis y recordad que se
atrapan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre».
5. Aprended de mí
Se podría insistir largamente sobre estas aplicaciones pastorales de la
bienaventuranza de los mansos, pero pasemos a una aplicación más personal.
Jesús dice: «Aprended de mí que soy manso». Se podría objetar: ¡pero Jesús
no se mostró, Él mismo, siempre manso! Dice por ejemplo que no hay que
oponerse al malvado, y que «al que te abofetee en la mejilla derecha, ofrécele
también la otra» (Mt 5, 39). Pero cuando uno de los guardias le golpea en la
mejilla, durante el proceso en el Sanedrín, no está escrito que ofreció la
otra, sino que con calma respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está
mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» (Jn 18, 23).
Esto significa que no todo, en el sermón de la montaña, hay que tomarlo mecánicamente
a la letra; Jesús, según su estilo, utiliza hipérboles y un lenguaje
figurativo para grabar mejor en la mente de los discípulos determinada idea.
En el caso de poner la otra mejilla, por ejemplo, lo importante no es el gesto
de ofrecerla (que a veces hasta puede parecer provocador), sino el de no
responder a la violencia con otra violencia, vencer la ira con la serenidad.
En este sentido, su respuesta al guardia es el ejemplo de una mansedumbre
divina. Para medir su alcance, basta con compararla a la reacción de su apóstol
Pablo (que era un santo) en una situación análoga. Cuando, en el proceso
ante el Sanedrín, el sumo sacerdote Ananías ordena golpear a Pablo en la
boca, él responde: «Dios te golpeará a ti, pared blanqueada» (Hch 23,
2-3).
Hay que aclarar otra duda. En el mismo sermón de la montaña, Jesús dice: «El
que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que
le llame renegado, será reo de la gehenna de fuego» (Mt 5, 22). Varias veces
en el Evangelio Él se dirige a los escribas y fariseos llamándoles «hipócritas,
insensatos y ciegos» (Mt 23, 17); reprocha a los discípulos llamándoles «insensatos
y tardos de corazón» (Lc 24, 25).
También aquí la explicación es sencilla. Hay que distinguir entre la
injuria y la corrección. Jesús condena las palabras dichas con rabia y con
intención de ofender al hermano, no las que se orientan a hacer tomar
conciencia del propio error y a corregir. Un padre que dice su hijo: «eres un
indisciplinado, un desobediente», no pretende ofenderle, sino corregirle.
Moisés es definido por la Escritura como «más manso que cualquier hombre
sobre la tierra» (Nm 12,3); con todo, en el Deuteronomio le oímos exclamar,
dirigido a Israel: «¿Así pagáis a Yahveh, pueblo insensato y necio?» (Dt
32, 6).
Lo decisivo es si quien habla lo hace por amor o por odio. «Ama y haz lo que
quieras», decía San Agustín. Si amas, ya corrijas, ya lo dejes pasar, será
amor. El amor no hace ningún daño al prójimo; de la raíz del amor, como de
un árbol bueno, no pueden más que nacer frutos buenos [10]
6. Mansos de corazón
Hemos llegado así al terreno propio de la bienaventuranza de los mansos, el
corazón. Jesús dice: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón».
La verdadera mansedumbre se decide ahí. Es del corazón, dice, que proceden
los homicidios, maldades, calumnias (Mc 7, 21-22), como de las agitaciones
internas del volcán se expulsan lava, cenizas y material incandescente. Las
mayores explosiones de violencia, como las guerras y conflictos, empiezan,
como dice Santiago, secretamente desde las «pasiones que se agitan dentro del
corazón del hombre» (St 4, 1-2). Igual que existe un adulterio del corazón,
existe un homicidio del corazón: «El que odia a su propio hermano –escribe
Juan-, es un homicida» (1 Jn 3, 15).
No existe sólo la violencia de las manos; existe también la de los
pensamientos. Dentro de nosotros, si prestamos atención, se desarrollan casi
continuamente «procesos a puerta cerrada». Un monje anónimo tiene páginas
de gran penetración al respecto. Habla como monje, pero lo que dice no vale sólo
para los monasterios; apunta el ejemplo de los súbditos, pero es evidente que
el problema se plantea de otro modo también para los superiores.
«Observa -dice-, aunque sea por un día, el curso de tus
pensamientos: te sorprenderá la frecuencia y la vivacidad de tus críticas
internas con interlocutores imaginarios, y si no con los que te son cercanos.
¿Cuál es habitualmente su origen? Éste: el descontento a causa de los
superiores que no nos quieren, no nos estiman, no nos entienden; son severos,
injustos o demasiado cerrados con nosotros o con otros “oprimidos”.
Estamos descontentos de nuestros hermanos, “sin comprensión, obstinados,
bruscos, desordenados o injuriosos...”. Entonces en nuestro espíritu se
crea un tribunal en el que somos fiscal, presidente, juez y jurado; raramente
abogado, más que en nuestro favor. Se exponen los agravios; se pesan las
razones; se defiende, se justifica; se condena al ausente. Tal vez se elaboran
planes de revancha o trampas vengativas... » [11].
Los Padres del desierto, al no tener que luchar contra enemigos externos,
hicieron de esta batalla interior contra los pensamientos (los famosos logismoi)
el banco de prueba de todo progreso espiritual. También elaboraron un método
de lucha. Nuestra mente, decían, tiene la capacidad de preceder el desarrollo
de un pensamiento, de conocer, desde el principio, adónde irá a parar: si a
disculpar al hermano o a condenarle, si a la gloria propia o a la gloria de
Dios. «Tarea del monje –decía un anciano- es ver llegar de lejos los
propios pensamientos» [12], se entiende que para cerrarles camino, cuando no
son conformes a la caridad. La manera más sencilla de hacerlo es decir una
breve oración o enviar una bendición hacia la persona que tenemos tentación
de juzgar. Después, con la mente serena, se podrá valorar si y cómo actuar
respecto a aquella.
7. Revestirse de la mansedumbre de Cristo
Una observación antes de concluir. Por su naturaleza, las bienaventuranzas
están orientadas a la práctica; llaman a la imitación, acentúan la obra
del hombre. Existe el riesgo de desalentarse al constatar la incapacidad de
llevarlas a cabo en la propia vida y la distancia abismal que existe entre el
ideal y la práctica.
Se debe recordar lo que se decía al inicio: las bienaventuranzas son el
autorretrato de Jesús. Él las vivió todas en grado sumo; pero –y aquí
está la buena noticia- no las vivió sólo para sí, sino también para todos
nosotros. Respecto a las bienaventuranzas, estamos llamados no sólo a la
imitación, sino también a la apropiación. En la fe podemos beber de la
mansedumbre de Cristo, como de su pureza de corazón y de cualquier otra
virtud suya. Podemos orar para tener la mansedumbre, como Agustín oraba para
tener la castidad: «Oh Dios, tú me mandas que sea manso; dame lo que mandas
y mándame lo que quieras» [13].
«Revestios, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de
misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre (prautes), paciencia »
(Col 3, 12), escribe el Apóstol a los colosenses. La mansedumbre y la bondad
son como un vestido que Cristo nos ha merecido y del que, en la fe, podemos
revestirnos, no para ser dispensados de la práctica, sino para animarnos a
ella. La mansedumbre (prautes) es situada por Pablo entre los frutos
del Espíritu (Ga 5, 23), esto es, entre las cualidades que el creyente
muestra en la propia vida, cuando acoge al Espíritu Santo y se esfuerza por
corresponder.
Podemos, por lo tanto, terminar repitiendo juntos con confianza la bella
invocación de las letanías del Sagrado Corazón: «Jesús, manso y humilde
de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo»: Jesu, mitis et
humilis corde: fac cor nostrum secundum cor tutum.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
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[1] Gandhi, Buddismo, Cristianesimo, Islamismo, Roma, Tascabili Newton
Compton, 1993, p. 53.
[2] S. Agostino, Confessioni, X, 43.
[3] Introduzione all’edizione tascabile di Also sprach Zarathustra
del 1919.
[4] F. Nietzsche, Opere complete, VIII, Frammenti postumi 1888-1889,
Adelphi, Milano 1974, p. 56.
[5] R. Girard, Vedo Satana cadere come folgore, Milano, Adelphi, 2001,
pp. 211-236.
[6] S. Agostino, Epistola 93, 5: “Dapprima ero del parere che nessuno
dovesse essere condotto per forza all’unità di Cristo, ma si dovesse agire
solo con la parola, combattere con la discussione, convincere con la ragione”.
[7] Cf. S. Agostino, Epistole 173, 10; 208, 7.
[8] Corrado Augias – Mauro Pesce, Inchiesta su Gesù. Mondadori,
Milano 2006, p.52.
[9] S. Ignazio d’Antiochia, Agli Efesini, 10,2-3.
[10] S. Agostino, Commento alla Prima Lettera di Giovanni 7,8 (PL 35,
2023)
[11] Un monaco, Le porte del silenzio, Ancora, Milano 1986, p. 17 (Originale:
Les porte du silence, Libraire Claude Martigny, Genève).
[12] Detti e fatti dei Padri del deserto, a cura di C. Campo e P.
Draghi, Rusconi, Milano 1979, p. 66.
[13] Cf. S. Agostino, Confessioni, X, 29.
«BIENAVENTURADOS LOS QUE TENÉIS HAMBRE AHORA, PORQUE SERÉIS
SACIADOS»
Padre Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap., Predicador de la Casa
Pontificia
Tercera Predicación de Cuaresma
1. Historia y Espíritu
La investigación sobre el Jesús histórico, hoy tan en auge –tanto la que
hacen estudiosos creyentes como la radical de los no creyentes- esconde un
grave peligro: el de inducir a creer que sólo lo que, por esta nueva vía, se
pueda remontar al Jesús terreno es «auténtico», mientras que todo lo demás
sería no-histórico y por lo tanto no «auténtico». Esto significaría
limitar indebidamente sólo a la historia los medios que Dios tiene a
disposición para revelarse. Significaría abandonar tácitamente la verdad de
fe de la inspiración bíblica y por lo tanto el carácter revelado de las
Escrituras.
Parece que esta exigencia de no limitar únicamente a la historia la
investigación sobre el Nuevo Testamento comienza a abrirse camino entre
diversos estudiosos de la Biblia. En 2005 se celebró en Roma, en el Instituto
Bíblico, una consulta sobre «Crítica canónica e interpretación teológica»
(«C anon Criticism and Theological Interpretation») con la participación de
eminentes estudiosos del Nuevo Testamento. Aquella tenía el objetivo de
promover este aspecto de la investigación bíblica que tiene en cuenta la
dimensión canónica de las Escrituras, integrando la investigación histórica
con la dimensión teológica.
De todo ello deducimos que «palabra de Dios», y por lo tanto normativo para
el creyente, no es el hipotético «núcleo originario» diversamente
reconstruido por los historiadores, sino lo que está escrito en los
evangelios. El resultado de las investigaciones históricas hay que tenerlo
enormemente en cuenta porque es el que debe orientar a la comprensión también
de los desarrollos posteriores de la tradición, pero la exclamación «¡Palabra
de Dios!» seguiremos pronunciándola al término de la lectura del texto
evangélico, no al término de la lectura del último libro sobre el Jesús
histórico.
Las dos lecturas, la histórica y la de fe, tienen entre sí un importante
punto de encuentro. «Un evento es histórico –escribió un eminente
estudioso del Nuevo Testamento- cuando asoman en él dos requisitos: ha "sucedido"
y
además ha asumido una relevancia significativa determinante para las
personas que estuvieron involucradas en él y establecieron su narración»
[1]. Existen infinitos hechos realmente ocurridos que, en cambio, no pensamos
en definir «históricos», porque no han dejado huella alguna en la historia,
no han suscitado ningún interés, ni han hecho nacer nada nuevo. «Histórico»
no es por lo tanto el descarnado hecho de crónica, sino el
hecho más
el
significado de él.
En este sentido, los evangelios son «históricos» no sólo por lo que
refieren verdaderamente ocurrido, sino por el significado de los hechos que
sacan a la luz bajo la inspiración del Espíritu Santo. Los evangelistas y la
comunidad apostólica antes que ellos, con sus añadidos y subrayados diversos,
no hicieron sino evidenciar los diferentes significados o implicaciones de un
determinado dicho o hecho de Jesús.
Juan se preocupa de hacer que se explique anticipadamente por Jesús mismo
este hecho cuando le atribuye las palabras: «Mucho tengo todavía que deciros,
pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad,
os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que
hablará lo que oiga y os anunciará lo que ha de venir» (Jn 16,12-13).
Estas observaciones nos resultan de particular utilidad cuando se trata del
uso que hay que hacer de las bienaventuranzas evangélicas. Es bien sabido que
las bienaventuranzas nos han llegado en dos versiones distintas. Mateo tiene
ocho bienaventuranzas; Lucas sólo cuatro, seguidas, en cambio, de otros
tantos «ay» contrarios. En Mateo el discurso es indirecto: «bienaventurados
los pobres», «bienaventurados los que tienen hambre»; en Lucas el discurso
es directo: «bienaventurados vosotros, los pobres», «bienaventurados los
que tenéis hambre»; Lucas dice «pobres» y «hambrientos», Mateo pobres «de
espíritu» y hambrientos «de justicia»
Después de toda la labor crítica realizada para distinguir lo que, en las
bienaventuranzas, se remonta al Jesús histórico y lo que es propio de Mateo
y de Lucas, [2], la tarea del creyente de hoy no es la de elegir como auténtica
una de las dos versiones y dejar de lado la otra. Se trata más bien de
recoger el mensaje contenido en una y otra versión evangélica y –según
los casos y las necesidades de hoy- valorar, cada vez, una u otra perspectiva,
como hizo cada uno de los dos evangelistas en su tiempo.
2. Quiénes son los hambrientos y quiénes los saciados
Siguiendo este principio, reflexionamos hoy sobre la bienaventuranza de los
hambrientos, partiendo de la versión de Lucas: «Bienaventurados los que tenéis
hambre ahora, porque seréis saciados». Veremos, en un segundo momento, que
la versión de Mateo, que habla de «hambre de justicia», no se opone a la de
Lucas, sino que la confirma y refuerza.
Los que tienen hambre, en la bienaventuranza de Lucas, no constituyen una
categoría diferente de los pobres mencionados en la primera bienaventuranza.
Son los mismos pobres considerados en el aspecto más dramático de su condición,
la falta de alimento. Paralelamente, los «saciados» son los ricos que en su
prosperidad pueden satisfacer no sólo la necesidad, sino también la voluntad
al comer. Es el propio Jesús quien se preocupó de explicar quiénes son los
saciados y quiénes los que tienen hambre. Lo hizo con la parábola del rico
epulón y del pobre Lázaro (Lc 16, 19-31). También ésta considera pobreza y
riqueza bajo la perspectiva de la falta o sobreabundancia de alimento: el rico
«celebraba todos los días espléndidas fiestas»; el pobre «deseaba
hartarse de lo que caía de la mesa del rico».
La parábola sin embargo no explica sólo quiénes son los hambrientos y quiénes
los saciados, sino también, y sobre todo,
por qué los primeros son
declarados bienaventurados y los segundos desventurados: «Un día el pobre
murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el
rico y fue sepultado... en el infierno entre tormentos»
La riqueza y la saciedad tienden a encerrar al hombre en un horizonte terreno
porque «donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Lc 12,
34); agravan el corazón con la disipación y la ebriedad, sofocando la
semilla de la palabra (Cf. Lc 21, 34); hacen olvidar al rico que la noche
siguiente podrían pedírsele cuentas de su vida (Lc 16,19-31); hacen la
entrada en el Reino «más difícil que para un camello pasar por el ojo de
una aguja» (Lc 18, 25).
El rico epulón y los demás ricos del evangelio no son condenados por el
simple hecho de ser ricos, sino por el uso que hacen, o no, de su riqueza. En
la parábola del rico epulón Jesús da a entender que habría, para el rico,
un camino de salida, el de acordarse de Lázaro a su puerta y compartir con él
su opulenta comida.
El remedio, en otras palabras, es hacerse «amigos de los pobres con las
riquezas» (Lc 16, 9); el administrador infiel es elogiado por haber hecho
esto, si bien en un contexto equivocado (Lc 16, 1-8). Pero la saciedad
confunde el espíritu y hace extremadamente difícil ir por esta vía; la
historia de Zaqueo muestra cómo es posible, pero también lo raro que es. De
ahí el porqué del «ay» dirigido a los ricos y a los saciados; un «¡ay!»,
en cambio, que es más un «¡atentos!» que un «¡malditos!».
3. A los hambrientos colmó de bienes
Desde este punto de vista, el mejor comentario a la bienaventuranza de los
pobres y de los que tienen hambre es lo que dice María en el
Magnificat.
«Desplegó la fuerza de su brazo,
dispersó a los que son soberbios en su propio corazón.
Derribó a los potentados de sus tronos
y exaltó a los humildes.
A los hambrientos colmó de bienes
y despidió a los ricos sin nada» (Lc 1, 51-53).
Con una serie de poderosos verbos, María describe un vuelco y un cambio
radical de partes entre los hombres: «Derribó – exaltó; colmó –
despidió sin nada». Algo, por lo tanto, ya sucedido o que sucede
habitualmente en la acción de Dios. Contemplando la historia no parece que
haya habido una revolución social por la que los ricos, de golpe, hayan
empobrecido y los hambrientos hayan sido saciados de alimento. Si por lo tanto
lo que se esperaba era un cambio social y visible, ha habido un desmentido
total por parte de la historia.
El vuelco ha sucedido, ¡pero en la fe! Se ha manifestado el reino de Dios y
esto ha provocado una silenciosa, pero radical revolución. El rico aparece
como un hombre que ha ahorrado una ingente suma de dinero; por la noche ha
habido un golpe de Estado con una devaluación del cien por cien; por la mañana
el rico se levanta, pero no sabe que es un pobre miserable. Los pobres y los
hambrientos, al contrario, están en ventaja, porque están más dispuestos a
acoger la nueva realidad, no temen el cambio; tienen el corazón preparado.
Santiago, dirigiéndose a los ricos, decía: «Llorad y dad alaridos por las
desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida»
(St 5, 1-2). También aquí, nada testifica que en tiempos de Santiago los
bienes de los ricos se pudrieran en los graneros. El apóstol quiere decir que
ha ocurrido algo que les ha hecho perder todo valor real; se ha revelado una
nueva riqueza. «Dios –escribe también Santiago- ha escogido a los pobres
según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino» (St 2, 5).
Más que «una incitación a derribar a los potentados de sus tronos para
exaltar a los humildes», como a veces se ha escrito, el
Magnificat es
una saludable advertencia dirigida a los ricos y a los poderosos acerca del
tremendo peligro que corren, exactamente como el «ay» de Jesús y la parábola
del rico epulón.
4. Una parábola actual
Una reflexión sobre la bienaventuranza de los que tienen hambre y de los
saciados no puede contentarse con explicar su significado exegético; debe
ayudarnos a leer con ojos evangélicos la situación en marcha a nuestro
alrededor y a actuar en ella en el sentido indicado por la bienaventuranza.
La parábola del rico epulón y del pobre Lázaro se repite hoy, entre
nosotros, a escala mundial. Ambos personajes incluso representan los dos
hemisferios: el rico epulón el hemisferio norte (Europa occidental, América,
Japón); el pobre Lázaro es, con pocas excepciones, el hemisferio sur. Dos
personajes, dos mundos: el primer mundo y el «tercer mundo». Dos mundos de
desigual tamaño: el que llamamos «tercer mundo» representa en realidad «dos
tercios del mundo» (se está afirmando el uso de llamarlo precisamente así:
no «tercer mundo»,
third world , sino «dos tercios del mundo»,
two-third
world).
Hay quien ha comparado la tierra a una astronave en vuelo por el cosmos, en la
que uno de los tres astronautas a bordo consume el 85% de los recursos
presentes y brega por acaparar también el restante 15%. El desperdicio es
habitual en los países ricos. Hace años una investigación realizada por el
Ministerio de Agricultura americano calculó que de 161 mil millones de kilos
de productos alimentarios, 43 mil millones, esto es, cerca de la cuarta parte,
acaban en la basura. De este alimento desechado, se podrían recuperar fácilmente,
si se quisiera, cerca de 2 mil millones de kilos, una cantidad suficiente para
alimentar durante un año a cuatro millones de personas.
El mayor pecado contra los pobres y los hambrientos es tal vez la indiferencia,
fingir no ver, «dar un rodeo (Cf. Lc 10, 31). Ignorar las inmensas
muchedumbres de mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin
esperanza de un futuro mejor –escribía Juan Pablo II en la encíclica
"Sollicitudo
rei socialis" - «significaría parecernos al rico epulón que fingía
no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta» [3].
Tendemos a poner, entre nosotros y los pobres, un doble cristal. El efecto del
doble cristal, hoy tan aprovechado, es que impide el paso del frío y del
ruido, diluye todo, hace llegar todo amortiguado, atenuado. Y de hecho vemos a
los pobres moverse, agitarse, gritar tras la pantalla de la televisión, en
las páginas de los periódicos y de las revistas misioneras, pero su grito
nos llega como de muy lejos. No llega al corazón, o llega ahí sólo por un
momento.
Lo primero que hay que hacer, respecto a los pobres, es por lo tanto romper el
«doble cristal», superar la indiferencia, la insensibilidad, echar abajo las
barreras y dejarse invadir por una sana inquietud a causa de la espantosa
miseria que hay en el mundo. Estamos llamados a compartir el suspiro de Cristo:
«Siento compasión por esta gente que no tiene nada qué comer»:
mi
sereor super turba (Cf. Mc 8, 2). Cuando se tiene ocasión de ver con los
propios ojos qué es la miseria y el hambre, visitando las aldeas o las
periferias de las grandes ciudades en ciertos países africanos (a mí me ha
sucedido hace algunos meses en Ruanda), la compasión deja sin palabras.
Eliminar o reducir el injusto y escandaloso abismo que existe entre los
saciados y los hambrientos del mundo es la tarea más urgente y más ingente
que la humanidad ha llevado consigo sin resolver al entrar en el nuevo milenio.
Una tarea en la que sobre todo las religiones deberían distinguirse y
hallarse unidas más allá de toda rivalidad. Una empresa de esta envergadura
no puede promoverla ningún líder o poder político, condicionado como está
por los intereses de la propia nación y frecuentemente por poderes económicos
fuertes. El Santo Padre Benedicto XVI ha dado ejemplo de ello con el fuerte
llamamiento, dirigido el pasado enero, al cuerpo diplomático acreditado ante
la Santa Sede, como hizo también el año pasado en la misma ocasión:
«Entre las cuestiones esenciales, ¿cómo no pensar en los millones de
personas, especialmente mujeres y niños, que carecen de agua, comida y
vivienda? El escándalo del hambre, que tiende a agravarse, es inaceptable en
un mundo que dispone de bienes, de conocimientos y de medios para subsanarlo»
[4].
5. «Bienaventurados los que tienen hambre de justicia»
Decía al principio que las dos versiones de la bienaventuranzas de los
hambrientos, la de Lucas y la de Mateo, no se presentan alternativamente, sino
que se integran recíprocamente. Mateo no habla de hambre material, sino de
hambre y sed de «justicia». De estas palabras se han dado dos
interpretaciones fundamentales.
Una, en línea con la teología luterana, interpreta la bienaventuranza de
Mateo a la luz de lo que dirá San Pablo sobre la justificación mediante la
fe. Tener hambre y sed de justicia significa tomar conciencia de la propia
necesidad de justicia y de la incapacidad para procurársela solos con las
obras y por lo tanto esperarla humildemente de Dios. La otra interpretación
ve en la justicia «no la que Dios mismo pone por obra o la que Él concede,
sino la que Él reclama al hombre» [5], en otras palabras, las obras de
justicia.
A la luz de esta interpretación, con mucho la más común y exegéticamente más
fundada, el hambre material de Lucas y el hambre espiritual de Mateo ya no
carecen de relación entre sí. Estar de lado de los hambrientos y de los
pobres entra en las obras de justicia y será, más aún, según Mateo, el
criterio según el cual ocurrirá al final la separación entre justos e
injustos (Cf. Mt 25).
Toda la justicia que Dios pide del hombre se resume en el doble mandamiento
del amor a Dios y al prójimo (Cf. Mt 22, 40). Es el amor al prójimo por lo
tanto el que debe impulsar a los hambrientos de justicia a preocuparse de los
hambrientos de pan. Y éste es el gran principio a través del cual el
Evangelio actúa en el ámbito social. En cuanto a este punto, lo había
percibido adecuadamente la teología liberal:
«En ninguna parte del Evangelio –escribe uno de sus más ilustres
representantes, Adolph von Harnack- encontramos que enseñe a mantenernos
indiferentes ante los hermanos. La indiferencia evangélica (no preocuparse
del alimento, del vestido, del mañana) expresa más que nada lo que cada alma
debe sentir ante el mundo, sus bienes y sus lisonjas. Cuando se trata, en
cambio, del prójimo, el Evangelio no quiere ni oír hablar de indiferencia,
sino que impone amor y piedad. Además, el Evangelio considera absolutamente
inseparables las necesidades espirituales y temporales de los hermanos» [6].
El Evangelio no incita a los hambrientos a hacerse solos justicia, a alzarse,
también porque en tiempos de Jesús –a diferencia de hoy- aquellos no tenían
instrumento alguno, ni teórico ni práctico, para hacerlo; no les pide el inútil
sacrificio de ir a dejarse matar detrás de algún agitador celote o cualquier
Espartaco local. Jesús actúa sobre la parte fuerte, no sobre la parte débil;
afronta, Él, la ira y el sarcasmo de los ricos con sus «ay»( Lc 16, 14), no
deja que sean las víctimas las que lo hagan.
Buscar a toda costa, en el Evangelio, modelos o invitaciones explícitas
dirigidas a los pobres y a los hambrientos par que se empleen en cambiar solos
la propia situación es vano y anacrónico, y hace perder de vista la
verdadera contribución que él puede dar a su causa. En esto tiene razón
Rudolph Bultmann cuando escribe que «el cristianismo ignora cualquier
programa de transformación del mundo y no tiene propuestas que presentar para
la reforma de las condiciones políticas y sociales» [7], si bien su afirmación
necesitaría alguna distinción.
El de las bienaventuranzas no es el único modo de afrontar el problema de la
riqueza y pobreza, hambre y saciedad; hay otros, hechos posibles por el
progreso de la conciencia social, a los cuales justamente los cristianos dan
su apoyo y la Iglesia, con su Doctrina Social, su propio discernimiento.
El gran mensaje de las bienaventuranzas es que, independientemente de lo que
hagan o no por ellos los ricos y saciados, incluso así, en el estado actual,
la situación de los pobres y de los hambrientos por la justicia es preferible
a la de los primeros.
Existen planos y aspectos de la realidad que no se perciben a simple vista,
sino sólo con la ayuda de una luz especial, rayos infrarrojos o ultravioletas.
Se usa ampliamente en las fotografías de satélite. La imagen obtenida con
esta luz es muy distinta y sorprendente para quien está acostumbrado a ver el
mismo panorama a la luz natural. Las bienaventuranzas son una especia de rayos
infrarrojos: nos ofrecen una imagen distinta de la realidad, la única
verdadera, porque muestra lo que al final quedará, cuando haya pasado «el
esquema de este mundo».
6. Eucaristía y compartir
Jesús nos ha dejado una antítesis perfecta del banquete del rico epulón, la
Eucaristía. Esta es la celebración diaria del gran banquete al que el señor
invita a «pobres y lisiados, y ciegos y cojos» (Lc 14, 15-24), esto es, a
todo los pobres Lázaros que hay alrededor. E