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Editores de
"El Camino de
María"


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Acordaos,
¡oh piadosísima Virgen María!,
que jamás se ha oído decir que ninguno
de los que han acudido a vuestra protección,
implorando vuestra asistencia y reclamando
vuestro socorro, haya sido desamparado.
Animado por esta confianza, a Vos también acudo,
¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!,
y gimiendo bajo el peso de mis pecados
me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana.
¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas,
antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

María induce
a Jesús a realizar el primer milagro
Bajo este punto de
vista, es particularmente significativo el texto del Evangelio
de Juan, que nos presenta a María en las bodas de Caná.
María aparece allí como Madre de Jesús al comienzo de
su vida pública: «Se celebraba una boda
en Caná de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús.
Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos
(Jn 2,
1-2). Según el texto resultaría que Jesús y sus discípulos
fueron invitados junto con María, dada su presencia en
aquella fiesta: el Hijo parece que fue invitado en razón
de la madre. Es conocida la continuación de los
acontecimientos concatenados con aquella invitación,
aquel «comienzo de las señales» hechas por Jesús —el
agua convertida en vino—, que hace decir al evangelista:
Jesús « manifestó su gloria, y creyeron en él
sus discípulos » (Jn
2, 11).
María está presente
en Caná de Galilea como Madre
de Jesús, y de modo significativo contribuye
a aquel « comienzo de las señales », que revelan el
poder mesiánico de su Hijo. He aquí que: « como faltaba
vino, le dice a Jesús su Madre: "no tienen vino".
Jesús le responde: « ¿Qué tengo yo contigo, mujer?
Todavía no ha llegado mi hora » (Jn
2, 3-4). En
el Evangelio de Juan aquella « hora » significa el
momento determinado por el Padre, en el que el Hijo
realiza su obra y debe ser glorificado (cf. Jn
7, 30; 8, 20; 12, 23. 27; 13, 1; 17, 1; 19, 27).
Aunque la respuesta de Jesús a su madre parezca como
un rechazo (sobre todo si se mira, más que a la pregunta,
a aquella decidida afirmación: « Todavía no ha llegado
mi hora »), a pesar de esto María se dirige a los
criados y les dice: « Haced lo que él os diga » (Jn
2, 5). Entonces Jesús ordena a los criados llenar de agua
las tinajas, y el agua se convierte en vino, mejor del que
se había servido antes a los invitados al banquete
nupcial.
¿Qué entendimiento
profundo se ha dado entre Jesús y su Madre? ¿Cómo
explorar el misterio de su íntima unión espiritual? De
todos modos el hecho es elocuente. Es evidente que en
aquel hecho se delinea ya con bastante claridad la
nueva dimensión, el nuevo sentido de
la maternidad de María. Tiene un significado que no
está contenido exclusivamente en las palabras de Jesús y
en los diferentes episodios citados por los Sinópticos (Lc
11, 27-28; 8, 19-21; Mt
12, 46-50; Mc 3,
31-35). En estos textos Jesús intenta contraponer sobre
todo la maternidad, resultante del hecho mismo del
nacimiento, a lo que esta « maternidad » (al igual que
la « fraternidad ») debe ser en la dimensión del Reino
de Dios, en el campo salvífico de la paternidad de Dios.
En el texto joánico, por el contrario, se delinea en la
descripción del hecho de Caná lo que concretamente se
manifiesta como nueva maternidad según el espíritu y no
únicamente según la carne, o sea la
solicitud de María por los hombres, el ir a su
encuentro en toda la gama de sus necesidades. En Caná de
Galilea se muestra sólo un aspecto concreto de la
indigencia humana, aparentemente pequeño y de poca
importancia « No tienen vino »). Pero esto tiene un
valor simbólico. El ir al encuentro de las necesidades
del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción en
el radio de acción de la misión mesiánica y del poder
salvífico de Cristo. Por consiguiente, se da una mediación:
María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad
de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se
pone « en
medio », o sea
hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su
papel de madre, consciente de que como tal puede —más
bien « tiene el derecho de »— hacer presente al Hijo
las necesidades de los hombres. Su mediación, por lo
tanto, tiene un carácter de intercesión: María «
intercede » por los hombres. No sólo: como Madre desea
también que se
manifieste el poder mesiánico del Hijo, es decir su
poder salvífico encaminado a socorrer la desventura
humana, a liberar al hombre del mal que bajo diversas
formas y medidas pesa sobre su vida. Precisamente como había
predicho del Mesías el Profeta Isaías en el conocido
texto, al que Jesús se ha referido ante sus conciudadanos
de Nazaret « Para anunciar a los pobres la Buena Nueva,
para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a
los ciegos ... » (cf. Lc
4, 18).
Otro elemento
esencial de esta función materna de María se encuentra
en las palabras dirigidas a los criados: «Haced lo que
él os diga». La
Madre de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz
de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas
exigencias que deben cumplirse. para que pueda
manifestarse el poder salvífico del Mesías. En Caná,
merced a la intercesión de María y a la obediencia de
los criados, Jesús da comienzo a « su hora ». En Caná
María aparece como la
que cree en Jesús; su
fe provoca la primera « señal » y contribuye a
suscitar la fe de los discípulos. (Redemptoris
Mater, 21)
Podemos decir, por
tanto, que en esta página del Evangelio de Juan
encontramos como un primer indicio de la verdad sobre la
solicitud materna de María. Esta verdad ha encontrado su
expresión en el
magisterio del último Concilio. Es importante señalar
cómo la función materna de María es ilustrada en su
relación con la mediación de Cristo. En efecto, leemos
lo siguiente: « La misión maternal de María hacia los
hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye esta única
mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia
», porque « hay un solo mediador entre Dios y los
hombres, Cristo Jesús, hombre también » (1 Tm
2, 5). Esta función materna brota, según el beneplácito
de Dios, « de la superabundancia de los méritos de
Cristo... de ella depende totalmente y de la misma saca
toda su virtud ».44
Y precisamente en este sentido el hecho de Caná de
Galilea, nos ofrece como
una predicción de la mediación de María, orientada
plenamente hacia Cristo y encaminada a la revelación de
su poder salvífico.
Por el texto joánico
parece que se trata de una mediación maternal. Como
proclama el Concilio: María « es nuestra Madre en el
orden de la gracia ». Esta maternidad en el orden de la
gracia ha surgido de su misma maternidad divina, porque
siendo, por disposición de la divina providencia,
madre-nodriza del divino Redentor se ha convertido de «
forma singular en la generosa colaboradora entre todas las
creaturas y la humilde esclava del Señor » y que «
cooperó ... por la obediencia, la fe, la esperanza y la
encendida caridad, en la restauración de la vida
sobrenatural de las almas ».45
« Y esta maternidad
de María perdura sin cesar en
la economía de la gracia ... hasta la consumación de
todos los elegidos ».46 (Redemptoris
Mater, 22)
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