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Editores de
"El Camino de
María"


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Acordaos,
¡oh piadosísima Virgen María!,
que jamás se ha oído decir que ninguno
de los que han acudido a vuestra protección,
implorando vuestra asistencia y reclamando
vuestro socorro, haya sido desamparado.
Animado por esta confianza, a Vos también acudo,
¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!,
y gimiendo bajo el peso de mis pecados
me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana.
¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas,
antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

La Santísima Virgen en el ministerio público de Jesús
En la vida
pública de Jesús, su Madre aparece significativamente; ya al
principio durante las nupcias de Caná de Galilea, movida a
misericordia, consiguió por su intercesión el comienzo de los
milagros de Jesús Mesías (cf. Jn 2,1-11). En el decurso de su
predicación recibió las palabras con las que el Hijo (cf. Lc
2,19-51), elevando el Reino de Dios sobre los motivos y vínculos
de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que
oían y observaban la palabra de Dios como ella lo hacía
fielmente (cf. Mc 3,35; Lc 11, 27-28). Así también la
Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y
mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz, en donde,
no sin designio divino, se mantuvo de pie (cf. Jn 19, 25), se
condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció con
corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la
inmolación de la víctima engendrada por Ella misma, y, por
fin, fue dada como Madre al discípulo por el mismo Cristo Jesús,
moribundo en la Cruz con estas palabras: "¡Mujer, he ahí
a tu hijo!" (Jn19,26-27). (Lumen Gentium, 58)
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