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Cum Maria contemplemur
Christi vultum!
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Dios
te salve Maria, llena eres de Gracia, el Señor está
contigo en la Presentación en el Templo. Bendita
eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu
vientre Jesús.
Santa
María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores,
preséntanos al Señor, ahora y en la hora de nuestra
muerte. Amén.
"Ofrezco a los hombres un Recipiente con el que han de venir a la Fuente
de la Misericordia para recoger gracias. Ese Recipiente es esta Imagen
con la firma: JESÚS, EN TI CONFÍO"
Misericordia Divina, que brota del seno del Padre, en Ti confío.
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Edición 489
2 de febrero de 2010
PRESENTACIÓN
DEL SEÑOR EN EL TEMPLO
Esta fiesta,
antes llamada "de la Purificación de la Virgen María" recuerda el
cumplimiento, por parte de la Sagrada Familia, de la Ley de Moisés que
mandaba que a los 40 días el niño debía ser presentado en el templo, y la
madre debía realizar el rito de la purificación. La celebración litúrgica
de este día comienza con la ceremonia de la bendición y subsiguiente
procesión de los cirios y candelas, que simbolizan a Jesús que aparece en
el templo "como la luz que ilumina a todas las naciones" –según la
expresión del anciano Simeón cuando recibe al Niño Jesús en el templo de
Jerusalén–. Por esa razón esta fiesta se conocía antes con el nombre de
"Fiesta de las candelas", o "Nuestra Señora de la Candelaria". Con
este último nombre aún se celebra en muchos lugares.


Soy
todo tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi
vida. Dame tu Corazón, oh María.
Soy
todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo.
Amen.



Oh Dios Padre Misericordioso, que por
mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la
Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo,
concediste a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei,
la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina,
de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres
de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad
a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los
momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir
al Reino de Jesucristo. Te ruego que te dignes glorificar a tu Siervo
Juan Pablo II, Servus Servorum Dei, y que me concedas por su
intercesión el favor que te pido... (pídase). A Tí,
Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que
vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que
santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos
de los siglos. Amén.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
VIA MATRIS
Contemplación y meditación de los 7 Dolores de la Virgen Santísima
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La Santísima Virgen María
manifestó a Santa Brígida que concedía 7 gracias a quienes
diariamente le honrasen considerando sus lágrimas y dolores y
rezando siete Avemarías:
1.Pondré paz en sus familias.
2.Serán iluminados en los Divinos
Misterios.
3.Los consolaré en sus penas y
acompañaré en sus trabajos.
4.Les daré cuanto me pidan, con
tal que no se oponga a la voluntad adorable de mi Hijo y a la
santificación de sus almas.
5.Los defenderé en los combates
espirituales con el enemigo infernal, y protegeré en todos los
instantes de su vida.
6.Los asistiré visiblemente en el
momento de su muerte: verán el rostro de su Madre.
7.He conseguido de mi Divino Hijo
que las almas que propaguen esta devoción a mis lágrimas y dolores
sean trasladadas de esta vida terrenal a la felicidad eterna
directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi Hijo y Yo
seremos su consolación y alegría
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La
Presentación en el Templo, a la vez que expresa la dicha de la
consagración y extasía al viejo Simeón, contiene también la
profecía de que el Niño será «señal de contradicción»
para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre
(cf. Lc 2, 34-35) (...) De este modo, meditar los misterios «gozosos»
significa adentrarse en los motivos últimos de la alegría
cristiana y en su sentido más profundo. Significa fijar la
mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre
el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María
nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos
que el cristianismo es ante todo evangelio, 'buena noticia', que
tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la Persona
de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo.
(Rosarium
Virginis Mariae, 20).
EL
CAMINO DE LA "OBEDIENCIA DE LA FE" DE
MARÍA SANTÍSIMA
...Siempre
a través de este camino de la «obediencia
de la fe» María oye algo más tarde
otras palabras; las pronunciadas por Simeón
en el Templo de Jerusalén.
Cuarenta días después del Nacimiento de
Jesús, según lo prescrito por la Ley de
Moisés, María y José «llevaron al
Niño a Jerusalén para presentarle al Señor»
(Lc 2, 22) El Nacimiento se había dado en
una situación de extrema pobreza. Sabemos,
pues, por Lucas que, con ocasión del
censo de la población ordenado por las
autoridades romanas, María se dirigió
con José a Belén; no habiendo encontrado
«sitio en el alojamiento», dio a luz a
Su Hijo en un establo y «le acostó en un
pesebre » (cf. Lc 2, 7).
Un
hombre justo y piadoso, llamado Simeón,
aparece al comienzo del «itinerario» de la
fe de María. Sus
palabras, sugeridas por el Espíritu Santo
(cf. Lc 2, 25-27), confirman la verdad de la
Anunciación. Leemos, en efecto, que «tomó
en brazos» al Niño, al que —según la
orden del ángel— «se le dio el nombre de
Jesús» (cf. Lc 2, 21). El discurso de Simeón
es conforme al significado de este nombre,
que quiere decir Salvador: «Dios es la
salvación». Vuelto al Señor, dice lo
siguiente: «Porque han visto mis ojos tu
salvación, la que has preparado a la vista
de todos los pueblos, luz para iluminar a
los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc
2, 30-32). Al mismo tiempo, sin embargo,
Simeón se dirige a María con estas
palabras: «Éste está puesto para caída
y elevación de muchos en Israel, y para ser
señal de contradicción ... a fin de que
queden al descubierto las intenciones de
muchos corazones»; y añade con
referencia directa a María: «y a Ti
misma una espada te atravesará el alma» (Lc
2, 34-35). Las palabras de Simeón dan nueva
luz al anuncio que María ha oído del ángel:
Jesús es el Salvador, es «Luz para
iluminar» a los hombres. ¿No es aquel que
se manifestó, en cierto modo, en la
Nochebuena, cuando los pastores fueron al
establo? ¿No es aquel que debía
manifestarse todavía más con la llegada de
los Magos del Oriente? (cf. Mt 2, 1-12). Al
mismo tiempo, sin embargo, ya al comienzo de
su vida, el Hijo de María —y con Él su
Madre— experimentarán en sí mismos la
verdad de las restantes palabras de Simeón:
«Señal de contradicción» (Lc 2,
34). El anuncio de Simeón parece como un
segundo anuncio a María, dado que le indica
la concreta dimensión histórica en la cual
el Hijo cumplirá su misión, es decir en la
incomprensión y en el dolor. Si por un lado,
este anuncio confirma su fe en el
cumplimiento de las promesas divinas de la
salvación, por otro, le revela también que
deberá vivir en el sufrimiento su obediencia
de fe al lado del Salvador que sufre, y
que su maternidad será oscura y dolorosa.
En efecto, después de la visita de los
Magos, después de su homenaje («postrándose
le adoraron»), después de ofrecer unos
dones (cf. Mt 2, 11), María con el Niño
debe huir a Egipto bajo la protección
diligente de José, porque «Herodes buscaba
al Niño para matarlo» (cf. Mt 2, 13). Y
hasta la muerte de Herodes tendrán que
permanecer en Egipto (cf. Mt 2, 15). (Redemptoris
Mater, 16).
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Queridos Suscriptores de "El Camino de María"
En la fiesta de la
Presentación del Señor en el Templo, hacemos memoria
del episodio evangélico que nos narra que María y José,
cuarenta días después del nacimiento de Jesús, fueron a
Jerusalén para presentarlo al Señor, según la prescripción
de la ley mosaica. Se trata de un episodio que se sitúa en la
perspectiva de la consagración especial a Dios del pueblo de
Israel. Pero también tiene un significado más amplio, ya que
recuerda el agradecimiento que se debe al Creador por toda
vida humana. El relato de este hermoso hecho de la vida de Jesús
lo recoge en su Evangelio San Lucas, 2, 22-39.
"...Hoy,
conmemorando lo que sucedió aquel día en Jerusalén, somos
invitados también nosotros a entrar en el Templo para
meditar en el misterio de Cristo, Unigénito del Padre
que, con su Encarnación y su Pascua, se ha convertido en el
Primogénito de la humanidad redimida (...)
Por tanto, en esta
fiesta celebramos el misterio de la consagración:
consagración de Cristo, consagración de María, y consagración
de todos lo que siguen a Jesús por amor al Reino.."
(Juan Pablo II. Homilía 2 de febrero de 2002).

¡“Queridos hijos! Que este tiempo sea para ustedes
tiempo de oración personal, para que en sus
corazones crezca la semilla de la fe, y pueda crecer
en testimonio alegre para los demás. Yo estoy con
ustedes y deseo exhortarlos a todos: crezcan y
alégrense en el Señor que los ha creado. ¡Gracias
por haber respondido a mi llamado!”
Mensaje de Nuestra Señora Reina de la Paz en
Medjugorge. 25/1/2010
JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA
En concordancia
con la fiesta litúrgica de la Presentación
de Jesús en el Templo, el Venerable Juan
Pablo II, a partir de 1997, quiso que fuese
celebrada en toda la Iglesia una especial
Jornada de la Vida Consagrada. De hecho, la
oblación del Hijo de Dios – simbolizada por
su presentación en el Templo – es modelo
para todo hombre y mujer que consagra toda
su propia vida al Señor. El objetivo de esta
Jornada es triple: ante todo alabar y dar
gracias al Señor por el don de la vida
consagrada; en segundo lugar, promover su
conocimiento y estima por parte de todo el
Pueblo de Dios; finalmente, invitar a
cuantos han dedicado plenamente su propia
vida a causa del Evangelio a celebrar las
maravillas que el Señor ha obrado en ellos.
Al daros las gracias por haber acudido tan
numerosos, en esta jornada dedicada
particularmente a vosotros, deseo saludar
con gran afecto a cada uno de vosotros:
religiosos, religiosas y personas
consagradas, expresándoos cordial cercanía y
vivo aprecio por el bien que realizáis al
servicio del Pueblo de Dios.
La breve lectura tomada de la Carta a los
Hebreos que se ha proclamado hace poco, une
bien los motivos que están en el origen de
esta significativa y hermosa celebración y
nos ofrece algunos puntos de reflexión. Este
texto – se trata de dos versículos, pero muy
densos – abre la segunda parte de la Carta a
los Hebreos, introduciendo el tema central
de Cristo sumo sacerdote. Verdaderamente
sería necesario también considerar el
versículo inmediatamente precedente, que
dice: "Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote
que penetró los cielos - Jesús, el Hijo de
Dios - mantengamos firmes la fe que
profesamos" (Hb 4,14). Este versículo
muestra a Jesús que asciende al Padre; el
sucesivo lo presenta mientras desciende
hacia los hombres, Cristo es presentado como
el Mediador: es verdadero Dios y verdadero
hombre, y por ello pertenece realmente al
mundo divino y al humano.
En realidad, es precisamente y sólo a partir
de esta fe, de esta profesión de fe en
Jesucristo, el Mediador único y definitivo,
que en la Iglesia tiene sentido una vida
consagrada a Dios mediante Cristo. Tiene
sentido sólo si Él es verdaderamente
mediador entre Dios y nosotros, de lo
contrario se trataría sólo de una forma de
sublimación o de evasión. Si Cristo no fuese
verdaderamente Dios, y no fuese, al mismo
tiempo, plenamente hombre, vendría a menos
un fundamento de la vida cristiana en cuanto
tal, sino, de forma particular, menoscabaría
el fundamento de toda consagración cristiana
del hombre y de la mujer. La vida
consagrada, de hecho, testimonia y expresa
de modo “fuerte” precisamente la mutua
búsqueda de Dios y del hombre, el amor que
les atrae; la persona consagrada, por el
mismo hecho de existir, representa como un
“puente” hacia Dios para todos aquellos que
la encuentran, una llamada, un envío. Y todo
esto en base a la mediación de Jesucristo,
el Consagrado del Padre. ¡El fundamento es
Él! Él, que ha compartido nuestra
fragilidad, para que nosotros mismos
pudiésemos participar de su naturaleza
divina.
Nuestro texto insiste, más que sobre la fe,
sobre la “confianza” con la que podemos
acercarnos al “trono de la gracia”, desde el
momento en que el sumo sacerdote fue Él
mismo “probado en todo como nosotros”.
Podemos acercarnos para “recibir
misericordia”, “encontrar gracia”, y para
“ser ayudados en el momento oportuno”. Me
parece que estas palabras contienen una gran
verdad y al mismo tiempo un gran consuelo
para nosotros, que hemos recibido el don y
el compromiso de una especial consagración
en la Iglesia. Pienso en particular en
vosotros, queridos hermanas y hermanos.
Vosotros os habéis acercado con plena
confianza al “trono de la gracia” que es
Cristo, a su Cruz, a su Corazón, a su divina
presencia en la Eucaristía. Cada uno de
vosotros se ha acercado a Él como a la
fuente del Amor puro y fiel, un Amor tan
grande y bello que merece todo, es más, más
que nuestro todo, porque no basta una vida
entera para devolver lo que Cristo es y lo
que ha hecho por nosotros. Pero vosotros os
habéis acercado, y cada día os acercáis a
Él, también para ser ayudados en el momento
oportuno y en la hora de la prueba.
Las personas consagradas están llamadas de
modo particular a ser testigos de esta
misericordia del Señor, en la que el hombre
encuentra su propia salvación. Estas
mantienen viva la experiencia del perdón de
Dios, porque tienen conciencia de ser
personas salvadas, de ser grandes cuando se
reconocen pequeñas, de sentirse renovadas y
envueltas por la santidad de Dios cuando
reconocen su propio pecado. Por esto,
también para el hombre de hoy, la vida
consagrada sigue siendo una escuela
privilegiada de la “compunción del corazón”,
del reconocimiento humilde de la propia
miseria, pero al mismo tiempo, sigue siendo
una escuela de la confianza en la
misericordia de Dios, en su amor que nunca
nos abandona. En realidad, más uno se acerca
a Dios, más se acerca a él, tanto más se es
útil a los demás. Las personas consagradas
experimentan la gracia, la misericordia y el
perdón de Dios no solo para sí, sino también
para los hermanos, siendo llamadas a llevar
en el corazón y en la oración las angustias
y esperanzas de los hombres, especialmente
de los que están lejos de Dios. El
particular, las comunidades que viven en la
clausura, con su compromiso específico de
fidelidad en el “estar con el Señor”, en el
“estar bajo la cruz”, llevan a cabo a menudo
este papel vicario, unidas al Cristo de la
Pasión, tomando sobre sí los sufrimientos y
las pruebas de los demás y ofreciendo con
alegría todo por la salvación del mundo.
Finalmente, queridos amigos, queremos elevar
al Señor un himno de agradecimiento y de
alabanza por la misma vida consagrada. Si
esta no existiese, ¡cuánto más pobre sería
el mundo! Más allá de las valoraciones
superficiales de funcionalidad, la vida
consagrada es importante precisamente por su
ser signo de gratuidad y de amor, y esto
tanto más en una sociedad que corre el
riesgo de ser sofocada en el torbellino de
lo efímero y de lo útil (cfr Exhort. ap.
post-sinod. Vita consecrata, 105). La vida
consagrada, en cambio, testimonia la
sobreabundancia de amor que empuja a
“perder” la propia vida, como respuesta a la
sobreabundancia de amor del Señor, que
“perdió” el primero su vida por nosotros. En
este momento pienso en las personas
consagradas que sienten el peso del
cansancio cotidiano escaso de
gratificaciones humanas, pienso en los
religiosos y religiosas ancianos, enfermos,
a cuantos se sienten en dificultad en su
apostolado... Ninguno de ellos es inútil,
porque el Señor les asocia al “trono de la
gracia". Son en cambio un don precioso para
la Iglesia y para el mundo, sediento de Dios
y de su Palabra.
Llenos de confianza y de reconocimiento,
renovemos por tanto también nosotros el
gesto de ofrecimiento total de nosotros
mismos presentándonos en el Templo. Que el
Año Sacerdotal sea una ulterior ocasión para
los religiosos presbíteros, para
intensificar el camino de santificación, y
para todos los consagrados y las
consagradas, un estímulo para acompañar y
apoyar su ministerio con oración ferviente.
Este año de gracia tendrá un momento
culminante en Roma el próximo junio, en el
encuentro internacional de los sacerdotes,
al que invito a cuantos ejercen el Sagrado
Ministerio. Nos acercamos al Dios tres veces
santo, para ofrecer nuestra vida y nuestra
misión, personal y comunitaria, de hombres y
mujeres consagrados al Reino de Dios.
Realizamos este gesto interior en íntima
comunión espiritual con la Virgen María:
mientras la contemplamos en el acto de
presentar al Niño Jesús en el Templo, la
veneramos como primera y perfecta
consagrada, llevada por ese Dios a quien
lleva en brazos; Virgen, pobre y obediente,
dedicada toda a nosotros, porque es toda de
Dios. A su escuela, y con su ayuda maternal,
renovamos nuestro “aquí estoy” y nuestro
“hágase”. Amén.
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI DURANTE LA SANTA MISA CELEBRADA EL
2 DE FEBRERO DE 2010.
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